lunes, 18 de mayo de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 50

Oyó entonces unos pasos y la puerta se abrió por fin. Pedro la miró fijamente.


—¿Por qué estás aquí, Paula?


—Porque te deseo.


Él parpadeó. Una vez. Dos.


—¿Cómo has dicho?


—Que te deseo, Pedro —afirmó ella. El corazón le latía con fuerza en la garganta—. Quiero que tú seas mi primer amante.


Pedro dió un paso atrás. Parecía muy sorprendido.


—¿El primero? ¿Eres virgen?


—Lo soy —respondió ella. Paula dejó escapar una perorata en griego que Rosalind no entendió. Por el tono de voz, resultaba evidente que era una serie de maldiciones—. Entiendo que somos una especie rara a partir de cierta edad, pero existimos.


Pedro se dió la vuelta y comenzó a frotarse el rostro con las manos.


—Paula, necesito que te vayas.


—No —replicó ella dando un paso al frente. Se plantó en la puerta para que Pedro no pudiera darle con ella en las narices—. No pienso marcharme a menos que me mires a los ojos y me digas que no me deseas.


—Esa es exactamente la razón por la que deberías marcharte — insistió él. Se giró de nuevo hacia ella y se acercó tanto que tan solo un suspiro los separaba—. Claro que te deseo. Te deseo desesperadamente. Me duele físicamente no tocarte. 


Paula lo observó atónita. Tenía la respiración entrecortada y el deseo le recorría las venas con tanta ferocidad que le producía vértigo.


—Entonces, ¿Por qué quieres que me vaya?


—Porque es lo único que puedo ofrecerte —respondió. Dio un paso atrás—. Placer físico durante el tiempo que te quedes aquí. Nada más.


—¿Acaso te he pedido yo otra cosa?


—Ahora no —admitió él—, pero una mujer como tú no tendría ni siquiera que pedirlo. Un hombre debería mirarte y saber que te mereces mucho más que una noche. Más que unas cuantas joyas.


Paula lo contempló atónita. Debía significar algo que Pedro la viera así. A pesar de lo mucho que ella había insistido en aquello sería solo algo físico, sabía lo que estaba arriesgando y que, probablemente, perdería parte de su corazón con aquel hombre. ¿Merecía la pena? Por supuesto que sí.


—Y yo quiero tener todas esas cosas. Dentro de un tiempo. Esposo, matrimonio, hijos… Pero no ahora.


Pedro apretó los puños.


—¿Sabes lo más retorcido de todo esto? Solo pensar que puedas compartir tu cuerpo con otro hombre, me vuelve loco… Sin embargo, yo no puedo darte nada de eso, Paula. No soy capaz de ofrecerle a nadie esa clase de profundidad emocional.


—Pero es que yo no te la estoy pidiendo.


—Deberías… —dijo él. Le colocó las manos sobre los hombros—. Deberías pedir la luna, Paula. No deberías conformarte con lo que crees que puedes tener solo porque estás atrapada en medio de la nada con un hombre que no es capaz de controlar su propia lujuria. Mírame.


Pedro estiró el cuello hacia un lado para que ella pudiera verle bien las cicatrices. Entonces, se agarró el cuello de la camisa y se lo bajó con fuerza para que ella viera cómo las cicatrices seguían bajando por el cuello. 

Quédate Conmigo: Capítulo 49

Con lánguida sensualidad, se dirigió al cuarto de baño y abrió el grifo del agua caliente. Junto a la bañera, había una pequeña mesa que ofrecía una selección de jabones y un frasco de gel de burbujas con aroma a rosas. Mientras la bañera se llenaba, se sirvió una copa de vino del minibar, sacó un esponjoso albornoz del armario y encontró una caja de cerillas en uno de los cajones. Minutos más tarde, se hundió entre las burbujas. Sobre la mesa ardía una vela. Había bajado la intensidad de las luces, creando un ambiente de ensueño que la seducía tanto como el deseo al que por fin se había rendido. Tomó un sorbo de vino y dejó la copa junto a la vela. Reclinó la cabeza sobre el cómodo cojín que había sobre la cabecera de la bañera y hundió los brazos bajo el agua. Con una mano se cubrió un seno y lo apretó suavemente para luego tirar del pezón. La otra mano fue deslizándose lentamente por el vientre, bajando poco a poco hacia la entrepierna. Los dedos comenzaron a acariciar la sensible piel, primero un lado y luego otro antes de descansar ligeramente sobre el clítoris. Apretó y contuvo la respiración al notar las sensaciones que empezaba a experimentar, una corriente eléctrica que pareció encender todo su cuerpo. Una sonrisa de asombro se dibujó en sus labios y siguió tocando, estimulando, explorándose de un modo que nunca había hecho antes. El deseo fue creciendo. Las caderas se arqueaban sobre la mano. A pesar de que el placer le recorría todo el cuerpo, era muy consciente de la tensión que tenía entre los muslos. Empezó a evocar imágenes de Pedro, recordando la expresión de su rostro antes de que uniera sus labios a los de ella, el aroma de su cuerpo envolviéndola mientras la besaba, llevándola prácticamente hasta el borde de la locura.


—Oh, Dios…


El orgasmo fue más fuerte de lo que nunca había experimentado. Sin embargo, el placer no consiguió apaciguar el deseo que Pedro había despertado en ella. Suspiró. Decidió que, aunque él dijera que no, no iba a regresar a Londres buscando al azar un amante para una noche. No. Para hacerlo, necesitaba algún vínculo y, después de la increíble pasión que Pedro había avivado en su cuerpo, no iba a encontrar a nadie como él. Respiró profundamente y trató de pensar. En medio del caos de sus pensamientos, solo uno exigía su atención. Lo deseaba. Quería que él fuera su primer amante. Salió de la bañera, se secó y se aplicó un ligero maquillaje. Observó los vestidos que tenía en el baúl. ¿Qué se ponía una mujer para pedirle a un hombre que le arrebatara la virginidad? Se decantó por un sencillo vestido negro sin mangas, con un profundo escote en uve que dejaba atisbar sus senos y la falda por encima de las rodillas. Abrió la puerta y salió de la habitación con determinación. En aquella ocasión, mientras subía las escaleras, no era miedo lo que sentía. No pensaba en contratos ni en ascensos.Solo en él. Llamó a la puerta. Cuando no recibió respuesta, volvió a llamar.


Quédate Conmigo: Capítulo 48

Y más se imaginaba debajo de él, sintiendo cómo sus cuerpos se unían y empezaban a moverse al unísono. La piel le vibraba al recodar sus labios, el modo en el que la había acariciado, con fuerza y una exquisita ternura que la abrumaba. Se habría rendido sin dudarlo. Sabía que una aventura entre ellos no conduciría al matrimonio. Sobre eso no tenía duda alguna. Los dos se movían en mundos muy diferentes, pero resultaba evidente que la encontraba atractiva. ¿Y si podían llegar a un acuerdo? La idea de que un hombre como Pedro la introdujera al sexo la excitaba profundamente. Sin embargo, no era algo que pudiera tomarse a la ligera. Ella siempre había pensado que el primer hombre con el que se acostara se convertiría en su esposo. Y, en aquel caso, no iba a ser así. Cerró el libro y se levantó. Se puso a pensar en el hombre que era Pedro por debajo de su dolor, en los sentimientos que despertaba en ella, parecía desearla como si Paula fuera un anhelo que él no podía satisfacer. Eso hacía que ella se sintiera hermosa, empoderada y viva. «Piénsatelo». Irritada por la respuesta poco entusiasta de su cabeza, regresó de mala gana a su dormitorio a pesar de que cada célula de su cuerpo la empujaba para subir a buscar a Pedro y decírselo. Para pedirle que fuera su primer amante. No sentía miedo ni dudas. Solo deseo.


¿Merecería la pena mezclar algo tan personal con el contrato más importante de su carrera, compartir su cuerpo con un hombre con el que sabía que no tenía futuro? Nerviosa e insatisfecha, decidió que necesitaba hacer algo para relajarse. Se había acariciado antes. Sin embargo, tal y como una amiga lo había descrito tan deprimentemente, había sido el equivalente de rascarse un poco. Siempre habían sido momentos breves, precipitados, que la dejaban frustrada y ligeramente desilusionada Aquella noche no fue así. Aquella noche contaba con la pasión que Pedro había despertado en ella. Lentamente, se desabrochó la falda y se imaginó las manos de él bajándole la cremallera y rozándole la piel cuando se separaba la tela. La falda cayó al suelo, seguida un instante después por la camisa. Levantó las manos y se cubrió los senos, sujetando su peso mientras cerraba los ojos y echaba hacia atrás la cabeza.  ¿Qué sentiría al tener las manos de él sobre su piel, tocándola, acariciándola? Se acarició los pezones y no tardó en conseguir que se irguieran contra sus dedos. Contuvo la respiración. ¿Sería él tierno y delicado? ¿O tomaría el mando y dominaría su cuerpo, llevándola a los límites de lo que los dos podrían soportar?

Quédate Conmigo: Capítulo 47

No. Lo último que los dos necesitaban era que ella lo deseara y que correspondiera los avances de él.


—Pedro…


—Paula… Lo siento mucho.


—No… No tienes que sentir nada…


El susurro de la voz de Paula lo envolvió, tentándolo y seduciéndolo con su embriagadora promesa. También tuvo un efecto sorprendente en ella. Paula parpadeó, como si se estuviera despertando de un trance. Se agarró al respaldo de la butaca y se mordió el labio inferior.


—Yo… Tengo que irme.


Recogió la carpeta del escritorio, se dió la vuelta y se marchó. «Ay, Thée mou». Al menos Paula había recuperado el sentido común. Así sería más fácil que los dos pudieran controlarse a lo largo de los próximos días. «Mentiroso». Nada sería más fácil. Tras saborear sus labios y sentir cómo ella correspondía su pasión, el deseo de Pedro se había vuelto tan intenso que le dolía físicamente. ¿Cuánto tiempo podría pasar con Rosalind antes de que la arrastrara al fango a ella también? ¿Antes de que le arrebatara aquella hermosa y optimista luz y la aplastara con sus propias egoístas necesidades? «¿Merece la pena correr ese riesgo? ¿Merece la pena hacerle daño?». Se acercó al ventanal que había tras el escritorio. El jardín brillaba en todo su esplendor. Las rosas se mecían con la brisa. Los bancos y los arcos proporcionaban pequeños paraísos para los lectores, los exploradores… Y los amantes. Le dió la espalda al jardín y se centró de nuevo en su despacho, su santuario. Prefirió ignorar cómo sus pasos se hacían eco en las paredes y amplificaban el vacío que tenía dentro de su corazón. Paula estaba acurrucada en un sillón color burdeos frente a la enorme chimenea de piedra, con un libro en el regazo. Podía imaginársela llena de troncos ardiendo, con la madera restallando por el fuego mientras en el exterior caía mansamente la nieve.


A lo largo de la mañana, había intentado en varias ocasiones centrarse en el trabajo. Después de darse cuenta de que había leído la página del perfil de un cliente en cuatro ocasiones y no había logrado retener una palabra, se dió por vencida y bajó a la biblioteca. Cada ruido que se producía en la casa le aceleraba el corazón. No sabía lo que le diría a Pedro cuando volviera a verlo. Debería disculparse por su evidente falta de ética y su comportamiento poco profesional. Sin embargo, no quería hacerlo. Llevaba mucho tiempo dejando de lado sus deseos y sus necesidades. Al principio, había pensado que debería olvidarse de la atracción que sentía por Pedro, convencida de que ceder ante alguien como él solo le rompería el corazón y la distraería de su trabajo. Se había asegurado que debía mantenerse alejada de él a nivel personal. Controlar su atracción. Sin embargo, cuanto más imaginaba un futuro sin Nettleton & Thompson, menos le preocupaban las implicaciones profesionales de acostarse con Pedro. 

