miércoles, 22 de abril de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 25

Frustrada consigo misma por no hacer otra cosa que pensar en él, Paula se sentó en la cama y lanzó una almohada hacia delante. ¿De qué servía pensar en él? Era una pérdida de tiempo cuando resultaba evidente que Alfonso quería que se marchara lo antes posible. Mientras apartaba las sábanas, decidió que había sido una suerte que él la dejara allí sola la noche anterior. Se había sentido muy vulnerable y susceptible a los sentimientos de gratitud que estaba experimentando. Efectivamente, Pedro Alfonso era más que guapo, pero ella había contenido durante mucho tiempo su anhelo por tener relaciones sexuales. Había rechazado a hombres mucho más amables que él mientras esperaba a su media naranja, al hombre con el que por fin sintiera un vínculo emocional y físico. Cuando por fin tuviera un amante, sería alguien con quien potencialmente pudiera ver un futuro. Y por muy excitante o misterioso que fuera Pedro Alfonso era todo lo contrario a la definición de un novio a largo plazo. Tentaría a una mujer a dejarse llevar, a disfrutar a perderse en el placer… y luego se marcharía tan rápidamente como había llegado. 


En aquellos momentos, lo que tenía que hacer era levantarse, recoger sus cosas y marcharse de allí. Ya pensaría en cómo le daría la noticia al señor Nettleton. Prepararía un plan de contingencia por si él decidía despedirla o por si Alfonso ya lo había llamado para exigírselo. Respiró profundamente. «Anoche te diste un baño en una bañera de las antiguas, con patas de garra y todo. Céntrate en lo positivo». El estómago comenzó a protestar. Había tomado algo de comer en Étretat antes de dirigirse al Château du Bellerose. Después, todo lo ocurrido durante la tarde le había quitado por completo el hambre. Tras salir de la bañera, el agotamiento la había empujado a meterse en la cama. El aire fresco de la mañana acarició su piel desnuda. Le había resultado raro dormir así, pero tenía la ropa empapada, incluso la ropa interior. Tomó un cobertor ligero de encima de la cama y se envolvió con él antes de acercarse a la ventana. Apartó las cortinas. Contuvo el aliento. En la parte posterior de la casa, había un jardín increíble, repleto de pequeños senderos y rodeado por un alto seto de hiedra. Había muchos árboles, entre los que se encontraba un sauce llorón que acariciaba con sus largas ramas la superficie de un estanque. Se veían también algunos bancos y algunas estatuas.  Sin embargo, lo que más le llamó la atención fueron las rosas. Había cientos de rosales de diferentes tonalidades de rojo, rosa y blanco. Poco a poco, la pena fue apoderándose de ella hasta que sintió una profunda pesadumbre. Su alegría desapareció por completo. 

Quédate Conmigo: Capítulo 24

No importaba. Jamás las vería. Pedro no se rendiría ante el infierno que lo atenazaba. Entró en la biblioteca y se puso a encender la chimenea para tener algo que hacer en vez de pensar en la señorita Chaves. Cuando terminó de encender el fuego, se dirigió hacia la ventana y contempló el mar. Entonces, vió su propio reflejo en el cristal de la ventana. Levantó la mano y se tocó los feos bordes de la cicatriz del rostro. Unas cicatrices que habían asqueado a Karina y que habían hecho que más de un conocido apartara la mirada. Paula no lo había hecho. Ni siquiera se había inmutado. A él tampoco se le había pasado por alto el reflejo del deseo en los ojos de ella. ¿Qué haría Paula si conociera hasta dónde llevaba su propio deseo? Sentía una necesidad casi animal por poseer su cuerpo, una necesidad que había estado bullendo bajo la superficie de su piel desde que la vio por primera vez en Londres. La señorita Chaves no tenía nada que temer de sus cicatrices. Lo que debería aterrorizarla por completo era el frío y oscuro canalla que acechaba dentro de él.



Paula se despertó al sentir el ligero brillo que provenía desde detrás de las cortinas. Permaneció inmóvil bajo la colcha, gozando con el tacto de la seda auténtica contra su piel. La noche anterior, cuando entró en aquella alcoba, fue como hacerlo en un cuento de hadas. Suelos de madera, antigüedades, pinturas que adornaban las paredes… Y la cama. La gloriosa cama con dosel que contaba con cortinas de verdad que se recogían en las esquinas con cordones dorados. El número de almohadones era digno de una princesa. Perfecta. La había ayudado a deshacerse de la tensión que había sentido en el pecho desde que dejó caer el expediente sobre la mesa antes de abandonar el château. También había supuesto un bálsamo muy necesario para el caos que se había adueñado de ella en poco más de una hora. Había perdido el control y había insultado al cliente más importante para el que había trabajado. Entonces, cuando había estado a punto de alcanzar la libertad, un roble estuvo a punto de aplastarla… Y el hombre al que había ofendido instantes antes fue el que acudió en su rescate. Se cubrió el rostro con una de las almohadas y gruñó. Sí. Había resultado aterrador darse cuenta de lo cerca que había estado de resultar herida o incluso muerta. Sin embargo, lo que más la turbaba era la reacción que había tenido ante la inesperada valentía de Pedro. Había pasado de ser un canalla egoísta a héroe en cuestión de segundos. Aquello la había dejado muy confundida. 

Quédate Conmigo: Capítulo 23

 —La acompañaré a un dormitorio para que pueda cambiarse. Sígame.


Sabía que su reacción hacia ella era exagerada y se despreciaba por ello tanto como despreciaba la tranquilidad que Paula transmitía. Se había enfrentado a una fuerte tormenta, había estado a punto de verse aplastada por un árbol y, en aquellos momentos, seguía a un desconocido por la escalera de una casa en la que no había estado nunca. Un hombre que había amenazado con hacer que la despidieran y que, por lo que ella le había contado, había convertido su vida en un infierno. Sin embargo, no había llorado ni se había quejado. Hasta hacía veinte minutos, el nombre de Paula había sido sinónimo de irritación. La estirada y meticulosa abogada de ridículo paraguas que era incapaz de dejarlo en paz. No obstante, en aquellos momentos, veía más de lo que había intuido aquel día en el Diamond Club. Seguridad en sí misma, fuerza y resiliencia. No. Había sobrevivido un año entero sin sexo, sin extravagancias, sin ningún detalle de su antigua vida. Demasiado tarde, pero, al menos, estaba haciendo algo para honrar a Horacio. Quería ser el hombre que debería haber sido en vez del indulgente canalla que había mantenido siempre las distancias con su padre. El deseo que sentía por ella amenazaba el castigo que se había autoimpuesto. Un capricho que no se podía permitir. Avanzó por el pasillo y se detuvo frente a una puerta blanca.


—Aquí es —dijo mientras hacía girar el pomo y abría la puerta—. Deberíamos tener electricidad gracias al generador…



—¡Oh!


La exclamación de Paula dejó la frase de Pedro a medias. Ella entró en la estancia y miró a su alrededor con gesto de admiración. El cabello húmedo le enmarcaba un rostro muy delicado. La lluvia le goteaba desde el bajo de la gabardina, empapando la alfombra persa que tenía bajo sus pies. No se parecía en nada a las sofisticadas mujeres con las que había salido a lo largo de los años. No debería desearla. No podía desearla. No se lo merecía. No soportaba mirarse frente al espejo ni podía imaginarse compartiendo la cama con una mujer. Dejarse llevar por caprichos y deseos quedaba totalmente descartado. Paula le dedicó una enorme sonrisa.


—Este dormitorio es increíble —comentó con una mirada muy dulce en los ojos—. Señor Alfonso, muchas gracias por… 


—No.


La sonrisa desapareció del rostro de Paula. Una parte de él lo lamentó profundamente y deseó poder hacer algo para recuperar aquella luminosidad. Sin embargo, eso tan solo conseguiría prolongar la tortura.


—Se va a alojar aquí para que no le pase nada en mi finca y alguien termine demandándome.


Aquellas palabras contenían un regusto amargo. Vió sorpresa y pena en los ojos de Paula.


—Por supuesto —respondió ella. Se giró para darle la espalda—. Me marcharé en cuanto amaine la tormenta.


Paula se dirigió a la ventana y apartó el delicado visillo para mirar al exterior.


Pedro salió de la estancia y se dirigió hacia las escaleras. La señorita Chaves ya había despertado sus sentimientos y su curiosidad. Era cierto que su rostro no parecía haberle producido impresión alguna, pero ¿Qué haría si viera lo peor de sus heridas, las que le recorrían las costillas, el muslo y la pierna?

Quédate Conmigo: Capítulo 22

 —Señorita Chaves, tenemos que volver a la casa —le dijo—. No voy a permitir que se marche sola en medio de esta tormenta. Podría caerse por un barranco o contraer una neumonía.


—¿De verdad cree que hay posibilidad de que ocurra eso o son fantasías suyas?


—La única fantasía que tengo es poder estar a resguardo, seco, sin pasar frío y sin tener que preocuparme de si anda usted perdida por ahí o ha terminado debajo de otro árbol caído.


Pedro la animó a echar a andar y comenzó a dirigirse hacia la casa. Paula lo siguió, tratando de mantenerse al lado de él. Por fin, la mansión apareció frente a ellos. Las lámparas de la fachada principal se habían encendido debido a la oscuridad causada por la tormenta. Subieron rápidamente las escaleras y entraron en el vestíbulo. Él cerró la puerta. Inmediatamente, se dió cuenta de que estaba atrapado en un infierno que él mismo había creado. Paula estaba allí, completamente empapada. Llevaba prendida una hoja de uno de sus hermosos rizos y tenía las piernas manchadas de barro. Ella lo miraba con una intensa desaprobación. Tenía los labios fruncidos como si estuviera tratando de contener una retahíla de insultos. Sintió que jamás había deseado a una mujer como lo hacía en aquel momento. Una mujer que lo había hechizado solo con el sonido de su voz y su fiera tenacidad contra la adversidad. Una adversidad que él había creado para mantenerla a raya a ella y todo lo que representaba. En vez de rendirse, ella se había erguido contra él y le había dicho exactamente lo que pensaba de su actitud. No quería sentirse atraído por ella. No quería admirarla ni imaginarse quitándole aquel abrigo para conducirla a la lujosa ducha que tenía en su dormitorio, dejando un rastro de prendas mojadas por el camino para luego colocarla bajo el agua caliente y… «¡Para!». No podía dejarse llevar por aquellos pensamientos si no quería que la situación fuera más difícil. En realidad, la coyuntura en la que se encontraban era bastante complicada ya. Por lo que había podido ver, el árbol había caído sobre el puente, algo que confirmaría más tarde, cuando la tormenta hubiera cesado. Si eso era cierto, significaba que los dos estaban aislados en el château hasta la semana siguiente, cuando Marta, el ama de llaves, y su esposo se acercaran desde el pueblo para llevarle comida y limpiar. Sintió que se le formaba un terrible dolor de cabeza. Recordó que Marta le había informado que el château no tenía Internet y que la cobertura telefónica era muy poco fiable. Pedro le había contestado que aquellos inconvenientes encajarían perfectamente con el aislamiento que él buscaba. No había contado con compartir aquel aislamiento con una mujer tan tentadora… 

Quédate Conmigo: Capítulo 21

Cuando entró en la parte del sendero cubierta por los árboles, la lluvia dejó de caer con tanta fuerza. Vió que Paula seguía avanzando con paso ligero hacia el puente.


—¡Señorita Chaves!


Ella se dió la vuelta por fin y frunció el ceño. Pedro se acercó a ella y, durante un instante, la vio de otra manera, como si fuera un ser mágico y misterioso. El viento se le enredaba en los rizos y hacía que estos golpearan su hermoso rostro. Con la ligera inclinación de la barbilla y la chispa de vida en los ojos verdes, Paula le recordaba a un hada o a una pícara duende. 


—¿Quería asegurarse de que me marcho?


—Es mejor que regrese hasta que la tormenta haya terminado.


Paula lo miró fijamente, con los labios ligeramente entreabiertos.


—¿Cómo ha dicho?


—Es demasiado peligroso para ir andando. La gasolinera más cercana está a más de tres kilómetros.


—Me dijo que me marchara. No quería quedarme si no soy bienvenida.


—Eso fue antes de que me percatara de lo peligrosa que es la tormenta. 


Paula sacudió la cabeza.


—No tengo interés alguno en quedarme a su lado, señor Alfonso. Puedo llegar hasta la carretera y llamar a quien me ha traído hasta aquí para llegar a cubierto antes de que la tormenta empeore.


—La tormenta está empeorando muy rápido. No sea tonta.


