miércoles, 29 de abril de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 35

En vez de echarse a llorar o ponerse a despotricar contra Pedro, Paula se limitó a inclinar la cabeza a un lado y a mirarlo muy fijamente con aquellos ojos verdes que parecían ver demasiado.


—¿Le funciona?


—¿El qué?


—Ese escudo impenetrable detrás del que se esconde.


Entonces, dió un paso al frente. Pedro sintió que los músculos de la espalda se le tensaban y, de repente, se sintió acorralado.


—Habla a la gente de mala manera. Les dice cosas horribles para apartarlos de su lado —dijo. Otro paso más al frente. Un ligero aroma a jazmín lo envolvió, turbándolo con su atractiva fragancia—. Sin embargo, yo creo que hay algo más.


—No me había dado cuenta de que tiene también conocimientos depsicología. 


—No los tengo. Tan solo se me da bien leer a la gente. Usted mantiene las distancias porque así no tiene que esforzarse.


—¿Cómo dice?


—Cuando es grosero con la gente, marca un precedente. No tiene que esforzarse ni ser amable porque la gente no lo espera de usted. Así, se puede esconder en su casa de Kent o en su exclusivo y secreto club de Londres o donde sea y… —se interrumpió un instante, levantando las manos como si estuviera tratando de agarrar las palabras que no lograba encontrar—… dejarse llevar por su dolor y su tristeza.


—¿Cómo?


—Así es. Yo perdí a mi madre hace unos años. Sé que es duro seguir adelante…


—Usted no sabe nada —le espetó.


Pedro prácticamente escupió las palabras y vio que ella abría los ojos, muy alarmada.


—No intente construir un puente entre nosotros, señorita Chaves. No tenemos puntos comunes. Sí, los dos hemos perdido a nuestras madres, pero ahí terminan las similitudes entre nosotros. Si cree que porque me haya contado los detalles tristes de su vida va a conseguir que yo firme ese contrato, está muy equivocada.


Se había excedido. Había ido demasiado lejos. Paula no lloró, ni protestó. De hecho, ni siquiera parpadeó. Sin embargo, Pedro sintió un cambio en el ambiente, un frío gélido que indicaba que el corazón de Paula Chaves se había endurecido en contra de él por sus desconsideradas palabras.  Avergonzado, apartó la mirada y vió su reflejo en el cristal de un cuadro que colgaba de la pared. Las cicatrices que le afeaban el rostro, transformando la belleza que había poseído en el pasado en algo animal, desnaturalizado. Monstruoso. Así era como lo había llamado Karina y tenía razón. El modo en el que se había comportado era monstruoso. Sin embargo, ¿Cómo si no podía protegerse?

Quédate Conmigo: Capítulo 34

No. No podía. Aquella parte de su vida había terminado para siempre. El sonido de una alegre musiquilla se coló a través de la ventana. Vió que ella miraba el teléfono y sintió la repentina tensión que se apoderaba de ella. De vez en cuanto, tenían cobertura suficiente para recibir una llamada o un mensaje. ¿Quién quería hablar con ella? ¿Su jefe? ¿Sus padres? ¿Tal vez su pareja? Solo pensar que otro hombre hablaba con ella, la besaba o la tocaba lo llenaba de una inesperada ira. Lanzó una maldición y se apartó de la ventana. Regresó a su escritorio. ¿Tan desesperado estaba por establecer un vínculo o disfrutar del afecto físico que le había dado por espiar a una invitada, aunque su estancia en la casa no fuera en absoluto deseada? Los celos eran un sentimiento totalmente desconocido hasta entonces para él. Consiguió volver a centrarse en la propuesta de un miembro del consejo para realizar una expansión de las rutas e incluir el Paso del Noroeste a partir del verano siguiente. Así, ahorrarían miles de kilómetros a los barcos que debían navegar a través del canal de Panamá, además de tiempo, combustible y dinero. La propuesta, que estaba muy bien pensada y razonada, lo absorbió por completo. Estaba tan concentrado en su lectura que tardó un instante en darse cuenta de que había alguien llamando a la puerta. Acababa de levantar la mirada cuando vió que la puerta se abría y que Paula se asomaba con cautela. Parecía nerviosa de estar en el umbral de la estancia que él le había pedido que evitara. Asombrado de que ella se hubiera atrevido a desafiar una orden directa, Pedro permaneció sentado y dejó que el silencio se hiciera dueño del momento durante unos instantes.


—Yo… —susurró ella sonrojándose—. Tengo que hablar con usted.


—Le dije que no se acercara a este despacho.


—Lo sé. Yo…


—Pero ha decidido venir de todos modos —dijo, poniéndose de pie por fin. Rodeó lentamente el escritorio, como si fuera un depredador acechando a su presa—. Ha decidido invadir mi espacio e ignorar el sentido común y la decencia solo porque quiere algo y le importa un comino quién pueda interponerse en su camino. 


Paula tragó saliva, pero no se arredró.


—Como ya le he dicho, necesito hablar con usted.


—Sí, lo he oído. Y yo le dije que no tengo interés alguno en hablar con usted.


Paula entornó la mirada.


—¿Me ha preguntado usted alguna vez lo que yo quiero? ¿O es que usted se limita a dar órdenes y a esperar que la gente las obedezca sin cuestionarlas?


—Así es.


—Pues así no es como funciono yo, señor Alfonso. Yo hablo con la gente, les pregunto lo que quieren e interactúo con ellos.


—En ese caso, se ha equivocado usted de profesión, señorita Chaves.


Paula entreabrió los labios y apartó la mirada durante un instante. Luego, volvió a mirarlo rápidamente.


—Se me da muy bien lo que hago.


Pedro regresó tras el escritorio, poniendo una barrera física entre ambos que necesitaba desesperadamente.


—Aparentemente, no lo suficiente.


Quédate Conmigo: Capítulo 33

No había podido poner un pie en la casa que tanto asociaba a su madre, la casa que debería haber deparado alegría y que ya solo servía como recordatorio de lo que no podría ser jamás Había sido por aquel entonces cuando Pedro se había lanzado a lo que su padre había descrito como un estilo de vida totalmente decadente. Un listado interminable de viajes, de coches de lujo, de fiestas y relaciones de una noche. Cuando cumplió los treinta años, no conocía ya ninguna otra manera de vivir. Además, el hecho de probar algo nuevo o tratar de superar el dolor que lo embargaba le había parecido impensable. Cobarde. Un movimiento captó su atención y lo sacó del pasado. Era Paula, que bajaba los escalones del patio para pasear por el jardín. Llevaba puesta una blusa color crema metida por debajo de una falda azul que ceñía su cintura y caía por debajo de las rodillas formando suaves pliegues. Le sorprendió ver que iba descalza. Cuando se dió cuenta de que ella no tenía más ropa que el vestido que llevaba puesto, subió al desván. A su madre siempre le había resultado imposible resistirse a apoyar a artistas y diseñadores emergentes, tanto si eran pintores, escultores o gurús de la moda. Muchos de ellos habían encontrado el éxito bajo su mecenazgo y todos solían enviarle regalos de su propia manufactura para darle las gracias. Al abrir el baúl, había reconocido las etiquetas como pertenecientes a un modisto afamado internacionalmente. Saber que su madre ni siquiera había visto aquellas prendas lo había ayudado a sacarlas a la luz. También había contribuido a su bienestar saber que Paula llevaría encima ropa adecuada en vez de un cobertor. Mientras ella recorría el jardín, le pareció que lucía muy bien aquellas prendas. Le daban un aspecto informal, pero elegante y hacían destacar su belleza natural. Los rizos de su cabello le daban una apariencia juvenil, aunque el lenguaje de su cuerpo dejaba muy a las claras que era ya una mujer. Vió cómo acariciaba delicadamente el pétalo de una rosa e, inmediatamente, aquella imagen le provocó una firme erección. «Eres un hombre hecho y derecho, no un adolescente». Su cuerpo ignoró el sermón que dictó su lado más racional. Sabía que debería darse la vuelta. Tenía que ponerse de nuevo a trabajar… «Un segundo más… solo un segundo».


Paula se detuvo y frunció el ceño. Lanzó una última mirada de anhelo a las flores antes de regresar a la mesa del patio y sentarse allí con un montón de papeles. Sin duda, iba a trabajar. Estaba tratando de averiguar cómo convencerle para que firmara aquellos malditos papeles. Aquella mujer no sabría divertirse ni aunque lo tuviera escrito delante de la cara. «Podrías enseñarle…»

Quédate Conmigo: Capítulo 32

Se dirigió hacia la ventana. No solo no quería tener nada que ver con aquel maldito expediente lleno de papeles en los que finiquitaba la herencia de su padre, sino que también necesitaba mantener las distancias con ella y con la tentación que representaba. Meterse en la cama con una mujer que acababa de conocer sería como repetir sus pecados pasados. Colocar el placer por encima de cosas más importantes como tomar las riendas de Alfonso Shipping. O purgar su castigo por el modo en el que había vivido los últimos trece años, centrándose solo en el placer y en los bienes materiales en vez de mantener una relación con un padre que había sufrido también su propia pérdida. Era un castigo más que justo cuando recordaba cómo habían sido las cosas antes. La muerte de Ana Alfonso. Sí, había crecido rodeado de lujos y había viajado con frecuencia entre Inglaterra, lugar de nacimiento de su madre, con el hogar de su padre en Grecia. Sin embargo, nunca había dudado del amor de sus padres. Se había sentido seguro de un modo que sabía que pocos niños podían estarlo. Siempre se había sentido atraído por las cosas buenas de la vida. Horacio incluso le había prevenido acerca de su gusto por los coches nuevos y las conquistas en sus primeros años en la universidad. Por aquel entonces, el tono había sido de calidez paternal, deun padre que compartía palabras de sabiduría con un niño que se estaba convirtiendo en hombre.


No había tenido nada que ver con la fría desilusión que siguió cuando Pedro perdió por completo el control después de la rápida enfermedad de Ana y de su repentino fallecimiento. Cuando el placer eclipsó a la angustia, había sido imposible volver atrás. Había recibido con los brazos abiertos todo lo que podía distraerlo, ignorando al mismo tiempo todo lo que podía reconectarlo con su padre y llorar junto a él. Demasiado tarde, se había dado cuenta de que debería haber prestado más atención a aquella parte de su vida. Realizó una mueca de dolor. Era horrible darse cuenta de algo tan importante cuando era ya demasiado tarde para hacer algo al respecto. Miró el jardín a través de la ventana. Había sido el orgullo de su madre. Adoraba lo moderno, como él, pero le interesaba también lo antiguo. Aquel amor se plasmó en el castillo y los trabajos de remodelación que ella emprendió para devolverle todo su esplendor. El año antes de que cayera enferma, se había pasado allí largas temporadas, trabajando con los albañiles y con los especialistas en restauración. Por aquel entonces, Pedro se había sentido muy orgulloso de ella. Sin embargo, cuando la pena por el fallecimiento de su madre borró los buenos recuerdos, comenzó a odiar el château. Al principio, se había preguntado si había estado tan ensimismada con la restauración que tal vez había pasado por alto pequeños indicios de su enfermedad. Después, pocos meses después del entierro, su padre lo había invitado a visitarlo cuando ya estaba totalmente terminado. Había declinado la oferta, pero vió la desilusión en los ojos de Horacio. Aquella negativa dio paso a un efecto bola de nieve que afectaría la relación con su padre durante el resto de la vida de éste.


