lunes, 30 de marzo de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 5

¿Qué iba a hacer? Alfonso Shipping, el orgullo de su abuelo y el legado que había elevado a la familia de la pobreza vivida durante los años de la Segunda Guerra Mundial a la élite de los más ricos del mundo, estaba dirigida en aquellos momentos por un equipo muy solvente que gestionaba su ausencia. Nadie había cuestionado que deseara tomarse un año sabático. Entre las graves y extensas heridas sufridas y la muerte de su padre, la junta le había reiterado su total apoyo en la reunión telemática que habían celebrado y durante la que Pedro había mantenido apagada su cámara. Por supuesto, aquella insistencia para que descansara no tenía que ver con que quisieran librarse de él, sino porque querían que se recuperara por completo para que regresara más fuerte que nunca. Después de que le pusieran al frente de la división de Alfonso Shipping en Gran Bretaña hacía cinco años, los beneficios habían alcanzado niveles impensados hasta entonces. La junta quería que hiciera lo mismo con el resto de la empresa, aunque eso significara que tuvieran que esperar un año para que él enterrara sus fantasmas y se ajustara a su nueva realidad. Una ligera vibración de su línea privada lo sacó de sus pensamientos.


—Sí.


—Señor —dijo la voz de Luis, profunda y bien modulada—. Una señorita desea verlo.


Si la ira se pudiera manifestar en algo físico, habría empezado a salirle humo de la cabeza.


—Puede decirle a la señorita Dupree que se puede volver a montar en su escoba y marcharse por donde ha venido o irse directamente al infierno. Me importa un comino 

donde vaya.


—Por muy divertido que eso pudiera resultar, señor, no se trata de la señorita Dupree.


Pedro frunció el ceño.


—¿De quién se trata entonces?


—Paula Chaves de Nettleton & Thompson. 


El bufete que se ocupaba de la gestión de los bienes de su padre. Contaba con más de doscientos años de existencia y se ocupaba de las propiedades, las herencias y los fondos de empresarios, políticos e incluso de algún miembro de la familia real. Querían que firmara los papeles que le transferirían oficialmente la fortuna de su padre y la pondrían a su nombre. Paula Chaves era una mujer muy tenaz. Lo había llamado insistentemente y se había presentado en varias de sus oficinas e incluso en la casa de Kent. Pedro sabía que tendría que ceder en algún momento. Tendría que firmar los malditos papeles y reconocer por fin que su padre ya no estaba. Sin embargo, no sería aquel día. No estaba preparado. «Jamás estarás preparado». Decidió ignorar aquella desagradable voz. 

Quédate Conmigo: Capítulo 4

Karina se había dirigido a él llamándolo Pedrito, el diminutivo que tanto odiaba. Comenzó a decirle que lo había echado mucho de menos y le pidió encarecidamente poder verse con él para disculparse. Sin pensárselo dos veces, Pedro lanzó el teléfono a través de la ventana y éste cayó en el estanque que había en el jardín. Aquel mismo día, algo más tarde, su equipo de seguridad sorprendió a dos paparazis. Sintió que su refugio había sido mancillado, por lo que tomó el coche para dirigirse a Londres, al único lugar en el que podría sentirse seguro. El Diamond Club. Entró en el vestíbulo a través de una puerta trasera privada, donde lo recibió un hombre muy corpulento, de nariz aguileña y uno de los bigotes más elaborados que había visto nunca. Luis, como él mismo se presentó, lo condujo hacia el vestíbulo principal y lo hizo subir por una imponente escalera. Entonces, avanzaron por el pasillo hasta llegar a una puerta negra sobre la que destacaba un número 8 de metal dorado.