Quédate Conmigo: Capítulo 46

 —Si usted lo dice, señorita Chaves…


Le colocó una mano en la cintura y la otra se la enredó en los hermosos rizos, obligándola a echar hacia atrás la cabeza un poco más. Oyó que ella contenía la respiración y sintió la calidez de su piel bajo las manos… Cuando rozó sus labios, el mundo explotó. Durante un instante, Paula permaneció inmóvil, pero cuando reaccionó, Pedro supo que había cometido un error. Ella no se arredró, no se apartó ni dijo que él fuera un monstruo. Devolvió las caricias con un fervor que él no había anticipado y del que no podía saciarse. Paula apretaba los labios contra los de él. Pedro le quitó el prendedor con el que sujetaba el cabello y gozó al ver cómo caía en cascada sobre sus hombros. Ella temblaba entre sus manos, pero no por eso permaneció inmóvil. Le mesó el cabello con los dedos y tiró de él, gruñó de placer y deslizó las manos hacia su cintura para sacarle la camisa de la falda. Cuando tocó la piel desnuda, supo que estaba perdido. Profundizó el beso, deslizándole la lengua en la boca. Ella gimió y le correspondió con sus propios movimientos, lo que volvió a Pedro completamente loco.Subió las manos por debajo de la camisa, acariciando suavemente las costillas y rozando con los nudillos la suave tela del sujetador. Quería que desapareciera. Quería tocarle la piel desnuda. Llevó las manos hacia la espalda y buscó el broche. No comprendiólo que estaba haciendo hasta que ella no susurró su nombre y se apretó con fuerza contra él. Asombrado por su pérdida de control, se apartó tan rápidamente que Paula estuvo a punto de caerse al suelo. Ella lo miraba fijamente, con los ojos abiertos de par en par y la respiración entrecortada. Levantó una mano como si estuviera soñando y se tocó los labios. Con la camisa arrugada y el cabello despeinado, estaba tan deseable, tan sexy… Tan excitada…

lunes, 11 de mayo de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 45

 —Tenía algo que me interesaba —replicó Pedro—, pero ya no está. Hago lo mínimo, que, en lo que se refiere a mí, sigue significando que millones de dólares terminan todos los años en organizaciones benéficas de todo el mundo. Además, pago a mis empleados los sueldos más altos de toda la industria naviera. Hago más que suficiente con lo que tengo. Solo porque no me ensucie las manos, no significa que no tenga impacto lo que yo hago.


—Tal vez podrías encontrar algo más que te importe.


—¿Por qué me insistes tanto, Paula? Estoy seguro de que esto va más allá de tus obligaciones legales —le advirtió. Aquella conversación estaba tomando un cariz que él nunca había buscado.


—Admito que no te conozco, pero veo un hombre que tiene mucho potencial y eso podría significar mucho.


—¿Solo porque soy rico?


—No se trata solo de dinero. Hay un hombre encerrado bajo ese duro exterior, un hombre al que no permites salir. De hecho, ni siquiera creo que tú sepas quién es. Tal vez lo hiciste en el pasado, pero ya no.


La exactitud de aquella afirmación dió en el clavo. Pedro se puso de pie lleno de ira.


—¿Y qué me dices de tí? ¿Acaso sabes tú quién eres? —le espetó—. ¿O simplemente eres la mujer que todos los demás quieren que seas?


Paula se quedó mirándolo completamente atónita.


—¿Por qué dices eso? Acabo de decirte que yo elegí mi carrera…


—Sí. En una facultad a la que tus padres te empujaron. Y un trabajo que aceptaste porque haría felices a tus padres.


Cuanto más hablaba, más furioso se sentía. Él era una causa perdida. Sin embargo, Paula, tan llena de vida, con tanto potencial, estaba perdiendo el tiempo con los sueños de otra persona. La ira lo ayudó también a recuperar su autocontrol, una ira que, como vieja amiga que era, lo ayudaba a proteger su corazón y a mantener el dolor a raya. Estaba tan hermosa… Bellísima con los ojos llenos de fuego y las mejillas ruborizada. Su determinación lo había atraído profundamente aquel día en el Diamond Club y, en aquel momento, parecía alentar las brasas de su ira y convertirlas en una fuego sin control. La sangre le rugía en las venas y su cuerpo vibraba. Los límites no eran algo que se debiera evitar. No. Quería tomarla entre sus brazos y lanzarse así, juntos, al abismo. Paula sacó la lengua y se tocó ligeramente el labio inferior.


—En ocasiones, hacemos cosas por las persona que amamos —le espetó ella con voz profunda, una voz que se entrelazó en las venas de Pedro, un canto de sirena al que él ya no se podía resistir.


Dió un paso al frente y gozó al ver que ella no se replegaba. 


—Yo no puedo saberlo.


—Estoy segura de que debes de haber amado a alguien.


—En una ocasión —afirmó Pedro. Se detuvo a pocos centímetros de Paula y la miró fijamente a los ojos—, pero no es algo que piense repetir.


—Cuando se ama a alguien, se hace cualquier cosa por esa persona, aunque no sea lo que uno quiere para sí mismo.


Pedro se inclinó hacia ella, dejando tan solo un ligero espacio entre los labios de ambos. Se imaginó que podía escuchar el frenético latido del corazón de Paula cuando ella echó la cabeza hacia atrás. La seducción se produjo con naturalidad, una habilidad que hacía años que no utilizaba, pero que no le costó trabajo alguno convocar. El deseo, sin embargo, quedaba más allá de su control, pero, en aquellos momentos, no le importaba en absoluto.


Quédate Conmigo: Capítulo 44

 —A veces —admitió ella con una carcajada—. Me encantan los finales felices. Las novelas románticas y las de misterio son mis favoritas si no tengo que leer informes o testamentos.


—¿Y tu familia? Has mencionado que tienes tres hermanos.


—Sí.


—¿Y tus padres? —le preguntó. Demasiado tarde, recordó lo que le había dicho sobre su madre—. Olvídalo.


—No pasa nada —susurró con una triste sonrisa—. Todo ocurrió muy deprisa.


—¿Pudiste estar con ella?


—Estaba en Chicago, en la universidad. No llegué a tiempo.


—¿Y luego te fuiste a Inglaterra?


—Sí. Conseguí un trabajo como becaria, algo de lo que mis padres se sintieron muy orgullosos. Cuando mi madre se enteró del trabajo, de la oportunidad que me ofrecía de vivir en el extranjero… Creo que jamás la ví tan emocionada por algo.


—¿Y tú?


—¿Y yo qué?


—¿Te sentiste emocionada?


Paula parpadeó, muy sorprendida por la pregunta.


—Sí, claro. No hay mucha gente que salga de la pequeña ciudad en la que crecí para marcharse a Londres.


—¿Y tus estudios? ¿Te animaron tus padres también a estudiar Derecho?


—Me animaron a ir a la universidad y a marcharme a vivir fuera. Aprovechar las oportunidades que ellos no tuvieron.


—Y elegiste el Derecho.


—Bueno, estuve investigando un poco y me di cuenta de que me gustaban las leyes. Además, se me daba bien leer los documentos legales. Y aquí estoy. Me gusta ayudar a la gente y escuchar las historias que me cuentan cuando vienen a mi despacho. Son muy interesantes y me gusta ayudarlos a superar esa etapa de su vida y darles tranquilidad para disfrutar del resto de sus días. No es lo que me había imaginado cuando era más joven, pero me encanta. 


—¿Y te gusta trabajar para Nettleton & Thompson?


—Sí, claro…


—¿Pero?


—En ocasiones no estoy segura de que Nettleton & Thompson sea el lugar en el que debo estar.


—Entonces, ¿Por qué sigues ahí?


—Quiero hacerlo. Se lo prometí a mis padres —afirmó mientras volvía a sentarse en la butaca—. Tal vez, me dedicaré a otra cosa más adelante, como abrir mi propio bufete —añadió. Vió que Pedro se disponía a seguir con sus preguntas, pero decidió interrumpirlo—. Bueno, ahora volvamos a lo que tenemos entre manos. ¿Qué te parecería donar la herencia de tu padre? Podrías contribuir a causas en las que tus padres creyeran y en las que creas tú también. En realidad, ahora no estoy hablando sobre el contrato. Quiero hacerte ver que pareces muy distanciado de todo lo que hay en tu vida. Tienes una riqueza de la que muy pocos disponen. ¿Por qué no encuentras algo que te importe? Puedes donar tu herencia para que no tengas que preocuparte, pero hacer algo bueno al mismo tiempo. 

Quédate Conmigo: Capítulo 43

Pedro frunció el ceño. Conocía al primo en cuestión y su predilección por el alcohol y las drogas. Suspiró.


—Así que no tengo elección.


Paula se colocó un rizo detrás de la oreja.


—¿Te importa que te haga una sugerencia?


—Me sorprende que me lo hayas preguntado —comentó Pedro.


Ella arqueó una ceja.


—Cuando me asignaron la herencia de tu padre, leí mucho sobre tu familia.


—¿Y por qué te la asignaron a tí? Creo que es una cuenta demasiado importante para que se haga cargo de ella una abogada con poca experiencia.


—Así es —admitió ella—. Era de mi jefe. Cuando te negaste a reunirte con él, me la adjudicó a mí. Creo que pensaba que, o bien tenía éxito donde él había fallado o, si yo fracasaba también, podría echarme a mí la culpa. Fuera como fuera, él gana, pero ahora regresemos a tu herencia. Tus padres colaboraban con muchas entidades benéficas y empresas emergentes.


—Sí. Mi madre invirtió bastante dinero y tiempo apoyando a artistas, diseñadores de moda y fotógrafos independientes. 


—Y tu padre, si no recuerdo mal, financiaba becas para jóvenes sin recursos en Grecia, su país de nacimiento.


—Tuvo una infancia muy humilde. Mi abuelo fundó Alfonso Shipping cuando mi padre era un adolescente. Empezó como estibador y fue subiendo.


—Debes de estar muy orgulloso de ellos. ¿Qué causas son importantes para tí? —le preguntó.


—Mantengo las donaciones a todas las organizaciones benéficas que apoyaban mis padres.


—¿Y no hay nada en lo que te impliques personalmente?


Pedro se encogió de hombros. Parecía incómodo con la dirección que estaba tomando la conversación.


—Apoyo las causas de mis padres. No soy capaz de más.


—¿No eres capaz o no quieres implicarte más?


Pedro le dedicó una fría sonrisa.


—Los monstruos no son capaces de dar mucho, Paula. Doy dinero. Ese es mi límite.


—No me lo creo.


La convicción que había en la voz de Paula lo sorprendió. Por primera vez en muchos años, le hizo querer ser algo más que la sombra en la que se había convertido. Decidió que no quería seguir hablando de la maldita herencia, ni de su vida ni de sus fracasos. 


—Hablemos ahora sobre tí.


—¿Sobre mí?


—Sí. Me intrigas. Háblame de Paula Chaves, la mujer que permite que su jefe pase por encima de ella sin cuestionárselo.


—No hay mucho que contar —dijo ella encogiéndose de hombros.


—¿Qué haces para divertirte?


—Trabajo mucho —contestó. Avergonzada, se levantó y comenzó a pasear por el despacho—. Algunas veces leo.


—¿Cuentos de hadas?

Quédate Conmigo: Capítulo 42

 —Está bien. Gracias.


Pedro asintió una vez más.


—Que descanses.


Paula se acomodó en el sofá un poco más. Entonces, oyó que él respiraba profundamente y giró la cabeza para ver si iba a decirle algo más. Sin embargo, vió que Pedro se dirigía hacia la puerta sin mirar atrás. Esperó hasta que la puerta se cerró y bajó los párpados. Jamás se habría imaginado cuidándola a un hombre como él. Le había hecho parecer casi humano. Mientras se iba quedando dormida, pensó que aquello tenía como consecuencia que la atracción que sentía por él resultara aún más traicionera.


A la mañana siguiente, Pedro llamó a la puerta del dormitorio de Paula. Al escuchar sus pasos, se cuadró y permaneció firme cuando ella abrió. Iba vestida con una camisa azul marino y una llamativa falda roja. Se había recogido el cabello en lo alto de la cabeza, lo que dejaba la nuca completamente al descubierto. Sintió que perdía el control al imaginarse deslizando los labios por aquella delicada piel hasta la mandíbula y luego hacia el hombro, para después seguir bajando…


—Buenos días.


—Buenos días.


Paula parpadeó al escuchar el gruñido de la voz de Pedro y dió un paso atrás. Él pensó que debería explicarle, pero decidió que lo mejor sería que lo dejara y que terminaran con aquella conversación lo antes posible. Ella había despertado en él un anhelo que no era solo sexo, sino algo más, algo que contenía un poder que él nunca había experimentado antes. Era peligroso, pero, a pesar de todo, no se podía resistir a pasar un poco más de tiempo con ella. Esperaba que, en esos minutos, pudiera aliviar parte de la atracción que sentía. Arrebatarle el misterio, la anticipación, lo que le dejaría tan solo con una mujer hermosa que no era adecuada para él y que, después de aquella semana, desaparecería de su vida para siempre. Al menos, ese era su plan.