Quédate Conmigo: Capítulo 31

Pedro agarró con fuerza la pluma que tenía entre los dedos cuando, a través de la ventana abierta, escuchó que una puerta se cerraba. A menos que hubiera un fantasma en la casa, solo podía ser una persona. En realidad, habría preferido el fantasma. Podría ser que lo turbara menos que Paula Chaves. Hacía dos días que no la veía, desde la mañana en la que entró en su dormitorio y la vio envuelta tan solo con aquel ligero cobertor que tan deliciosamente se ceñía a las curvas de sus senos. Estuvo a punto de perder el control. Nunca había deseado a una mujer tan desesperadamente como la había deseado a ella en aquel momento. Se adivinaba perfectamente las curvas de su cuerpo bajo la tela. Además, parecía que sus rizos tenían vida propia, rodeándole la cabeza como si fueran un halo de color castaño. Y aquellos ojos tan inocentes, tan enormes, enmarcados por oscuras pestañas… 


El deseo se había reflejado también en aquellas verdes profundidades, lo que había transformado el suyo en una sensación fiera, peligrosa. Por ello, no le había quedado más remedio que marcharse. Su autocontrol pendía de un hilo, por lo que la retirada era la única opción. Era lo que mejor se le daba. Mantener sus sentimientos bajo control. Sorprendentemente, ella lo había dejado en paz. Era lo mejor. Al menos, eso era lo que se decía mientras trataba de centrarse en cualquier cosa menos la mujer cuya mera presencia lo atormentaba. Por suerte, tenía muchas cosas que hacer, incluso sin las maravillas de la tecnología. Se había llevado copias impresas de documentos financieros, de rutas navieras y resúmenes de cada uno de los miembros de la junta ejecutiva, que él había pedido hacía más de un mes. Esos resúmenes incluían lo que esas personas habían conseguido durante el periodo de tiempo que había estado de baja, lo que querían cambiar y, más importante, lo que querían ver en el futuro. Su padre había llevado a cabo una continuación del legado de su abuelo en la empresa. Y Pedro estaba dispuesto a seguir en la misma línea. Con aquella resolución en mente, se había sentado frente al enorme escritorio de madera de su despacho. Era el ambiente ideal para tomar notas y aprovechar al máximo su repentino deseo de ser productivo. Sin embargo, cada vez que intentaba trabajar, los pensamientos le impedían su propósito. No podía apartarse del pensamiento unos esponjosos rizos castaños que enmarcaban un rostro angelical. Tampoco podía olvidar el esbelto cuerpo cubierto solo por el cobertor ni las largas piernas que había visto y que, en más de una ocasión, había imaginado rodeándole la cintura mientras se hundía en ella una y otra vez. Lanzó una maldición y se puso de pie. Arrojó el bolígrafo sobre el escritorio. Se aseguró que era más que comprensible que estuviera pensando en Paula en aquel momento. Hacía más de un año que no había estado con una mujer. ¿Sería ese el motivo por el que la atracción que sentía por la descarada abogada era tan fuerte?

lunes, 27 de abril de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 30

Su compañera de dormitorio en la universidad le había dicho en numerosas ocasiones que sus expectativas eran demasiado altas. Su madre le había aconsejado que confiara en sí misma, que cuando encontrara al hombre adecuado, lo sabría. No debería ser alguien como él. Taciturno, solitario y abiertamente grosero, aunque le había hecho al menos el favor de mostrarle que era posible. Una imagen carnal apareció en su pensamiento. Se imaginó a Pedro arrancándole el cobertor de las manos, tomándola en brazos y llevándola a la cama para luego incorporarse y quitarse el jersey que llevaba puesto para dejar al descubierto los esculpidos abdominales. Tres fuertes golpes sonaron en la puerta. Había vuelto. Esperó que él entrara en la habitación sin avisar, pero no fue así. Silencio absoluto. Al final, fue ella la que tuvo que acercarse a la puerta y entreabrirla ligeramente. Vió un baúl frente a la puerta. No se veía a Pedro por ninguna parte.


Paula se aseguró de sujetar con fuerza el cobertor y agarró una de las asas del baúl. Tiró de él para meterlo en la habitación y, antes de cerrar la puerta, miró a ambos lados del pasillo. Abrió la cerradura y levantó la tapa.  Un arcoíris de telas la saludó. Se inclinó hacia el interior y deslizó un dedo sobre la ropa que contenía. Uno a uno, fue sacando los vestidos, faldas, camisas e incluso un par de pantalones hasta que tuvo casi veinte prendas extendidas sobre la cama. Todas tenían aún las etiquetas puestas y todas portaban el nombre del mismo diseñador, que ella solo conocía por su reputación. ¿Acaso Pedro guardaba todas aquellas prendas para cuando sus amantes fueran allí a visitarlo? En realidad, debería estar agradecida de que él tuviera algo que prestarle, pero aquel pensamiento la había irritado profundamente. Lo apartó y se decantó por un vestido verde bosque con botones a juego que iban desde el cuello redondo hasta el bajo de la falda. Se ceñía delicadamente a la cintura. Era una prenda sencilla, pero lujosa a la vez. Dejó el cobertor a un lado y se puso el vestido. Sintió que el lino le acariciaba dulcemente la piel. Se dirigió al espejo de cuerpo entero que tenía junto a la chimenea y se miró. Dió varias vueltas y sonrió al ver el vuelo que tenía la falda. No era así como había pensado que se pasaría aquellos días en Francia, pero parecía que las cosas estaban mejorando. Tenía un baúl lleno de ropa de diseño que no volvería a ponerse nunca, una maravillosa habitación con vistas al jardín y al mar y casi una semana para convencer a Pedro Alfonso para que firmara. Ni tan mal. Con aquel pensamiento en mente, recogió el cobertor del suelo. El tacto de la tela entre las manos le hizo recordar el deseo con el que Pedro le había mirado los pechos y cómo había apretado los puños, como si no pudiera contenerse. Dobló el cobertor y lo arrojó sobre la cama. Podría disfrutar de una semana muy agradable si mantenía su imaginación erótica bajo control. Decidió que, en primer lugar, iría a dar un paseo. Esperaba que la brisa del mar la ayudara a recuperar el sentido común, empezando con el hecho de que tenía trabajo que hacer y que, para ella, Pedro Alfonso debería ser el último hombre sobre el que ella debería estar fantaseando.

Quédate Conmigo: Capítulo 29

 —A menos que planee descender por la garganta y luego escalar los trescientos metros del otro lado, o nadar por los acantilados hasta llegar a la playa más cercana, no le queda más que esperar.


—¿Y si hay una emergencia?


—Se suponía que iba a estar yo solo —replicó él encogiéndose de hombros.


Paula respiró profundamente. Decidió que aprovecharía aquellos siete días para conseguir que él le firmara el contrato antes de regresar a Londres.


—Está bien —afirmó cuadrándose de hombros—. ¿Qué vamos a hacer?


Pedro se encogió de hombros.


—Me importa un comino lo que haga usted. Puede utilizar los espacios comunes y el jardín y tomar lo que le apetezca de la cocina, pero manténgase alejada del tercer piso. Ahí están mis habitaciones privadas y mi despacho.


—Ningún problema al respecto —afirmó ella.


—Y no espere de mí que le haga compañía.


—No tengo ningún deseo al respecto —replicó ella con una dulce sonrisa—. Lo único que deseo es su firma en uno de los contratos para que, al final de esta desgraciada semana, no tengamos que volver a vernos nunca más.


Alfonso soltó una carcajada.


—¿Trata de hablar de negocios conmigo cuando lleva encima tan solo un cobertor?


—Es mejor que la única alternativa que tengo, la verdad.


En cuanto Paula terminó de escuchar aquellas palabras, Pedro deslizó la mirada sobre los pechos de ella. La tensión regresó. Él apretó los puños, pero no fue la única reacción física que tuvo. Paula creyó notar un ligero abultamiento en los pantalones. Tragó saliva. Lo que ocurría cuando los hombres se excitaban no le resultaba desconocido. La última vez que salió con un hombre, él la estrechó entre sus brazos para besarla y Rosalind sintió lo mucho que la deseaba contra el vientre. Aquel hecho solo despertó en ella una ligera curiosidad, pero no lo suficiente como para llevar la situación más allá.  Sin embargo, en aquel momento, al ver la reacción de Pedro, sintió que la entrepierna se le humedecía de la excitación.


—¿Es que no tiene otra cosa que ponerse? —le preguntó él.


—Cuando se me seque el vestido, sí.


Pedro se dió la vuelta y se marchó, cerrando de un portazo.


Paula dejó escapar un suspiro de alivio. ¿Qué había pasado? Un temblor recorrió su cuerpo, deliciosa y ligeramente salvaje. Nunca se había visto tentada de hacer algo tan audaz como seducir a un hombre. Desnudarse ante él. Dejar que él viera lo rápida y fácilmente que se había excitado con su presencia. Eso había sido parte del problema, en realidad el problema, con los hombres con los que había salido. Ninguno de ellos le había hecho sentir del modo en el que había deseado sentirse con su primer amante. La atracción física, el deseo real, jamás habían aparecido.


Quédate Conmigo: Capítulo 28

La voz de Pedro se desvaneció cuando la vió envuelta en el cobertor. El shock la dejó totalmente inmóvil y vió cómo él la miraba de arriba abajo. La atmósfera cambió. La mirada de él se deslizaba por las piernas y los pies desnudos para luego volver de nuevo al rostro de Paula. Los pezones de ella se irguieron bajo la tela del cobertor. La mortificación y el deseo chocaron, fundiéndose en una oleada de calor que se le extendió por todo el cuerpo. Sus miradas se cruzaron. A la luz del día, las cicatrices eran más evidentes. La mayoría parecían más pálidas a excepción de la que tenía en la cara, que estaba más enrojecida. Las heridas no le quitaban ni un ápice de apostura. Añadían complejidad y profundidad a sus cincelados rasgos. El hoyuelo en la barbilla interrumpía la perfecta línea de una fuerte barbilla cubierta por una cuidada barba. Sus ojos… En aquellos momentos relucían. Un azul oscuro que, de algún modo parecía arder cuando la miraba. Una vocecilla traviesa le susurró al oído que se atreviera a hacer algo escandaloso, como dejar caer el cobertor para ver cómo reaccionaba él. Llevaba toda la vida esperando al hombre adecuado, al hombre perfecto, con el que compartir su cuerpo. Solo había visto carencias en todos los hombres con los que había salido hasta entonces. Sin embargo, ninguno había sido capaz de prender en su cuerpo el fuego del deseo con una única mirada.


