Tu ausencia, aunque necesaria, le ha dado la oportunidad que necesitaba para venir aquí y meter la nariz en todas partes.
Paula contuvo el aliento. Se trataba de una red en la que ella y las personas que trabajaban para ella se encontraban atrapadas. Joaquín la había tejido muy hábilmente.
—En ese caso —afirmó—, suponte que descubrimos exactamente lo que sabe y le tendemos una trampa.
—Cuéntame más —le pidió McGee, mucho más alegre.
—Espero que sigas soltero.
— ¿Cómo dices?
— ¿Sigues soltero?
—Bueno, sí...
— ¿Sigue bebiendo los vientos por ti la secretaria personal de Joaquín?
—Dios mío... No me puedes pedir que haga eso.
—Claro que puedo. Haz unas reservas en el mejor club que puedas encontrar y sonsácala. Te dirá todo lo que sepa.
—Eso no me parece muy ético.
—No lo es, pero tampoco que Joaquín esté tratando de echarme de mi propia empresa. El fuego se combate con fuego. Hazlo.
—Muy bien. ¿Qué más?
—Realiza una lista alternativa de todos los socios de Alfonso Properties y ve a ver personalmente a los que vivan en Chicago. Cena con ellos, muéstrales los beneficios que podemos darles. Sin embargo, no se lo digas a Don. Yo haré lo mismo en Billings. Encuentra otra persona en la que puedas confiar y adjudícale otros accionistas. Vamos a tener que darnos prisa, pero creo que lo conseguiremos a pesar de los intentos de Joaquín por interferir. ¿Estás tú conmigo?
— ¡Qué pregunta más estúpida! Aquí estoy, dispuesto a sacrificarme con esa Sanderson por la empresa y tú cuestionas mi lealtad. ¿La has visto?
—Sí —admitió Paula—. Y admiro tu coraje.
—Bien. ¿Algo más?
—Nada. Gracias, McGee.
—De nada.
Paula se pasó el resto del día hablando por teléfono con clientes y colegas. Cuando llegó a casa, Franco ya estaba en la cama. Lo peor de todo era que se le había olvidado llamar a la señora Dade. Podría hacerlo a la mañana siguiente. Se metió en la cama y se quedó dormida antes de tocar la almohada.
El día siguiente fue una repetición del anterior. Convenció a la señora Dade de que estaba medio muerta por un virus y le suplicó a la buena mujer que no mandara a nadie a verla dado que era terriblemente contagioso. Como tenía una buena excusa, disponía de dos días más. Por lo que había sido capaz de sacarle a la mujer, Pedro seguía fuera de la ciudad. Todo bien.
Al final del tercer día estaba completamente agotada. No le ayudó en nada que Joaquín pasara por la casa aquella tarde para que ella le firmara otro contrato que debería haber sido ejecutado por el departamento de Paula.
—Esto ocurre con mucha frecuencia, ¿no? —le preguntó, después de firmar el contrato.
— ¿El qué? —preguntó Don, inocentemente.
—El hecho de que tú negocies contratos de empresas nacionales.
—No has estado aquí —respondió él, encogiéndose de hombros—. Sólo estaba tratando de darle salida al trabajo.
—La junta de Alfonso se reúne la semana que viene. Te espero allí. No me desilusiones. Y, mientras tanto, todo lo que surja a nivel nacional tiene que ser supervisado por mí, por mi equipo. Espero que se me consulte, aunque sólo sea para comprar papel higiénico para los porteros de una pequeña firma de ordenadores, ¿de acuerdo?
Don ya había tenido algunas oportunidades de ver a Paula enojada. Notó el hielo en su voz y en sus ojos. Pensó que, al menos, no tenía ni idea de lo que estaba intentando hacer. Tenía garantías de varios accionistas de Alfonso e iba a conseguir más. De hecho, incluso había hablado con Pedro Alfonso, le había prevenido sobre la absorción y le había ofrecido su ayuda. Pedro no sabía nada sobre Paula. Joaquín no se había atrevido a divulgar aquel punto, pero Alfonso había accedido a cooperar. Aquella sería su caía. Joaquín tenía intención de terminar echando a Alfonso de su empresa. Así, tendría el control de la empresa, y con los suyos en los puestos directivos, contaría con los contratos de minerales. Entonces, cuando pudiera demostrar que Paula había ido a por Alfonso para vengarse, tendría también la cabeza de su cuñada. Terminaría siendo dueño de todo. Lo único que tenía que hacer era conseguir que Alfonso y Paula desconocieran sus planes durante un poco más de tiempo.
—Está muy claro —afirmó—. Trataré de no volver a excederme en mis límites. —Así lo espero.
Aquella noche, cuando le dijo a su hijo que tenía que volver a Billings, el pequeño empezó a gritar.
—Ya casi he terminado —le dijo, secándole las lágrimas—. Además, el señor Gimenez y tú van a venir conmigo. Nos marchamos a primera hora de la mañana.
— ¿De verdad que me marcho yo también? —preguntó el niño, completamente incrédulo.
Paula no había tenido intención de llevarse a su hijo. Tenía miedo de que Ana Alfonso o un vecino lo vieran. Que lo viera Pedro. Sin embargo, su hijo estaba muy disgustado y no podía consentirlo. Decidió que iría dos días más a trabajar y que, después, le contaría su pequeña sorpresa a Pedro. Y también a Joaquín. Había hecho sus deberes y estaba segura de poder soportar bien la prueba.
Horas más tarde, el señor Gimenez, con Tiny en un transportín, Franco y ella se montaron en el avión de Gonzalez. La trampa estaba preparada. Lo único que Paula tenía que hacer era esperar que cayera la presa.
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