miércoles, 15 de abril de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 12

 —Dígame, señor.


—¿Dónde estás?


La voz de Ricardo Nettleton, tan suave como el whisky y tan fría como el hielo, resonó al otro lado de la línea telefónica.


—En Francia, señor.


—Entonces, ¿Estás haciendo progresos?


—Sí, señor.


Más o menos… En realidad, no.


—Bien. No es necesario que te recuerde lo mucho que está en juego con este contrato, Chaves.


—No, señor —respondió ella apretando los dientes. Lo sabía muy bien.


—Bien. La fecha límite es dentro de ocho días.


—Tengo reservado el vuelo de vuelta a Londres el próximo martes, señor.


—En ese caso, te espero el miércoles a las nueve de la mañana en mi despacho con el contrato firmado, Chaves. Quiero verlo con mis propios ojos, pero te agradecería que me fueras informando diariamente.


Paula hizo un gesto de hartazgo con los ojos. Era como si todo su trabajo de los últimos años hubiera quedado en un segundo plano por un maldito documento.


—Sí, señor. 


—Tu futuro en este bufete…


Cuando entró bajo las sombras de los árboles, unas repentinas interferencias hicieron que se cortara la llamada.


—¿Señor? —preguntó Paula, aunque ya no había nadie al otro lado de la línea—. Genial.


Paula se metió el teléfono en el bolsillo. En realidad, no le había disgustado que se hubiera cortado la conversación. «Entra en ese château. Consigue la firma y márchate de aquí». Bajo la frondosa cúpula de los árboles el aire era fresco y le besaba la piel. Le rodeaba una profunda tranquilidad, rota tan solo por el suave crujido de las piedrecitas del camino y el ocasional canto de un pájaro. La tensión que había estado sintiendo hasta entonces se desvaneció lentamente y se vió reemplazada por la paz que llevaba buscando desesperadamente desde que tuvo la mala suerte de que le asignaran el caso Alfonso. La investigación que había llevado a cabo sobre el nuevo presidente de Alfonso Shipping, la tercera generación en ostentar el título desde que se fundó la empresa, le había fascinado. Pedro Alfonso era famoso por su predisposición a disfrutar de placeres sobre los que la mayoría de la gente ni siquiera podía soñar. Botellas de vino cuyo precio superaba las seis cifras. Una pintura contemporánea cuyo valor habría sufragado las matrículas universitarias de dos docenas de estudiantes de su pequeño pueblo. Cenas a base de trufa negra y caviar en los restaurantes más caros del mundo. Y, por supuesto, como demostraban las numerosas fotografías que se le habían tomado a lo largo de los años, una puerta giratoria por la que entraban y salían de su vida las mujeres más glamurosas. Cuando por fin sentó la cabeza con una mujer, esta había sido una supermodelo famosa por lucir el diamante más grande del mundo en una sesión fotográfica ataviada casi exclusivamente con la joya.

No hay comentarios:

Publicar un comentario