Los ojos de Paula rezumaban ira. Antes de que ella pudiera replicar, un rayo restalló en el cielo, atravesando la cúpula de árboles y golpeando el tronco de uno de los robles. El trueno resonó inmediatamente después, casi ensordeciendo el profundo crujido de la madera. Pedro se abalanzó sobre Paula y le rodeó la cintura con los brazos. Entonces, la hizo caer sobre el suelo cuando el enorme roble comenzó a desmoronarse. Los dos cayeron sobre la tierra y rodaron. Él mantuvo el cuerpo de ella pegado al suyo. Plantó los pies para quedar encima de ella y protegerla con su cuerpo. La tierra tembló bajo sus cuerpos. Entonces, levantó la cabeza y vió que el roble había caído a pocos metros de distancia. Miró a Paula y vió que ella estaba muy pálida. Contemplaba el árbol con los ojos desorbitados.


—¿Se encuentra bien?


Lentamente, Paula asintió. Le miró el rostro y luego los cuerpos de ambos apretados y muy juntos. Las mejillas se le sonrojaron. La visión resumía perfectamente el deseo que la había invadido antes cuando estaba de pie en el vestíbulo de la mansión, amable y hermosa, aterradora en la percepción que tenía de la situación y maravillosa en su desafío. Pedro se apartó rápidamente de ella antes de que Paula pudiera sentir la evidencia de su excitación. Se puso de pie y le ofreció la mano para ayudarla a ponerse de pie. Los dos miraron a la vez el árbol caído que, en aquellos momentos, yacía en el suelo herido de muerte. Pedro sintió que se le hacía un nudo en el pecho. Le pareció que era ridículo ponerse sentimental por un árbol, así que se giró hacia la mujer que tenía a su lado. 

lunes, 20 de abril de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 20

Levantó la mano en la que tenía el expediente. Su sentido común la conminaba a que se detuviera, pero ya estaba harta de ser amable con un hombre tan egoísta. Lo dejó caer, saboreando con gusto el golpe que resonó en el vestíbulo cuando la carpeta golpeó la mesa y la expresión de sorpresa que apareció en el rostro de Pedro.


—Que tenga un buen día, señor Alfonso.


Entonces, le dedicó una resplandeciente sonrisa, inclinó ligeramente la cabeza y se marchó con paso firme del château.


Pedro contempló atónito la puerta abierta. No recordaba la última vez que alguien le había dejado con la palabra en la boca. Le resulta increíble que ella se hubiera marchado con tanta soberbia, comportándose como si hubiera sido él quien le había hecho algo malo cuando aquella mujer llevaba acosándolo durante semanas. Por ello, atravesó el vestíbulo con grandes zancadas para cerrar la puerta a la señorita Paula Chaves de una vez por todas. Al llegar a la puerta, miró la mesa sobre la que ella había dejado el expediente. Parecía un montón de papeles totalmente inocuo. Firmarlos pondría fin a aquella situación. Terminaría de una vez por todas con la campaña de asedio de la señorita Chaves, aunque, a juzgar por lo que ella le había dicho antes de marcharse, no tenía intención de volver a molestarle. Debería sentirse aliviado… Sin embargo, no era así. El vacío de la casa le estaba empezando a resultar insoportable, como también el rugido de la tormenta en el exterior. La perspectiva de no volver a ver a Paula, una mujer que le había producido un increíble impacto en cuestión de minutos, le produjo una inesperada sensación a través del vacío de su pecho. Maldita sea. Un relámpago iluminó el cielo, seguido tan solo unos segundos después por un trueno tan fuerte que hizo temblar las ventanas. Se asomó por la puerta y vio que la tormenta había oscurecido notalmente aquel paisaje veraniego. El viento ululaba por las esquinas del château y azotaba las ramas de los árboles. Tal vez fuera un canalla egoísta, pero no podía permitir que se marchara en medio de una tormenta tan fuerte. El pueblo estaba muy lejos. Decidió que ir tras ella era lo correcto, a pesar de que no le gustara.  Bajó las escaleras y miró a su alrededor. No se la veía por ningún sitio. Tal vez se había refugiado en la galería que había al otro lado de la casa. De repente, un ligero movimiento captó su atención. Observó sorprendido cómo la figura de la abogada había alcanzado ya la parte del camino que quedaba flanqueada por árboles.


—¡Señorita Chaves! —gritó—. ¡Paula!


El viento pareció engullir sus palabras y Paula desapareció entre los árboles. Pedro lanzó una maldición y bajó corriendo los escalones. Al llegar al suelo, echó a correr. 

Quédate Conmigo: Capítulo 19

 —Si no quiere el dinero, necesito que me firme un documento diferente en el que renuncia a todos sus derechos sobre la herencia.


La sorpresa se reflejó en el rostro de Pedro. ¿Acaso había esperado que ella saliera corriendo y gritando?


—¿Acaso no me ha escuchado, señorita Chaves? No voy a firmar. Nada.


Paula se acercó al pie de la escalera y lo miró. Alfonso estaba algunos escalones por encima de ella. La luz de la enorme lámpara hacía destacar la piel perfecta y cálida de lado derecho de su rostro hasta llegar a la afilada línea de la mandíbula. El cabello castaño claro, espeso y ligeramente revuelto, le caía sobre la ancha frente. La ira que ella había estado sintiendo desapareció de repente. Era más cruel aún que el destino lo hubiera dejado con la mitad de su rostro intacto, un recordatorio constante de quien había sido. Las miradas de ambos se cruzaron. Sintió que el corazón le latía con fuerza en el pecho. El calor regresó de nuevo, extendiéndose por su cuerpo, drogándola de deseo y haciendo que las extremidades le pesaran enormemente. Parpadeó y dio un paso atrás para tratar de recuperar la compostura y su profesionalidad. La cicatriz junto a la boca de Pedro se torció cuando sus labios se curvaron para esbozar una sonrisa burlona. 


—¿Qué le parezco, señorita Chaves? —le preguntó. Bajó unos escalones más, hasta que quedó tan solo uno por encima de Paula—. ¿Un canalla mimado que tiene lo que se merecía? O tal vez algo más sencillo, como un monstruo.


Aquella última palabra, hizo reaccionar a Paula. Lo miró de arriba abajo, se fijó en los fuertes músculos del cuello, en cómo la tensión de la mandíbula retorcía las cicatrices. Detrás del brillo de desdén que relucía en sus ojos había dolor… un profundo y horrible dolor.


—No. Solo me parece un hombre que está sufriendo mucho.


El rostro de Pedro reflejó una expresión de desprecio que estuvo a punto de conseguir que ella se sintiera insignificante. La miraba fijamente, con la respiración acelerada y el pulso latiéndole con fuerza en la garganta. Paula casi podía sentir los latidos de su corazón, la angustia que lo atenazaba. Observó el hermoso rostro y sintió que la respiración se le cortaba al sentir cómo Alfonso la atrapaba con su mirada.


—He dicho que no. No voy a firmar.


Durante un instante, Paula se limitó a mirarlo. Por fin, asimiló aquellas últimas palabras y reaccionó. Sintió que la furia volvía a apoderarse de ella al comprender que no tenía esperanza alguna de mantener su trabajo.


—Siento curiosidad por saber cómo se las apañaría un hombre al que se le ha entregado todo en bandeja de plata para echar a la calle a una mera mortal como yo, pero en realidad ya no me importa. He recorrido cientos de kilómetros, he aguantado la lluvia y he discutido con sus empleados de todo el mundo solo para conseguir una firma. Pero ya me he cansado.


Quédate Conmigo: Capítulo 18

 —Si usted no firma, me despiden. Si llama a Nettleton & Thompson, me despiden —exclamó levantando las manos con desesperación—, así que enhorabuena. Me tiene usted con la soga al cuello.


—¿Con la soga al cuello?


—Sí. Indefensa. A su merced.


—A mí no me parece usted indefensa en absoluto, señorita Chaves.


Paula volvió a sentir que el calor regresaba a su cuerpo al notar una cierta admiración en el tono de voz de Alfonso. Aquella sensación solo sirvió para acrecentar la irritación que sentía. ¿Cómo era posible que se sintiera atraída por un hombre tan exasperante y egoísta?


—No soy indefensa. No soy ninguna damisela en peligro. Simplemente he intentado hacer mi trabajo a pesar de que ha cancelado cinco reuniones, sus eficientes secretarias me han colgado el teléfono un número indefinido de veces y he viajado más de setecientos kilómetros para localizarle con el aliento de mi jefe en la nuca. He puesto el futuro de mi carrera en sus manos. Si puedo sobrevivir a esto, podré sobrevivir a cualquier cosa.


Paula tenía la respiración muy agitada. Miró el rostro de Alfonso, aún entre las sombras. Probablemente ya había firmado su sentencia con aquel estallido de genio. Pero Dios, ¡Se había sentido tan bien al decirle por fin lo que pensaba de su arrogancia y del hecho de que su carrera se viera reducida a la capacidad de conseguir una única firma! Se mesó el cabello y miró con anhelo la puerta entreabierta. Entonces, se giró de nuevo hacia él. «Una última vez. Intenta explicarte una última vez».


—¿Es que no lo comprende? Si no firma, lo perderá todo.


—Ya he perdido muchas cosas, señorita Chaves —dijo con frialdad. Entonces, comenzó a bajar las escaleras lentamente, de un modo muy medido que hizo que el pecho de Paula se tensara de anticipación—. Mi padre. Mi novia. Mi aspecto. Mi capacidad para andar por la calle sin asustar a los niños pequeños —añadió. Las sombras se fueron difuminando, dejando al descubierto unos anchos hombros y un fuerte cuello, cuya piel aparecía marcada por una gruesa cicatriz rosada—. ¿Qué le hace pensar que el dinero me importa un comino?


Entonces, salió por completo a la luz.  Paula apretó los labios para contener su reacción. Las cicatrices del lado izquierdo de la cara destacaban más por el hecho de que el lado derecho no tenía daño alguno. Una cicatriz le arrancaba en la línea del cabello y bajaba hasta atravesarle la ceja. Milagrosamente, lo que había causado aquella herida había perdonado el ojo, pero por muy poco. La cicatriz se torcía hasta la sien para bajar de nuevo por una esculpida mejilla. Otra cicatriz, más enrojecida, resultaba visible por debajo de la cuidada barba y atravesaba la mandíbula desde la boca y bajaba hacia el cuello. Era impactante, sí, pero, el modo en el que la prensa lo había descrito, acompañado de una desagradable descripción de su ex, había dado la impresión de que él tendría el aspecto de una bestia. O del monstruo de Frankenstein. Sin embargo, a ella le parecía un hombre que, efectivamente, había sufrido, pero que había sobrevivido a un terrible accidente. 

Quédate Conmigo: Capítulo 17

Paula inclinó la cabeza, pero no pudo distinguir ningún rasgo. Había escuchado muchos rumores sobre las cicatrices que cubrían el rostro de Pedro Alfonso. La curiosidad se apoderó de ella, pero decidió no ceder a sus impulsos. Las cicatrices de Alfonso no eran asunto suyo.


—La puerta estaba abierta.


—Es decir, ha entrado sin permiso —replicó él apretando la balaustrada con una mano.


—Señor, necesito que…


—No —la interrumpió él, bajando el primero de los escalones. Las sombras se desplazaron un poco, pero siguieron ocultándole el pecho y el rostro—. Lo que debería hacer, señorita Chaves, es marcharse antes de que llame a Nettleton & Thompson y les exija que la despidan.


—¿Por qué? —le espetó ella.


Sabía que, muy probablemente, Alfonso era muy capaz de hacer exactamente lo que acababa de decir. El hecho de que el señor Nettleton accediera inmediatamente a sus exigencias la enfureció. Paula se había esforzado mucho para llegar hasta allí. Había tratado de ser amable, paciente. Sin embargo, aquel hombre, que tenía el mundo a sus pies, no había hecho más que ponerle obstáculos desde el principio. La determinación le dio fuerza para seguir hablando.


—¿Por hacer mi trabajo? —añadió—. ¿Por intentar localizarle para hablar con usted en dos países diferentes?


—Si ir en contra de los deseos de sus clientes y acosarlos incesantemente es lo que usted considera su trabajo, creo que haré que sea otro bufete el que se ocupe de mis asuntos.


La indefensión era un sentimiento muy incómodo. La indefensión acompañada de la ira era incluso más desagradable. Paula sintió que las palabras se agolpaban en su garganta y trató de contenerlas. Entonces, decidió que ya no le importaba. Si, tal y como parecía, aquel iba a ser el final de su carrera en Nettleton & Thompson, dado que parecía inevitable hiciera lo que hiciera, decidió que era mejor marcharse cubierta de gloria y dejar que aquel playboy maleducado fuera consciente del daño que había causado.