—He llamado varias veces.


—No lo he oído… —susurró con voz ronca.


—El roble ha caído sobre el puente.


Ella parpadeó. El fuego había desaparecido de su mirada en un abrir y cerrar de ojos. El hombre frío y controlador de la noche anterior acababa de regresar, con su voz autoritaria y estéril.


—¿Cómo dice?


—El árbol —repitió él, como si Paula fuera una niña pequeña que no estuviera prestando atención—, se ha caído sobre el puente.


—¿Y qué significa eso?


—Significa que hasta que alguien puede venir hasta aquí para retirarlo y comprobar la resistencia del puente para saber si es seguro, usted tiene que quedarse aquí.


Paula respiró profundamente para no parecer alarmada.


—Está bien, sí… Lo comprendo. ¿Y cuándo vendrá ese alguien?


—Probablemente dentro de una semana.


—¿Una semana? —exclamó ella atónita.


—Sí.


—Pero ¿por qué tanto tiempo?


—Porque será la primera vez que madame Marta y su esposo regresen para rellenar la despensa.


—¿Y por qué no llama por teléfono?


—Aquí no hay señal. Supongo que lo notaría anoche.


—Cuando venía de camino sí, pero di por sentado que aquí sí habría señal.


—No. Tendré que instalar algo aquí para tener teléfono e Internet.


La intranquilidad se transformó en miedo.


—No puedo quedarme aquí. 

Quédate Conmigo: Capítulo 27

Cuando su padre le quitó el teléfono a su madre, Paula comprendió que las cosas no iban bien. Eso no le impidió tomar el vuelo y pagar un coste extra para tener Wi-Fi y poder estar en contacto con sus hermanos mientras volaba hacia el norte. El avión estaba justo al sur de los Grandes Lagos cuando recibió el mensaje. Su madre, su mayor defensora y su mejor amiga, acababa de fallecer. Se pasó el resto del vuelo mirando por la ventana, con las lágrimas cayéndole silenciosamente por las mejillas.  Abrió los ojos y miró hacia el mar. Las semanas que pasó en su casa estuvieron sumidas en una triste bruma, sumida en la pena producida por una pérdida que la atenazaba a cada instante. Siempre había podido ver el lado bueno de todas las cosas, centrarse en lo positivo, igual que su madre. Sin embargo, aquel suceso la había sacudido hasta lo más profundo de su ser y le había hecho ver por primera vez en su vida la verdadera tristeza. Mudarse a Londres para trabajar en Nettleton & Thompson como becaria había sido la oportunidad que necesitaba para recobrar la alegría. Se había entregado en cuerpo y alma a su trabajo. Sabiendo que había conseguido todo lo que su madre había soñado para ella y segura de que sus padres estarían orgullosos de ella, la había mantenido en pie durante los dos últimos años de su vida. Al menos al principio. No había impedido que el descontento empezara a apoderarse de ella, sobre todo a lo largo del último mes. Le daba la sensación de que, en su búsqueda por ser una mujer responsable y madura, por hacer todo lo que sus padres habían esperado de ella, había pasado por alto algo crucial. Prácticamente no había salido ni viajado en aquellos dos años. Incluso la lectura, que era lo único para lo que hacía tiempo, se había convertido en una obligación más que en una fuente de relajación. En vez de novelas románticas o de misterio, sus favoritas, leía artículos legales, estudiaba casos y muestras de testamentos hasta que se los sabía de memoria. Se le daba bien encontrar las cosas buenas de la vida, pero ¿cuándo había sido la última vez que disfrutó de un largo almuerzo o había aceptado la invitación de un compañero para salir o incluso había viajado a algún sitio fuera de Londres? Un año. Tal vez más. Aquellos pensamientos empezaron a resultarle incómodos. Se alejó de la ventana y, en ese momento, se dio cuenta de que la tormenta había sido una bendición. Le había dado una segunda oportunidad para conseguir que Pedro Alfonso firmara antes de marcharse. Iba de camino al cuarto de baño cuando un golpe en la puerta la sacó de sus pensamientos. Se dió la vuelta justo cuando la puerta empezaba a abrirse.


—¡Un momento!


—Señorita Chaves…

Quédate Conmigo: Capítulo 26

Se acercó un poco más a la ventana y apoyó la frente contra el frío cristal. Habían pasado dos años desde la primera llamada en la que supadre le informaba de que su madre tenía una ligera fiebre. Solo eran unas décimas, pero eran constantes. Tan solo había pasado un mes desde que su madre se había recuperado de una ligera neumonía. Inmediatamente, Paula realizó una videollamada en la que vió a su madre en cama, con su padre cuidándola y ella protestando por las atenciones que le proporcionaba su esposo. Estuvieron charlando con normalidad y se quedó más tranquila. Todo parecía como siempre. Solo era un poco de fiebre. Entonces, la segunda llamada llegó a las dos de la mañana. La tensión y el pánico que se reflejaba en la voz de su padre la colocó en estado de alerta incluso antes de que su padre le dijera que la fiebre había subido y que su madre estaba en el hospital. Era la primera vez que su madre tenía que ir al hospital en más de dos décadas. La última vez había sido para el nacimiento del hermano pequeño de Paula. Ella colgó y comenzó a hacer las maletas mientras compraba a la vez un billete de avión. Iba de camino al aeropuerto cuando el teléfono volvió a sonar.


—Pau…


Paula sintió que el vello se le ponía de punta al escuchar la voz ronca y congestionada de su madre antes de un fuerte golpe de tos.


—¿Mamá?


—Cariño, estoy muy orgullosa de tí.


—Lo sé, mamá.


—Nunca dejes de vivir tu vida al máximo… Y alcanza… Alcanza tus objetivos.


Otro ataque de tos provocó un escalofrío de pánico en Paula.


—Serás una de las abogadas más importantes de Nettleton & Thompson algún día. Lo sé. No dejes de esforzarte, ¿De acuerdo?


—No lo haré… —susurró Rosalind agarrando con fuerza el teléfono. Sentía que el corazón iba a salírsele del pecho—. Haré que te sientas orgullosa, mamá. Cuando vayamos a Italia este verano, nos…


—Italia… —murmuró su madre con ensoñación—. Qué viaje tan bonito sería ese…


—Mamá…


—¿Sí, cariño?


Paula estaba en medio del aeropuerto de Chicago, rodeada por pasajeros que iban y venían, con los ojos llenos de lágrimas y aferrándose con fuerza al teléfono, como si así pudiera mantener a su madre anclada a la Tierra.


—Te quiero mucho, mamá.


—Y yo te quiero a tí, mi niña. Mi preciosa Paula…


Paula cerró los ojos para contener las lágrimas. El tiempo había ido aliviando la pena, pero había momentos como aquel, que le devolvían los recuerdos como si hubieran ocurrido el día anterior. 

miércoles, 22 de abril de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 25

Frustrada consigo misma por no hacer otra cosa que pensar en él, Paula se sentó en la cama y lanzó una almohada hacia delante. ¿De qué servía pensar en él? Era una pérdida de tiempo cuando resultaba evidente que Alfonso quería que se marchara lo antes posible. Mientras apartaba las sábanas, decidió que había sido una suerte que él la dejara allí sola la noche anterior. Se había sentido muy vulnerable y susceptible a los sentimientos de gratitud que estaba experimentando. Efectivamente, Pedro Alfonso era más que guapo, pero ella había contenido durante mucho tiempo su anhelo por tener relaciones sexuales. Había rechazado a hombres mucho más amables que él mientras esperaba a su media naranja, al hombre con el que por fin sintiera un vínculo emocional y físico. Cuando por fin tuviera un amante, sería alguien con quien potencialmente pudiera ver un futuro. Y por muy excitante o misterioso que fuera Pedro Alfonso era todo lo contrario a la definición de un novio a largo plazo. Tentaría a una mujer a dejarse llevar, a disfrutar a perderse en el placer… y luego se marcharía tan rápidamente como había llegado. 


En aquellos momentos, lo que tenía que hacer era levantarse, recoger sus cosas y marcharse de allí. Ya pensaría en cómo le daría la noticia al señor Nettleton. Prepararía un plan de contingencia por si él decidía despedirla o por si Alfonso ya lo había llamado para exigírselo. Respiró profundamente. «Anoche te diste un baño en una bañera de las antiguas, con patas de garra y todo. Céntrate en lo positivo». El estómago comenzó a protestar. Había tomado algo de comer en Étretat antes de dirigirse al Château du Bellerose. Después, todo lo ocurrido durante la tarde le había quitado por completo el hambre. Tras salir de la bañera, el agotamiento la había empujado a meterse en la cama. El aire fresco de la mañana acarició su piel desnuda. Le había resultado raro dormir así, pero tenía la ropa empapada, incluso la ropa interior. Tomó un cobertor ligero de encima de la cama y se envolvió con él antes de acercarse a la ventana. Apartó las cortinas. Contuvo el aliento. En la parte posterior de la casa, había un jardín increíble, repleto de pequeños senderos y rodeado por un alto seto de hiedra. Había muchos árboles, entre los que se encontraba un sauce llorón que acariciaba con sus largas ramas la superficie de un estanque. Se veían también algunos bancos y algunas estatuas.  Sin embargo, lo que más le llamó la atención fueron las rosas. Había cientos de rosales de diferentes tonalidades de rojo, rosa y blanco. Poco a poco, la pena fue apoderándose de ella hasta que sintió una profunda pesadumbre. Su alegría desapareció por completo. 

Quédate Conmigo: Capítulo 24

No importaba. Jamás las vería. Pedro no se rendiría ante el infierno que lo atenazaba. Entró en la biblioteca y se puso a encender la chimenea para tener algo que hacer en vez de pensar en la señorita Chaves. Cuando terminó de encender el fuego, se dirigió hacia la ventana y contempló el mar. Entonces, vió su propio reflejo en el cristal de la ventana. Levantó la mano y se tocó los feos bordes de la cicatriz del rostro. Unas cicatrices que habían asqueado a Karina y que habían hecho que más de un conocido apartara la mirada. Paula no lo había hecho. Ni siquiera se había inmutado. A él tampoco se le había pasado por alto el reflejo del deseo en los ojos de ella. ¿Qué haría Paula si conociera hasta dónde llevaba su propio deseo? Sentía una necesidad casi animal por poseer su cuerpo, una necesidad que había estado bullendo bajo la superficie de su piel desde que la vio por primera vez en Londres. La señorita Chaves no tenía nada que temer de sus cicatrices. Lo que debería aterrorizarla por completo era el frío y oscuro canalla que acechaba dentro de él.