—Vamos a mi despacho.


Paula parpadeó al escuchar la orden, pero se limitó a asentir. Cuando entraron en el despacho, Pedro le indicó una butaca frente al escritorio y luego rodeó este para tomar asiento en su sillón. Ella le entregó una gruesa carpeta de cuero repleta de papeles antes de sentarse. 


—En la actualidad, las propiedades de tu padre están valoradas aproximadamente en mil cuatrocientos millones.


Pedro abrió la carpeta sumido en una profunda pena. Su padre había trabajado muy duro los últimos años de su vida, a pesar de estar viudo y distanciado de su único hijo. Le apenaba haber sido él la causa de ese distanciamiento.


—Yo tengo mi propia fortuna —dijo cerrando la carpeta y colocándola sobre el escritorio—. No necesito el dinero.


—Tienes varias opciones. Puedes aceptar la herencia en su totalidad, aceptar una parte o rechazarla entera.


—¿Qué ocurre si la rechazo?


—En ese caso, va al pariente más cercano. Un primo lejano que vive en Grecia. 

Quédate Conmigo: Capítulo 41

 —Pregúntame.


—¿Cómo dices?


—Sobre las cicatrices. Todo el mundo las mira, pero nadie tiene las agallas suficientes como para preguntar.


—En realidad no tengo preguntas. Más bien una observación.


—Tú dirás.


Habían llegado ya a lo alto de la escalera y Pedro iba avanzando por el pasillo


—Me parece muy injusto que la gente no te deje en paz.


—Por una vez, estamos de acuerdo, señorita Chaves. No me importaba estar en boca de todo el mundo. De hecho, como estoy seguro de que sabrás, me encantaba.


—Lo sé —dijo ella. Recordó todos los artículos que había leído sobre él.


Al llegar al dormitorio de Paula, Pedro pudo entrar directamente dado que la puerta estaba abierta. La dejó sobre el sofá azul marino que había delante de la chimenea. Entonces, se apartó de ella y se colocó junto al hogar, colocando un brazo sobre la repisa.


—Crees que estoy muy mimado.


Paula trató de encontrar el modo de ser diplomática, pero al final optó por decirle la verdad.


—Sí.


—Y es cierto. Estoy muy mimado y me gustan los objetos bonitos. También, dispongo del dinero suficiente para poder comprar cosas que me llaman mucho la atención. Eso unido a… Como yo era antes —añadió indicándose el rostro—, atraía mucha atención.


—No es solo eso lo que le importa a la gente. Leí muchos artículos que explicaban todos los avances que habíais hecho tu padre y tú…


—No sigas.


Aquellas dos palabras borraron de un plumazo la intimidad que había surgido entre ellos en la cocina.


—Te ruego que no hables de mi padre.


—Está bien…


Paula quería decir algo más, ofrecerle alguna clase de consuelo. Al ver la gélida expresión del rostro de Pedro, sintió una profunda tristeza. Había vuelto a ponerse la máscara.


—¿Quieres que te traiga algo?


—No, gracias. Comí algo hace poco y tengo botellas de agua aquí.


Pedro sonrió.


—Marta tiene la esperanza constante de que, algún día, regresaré al château y que traeré a alguien con quien compartirlo.


—Bueno, pues cuando la veas, dale las gracias de mi parte.


Aquella conversación tan encorsetada le robó la energía que le quedaba y se recostó en el sofá.


—Creo que necesitas descansar. Vendré a verte más tarde.


—Estaré perfectamente dentro de unas horas.


—Seguro, pero vendré de todas maneras


—Habrías sido un médico excelente —dijo Paula. 


A duras penas, logró contener un bostezo.


—Sinceramente, lo dudo —replicó él secamente. Entonces, pensó un instante y asintió, como si acabara de tomar una decisión—. Mañana.


—¿Mañana?


—Hablaremos del contrato.


Paula se sintió muy confusa a pesar de la fatiga. ¿Por qué había cambiado de opinión? ¿Acaso había despertado el incidente de la espina un nuevo sentimiento en él, tal vez culpabilidad? «¿Acaso importa? Dile que sí».

lunes, 4 de mayo de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 40

 —¡Ay! Me lo podrías haber advertido.


—Si lo hubiera hecho, te habrías tensado y habría sido más posible que se te rompiera dentro del pie.


Paula mantuvo los labios apretados mientras él limpiaba la herida y le vendaba el pie.


—Gracias.


Pedro parpadeó, como si no supiera qué hacer con aquellas palabras de gratitud.


—De nada —dijo por fin.


Seguía habiendo tensión entre ellos, pero aquel pequeño accidente con la espina parecía haber creado una tregua temporal entre ellos. Sin embargo, era una tregua que ella necesitaba evitar. Una tregua significaba dejar que la atracción que sentía hacia él floreciera y que la empujara a cruzar una frontera que debía mantener en su lugar.


—Ya está.


Pedro le colocó el pie en el suelo y se puso de pie rápidamente. Aliviada, Paula se apoyó sobre la mesa y se dispuso también a levantarse.


—¿Qué estás haciendo?


—Voy a subir a mi habitación.


—No deberías poner peso sobre el pie, al menos durante unas horas.


Era una espina muy grande y seguramente te va a doler bastante.


—De acuerdo, pero si voy a tener que guardar un poco de reposo, prefiero no hacerlo en la cocina. Se me da muy bien andar a la pata coja. Puedo subir a mi habitación y…


Pedro la tomó en brazos antes de que pudiera terminar la frase.


—O yo podría llevarte.


—Tienes que dejar de hacer esto…


—¿El qué? ¿El papel de príncipe azul?


Paula soltó una carcajada. Cuando Pedro la miró con el ceño fruncido, rió aún con más fuerza.


—¿Acaso no soy lo suficientemente guapo como para ser el príncipe azul?


—No, no es eso. En realidad, eres demasiado guapo —se apresuró ella a añadir.


—¿Demasiado guapo?


Paula apartó la mirada. Se sentía muy avergonzada.


—Lo has dicho.


—Ojalá no lo hubiera hecho.


—¿Por qué no? —preguntó Pedro. Iban atravesando ya el vestíbulo principal y se dirigían hacia la escalera—. Puedes decirlo todo lo que quieras. Hace mucho que no oigo un cumplido sobre mi aspecto… Bueno, supongo que te lo puedes imaginar. 


—¿Y qué otra cosa se puede decir? —replicó ella sonrojándose—. Es que eres guapo.


—¿Lo suficiente para ser un príncipe azul?


—Sí.


Pedro soltó una carcajada. El sonido resonó en su pecho y provocó un delicioso hormigueo en la piel de Paula. Como el dolor había ido remitiendo, era más consciente de lo a gusto que estaba en brazos de él, de la fuerza de sus brazos. Lo miró de soslayo y observó la esculpida línea de la mandíbula y la cicatriz que cortaba el lado izquierdo de su rostro.

Quédate Conmigo: Capítulo 39

Paula comenzó a golpearle en el pecho con la mano abierta.


—¡Déjame en el suelo! Puedo ir andando.


—Con una espina de ese tamaño en el pie, no lo creo. Y yo puedo llevarte en brazos perfectamente.


Paula notó que sus palabras le habían ofendido.


—No estoy diciendo que no seas capaz físicamente.


Pedro la estrechó con más fuerza. Aquello sorprendió a Paula. Deseó poder relajarse entre sus brazos, saborear la deliciosa sensación de sentirse transportada por un hombre. «Es peligroso». Una vocecilla le advirtió acerca de Pedro y la atracción que sentía por él. Efectivamente, era muy peligroso. Nunca había conocido a un hombre lo suficientemente bien como para sentirse cómoda llevando la relación más allá del beso de buenas noches. Pensaba que eso sería efectivamente lo que la animaría a llevar la relación más allá. Entonces, él había aparecido en su vida. No lo conocía y, en su presencia, se sentía de todo menos cómoda. Sin embargo, la atracción instantánea había sido excitante y abrumadora. A pesar de todo, había hecho saltar las alarmas. ¿Cómo era posible que algo tan repentino fuera real? Fuera lo que fuera lo que sentía, le estaba vedado. Aunque, técnicamente, su cliente era la herencia de su padre, era parte implicada. Acostarse con él podría hacer descarrillar la trayectoria profesional que tanto se había esforzado por construir. No merecía la pena dejarse llevar por una repentina atracción sexual. Realizaron el resto del trayecto en silencio. Cuando entraron en la casa, él la llevó a la cocina y la sentó sobre una de las sillas. Paula vió cómo iba primero al frigorífico ultramoderno para luego abrir uno de los armarios, en el que había una pila de paños perfectamente doblados.


—¿Qué tal estás ahora?


—Me duele —susurró ella, entre dientes.


Pedro se sentó frente a ella en otra silla y le indicó que colocara la pierna sobre su rodilla. Paula hizo lo que él le había pedido.


—Estate quieta.


—Lo intentaré.


—Si retiras el pie, tal vez no la pueda sujetar bien y se te romperá dentro del pie. Te podría causar una infección.


—Tengo tres hermanos. Ayudé a mi madre a curarlos en muchas ocasiones, así que sé cómo se sacan esas cosas. Espinas, cristales, púas de puercoespín…


—¿Púas de puercoespín? —repitió él con una ligerísima sonrisa en los labios.


—Siempre me sorprendió que un animal con una cara tan mona pudiera resultar tan amenazador.


—Yo también me he preguntado lo mismo.


Paula levantó los ojos para mirarlo y se dió cuenta de que Pedro estaba bromeando con ella.


—¿Estás diciendo que soy mona?


—Tal vez.


Paula se quedó sin palabras. ¿Pedro Alfonso pensaba que ella era mona? Habría preferido que la considerara preciosa o sexy, pero le podría servir lo de mona.


—Creo que la última vez que alguien dijo que yo era mona fue Simón Dorsey en el colegio.


—¿Y no hubo final feliz?


—Mis hermanos se encargaron de ahuyentarlo cuando…


Con un movimiento repentino, Paula le sacó la espina del pie. 

Quédate Conmigo: Capítulo 38

Además, había permitido que su jefe siguiera atemorizándola y había consentido que su mensaje le hiciera reaccionar. En vez de esperar a encontrarse a Pedro de un modo casual, había desobedecido su petición y había violado su intimidad. Suspiró de nuevo. Solo le quedaban cuatro días. Tal vez si le dejaba en paz, para cuando el puente estuviera arreglado, los dos estarían de mejor humor para, al menos, tener una conversación sobre el contrato. «Se ha equivocado usted de profesión…». ¿Se había dado cuenta Pedro del daño que le habían hecho aquellas palabras? ¿Las dudas que le habían creado? No, no se le daba bien trabajar con clientes como él. Clientes importantes, con grandes reputaciones y cuentas bancarias mucho más grandes aún, los clientes que daban prestigio a un bufete como Nettleton & Thompson. Paula prefería trabajar con la abuela que quería dividir su herencia en partes iguales para sus nietos. Los padres que se preocupaban de dejar bien situado a un hijo con problemas de salud una vez que ellos fallecieran. Al esposo que se enfrentaba a su mortalidad demasiado pronto y que quería que su esposa e hijos tuvieran una estabilidad financiera. Esas eran las personas con las que Paula quería trabajar. Cuando se convirtiera en una abogada de nivel medio, esos clientes serían escasos. Y lo serían más aún cuando fuera uno de los abogados principales del bufete. Un pájaro pasó por encima de su cabeza. Observó cómo revoloteaba en el aire. Totalmente absorta en el vuelo del pequeño animal, fue avanzando con él hasta acercarse peligrosamente al borde del acantilado.


—¡Detente!


Asustada por el grito, Paula se dió la vuelta rápidamente. De repente, sintió un dolor agudo en la planta del pie. Algo se le había clavado en la piel. Se sentó de golpe en la hierba y se agarró la pierna para ver qué era lo que tenía.


—¿Qué demonios te creías que estabas haciendo? —le espetó Pedro tras acercarse a su lado.


—¿De qué estás hablando ahora? —replicó ella apretando con fuerza los dientes para contener el dolor.