—Hasta que usted firme este contrato, mi cliente es su padre, o más bien, sus propiedades —dijo. Metió la mano en su bolso y sacó un grueso montón de papeles—. Dado que no lo ha firmado, me importa un bledo a quién le confíe sus asuntos. De hecho, preferiría que no siguiera siendo cliente de Nettleton & Thompson ya que no ha sido usted más que un grano en el trasero.


El silencio fue ensordecedor. Paula tan solo podía escuchar los furiosos latidos de su corazón. Entonces, Alfonso habló. Por el tono de su voz, parecía que el comentario de ella le había hecho cierta gracia.


—¿De verdad?


—De verdad.


—¿Y si la despiden?

Quédate Conmigo: Capítulo 16

Por suerte, estaba encendida y su luz aplacaba la oscuridad de la tormenta que rugía en el exterior. Las paredes, pintadas en un delicado tono marfil, reflejaban la luz y hacían que la estancia reluciera. Junto a una de las paredes, había una larga y estrecha mesa, que brillaba como si acabaran de pulirla. Era muy hermosa, pero tenía un aspecto muy vacío, como si estuviera esperando a que alguien colocara un bol de flores frescas o un antiguo jarrón. La sensación de vacío generalizada que había en la estancia la conmovió. Una casa tan imponente, con tanto que ofrecer, pero vacía y deshabitada. Empezó a moverse, dado que se sentía demasiado nerviosa como para permanecer en un único lugar. Un cuadro le llamó la atención, uno de los pocos que adornaban las paredes del vestíbulo. Era una pintura de un gran tamaño, que representaba el momento en el que unas poderosas olas rompían contra una playa. Los trazos del pincel representaban perfectamente el agua embravecida y las oscuras nubes del horizonte. Un acantilado se erguía sobre el mar, orgulloso e inamovible contra la ira de las olas. La imagen parecía hablarle y le llenaba de una potente energía que rejuvenecía su apesadumbrado espíritu. Le recordaba a los otoños de su infancia, cuando observaba cómo las tormentas azotaban la costa de Maine desde su casa. La furia y el poder de la naturaleza, recordándole al hombre de lo que era capaz. Sobre la playa, había una larga figura, una sombra que parecía desafiar la tormenta con la barbilla erguida y los hombros cuadrados. Paula sonrió y respiró profundamente. Aquella imagen le daba el ánimo y la determinación que necesitaba para llevar a buen puerto su misión. De repente, sintió un hormigueo en la espalda y el vello se le puso de punta. Era prácticamente la misma sensación que había experimentado en el Diamond Club justo antes de ver la figura de Pedro Alfonso entre las sombras. No había podido verle el rostro, al menos no claramente, pero eso no había impedido que se le entrecortara la respiración y que un calor que parecía haber surgido de la nada le abrasara la piel. En aquel momento comenzó a sentir aquel mismo calor, una fiebre que solo podría ser aplacada por el acto que jamás había realizado antes. Se dió la vuelta, pero no había nadie.


—Señorita Chaves…


La voz, profunda, dura y, a la vez, sorprendentemente melódica, resonó por todo el vestíbulo. Se deslizó por encima del cuerpo de Paula y atravesó su piel para hacerse eco en el interior de su cuerpo como si fuera el restallido de un trueno. Atónita, ella levantó la mirada. Había un hombre en el primer rellano de la imponente escalera. Un hombre muy alto. Su torso y su rostro quedaban sumidos en las sombras.


—¿Señor Alfonso?


—¿Cómo ha entrado en esta casa?

miércoles, 15 de abril de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 15

Además, tenía que conseguir que le firmara aquel contrato y recibir por fin el ascenso que le habían prometido. El hecho de regresar a Londres y presentarle el contrato firmado al señor Nettleton debería haberla estimulado, pero no era la causa de que hubiera apretado el paso. Era como si quisiera combatir la sensación de inquietud que llevaba atenazándola durante unos meses, como si quisiera dejar atrás la pregunta que llevaba turbándola durante meses. «¿Quiero seguir haciendo esto?». Le gustaba su trabajo. Le gustaba escuchar las historias de la gente y lo que se había hecho importante para ellos a lo largo de sus vidas. Sin embargo, a medida que el tiempo había ido pasando el ambiente de Nettleton & Thompson había empezado a recordarle al de una cárcel. Siempre se había considerado una persona muy alegre. Incluso en días en los que había estado trabajando trece horas, había sido capaz de encontrar aspectos positivos. Sin embargo, en aquellos momentos… Paula se sentía agotada. El único aspecto positivo de su infructuosa búsqueda del señor Alfonso era que había sido capaz de dejar a un lado su insatisfacción con su trabajo durante un tiempo. En otro momento, podría decidir si quería seguir trabajando para el bufete o si se atrevía por fin a enfrentarse lo que quería hacer con su vida. Vivir un poco fuera de las paredes de su despacho. Apartó las preguntas de su pensamiento. No era el momento para tener una crisis personal, sino para realizar su trabajo.


Se detuvo al llegar frente a una enorme puerta doble y levantó el pesado llamador. Nadie respondió. El viento ululaba sobre el tejado de la mansión con gran fuerza. Entonces, instantes después, la lluvia comenzó a caer con fuerza. Con desesperación, Paula se apartó de la puerta para mirar a través de una de las ventanas, pero las cortinas estaban echadas. Regresó a la puerta y, en aquella ocasión, llamó con fuerza con el puño. Entonces, una de las hojas de la puerta se movió ligeramente y cedió. Se quedó en el umbral sin saber qué hacer. Técnicamente, nadie la había invitado a pasar, pero la puerta estaba abierta. Y había ido hasta allí desde muy lejos después de pasarse un mes entero tratando de localizar al señor Alfonso. Además, la lluvia estaba empezando a caer con fuerza. Con toda seguridad, el señor Alfonso le permitiría al menos refugiarse hasta que la tormenta hubiera pasado. Respiró profundamente y, tras abrir un poco más la puerta, entró. Se quedó con la boca abierta. A sus pies se extendía un mosaico de bellísimo diseño en diferentes tonos de azul, verde y rojo. El mosaico parecía contenido dentro de la piedra blanca que delimitaba la estancia. Una escalera a juego, lo suficientemente amplia para que subieran cuatro personas a la vez, abrazaba la pared y subía a la planta superior formando una imponente espiral. Una impresionante lámpara negra, a juego con la barandilla de la escalera exterior, colgaba del techo a más de cinco metros por encima de la cabeza de Paula. 

Quédate Conmigo: Capítulo 14

Paula jamás se había cuestionado su vida antes. Simplemente había aceptado todos los halagos que se le dedicaban y había gozado con el orgullo de sus padres. Su madre vivió lo suficiente para ver cómo se probaba la toga y el birrete un mes antes de graduarse en la Facultad de Derecho y para saber que Nettleton & Thompson le habían hecho una oferta de trabajo. Estaba a punto de cumplir todo lo que su madre había deseado. Entonces, ¿Por qué no se sentía emocionada al respecto? De repente, el sendero se curvó y, tras dejar los árboles atrás, se encontró frente a una verja de hierro forjado. Estaba flanqueada por dos columnas de piedra coronadas por estatuas, que ciertamente dejaban en evidencia las vallas de madera blanca tan típicas del pueblo en el que ella había nacido. Más allá de la verja, a unos cuantos cientos de metros de distancia, estaba el château. Se trataba en realidad de una enorme mansión con ventanas arqueadas que relucían bajo el sol y que estaba coronada por un empinado tejado. El edificio rezumaba elegancia. Era la clase de lugar que su madre había descrito cuando le contaba cuentos de príncipes y princesas, palacios y dragones, brujas y bestias.


De repente, se levantó un fuerte viento. Paula bajó la cabeza para protegerse y, al mirar al cielo, vio que este se estaba cubriendo de grandes nubes oscuras. Alfredo le había mencionado que se iba a producir una tormenta, pero que sería por la tarde. Con decisión, atravesó la verja. Entraría en la casa, hablaría con Alfonso y se marcharía de allí con su firma. Estaría de vuelta en Étretat antes de que la tormenta empezara. Alfredo le había dicho que lo llamara si necesitaba que fuera a recogerla para llevarla de vuelta al pueblo. A medida que se acercaba al château, lo fue observando más atentamente. Teniendo en cuenta las lujosas propiedades que Alfonso tenía en Nueva York, California y Tokio, le sorprendía que hubiera elegido una casona tan antigua para esconderse. Por supuesto, era un lugar muy hermoso y seguramente también muy valioso, pero no parecía la clase de lugar que Pedro Alfonso solía preferir. A él parecían gustarle los lugares nuevos, modernos y llamativos, no los históricos y elegantes.  Agarró con fuerza el bolso y empezó a subir las escaleras. Decidió que necesitaba controlar sus sentimientos. Había experimentado una reacción muy fuerte ante él en el Diamond Club. No obstante, según se había repetido una y otra vez desde entonces, había sido también perfectamente comprensible. Tenía los sentimientos a flor de piel. Se había encontrado por fin con el hombre sobre el que tanto había leído. Había escuchado muchas entrevistas suyas antes del accidente y, en cierto modo, sentía que lo conocía. Verlo al fin había provocado una reacción desmedida.

Quédate Conmigo: Capítulo 13

Sin embargo, a pesar de su predilección por los lujos obscenos, también tenía la rara costumbre de presentarse en su despacho para trabajar. La división de Alfonso Shipping en Gran Bretaña había llegado hasta lo más alto bajo su mandato. Jugaba duro, sí, pero trabajaba con el mismo empeño. Al menos así había sido hasta que un conductor borracho se empotró con el Lamborghini de Pedro. En el accidente, él sufrió heridas muy graves que le dejaron numerosas cicatrices y su padre resultó muerto. Algunas personas afirmaban que un buen cirujano plástico se aseguraría de que solo se apreciaran unas minúsculas marcas. Otros elucubraban que la razón por la que Pedro se había tomado un año de baja era porque le daba vergüenza mostrar su rostro en público.


La entrevista que Karina Dupree, su exnovia, había dado hacía menos de dos semanas ciertamente no había ayudado aplacar esos rumores. Fuera lo que fuera lo que había ocurrido, Pedro Alfonso había abandonado su vida de vicio y hedonismo por el aislamiento. Paula sentía pena por él. Había experimentado un sentimiento de pérdida similar cuando leyó sobre el accidente y vió las fotografías del vehículo siniestrado en medio de la carretera. Sin embargo, aunque Pedro ya no se dejara llevar por sus deseos más decadentes, sus decisiones seguían siendo egoístas. Aquellas decisiones habían convertido la vida de Paula en un infierno, en parte por las amenazas veladas del señor Nettleton sobre su futuro en la firma y por la vergüenza que sufrió cuando la echaron sin miramientos del Diamond Club. Decidió sacudirse a la frustración y centrarse en el agridulce y terrenal aroma que perfumaba el aire y disfrutar de la ocasional bocanada de calor que sentía cuando un rayo de sol le iluminaba el rostro. Llevaba tanto tiempo centrada en sus objetivos, esforzándose tanto por trabajar para salir del pueblo qué, según sus padres era demasiado pequeño para sus capacidades, que prácticamente se le había olvidado centrarse tan solo en respirar. O en pensar en lo que de verdad deseaba. Incómoda por el camino que habían tomado sus pensamientos, se cambió el bolso de lado y decidió que no era culpa de sus padres que quisieran lo mejor para ella. Tampoco era culpa de sus padres que ya jamás hubiera sido capaz de reunir el valor suficiente para decirles lo que realmente quería. ¿Cómo podría haber sido capaz de hacerlo cuando la miraban con tanto orgullo? "Un día, serás una de las abogadas más importantes de Nettleton & Thompson. Lo sé. No pararás hasta que lo consigas, ¿Verdad?". «Por supuesto que no, mamá. Haré que te sientas orgullosa de mí».


Sus padres se habían casado muy jóvenes y habían ahorrado hasta el último centavo de su sueldo para comprarse una pequeña casa de tres habitaciones, en la que vivieron con sus cuatro hijos. El destino del hermano mayor de Paula había sido seguir los pasos de su padre como pescador de langostas. Los otros dos hermanos más pequeños que ella insistieron en ponerse a trabajar después de terminar la educación secundaria. Por lo tanto, el sueño de tener un hijo universitario en la familia cayó sobre los hombros de ella. Todas las expectativas de sus progenitores se vieron superadas cuando Paula fue admitida en la Facultad de Derecho de Chicago. Tras sus estudios trabajó como becaria y después recibió una oferta de trabajo.

