miércoles, 15 de abril de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 15

Además, tenía que conseguir que le firmara aquel contrato y recibir por fin el ascenso que le habían prometido. El hecho de regresar a Londres y presentarle el contrato firmado al señor Nettleton debería haberla estimulado, pero no era la causa de que hubiera apretado el paso. Era como si quisiera combatir la sensación de inquietud que llevaba atenazándola durante unos meses, como si quisiera dejar atrás la pregunta que llevaba turbándola durante meses. «¿Quiero seguir haciendo esto?». Le gustaba su trabajo. Le gustaba escuchar las historias de la gente y lo que se había hecho importante para ellos a lo largo de sus vidas. Sin embargo, a medida que el tiempo había ido pasando el ambiente de Nettleton & Thompson había empezado a recordarle al de una cárcel. Siempre se había considerado una persona muy alegre. Incluso en días en los que había estado trabajando trece horas, había sido capaz de encontrar aspectos positivos. Sin embargo, en aquellos momentos… Paula se sentía agotada. El único aspecto positivo de su infructuosa búsqueda del señor Alfonso era que había sido capaz de dejar a un lado su insatisfacción con su trabajo durante un tiempo. En otro momento, podría decidir si quería seguir trabajando para el bufete o si se atrevía por fin a enfrentarse lo que quería hacer con su vida. Vivir un poco fuera de las paredes de su despacho. Apartó las preguntas de su pensamiento. No era el momento para tener una crisis personal, sino para realizar su trabajo.


Se detuvo al llegar frente a una enorme puerta doble y levantó el pesado llamador. Nadie respondió. El viento ululaba sobre el tejado de la mansión con gran fuerza. Entonces, instantes después, la lluvia comenzó a caer con fuerza. Con desesperación, Paula se apartó de la puerta para mirar a través de una de las ventanas, pero las cortinas estaban echadas. Regresó a la puerta y, en aquella ocasión, llamó con fuerza con el puño. Entonces, una de las hojas de la puerta se movió ligeramente y cedió. Se quedó en el umbral sin saber qué hacer. Técnicamente, nadie la había invitado a pasar, pero la puerta estaba abierta. Y había ido hasta allí desde muy lejos después de pasarse un mes entero tratando de localizar al señor Alfonso. Además, la lluvia estaba empezando a caer con fuerza. Con toda seguridad, el señor Alfonso le permitiría al menos refugiarse hasta que la tormenta hubiera pasado. Respiró profundamente y, tras abrir un poco más la puerta, entró. Se quedó con la boca abierta. A sus pies se extendía un mosaico de bellísimo diseño en diferentes tonos de azul, verde y rojo. El mosaico parecía contenido dentro de la piedra blanca que delimitaba la estancia. Una escalera a juego, lo suficientemente amplia para que subieran cuatro personas a la vez, abrazaba la pared y subía a la planta superior formando una imponente espiral. Una impresionante lámpara negra, a juego con la barandilla de la escalera exterior, colgaba del techo a más de cinco metros por encima de la cabeza de Paula. 

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