—¿Tienes idea de lo inestable que es el suelo por aquí y lo cerca que estabas del borde del acantilado?


—Sí… Sé que es peligroso —susurró ella. Por fin había visto la causa del dolor. Tenía una gruesa espina clavada en la planta del pie.


—Si no hubieras venido aquí descalza, no te habrías clavado eso.


—Si no me hubieras ordenado que me marchara de tu despacho, no habría venido hasta aquí.


Pedro se agachó a su lado y le tomó el pie entre las manos con una sorprendente delicadeza.


—Si no hubieras venido a mi despacho cuando te ordené que no lo hicieras, no habría tenido que pedirte que te marcharas.


Paula apretó los labios para contener el dolor.


—¿Sabes una cosa? Creo que tengo la razón verdadera de que haya ocurrido esto. Si hubieras firmado el contrato o el documento de renuncia, no estaríamos así en estos momentos.


Pedro la miró fijamente durante unos segundos. Entonces, hizo algo totalmente inesperado. La tomó en brazos y se puso de pie.


—¿Qué es lo que estás haciendo? —chilló ella.


—Llevarte de vuelta a la casa. 

Quédate Conmigo: Capítulo 37

Mientras caminaba por uno de los senderos, miró a su izquierda. La hiedra había creado un pequeño túnel que parecía llamarla. Como necesitaba algo que la distrajera, se dirigió a él. Una repentina frescura la rodeó, dado que la hiedra impedía por completo que pasara el sol. Al cabo de unos instante, oyó un suave rugido. La anticipación se apoderó de ella al notar que el sonido se iba haciendo cada vez más fuerte y que la hiedra empezaba a clarear. Por fin, tras tomar otro giro, vió el sol frente a ella y, más allá, el hermoso azul del mar. Salió del túnel a una pequeña planicie cubierta de hierba y flores silvestres. El viento soplaba desde los acantilados cercanos y azotaba la planicie, meciendo frenéticamente los tallos de las plantas. Consciente de que la planicie terminaba en forma de acantilado, se acercó con cuidado hasta unos veinte pasos del borde. Como no conocía el terreno, no quería correr el riesgo de que el suelo cediera de repente y la hiciera caer al océano.


De pronto, un destello blanco captó su atención. Se giró y se quedó sin aliento. Un par de kilómetros más allá, el océano se curvaba formando una bahía. La planicie sobresalía lo suficiente para mostrarle una playa de arena al pie de unos imponentes acantilados blancos, coronados a su vez de verde hierba. Los acantilados más cercanos a ella se proyectaban hacia el océano y formaban una especie de arco. Más allá, una única columna blanca se erguía sobre las olas, terminando en punta. Era el paisaje que aparecía en el cuadro. Aunque este era muy hermoso, la vista que tenía frente a sus ojos era espectacular. Sonrió. Aunque perdiera su trabajo, el respeto de su familia y de sus amigos, tendría momentos como aquel, especiales dentro de aquella extraña situación. Momentos que le hacían sentir… Feliz. En paz. Se dió la vuelta para mirar el château. Parecía un castillo de cuento de hadas, pero, en aquellos momentos, a Paula le parecía más bien una cárcel de barrotes de oro. Sintió un escalofrío. Si Pedro Alfonso quería esconderse de la atención de la prensa, era su elección. Era evidente que se estaba castigando, aunque ella no sabía por qué. Según había informado la prensa, Pedro Alfonso no había tenido responsabilidad alguna en el accidente. El conductor del otro vehículo había triplicado la tasa de alcohol permitida y, además, había invadido el carril contrario. Solo pisó el freno un segundo antes del choque. Su madre falleció por enfermedad, algo que Pedro tampoco había podido controlar. Sin embargo, por los artículos que había leído, su indulgente estilo de vida había comenzado unos pocos meses después de la muerte de su madre.


Suspiró. Se quitó las zapatillas y saboreó el tacto de la suave hierba bajo los pies, tal y como había hecho anteriormente en el jardín. Aquel gesto la ayudaba a tomar contacto con la realidad y le proporcionaba un momento de placer que necesitaba desesperadamente. Se sentía frustrada y furiosa y cada vez estaba más aburrida. Había libros por toda la casa que podía leer, otras salas que visitar, partes del jardín que aún no había explorado y una hermosa cocina repleta de comida y de variados ingredientes. Sin embargo, como siempre, había elegido el trabajo en vez de tomarse tiempo para relajarse, para hacer lo que quisiera y para divertirse. 

Quédate Conmigo: Capítulo 36

 —No, no conozco la historia de su vida, señor Alfonso, ni lo que supuso para usted perder a su madre. Creo que se está castigando por ello, pero ¿Se ha parado a pensar alguna vez, aunque solo sea por un momento, que está castigando también a todos los que le rodean?


Pedro sintió como si alguien le hubiera echado las manos al cuello y hubiera comenzado a apretar hasta exprimir cada gota de aire de su cuerpo. No podía hablar, ni pensar. El peso de aquellas palabras lo había aplastado y lo había dejado a la deriva en una nueva realidad. Una realidad, en la que, una vez más, se había colocado en el centro de todo. Se recuperó lo suficiente para pronunciar lo que debería haber dicho en el momento en el que ella entró por la puerta de su despacho.


—Márchese de aquí.


La fría tranquilidad de su voz ocultaba la tormenta que rugía dentro de él. Paula se dió la vuelta y, con un suave susurro de la falda, hizo exactamente lo que Pedro le había pedido. Ella se detuvo solo lo suficiente para ponerse un par de zapatillas que había bajado de su dormitorio antes de salir al patio. Tenía el corazón acelerado y los ojos le escocían por haber contenido tanto tiempo las lágrimas. Salió al jardín. Había ido al despacho de Pedro para volver a sacar el tema del contrato. Sabía que no debía hacerlo, dado que él se lo había pedido explícitamente, pero el señor Nettleton le había enviado un mensaje exigiendo saber por qué no lo informaba diariamente. No le había resultado difícil imaginarse la larga lista de llamadas perdidas, mensajes y correos que recibiría de sopetón cuando llegara por fin a un lugar con buena cobertura. Eso la había animado a actuar. Había estado los dos últimos días distrayéndose con el trabajo, revisando documentos, que, por suerte, llevaba en su maletín. Se había asegurado que era mejor darle a Pedro el tiempo suficiente para acostumbrarse a su presencia en el château. Había estado convencida de que, un día, bajaría y se lo encontraría en la cocina o en algún otro lugar en vez de seguir escondiéndose de ella.


Aquella mañana, la tercera, había vuelto a encontrar la casa totalmente vacía y eso, combinado con el mensaje del señor Nettleton y la exasperación que le producía el inmaduro comportamiento por parte de Pedro, la había animado a subir a la segunda planta. Ya había pasado bastante tiempo desde su última conversación sobre el contrato. Había estado totalmente segura de que él le concedería al menos cinco minutos de su tiempo. No había sido así. Además, había sido cruel. Había reaccionado como un animal herido. Su dolor despertaba la naturaleza empática de Paula, pero también la había herido. Por ello, no le había quedado más remedio que retirarse antes de que él viera lo mucho que sus palabras la habían afectado. 

miércoles, 29 de abril de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 35

En vez de echarse a llorar o ponerse a despotricar contra Pedro, Paula se limitó a inclinar la cabeza a un lado y a mirarlo muy fijamente con aquellos ojos verdes que parecían ver demasiado.


—¿Le funciona?


—¿El qué?


—Ese escudo impenetrable detrás del que se esconde.


Entonces, dió un paso al frente. Pedro sintió que los músculos de la espalda se le tensaban y, de repente, se sintió acorralado.


—Habla a la gente de mala manera. Les dice cosas horribles para apartarlos de su lado —dijo. Otro paso más al frente. Un ligero aroma a jazmín lo envolvió, turbándolo con su atractiva fragancia—. Sin embargo, yo creo que hay algo más.


—No me había dado cuenta de que tiene también conocimientos depsicología. 


—No los tengo. Tan solo se me da bien leer a la gente. Usted mantiene las distancias porque así no tiene que esforzarse.


—¿Cómo dice?


—Cuando es grosero con la gente, marca un precedente. No tiene que esforzarse ni ser amable porque la gente no lo espera de usted. Así, se puede esconder en su casa de Kent o en su exclusivo y secreto club de Londres o donde sea y… —se interrumpió un instante, levantando las manos como si estuviera tratando de agarrar las palabras que no lograba encontrar—… dejarse llevar por su dolor y su tristeza.


—¿Cómo?


—Así es. Yo perdí a mi madre hace unos años. Sé que es duro seguir adelante…


—Usted no sabe nada —le espetó.


Pedro prácticamente escupió las palabras y vio que ella abría los ojos, muy alarmada.


—No intente construir un puente entre nosotros, señorita Chaves. No tenemos puntos comunes. Sí, los dos hemos perdido a nuestras madres, pero ahí terminan las similitudes entre nosotros. Si cree que porque me haya contado los detalles tristes de su vida va a conseguir que yo firme ese contrato, está muy equivocada.


Se había excedido. Había ido demasiado lejos. Paula no lloró, ni protestó. De hecho, ni siquiera parpadeó. Sin embargo, Pedro sintió un cambio en el ambiente, un frío gélido que indicaba que el corazón de Paula Chaves se había endurecido en contra de él por sus desconsideradas palabras.  Avergonzado, apartó la mirada y vió su reflejo en el cristal de un cuadro que colgaba de la pared. Las cicatrices que le afeaban el rostro, transformando la belleza que había poseído en el pasado en algo animal, desnaturalizado. Monstruoso. Así era como lo había llamado Karina y tenía razón. El modo en el que se había comportado era monstruoso. Sin embargo, ¿Cómo si no podía protegerse?

Quédate Conmigo: Capítulo 34

No. No podía. Aquella parte de su vida había terminado para siempre. El sonido de una alegre musiquilla se coló a través de la ventana. Vió que ella miraba el teléfono y sintió la repentina tensión que se apoderaba de ella. De vez en cuanto, tenían cobertura suficiente para recibir una llamada o un mensaje. ¿Quién quería hablar con ella? ¿Su jefe? ¿Sus padres? ¿Tal vez su pareja? Solo pensar que otro hombre hablaba con ella, la besaba o la tocaba lo llenaba de una inesperada ira. Lanzó una maldición y se apartó de la ventana. Regresó a su escritorio. ¿Tan desesperado estaba por establecer un vínculo o disfrutar del afecto físico que le había dado por espiar a una invitada, aunque su estancia en la casa no fuera en absoluto deseada? Los celos eran un sentimiento totalmente desconocido hasta entonces para él. Consiguió volver a centrarse en la propuesta de un miembro del consejo para realizar una expansión de las rutas e incluir el Paso del Noroeste a partir del verano siguiente. Así, ahorrarían miles de kilómetros a los barcos que debían navegar a través del canal de Panamá, además de tiempo, combustible y dinero. La propuesta, que estaba muy bien pensada y razonada, lo absorbió por completo. Estaba tan concentrado en su lectura que tardó un instante en darse cuenta de que había alguien llamando a la puerta. Acababa de levantar la mirada cuando vió que la puerta se abría y que Paula se asomaba con cautela. Parecía nerviosa de estar en el umbral de la estancia que él le había pedido que evitara. Asombrado de que ella se hubiera atrevido a desafiar una orden directa, Pedro permaneció sentado y dejó que el silencio se hiciera dueño del momento durante unos instantes.


—Yo… —susurró ella sonrojándose—. Tengo que hablar con usted.


—Le dije que no se acercara a este despacho.


—Lo sé. Yo…


—Pero ha decidido venir de todos modos —dijo, poniéndose de pie por fin. Rodeó lentamente el escritorio, como si fuera un depredador acechando a su presa—. Ha decidido invadir mi espacio e ignorar el sentido común y la decencia solo porque quiere algo y le importa un comino quién pueda interponerse en su camino. 


Paula tragó saliva, pero no se arredró.


—Como ya le he dicho, necesito hablar con usted.


—Sí, lo he oído. Y yo le dije que no tengo interés alguno en hablar con usted.


Paula entornó la mirada.


—¿Me ha preguntado usted alguna vez lo que yo quiero? ¿O es que usted se limita a dar órdenes y a esperar que la gente las obedezca sin cuestionarlas?


—Así es.


—Pues así no es como funciono yo, señor Alfonso. Yo hablo con la gente, les pregunto lo que quieren e interactúo con ellos.


