miércoles, 29 de abril de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 34

No. No podía. Aquella parte de su vida había terminado para siempre. El sonido de una alegre musiquilla se coló a través de la ventana. Vió que ella miraba el teléfono y sintió la repentina tensión que se apoderaba de ella. De vez en cuanto, tenían cobertura suficiente para recibir una llamada o un mensaje. ¿Quién quería hablar con ella? ¿Su jefe? ¿Sus padres? ¿Tal vez su pareja? Solo pensar que otro hombre hablaba con ella, la besaba o la tocaba lo llenaba de una inesperada ira. Lanzó una maldición y se apartó de la ventana. Regresó a su escritorio. ¿Tan desesperado estaba por establecer un vínculo o disfrutar del afecto físico que le había dado por espiar a una invitada, aunque su estancia en la casa no fuera en absoluto deseada? Los celos eran un sentimiento totalmente desconocido hasta entonces para él. Consiguió volver a centrarse en la propuesta de un miembro del consejo para realizar una expansión de las rutas e incluir el Paso del Noroeste a partir del verano siguiente. Así, ahorrarían miles de kilómetros a los barcos que debían navegar a través del canal de Panamá, además de tiempo, combustible y dinero. La propuesta, que estaba muy bien pensada y razonada, lo absorbió por completo. Estaba tan concentrado en su lectura que tardó un instante en darse cuenta de que había alguien llamando a la puerta. Acababa de levantar la mirada cuando vió que la puerta se abría y que Paula se asomaba con cautela. Parecía nerviosa de estar en el umbral de la estancia que él le había pedido que evitara. Asombrado de que ella se hubiera atrevido a desafiar una orden directa, Pedro permaneció sentado y dejó que el silencio se hiciera dueño del momento durante unos instantes.


—Yo… —susurró ella sonrojándose—. Tengo que hablar con usted.


—Le dije que no se acercara a este despacho.


—Lo sé. Yo…


—Pero ha decidido venir de todos modos —dijo, poniéndose de pie por fin. Rodeó lentamente el escritorio, como si fuera un depredador acechando a su presa—. Ha decidido invadir mi espacio e ignorar el sentido común y la decencia solo porque quiere algo y le importa un comino quién pueda interponerse en su camino. 


Paula tragó saliva, pero no se arredró.


—Como ya le he dicho, necesito hablar con usted.


—Sí, lo he oído. Y yo le dije que no tengo interés alguno en hablar con usted.


Paula entornó la mirada.


—¿Me ha preguntado usted alguna vez lo que yo quiero? ¿O es que usted se limita a dar órdenes y a esperar que la gente las obedezca sin cuestionarlas?


—Así es.


—Pues así no es como funciono yo, señor Alfonso. Yo hablo con la gente, les pregunto lo que quieren e interactúo con ellos.


—En ese caso, se ha equivocado usted de profesión, señorita Chaves.


Paula entreabrió los labios y apartó la mirada durante un instante. Luego, volvió a mirarlo rápidamente.


—Se me da muy bien lo que hago.


Pedro regresó tras el escritorio, poniendo una barrera física entre ambos que necesitaba desesperadamente.


—Aparentemente, no lo suficiente.


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