La voz de Pedro se desvaneció cuando la vió envuelta en el cobertor. El shock la dejó totalmente inmóvil y vió cómo él la miraba de arriba abajo. La atmósfera cambió. La mirada de él se deslizaba por las piernas y los pies desnudos para luego volver de nuevo al rostro de Paula. Los pezones de ella se irguieron bajo la tela del cobertor. La mortificación y el deseo chocaron, fundiéndose en una oleada de calor que se le extendió por todo el cuerpo. Sus miradas se cruzaron. A la luz del día, las cicatrices eran más evidentes. La mayoría parecían más pálidas a excepción de la que tenía en la cara, que estaba más enrojecida. Las heridas no le quitaban ni un ápice de apostura. Añadían complejidad y profundidad a sus cincelados rasgos. El hoyuelo en la barbilla interrumpía la perfecta línea de una fuerte barbilla cubierta por una cuidada barba. Sus ojos… En aquellos momentos relucían. Un azul oscuro que, de algún modo parecía arder cuando la miraba. Una vocecilla traviesa le susurró al oído que se atreviera a hacer algo escandaloso, como dejar caer el cobertor para ver cómo reaccionaba él. Llevaba toda la vida esperando al hombre adecuado, al hombre perfecto, con el que compartir su cuerpo. Solo había visto carencias en todos los hombres con los que había salido hasta entonces. Sin embargo, ninguno había sido capaz de prender en su cuerpo el fuego del deseo con una única mirada.
—He llamado varias veces.
—No lo he oído… —susurró con voz ronca.
—El roble ha caído sobre el puente.
Ella parpadeó. El fuego había desaparecido de su mirada en un abrir y cerrar de ojos. El hombre frío y controlador de la noche anterior acababa de regresar, con su voz autoritaria y estéril.
—¿Cómo dice?
—El árbol —repitió él, como si Paula fuera una niña pequeña que no estuviera prestando atención—, se ha caído sobre el puente.
—¿Y qué significa eso?
—Significa que hasta que alguien puede venir hasta aquí para retirarlo y comprobar la resistencia del puente para saber si es seguro, usted tiene que quedarse aquí.
Paula respiró profundamente para no parecer alarmada.
—Está bien, sí… Lo comprendo. ¿Y cuándo vendrá ese alguien?
—Probablemente dentro de una semana.
—¿Una semana? —exclamó ella atónita.
—Sí.
—Pero ¿por qué tanto tiempo?
—Porque será la primera vez que madame Marta y su esposo regresen para rellenar la despensa.
—¿Y por qué no llama por teléfono?
—Aquí no hay señal. Supongo que lo notaría anoche.
—Cuando venía de camino sí, pero di por sentado que aquí sí habría señal.
—No. Tendré que instalar algo aquí para tener teléfono e Internet.
La intranquilidad se transformó en miedo.
—No puedo quedarme aquí.
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