—En ese caso, se ha equivocado usted de profesión, señorita Chaves.


Paula entreabrió los labios y apartó la mirada durante un instante. Luego, volvió a mirarlo rápidamente.


—Se me da muy bien lo que hago.


Pedro regresó tras el escritorio, poniendo una barrera física entre ambos que necesitaba desesperadamente.


—Aparentemente, no lo suficiente.


Quédate Conmigo: Capítulo 33

No había podido poner un pie en la casa que tanto asociaba a su madre, la casa que debería haber deparado alegría y que ya solo servía como recordatorio de lo que no podría ser jamás Había sido por aquel entonces cuando Pedro se había lanzado a lo que su padre había descrito como un estilo de vida totalmente decadente. Un listado interminable de viajes, de coches de lujo, de fiestas y relaciones de una noche. Cuando cumplió los treinta años, no conocía ya ninguna otra manera de vivir. Además, el hecho de probar algo nuevo o tratar de superar el dolor que lo embargaba le había parecido impensable. Cobarde. Un movimiento captó su atención y lo sacó del pasado. Era Paula, que bajaba los escalones del patio para pasear por el jardín. Llevaba puesta una blusa color crema metida por debajo de una falda azul que ceñía su cintura y caía por debajo de las rodillas formando suaves pliegues. Le sorprendió ver que iba descalza. Cuando se dió cuenta de que ella no tenía más ropa que el vestido que llevaba puesto, subió al desván. A su madre siempre le había resultado imposible resistirse a apoyar a artistas y diseñadores emergentes, tanto si eran pintores, escultores o gurús de la moda. Muchos de ellos habían encontrado el éxito bajo su mecenazgo y todos solían enviarle regalos de su propia manufactura para darle las gracias. Al abrir el baúl, había reconocido las etiquetas como pertenecientes a un modisto afamado internacionalmente. Saber que su madre ni siquiera había visto aquellas prendas lo había ayudado a sacarlas a la luz. También había contribuido a su bienestar saber que Paula llevaría encima ropa adecuada en vez de un cobertor. Mientras ella recorría el jardín, le pareció que lucía muy bien aquellas prendas. Le daban un aspecto informal, pero elegante y hacían destacar su belleza natural. Los rizos de su cabello le daban una apariencia juvenil, aunque el lenguaje de su cuerpo dejaba muy a las claras que era ya una mujer. Vió cómo acariciaba delicadamente el pétalo de una rosa e, inmediatamente, aquella imagen le provocó una firme erección. «Eres un hombre hecho y derecho, no un adolescente». Su cuerpo ignoró el sermón que dictó su lado más racional. Sabía que debería darse la vuelta. Tenía que ponerse de nuevo a trabajar… «Un segundo más… solo un segundo».


Paula se detuvo y frunció el ceño. Lanzó una última mirada de anhelo a las flores antes de regresar a la mesa del patio y sentarse allí con un montón de papeles. Sin duda, iba a trabajar. Estaba tratando de averiguar cómo convencerle para que firmara aquellos malditos papeles. Aquella mujer no sabría divertirse ni aunque lo tuviera escrito delante de la cara. «Podrías enseñarle…»

Quédate Conmigo: Capítulo 32

Se dirigió hacia la ventana. No solo no quería tener nada que ver con aquel maldito expediente lleno de papeles en los que finiquitaba la herencia de su padre, sino que también necesitaba mantener las distancias con ella y con la tentación que representaba. Meterse en la cama con una mujer que acababa de conocer sería como repetir sus pecados pasados. Colocar el placer por encima de cosas más importantes como tomar las riendas de Alfonso Shipping. O purgar su castigo por el modo en el que había vivido los últimos trece años, centrándose solo en el placer y en los bienes materiales en vez de mantener una relación con un padre que había sufrido también su propia pérdida. Era un castigo más que justo cuando recordaba cómo habían sido las cosas antes. La muerte de Ana Alfonso. Sí, había crecido rodeado de lujos y había viajado con frecuencia entre Inglaterra, lugar de nacimiento de su madre, con el hogar de su padre en Grecia. Sin embargo, nunca había dudado del amor de sus padres. Se había sentido seguro de un modo que sabía que pocos niños podían estarlo. Siempre se había sentido atraído por las cosas buenas de la vida. Horacio incluso le había prevenido acerca de su gusto por los coches nuevos y las conquistas en sus primeros años en la universidad. Por aquel entonces, el tono había sido de calidez paternal, deun padre que compartía palabras de sabiduría con un niño que se estaba convirtiendo en hombre.


No había tenido nada que ver con la fría desilusión que siguió cuando Pedro perdió por completo el control después de la rápida enfermedad de Ana y de su repentino fallecimiento. Cuando el placer eclipsó a la angustia, había sido imposible volver atrás. Había recibido con los brazos abiertos todo lo que podía distraerlo, ignorando al mismo tiempo todo lo que podía reconectarlo con su padre y llorar junto a él. Demasiado tarde, se había dado cuenta de que debería haber prestado más atención a aquella parte de su vida. Realizó una mueca de dolor. Era horrible darse cuenta de algo tan importante cuando era ya demasiado tarde para hacer algo al respecto. Miró el jardín a través de la ventana. Había sido el orgullo de su madre. Adoraba lo moderno, como él, pero le interesaba también lo antiguo. Aquel amor se plasmó en el castillo y los trabajos de remodelación que ella emprendió para devolverle todo su esplendor. El año antes de que cayera enferma, se había pasado allí largas temporadas, trabajando con los albañiles y con los especialistas en restauración. Por aquel entonces, Pedro se había sentido muy orgulloso de ella. Sin embargo, cuando la pena por el fallecimiento de su madre borró los buenos recuerdos, comenzó a odiar el château. Al principio, se había preguntado si había estado tan ensimismada con la restauración que tal vez había pasado por alto pequeños indicios de su enfermedad. Después, pocos meses después del entierro, su padre lo había invitado a visitarlo cuando ya estaba totalmente terminado. Había declinado la oferta, pero vió la desilusión en los ojos de Horacio. Aquella negativa dio paso a un efecto bola de nieve que afectaría la relación con su padre durante el resto de la vida de éste.


Quédate Conmigo: Capítulo 31

Pedro agarró con fuerza la pluma que tenía entre los dedos cuando, a través de la ventana abierta, escuchó que una puerta se cerraba. A menos que hubiera un fantasma en la casa, solo podía ser una persona. En realidad, habría preferido el fantasma. Podría ser que lo turbara menos que Paula Chaves. Hacía dos días que no la veía, desde la mañana en la que entró en su dormitorio y la vio envuelta tan solo con aquel ligero cobertor que tan deliciosamente se ceñía a las curvas de sus senos. Estuvo a punto de perder el control. Nunca había deseado a una mujer tan desesperadamente como la había deseado a ella en aquel momento. Se adivinaba perfectamente las curvas de su cuerpo bajo la tela. Además, parecía que sus rizos tenían vida propia, rodeándole la cabeza como si fueran un halo de color castaño. Y aquellos ojos tan inocentes, tan enormes, enmarcados por oscuras pestañas… 


El deseo se había reflejado también en aquellas verdes profundidades, lo que había transformado el suyo en una sensación fiera, peligrosa. Por ello, no le había quedado más remedio que marcharse. Su autocontrol pendía de un hilo, por lo que la retirada era la única opción. Era lo que mejor se le daba. Mantener sus sentimientos bajo control. Sorprendentemente, ella lo había dejado en paz. Era lo mejor. Al menos, eso era lo que se decía mientras trataba de centrarse en cualquier cosa menos la mujer cuya mera presencia lo atormentaba. Por suerte, tenía muchas cosas que hacer, incluso sin las maravillas de la tecnología. Se había llevado copias impresas de documentos financieros, de rutas navieras y resúmenes de cada uno de los miembros de la junta ejecutiva, que él había pedido hacía más de un mes. Esos resúmenes incluían lo que esas personas habían conseguido durante el periodo de tiempo que había estado de baja, lo que querían cambiar y, más importante, lo que querían ver en el futuro. Su padre había llevado a cabo una continuación del legado de su abuelo en la empresa. Y Pedro estaba dispuesto a seguir en la misma línea. Con aquella resolución en mente, se había sentado frente al enorme escritorio de madera de su despacho. Era el ambiente ideal para tomar notas y aprovechar al máximo su repentino deseo de ser productivo. Sin embargo, cada vez que intentaba trabajar, los pensamientos le impedían su propósito. No podía apartarse del pensamiento unos esponjosos rizos castaños que enmarcaban un rostro angelical. Tampoco podía olvidar el esbelto cuerpo cubierto solo por el cobertor ni las largas piernas que había visto y que, en más de una ocasión, había imaginado rodeándole la cintura mientras se hundía en ella una y otra vez. Lanzó una maldición y se puso de pie. Arrojó el bolígrafo sobre el escritorio. Se aseguró que era más que comprensible que estuviera pensando en Paula en aquel momento. Hacía más de un año que no había estado con una mujer. ¿Sería ese el motivo por el que la atracción que sentía por la descarada abogada era tan fuerte?

lunes, 27 de abril de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 30

Su compañera de dormitorio en la universidad le había dicho en numerosas ocasiones que sus expectativas eran demasiado altas. Su madre le había aconsejado que confiara en sí misma, que cuando encontrara al hombre adecuado, lo sabría. No debería ser alguien como él. Taciturno, solitario y abiertamente grosero, aunque le había hecho al menos el favor de mostrarle que era posible. Una imagen carnal apareció en su pensamiento. Se imaginó a Pedro arrancándole el cobertor de las manos, tomándola en brazos y llevándola a la cama para luego incorporarse y quitarse el jersey que llevaba puesto para dejar al descubierto los esculpidos abdominales. Tres fuertes golpes sonaron en la puerta. Había vuelto. Esperó que él entrara en la habitación sin avisar, pero no fue así. Silencio absoluto. Al final, fue ella la que tuvo que acercarse a la puerta y entreabrirla ligeramente. Vió un baúl frente a la puerta. No se veía a Pedro por ninguna parte.


Paula se aseguró de sujetar con fuerza el cobertor y agarró una de las asas del baúl. Tiró de él para meterlo en la habitación y, antes de cerrar la puerta, miró a ambos lados del pasillo. Abrió la cerradura y levantó la tapa.  Un arcoíris de telas la saludó. Se inclinó hacia el interior y deslizó un dedo sobre la ropa que contenía. Uno a uno, fue sacando los vestidos, faldas, camisas e incluso un par de pantalones hasta que tuvo casi veinte prendas extendidas sobre la cama. Todas tenían aún las etiquetas puestas y todas portaban el nombre del mismo diseñador, que ella solo conocía por su reputación. ¿Acaso Pedro guardaba todas aquellas prendas para cuando sus amantes fueran allí a visitarlo? En realidad, debería estar agradecida de que él tuviera algo que prestarle, pero aquel pensamiento la había irritado profundamente. Lo apartó y se decantó por un vestido verde bosque con botones a juego que iban desde el cuello redondo hasta el bajo de la falda. Se ceñía delicadamente a la cintura. Era una prenda sencilla, pero lujosa a la vez. Dejó el cobertor a un lado y se puso el vestido. Sintió que el lino le acariciaba dulcemente la piel. Se dirigió al espejo de cuerpo entero que tenía junto a la chimenea y se miró. Dió varias vueltas y sonrió al ver el vuelo que tenía la falda. No era así como había pensado que se pasaría aquellos días en Francia, pero parecía que las cosas estaban mejorando. Tenía un baúl lleno de ropa de diseño que no volvería a ponerse nunca, una maravillosa habitación con vistas al jardín y al mar y casi una semana para convencer a Pedro Alfonso para que firmara. Ni tan mal. Con aquel pensamiento en mente, recogió el cobertor del suelo. El tacto de la tela entre las manos le hizo recordar el deseo con el que Pedro le había mirado los pechos y cómo había apretado los puños, como si no pudiera contenerse. Dobló el cobertor y lo arrojó sobre la cama. Podría disfrutar de una semana muy agradable si mantenía su imaginación erótica bajo control. Decidió que, en primer lugar, iría a dar un paseo. Esperaba que la brisa del mar la ayudara a recuperar el sentido común, empezando con el hecho de que tenía trabajo que hacer y que, para ella, Pedro Alfonso debería ser el último hombre sobre el que ella debería estar fantaseando.