Paula se despertó al sentir el ligero brillo que provenía desde detrás de las cortinas. Permaneció inmóvil bajo la colcha, gozando con el tacto de la seda auténtica contra su piel. La noche anterior, cuando entró en aquella alcoba, fue como hacerlo en un cuento de hadas. Suelos de madera, antigüedades, pinturas que adornaban las paredes… Y la cama. La gloriosa cama con dosel que contaba con cortinas de verdad que se recogían en las esquinas con cordones dorados. El número de almohadones era digno de una princesa. Perfecta. La había ayudado a deshacerse de la tensión que había sentido en el pecho desde que dejó caer el expediente sobre la mesa antes de abandonar el château. También había supuesto un bálsamo muy necesario para el caos que se había adueñado de ella en poco más de una hora. Había perdido el control y había insultado al cliente más importante para el que había trabajado. Entonces, cuando había estado a punto de alcanzar la libertad, un roble estuvo a punto de aplastarla… Y el hombre al que había ofendido instantes antes fue el que acudió en su rescate. Se cubrió el rostro con una de las almohadas y gruñó. Sí. Había resultado aterrador darse cuenta de lo cerca que había estado de resultar herida o incluso muerta. Sin embargo, lo que más la turbaba era la reacción que había tenido ante la inesperada valentía de Pedro. Había pasado de ser un canalla egoísta a héroe en cuestión de segundos. Aquello la había dejado muy confundida. 

Quédate Conmigo: Capítulo 23

 —La acompañaré a un dormitorio para que pueda cambiarse. Sígame.


Sabía que su reacción hacia ella era exagerada y se despreciaba por ello tanto como despreciaba la tranquilidad que Paula transmitía. Se había enfrentado a una fuerte tormenta, había estado a punto de verse aplastada por un árbol y, en aquellos momentos, seguía a un desconocido por la escalera de una casa en la que no había estado nunca. Un hombre que había amenazado con hacer que la despidieran y que, por lo que ella le había contado, había convertido su vida en un infierno. Sin embargo, no había llorado ni se había quejado. Hasta hacía veinte minutos, el nombre de Paula había sido sinónimo de irritación. La estirada y meticulosa abogada de ridículo paraguas que era incapaz de dejarlo en paz. No obstante, en aquellos momentos, veía más de lo que había intuido aquel día en el Diamond Club. Seguridad en sí misma, fuerza y resiliencia. No. Había sobrevivido un año entero sin sexo, sin extravagancias, sin ningún detalle de su antigua vida. Demasiado tarde, pero, al menos, estaba haciendo algo para honrar a Horacio. Quería ser el hombre que debería haber sido en vez del indulgente canalla que había mantenido siempre las distancias con su padre. El deseo que sentía por ella amenazaba el castigo que se había autoimpuesto. Un capricho que no se podía permitir. Avanzó por el pasillo y se detuvo frente a una puerta blanca.


—Aquí es —dijo mientras hacía girar el pomo y abría la puerta—. Deberíamos tener electricidad gracias al generador…



—¡Oh!


La exclamación de Paula dejó la frase de Pedro a medias. Ella entró en la estancia y miró a su alrededor con gesto de admiración. El cabello húmedo le enmarcaba un rostro muy delicado. La lluvia le goteaba desde el bajo de la gabardina, empapando la alfombra persa que tenía bajo sus pies. No se parecía en nada a las sofisticadas mujeres con las que había salido a lo largo de los años. No debería desearla. No podía desearla. No se lo merecía. No soportaba mirarse frente al espejo ni podía imaginarse compartiendo la cama con una mujer. Dejarse llevar por caprichos y deseos quedaba totalmente descartado. Paula le dedicó una enorme sonrisa.


—Este dormitorio es increíble —comentó con una mirada muy dulce en los ojos—. Señor Alfonso, muchas gracias por… 


—No.


La sonrisa desapareció del rostro de Paula. Una parte de él lo lamentó profundamente y deseó poder hacer algo para recuperar aquella luminosidad. Sin embargo, eso tan solo conseguiría prolongar la tortura.


—Se va a alojar aquí para que no le pase nada en mi finca y alguien termine demandándome.


Aquellas palabras contenían un regusto amargo. Vió sorpresa y pena en los ojos de Paula.


—Por supuesto —respondió ella. Se giró para darle la espalda—. Me marcharé en cuanto amaine la tormenta.


Paula se dirigió a la ventana y apartó el delicado visillo para mirar al exterior.


Pedro salió de la estancia y se dirigió hacia las escaleras. La señorita Chaves ya había despertado sus sentimientos y su curiosidad. Era cierto que su rostro no parecía haberle producido impresión alguna, pero ¿Qué haría si viera lo peor de sus heridas, las que le recorrían las costillas, el muslo y la pierna?

Quédate Conmigo: Capítulo 22

 —Señorita Chaves, tenemos que volver a la casa —le dijo—. No voy a permitir que se marche sola en medio de esta tormenta. Podría caerse por un barranco o contraer una neumonía.


—¿De verdad cree que hay posibilidad de que ocurra eso o son fantasías suyas?


—La única fantasía que tengo es poder estar a resguardo, seco, sin pasar frío y sin tener que preocuparme de si anda usted perdida por ahí o ha terminado debajo de otro árbol caído.


Pedro la animó a echar a andar y comenzó a dirigirse hacia la casa. Paula lo siguió, tratando de mantenerse al lado de él. Por fin, la mansión apareció frente a ellos. Las lámparas de la fachada principal se habían encendido debido a la oscuridad causada por la tormenta. Subieron rápidamente las escaleras y entraron en el vestíbulo. Él cerró la puerta. Inmediatamente, se dió cuenta de que estaba atrapado en un infierno que él mismo había creado. Paula estaba allí, completamente empapada. Llevaba prendida una hoja de uno de sus hermosos rizos y tenía las piernas manchadas de barro. Ella lo miraba con una intensa desaprobación. Tenía los labios fruncidos como si estuviera tratando de contener una retahíla de insultos. Sintió que jamás había deseado a una mujer como lo hacía en aquel momento. Una mujer que lo había hechizado solo con el sonido de su voz y su fiera tenacidad contra la adversidad. Una adversidad que él había creado para mantenerla a raya a ella y todo lo que representaba. En vez de rendirse, ella se había erguido contra él y le había dicho exactamente lo que pensaba de su actitud. No quería sentirse atraído por ella. No quería admirarla ni imaginarse quitándole aquel abrigo para conducirla a la lujosa ducha que tenía en su dormitorio, dejando un rastro de prendas mojadas por el camino para luego colocarla bajo el agua caliente y… «¡Para!». No podía dejarse llevar por aquellos pensamientos si no quería que la situación fuera más difícil. En realidad, la coyuntura en la que se encontraban era bastante complicada ya. Por lo que había podido ver, el árbol había caído sobre el puente, algo que confirmaría más tarde, cuando la tormenta hubiera cesado. Si eso era cierto, significaba que los dos estaban aislados en el château hasta la semana siguiente, cuando Marta, el ama de llaves, y su esposo se acercaran desde el pueblo para llevarle comida y limpiar. Sintió que se le formaba un terrible dolor de cabeza. Recordó que Marta le había informado que el château no tenía Internet y que la cobertura telefónica era muy poco fiable. Pedro le había contestado que aquellos inconvenientes encajarían perfectamente con el aislamiento que él buscaba. No había contado con compartir aquel aislamiento con una mujer tan tentadora… 

Quédate Conmigo: Capítulo 21

Cuando entró en la parte del sendero cubierta por los árboles, la lluvia dejó de caer con tanta fuerza. Vió que Paula seguía avanzando con paso ligero hacia el puente.


—¡Señorita Chaves!


Ella se dió la vuelta por fin y frunció el ceño. Pedro se acercó a ella y, durante un instante, la vio de otra manera, como si fuera un ser mágico y misterioso. El viento se le enredaba en los rizos y hacía que estos golpearan su hermoso rostro. Con la ligera inclinación de la barbilla y la chispa de vida en los ojos verdes, Paula le recordaba a un hada o a una pícara duende. 


—¿Quería asegurarse de que me marcho?


—Es mejor que regrese hasta que la tormenta haya terminado.


Paula lo miró fijamente, con los labios ligeramente entreabiertos.


—¿Cómo ha dicho?


—Es demasiado peligroso para ir andando. La gasolinera más cercana está a más de tres kilómetros.


—Me dijo que me marchara. No quería quedarme si no soy bienvenida.


—Eso fue antes de que me percatara de lo peligrosa que es la tormenta. 


Paula sacudió la cabeza.


—No tengo interés alguno en quedarme a su lado, señor Alfonso. Puedo llegar hasta la carretera y llamar a quien me ha traído hasta aquí para llegar a cubierto antes de que la tormenta empeore.


—La tormenta está empeorando muy rápido. No sea tonta.


Los ojos de Paula rezumaban ira. Antes de que ella pudiera replicar, un rayo restalló en el cielo, atravesando la cúpula de árboles y golpeando el tronco de uno de los robles. El trueno resonó inmediatamente después, casi ensordeciendo el profundo crujido de la madera. Pedro se abalanzó sobre Paula y le rodeó la cintura con los brazos. Entonces, la hizo caer sobre el suelo cuando el enorme roble comenzó a desmoronarse. Los dos cayeron sobre la tierra y rodaron. Él mantuvo el cuerpo de ella pegado al suyo. Plantó los pies para quedar encima de ella y protegerla con su cuerpo. La tierra tembló bajo sus cuerpos. Entonces, levantó la cabeza y vió que el roble había caído a pocos metros de distancia. Miró a Paula y vió que ella estaba muy pálida. Contemplaba el árbol con los ojos desorbitados.


—¿Se encuentra bien?


Lentamente, Paula asintió. Le miró el rostro y luego los cuerpos de ambos apretados y muy juntos. Las mejillas se le sonrojaron. La visión resumía perfectamente el deseo que la había invadido antes cuando estaba de pie en el vestíbulo de la mansión, amable y hermosa, aterradora en la percepción que tenía de la situación y maravillosa en su desafío. Pedro se apartó rápidamente de ella antes de que Paula pudiera sentir la evidencia de su excitación. Se puso de pie y le ofreció la mano para ayudarla a ponerse de pie. Los dos miraron a la vez el árbol caído que, en aquellos momentos, yacía en el suelo herido de muerte. Pedro sintió que se le hacía un nudo en el pecho. Le pareció que era ridículo ponerse sentimental por un árbol, así que se giró hacia la mujer que tenía a su lado. 

lunes, 20 de abril de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 20

Levantó la mano en la que tenía el expediente. Su sentido común la conminaba a que se detuviera, pero ya estaba harta de ser amable con un hombre tan egoísta. Lo dejó caer, saboreando con gusto el golpe que resonó en el vestíbulo cuando la carpeta golpeó la mesa y la expresión de sorpresa que apareció en el rostro de Pedro.


