Paula jamás se había cuestionado su vida antes. Simplemente había aceptado todos los halagos que se le dedicaban y había gozado con el orgullo de sus padres. Su madre vivió lo suficiente para ver cómo se probaba la toga y el birrete un mes antes de graduarse en la Facultad de Derecho y para saber que Nettleton & Thompson le habían hecho una oferta de trabajo. Estaba a punto de cumplir todo lo que su madre había deseado. Entonces, ¿Por qué no se sentía emocionada al respecto? De repente, el sendero se curvó y, tras dejar los árboles atrás, se encontró frente a una verja de hierro forjado. Estaba flanqueada por dos columnas de piedra coronadas por estatuas, que ciertamente dejaban en evidencia las vallas de madera blanca tan típicas del pueblo en el que ella había nacido. Más allá de la verja, a unos cuantos cientos de metros de distancia, estaba el château. Se trataba en realidad de una enorme mansión con ventanas arqueadas que relucían bajo el sol y que estaba coronada por un empinado tejado. El edificio rezumaba elegancia. Era la clase de lugar que su madre había descrito cuando le contaba cuentos de príncipes y princesas, palacios y dragones, brujas y bestias.
De repente, se levantó un fuerte viento. Paula bajó la cabeza para protegerse y, al mirar al cielo, vio que este se estaba cubriendo de grandes nubes oscuras. Alfredo le había mencionado que se iba a producir una tormenta, pero que sería por la tarde. Con decisión, atravesó la verja. Entraría en la casa, hablaría con Alfonso y se marcharía de allí con su firma. Estaría de vuelta en Étretat antes de que la tormenta empezara. Alfredo le había dicho que lo llamara si necesitaba que fuera a recogerla para llevarla de vuelta al pueblo. A medida que se acercaba al château, lo fue observando más atentamente. Teniendo en cuenta las lujosas propiedades que Alfonso tenía en Nueva York, California y Tokio, le sorprendía que hubiera elegido una casona tan antigua para esconderse. Por supuesto, era un lugar muy hermoso y seguramente también muy valioso, pero no parecía la clase de lugar que Pedro Alfonso solía preferir. A él parecían gustarle los lugares nuevos, modernos y llamativos, no los históricos y elegantes. Agarró con fuerza el bolso y empezó a subir las escaleras. Decidió que necesitaba controlar sus sentimientos. Había experimentado una reacción muy fuerte ante él en el Diamond Club. No obstante, según se había repetido una y otra vez desde entonces, había sido también perfectamente comprensible. Tenía los sentimientos a flor de piel. Se había encontrado por fin con el hombre sobre el que tanto había leído. Había escuchado muchas entrevistas suyas antes del accidente y, en cierto modo, sentía que lo conocía. Verlo al fin había provocado una reacción desmedida.
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