Pedro agarró con fuerza la pluma que tenía entre los dedos cuando, a través de la ventana abierta, escuchó que una puerta se cerraba. A menos que hubiera un fantasma en la casa, solo podía ser una persona. En realidad, habría preferido el fantasma. Podría ser que lo turbara menos que Paula Chaves. Hacía dos días que no la veía, desde la mañana en la que entró en su dormitorio y la vio envuelta tan solo con aquel ligero cobertor que tan deliciosamente se ceñía a las curvas de sus senos. Estuvo a punto de perder el control. Nunca había deseado a una mujer tan desesperadamente como la había deseado a ella en aquel momento. Se adivinaba perfectamente las curvas de su cuerpo bajo la tela. Además, parecía que sus rizos tenían vida propia, rodeándole la cabeza como si fueran un halo de color castaño. Y aquellos ojos tan inocentes, tan enormes, enmarcados por oscuras pestañas…
El deseo se había reflejado también en aquellas verdes profundidades, lo que había transformado el suyo en una sensación fiera, peligrosa. Por ello, no le había quedado más remedio que marcharse. Su autocontrol pendía de un hilo, por lo que la retirada era la única opción. Era lo que mejor se le daba. Mantener sus sentimientos bajo control. Sorprendentemente, ella lo había dejado en paz. Era lo mejor. Al menos, eso era lo que se decía mientras trataba de centrarse en cualquier cosa menos la mujer cuya mera presencia lo atormentaba. Por suerte, tenía muchas cosas que hacer, incluso sin las maravillas de la tecnología. Se había llevado copias impresas de documentos financieros, de rutas navieras y resúmenes de cada uno de los miembros de la junta ejecutiva, que él había pedido hacía más de un mes. Esos resúmenes incluían lo que esas personas habían conseguido durante el periodo de tiempo que había estado de baja, lo que querían cambiar y, más importante, lo que querían ver en el futuro. Su padre había llevado a cabo una continuación del legado de su abuelo en la empresa. Y Pedro estaba dispuesto a seguir en la misma línea. Con aquella resolución en mente, se había sentado frente al enorme escritorio de madera de su despacho. Era el ambiente ideal para tomar notas y aprovechar al máximo su repentino deseo de ser productivo. Sin embargo, cada vez que intentaba trabajar, los pensamientos le impedían su propósito. No podía apartarse del pensamiento unos esponjosos rizos castaños que enmarcaban un rostro angelical. Tampoco podía olvidar el esbelto cuerpo cubierto solo por el cobertor ni las largas piernas que había visto y que, en más de una ocasión, había imaginado rodeándole la cintura mientras se hundía en ella una y otra vez. Lanzó una maldición y se puso de pie. Arrojó el bolígrafo sobre el escritorio. Se aseguró que era más que comprensible que estuviera pensando en Paula en aquel momento. Hacía más de un año que no había estado con una mujer. ¿Sería ese el motivo por el que la atracción que sentía por la descarada abogada era tan fuerte?
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