Quédate Conmigo: Capítulo 12

 —Dígame, señor.


—¿Dónde estás?


La voz de Ricardo Nettleton, tan suave como el whisky y tan fría como el hielo, resonó al otro lado de la línea telefónica.


—En Francia, señor.


—Entonces, ¿Estás haciendo progresos?


—Sí, señor.


Más o menos… En realidad, no.


—Bien. No es necesario que te recuerde lo mucho que está en juego con este contrato, Chaves.


—No, señor —respondió ella apretando los dientes. Lo sabía muy bien.


—Bien. La fecha límite es dentro de ocho días.


—Tengo reservado el vuelo de vuelta a Londres el próximo martes, señor.


—En ese caso, te espero el miércoles a las nueve de la mañana en mi despacho con el contrato firmado, Chaves. Quiero verlo con mis propios ojos, pero te agradecería que me fueras informando diariamente.


Paula hizo un gesto de hartazgo con los ojos. Era como si todo su trabajo de los últimos años hubiera quedado en un segundo plano por un maldito documento.


—Sí, señor. 


—Tu futuro en este bufete…


Cuando entró bajo las sombras de los árboles, unas repentinas interferencias hicieron que se cortara la llamada.


—¿Señor? —preguntó Paula, aunque ya no había nadie al otro lado de la línea—. Genial.


Paula se metió el teléfono en el bolsillo. En realidad, no le había disgustado que se hubiera cortado la conversación. «Entra en ese château. Consigue la firma y márchate de aquí». Bajo la frondosa cúpula de los árboles el aire era fresco y le besaba la piel. Le rodeaba una profunda tranquilidad, rota tan solo por el suave crujido de las piedrecitas del camino y el ocasional canto de un pájaro. La tensión que había estado sintiendo hasta entonces se desvaneció lentamente y se vió reemplazada por la paz que llevaba buscando desesperadamente desde que tuvo la mala suerte de que le asignaran el caso Alfonso. La investigación que había llevado a cabo sobre el nuevo presidente de Alfonso Shipping, la tercera generación en ostentar el título desde que se fundó la empresa, le había fascinado. Pedro Alfonso era famoso por su predisposición a disfrutar de placeres sobre los que la mayoría de la gente ni siquiera podía soñar. Botellas de vino cuyo precio superaba las seis cifras. Una pintura contemporánea cuyo valor habría sufragado las matrículas universitarias de dos docenas de estudiantes de su pequeño pueblo. Cenas a base de trufa negra y caviar en los restaurantes más caros del mundo. Y, por supuesto, como demostraban las numerosas fotografías que se le habían tomado a lo largo de los años, una puerta giratoria por la que entraban y salían de su vida las mujeres más glamurosas. Cuando por fin sentó la cabeza con una mujer, esta había sido una supermodelo famosa por lucir el diamante más grande del mundo en una sesión fotográfica ataviada casi exclusivamente con la joya.

Quédate Conmigo: Capítulo 11

En ocasiones, Paula se preguntaba si debería haberles dicho a sus padres que hubiera preferido un bufete más pequeño o una organización dedicada a ayudar a la gente que necesitaba de sus servicios en vez de trabajar para los que podían pagar una fortuna. Pero entonces, recordaba la última conversación que tuvo con su madre, el orgullo que tenía la débil voz de Alejandra Chaves. Su versión del sueño de su vida pasaba entonces a un segundo plano. El siguiente paso de ese sueño estaba a su alcance, tan cerca que le volvía loca que un hombre tuviera en las manos su trayectoria profesional en Nettleton & Thompson. Recordó la única imagen que tenía de él. Envuelto entre las sombras. No había razón alguna para que su cuerpo respondiera como lo había hecho a la mirada que habían compartido. La tensión le atenazó los músculos. Se le aceleró la respiración al recordar la profunda oleada de calor que sintió en el vientre, un calor que se le había extendido por todo el cuerpo y que la había dejado sin fuerzas a pesar de las chispas que le restallaban en las venas. Totalmente ridículo. Entonces, ¿Por qué no podía olvidarlo? ¿Por qué llevaba una semana despertándose entre sábanas revueltas, con el corazón acelerado y experimentando las sensuales sensaciones de sueños que jamás había experimentado y cuyos recuerdos la acompañaban a lo largo de todo el día?


Se detuvo a mitad de camino del puente. Una curiosidad morbosa la empujó a acercarse al borde para asomarse. La caída hasta el pequeño riachuelo producía vértigo. Contuvo el aliento. Sabía que estaba a salvo tras el sólido muro de piedra, pero el corazón se le había acelerado tanto que decidió seguir andando. Paso a paso, se acercaba al único hombre que había despertado en ella una curiosidad carnal que, a pesar de sus mejores intenciones, no era capaz de ignorar. Le había resultado fácil resistirse a las atenciones del amor adolescente porque, por aquel entonces, su único objetivo era ganar dinero para poder ir a la universidad. Cuando llegó a Chicago, las relaciones sentimentales habían quedado relegadas al último lugar de su lista de prioridades. Florencia, una de sus compañeras, había llegado a afirmar que sus expectativas sobre una posible pareja eran imposibles de alcanzar para ningún hombre. Tal vez Florencia tenía razón. Tal vez nunca dejaba que sus citas fueran más allá de un beso porque tenía miedo de que al aura de fantasía con el que había rodeado su primera vez y al hombre con el que compartiría su intimidad se desvaneciera en cuanto se enfrentara con la realidad. Tal vez sus expectativas se harían pedazos al chocar con la realidad. Desgraciadamente, todo lo que había soñado en la seguridad de su cama y de su piso estaba cobrando vida en el peor momento posible. Por no mencionar con el peor hombre posible. Su móvil empezó a sonar, sacándola de sus pensamientos. Cuando vió de quién se trataba, respondió inmediatamente. 

lunes, 13 de abril de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 10

Paula recordó lo ocurrió en el vestíbulo del Diamond Club. Había sentido que alguien la estaba observando e, inmediatamente, había sospechado de quién se trataba. Solo le había podido ver las piernas, dado que el resto de su cuerpo había quedado enmascarado por la oscuridad. Cuando ella pronunció el nombre, algo había surgido entre aquella persona oculta en la escalera y ella. Una descarga de energía. Un estallido de sensualidad.  Todo se había evaporado en cuanto ella pronunció la palabra «Herencia». Sintió ira y vió cómo las manos de aquel hombre se convertían en puños. Comprendió entonces que, a pesar de las muchas batallas que había peleado hasta aquel momento, ninguna se podía comparar a la guerra quetendría que emprender para conseguir aquella firma. Su instinto, junto con una ingente tarea de investigación, la había llevado a controlar los movimientos del avión privado de Alfonso en elaeropuerto de Heathrow. Descubrió que la mañana después de que la echaran del Diamond Club, el piloto del avión había presentado un plan de vuelo que constataba que se iba a realizar un desplazamiento muy corto entre Londres y el aeropuerto de Le Havre, en la costa de Normandía. Tras examinar las propiedades familiares que la familia Alfonso poseía en Francia, consiguió varios resultados, entre los que se encontraba un ático en París y una mansión en la Riviera Francesa. Sin embargo, solo había habido un único resultado en la región de Normandía: Una casona a las afueras del pequeño pueblo de Étretat.


Un tren y dos taxis más tarde, Pedro llegó por fin a su destino. No había nadie que pudiera impedirle el paso o que le exigiera que se marchara, pero, a pesar de todo, dudaba. Una parte de ella quería marcharse de allí y regresar a Étretat, pasear por las pintorescas calles del pueblo, relajarse en la terraza de un restaurante con una copa de vino y admirar los imponentes acantilados de piedra caliza. En definitiva, tener un momento de paz. «Mas tarde», se prometió. Se obligó a cruzar el puente en dirección al túnel creado por los árboles. Tras conseguir la firma del señor Alfonso, disfrutaría del resto de los días en su pequeña casita de alquiler. Tal vez incluso podía tomarse unas vacaciones de verdad y pasarse una semana en París o en Roma. «Sí, claro». Llevaba trabajando en su ascenso desde que se graduó en la Facultad de Derecho y comenzó a trabajar en Nettleton & Thompson. El cambio de vida, desde un pequeño pueblo de Maine hasta conseguir un puesto en Londres había enorgullecido profundamente a sus padres. El último deseo de su madre antes de morir había sido ver cómo Paula llegaba hasta lo más alto, mucho más allá de lo que nadie de la familia se había atrevido a soñar. 

Quédate Conmigo: Capítulo 9

Desgraciadamente, todas las propiedades que poseía fuera de Inglaterra distaban mucho de ser tranquilas. Un ático en la ciudad de Nueva York. Una casa en la playa en California. Y un departamento en Tokio, que había adquirido semanas antes del accidente. Lujoso, caro y rodeado de gente. Se detuvo en lo alto de las escaleras y miró los suntuosos muebles que decoraban la planta inferior. Al pensar en la casa de la playa había recordado otra playa, una que no había visitado hacía más de trece años. Sintió que el corazón le daba un vuelco en el pecho, pero decidió dejar a un lado las emociones y centrarse en el lado más práctico. Estaba ciertamente muy aislada y era poco probable que allí atrajera la atención de nadie. Una agradable sensación de alivio relajó su cuerpo. Se había jurado repetidamente que jamás regresaría a las costas de Normandía, al château al que su madre se había dedicado en cuerpo y alma antes de su muerte. No solo sería el lugar perfecto en el que ocultarse, sino que también sería su castigo. Entró en el dormitorio y se desnudó con movimientos bruscos, que le provocaron un fuerte dolor en el brazo y la pierna izquierdos. A pesar de todo, ignoró los analgésicos que tenía en la mesilla de noche. Entonces, se metió en la cama, cerró los ojos y se quedó dormido. Durmió intranquilo, atormentado por las pesadillas en las que revivía claramente el sonido de los cristales rotos, el de los neumáticos chirriando sobre el asfalto y el color amarillo chillón de un paraguas que se abría paso entre el caos.



Una semana más tarde…


Unos imponentes robles blancos alineaban el camino. Sus espesas ramas creaban una cúpula tan frondosa que solo unos pequeños rayos de sol llegaban al suelo. Sin embargo, en esos pequeños bolsillos de sol, el suelo blanquecino relucía en todo su esplendor. Paula Chaves contemplaba el hermoso paisaje, con el maletín en una mano y el paraguas en la otra. Más allá de los árboles, habría una verja y, al otro lado de esta, estaría el castillo. «Castillo no», se corrigió mentalmente. «Château». Se lo había dicho Alfredo, el amable anciano que la había llevado hasta allí desde el pueblo. Durante el trayecto, le había contado todo lo que sabía sobre el Château du Bellerose mientras su destartalada camioneta avanzaba por el camino de tierra. El puente de piedra que la separaba de los árboles conectaba el château al resto del mundo. Un río recorría la profunda garganta y cortaba la llanura sobre la que la imponente casona había sido construida. El puente era el único acceso y había tenido un papel fundamental a la hora de defender la casona en los primeros años tras su construcción. Una casona que, en aquellos momentos, ofrecía refugio a un multimillonario muy testarudo y grosero. 

Quédate Conmigo: Capítulo 8

A lo largo de los últimos once meses, se había esforzado mucho para corregir su estilo de vida y comportarse como hubiera esperado su padre, a pesar de que ya era demasiado tarde para que Horacio viera los resultados de su incansable apoyo y el amor que había sentido por su único hijo. Paula Chaves amenazaba todo aquello y era algo que Pedro no podía permitir. Regresó a su suite y empezó a subir las escaleras. Se detuvo en el rellano para mirar por la ventana que daba a la calle. Londres mostraba una apariencia gris. Una lluvia demasiado fría para el inicio del verano azotaba con fuerza a la gente que andaba por las calles. Justo debajo de él, alguien abrió un paraguas. Le llamó la atención porque el color de la tela era amarillo chillón y destacaba en un mar de negro. Cruzó la calle, ocultando por completo a la persona que se guarecía debajo. Sin embargo, supo, incluso antes de ver las botas azul marino y la gabardina color café aleteando al viento, que era Paula Chaves quien blandía el llamativo paraguas. Este avanzaba rápidamente por la acera, alejándose con paso rápido del Diamond Club. ¿Cómo había conseguido entrar en el club y llegar incluso hasta el despacho privado de Luis? 