Pedro llevaba ya seis días allí y no hacía más que dar vueltas por la suite como si fuera un animal enjaulado. Resultaba evidente que su padre no la había decorado para él, sino para su hijo. Enormes ventanas enmarcadas en negro, una pared de ladrillo visto y paredes pintadas en color crema en el resto de la suite reflejaban la calidez con el aspecto industrial que a él tanto le gustaba. Después de la muerte de su madre, había empezado a odiar el encanto del viejo mundo que tenía la finca familiar de Kent, el estilo que su padre habría elegido si hubiera decorado aquella suite para sí mismo. Sin embargo, Horacio había optado el estilo que prefería por aquel momento, un estilo que, según él, significaba progreso. Cada vez que miraba a su alrededor y veía los muebles de cuero, las pinturas originales en las paredes, no experimentaba placer alguno. Solo vergüenza. Vergüenza y un profundo odio hacia sí mismo por haber rechazado todo lo que representaba su padre y haber mantenido las distancias con él. Durante todo aquel tiempo, su padre siguió amándolo desde la distancia. Incluso había sido capaz de sacrificar sus preferencias para decorar la suite del Diamond Club para el desagradecido de su hijo. Tenía todo lo que pudiera desear, pero acababa de descubrir que le faltaba lo único que había tenido desde el principio y que nunca había sabido valorar. La última conversación que tuvo con su padre había sido más una discusión que una conversación. A Horacio le preocupaba todo: Las largas horas de trabajo de su hijo, su relación con Karina… Sus gastos. Pedro apartó el recuerdo antes de que pudiera revivir lo que se produjo a continuación. Se dirigió al balcón y apoyó la frente contra el frío cristal.

Quédate Conmigo: Capítuo 3

No había podido abandonar la seguridad de Kent, la familiaridad de los relucientes suelos de madera, de las antigüedades de las que en el pasado se había burlado. Demasiado tarde, vió el valor, vió la sabiduría de las palabras de su padre. Comprendió su insistencia para que él no se viera atrapado irremisiblemente en la opulencia y en el dinero que tenía en el banco. Huérfano ya de padre y madre, aquellos muebles ya no eran viejas antigüedades que quería reemplazar. La casa ya no carecía de la elegancia que prefería en todas sus adquisiciones. En aquellos momentos, sofás, alfombras y sillas inspiraban recuerdos de un tiempo que nunca podría recuperar. Aquella casa le daba la bienvenida con los brazos abiertos, a pesar de todos los comentarios despectivos qué había hecho sobre ella. Kent se había convertido en un refugio, en un lugar en el que esconderse. La familiaridad de todo lo que le rodeaba, la calidez de un lugar al que una vez había considerado su hogar, le proporcionaba el descanso que ninguno de los imponentes áticos ni las mansiones que tenía podrían ofrecerle. 


Sin embargo, su refugio se había convertido en ruinas hacía solo una semana cuando, mientras paseaba por las orillas del lago privado, una luz a través de los árboles llamó su atención. Al día siguiente, una fotografía de él mirando el suelo con gesto apesadumbrado apareció en la portada de un periódico sensacionalista. La fotografía estaba algo desenfocada, lo suficiente para borrar lo peor de sus cicatrices. Sin embargo, resultaba evidente que ya no era el hombre al que, hasta no hacía mucho tiempo, se le había considerado el más guapo de Europa. El artículo incluía un relato completo del accidente de coche en el que su padre, Horacio Alfonso, perdió la vida. También revelaba que el presidente de Alfonso Shipping poseía una inmensa fortuna. Que él poseía una inmensa fortuna. Miles de millones habían ido a parar a las manos de Pedro Alfonso, el único heredero superviviente. Las llamadas habían empezado menos de una hora más tarde. Los buitres habían comenzado a revolotear, enviándole invitaciones a galas benéficas, a vacaciones en yates privados, a exclusivas cenas y, por supuesto, proponiéndole inversiones que, en ocasiones, solo buscaban apoderarse de una porción de su riqueza. Una riqueza con la que siempre había soñado. Una riqueza cuya posesión le provocaba náuseas. La llamada de Karina había sido la gota que había colmado el vaso. Pedro acababa de colgar el teléfono con su secretaria de Londres. Por ello, cuando su teléfono móvil privado comenzó a sonar, no se preocupó de comprobar la identidad de quien lo llamaba. 

Quédate Conmigo: Capítulo 2

Karina se quedó con la boca abierta. Pasó de mostrarse conciliadora a furiosa en cuestión de segundos y le recriminó atreverse a arrebatarle lo único que le recordaría lo que los dos habían tenido antes de aquel accidente. Solo se quitó el collar de rubíes, valorado en cuatro millones de dólares, cuando él la amenazó con demandarla por robo y asegurarse de que la noticia llegaba a la prensa. Ella se lo lanzó a la cama antes de marcharse apresuradamente de la habitación sumida en un mar de nada. El hecho de que su primer pensamiento hubiera sido «Hasta nunca» decía mucho más sobre la relación que habían tenido a lo largo de seis meses de lo que él nunca hubiera podido expresar con palabras. De hecho, lo que más le dolía era que no le doliera en absoluto.