—Que tenga un buen día, señor Alfonso.


Entonces, le dedicó una resplandeciente sonrisa, inclinó ligeramente la cabeza y se marchó con paso firme del château.


Pedro contempló atónito la puerta abierta. No recordaba la última vez que alguien le había dejado con la palabra en la boca. Le resulta increíble que ella se hubiera marchado con tanta soberbia, comportándose como si hubiera sido él quien le había hecho algo malo cuando aquella mujer llevaba acosándolo durante semanas. Por ello, atravesó el vestíbulo con grandes zancadas para cerrar la puerta a la señorita Paula Chaves de una vez por todas. Al llegar a la puerta, miró la mesa sobre la que ella había dejado el expediente. Parecía un montón de papeles totalmente inocuo. Firmarlos pondría fin a aquella situación. Terminaría de una vez por todas con la campaña de asedio de la señorita Chaves, aunque, a juzgar por lo que ella le había dicho antes de marcharse, no tenía intención de volver a molestarle. Debería sentirse aliviado… Sin embargo, no era así. El vacío de la casa le estaba empezando a resultar insoportable, como también el rugido de la tormenta en el exterior. La perspectiva de no volver a ver a Paula, una mujer que le había producido un increíble impacto en cuestión de minutos, le produjo una inesperada sensación a través del vacío de su pecho. Maldita sea. Un relámpago iluminó el cielo, seguido tan solo unos segundos después por un trueno tan fuerte que hizo temblar las ventanas. Se asomó por la puerta y vio que la tormenta había oscurecido notalmente aquel paisaje veraniego. El viento ululaba por las esquinas del château y azotaba las ramas de los árboles. Tal vez fuera un canalla egoísta, pero no podía permitir que se marchara en medio de una tormenta tan fuerte. El pueblo estaba muy lejos. Decidió que ir tras ella era lo correcto, a pesar de que no le gustara.  Bajó las escaleras y miró a su alrededor. No se la veía por ningún sitio. Tal vez se había refugiado en la galería que había al otro lado de la casa. De repente, un ligero movimiento captó su atención. Observó sorprendido cómo la figura de la abogada había alcanzado ya la parte del camino que quedaba flanqueada por árboles.


—¡Señorita Chaves! —gritó—. ¡Paula!


El viento pareció engullir sus palabras y Paula desapareció entre los árboles. Pedro lanzó una maldición y bajó corriendo los escalones. Al llegar al suelo, echó a correr. 

Quédate Conmigo: Capítulo 19

 —Si no quiere el dinero, necesito que me firme un documento diferente en el que renuncia a todos sus derechos sobre la herencia.


La sorpresa se reflejó en el rostro de Pedro. ¿Acaso había esperado que ella saliera corriendo y gritando?


—¿Acaso no me ha escuchado, señorita Chaves? No voy a firmar. Nada.


Paula se acercó al pie de la escalera y lo miró. Alfonso estaba algunos escalones por encima de ella. La luz de la enorme lámpara hacía destacar la piel perfecta y cálida de lado derecho de su rostro hasta llegar a la afilada línea de la mandíbula. El cabello castaño claro, espeso y ligeramente revuelto, le caía sobre la ancha frente. La ira que ella había estado sintiendo desapareció de repente. Era más cruel aún que el destino lo hubiera dejado con la mitad de su rostro intacto, un recordatorio constante de quien había sido. Las miradas de ambos se cruzaron. Sintió que el corazón le latía con fuerza en el pecho. El calor regresó de nuevo, extendiéndose por su cuerpo, drogándola de deseo y haciendo que las extremidades le pesaran enormemente. Parpadeó y dio un paso atrás para tratar de recuperar la compostura y su profesionalidad. La cicatriz junto a la boca de Pedro se torció cuando sus labios se curvaron para esbozar una sonrisa burlona. 


—¿Qué le parezco, señorita Chaves? —le preguntó. Bajó unos escalones más, hasta que quedó tan solo uno por encima de Paula—. ¿Un canalla mimado que tiene lo que se merecía? O tal vez algo más sencillo, como un monstruo.


Aquella última palabra, hizo reaccionar a Paula. Lo miró de arriba abajo, se fijó en los fuertes músculos del cuello, en cómo la tensión de la mandíbula retorcía las cicatrices. Detrás del brillo de desdén que relucía en sus ojos había dolor… un profundo y horrible dolor.


—No. Solo me parece un hombre que está sufriendo mucho.


El rostro de Pedro reflejó una expresión de desprecio que estuvo a punto de conseguir que ella se sintiera insignificante. La miraba fijamente, con la respiración acelerada y el pulso latiéndole con fuerza en la garganta. Paula casi podía sentir los latidos de su corazón, la angustia que lo atenazaba. Observó el hermoso rostro y sintió que la respiración se le cortaba al sentir cómo Alfonso la atrapaba con su mirada.


—He dicho que no. No voy a firmar.


Durante un instante, Paula se limitó a mirarlo. Por fin, asimiló aquellas últimas palabras y reaccionó. Sintió que la furia volvía a apoderarse de ella al comprender que no tenía esperanza alguna de mantener su trabajo.


—Siento curiosidad por saber cómo se las apañaría un hombre al que se le ha entregado todo en bandeja de plata para echar a la calle a una mera mortal como yo, pero en realidad ya no me importa. He recorrido cientos de kilómetros, he aguantado la lluvia y he discutido con sus empleados de todo el mundo solo para conseguir una firma. Pero ya me he cansado.


Quédate Conmigo: Capítulo 18

 —Si usted no firma, me despiden. Si llama a Nettleton & Thompson, me despiden —exclamó levantando las manos con desesperación—, así que enhorabuena. Me tiene usted con la soga al cuello.


—¿Con la soga al cuello?


—Sí. Indefensa. A su merced.


—A mí no me parece usted indefensa en absoluto, señorita Chaves.


Paula volvió a sentir que el calor regresaba a su cuerpo al notar una cierta admiración en el tono de voz de Alfonso. Aquella sensación solo sirvió para acrecentar la irritación que sentía. ¿Cómo era posible que se sintiera atraída por un hombre tan exasperante y egoísta?


—No soy indefensa. No soy ninguna damisela en peligro. Simplemente he intentado hacer mi trabajo a pesar de que ha cancelado cinco reuniones, sus eficientes secretarias me han colgado el teléfono un número indefinido de veces y he viajado más de setecientos kilómetros para localizarle con el aliento de mi jefe en la nuca. He puesto el futuro de mi carrera en sus manos. Si puedo sobrevivir a esto, podré sobrevivir a cualquier cosa.


Paula tenía la respiración muy agitada. Miró el rostro de Alfonso, aún entre las sombras. Probablemente ya había firmado su sentencia con aquel estallido de genio. Pero Dios, ¡Se había sentido tan bien al decirle por fin lo que pensaba de su arrogancia y del hecho de que su carrera se viera reducida a la capacidad de conseguir una única firma! Se mesó el cabello y miró con anhelo la puerta entreabierta. Entonces, se giró de nuevo hacia él. «Una última vez. Intenta explicarte una última vez».


—¿Es que no lo comprende? Si no firma, lo perderá todo.


—Ya he perdido muchas cosas, señorita Chaves —dijo con frialdad. Entonces, comenzó a bajar las escaleras lentamente, de un modo muy medido que hizo que el pecho de Paula se tensara de anticipación—. Mi padre. Mi novia. Mi aspecto. Mi capacidad para andar por la calle sin asustar a los niños pequeños —añadió. Las sombras se fueron difuminando, dejando al descubierto unos anchos hombros y un fuerte cuello, cuya piel aparecía marcada por una gruesa cicatriz rosada—. ¿Qué le hace pensar que el dinero me importa un comino?


Entonces, salió por completo a la luz.  Paula apretó los labios para contener su reacción. Las cicatrices del lado izquierdo de la cara destacaban más por el hecho de que el lado derecho no tenía daño alguno. Una cicatriz le arrancaba en la línea del cabello y bajaba hasta atravesarle la ceja. Milagrosamente, lo que había causado aquella herida había perdonado el ojo, pero por muy poco. La cicatriz se torcía hasta la sien para bajar de nuevo por una esculpida mejilla. Otra cicatriz, más enrojecida, resultaba visible por debajo de la cuidada barba y atravesaba la mandíbula desde la boca y bajaba hacia el cuello. Era impactante, sí, pero, el modo en el que la prensa lo había descrito, acompañado de una desagradable descripción de su ex, había dado la impresión de que él tendría el aspecto de una bestia. O del monstruo de Frankenstein. Sin embargo, a ella le parecía un hombre que, efectivamente, había sufrido, pero que había sobrevivido a un terrible accidente. 

Quédate Conmigo: Capítulo 17

Paula inclinó la cabeza, pero no pudo distinguir ningún rasgo. Había escuchado muchos rumores sobre las cicatrices que cubrían el rostro de Pedro Alfonso. La curiosidad se apoderó de ella, pero decidió no ceder a sus impulsos. Las cicatrices de Alfonso no eran asunto suyo.


—La puerta estaba abierta.


—Es decir, ha entrado sin permiso —replicó él apretando la balaustrada con una mano.


—Señor, necesito que…


—No —la interrumpió él, bajando el primero de los escalones. Las sombras se desplazaron un poco, pero siguieron ocultándole el pecho y el rostro—. Lo que debería hacer, señorita Chaves, es marcharse antes de que llame a Nettleton & Thompson y les exija que la despidan.


—¿Por qué? —le espetó ella.


Sabía que, muy probablemente, Alfonso era muy capaz de hacer exactamente lo que acababa de decir. El hecho de que el señor Nettleton accediera inmediatamente a sus exigencias la enfureció. Paula se había esforzado mucho para llegar hasta allí. Había tratado de ser amable, paciente. Sin embargo, aquel hombre, que tenía el mundo a sus pies, no había hecho más que ponerle obstáculos desde el principio. La determinación le dio fuerza para seguir hablando.


—¿Por hacer mi trabajo? —añadió—. ¿Por intentar localizarle para hablar con usted en dos países diferentes?


—Si ir en contra de los deseos de sus clientes y acosarlos incesantemente es lo que usted considera su trabajo, creo que haré que sea otro bufete el que se ocupe de mis asuntos.


