miércoles, 6 de mayo de 2015

Atrapada en este Amor: Capítulo 50

La operación duró varias horas. La falta de sueño finalmente arrastró a Paula a un estado de semi inconsciencia. Tuvo unos sueños alocados y turbadores. Finalmente, una mano la sacudió suavemente.
—Paula, ha salido del quirófano —le dijo Ana. Tenía los ojos muy brillantes y estaba sonriendo—. ¡Todo ha ido muy bien!
—Oh, gracias a Dios —exclamó Paula, ocultándose el rostro entre las manos. Tuvo que esforzarse para contener las lágrimas—. Gracias a Dios.
Ana se sentó a su lado. Tenía los ojos enrojecidos y el rostro agotado.
—No podremos verlo hasta que salga de la sala de reanimación, pero el doctor Danbury dice que está casi seguro de haber arreglado la mayor partes de los daños. Al menos, Pedro no quedará paralizado por completo.
Paula  se puso en pie lentamente. Al asimilar aquel último comentario, abrió mucho los ojos.
— ¿Qué quieres decir con eso de «por completo»?
Ana  dudó. Entonces, tomó la mano de Paula entre las suyas.
—Tal vez no pueda volver a caminar.
Paula empezó a llorar casi sin darse cuenta.
—Pero la operación...
—Todo depende de lo bien que él se recupere —le informó Ana—. No lo sabrán durante varios días.
El pensamiento resultaba aterrador. Pedro era un hombre tan vital y animado... Verse confinado a una silla de ruedas lo anularía más mental que físicamente.
—No se lo pueden decir —dijo Paula—. No debe sabe que existe la posibilidad de que pueda quedarse paralítico.
—Ya se lo he dicho a los médicos —afirmó Ana—. Lo conozco tan bien como tú. Aunque no sea tan buena madre como debiera ser, es mi hijo y lo quiero mucho.
—Yo jamás he dudado de eso.
Ana dudó. Buscó un tono de sarcasmo, pero no lo encontró. Como ella misma, Paula estaba demasiado agotada para discutir.
Cuando por fin se les permitió entrar en la unidad de cuidados intensivos para ver a Pedro , Paula estaba prácticamente dormida de pie. Permaneció al lado de la cama, viendo como Ana  le acariciaba el cabello y la pálida frente. Tenía los ojos cerrados, por lo que unas largas y espesas pestañas le caían por las mejillas. Los pómulos aparecían enfatizados por la palidez del rostro. Estaba enganchado a innumerables tubos y cables, por lo que parecía formar parte de las máquinas que lo rodeaban.
—Pedro, ¿me oyes? —Susurró Ana—. Cariño, ¿me oyes? Soy tu madre.
No hubo respuesta alguna. Ni siquiera un pestañeo.
El pecho subía y bajaba suavemente, pero no había ningún otro movimiento. Paula  lo observaba con una cierta desesperación. Pedro era un hombre muy fuerte, pero ¿querría vivir sabiendo las condiciones en las que tendría que estar el resto de su vida? ¿Lo presentiría aunque no se lo dijeran? Había oído que hasta los pacientes que están en coma oían lo que pasaba a su alrededor.
Se acercó un poco más a la cama y le tocó el pecho suavemente.
—Volverás a andar —le dijo con voz fuerte—. Te volverás a poner de pie porque eres un luchador. Tienes que serlo, a menos que quieras que te arrebate Alfonso Properties.
— ¡Paula!
Sin embargo, Paula se llevó un dedo a los labios. Estaba observando atentamente el rostro de Pedro. Él no se movió, pero frunció el ceño e hizo un gesto de dolor.
— Sí, puedes oírme, ¿verdad? —Prosiguió Paula, acercándose un poco más—. Tendrás que salir luchando de esta situación. Si quieres, puedes hacerlo. Y claro que vas a querer, ¿verdad? Un Alfonso no se queda tumbado para morir mientras haya batalla.
Sin articular palabra, Pedro formó una palabra con los labios.
—Luchar...
Ana  siguió a Paula al exterior de la sala.
— ¿Crees que le deberías haber dicho eso? —le preguntó.
—Sí. ¿No has notado cómo ha respondido al desafío? —Replicó Paula—. Tiene una razón para seguir con vida. Yo se la he dado.
— ¿Serás capaz de hacerte con la empresa?
—Aún no he decidido si quiero hacerlo. Lo que sí deseo son los derechos sobre los minerales. Pedro y yo estamos casi iguales. Las operaciones nacionales de Gonzalez International y del alcance de Alfonso Properties son prácticamente iguales. Todo depende de quién consiga más votos.
—Él jamás te perdonará.
—No me perdonara por Franco —replicó Paula, encogiéndose de hombros —. ¿Qué tiene de malo un pecado más en mi conciencia?
—Me odiará a mí, no a ti.
—Yo no estaría tan segura. Cuando salga de la anestesia, se acordará de todo, incluso del hecho de que yo lo dejé en evidencia cuando conseguí todos esos poderes delante de sus narices. Tampoco le gustará mi apellido ni mi talento para los negocios. Pedro se acuerda de una muchacha de vientiún años que jamás hablaba de cosas más importantes que la comida o el tiempo. Yo ya no soy esa mujer.
Ana recogió su bolso y su abrigo.
—Pedro no sabía que tú tenías vientiún años. Aquel día en la casa, cuando yo te dí mi sorpresa...
— ¿Cómo dices? —preguntó Paula.
—Tú le dijiste que tenías más edad, ¿no?
—Sí. Sabía que él jamás habría querido tener nada que ver conmigo si hubiera sabido que yo acababa de cumplir los vientiún. Yo no sabía si él descubriría la verdad alguna vez. Después de que empezamos una relación, tuve demasiado miedo de perderlo si decía nada.
—Él me dijo que se quedó asombrado cuando supo la verdad. Fue una de las razones por las que te dejó marchar. Menos de dos días después, estaba prácticamente seguro de que Facundo había mentido, pero, para entonces, Facundo ya estaba fuera del país y él no pudo encontrarlo. Yo me ocupé muy bien de todos los detalles.
Sabía que no desayunabas porque tenía espías en el café. Sabía que el uniforme te quedaba demasiado ceñido por la cintura y que estabas teniendo náuseas. No me hizo falta mucha imaginación .para saber que estabas embarazada y la expresión de tu rostro me lo confirmó cuando te lo pregunté. Traté de justificar de mil maneras lo que había hecho, pero no fue fácil. Una cosa era echarte de la ciudad y otra muy distinta apartar a mi nieto. Debí de volverme loca... Cerré la mente a todo menos a lo de buscarle una esposa adecuada a mi hijo para asegurarme de que a él nunca le faltara el dinero.
—Recuerdo que el dinero era una obsesión para tí.
—Crecí rodeada de pobreza —confesó Ana—. Mi madre era... era prostituta —añadió, cerrando los ojos—. No puedo hablar de ello. Vamos. Te dejaré en tu casa de camino a la mía.

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