—A menos que planee descender por la garganta y luego escalar los trescientos metros del otro lado, o nadar por los acantilados hasta llegar a la playa más cercana, no le queda más que esperar.
—¿Y si hay una emergencia?
—Se suponía que iba a estar yo solo —replicó él encogiéndose de hombros.
Paula respiró profundamente. Decidió que aprovecharía aquellos siete días para conseguir que él le firmara el contrato antes de regresar a Londres.
—Está bien —afirmó cuadrándose de hombros—. ¿Qué vamos a hacer?
Pedro se encogió de hombros.
—Me importa un comino lo que haga usted. Puede utilizar los espacios comunes y el jardín y tomar lo que le apetezca de la cocina, pero manténgase alejada del tercer piso. Ahí están mis habitaciones privadas y mi despacho.
—Ningún problema al respecto —afirmó ella.
—Y no espere de mí que le haga compañía.
—No tengo ningún deseo al respecto —replicó ella con una dulce sonrisa—. Lo único que deseo es su firma en uno de los contratos para que, al final de esta desgraciada semana, no tengamos que volver a vernos nunca más.
Alfonso soltó una carcajada.
—¿Trata de hablar de negocios conmigo cuando lleva encima tan solo un cobertor?
—Es mejor que la única alternativa que tengo, la verdad.
En cuanto Paula terminó de escuchar aquellas palabras, Pedro deslizó la mirada sobre los pechos de ella. La tensión regresó. Él apretó los puños, pero no fue la única reacción física que tuvo. Paula creyó notar un ligero abultamiento en los pantalones. Tragó saliva. Lo que ocurría cuando los hombres se excitaban no le resultaba desconocido. La última vez que salió con un hombre, él la estrechó entre sus brazos para besarla y Rosalind sintió lo mucho que la deseaba contra el vientre. Aquel hecho solo despertó en ella una ligera curiosidad, pero no lo suficiente como para llevar la situación más allá. Sin embargo, en aquel momento, al ver la reacción de Pedro, sintió que la entrepierna se le humedecía de la excitación.
—¿Es que no tiene otra cosa que ponerse? —le preguntó él.
—Cuando se me seque el vestido, sí.
Pedro se dió la vuelta y se marchó, cerrando de un portazo.
Paula dejó escapar un suspiro de alivio. ¿Qué había pasado? Un temblor recorrió su cuerpo, deliciosa y ligeramente salvaje. Nunca se había visto tentada de hacer algo tan audaz como seducir a un hombre. Desnudarse ante él. Dejar que él viera lo rápida y fácilmente que se había excitado con su presencia. Eso había sido parte del problema, en realidad el problema, con los hombres con los que había salido. Ninguno de ellos le había hecho sentir del modo en el que había deseado sentirse con su primer amante. La atracción física, el deseo real, jamás habían aparecido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario