miércoles, 29 de abril de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 32

Se dirigió hacia la ventana. No solo no quería tener nada que ver con aquel maldito expediente lleno de papeles en los que finiquitaba la herencia de su padre, sino que también necesitaba mantener las distancias con ella y con la tentación que representaba. Meterse en la cama con una mujer que acababa de conocer sería como repetir sus pecados pasados. Colocar el placer por encima de cosas más importantes como tomar las riendas de Alfonso Shipping. O purgar su castigo por el modo en el que había vivido los últimos trece años, centrándose solo en el placer y en los bienes materiales en vez de mantener una relación con un padre que había sufrido también su propia pérdida. Era un castigo más que justo cuando recordaba cómo habían sido las cosas antes. La muerte de Ana Alfonso. Sí, había crecido rodeado de lujos y había viajado con frecuencia entre Inglaterra, lugar de nacimiento de su madre, con el hogar de su padre en Grecia. Sin embargo, nunca había dudado del amor de sus padres. Se había sentido seguro de un modo que sabía que pocos niños podían estarlo. Siempre se había sentido atraído por las cosas buenas de la vida. Horacio incluso le había prevenido acerca de su gusto por los coches nuevos y las conquistas en sus primeros años en la universidad. Por aquel entonces, el tono había sido de calidez paternal, deun padre que compartía palabras de sabiduría con un niño que se estaba convirtiendo en hombre.


No había tenido nada que ver con la fría desilusión que siguió cuando Pedro perdió por completo el control después de la rápida enfermedad de Ana y de su repentino fallecimiento. Cuando el placer eclipsó a la angustia, había sido imposible volver atrás. Había recibido con los brazos abiertos todo lo que podía distraerlo, ignorando al mismo tiempo todo lo que podía reconectarlo con su padre y llorar junto a él. Demasiado tarde, se había dado cuenta de que debería haber prestado más atención a aquella parte de su vida. Realizó una mueca de dolor. Era horrible darse cuenta de algo tan importante cuando era ya demasiado tarde para hacer algo al respecto. Miró el jardín a través de la ventana. Había sido el orgullo de su madre. Adoraba lo moderno, como él, pero le interesaba también lo antiguo. Aquel amor se plasmó en el castillo y los trabajos de remodelación que ella emprendió para devolverle todo su esplendor. El año antes de que cayera enferma, se había pasado allí largas temporadas, trabajando con los albañiles y con los especialistas en restauración. Por aquel entonces, Pedro se había sentido muy orgulloso de ella. Sin embargo, cuando la pena por el fallecimiento de su madre borró los buenos recuerdos, comenzó a odiar el château. Al principio, se había preguntado si había estado tan ensimismada con la restauración que tal vez había pasado por alto pequeños indicios de su enfermedad. Después, pocos meses después del entierro, su padre lo había invitado a visitarlo cuando ya estaba totalmente terminado. Había declinado la oferta, pero vió la desilusión en los ojos de Horacio. Aquella negativa dio paso a un efecto bola de nieve que afectaría la relación con su padre durante el resto de la vida de éste.


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