Tenía que reconocer que aquella mujer tenía agallas. Sin embargo, quería de él algo que Pedro no le podía conceder. Para ella, era tan solo una firma, pero, para él, era admitir por fin que su padre se había marchado para siempre. Por supuesto, era consciente de que, tarde o temprano, tendría que firmar aquellos documentos. Lo haría a solas, en el lugar que él eligiera, lejos de Paula. No podía arriesgarse a encontrarse de nuevo cara a cara con una mujer que lo tentaba a pecar con su mera presencia. Por muy enojado que se sintiera por la reacción que había experimentado ante ella, sabía que no era culpa suya. Aquella ira debía dirigirse total y plenamente hacia sí mismo. Sería más fácil, preferible incluso, culparla a ella de aquella reacción tan poco impropia de él. Sin embargo, también sería como dejarse llevar por sus costumbres de antaño y no aceptar la responsabilidad de sus actos y las consecuencias en las que incurría por su naturaleza egoísta.  Se dió la vuelta y siguió subiendo las escaleras. Por supuesto, tarde o temprano se ocuparía de la maldita herencia, pero, en aquellos momentos, necesitaba paz. Si no, terminaría volviéndose loco. Decidió que Kent ya no era un lugar seguro. Aunque el Diamond Club le ofrecía refugio, cuanto más se quedara allí, más le pesaría la culpa, que lo asfixiaría poco a poco hasta que ya no pudiera respirar. 

Quédate Conmigo: Capítulo 7

Luis se dió la vuelta y guio a la señorita Chaves a la puerta, donde estaban esperando dos guardias de seguridad. Pedro vió por fin a la tenaz abogada. Los rizos fueron la primera impresión que tuvo. Una tumultuosa cascada de rizos le caía por los hombros y por la espalda. Llevaba una gabardina color café que le llegaba por debajo de las rodillas y unas botas de lluvia azules.


—Sí. El señor Alfonso no desea verla.


—Pero si no me recibe, corre el riesgo de…


—Le sugiero que llame a su secretaria.


—Ya lo he hecho. Muchas veces. También he ido a las oficinas de Liverpool, Portsmouth, Southampton…


Como si la señorita Chaves sintiera la presencia de Pedro, se dió la vuelta de repente y levantó los ojos. Las miradas de ambos se cruzaron. Ella lo observó fijamente a pesar de que Luis seguía empujándola hacia la puerta. Una corriente de sentimientos los unió a ambos. Era la anticipación de dos adversarios que, por fin, se encuentran cara a cara. Sin embargo, había algo más, algo más profundo que se entrelazaba entre ellos y añadía un oscuro poder hipnótico. Justo entonces, Pedro sintió que el deseo se apoderaba de él. Su pensamiento recreó vivas imágenes, pensamientos carnales en los que un esbelto cuerpo se arqueaba bajo el suyo mientras él introducía los dedos en aquellos rizos y besaba la delicada garganta… Atónito, se agarró con fuerza a la balaustrada. Asió el mármol con tanta fuerza que podría haber dejado marcas en la pulida piedra.


—¿Señor Alfonso?


Pedro sintió que se le hacía un nudo en el pecho, pero se obligó a permanecer inmóvil. Estaba entre las sombras y ella no podía verlo con  claridad. Él tampoco podía distinguir ningún rasgo concreto, a excepción del rostro ovalado y enmarcado por aquellos rizos desafiantes. Sin embargo, aquello no impidió que la voz le llegara hasta lo más profundo de su ser, envolviéndole los tensos nervios y animándolo a permanecer allí un momento más para poder mirar a placer a la mujer que había encendido su cuerpo.


—Señor Alfonso, se lo ruego. Necesito hablar con usted sobre su herencia. 


La última palabra lo sacó de su ensoñación. El frío le heló las venas y apretó los puños con fuerza. Entonces, se dió la vuelta y regresó a su suite, ignorando por completo el sonido de la voz de aquella mujer, que se iba desvaneciendo a cada paso que daba. Poco a poco, fue rearmando su autocontrol. Si antes Paula Chaves le había parecido un mero inconveniente, en aquellos momentos la veía bajo una luz muy diferente. En un abrir y cerrar de ojos, el deseo se había adueñado de la situación con una ferocidad que Pedro jamás había experimentado antes. El hecho de que solo el sonido de su voz lo empujara a regresar a la escalera para observar de nuevo su rostro iba más allá de sus anteriores hazañas amorosas y era una señal de advertencia que no podía permitirse ignorar. 

Quédate Conmigo: Capítulo 6

 —Dile que me pondré en contacto con ella más adelante —dijo con voz seca.


—Por supuesto, señor.


Entonces, se escuchó un ligero forcejeo que eclipsó la voz de Luis.


—Señorita Chaves…


Una voz femenina, fuerte pero algo ahogada, replicó:


—Deme el teléfono. Tengo que…


Pedro frunció el ceño. Conocía aquella voz. La había oído en un mensaje de voz que había escuchado antes de borrarlo y bloquear el número. Fría y profesional. Sin embargo, aquella versión de la voz era vibrante, femenina, con una descarada confianza en sí misma que despertó algo dentro de él. La exasperada voz de Luis la interrumpió una vez más.


—Señorita Chaves…


La línea se cortó.


Pedro miró fijamente el teléfono. La irritación que había sentido anteriormente hacia la señorita Chaves por la incapacidad de esta a aceptar un no por respuesta se transformó en admiración hacia la mujer que, de algún modo, había conseguido entrar en uno de los clubes más exclusivos del mundo. Al escuchar el mensaje de voz, no se había percatado del acento estadounidense, pero, en aquellos momentos, le intrigaba y le hacía querer saber más sobre la tenaz mujer que trabajaba para uno de los bufetes más importantes de Londres. Y llevaba mucho tiempo sin sentir interés por algo. Frunció los labios y se imaginó a Luis tratando de defenderse de una mujer que luchaba por arrebatarle el teléfono. A lo largo del último año, jamás había estado tan cerca de soltar la carcajada. Colgó el teléfono y se dirigió hacia la escalera que conducía a la planta superior de su suite, donde lo esperaba una enorme cama. Se detuvo en seco y sintió que la curiosidad le ganaba la partida. Salió al pasillo y se dirigió a la escalera, que conducía hasta el vestíbulo principal. El lujo y la belleza de la decoración que lo rodeaba pasaron a un segundo plano al ver la escena que se estaba desarrollando en la planta baja. Luis salía de su despacho y la figura que lo acompañaba quedaba prácticamente oculta por la corpulencia de su cuerpo. Él avanzaba con decisión por el vestíbulo.


—No es usted bienvenida aquí, señorita Chaves —decía Luis. 


Su voz, normalmente refinada y cortés, rezumaba frialdad.


—¿No se supone que debería estar sirviendo a sus clientes?


Pedro volvió a escuchar la misma voz femenina que había oído por el teléfono. Esta lo envolvió con fuerza. Se acercó un poco más a lo alto de las escaleras. 

lunes, 30 de marzo de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 5

¿Qué iba a hacer? Alfonso Shipping, el orgullo de su abuelo y el legado que había elevado a la familia de la pobreza vivida durante los años de la Segunda Guerra Mundial a la élite de los más ricos del mundo, estaba dirigida en aquellos momentos por un equipo muy solvente que gestionaba su ausencia. Nadie había cuestionado que deseara tomarse un año sabático. Entre las graves y extensas heridas sufridas y la muerte de su padre, la junta le había reiterado su total apoyo en la reunión telemática que habían celebrado y durante la que Pedro había mantenido apagada su cámara. Por supuesto, aquella insistencia para que descansara no tenía que ver con que quisieran librarse de él, sino porque querían que se recuperara por completo para que regresara más fuerte que nunca. Después de que le pusieran al frente de la división de Alfonso Shipping en Gran Bretaña hacía cinco años, los beneficios habían alcanzado niveles impensados hasta entonces. La junta quería que hiciera lo mismo con el resto de la empresa, aunque eso significara que tuvieran que esperar un año para que él enterrara sus fantasmas y se ajustara a su nueva realidad. Una ligera vibración de su línea privada lo sacó de sus pensamientos.


—Sí.


—Señor —dijo la voz de Luis, profunda y bien modulada—. Una señorita desea verlo.


Si la ira se pudiera manifestar en algo físico, habría empezado a salirle humo de la cabeza.


—Puede decirle a la señorita Dupree que se puede volver a montar en su escoba y marcharse por donde ha venido o irse directamente al infierno. Me importa un comino 

donde vaya.


—Por muy divertido que eso pudiera resultar, señor, no se trata de la señorita Dupree.


Pedro frunció el ceño.


—¿De quién se trata entonces?


—Paula Chaves de Nettleton & Thompson. 


El bufete que se ocupaba de la gestión de los bienes de su padre. Contaba con más de doscientos años de existencia y se ocupaba de las propiedades, las herencias y los fondos de empresarios, políticos e incluso de algún miembro de la familia real. Querían que firmara los papeles que le transferirían oficialmente la fortuna de su padre y la pondrían a su nombre. Paula Chaves era una mujer muy tenaz. Lo había llamado insistentemente y se había presentado en varias de sus oficinas e incluso en la casa de Kent. Pedro sabía que tendría que ceder en algún momento. Tendría que firmar los malditos papeles y reconocer por fin que su padre ya no estaba. Sin embargo, no sería aquel día. No estaba preparado. «Jamás estarás preparado». Decidió ignorar aquella desagradable voz. 

Quédate Conmigo: Capítulo 4

Karina se había dirigido a él llamándolo Pedrito, el diminutivo que tanto odiaba. Comenzó a decirle que lo había echado mucho de menos y le pidió encarecidamente poder verse con él para disculparse. Sin pensárselo dos veces, Pedro lanzó el teléfono a través de la ventana y éste cayó en el estanque que había en el jardín. Aquel mismo día, algo más tarde, su equipo de seguridad sorprendió a dos paparazis. Sintió que su refugio había sido mancillado, por lo que tomó el coche para dirigirse a Londres, al único lugar en el que podría sentirse seguro. El Diamond Club. Entró en el vestíbulo a través de una puerta trasera privada, donde lo recibió un hombre muy corpulento, de nariz aguileña y uno de los bigotes más elaborados que había visto nunca. Luis, como él mismo se presentó, lo condujo hacia el vestíbulo principal y lo hizo subir por una imponente escalera. Entonces, avanzaron por el pasillo hasta llegar a una puerta negra sobre la que destacaba un número 8 de metal dorado.


Pedro llevaba ya seis días allí y no hacía más que dar vueltas por la suite como si fuera un animal enjaulado. Resultaba evidente que su padre no la había decorado para él, sino para su hijo. Enormes ventanas enmarcadas en negro, una pared de ladrillo visto y paredes pintadas en color crema en el resto de la suite reflejaban la calidez con el aspecto industrial que a él tanto le gustaba. Después de la muerte de su madre, había empezado a odiar el encanto del viejo mundo que tenía la finca familiar de Kent, el estilo que su padre habría elegido si hubiera decorado aquella suite para sí mismo. Sin embargo, Horacio había optado el estilo que prefería por aquel momento, un estilo que, según él, significaba progreso. Cada vez que miraba a su alrededor y veía los muebles de cuero, las pinturas originales en las paredes, no experimentaba placer alguno. Solo vergüenza. Vergüenza y un profundo odio hacia sí mismo por haber rechazado todo lo que representaba su padre y haber mantenido las distancias con él. Durante todo aquel tiempo, su padre siguió amándolo desde la distancia. Incluso había sido capaz de sacrificar sus preferencias para decorar la suite del Diamond Club para el desagradecido de su hijo. Tenía todo lo que pudiera desear, pero acababa de descubrir que le faltaba lo único que había tenido desde el principio y que nunca había sabido valorar. La última conversación que tuvo con su padre había sido más una discusión que una conversación. A Horacio le preocupaba todo: Las largas horas de trabajo de su hijo, su relación con Karina… Sus gastos. Pedro apartó el recuerdo antes de que pudiera revivir lo que se produjo a continuación. Se dirigió al balcón y apoyó la frente contra el frío cristal.

Quédate Conmigo: Capítuo 3

No había podido abandonar la seguridad de Kent, la familiaridad de los relucientes suelos de madera, de las antigüedades de las que en el pasado se había burlado. Demasiado tarde, vió el valor, vió la sabiduría de las palabras de su padre. Comprendió su insistencia para que él no se viera atrapado irremisiblemente en la opulencia y en el dinero que tenía en el banco. Huérfano ya de padre y madre, aquellos muebles ya no eran viejas antigüedades que quería reemplazar. La casa ya no carecía de la elegancia que prefería en todas sus adquisiciones. En aquellos momentos, sofás, alfombras y sillas inspiraban recuerdos de un tiempo que nunca podría recuperar. Aquella casa le daba la bienvenida con los brazos abiertos, a pesar de todos los comentarios despectivos qué había hecho sobre ella. Kent se había convertido en un refugio, en un lugar en el que esconderse. La familiaridad de todo lo que le rodeaba, la calidez de un lugar al que una vez había considerado su hogar, le proporcionaba el descanso que ninguno de los imponentes áticos ni las mansiones que tenía podrían ofrecerle. 


