No había podido poner un pie en la casa que tanto asociaba a su madre, la casa que debería haber deparado alegría y que ya solo servía como recordatorio de lo que no podría ser jamás Había sido por aquel entonces cuando Pedro se había lanzado a lo que su padre había descrito como un estilo de vida totalmente decadente. Un listado interminable de viajes, de coches de lujo, de fiestas y relaciones de una noche. Cuando cumplió los treinta años, no conocía ya ninguna otra manera de vivir. Además, el hecho de probar algo nuevo o tratar de superar el dolor que lo embargaba le había parecido impensable. Cobarde. Un movimiento captó su atención y lo sacó del pasado. Era Paula, que bajaba los escalones del patio para pasear por el jardín. Llevaba puesta una blusa color crema metida por debajo de una falda azul que ceñía su cintura y caía por debajo de las rodillas formando suaves pliegues. Le sorprendió ver que iba descalza. Cuando se dió cuenta de que ella no tenía más ropa que el vestido que llevaba puesto, subió al desván. A su madre siempre le había resultado imposible resistirse a apoyar a artistas y diseñadores emergentes, tanto si eran pintores, escultores o gurús de la moda. Muchos de ellos habían encontrado el éxito bajo su mecenazgo y todos solían enviarle regalos de su propia manufactura para darle las gracias. Al abrir el baúl, había reconocido las etiquetas como pertenecientes a un modisto afamado internacionalmente. Saber que su madre ni siquiera había visto aquellas prendas lo había ayudado a sacarlas a la luz. También había contribuido a su bienestar saber que Paula llevaría encima ropa adecuada en vez de un cobertor. Mientras ella recorría el jardín, le pareció que lucía muy bien aquellas prendas. Le daban un aspecto informal, pero elegante y hacían destacar su belleza natural. Los rizos de su cabello le daban una apariencia juvenil, aunque el lenguaje de su cuerpo dejaba muy a las claras que era ya una mujer. Vió cómo acariciaba delicadamente el pétalo de una rosa e, inmediatamente, aquella imagen le provocó una firme erección. «Eres un hombre hecho y derecho, no un adolescente». Su cuerpo ignoró el sermón que dictó su lado más racional. Sabía que debería darse la vuelta. Tenía que ponerse de nuevo a trabajar… «Un segundo más… solo un segundo».
Paula se detuvo y frunció el ceño. Lanzó una última mirada de anhelo a las flores antes de regresar a la mesa del patio y sentarse allí con un montón de papeles. Sin duda, iba a trabajar. Estaba tratando de averiguar cómo convencerle para que firmara aquellos malditos papeles. Aquella mujer no sabría divertirse ni aunque lo tuviera escrito delante de la cara. «Podrías enseñarle…»
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