Con la otra mano, la que no sostenía el vaso de whisky, se tocó la minúscula cicatriz en forma de luna que tenía en el lado derecho de su rostro. La única herida visible en ese lado. Por suerte, el cabello había terminado por cubrirla, pero a pesar de todo, él podía sentirla. Cuando se peinaba el cabello. Cuando esta le palpitaba por las noches que le hacía recordar el dolor que había sentido en el momento en el que su padre gritó su nombre, antes de perder por completo la consciencia. Karina había tenido razón en una única cosa. Efectivamente, él era un monstruo. Por dentro y por fuera. Tomó otro sorbo de whisky. Había madurado sesenta años en las llanuras salvajes de Irlanda y era una de las botellas pintadas a mano que había alcanzado un valor de más de un millón de dólares en el Sotheby’s de Nueva York. Hacía tan solo un año, Pedro estaba en lo más alto del mundo, con una de las modelos más deseadas de Europa a su lado. Ella llevaba alrededor del cuello una de las mejores joyas que el dinero podía comprar y juntos disfrutaban de aquel whisky. Había descubierto que el destino tenía un cruel sentido del humor. Durante los últimos diez años, se había visto consumido por el dinero y la imagen. Cuando oyó hablar por primera vez del Diamond Club hacía cuatro años, descubrió que la envidia lo atenazaba como una fea sombra. El club, situado en una opulenta casa de Londres, ofrecía refugio a las diez personas más ricas del mundo. Se decía que tenía un helipuerto en el tejado, columnas talladas en mármol de Calcuta y suites diseñadas de acuerdo con los gustos particulares de sus residentes. Sin embargo, cuando se puso de pie y comenzó a pasear por la suite que su padre había decorado, ya no sintió envidia. Solo sintió náuseas.


Tres meses después del accidente, cuando las fracturas que tenía en la columna vertebral sanaron lo suficiente para que pudiera retirarse el corsé, una mujer lo visitó en la finca que la familia tenía en Kent. Su padre había diversificado mucho el negocio a lo largo de los últimos años, invirtiendo en empresas tan variadas como las inmobiliarias o las que se dedicaban a la tecnología. Esas inversiones habían tenido como resultado una fortuna valorada en miles de millones de libras. Tras una breve inclinación de cabeza, la mujer le había entregado el sobre y le había dicho que el señor Raj Belanger lo invitaba cordialmente a ocupar el lugar de su padre en el Diamond Club. Acababa de alcanzar uno de sus objetivos más ansiados. A costa de la vida de su padre. Sí, efectivamente, el destino era muy, muy cruel.

Quédate Conmigo: Capítulo 1

Pedro Alfonso deslizó un dedo sobre la cicatriz que le partía en dos la ceja izquierda. Se rozó a continuación el borde del ojo y descendió hasta la mejilla. Otra cicatriz se extendía desde el lateral de la boca hasta la barbilla y resultaba sorprendentemente suave al tacto. A pesar de que se peinaba la barba para cubrirla, se adivinaba de todas maneras un tajo enrojecido y furioso. Aunque estaba sentado en un sillón junto a las puertas de la terraza, con un vaso de whisky en la mano, era capaz de visualizar su desagradable rostro como si se lo estuviera mirando en un espejo. Después de once meses, las cicatrices se habían ido desvaneciendo hasta adquirir un tono rosado pálido. Sin embargo, el tiempo no había borrado los recuerdos de la primera vez que se vió frente al espejo. Puntos uniendo los bordes de las heridas recientes. Ojos inyectados de sangre y con la mirada perdida por la medicación que le habían hecho tomar. Monstruoso.