La indefensión era un sentimiento muy incómodo. La indefensión acompañada de la ira era incluso más desagradable. Paula sintió que las palabras se agolpaban en su garganta y trató de contenerlas. Entonces, decidió que ya no le importaba. Si, tal y como parecía, aquel iba a ser el final de su carrera en Nettleton & Thompson, dado que parecía inevitable hiciera lo que hiciera, decidió que era mejor marcharse cubierta de gloria y dejar que aquel playboy maleducado fuera consciente del daño que había causado.


—Hasta que usted firme este contrato, mi cliente es su padre, o más bien, sus propiedades —dijo. Metió la mano en su bolso y sacó un grueso montón de papeles—. Dado que no lo ha firmado, me importa un bledo a quién le confíe sus asuntos. De hecho, preferiría que no siguiera siendo cliente de Nettleton & Thompson ya que no ha sido usted más que un grano en el trasero.


El silencio fue ensordecedor. Paula tan solo podía escuchar los furiosos latidos de su corazón. Entonces, Alfonso habló. Por el tono de su voz, parecía que el comentario de ella le había hecho cierta gracia.


—¿De verdad?


—De verdad.


—¿Y si la despiden?

Quédate Conmigo: Capítulo 16

Por suerte, estaba encendida y su luz aplacaba la oscuridad de la tormenta que rugía en el exterior. Las paredes, pintadas en un delicado tono marfil, reflejaban la luz y hacían que la estancia reluciera. Junto a una de las paredes, había una larga y estrecha mesa, que brillaba como si acabaran de pulirla. Era muy hermosa, pero tenía un aspecto muy vacío, como si estuviera esperando a que alguien colocara un bol de flores frescas o un antiguo jarrón. La sensación de vacío generalizada que había en la estancia la conmovió. Una casa tan imponente, con tanto que ofrecer, pero vacía y deshabitada. Empezó a moverse, dado que se sentía demasiado nerviosa como para permanecer en un único lugar. Un cuadro le llamó la atención, uno de los pocos que adornaban las paredes del vestíbulo. Era una pintura de un gran tamaño, que representaba el momento en el que unas poderosas olas rompían contra una playa. Los trazos del pincel representaban perfectamente el agua embravecida y las oscuras nubes del horizonte. Un acantilado se erguía sobre el mar, orgulloso e inamovible contra la ira de las olas. La imagen parecía hablarle y le llenaba de una potente energía que rejuvenecía su apesadumbrado espíritu. Le recordaba a los otoños de su infancia, cuando observaba cómo las tormentas azotaban la costa de Maine desde su casa. La furia y el poder de la naturaleza, recordándole al hombre de lo que era capaz. Sobre la playa, había una larga figura, una sombra que parecía desafiar la tormenta con la barbilla erguida y los hombros cuadrados. Paula sonrió y respiró profundamente. Aquella imagen le daba el ánimo y la determinación que necesitaba para llevar a buen puerto su misión. De repente, sintió un hormigueo en la espalda y el vello se le puso de punta. Era prácticamente la misma sensación que había experimentado en el Diamond Club justo antes de ver la figura de Pedro Alfonso entre las sombras. No había podido verle el rostro, al menos no claramente, pero eso no había impedido que se le entrecortara la respiración y que un calor que parecía haber surgido de la nada le abrasara la piel. En aquel momento comenzó a sentir aquel mismo calor, una fiebre que solo podría ser aplacada por el acto que jamás había realizado antes. Se dió la vuelta, pero no había nadie.


—Señorita Chaves…


La voz, profunda, dura y, a la vez, sorprendentemente melódica, resonó por todo el vestíbulo. Se deslizó por encima del cuerpo de Paula y atravesó su piel para hacerse eco en el interior de su cuerpo como si fuera el restallido de un trueno. Atónita, ella levantó la mirada. Había un hombre en el primer rellano de la imponente escalera. Un hombre muy alto. Su torso y su rostro quedaban sumidos en las sombras.


—¿Señor Alfonso?


—¿Cómo ha entrado en esta casa?

miércoles, 15 de abril de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 15

Además, tenía que conseguir que le firmara aquel contrato y recibir por fin el ascenso que le habían prometido. El hecho de regresar a Londres y presentarle el contrato firmado al señor Nettleton debería haberla estimulado, pero no era la causa de que hubiera apretado el paso. Era como si quisiera combatir la sensación de inquietud que llevaba atenazándola durante unos meses, como si quisiera dejar atrás la pregunta que llevaba turbándola durante meses. «¿Quiero seguir haciendo esto?». Le gustaba su trabajo. Le gustaba escuchar las historias de la gente y lo que se había hecho importante para ellos a lo largo de sus vidas. Sin embargo, a medida que el tiempo había ido pasando el ambiente de Nettleton & Thompson había empezado a recordarle al de una cárcel. Siempre se había considerado una persona muy alegre. Incluso en días en los que había estado trabajando trece horas, había sido capaz de encontrar aspectos positivos. Sin embargo, en aquellos momentos… Paula se sentía agotada. El único aspecto positivo de su infructuosa búsqueda del señor Alfonso era que había sido capaz de dejar a un lado su insatisfacción con su trabajo durante un tiempo. En otro momento, podría decidir si quería seguir trabajando para el bufete o si se atrevía por fin a enfrentarse lo que quería hacer con su vida. Vivir un poco fuera de las paredes de su despacho. Apartó las preguntas de su pensamiento. No era el momento para tener una crisis personal, sino para realizar su trabajo.


Se detuvo al llegar frente a una enorme puerta doble y levantó el pesado llamador. Nadie respondió. El viento ululaba sobre el tejado de la mansión con gran fuerza. Entonces, instantes después, la lluvia comenzó a caer con fuerza. Con desesperación, Paula se apartó de la puerta para mirar a través de una de las ventanas, pero las cortinas estaban echadas. Regresó a la puerta y, en aquella ocasión, llamó con fuerza con el puño. Entonces, una de las hojas de la puerta se movió ligeramente y cedió. Se quedó en el umbral sin saber qué hacer. Técnicamente, nadie la había invitado a pasar, pero la puerta estaba abierta. Y había ido hasta allí desde muy lejos después de pasarse un mes entero tratando de localizar al señor Alfonso. Además, la lluvia estaba empezando a caer con fuerza. Con toda seguridad, el señor Alfonso le permitiría al menos refugiarse hasta que la tormenta hubiera pasado. Respiró profundamente y, tras abrir un poco más la puerta, entró. Se quedó con la boca abierta. A sus pies se extendía un mosaico de bellísimo diseño en diferentes tonos de azul, verde y rojo. El mosaico parecía contenido dentro de la piedra blanca que delimitaba la estancia. Una escalera a juego, lo suficientemente amplia para que subieran cuatro personas a la vez, abrazaba la pared y subía a la planta superior formando una imponente espiral. Una impresionante lámpara negra, a juego con la barandilla de la escalera exterior, colgaba del techo a más de cinco metros por encima de la cabeza de Paula. 

Quédate Conmigo: Capítulo 14

Paula jamás se había cuestionado su vida antes. Simplemente había aceptado todos los halagos que se le dedicaban y había gozado con el orgullo de sus padres. Su madre vivió lo suficiente para ver cómo se probaba la toga y el birrete un mes antes de graduarse en la Facultad de Derecho y para saber que Nettleton & Thompson le habían hecho una oferta de trabajo. Estaba a punto de cumplir todo lo que su madre había deseado. Entonces, ¿Por qué no se sentía emocionada al respecto? De repente, el sendero se curvó y, tras dejar los árboles atrás, se encontró frente a una verja de hierro forjado. Estaba flanqueada por dos columnas de piedra coronadas por estatuas, que ciertamente dejaban en evidencia las vallas de madera blanca tan típicas del pueblo en el que ella había nacido. Más allá de la verja, a unos cuantos cientos de metros de distancia, estaba el château. Se trataba en realidad de una enorme mansión con ventanas arqueadas que relucían bajo el sol y que estaba coronada por un empinado tejado. El edificio rezumaba elegancia. Era la clase de lugar que su madre había descrito cuando le contaba cuentos de príncipes y princesas, palacios y dragones, brujas y bestias.


De repente, se levantó un fuerte viento. Paula bajó la cabeza para protegerse y, al mirar al cielo, vio que este se estaba cubriendo de grandes nubes oscuras. Alfredo le había mencionado que se iba a producir una tormenta, pero que sería por la tarde. Con decisión, atravesó la verja. Entraría en la casa, hablaría con Alfonso y se marcharía de allí con su firma. Estaría de vuelta en Étretat antes de que la tormenta empezara. Alfredo le había dicho que lo llamara si necesitaba que fuera a recogerla para llevarla de vuelta al pueblo. A medida que se acercaba al château, lo fue observando más atentamente. Teniendo en cuenta las lujosas propiedades que Alfonso tenía en Nueva York, California y Tokio, le sorprendía que hubiera elegido una casona tan antigua para esconderse. Por supuesto, era un lugar muy hermoso y seguramente también muy valioso, pero no parecía la clase de lugar que Pedro Alfonso solía preferir. A él parecían gustarle los lugares nuevos, modernos y llamativos, no los históricos y elegantes.  Agarró con fuerza el bolso y empezó a subir las escaleras. Decidió que necesitaba controlar sus sentimientos. Había experimentado una reacción muy fuerte ante él en el Diamond Club. No obstante, según se había repetido una y otra vez desde entonces, había sido también perfectamente comprensible. Tenía los sentimientos a flor de piel. Se había encontrado por fin con el hombre sobre el que tanto había leído. Había escuchado muchas entrevistas suyas antes del accidente y, en cierto modo, sentía que lo conocía. Verlo al fin había provocado una reacción desmedida.

Quédate Conmigo: Capítulo 13

Sin embargo, a pesar de su predilección por los lujos obscenos, también tenía la rara costumbre de presentarse en su despacho para trabajar. La división de Alfonso Shipping en Gran Bretaña había llegado hasta lo más alto bajo su mandato. Jugaba duro, sí, pero trabajaba con el mismo empeño. Al menos así había sido hasta que un conductor borracho se empotró con el Lamborghini de Pedro. En el accidente, él sufrió heridas muy graves que le dejaron numerosas cicatrices y su padre resultó muerto. Algunas personas afirmaban que un buen cirujano plástico se aseguraría de que solo se apreciaran unas minúsculas marcas. Otros elucubraban que la razón por la que Pedro se había tomado un año de baja era porque le daba vergüenza mostrar su rostro en público.


