miércoles, 22 de abril de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 23

 —La acompañaré a un dormitorio para que pueda cambiarse. Sígame.


Sabía que su reacción hacia ella era exagerada y se despreciaba por ello tanto como despreciaba la tranquilidad que Paula transmitía. Se había enfrentado a una fuerte tormenta, había estado a punto de verse aplastada por un árbol y, en aquellos momentos, seguía a un desconocido por la escalera de una casa en la que no había estado nunca. Un hombre que había amenazado con hacer que la despidieran y que, por lo que ella le había contado, había convertido su vida en un infierno. Sin embargo, no había llorado ni se había quejado. Hasta hacía veinte minutos, el nombre de Paula había sido sinónimo de irritación. La estirada y meticulosa abogada de ridículo paraguas que era incapaz de dejarlo en paz. No obstante, en aquellos momentos, veía más de lo que había intuido aquel día en el Diamond Club. Seguridad en sí misma, fuerza y resiliencia. No. Había sobrevivido un año entero sin sexo, sin extravagancias, sin ningún detalle de su antigua vida. Demasiado tarde, pero, al menos, estaba haciendo algo para honrar a Horacio. Quería ser el hombre que debería haber sido en vez del indulgente canalla que había mantenido siempre las distancias con su padre. El deseo que sentía por ella amenazaba el castigo que se había autoimpuesto. Un capricho que no se podía permitir. Avanzó por el pasillo y se detuvo frente a una puerta blanca.


—Aquí es —dijo mientras hacía girar el pomo y abría la puerta—. Deberíamos tener electricidad gracias al generador…



—¡Oh!


La exclamación de Paula dejó la frase de Pedro a medias. Ella entró en la estancia y miró a su alrededor con gesto de admiración. El cabello húmedo le enmarcaba un rostro muy delicado. La lluvia le goteaba desde el bajo de la gabardina, empapando la alfombra persa que tenía bajo sus pies. No se parecía en nada a las sofisticadas mujeres con las que había salido a lo largo de los años. No debería desearla. No podía desearla. No se lo merecía. No soportaba mirarse frente al espejo ni podía imaginarse compartiendo la cama con una mujer. Dejarse llevar por caprichos y deseos quedaba totalmente descartado. Paula le dedicó una enorme sonrisa.


—Este dormitorio es increíble —comentó con una mirada muy dulce en los ojos—. Señor Alfonso, muchas gracias por… 


—No.


La sonrisa desapareció del rostro de Paula. Una parte de él lo lamentó profundamente y deseó poder hacer algo para recuperar aquella luminosidad. Sin embargo, eso tan solo conseguiría prolongar la tortura.


—Se va a alojar aquí para que no le pase nada en mi finca y alguien termine demandándome.


Aquellas palabras contenían un regusto amargo. Vió sorpresa y pena en los ojos de Paula.


—Por supuesto —respondió ella. Se giró para darle la espalda—. Me marcharé en cuanto amaine la tormenta.


Paula se dirigió a la ventana y apartó el delicado visillo para mirar al exterior.


Pedro salió de la estancia y se dirigió hacia las escaleras. La señorita Chaves ya había despertado sus sentimientos y su curiosidad. Era cierto que su rostro no parecía haberle producido impresión alguna, pero ¿Qué haría si viera lo peor de sus heridas, las que le recorrían las costillas, el muslo y la pierna?

No hay comentarios:

Publicar un comentario