Quédate Conmigo: Capítulo 29

 —A menos que planee descender por la garganta y luego escalar los trescientos metros del otro lado, o nadar por los acantilados hasta llegar a la playa más cercana, no le queda más que esperar.


—¿Y si hay una emergencia?


—Se suponía que iba a estar yo solo —replicó él encogiéndose de hombros.


Paula respiró profundamente. Decidió que aprovecharía aquellos siete días para conseguir que él le firmara el contrato antes de regresar a Londres.


—Está bien —afirmó cuadrándose de hombros—. ¿Qué vamos a hacer?


Pedro se encogió de hombros.


—Me importa un comino lo que haga usted. Puede utilizar los espacios comunes y el jardín y tomar lo que le apetezca de la cocina, pero manténgase alejada del tercer piso. Ahí están mis habitaciones privadas y mi despacho.


—Ningún problema al respecto —afirmó ella.


—Y no espere de mí que le haga compañía.


—No tengo ningún deseo al respecto —replicó ella con una dulce sonrisa—. Lo único que deseo es su firma en uno de los contratos para que, al final de esta desgraciada semana, no tengamos que volver a vernos nunca más.


Alfonso soltó una carcajada.


—¿Trata de hablar de negocios conmigo cuando lleva encima tan solo un cobertor?


—Es mejor que la única alternativa que tengo, la verdad.


En cuanto Paula terminó de escuchar aquellas palabras, Pedro deslizó la mirada sobre los pechos de ella. La tensión regresó. Él apretó los puños, pero no fue la única reacción física que tuvo. Paula creyó notar un ligero abultamiento en los pantalones. Tragó saliva. Lo que ocurría cuando los hombres se excitaban no le resultaba desconocido. La última vez que salió con un hombre, él la estrechó entre sus brazos para besarla y Rosalind sintió lo mucho que la deseaba contra el vientre. Aquel hecho solo despertó en ella una ligera curiosidad, pero no lo suficiente como para llevar la situación más allá.  Sin embargo, en aquel momento, al ver la reacción de Pedro, sintió que la entrepierna se le humedecía de la excitación.


—¿Es que no tiene otra cosa que ponerse? —le preguntó él.


—Cuando se me seque el vestido, sí.


Pedro se dió la vuelta y se marchó, cerrando de un portazo.


Paula dejó escapar un suspiro de alivio. ¿Qué había pasado? Un temblor recorrió su cuerpo, deliciosa y ligeramente salvaje. Nunca se había visto tentada de hacer algo tan audaz como seducir a un hombre. Desnudarse ante él. Dejar que él viera lo rápida y fácilmente que se había excitado con su presencia. Eso había sido parte del problema, en realidad el problema, con los hombres con los que había salido. Ninguno de ellos le había hecho sentir del modo en el que había deseado sentirse con su primer amante. La atracción física, el deseo real, jamás habían aparecido.


Quédate Conmigo: Capítulo 28

La voz de Pedro se desvaneció cuando la vió envuelta en el cobertor. El shock la dejó totalmente inmóvil y vió cómo él la miraba de arriba abajo. La atmósfera cambió. La mirada de él se deslizaba por las piernas y los pies desnudos para luego volver de nuevo al rostro de Paula. Los pezones de ella se irguieron bajo la tela del cobertor. La mortificación y el deseo chocaron, fundiéndose en una oleada de calor que se le extendió por todo el cuerpo. Sus miradas se cruzaron. A la luz del día, las cicatrices eran más evidentes. La mayoría parecían más pálidas a excepción de la que tenía en la cara, que estaba más enrojecida. Las heridas no le quitaban ni un ápice de apostura. Añadían complejidad y profundidad a sus cincelados rasgos. El hoyuelo en la barbilla interrumpía la perfecta línea de una fuerte barbilla cubierta por una cuidada barba. Sus ojos… En aquellos momentos relucían. Un azul oscuro que, de algún modo parecía arder cuando la miraba. Una vocecilla traviesa le susurró al oído que se atreviera a hacer algo escandaloso, como dejar caer el cobertor para ver cómo reaccionaba él. Llevaba toda la vida esperando al hombre adecuado, al hombre perfecto, con el que compartir su cuerpo. Solo había visto carencias en todos los hombres con los que había salido hasta entonces. Sin embargo, ninguno había sido capaz de prender en su cuerpo el fuego del deseo con una única mirada.


—He llamado varias veces.


—No lo he oído… —susurró con voz ronca.


—El roble ha caído sobre el puente.


Ella parpadeó. El fuego había desaparecido de su mirada en un abrir y cerrar de ojos. El hombre frío y controlador de la noche anterior acababa de regresar, con su voz autoritaria y estéril.


—¿Cómo dice?


—El árbol —repitió él, como si Paula fuera una niña pequeña que no estuviera prestando atención—, se ha caído sobre el puente.


—¿Y qué significa eso?


—Significa que hasta que alguien puede venir hasta aquí para retirarlo y comprobar la resistencia del puente para saber si es seguro, usted tiene que quedarse aquí.


Paula respiró profundamente para no parecer alarmada.


—Está bien, sí… Lo comprendo. ¿Y cuándo vendrá ese alguien?


—Probablemente dentro de una semana.


—¿Una semana? —exclamó ella atónita.


—Sí.


—Pero ¿por qué tanto tiempo?


—Porque será la primera vez que madame Marta y su esposo regresen para rellenar la despensa.


—¿Y por qué no llama por teléfono?


—Aquí no hay señal. Supongo que lo notaría anoche.


—Cuando venía de camino sí, pero di por sentado que aquí sí habría señal.


—No. Tendré que instalar algo aquí para tener teléfono e Internet.


La intranquilidad se transformó en miedo.


—No puedo quedarme aquí. 

Quédate Conmigo: Capítulo 27

Cuando su padre le quitó el teléfono a su madre, Paula comprendió que las cosas no iban bien. Eso no le impidió tomar el vuelo y pagar un coste extra para tener Wi-Fi y poder estar en contacto con sus hermanos mientras volaba hacia el norte. El avión estaba justo al sur de los Grandes Lagos cuando recibió el mensaje. Su madre, su mayor defensora y su mejor amiga, acababa de fallecer. Se pasó el resto del vuelo mirando por la ventana, con las lágrimas cayéndole silenciosamente por las mejillas.  Abrió los ojos y miró hacia el mar. Las semanas que pasó en su casa estuvieron sumidas en una triste bruma, sumida en la pena producida por una pérdida que la atenazaba a cada instante. Siempre había podido ver el lado bueno de todas las cosas, centrarse en lo positivo, igual que su madre. Sin embargo, aquel suceso la había sacudido hasta lo más profundo de su ser y le había hecho ver por primera vez en su vida la verdadera tristeza. Mudarse a Londres para trabajar en Nettleton & Thompson como becaria había sido la oportunidad que necesitaba para recobrar la alegría. Se había entregado en cuerpo y alma a su trabajo. Sabiendo que había conseguido todo lo que su madre había soñado para ella y segura de que sus padres estarían orgullosos de ella, la había mantenido en pie durante los dos últimos años de su vida. Al menos al principio. No había impedido que el descontento empezara a apoderarse de ella, sobre todo a lo largo del último mes. Le daba la sensación de que, en su búsqueda por ser una mujer responsable y madura, por hacer todo lo que sus padres habían esperado de ella, había pasado por alto algo crucial. Prácticamente no había salido ni viajado en aquellos dos años. Incluso la lectura, que era lo único para lo que hacía tiempo, se había convertido en una obligación más que en una fuente de relajación. En vez de novelas románticas o de misterio, sus favoritas, leía artículos legales, estudiaba casos y muestras de testamentos hasta que se los sabía de memoria. Se le daba bien encontrar las cosas buenas de la vida, pero ¿cuándo había sido la última vez que disfrutó de un largo almuerzo o había aceptado la invitación de un compañero para salir o incluso había viajado a algún sitio fuera de Londres? Un año. Tal vez más. Aquellos pensamientos empezaron a resultarle incómodos. Se alejó de la ventana y, en ese momento, se dio cuenta de que la tormenta había sido una bendición. Le había dado una segunda oportunidad para conseguir que Pedro Alfonso firmara antes de marcharse. Iba de camino al cuarto de baño cuando un golpe en la puerta la sacó de sus pensamientos. Se dió la vuelta justo cuando la puerta empezaba a abrirse.


—¡Un momento!


—Señorita Chaves…

Quédate Conmigo: Capítulo 26

Se acercó un poco más a la ventana y apoyó la frente contra el frío cristal. Habían pasado dos años desde la primera llamada en la que supadre le informaba de que su madre tenía una ligera fiebre. Solo eran unas décimas, pero eran constantes. Tan solo había pasado un mes desde que su madre se había recuperado de una ligera neumonía. Inmediatamente, Paula realizó una videollamada en la que vió a su madre en cama, con su padre cuidándola y ella protestando por las atenciones que le proporcionaba su esposo. Estuvieron charlando con normalidad y se quedó más tranquila. Todo parecía como siempre. Solo era un poco de fiebre. Entonces, la segunda llamada llegó a las dos de la mañana. La tensión y el pánico que se reflejaba en la voz de su padre la colocó en estado de alerta incluso antes de que su padre le dijera que la fiebre había subido y que su madre estaba en el hospital. Era la primera vez que su madre tenía que ir al hospital en más de dos décadas. La última vez había sido para el nacimiento del hermano pequeño de Paula. Ella colgó y comenzó a hacer las maletas mientras compraba a la vez un billete de avión. Iba de camino al aeropuerto cuando el teléfono volvió a sonar.


—Pau…


Paula sintió que el vello se le ponía de punta al escuchar la voz ronca y congestionada de su madre antes de un fuerte golpe de tos.


—¿Mamá?


—Cariño, estoy muy orgullosa de tí.


—Lo sé, mamá.


—Nunca dejes de vivir tu vida al máximo… Y alcanza… Alcanza tus objetivos.


Otro ataque de tos provocó un escalofrío de pánico en Paula.


—Serás una de las abogadas más importantes de Nettleton & Thompson algún día. Lo sé. No dejes de esforzarte, ¿De acuerdo?


—No lo haré… —susurró Rosalind agarrando con fuerza el teléfono. Sentía que el corazón iba a salírsele del pecho—. Haré que te sientas orgullosa, mamá. Cuando vayamos a Italia este verano, nos…


—Italia… —murmuró su madre con ensoñación—. Qué viaje tan bonito sería ese…


—Mamá…


—¿Sí, cariño?


Paula estaba en medio del aeropuerto de Chicago, rodeada por pasajeros que iban y venían, con los ojos llenos de lágrimas y aferrándose con fuerza al teléfono, como si así pudiera mantener a su madre anclada a la Tierra.


—Te quiero mucho, mamá.


—Y yo te quiero a tí, mi niña. Mi preciosa Paula…


Paula cerró los ojos para contener las lágrimas. El tiempo había ido aliviando la pena, pero había momentos como aquel, que le devolvían los recuerdos como si hubieran ocurrido el día anterior. 

miércoles, 22 de abril de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 25

Frustrada consigo misma por no hacer otra cosa que pensar en él, Paula se sentó en la cama y lanzó una almohada hacia delante. ¿De qué servía pensar en él? Era una pérdida de tiempo cuando resultaba evidente que Alfonso quería que se marchara lo antes posible. Mientras apartaba las sábanas, decidió que había sido una suerte que él la dejara allí sola la noche anterior. Se había sentido muy vulnerable y susceptible a los sentimientos de gratitud que estaba experimentando. Efectivamente, Pedro Alfonso era más que guapo, pero ella había contenido durante mucho tiempo su anhelo por tener relaciones sexuales. Había rechazado a hombres mucho más amables que él mientras esperaba a su media naranja, al hombre con el que por fin sintiera un vínculo emocional y físico. Cuando por fin tuviera un amante, sería alguien con quien potencialmente pudiera ver un futuro. Y por muy excitante o misterioso que fuera Pedro Alfonso era todo lo contrario a la definición de un novio a largo plazo. Tentaría a una mujer a dejarse llevar, a disfrutar a perderse en el placer… y luego se marcharía tan rápidamente como había llegado. 