La entrevista que Karina Dupree, su exnovia, había dado hacía menos de dos semanas ciertamente no había ayudado aplacar esos rumores. Fuera lo que fuera lo que había ocurrido, Pedro Alfonso había abandonado su vida de vicio y hedonismo por el aislamiento. Paula sentía pena por él. Había experimentado un sentimiento de pérdida similar cuando leyó sobre el accidente y vió las fotografías del vehículo siniestrado en medio de la carretera. Sin embargo, aunque Pedro ya no se dejara llevar por sus deseos más decadentes, sus decisiones seguían siendo egoístas. Aquellas decisiones habían convertido la vida de Paula en un infierno, en parte por las amenazas veladas del señor Nettleton sobre su futuro en la firma y por la vergüenza que sufrió cuando la echaron sin miramientos del Diamond Club. Decidió sacudirse a la frustración y centrarse en el agridulce y terrenal aroma que perfumaba el aire y disfrutar de la ocasional bocanada de calor que sentía cuando un rayo de sol le iluminaba el rostro. Llevaba tanto tiempo centrada en sus objetivos, esforzándose tanto por trabajar para salir del pueblo qué, según sus padres era demasiado pequeño para sus capacidades, que prácticamente se le había olvidado centrarse tan solo en respirar. O en pensar en lo que de verdad deseaba. Incómoda por el camino que habían tomado sus pensamientos, se cambió el bolso de lado y decidió que no era culpa de sus padres que quisieran lo mejor para ella. Tampoco era culpa de sus padres que ya jamás hubiera sido capaz de reunir el valor suficiente para decirles lo que realmente quería. ¿Cómo podría haber sido capaz de hacerlo cuando la miraban con tanto orgullo? "Un día, serás una de las abogadas más importantes de Nettleton & Thompson. Lo sé. No pararás hasta que lo consigas, ¿Verdad?". «Por supuesto que no, mamá. Haré que te sientas orgullosa de mí».


Sus padres se habían casado muy jóvenes y habían ahorrado hasta el último centavo de su sueldo para comprarse una pequeña casa de tres habitaciones, en la que vivieron con sus cuatro hijos. El destino del hermano mayor de Paula había sido seguir los pasos de su padre como pescador de langostas. Los otros dos hermanos más pequeños que ella insistieron en ponerse a trabajar después de terminar la educación secundaria. Por lo tanto, el sueño de tener un hijo universitario en la familia cayó sobre los hombros de ella. Todas las expectativas de sus progenitores se vieron superadas cuando Paula fue admitida en la Facultad de Derecho de Chicago. Tras sus estudios trabajó como becaria y después recibió una oferta de trabajo.

Quédate Conmigo: Capítulo 12

 —Dígame, señor.


—¿Dónde estás?


La voz de Ricardo Nettleton, tan suave como el whisky y tan fría como el hielo, resonó al otro lado de la línea telefónica.


—En Francia, señor.


—Entonces, ¿Estás haciendo progresos?


—Sí, señor.


Más o menos… En realidad, no.


—Bien. No es necesario que te recuerde lo mucho que está en juego con este contrato, Chaves.


—No, señor —respondió ella apretando los dientes. Lo sabía muy bien.


—Bien. La fecha límite es dentro de ocho días.


—Tengo reservado el vuelo de vuelta a Londres el próximo martes, señor.


—En ese caso, te espero el miércoles a las nueve de la mañana en mi despacho con el contrato firmado, Chaves. Quiero verlo con mis propios ojos, pero te agradecería que me fueras informando diariamente.


Paula hizo un gesto de hartazgo con los ojos. Era como si todo su trabajo de los últimos años hubiera quedado en un segundo plano por un maldito documento.


—Sí, señor. 


—Tu futuro en este bufete…


Cuando entró bajo las sombras de los árboles, unas repentinas interferencias hicieron que se cortara la llamada.


—¿Señor? —preguntó Paula, aunque ya no había nadie al otro lado de la línea—. Genial.


Paula se metió el teléfono en el bolsillo. En realidad, no le había disgustado que se hubiera cortado la conversación. «Entra en ese château. Consigue la firma y márchate de aquí». Bajo la frondosa cúpula de los árboles el aire era fresco y le besaba la piel. Le rodeaba una profunda tranquilidad, rota tan solo por el suave crujido de las piedrecitas del camino y el ocasional canto de un pájaro. La tensión que había estado sintiendo hasta entonces se desvaneció lentamente y se vió reemplazada por la paz que llevaba buscando desesperadamente desde que tuvo la mala suerte de que le asignaran el caso Alfonso. La investigación que había llevado a cabo sobre el nuevo presidente de Alfonso Shipping, la tercera generación en ostentar el título desde que se fundó la empresa, le había fascinado. Pedro Alfonso era famoso por su predisposición a disfrutar de placeres sobre los que la mayoría de la gente ni siquiera podía soñar. Botellas de vino cuyo precio superaba las seis cifras. Una pintura contemporánea cuyo valor habría sufragado las matrículas universitarias de dos docenas de estudiantes de su pequeño pueblo. Cenas a base de trufa negra y caviar en los restaurantes más caros del mundo. Y, por supuesto, como demostraban las numerosas fotografías que se le habían tomado a lo largo de los años, una puerta giratoria por la que entraban y salían de su vida las mujeres más glamurosas. Cuando por fin sentó la cabeza con una mujer, esta había sido una supermodelo famosa por lucir el diamante más grande del mundo en una sesión fotográfica ataviada casi exclusivamente con la joya.

Quédate Conmigo: Capítulo 11

En ocasiones, Paula se preguntaba si debería haberles dicho a sus padres que hubiera preferido un bufete más pequeño o una organización dedicada a ayudar a la gente que necesitaba de sus servicios en vez de trabajar para los que podían pagar una fortuna. Pero entonces, recordaba la última conversación que tuvo con su madre, el orgullo que tenía la débil voz de Alejandra Chaves. Su versión del sueño de su vida pasaba entonces a un segundo plano. El siguiente paso de ese sueño estaba a su alcance, tan cerca que le volvía loca que un hombre tuviera en las manos su trayectoria profesional en Nettleton & Thompson. Recordó la única imagen que tenía de él. Envuelto entre las sombras. No había razón alguna para que su cuerpo respondiera como lo había hecho a la mirada que habían compartido. La tensión le atenazó los músculos. Se le aceleró la respiración al recordar la profunda oleada de calor que sintió en el vientre, un calor que se le había extendido por todo el cuerpo y que la había dejado sin fuerzas a pesar de las chispas que le restallaban en las venas. Totalmente ridículo. Entonces, ¿Por qué no podía olvidarlo? ¿Por qué llevaba una semana despertándose entre sábanas revueltas, con el corazón acelerado y experimentando las sensuales sensaciones de sueños que jamás había experimentado y cuyos recuerdos la acompañaban a lo largo de todo el día?


Se detuvo a mitad de camino del puente. Una curiosidad morbosa la empujó a acercarse al borde para asomarse. La caída hasta el pequeño riachuelo producía vértigo. Contuvo el aliento. Sabía que estaba a salvo tras el sólido muro de piedra, pero el corazón se le había acelerado tanto que decidió seguir andando. Paso a paso, se acercaba al único hombre que había despertado en ella una curiosidad carnal que, a pesar de sus mejores intenciones, no era capaz de ignorar. Le había resultado fácil resistirse a las atenciones del amor adolescente porque, por aquel entonces, su único objetivo era ganar dinero para poder ir a la universidad. Cuando llegó a Chicago, las relaciones sentimentales habían quedado relegadas al último lugar de su lista de prioridades. Florencia, una de sus compañeras, había llegado a afirmar que sus expectativas sobre una posible pareja eran imposibles de alcanzar para ningún hombre. Tal vez Florencia tenía razón. Tal vez nunca dejaba que sus citas fueran más allá de un beso porque tenía miedo de que al aura de fantasía con el que había rodeado su primera vez y al hombre con el que compartiría su intimidad se desvaneciera en cuanto se enfrentara con la realidad. Tal vez sus expectativas se harían pedazos al chocar con la realidad. Desgraciadamente, todo lo que había soñado en la seguridad de su cama y de su piso estaba cobrando vida en el peor momento posible. Por no mencionar con el peor hombre posible. Su móvil empezó a sonar, sacándola de sus pensamientos. Cuando vió de quién se trataba, respondió inmediatamente. 

lunes, 13 de abril de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 10

Paula recordó lo ocurrió en el vestíbulo del Diamond Club. Había sentido que alguien la estaba observando e, inmediatamente, había sospechado de quién se trataba. Solo le había podido ver las piernas, dado que el resto de su cuerpo había quedado enmascarado por la oscuridad. Cuando ella pronunció el nombre, algo había surgido entre aquella persona oculta en la escalera y ella. Una descarga de energía. Un estallido de sensualidad.  Todo se había evaporado en cuanto ella pronunció la palabra «Herencia». Sintió ira y vió cómo las manos de aquel hombre se convertían en puños. Comprendió entonces que, a pesar de las muchas batallas que había peleado hasta aquel momento, ninguna se podía comparar a la guerra quetendría que emprender para conseguir aquella firma. Su instinto, junto con una ingente tarea de investigación, la había llevado a controlar los movimientos del avión privado de Alfonso en elaeropuerto de Heathrow. Descubrió que la mañana después de que la echaran del Diamond Club, el piloto del avión había presentado un plan de vuelo que constataba que se iba a realizar un desplazamiento muy corto entre Londres y el aeropuerto de Le Havre, en la costa de Normandía. Tras examinar las propiedades familiares que la familia Alfonso poseía en Francia, consiguió varios resultados, entre los que se encontraba un ático en París y una mansión en la Riviera Francesa. Sin embargo, solo había habido un único resultado en la región de Normandía: Una casona a las afueras del pequeño pueblo de Étretat.


Un tren y dos taxis más tarde, Pedro llegó por fin a su destino. No había nadie que pudiera impedirle el paso o que le exigiera que se marchara, pero, a pesar de todo, dudaba. Una parte de ella quería marcharse de allí y regresar a Étretat, pasear por las pintorescas calles del pueblo, relajarse en la terraza de un restaurante con una copa de vino y admirar los imponentes acantilados de piedra caliza. En definitiva, tener un momento de paz. «Mas tarde», se prometió. Se obligó a cruzar el puente en dirección al túnel creado por los árboles. Tras conseguir la firma del señor Alfonso, disfrutaría del resto de los días en su pequeña casita de alquiler. Tal vez incluso podía tomarse unas vacaciones de verdad y pasarse una semana en París o en Roma. «Sí, claro». Llevaba trabajando en su ascenso desde que se graduó en la Facultad de Derecho y comenzó a trabajar en Nettleton & Thompson. El cambio de vida, desde un pequeño pueblo de Maine hasta conseguir un puesto en Londres había enorgullecido profundamente a sus padres. El último deseo de su madre antes de morir había sido ver cómo Paula llegaba hasta lo más alto, mucho más allá de lo que nadie de la familia se había atrevido a soñar. 