La voz horrorizada de ella se le deslizó fríamente sobre la piel. Aquella palabra había penetrado hasta lo más profundo de su ser a pesar de que, a lo largo de aquel primer día, recuperaba brevemente la consciencia para volver a perderla otra vez casi inmediata. Ni siquiera su estatus como hijo de un acaudalado magnate naviero con muchos millones en el banco había sido suficiente para conseguir que Karina Dupree quisiera permanecer a su lado, cuando parecía más una bestia que un hombre. «Estoy segura de que lo comprendes, Pedro». Su voz había resultado tan desagradable como el sonido que hacen las uñas al deslizarse sobre una pizarra. Aquel sonido se le había clavado en el cerebro como si fueran las afiladas garras de un águila mientras trataba de asimilar el hecho de que mientras, él había sufrido unas gravísimas heridas, su padre había perdido la vida. Y todo porque él no había prestado atención. Se había centrado exclusivamente en sí mismo, algo de lo que su padre acababa de acusarlo. Entonces, de repente, su mundo se había puesto patas arriba con un horripilante golpe y chirriantes metales retorcidos. Aquel ruido se hacía eco en su mente sin que él pudiera evitarlo. Entonces apartó la mano del rostro y bebió. El whisky solo le abrasó la garganta. Siempre evitaba emborracharse. Era una salida demasiado fácil. Solo bebía lo suficiente para aplacar el dolor. Monstruoso. Karina fue a visitarlo el segundo día de hospital. Llevaba el reluciente cabello rubio muy elegantemente recogido, lo que hacía destacar perfectamente su pálido rostro y sus perfectos rasgos. Una belleza en la que él ni siquiera se fijó mientras luchaba contra el dolor y la pena. Ella le colocó la mano sobre el hombro y la apartó rápidamente. Sus gruesos y hermosos labios esbozaron una mueca de repulsión cuando vió la sangre que manchaba las vendas. Bajo esas mismas vendas, la ira hervía dentro del cuerpo de Pedro. Su padre acababa de morir.


—Estoy segura de que lo comprendes, Pedrito.


—Devuélveme el collar. 

Quédate Conmigo: Sinopsis

No quería su herencia… Pero sí la quería a ella.


Pedro Alfonso había rechazado la herencia multimillonaria de su padre. Lo consideraba un castigo justo por su responsabilidad en la muerte de su progenitor. Desgraciadamente, Paula Chaves, la abogada especialista en bienes raíces, no iba a rendirse tan fácilmente. En medio de una furiosa tormenta, la atractiva Paula apareció en la puerta de su château totalmente decidida a conseguir que él aceptara la herencia.


Paula necesitaba la firma de Pedro. La trayectoria profesional por la que había puesto su vida en espera dependía de ello. Sin embargo, aislada allí a solas con el taciturno magnate, no podía escapar al embriagador magnetismo que había entre ellos. La cuestión era si, en realidad, quería hacerlo.

miércoles, 25 de marzo de 2026

Venganza Y Seducción: Epílogo

Pedro cerró los ojos, satisfecho mientras se mecía suavemente en la hamaca bajo el sol naciente. Acurrucado sobre él, la regordeta mejilla apretada contra el pecho, dormía su hijo menor, Baltazar. Con solo dieciocho meses, el pequeño ratoncito, como lo llamaba cariñosamente Paula, acababa de aprender el arte de escaparse de su cuna. Aquella mañana había entrado en el dormitorio de sus padres y lo despertado, que lo había sacado a ver el amanecer. Intentó no suspirar al pensar que pronto regresarían a Europa. Olivia, su hija mayor, estaba a un par de semanas de empezar el colegio. Habían sopesado contratar a un tutor para poder seguir pasando seis meses al año en el refugio caribeño, pero sería egoísta por su parte. Los niños necesitaban compañeros de juegos. St. Lovells estaría allí para las vacaciones escolares, y cuando toda su prole hubiera volado del nido, lo convertirían en su hogar permanente. Al menos, ese era el plan. Nadie sabía cuánto tiempo tardaría eso en suceder. Mirando por el rabillo del ojo, vió a su embarazadísima esposa acercase con una enorme caja envuelta para regalo. Olivia la seguía con unas cuantas cajas más pequeñas. Su familia. Cómo los amaba. A veces miraba los rostros felices de sus hijos y su corazón se henchía tanto que dolía. Miraba a su esposa, contemplaba su cabello castaño oscuro y su cuerpo curvilíneo, y esos hermosos ojos azules que siempre brillaban con amor, y daba gracias a los dioses por haberlos unido. Seis años de matrimonio, y su devoción mutua no había hecho más que crecer. Ella era todo su mundo. Sus hijos eran su universo.


—¡Feliz cumpleaños, papá! —gritó Olivia.


Pedro abrió los ojos del todo y fingió sorpresa.


—Feliz cumpleaños —balbuceó sonriente Baltazar.


Apretando la nariz de su hijo, Pedro lo abrazó con fuerza y se bajó de la hamaca. Paula sonreía resplandeciente. La caja era prácticamente tan alta como ella.


—Feliz cumpleaños, guapísimo. Apuesto a que no adivinas qué es… ¡No se lo digas, Oli!