En aquellos momentos, lo que tenía que hacer era levantarse, recoger sus cosas y marcharse de allí. Ya pensaría en cómo le daría la noticia al señor Nettleton. Prepararía un plan de contingencia por si él decidía despedirla o por si Alfonso ya lo había llamado para exigírselo. Respiró profundamente. «Anoche te diste un baño en una bañera de las antiguas, con patas de garra y todo. Céntrate en lo positivo». El estómago comenzó a protestar. Había tomado algo de comer en Étretat antes de dirigirse al Château du Bellerose. Después, todo lo ocurrido durante la tarde le había quitado por completo el hambre. Tras salir de la bañera, el agotamiento la había empujado a meterse en la cama. El aire fresco de la mañana acarició su piel desnuda. Le había resultado raro dormir así, pero tenía la ropa empapada, incluso la ropa interior. Tomó un cobertor ligero de encima de la cama y se envolvió con él antes de acercarse a la ventana. Apartó las cortinas. Contuvo el aliento. En la parte posterior de la casa, había un jardín increíble, repleto de pequeños senderos y rodeado por un alto seto de hiedra. Había muchos árboles, entre los que se encontraba un sauce llorón que acariciaba con sus largas ramas la superficie de un estanque. Se veían también algunos bancos y algunas estatuas.  Sin embargo, lo que más le llamó la atención fueron las rosas. Había cientos de rosales de diferentes tonalidades de rojo, rosa y blanco. Poco a poco, la pena fue apoderándose de ella hasta que sintió una profunda pesadumbre. Su alegría desapareció por completo. 

Quédate Conmigo: Capítulo 24

No importaba. Jamás las vería. Pedro no se rendiría ante el infierno que lo atenazaba. Entró en la biblioteca y se puso a encender la chimenea para tener algo que hacer en vez de pensar en la señorita Chaves. Cuando terminó de encender el fuego, se dirigió hacia la ventana y contempló el mar. Entonces, vió su propio reflejo en el cristal de la ventana. Levantó la mano y se tocó los feos bordes de la cicatriz del rostro. Unas cicatrices que habían asqueado a Karina y que habían hecho que más de un conocido apartara la mirada. Paula no lo había hecho. Ni siquiera se había inmutado. A él tampoco se le había pasado por alto el reflejo del deseo en los ojos de ella. ¿Qué haría Paula si conociera hasta dónde llevaba su propio deseo? Sentía una necesidad casi animal por poseer su cuerpo, una necesidad que había estado bullendo bajo la superficie de su piel desde que la vio por primera vez en Londres. La señorita Chaves no tenía nada que temer de sus cicatrices. Lo que debería aterrorizarla por completo era el frío y oscuro canalla que acechaba dentro de él.



Paula se despertó al sentir el ligero brillo que provenía desde detrás de las cortinas. Permaneció inmóvil bajo la colcha, gozando con el tacto de la seda auténtica contra su piel. La noche anterior, cuando entró en aquella alcoba, fue como hacerlo en un cuento de hadas. Suelos de madera, antigüedades, pinturas que adornaban las paredes… Y la cama. La gloriosa cama con dosel que contaba con cortinas de verdad que se recogían en las esquinas con cordones dorados. El número de almohadones era digno de una princesa. Perfecta. La había ayudado a deshacerse de la tensión que había sentido en el pecho desde que dejó caer el expediente sobre la mesa antes de abandonar el château. También había supuesto un bálsamo muy necesario para el caos que se había adueñado de ella en poco más de una hora. Había perdido el control y había insultado al cliente más importante para el que había trabajado. Entonces, cuando había estado a punto de alcanzar la libertad, un roble estuvo a punto de aplastarla… Y el hombre al que había ofendido instantes antes fue el que acudió en su rescate. Se cubrió el rostro con una de las almohadas y gruñó. Sí. Había resultado aterrador darse cuenta de lo cerca que había estado de resultar herida o incluso muerta. Sin embargo, lo que más la turbaba era la reacción que había tenido ante la inesperada valentía de Pedro. Había pasado de ser un canalla egoísta a héroe en cuestión de segundos. Aquello la había dejado muy confundida. 

Quédate Conmigo: Capítulo 23

 —La acompañaré a un dormitorio para que pueda cambiarse. Sígame.


Sabía que su reacción hacia ella era exagerada y se despreciaba por ello tanto como despreciaba la tranquilidad que Paula transmitía. Se había enfrentado a una fuerte tormenta, había estado a punto de verse aplastada por un árbol y, en aquellos momentos, seguía a un desconocido por la escalera de una casa en la que no había estado nunca. Un hombre que había amenazado con hacer que la despidieran y que, por lo que ella le había contado, había convertido su vida en un infierno. Sin embargo, no había llorado ni se había quejado. Hasta hacía veinte minutos, el nombre de Paula había sido sinónimo de irritación. La estirada y meticulosa abogada de ridículo paraguas que era incapaz de dejarlo en paz. No obstante, en aquellos momentos, veía más de lo que había intuido aquel día en el Diamond Club. Seguridad en sí misma, fuerza y resiliencia. No. Había sobrevivido un año entero sin sexo, sin extravagancias, sin ningún detalle de su antigua vida. Demasiado tarde, pero, al menos, estaba haciendo algo para honrar a Horacio. Quería ser el hombre que debería haber sido en vez del indulgente canalla que había mantenido siempre las distancias con su padre. El deseo que sentía por ella amenazaba el castigo que se había autoimpuesto. Un capricho que no se podía permitir. Avanzó por el pasillo y se detuvo frente a una puerta blanca.


—Aquí es —dijo mientras hacía girar el pomo y abría la puerta—. Deberíamos tener electricidad gracias al generador…



—¡Oh!


La exclamación de Paula dejó la frase de Pedro a medias. Ella entró en la estancia y miró a su alrededor con gesto de admiración. El cabello húmedo le enmarcaba un rostro muy delicado. La lluvia le goteaba desde el bajo de la gabardina, empapando la alfombra persa que tenía bajo sus pies. No se parecía en nada a las sofisticadas mujeres con las que había salido a lo largo de los años. No debería desearla. No podía desearla. No se lo merecía. No soportaba mirarse frente al espejo ni podía imaginarse compartiendo la cama con una mujer. Dejarse llevar por caprichos y deseos quedaba totalmente descartado. Paula le dedicó una enorme sonrisa.


—Este dormitorio es increíble —comentó con una mirada muy dulce en los ojos—. Señor Alfonso, muchas gracias por… 


—No.


La sonrisa desapareció del rostro de Paula. Una parte de él lo lamentó profundamente y deseó poder hacer algo para recuperar aquella luminosidad. Sin embargo, eso tan solo conseguiría prolongar la tortura.


—Se va a alojar aquí para que no le pase nada en mi finca y alguien termine demandándome.


Aquellas palabras contenían un regusto amargo. Vió sorpresa y pena en los ojos de Paula.


—Por supuesto —respondió ella. Se giró para darle la espalda—. Me marcharé en cuanto amaine la tormenta.


Paula se dirigió a la ventana y apartó el delicado visillo para mirar al exterior.


Pedro salió de la estancia y se dirigió hacia las escaleras. La señorita Chaves ya había despertado sus sentimientos y su curiosidad. Era cierto que su rostro no parecía haberle producido impresión alguna, pero ¿Qué haría si viera lo peor de sus heridas, las que le recorrían las costillas, el muslo y la pierna?

Quédate Conmigo: Capítulo 22

 —Señorita Chaves, tenemos que volver a la casa —le dijo—. No voy a permitir que se marche sola en medio de esta tormenta. Podría caerse por un barranco o contraer una neumonía.


—¿De verdad cree que hay posibilidad de que ocurra eso o son fantasías suyas?


—La única fantasía que tengo es poder estar a resguardo, seco, sin pasar frío y sin tener que preocuparme de si anda usted perdida por ahí o ha terminado debajo de otro árbol caído.


Pedro la animó a echar a andar y comenzó a dirigirse hacia la casa. Paula lo siguió, tratando de mantenerse al lado de él. Por fin, la mansión apareció frente a ellos. Las lámparas de la fachada principal se habían encendido debido a la oscuridad causada por la tormenta. Subieron rápidamente las escaleras y entraron en el vestíbulo. Él cerró la puerta. Inmediatamente, se dió cuenta de que estaba atrapado en un infierno que él mismo había creado. Paula estaba allí, completamente empapada. Llevaba prendida una hoja de uno de sus hermosos rizos y tenía las piernas manchadas de barro. Ella lo miraba con una intensa desaprobación. Tenía los labios fruncidos como si estuviera tratando de contener una retahíla de insultos. Sintió que jamás había deseado a una mujer como lo hacía en aquel momento. Una mujer que lo había hechizado solo con el sonido de su voz y su fiera tenacidad contra la adversidad. Una adversidad que él había creado para mantenerla a raya a ella y todo lo que representaba. En vez de rendirse, ella se había erguido contra él y le había dicho exactamente lo que pensaba de su actitud. No quería sentirse atraído por ella. No quería admirarla ni imaginarse quitándole aquel abrigo para conducirla a la lujosa ducha que tenía en su dormitorio, dejando un rastro de prendas mojadas por el camino para luego colocarla bajo el agua caliente y… «¡Para!». No podía dejarse llevar por aquellos pensamientos si no quería que la situación fuera más difícil. En realidad, la coyuntura en la que se encontraban era bastante complicada ya. Por lo que había podido ver, el árbol había caído sobre el puente, algo que confirmaría más tarde, cuando la tormenta hubiera cesado. Si eso era cierto, significaba que los dos estaban aislados en el château hasta la semana siguiente, cuando Marta, el ama de llaves, y su esposo se acercaran desde el pueblo para llevarle comida y limpiar. Sintió que se le formaba un terrible dolor de cabeza. Recordó que Marta le había informado que el château no tenía Internet y que la cobertura telefónica era muy poco fiable. Pedro le había contestado que aquellos inconvenientes encajarían perfectamente con el aislamiento que él buscaba. No había contado con compartir aquel aislamiento con una mujer tan tentadora… 

Quédate Conmigo: Capítulo 21

Cuando entró en la parte del sendero cubierta por los árboles, la lluvia dejó de caer con tanta fuerza. Vió que Paula seguía avanzando con paso ligero hacia el puente.


—¡Señorita Chaves!


Ella se dió la vuelta por fin y frunció el ceño. Pedro se acercó a ella y, durante un instante, la vio de otra manera, como si fuera un ser mágico y misterioso. El viento se le enredaba en los rizos y hacía que estos golpearan su hermoso rostro. Con la ligera inclinación de la barbilla y la chispa de vida en los ojos verdes, Paula le recordaba a un hada o a una pícara duende. 


—¿Quería asegurarse de que me marcho?


—Es mejor que regrese hasta que la tormenta haya terminado.


Paula lo miró fijamente, con los labios ligeramente entreabiertos.


—¿Cómo ha dicho?


—Es demasiado peligroso para ir andando. La gasolinera más cercana está a más de tres kilómetros.


—Me dijo que me marchara. No quería quedarme si no soy bienvenida.


—Eso fue antes de que me percatara de lo peligrosa que es la tormenta. 


Paula sacudió la cabeza.


—No tengo interés alguno en quedarme a su lado, señor Alfonso. Puedo llegar hasta la carretera y llamar a quien me ha traído hasta aquí para llegar a cubierto antes de que la tormenta empeore.


—La tormenta está empeorando muy rápido. No sea tonta.


Los ojos de Paula rezumaban ira. Antes de que ella pudiera replicar, un rayo restalló en el cielo, atravesando la cúpula de árboles y golpeando el tronco de uno de los robles. El trueno resonó inmediatamente después, casi ensordeciendo el profundo crujido de la madera. Pedro se abalanzó sobre Paula y le rodeó la cintura con los brazos. Entonces, la hizo caer sobre el suelo cuando el enorme roble comenzó a desmoronarse. Los dos cayeron sobre la tierra y rodaron. Él mantuvo el cuerpo de ella pegado al suyo. Plantó los pies para quedar encima de ella y protegerla con su cuerpo. La tierra tembló bajo sus cuerpos. Entonces, levantó la cabeza y vió que el roble había caído a pocos metros de distancia. Miró a Paula y vió que ella estaba muy pálida. Contemplaba el árbol con los ojos desorbitados.


—¿Se encuentra bien?