Quédate Conmigo: Capítulo 9

Desgraciadamente, todas las propiedades que poseía fuera de Inglaterra distaban mucho de ser tranquilas. Un ático en la ciudad de Nueva York. Una casa en la playa en California. Y un departamento en Tokio, que había adquirido semanas antes del accidente. Lujoso, caro y rodeado de gente. Se detuvo en lo alto de las escaleras y miró los suntuosos muebles que decoraban la planta inferior. Al pensar en la casa de la playa había recordado otra playa, una que no había visitado hacía más de trece años. Sintió que el corazón le daba un vuelco en el pecho, pero decidió dejar a un lado las emociones y centrarse en el lado más práctico. Estaba ciertamente muy aislada y era poco probable que allí atrajera la atención de nadie. Una agradable sensación de alivio relajó su cuerpo. Se había jurado repetidamente que jamás regresaría a las costas de Normandía, al château al que su madre se había dedicado en cuerpo y alma antes de su muerte. No solo sería el lugar perfecto en el que ocultarse, sino que también sería su castigo. Entró en el dormitorio y se desnudó con movimientos bruscos, que le provocaron un fuerte dolor en el brazo y la pierna izquierdos. A pesar de todo, ignoró los analgésicos que tenía en la mesilla de noche. Entonces, se metió en la cama, cerró los ojos y se quedó dormido. Durmió intranquilo, atormentado por las pesadillas en las que revivía claramente el sonido de los cristales rotos, el de los neumáticos chirriando sobre el asfalto y el color amarillo chillón de un paraguas que se abría paso entre el caos.



Una semana más tarde…


Unos imponentes robles blancos alineaban el camino. Sus espesas ramas creaban una cúpula tan frondosa que solo unos pequeños rayos de sol llegaban al suelo. Sin embargo, en esos pequeños bolsillos de sol, el suelo blanquecino relucía en todo su esplendor. Paula Chaves contemplaba el hermoso paisaje, con el maletín en una mano y el paraguas en la otra. Más allá de los árboles, habría una verja y, al otro lado de esta, estaría el castillo. «Castillo no», se corrigió mentalmente. «Château». Se lo había dicho Alfredo, el amable anciano que la había llevado hasta allí desde el pueblo. Durante el trayecto, le había contado todo lo que sabía sobre el Château du Bellerose mientras su destartalada camioneta avanzaba por el camino de tierra. El puente de piedra que la separaba de los árboles conectaba el château al resto del mundo. Un río recorría la profunda garganta y cortaba la llanura sobre la que la imponente casona había sido construida. El puente era el único acceso y había tenido un papel fundamental a la hora de defender la casona en los primeros años tras su construcción. Una casona que, en aquellos momentos, ofrecía refugio a un multimillonario muy testarudo y grosero. 

Quédate Conmigo: Capítulo 8

A lo largo de los últimos once meses, se había esforzado mucho para corregir su estilo de vida y comportarse como hubiera esperado su padre, a pesar de que ya era demasiado tarde para que Horacio viera los resultados de su incansable apoyo y el amor que había sentido por su único hijo. Paula Chaves amenazaba todo aquello y era algo que Pedro no podía permitir. Regresó a su suite y empezó a subir las escaleras. Se detuvo en el rellano para mirar por la ventana que daba a la calle. Londres mostraba una apariencia gris. Una lluvia demasiado fría para el inicio del verano azotaba con fuerza a la gente que andaba por las calles. Justo debajo de él, alguien abrió un paraguas. Le llamó la atención porque el color de la tela era amarillo chillón y destacaba en un mar de negro. Cruzó la calle, ocultando por completo a la persona que se guarecía debajo. Sin embargo, supo, incluso antes de ver las botas azul marino y la gabardina color café aleteando al viento, que era Paula Chaves quien blandía el llamativo paraguas. Este avanzaba rápidamente por la acera, alejándose con paso rápido del Diamond Club. ¿Cómo había conseguido entrar en el club y llegar incluso hasta el despacho privado de Luis? 


Tenía que reconocer que aquella mujer tenía agallas. Sin embargo, quería de él algo que Pedro no le podía conceder. Para ella, era tan solo una firma, pero, para él, era admitir por fin que su padre se había marchado para siempre. Por supuesto, era consciente de que, tarde o temprano, tendría que firmar aquellos documentos. Lo haría a solas, en el lugar que él eligiera, lejos de Paula. No podía arriesgarse a encontrarse de nuevo cara a cara con una mujer que lo tentaba a pecar con su mera presencia. Por muy enojado que se sintiera por la reacción que había experimentado ante ella, sabía que no era culpa suya. Aquella ira debía dirigirse total y plenamente hacia sí mismo. Sería más fácil, preferible incluso, culparla a ella de aquella reacción tan poco impropia de él. Sin embargo, también sería como dejarse llevar por sus costumbres de antaño y no aceptar la responsabilidad de sus actos y las consecuencias en las que incurría por su naturaleza egoísta.  Se dió la vuelta y siguió subiendo las escaleras. Por supuesto, tarde o temprano se ocuparía de la maldita herencia, pero, en aquellos momentos, necesitaba paz. Si no, terminaría volviéndose loco. Decidió que Kent ya no era un lugar seguro. Aunque el Diamond Club le ofrecía refugio, cuanto más se quedara allí, más le pesaría la culpa, que lo asfixiaría poco a poco hasta que ya no pudiera respirar. 

Quédate Conmigo: Capítulo 7

Luis se dió la vuelta y guio a la señorita Chaves a la puerta, donde estaban esperando dos guardias de seguridad. Pedro vió por fin a la tenaz abogada. Los rizos fueron la primera impresión que tuvo. Una tumultuosa cascada de rizos le caía por los hombros y por la espalda. Llevaba una gabardina color café que le llegaba por debajo de las rodillas y unas botas de lluvia azules.


—Sí. El señor Alfonso no desea verla.


—Pero si no me recibe, corre el riesgo de…


—Le sugiero que llame a su secretaria.


—Ya lo he hecho. Muchas veces. También he ido a las oficinas de Liverpool, Portsmouth, Southampton…


Como si la señorita Chaves sintiera la presencia de Pedro, se dió la vuelta de repente y levantó los ojos. Las miradas de ambos se cruzaron. Ella lo observó fijamente a pesar de que Luis seguía empujándola hacia la puerta. Una corriente de sentimientos los unió a ambos. Era la anticipación de dos adversarios que, por fin, se encuentran cara a cara. Sin embargo, había algo más, algo más profundo que se entrelazaba entre ellos y añadía un oscuro poder hipnótico. Justo entonces, Pedro sintió que el deseo se apoderaba de él. Su pensamiento recreó vivas imágenes, pensamientos carnales en los que un esbelto cuerpo se arqueaba bajo el suyo mientras él introducía los dedos en aquellos rizos y besaba la delicada garganta… Atónito, se agarró con fuerza a la balaustrada. Asió el mármol con tanta fuerza que podría haber dejado marcas en la pulida piedra.


—¿Señor Alfonso?


Pedro sintió que se le hacía un nudo en el pecho, pero se obligó a permanecer inmóvil. Estaba entre las sombras y ella no podía verlo con  claridad. Él tampoco podía distinguir ningún rasgo concreto, a excepción del rostro ovalado y enmarcado por aquellos rizos desafiantes. Sin embargo, aquello no impidió que la voz le llegara hasta lo más profundo de su ser, envolviéndole los tensos nervios y animándolo a permanecer allí un momento más para poder mirar a placer a la mujer que había encendido su cuerpo.


—Señor Alfonso, se lo ruego. Necesito hablar con usted sobre su herencia. 


La última palabra lo sacó de su ensoñación. El frío le heló las venas y apretó los puños con fuerza. Entonces, se dió la vuelta y regresó a su suite, ignorando por completo el sonido de la voz de aquella mujer, que se iba desvaneciendo a cada paso que daba. Poco a poco, fue rearmando su autocontrol. Si antes Paula Chaves le había parecido un mero inconveniente, en aquellos momentos la veía bajo una luz muy diferente. En un abrir y cerrar de ojos, el deseo se había adueñado de la situación con una ferocidad que Pedro jamás había experimentado antes. El hecho de que solo el sonido de su voz lo empujara a regresar a la escalera para observar de nuevo su rostro iba más allá de sus anteriores hazañas amorosas y era una señal de advertencia que no podía permitirse ignorar. 

Quédate Conmigo: Capítulo 6

 —Dile que me pondré en contacto con ella más adelante —dijo con voz seca.


—Por supuesto, señor.


Entonces, se escuchó un ligero forcejeo que eclipsó la voz de Luis.


—Señorita Chaves…


Una voz femenina, fuerte pero algo ahogada, replicó:


—Deme el teléfono. Tengo que…


Pedro frunció el ceño. Conocía aquella voz. La había oído en un mensaje de voz que había escuchado antes de borrarlo y bloquear el número. Fría y profesional. Sin embargo, aquella versión de la voz era vibrante, femenina, con una descarada confianza en sí misma que despertó algo dentro de él. La exasperada voz de Luis la interrumpió una vez más.


—Señorita Chaves…


La línea se cortó.


Pedro miró fijamente el teléfono. La irritación que había sentido anteriormente hacia la señorita Chaves por la incapacidad de esta a aceptar un no por respuesta se transformó en admiración hacia la mujer que, de algún modo, había conseguido entrar en uno de los clubes más exclusivos del mundo. Al escuchar el mensaje de voz, no se había percatado del acento estadounidense, pero, en aquellos momentos, le intrigaba y le hacía querer saber más sobre la tenaz mujer que trabajaba para uno de los bufetes más importantes de Londres. Y llevaba mucho tiempo sin sentir interés por algo. Frunció los labios y se imaginó a Luis tratando de defenderse de una mujer que luchaba por arrebatarle el teléfono. A lo largo del último año, jamás había estado tan cerca de soltar la carcajada. Colgó el teléfono y se dirigió hacia la escalera que conducía a la planta superior de su suite, donde lo esperaba una enorme cama. Se detuvo en seco y sintió que la curiosidad le ganaba la partida. Salió al pasillo y se dirigió a la escalera, que conducía hasta el vestíbulo principal. El lujo y la belleza de la decoración que lo rodeaba pasaron a un segundo plano al ver la escena que se estaba desarrollando en la planta baja. Luis salía de su despacho y la figura que lo acompañaba quedaba prácticamente oculta por la corpulencia de su cuerpo. Él avanzaba con decisión por el vestíbulo.


—No es usted bienvenida aquí, señorita Chaves —decía Luis. 


Su voz, normalmente refinada y cortés, rezumaba frialdad.


—¿No se supone que debería estar sirviendo a sus clientes?


Pedro volvió a escuchar la misma voz femenina que había oído por el teléfono. Esta lo envolvió con fuerza. Se acercó un poco más a lo alto de las escaleras.