Sin embargo, su refugio se había convertido en ruinas hacía solo una semana cuando, mientras paseaba por las orillas del lago privado, una luz a través de los árboles llamó su atención. Al día siguiente, una fotografía de él mirando el suelo con gesto apesadumbrado apareció en la portada de un periódico sensacionalista. La fotografía estaba algo desenfocada, lo suficiente para borrar lo peor de sus cicatrices. Sin embargo, resultaba evidente que ya no era el hombre al que, hasta no hacía mucho tiempo, se le había considerado el más guapo de Europa. El artículo incluía un relato completo del accidente de coche en el que su padre, Horacio Alfonso, perdió la vida. También revelaba que el presidente de Alfonso Shipping poseía una inmensa fortuna. Que él poseía una inmensa fortuna. Miles de millones habían ido a parar a las manos de Pedro Alfonso, el único heredero superviviente. Las llamadas habían empezado menos de una hora más tarde. Los buitres habían comenzado a revolotear, enviándole invitaciones a galas benéficas, a vacaciones en yates privados, a exclusivas cenas y, por supuesto, proponiéndole inversiones que, en ocasiones, solo buscaban apoderarse de una porción de su riqueza. Una riqueza con la que siempre había soñado. Una riqueza cuya posesión le provocaba náuseas. La llamada de Karina había sido la gota que había colmado el vaso. Pedro acababa de colgar el teléfono con su secretaria de Londres. Por ello, cuando su teléfono móvil privado comenzó a sonar, no se preocupó de comprobar la identidad de quien lo llamaba. 

Quédate Conmigo: Capítulo 2

Karina se quedó con la boca abierta. Pasó de mostrarse conciliadora a furiosa en cuestión de segundos y le recriminó atreverse a arrebatarle lo único que le recordaría lo que los dos habían tenido antes de aquel accidente. Solo se quitó el collar de rubíes, valorado en cuatro millones de dólares, cuando él la amenazó con demandarla por robo y asegurarse de que la noticia llegaba a la prensa. Ella se lo lanzó a la cama antes de marcharse apresuradamente de la habitación sumida en un mar de nada. El hecho de que su primer pensamiento hubiera sido «Hasta nunca» decía mucho más sobre la relación que habían tenido a lo largo de seis meses de lo que él nunca hubiera podido expresar con palabras. De hecho, lo que más le dolía era que no le doliera en absoluto.


Con la otra mano, la que no sostenía el vaso de whisky, se tocó la minúscula cicatriz en forma de luna que tenía en el lado derecho de su rostro. La única herida visible en ese lado. Por suerte, el cabello había terminado por cubrirla, pero a pesar de todo, él podía sentirla. Cuando se peinaba el cabello. Cuando esta le palpitaba por las noches que le hacía recordar el dolor que había sentido en el momento en el que su padre gritó su nombre, antes de perder por completo la consciencia. Karina había tenido razón en una única cosa. Efectivamente, él era un monstruo. Por dentro y por fuera. Tomó otro sorbo de whisky. Había madurado sesenta años en las llanuras salvajes de Irlanda y era una de las botellas pintadas a mano que había alcanzado un valor de más de un millón de dólares en el Sotheby’s de Nueva York. Hacía tan solo un año, Pedro estaba en lo más alto del mundo, con una de las modelos más deseadas de Europa a su lado. Ella llevaba alrededor del cuello una de las mejores joyas que el dinero podía comprar y juntos disfrutaban de aquel whisky. Había descubierto que el destino tenía un cruel sentido del humor. Durante los últimos diez años, se había visto consumido por el dinero y la imagen. Cuando oyó hablar por primera vez del Diamond Club hacía cuatro años, descubrió que la envidia lo atenazaba como una fea sombra. El club, situado en una opulenta casa de Londres, ofrecía refugio a las diez personas más ricas del mundo. Se decía que tenía un helipuerto en el tejado, columnas talladas en mármol de Calcuta y suites diseñadas de acuerdo con los gustos particulares de sus residentes. Sin embargo, cuando se puso de pie y comenzó a pasear por la suite que su padre había decorado, ya no sintió envidia. Solo sintió náuseas.


Tres meses después del accidente, cuando las fracturas que tenía en la columna vertebral sanaron lo suficiente para que pudiera retirarse el corsé, una mujer lo visitó en la finca que la familia tenía en Kent. Su padre había diversificado mucho el negocio a lo largo de los últimos años, invirtiendo en empresas tan variadas como las inmobiliarias o las que se dedicaban a la tecnología. Esas inversiones habían tenido como resultado una fortuna valorada en miles de millones de libras. Tras una breve inclinación de cabeza, la mujer le había entregado el sobre y le había dicho que el señor Raj Belanger lo invitaba cordialmente a ocupar el lugar de su padre en el Diamond Club. Acababa de alcanzar uno de sus objetivos más ansiados. A costa de la vida de su padre. Sí, efectivamente, el destino era muy, muy cruel.

Quédate Conmigo: Capítulo 1

Pedro Alfonso deslizó un dedo sobre la cicatriz que le partía en dos la ceja izquierda. Se rozó a continuación el borde del ojo y descendió hasta la mejilla. Otra cicatriz se extendía desde el lateral de la boca hasta la barbilla y resultaba sorprendentemente suave al tacto. A pesar de que se peinaba la barba para cubrirla, se adivinaba de todas maneras un tajo enrojecido y furioso. Aunque estaba sentado en un sillón junto a las puertas de la terraza, con un vaso de whisky en la mano, era capaz de visualizar su desagradable rostro como si se lo estuviera mirando en un espejo. Después de once meses, las cicatrices se habían ido desvaneciendo hasta adquirir un tono rosado pálido. Sin embargo, el tiempo no había borrado los recuerdos de la primera vez que se vió frente al espejo. Puntos uniendo los bordes de las heridas recientes. Ojos inyectados de sangre y con la mirada perdida por la medicación que le habían hecho tomar. Monstruoso.


La voz horrorizada de ella se le deslizó fríamente sobre la piel. Aquella palabra había penetrado hasta lo más profundo de su ser a pesar de que, a lo largo de aquel primer día, recuperaba brevemente la consciencia para volver a perderla otra vez casi inmediata. Ni siquiera su estatus como hijo de un acaudalado magnate naviero con muchos millones en el banco había sido suficiente para conseguir que Karina Dupree quisiera permanecer a su lado, cuando parecía más una bestia que un hombre. «Estoy segura de que lo comprendes, Pedro». Su voz había resultado tan desagradable como el sonido que hacen las uñas al deslizarse sobre una pizarra. Aquel sonido se le había clavado en el cerebro como si fueran las afiladas garras de un águila mientras trataba de asimilar el hecho de que mientras, él había sufrido unas gravísimas heridas, su padre había perdido la vida. Y todo porque él no había prestado atención. Se había centrado exclusivamente en sí mismo, algo de lo que su padre acababa de acusarlo. Entonces, de repente, su mundo se había puesto patas arriba con un horripilante golpe y chirriantes metales retorcidos. Aquel ruido se hacía eco en su mente sin que él pudiera evitarlo. Entonces apartó la mano del rostro y bebió. El whisky solo le abrasó la garganta. Siempre evitaba emborracharse. Era una salida demasiado fácil. Solo bebía lo suficiente para aplacar el dolor. Monstruoso. Karina fue a visitarlo el segundo día de hospital. Llevaba el reluciente cabello rubio muy elegantemente recogido, lo que hacía destacar perfectamente su pálido rostro y sus perfectos rasgos. Una belleza en la que él ni siquiera se fijó mientras luchaba contra el dolor y la pena. Ella le colocó la mano sobre el hombro y la apartó rápidamente. Sus gruesos y hermosos labios esbozaron una mueca de repulsión cuando vió la sangre que manchaba las vendas. Bajo esas mismas vendas, la ira hervía dentro del cuerpo de Pedro. Su padre acababa de morir.


—Estoy segura de que lo comprendes, Pedrito.


—Devuélveme el collar. 

Quédate Conmigo: Sinopsis

No quería su herencia… Pero sí la quería a ella.


Pedro Alfonso había rechazado la herencia multimillonaria de su padre. Lo consideraba un castigo justo por su responsabilidad en la muerte de su progenitor. Desgraciadamente, Paula Chaves, la abogada especialista en bienes raíces, no iba a rendirse tan fácilmente. En medio de una furiosa tormenta, la atractiva Paula apareció en la puerta de su château totalmente decidida a conseguir que él aceptara la herencia.


Paula necesitaba la firma de Pedro. La trayectoria profesional por la que había puesto su vida en espera dependía de ello. Sin embargo, aislada allí a solas con el taciturno magnate, no podía escapar al embriagador magnetismo que había entre ellos. La cuestión era si, en realidad, quería hacerlo.

miércoles, 25 de marzo de 2026

Venganza Y Seducción: Epílogo

Pedro cerró los ojos, satisfecho mientras se mecía suavemente en la hamaca bajo el sol naciente. Acurrucado sobre él, la regordeta mejilla apretada contra el pecho, dormía su hijo menor, Baltazar. Con solo dieciocho meses, el pequeño ratoncito, como lo llamaba cariñosamente Paula, acababa de aprender el arte de escaparse de su cuna. Aquella mañana había entrado en el dormitorio de sus padres y lo despertado, que lo había sacado a ver el amanecer. Intentó no suspirar al pensar que pronto regresarían a Europa. Olivia, su hija mayor, estaba a un par de semanas de empezar el colegio. Habían sopesado contratar a un tutor para poder seguir pasando seis meses al año en el refugio caribeño, pero sería egoísta por su parte. Los niños necesitaban compañeros de juegos. St. Lovells estaría allí para las vacaciones escolares, y cuando toda su prole hubiera volado del nido, lo convertirían en su hogar permanente. Al menos, ese era el plan. Nadie sabía cuánto tiempo tardaría eso en suceder. Mirando por el rabillo del ojo, vió a su embarazadísima esposa acercase con una enorme caja envuelta para regalo. Olivia la seguía con unas cuantas cajas más pequeñas. Su familia. Cómo los amaba. A veces miraba los rostros felices de sus hijos y su corazón se henchía tanto que dolía. Miraba a su esposa, contemplaba su cabello castaño oscuro y su cuerpo curvilíneo, y esos hermosos ojos azules que siempre brillaban con amor, y daba gracias a los dioses por haberlos unido. Seis años de matrimonio, y su devoción mutua no había hecho más que crecer. Ella era todo su mundo. Sus hijos eran su universo.


—¡Feliz cumpleaños, papá! —gritó Olivia.


Pedro abrió los ojos del todo y fingió sorpresa.


—Feliz cumpleaños —balbuceó sonriente Baltazar.


Apretando la nariz de su hijo, Pedro lo abrazó con fuerza y se bajó de la hamaca. Paula sonreía resplandeciente. La caja era prácticamente tan alta como ella.


—Feliz cumpleaños, guapísimo. Apuesto a que no adivinas qué es… ¡No se lo digas, Oli!


Mientras su hija colocaba cuidadosamente las otras cajas sobre la mesa, fingió reflexionar.


—Hmm. ¿Qué puede ser?


Se las arreglaron para cambiar a Baltazar por la caja, y así Pedro rasgó sonriente el envoltorio, imaginándose la ocurrencia de su esposa. Era un flotador de arrastre. Todos los años le regalaba lo mismo por su cumpleaños. Estaba haciendo una gran colección. Pero cada uno estaba decorado de manera diferente, y se echó a reír al ver el nuevo, pintado con caricaturas de su esposa y sus dos hijos. Lo colocó contra el árbol al que estaba atada la hamaca, abrazó a Paula con Baltazar en brazos, y la besó apasionadamente.


—Gracias —murmuró.


—Un placer —susurró ella—. Tendrás el resto del regalo cuando los niños se acuesten.


—Lo estoy deseando —Pedro fingió fastidio y le apretó el delicioso trasero.


—¡Déjalo ya, tonto, y abre nuestros regalos! —exclamó Olivia.


Riéndose aún más, levantó a su hija en brazos y le plantó un beso enorme en la mejilla. No había día en que Pedro no se considerara el hombre más afortunado del mundo.






FIN

Venganza Y Seducción: Capítulo 81

 —No han pasado ni diez horas desde que te fuiste, las diez horas más largas de mi vida. Lo que tenemos… Tienes razón. Podría vivir un millón de años y no volvería a encontrarlo.


—¿Y tu hermana?