Lentamente, Paula asintió. Le miró el rostro y luego los cuerpos de ambos apretados y muy juntos. Las mejillas se le sonrojaron. La visión resumía perfectamente el deseo que la había invadido antes cuando estaba de pie en el vestíbulo de la mansión, amable y hermosa, aterradora en la percepción que tenía de la situación y maravillosa en su desafío. Pedro se apartó rápidamente de ella antes de que Paula pudiera sentir la evidencia de su excitación. Se puso de pie y le ofreció la mano para ayudarla a ponerse de pie. Los dos miraron a la vez el árbol caído que, en aquellos momentos, yacía en el suelo herido de muerte. Pedro sintió que se le hacía un nudo en el pecho. Le pareció que era ridículo ponerse sentimental por un árbol, así que se giró hacia la mujer que tenía a su lado. 

lunes, 20 de abril de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 20

Levantó la mano en la que tenía el expediente. Su sentido común la conminaba a que se detuviera, pero ya estaba harta de ser amable con un hombre tan egoísta. Lo dejó caer, saboreando con gusto el golpe que resonó en el vestíbulo cuando la carpeta golpeó la mesa y la expresión de sorpresa que apareció en el rostro de Pedro.


—Que tenga un buen día, señor Alfonso.


Entonces, le dedicó una resplandeciente sonrisa, inclinó ligeramente la cabeza y se marchó con paso firme del château.


Pedro contempló atónito la puerta abierta. No recordaba la última vez que alguien le había dejado con la palabra en la boca. Le resulta increíble que ella se hubiera marchado con tanta soberbia, comportándose como si hubiera sido él quien le había hecho algo malo cuando aquella mujer llevaba acosándolo durante semanas. Por ello, atravesó el vestíbulo con grandes zancadas para cerrar la puerta a la señorita Paula Chaves de una vez por todas. Al llegar a la puerta, miró la mesa sobre la que ella había dejado el expediente. Parecía un montón de papeles totalmente inocuo. Firmarlos pondría fin a aquella situación. Terminaría de una vez por todas con la campaña de asedio de la señorita Chaves, aunque, a juzgar por lo que ella le había dicho antes de marcharse, no tenía intención de volver a molestarle. Debería sentirse aliviado… Sin embargo, no era así. El vacío de la casa le estaba empezando a resultar insoportable, como también el rugido de la tormenta en el exterior. La perspectiva de no volver a ver a Paula, una mujer que le había producido un increíble impacto en cuestión de minutos, le produjo una inesperada sensación a través del vacío de su pecho. Maldita sea. Un relámpago iluminó el cielo, seguido tan solo unos segundos después por un trueno tan fuerte que hizo temblar las ventanas. Se asomó por la puerta y vio que la tormenta había oscurecido notalmente aquel paisaje veraniego. El viento ululaba por las esquinas del château y azotaba las ramas de los árboles. Tal vez fuera un canalla egoísta, pero no podía permitir que se marchara en medio de una tormenta tan fuerte. El pueblo estaba muy lejos. Decidió que ir tras ella era lo correcto, a pesar de que no le gustara.  Bajó las escaleras y miró a su alrededor. No se la veía por ningún sitio. Tal vez se había refugiado en la galería que había al otro lado de la casa. De repente, un ligero movimiento captó su atención. Observó sorprendido cómo la figura de la abogada había alcanzado ya la parte del camino que quedaba flanqueada por árboles.


—¡Señorita Chaves! —gritó—. ¡Paula!


El viento pareció engullir sus palabras y Paula desapareció entre los árboles. Pedro lanzó una maldición y bajó corriendo los escalones. Al llegar al suelo, echó a correr. 

Quédate Conmigo: Capítulo 19

 —Si no quiere el dinero, necesito que me firme un documento diferente en el que renuncia a todos sus derechos sobre la herencia.


La sorpresa se reflejó en el rostro de Pedro. ¿Acaso había esperado que ella saliera corriendo y gritando?


—¿Acaso no me ha escuchado, señorita Chaves? No voy a firmar. Nada.


Paula se acercó al pie de la escalera y lo miró. Alfonso estaba algunos escalones por encima de ella. La luz de la enorme lámpara hacía destacar la piel perfecta y cálida de lado derecho de su rostro hasta llegar a la afilada línea de la mandíbula. El cabello castaño claro, espeso y ligeramente revuelto, le caía sobre la ancha frente. La ira que ella había estado sintiendo desapareció de repente. Era más cruel aún que el destino lo hubiera dejado con la mitad de su rostro intacto, un recordatorio constante de quien había sido. Las miradas de ambos se cruzaron. Sintió que el corazón le latía con fuerza en el pecho. El calor regresó de nuevo, extendiéndose por su cuerpo, drogándola de deseo y haciendo que las extremidades le pesaran enormemente. Parpadeó y dio un paso atrás para tratar de recuperar la compostura y su profesionalidad. La cicatriz junto a la boca de Pedro se torció cuando sus labios se curvaron para esbozar una sonrisa burlona. 


—¿Qué le parezco, señorita Chaves? —le preguntó. Bajó unos escalones más, hasta que quedó tan solo uno por encima de Paula—. ¿Un canalla mimado que tiene lo que se merecía? O tal vez algo más sencillo, como un monstruo.


Aquella última palabra, hizo reaccionar a Paula. Lo miró de arriba abajo, se fijó en los fuertes músculos del cuello, en cómo la tensión de la mandíbula retorcía las cicatrices. Detrás del brillo de desdén que relucía en sus ojos había dolor… un profundo y horrible dolor.


—No. Solo me parece un hombre que está sufriendo mucho.


El rostro de Pedro reflejó una expresión de desprecio que estuvo a punto de conseguir que ella se sintiera insignificante. La miraba fijamente, con la respiración acelerada y el pulso latiéndole con fuerza en la garganta. Paula casi podía sentir los latidos de su corazón, la angustia que lo atenazaba. Observó el hermoso rostro y sintió que la respiración se le cortaba al sentir cómo Alfonso la atrapaba con su mirada.


—He dicho que no. No voy a firmar.


Durante un instante, Paula se limitó a mirarlo. Por fin, asimiló aquellas últimas palabras y reaccionó. Sintió que la furia volvía a apoderarse de ella al comprender que no tenía esperanza alguna de mantener su trabajo.


—Siento curiosidad por saber cómo se las apañaría un hombre al que se le ha entregado todo en bandeja de plata para echar a la calle a una mera mortal como yo, pero en realidad ya no me importa. He recorrido cientos de kilómetros, he aguantado la lluvia y he discutido con sus empleados de todo el mundo solo para conseguir una firma. Pero ya me he cansado.


Quédate Conmigo: Capítulo 18

 —Si usted no firma, me despiden. Si llama a Nettleton & Thompson, me despiden —exclamó levantando las manos con desesperación—, así que enhorabuena. Me tiene usted con la soga al cuello.


—¿Con la soga al cuello?


—Sí. Indefensa. A su merced.


—A mí no me parece usted indefensa en absoluto, señorita Chaves.


Paula volvió a sentir que el calor regresaba a su cuerpo al notar una cierta admiración en el tono de voz de Alfonso. Aquella sensación solo sirvió para acrecentar la irritación que sentía. ¿Cómo era posible que se sintiera atraída por un hombre tan exasperante y egoísta?


—No soy indefensa. No soy ninguna damisela en peligro. Simplemente he intentado hacer mi trabajo a pesar de que ha cancelado cinco reuniones, sus eficientes secretarias me han colgado el teléfono un número indefinido de veces y he viajado más de setecientos kilómetros para localizarle con el aliento de mi jefe en la nuca. He puesto el futuro de mi carrera en sus manos. Si puedo sobrevivir a esto, podré sobrevivir a cualquier cosa.


Paula tenía la respiración muy agitada. Miró el rostro de Alfonso, aún entre las sombras. Probablemente ya había firmado su sentencia con aquel estallido de genio. Pero Dios, ¡Se había sentido tan bien al decirle por fin lo que pensaba de su arrogancia y del hecho de que su carrera se viera reducida a la capacidad de conseguir una única firma! Se mesó el cabello y miró con anhelo la puerta entreabierta. Entonces, se giró de nuevo hacia él. «Una última vez. Intenta explicarte una última vez».


—¿Es que no lo comprende? Si no firma, lo perderá todo.


—Ya he perdido muchas cosas, señorita Chaves —dijo con frialdad. Entonces, comenzó a bajar las escaleras lentamente, de un modo muy medido que hizo que el pecho de Paula se tensara de anticipación—. Mi padre. Mi novia. Mi aspecto. Mi capacidad para andar por la calle sin asustar a los niños pequeños —añadió. Las sombras se fueron difuminando, dejando al descubierto unos anchos hombros y un fuerte cuello, cuya piel aparecía marcada por una gruesa cicatriz rosada—. ¿Qué le hace pensar que el dinero me importa un comino?


Entonces, salió por completo a la luz.  Paula apretó los labios para contener su reacción. Las cicatrices del lado izquierdo de la cara destacaban más por el hecho de que el lado derecho no tenía daño alguno. Una cicatriz le arrancaba en la línea del cabello y bajaba hasta atravesarle la ceja. Milagrosamente, lo que había causado aquella herida había perdonado el ojo, pero por muy poco. La cicatriz se torcía hasta la sien para bajar de nuevo por una esculpida mejilla. Otra cicatriz, más enrojecida, resultaba visible por debajo de la cuidada barba y atravesaba la mandíbula desde la boca y bajaba hacia el cuello. Era impactante, sí, pero, el modo en el que la prensa lo había descrito, acompañado de una desagradable descripción de su ex, había dado la impresión de que él tendría el aspecto de una bestia. O del monstruo de Frankenstein. Sin embargo, a ella le parecía un hombre que, efectivamente, había sufrido, pero que había sobrevivido a un terrible accidente. 

Quédate Conmigo: Capítulo 17

Paula inclinó la cabeza, pero no pudo distinguir ningún rasgo. Había escuchado muchos rumores sobre las cicatrices que cubrían el rostro de Pedro Alfonso. La curiosidad se apoderó de ella, pero decidió no ceder a sus impulsos. Las cicatrices de Alfonso no eran asunto suyo.


—La puerta estaba abierta.


—Es decir, ha entrado sin permiso —replicó él apretando la balaustrada con una mano.


—Señor, necesito que…


—No —la interrumpió él, bajando el primero de los escalones. Las sombras se desplazaron un poco, pero siguieron ocultándole el pecho y el rostro—. Lo que debería hacer, señorita Chaves, es marcharse antes de que llame a Nettleton & Thompson y les exija que la despidan.


—¿Por qué? —le espetó ella.


Sabía que, muy probablemente, Alfonso era muy capaz de hacer exactamente lo que acababa de decir. El hecho de que el señor Nettleton accediera inmediatamente a sus exigencias la enfureció. Paula se había esforzado mucho para llegar hasta allí. Había tratado de ser amable, paciente. Sin embargo, aquel hombre, que tenía el mundo a sus pies, no había hecho más que ponerle obstáculos desde el principio. La determinación le dio fuerza para seguir hablando.


—¿Por hacer mi trabajo? —añadió—. ¿Por intentar localizarle para hablar con usted en dos países diferentes?


—Si ir en contra de los deseos de sus clientes y acosarlos incesantemente es lo que usted considera su trabajo, creo que haré que sea otro bufete el que se ocupe de mis asuntos.


La indefensión era un sentimiento muy incómodo. La indefensión acompañada de la ira era incluso más desagradable. Paula sintió que las palabras se agolpaban en su garganta y trató de contenerlas. Entonces, decidió que ya no le importaba. Si, tal y como parecía, aquel iba a ser el final de su carrera en Nettleton & Thompson, dado que parecía inevitable hiciera lo que hiciera, decidió que era mejor marcharse cubierta de gloria y dejar que aquel playboy maleducado fuera consciente del daño que había causado.


—Hasta que usted firme este contrato, mi cliente es su padre, o más bien, sus propiedades —dijo. Metió la mano en su bolso y sacó un grueso montón de papeles—. Dado que no lo ha firmado, me importa un bledo a quién le confíe sus asuntos. De hecho, preferiría que no siguiera siendo cliente de Nettleton & Thompson ya que no ha sido usted más que un grano en el trasero.


El silencio fue ensordecedor. Paula tan solo podía escuchar los furiosos latidos de su corazón. Entonces, Alfonso habló. Por el tono de su voz, parecía que el comentario de ella le había hecho cierta gracia.


—¿De verdad?


—De verdad.


—¿Y si la despiden?