—Ella me quiere. Me acabará perdonando, pero ahora necesito que me perdones tú.


—Mia amore… —una burbuja de esperanza empezó a crecer dentro de él—. No tengo nada que perdonar. No reaccioné bien. Yo también lo siento —respiró hondo—. Creo que tengo un problema con el rechazo.


—Puede que uno pequeñito —Paula sonrió.


Él enarcó una ceja, y una pequeña carcajada escapó de los labios de Paula, que le rodeó el cuello con los brazos. Pedro la abrazó con más fuerza y se besaron con tanta pasión y amor que la burbuja de esperanza estalló con fuerte alegría, disipando los últimos temores de él.


—Tu reacción fue comprensible —murmuró ella—. Los dos tenemos problemas con el abandono.


—Teníamos —la corrigió él—. Ya no. Me amas y nunca me abandonarás.


—Y tú me amas y nunca me abandonarás.


—Nunca.


—Nunca.




Paula se estiró entre las sábanas de seda de la cama de Pedro… De ambos… Y bostezó. Adoraba esa habitación. Esa cama. Ese ático. Solo había pasado dos noches allí, pero ya se sentía en casa. Lo único que le impedía saltar hasta las nubes era el miedo por lo que pasaría cuando Delfina regresara. Pedro le había devuelto el teléfono y, al consultarlo, no había ningún mensaje de ella. En cierto modo, le había facilitado mantener el silencio, sobre todo cuando los contactos de él confirmaron que ella seguía en el extranjero con Ezequiel. Al abrirse la puerta de la habitación, se incorporó con una sonrisa por la alegría que le producía ver a su marido después de haber estado separados durante quince minutos enteros, mientras él preparaba el desayuno. Su cara y sus manos vacías borraron esa sonrisa.


—¿Qué ha pasado? —preguntó.


—Ezequiel me ha enviado un mensaje —Pedro sacudió la cabeza y se sentó a su lado.


A Paula le dió un vuelco el corazón. Pedro también esperaba el regreso de su primo a Londres para contarle lo de su boda.


—¿Sabe lo nuestro?


—No estoy seguro, pero el mensaje no era por eso. Me ha pedido que te lleve al aeródromo.


—¿Por qué?


—Delfina vuela de regreso al Reino Unido. Ezequiel dice que ella te necesita.


Paula sintió como si le hubieran inyectado hielo en las venas. Como hermanas, estaban unidas y siempre se habían apoyado emocionalmente, pero Delfina nunca la había necesitado. Mirando fijamente al hombre que aún le costaba asimilar que era su marido, creció en ella la profunda certeza de que su hermana estaba muy angustiada.


—¿Vendrás conmigo? —susurró.


—Mia amore —Pedro la abrazó con fuerza—, te seguiría hasta el fin del mundo —la besó con dulzura—. Llamaré a nuestro chófer. Podemos salir en diez minutos. Nuestro chófer. 


Nosotros. Palabras simples, pero llenas de significado. Eran dos. Juntos. Para siempre.

Venganza Y Seducción: Capítulo 80

Pedro llevaba más de dos horas sentado en su balcón sin apenas atreverse a respirar por si Paula lo oía, maldiciéndose por no instalarla en un camarote lejos del suyo. No quería tener nada que ver con ella, ni siquiera verla, y cuando había llamado a su puerta, se había complacido en ignorarla. ¿Qué demonios quería de él? Así que estaba atrapado en su balcón, esperando a que ella volviera a entrar, para poder vaciar la botella de whisky que llevaba con él. Hubo movimiento. ¡Bien! Debía de estar entrando. No, estaba dando pisotones, algo inusual, dado su paso ligero y elegante. Lo único que quería era emborracharse, para no darse cuenta cuando el yate atracara y ella desapareciera de su vida. Navegaría hasta Barbados y allí tomaría su jet de regreso a Londres. Así era más seguro. Sin riesgo de tropezarse accidentalmente con ella. Los pisotones cesaron. Excelente. Se cruzó de brazos y esperó impacientemente a que Paula entrara. Un golpe sordo lo levantó de un salto. ¿Qué demonios…? El pensamiento apenas se había formado cuando un aullido animal de agonía rasgó el aire.


—¿Paula? —gritó él, corriendo hacia la separación entre los balcones. ¿Por qué demonios había insistido en que la separación fuera lo bastante amplia para procurar total intimidad? Volvió a llamarla, pero solo oyó unos sollozos desgarradores—. Quédate donde estás —le ordenó—. Ya voy.


Salió de su camarote y corrió directamente hasta la puerta de Paula, que, por suerte no estaba cerrada con llave. La abrió y corrió hasta el balcón. Lo que vió lo detuvo en seco. Ella estaba acurrucada en el suelo, en posición fetal, sollozando, sufriendo sacudidas por todo el cuerpo. En un instante, él estuvo a su lado, acunándola en su regazo.


—¿Dónde te duele? —le preguntó—. Por favor, mia amore, dime dónde estás herida.


Lentamente, Paula comprendió que no soñaba. Alucinar con la voz de Pedro era más de lo que podría soportar, y se había tapado los oídos, llorando tan fuerte que sentía las costillas magulladas. Tentativamente, todavía temiendo que él desapareciera en un parpadeo, tocó su mejilla.


—¿Pedro? —preguntó, dubitativa.


—Dime dónde estás herida —insistió él.


—¿Herida?


—Te has hecho daño —el acento italiano era más fuerte que nunca—. Por favor, dime dónde te duele.


—Aquí —más lágrimas rodaron por su rostro mientras Paula se llevaba una mano al corazón.


—¿Qué has hecho?


—Alejarte.


Pedro no comprendía.


—Soy la mayor tonta del mundo —ella le tomó el rostro—. Por favor, perdóname. Dame otra oportunidad. Por favor, no me abandones. No podría soportarlo. Te amo, Pedro, y quiero construir una vida contigo.


Pedro apenas se atrevía a creer lo que decían sus labios y sus ojos suplicantes.

Venganza Y Seducción: Capítulo 79

Mejor así. Una ruptura limpia. De todos modos, habría sucedido en unos días. Pero en las pocas ocasiones en que lo había imaginado, brevemente, porque las náuseas acudían con fuerza cada vez, se habían separado con cariño. Se ciñó el echarpe sobre los hombros y deseó poder llamar a Delfina, decirle que sabía lo que había hecho, pero que no importaba, porque el motivo que le había impulsado a mentirle debía ser importante. Cuanto más pensaba en ello, más le dolía que no le hubiera confiado ese motivo. Pero no podía llamarla. Había dejado el teléfono en el vestidor de Pedro. De todos modos, aunque se hubiera acordado del teléfono, no podría hablarle a su hermana del dolor que sentía… ¿O sí? La fría voz de Pedro resonaba en sus oídos. «Cobarde». ¿Cómo podía ser cobarde? ¿Y esa ridícula afirmación de que tenía problemas de abandono? Una chispa de ira prendió en ella. Si tenía problemas de abandono, que no los tenía, ¿No había demostrado el comportamiento de Pedro que tenía razón en tenerlos? 


De repente, el frío la abandonó. Paula se levantó de un salto y paseó por el balcón, deseando que Pedro estuviera a bordo para poder soltarle las verdades que ojalá hubiera pensado antes. Que era muy injusto llamarla cobarde por anteponer los sentimientos de su hermana a los suyos. Que al menos no apartaba de su vida a quien la abandonaba, aunque se lo mereciera, como había hecho él con su madre. Que… que… que… Las estrellas empezaron a desdibujarse. Y luego a girar. Aturdida, se tambaleó hasta su asiento y respiró hondo, esperando a que se le pasara el mareo. Pero no pasó, creció y creció mientras la verdad ascendía por su estómago, pecho y su garganta. Era una cobarde. Claro que Delfina la perdonaría. Quizá no de la noche a la mañana, pero con el tiempo lo haría, igual que ella le perdonaría cualquier cosa, incluso que la mintiera sobre algo tan peligroso como los primos Alfonso. Pedro solo era peligroso en el sentido de que podía romper una relación sin pestañear. Se había obsesionado con él y su rastro de corazones rotos durante tantos años que dar ese salto, ¿Cómo lo había llamado? ¿Salto de fe?, había sido demasiado aterrador. Porque las adicciones de sus padres habían sido como un abandono, como si ella no fuera suficiente para mantenerlos sobrios y en la tierra con ella. Ni siquiera a su madre. Hacía tiempo que lo había aceptado y los había perdonado a los dos, pero la había dañado, aunque ni siquiera se había dado cuenta. Por eso, cuando había llegado la oportunidad de entregarse en cuerpo y alma a Pedro, se había acobardado porque, en el fondo, temía que él también la abandonara. Y por eso lo había alejado antes de que lo hiciera él. Pero la verdad exigía enfrentarse al hecho de que él nunca la habría abandonado. Porque esa magia alquímica de química y deseo apasionado, de la unión de mentes y humor, los había capturado, entretejiendo sus corazones. Eran el uno para el otro. Y ella lo había tirado a la basura, demasiado asustada para aceptar lo que él le ofrecía. No era de extrañar que hubiera estado frío y furioso. Por primera vez desde que su madre lo había abandonado, Pedro había entregado su corazón, y Paula lo había rechazado. A lo lejos apareció la oscura sombra de la tierra que se aproximaba, y saber que en aquella isla estaba el aeropuerto desde el que tomaría el vuelo que la alejaría de él, la quebró. Cayó de rodillas con un golpe seco, abrió los pulmones y aulló.

Venganza Y Seducción: Capítulo 78

 —¿Cómo puedes decir eso? —ella se sentía como si la hubiera abofeteado—. Sabes por lo que hemos pasado y lo que significamos la una para la otra.


—A eso me refiero —espetó él—. Si tu hermana te quiere tanto como tú a ella, querrá lo mejor para tí. Querrá que seas feliz. Si lo desearas lo suficiente, la convencerías. No niego que se enfadará y se sentirá traicionada, pero con el tiempo cederá. Quizá nunca me aceptara como cuñado, pero seguro que no querría perderte. Pero nunca lo sabremos. Y yo nunca sabré si Ezequiel podría perdonarme, porque tienes tanto miedo de que acabe abandonándote, que prefieres aferrarte a la falda de tu hermana y usarla como excusa antes que dar un salto de fe conmigo.


—No tengo miedo —susurró ella.


—Mentirosa —Pedro se levantó y se sacudió la arena—. Menuda confianza tenías en mí.


Incapaz de soportar un instante más la espantada expresión de cobarde, Pedro giró sobre sus talones y se alejó de ella.


—¿Adónde vas? —Paula se levantó, presa del pánico.


—A llamar al capitán Caville. El Palazzo delle Feste está amarrado en una isla a cincuenta kilómetros. No tardará mucho en llegar. Te sugiero que hagas las maletas.


—¿Qué? ¿Nos vamos? —Paula casi tuvo que correr para alcanzarlo.


—No quiero quedarme aquí ni un minuto más de lo necesario.


—Pero no nos esperan en Londres hasta dentro de un par de días.


—Nuestro tiempo aquí ha terminado.


—Por favor, Pedro, no dejes que termine así.


—¿Qué demonios quieres? —él se detuvo bruscamente y giró sobre sí mismo—. ¿Unos días más de diversión? No, tú has tomado tu decisión y yo la mía. Navegaremos hasta la isla más cercana con un aeropuerto que vuele al Reino Unido y te compraré un billete para regresar a casa.


—¿Y tú qué? —preguntó ella, aturdida por la implacable frialdad de Pedro.


—Eso, bella —prácticamente escupió el apelativo—, no es asunto tuyo. Mi abogado te llamará para tratar la disolución de nuestro matrimonio —había aún más veneno en su voz—. No esperes nada de mí. Este matrimonio no significó nada. No significamos nada. Disfruta de tu vida.


Cuando las largas piernas se pusieron en marcha de nuevo, Paula lo dejó ir.



Sentada en el balcón del camarote del Palazzo delle Feste, Paula contemplaba las estrellas. A pesar de la cálida noche, estaba enfundada en el echarpe que llevaba para el impredecible tiempo de Londres. Estaba helada desde que Pedro la había arrancado de su vida de forma fría y despiadada. Desde que había embarcado, no lo había visto ni oído. Había vagado sin rumbo, esperando y temiendo encontrárselo. Incluso había llamado a la puerta de su camarote, pero sin respuesta. Probablemente era para bien. No habría sabido qué decirle. Debía haber cambiado de idea, quedándose en St. Lovells.

Venganza Y Seducción: Capítulo 77

 —Pedro… Dices que no guardo rencor ni rabia hacia mi madre, que aprendí a comprenderla, perdonarla y ayudarla. No fue fácil. A veces la odiaba por lo que se hacía, pero nunca desesperé, porque tenía a mi hermana. La he admirado toda mi vida. Delfina mantuvo unida lo que quedó de nuestra familia, me mantuvo cuerda. Ella ayudó a mamá. Yo solo ayudé a Delfina a ayudarla. Ella me protegió de los matones en el horrible colegio al que nos enviaron después de que papá… —Paula respiró hondo antes de mirarlo directamente a los ojos—. Sé que papá te estafó. Te creo. Si dices que también estafó a otras empresas y personas, te creo. Y si dices que ella me mintió sobre encontrar pruebas de corrupción contra ustedes, también te creo.


Cuánto dolía admitirlo. Paula se secó las lágrimas.


—Te creo, Pedro —añadió—. Me mintió.


Que Dios la ayudara, estaba creyendo más en la palabra de Pedro que en la de su propia hermana. Pero desde el momento en que él había negado toda corrupción, ella supo en el fondo de su corazón, que decía la verdad. Era una verdad que se había ocultado a sí misma en los hermosos días que acababan de compartir, enterrándola porque se había enamorado locamente y deseaba egoístamente disfrutar ese tiempo con él, porque él también tenía razón en que lo que ella sentía por él jamás podría repetirse. Sin embargo, siempre había sabido que tendría que terminar. Lo que no sabía era cuánto dolería.


—¿Me crees? —él se frotó la nuca y respiró hondo.


—Pero eso no cambia nada. Los odia demasiado a tí y a tu primo. Su mentira debe haber nacido de la desesperación, no hay otra explicación. En los días previos a mi viaje al Caribe estaba tan tensa, porque por fin llegaba nuestra hora, que pensé que iba a romperse. Nuestro fracaso la destrozará. No puedo empeorarlo. No puedo traicionarla.


—Ya lo has hecho —afirmó Pedro.


—Lo sé —Dios, iba a llorar otra vez—. Pero esto, lo que hemos compartido, pronto será solo un recuerdo. Abandonarla para construir una vida contigo la destrozaría. Ella nunca me perdonaría.


—¿No crees que es lo mismo para mí?


Sorprendida por la dureza en su voz, Paula lo miró. La frialdad en sus ojos la hizo temblar.


—¿No crees que Ezequiel pensará que lo he traicionado? Yo, la única persona en el mundo en quien confía, enamorándome de una de las mujeres que intentó destruirnos —cuanto más hablaba, más se extendía la gélida furia acumulada mientras Paula enumeraba sus excusas—. ¿Enamorarme de la hija de Miguel Chaves y querer construir una vida con ella? Y no olvides que, en todo esto, Ezequiel es tan víctima como yo. Más aún. Mientras tú y yo nos divertíamos, él luchaba por la supervivencia de nuestra empresa. ¿Crees que yo no sabía cuáles serían las consecuencias? La diferencia es que yo te amo y estoy dispuesto a perderlo todo por estar contigo. Pero tú… —impregnó su voz de todo el desprecio que pudo—. Eres una cobarde. Ni siquiera lo intentas, y usas a tu hermana como excusa.


Venganza Y Seducción: Capítulo 76

Pero sería mentira. No tenían futuro. En unos días tomarían caminos separados. Así tenía que ser. Ella lo miró fijamente, suplicándole con los ojos que comprendiera, rogándole en silencio que no dijera las palabras que la obligarían a hacerle daño, a hacérselo a los dos. Hacía solo dos semanas, Paula no habría creído que ella, o cualquier otra mujer, tuviera el poder de hacer daño a Pedro Alfonso. Tampoco habría creído que él lo tuviera de hacérselo a ella. Se había creído inmune a él, demasiado estúpida para comprender que ya estaba medio enamorada de él. Pedro abrió la boca. «¡No!», quiso gritar ella. «Por favor, no».


—Te amo, Paula —susurró él, rompiéndole el corazón—. Sé que nuestra boda fue un farol, que los dos creímos haber perdido, pero…


—Por favor, Pedro, no —ella se sentó y sacudió la cabeza.


Pedro parpadeó confuso.


—No lo digas —suplicó ella—. Jamás podrá ser. Lo sabes.


Él la miró fijamente, sujetándole con fuerza la mano. Las emociones visibles en su rostro.


—Dime que no me amas.


—No lo hagas.


—Dime que no me amas.


—Por favor.


—Dime que no me amas y pondré fin a esta conversación, y pediré la anulación en cuanto volvamos a tierra firme. Solo tienes que pronunciar las palabras.


—No te am… —la lengua de Paula se negó a cooperar, a pronunciar la mentira. Soltó su mano y hundió el rostro entre las rodillas. Y lloró—. No puedo.


—Me amas, bella —Pedro se obligó a respirar. La incapacidad de Paula para refutar su amor no alivió la tensión que lo atenazaba—. Lo que hemos encontrado escapa a nuestro poder. No pude evitar enamorarme de tí y tú tampoco de mí. La chispa surgió desde el primer momento. Nuestra boda fue una farsa, pero nuestro matrimonio no tiene por qué serlo. No sé cómo haremos que funcione, pero sé que podemos, porque lo que tenemos es demasiado especial para arrojarlo por la borda. Ni en un millón de años habría imaginado sentirme así por alguien. Danos una oportunidad. Por favor, no le des la espalda a algo que podríamos buscar eternamente y nunca encontrar.


Cuando Paula levantó la cara hacia él, las lágrimas rodaban por su rostro. Ese fue el momento en que Pedro supo que había perdido.


—No puedo —ella sacudió la cabeza y se atragantó—. Debes entenderlo.


—Entiendo que nos amamos.


—Deja de decir eso, solo lo hace más difícil. Nunca podremos estar juntos. No puedo traicionar a Delfina. Tienes que volver a tu vida y dejarme volver a la mía.


—Delfina te traicionó.


—No —ella sacudió la cabeza—. Jamás.


—Te mintió. En el fondo de tu corazón, lo sabes.


—¡No! ¡No lo haría! Y aunque lo hubiera hecho, tendría sus razones. ¡Tú no lo entiendes!


—Pues, explícamelo. Dime por qué estás tan dispuesta a deshacerte de nosotros.


—¡No quiero deshacerme de nosotros! Quiero estar contigo, pero es imposible.


—Explícamelo. Me lo debes.

miércoles, 18 de marzo de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 75

 —No lo he visto desde que abandonamos Umbria —explicó él—. No quiero volver a verlo.


Paula le apretó una mano.


—Ezequiel y yo sabíamos que cambiarnos de apellido les golpearía donde más dolería.


—¿Su ego? —adivinó ella.


—Sé que a mi padre mi éxito lo estará matando, también saber que no ocupa ningún lugar en mi vida —él sonrió—. Quería que me viera con lo mejor que el mundo puede ofrecer, sin poder atribuirse siquiera el mérito de mi apellido.


—¿Y lo mejor de todo incluía a las mujeres?


—Sí —Pedro asintió y, al decirlo en voz alta, comprendió hasta qué punto su actitud con las mujeres había sido… Misógina—. Si hace dos años me hubiera cruzado contigo por la calle, ni te habría mirado. Quería lo que creía que era el sueño masculino: La supermodelo de mi brazo y en mi cama.


Se merecía el dolor y el disgusto que curvaron la boca de Paula, y apretó suavemente su mano para impedir que ella la apartara.


—Tengo que ser sincero contigo —continuó—. Después de cómo empezamos, de todas las mentiras, no quiero que ningún engaño se interponga entre nosotros.


Paula parpadeó.


—No te habría mirado porque me había entrenado para ver solo mujeres altas, rubias y obviamente ricas —continuó—. No necesitaba ver más, porque no buscaba más. No me interesaba nada real —Pedro sonrió y le besó la mano—. Todo este tiempo a tu lado, Paula, cómo me haces sentir… Y estar contigo me ha devuelto el pasado como no había sucedido en mucho tiempo. Ahora pienso en mi madre, sola en Milán y, por primera vez en más de dos décadas, no la odio por no haber vuelto.


—Quizá no pudo —sugirió Paula en voz baja. 


Algo en el tono de Pedro y en la forma en que la miraba le aceleró el corazón. Por primera vez en una eternidad, había pavor en esos latidos.


—Pudo —él hizo una mueca y sacudió la cabeza—. Primero huyó a un refugio para mujeres. Lo sé porque me lo contó mi tía. Allí debieron ayudarla, pero ella decidió no hablarles de mí.


Un gemido escapó de la garganta de Paula.


—No sufras por mí, cara —Pedro sonrió—. Gracias a tí ahora puedo enfrentarme a mi pasado como nunca me había permitido. No quiero que siga teniendo poder sobre mí. Mi madre me dejó porque no me quería lo suficiente como para llevarme con ella.


—No me lo creo —susurró ella. 


¿Cómo podía una mujer no amar a Pedro, más aún, su madre?


—Creo que mi padre le arrancó el amor a golpes —él le rozó la mejilla con un dedo—. Nunca se volvió a casar, ni ha tenido amantes. Ni siquiera tiene amigos. Solía alegrarme por ello, pero ahora… —su pecho subió y bajó de golpe—. Paula, tu madre también te abandonó a su manera, pero tú no le guardas rencor. Intentas comprenderla y ayudarla, perdonarla. Y eso debo hacer yo. Perdonar a mi madre por lo que le tocó en suerte y confiar en que su abandono no fue culpa mía —sus ojos se clavaron en los de ella—. Y confiar en que no tiene por qué afectar al resto de mi vida.


El temor que había ido creciendo en el corazón de Paula era tan fuerte que casi la ensordecía. El instinto le gritaba que cambiara de tema, pero también anhelaba abrazarlo con fuerza y jurarle que podía confiar en ella, que siempre estaría a su lado. Que nunca lo abandonaría.

Venganza Y Seducción: Capítulo 74

Pedro alzó el balón por encima de la cabeza, pero lo dejó caer. Al tener las piernas tan largas, el agua solo le llegaba al muslo, acortó rápidamente distancias. Con una rapidez y elegancia impropia de un hombre de su envergadura, la agarró por la cintura y la lanzó por los aires. Paula aterrizó de espaldas con un chillido, pataleando y agitando los brazos hasta sumergirse. Emergió, intentando por todos los medios no reírse, tarea complicada ante las risotadas que salían de la boca de él. Acercándose a gatas, lo agarró por las pantorrillas.


—¿Creías que podías derribarme? —se burló él mientras la volvía a levantar por la cintura. 


Por segunda vez en menos de dos minutos, Paula volaba por los aires y aterrizaba con un chapoteo. Cuando emergió, la pelota estaba a su alcance. Agarrándola, se la lanzó y le dió en la frente.


—Te has pasado —Pedro sacudió la cabeza y vadeó hacia ella como una pantera al acecho.


Paula reía a carcajadas, con el agua por el pecho, e intentó alejarse de él nadando. Apenas había dado tres brazadas cuando él le agarró un tobillo y tiró de ella hacia abajo. Salió respirando entrecortadamente. Gianni le rodeó la cintura con un brazo y la llevó a la playa. Riendo demasiado como para poder gritar o protestar, ella le golpeó débilmente los hombros cuando la tumbó en la arena.


—Te acabo de salvar la vida —la amonestó él con severidad—. Ahora deja de reírte para que pueda darte el beso de la vida.


Apretando los labios para que no se le escapara la risa, Paula se hizo la muerta. El esperado beso tardó mucho más en llegar de lo previsto. Abrió un ojo y descubrió a Pedro mirándola con una expresión que le oprimió el corazón. Le puso una mano en la mejilla y le acarició la barba. Él la tomó y la besó con reverencia.


—Eres preciosa, ¿Lo sabías?


—Tú me haces sentir preciosa —susurró ella, el pecho llenó de una emoción que no comprendía.


—Eres hermosa, Paula, y quiero que me prometas que no volverás a matarte de hambre.


Paula pensó en las comidas que habían compartido los últimos seis días, cómo la felicidad y el maravilloso sexo habían aumentado su apetito, cómo sus bikinis, la única ropa que se había puesto desde que eran amantes, ya le apretaban las caderas. La emoción aumentó aún más.


—Me maté de hambre para atraparte.


—Lo suponía —Pedro volvió a besarle la mano—. Imagino por qué sentiste que necesitabas hacerlo, y teñir tu hermoso cabello —sacudió la cabeza—. Ninguna de esas mujeres era real para mí, Paula.


—¿Qué quieres decir?


—Eran símbolos de estatus —Pedro intentó ordenar sus pensamientos—, como mis casas, los relojes que llevo, los coches que conduzco o conducen para mí. Una forma de alardear ante mi padre.


Ella se limitó a mirarlo.