Mientras su hija colocaba cuidadosamente las otras cajas sobre la mesa, fingió reflexionar.


—Hmm. ¿Qué puede ser?


Se las arreglaron para cambiar a Baltazar por la caja, y así Pedro rasgó sonriente el envoltorio, imaginándose la ocurrencia de su esposa. Era un flotador de arrastre. Todos los años le regalaba lo mismo por su cumpleaños. Estaba haciendo una gran colección. Pero cada uno estaba decorado de manera diferente, y se echó a reír al ver el nuevo, pintado con caricaturas de su esposa y sus dos hijos. Lo colocó contra el árbol al que estaba atada la hamaca, abrazó a Paula con Baltazar en brazos, y la besó apasionadamente.


—Gracias —murmuró.


—Un placer —susurró ella—. Tendrás el resto del regalo cuando los niños se acuesten.


—Lo estoy deseando —Pedro fingió fastidio y le apretó el delicioso trasero.


—¡Déjalo ya, tonto, y abre nuestros regalos! —exclamó Olivia.


Riéndose aún más, levantó a su hija en brazos y le plantó un beso enorme en la mejilla. No había día en que Pedro no se considerara el hombre más afortunado del mundo.






FIN

Venganza Y Seducción: Capítulo 81

 —No han pasado ni diez horas desde que te fuiste, las diez horas más largas de mi vida. Lo que tenemos… Tienes razón. Podría vivir un millón de años y no volvería a encontrarlo.


—¿Y tu hermana?


—Ella me quiere. Me acabará perdonando, pero ahora necesito que me perdones tú.


—Mia amore… —una burbuja de esperanza empezó a crecer dentro de él—. No tengo nada que perdonar. No reaccioné bien. Yo también lo siento —respiró hondo—. Creo que tengo un problema con el rechazo.


—Puede que uno pequeñito —Paula sonrió.


Él enarcó una ceja, y una pequeña carcajada escapó de los labios de Paula, que le rodeó el cuello con los brazos. Pedro la abrazó con más fuerza y se besaron con tanta pasión y amor que la burbuja de esperanza estalló con fuerte alegría, disipando los últimos temores de él.


—Tu reacción fue comprensible —murmuró ella—. Los dos tenemos problemas con el abandono.


—Teníamos —la corrigió él—. Ya no. Me amas y nunca me abandonarás.


—Y tú me amas y nunca me abandonarás.


—Nunca.


—Nunca.




Paula se estiró entre las sábanas de seda de la cama de Pedro… De ambos… Y bostezó. Adoraba esa habitación. Esa cama. Ese ático. Solo había pasado dos noches allí, pero ya se sentía en casa. Lo único que le impedía saltar hasta las nubes era el miedo por lo que pasaría cuando Delfina regresara. Pedro le había devuelto el teléfono y, al consultarlo, no había ningún mensaje de ella. En cierto modo, le había facilitado mantener el silencio, sobre todo cuando los contactos de él confirmaron que ella seguía en el extranjero con Ezequiel. Al abrirse la puerta de la habitación, se incorporó con una sonrisa por la alegría que le producía ver a su marido después de haber estado separados durante quince minutos enteros, mientras él preparaba el desayuno. Su cara y sus manos vacías borraron esa sonrisa.


—¿Qué ha pasado? —preguntó.


—Ezequiel me ha enviado un mensaje —Pedro sacudió la cabeza y se sentó a su lado.


A Paula le dió un vuelco el corazón. Pedro también esperaba el regreso de su primo a Londres para contarle lo de su boda.


—¿Sabe lo nuestro?


—No estoy seguro, pero el mensaje no era por eso. Me ha pedido que te lleve al aeródromo.


—¿Por qué?


—Delfina vuela de regreso al Reino Unido. Ezequiel dice que ella te necesita.


Paula sintió como si le hubieran inyectado hielo en las venas. Como hermanas, estaban unidas y siempre se habían apoyado emocionalmente, pero Delfina nunca la había necesitado. Mirando fijamente al hombre que aún le costaba asimilar que era su marido, creció en ella la profunda certeza de que su hermana estaba muy angustiada.


—¿Vendrás conmigo? —susurró.


—Mia amore —Pedro la abrazó con fuerza—, te seguiría hasta el fin del mundo —la besó con dulzura—. Llamaré a nuestro chófer. Podemos salir en diez minutos. Nuestro chófer. 


Nosotros. Palabras simples, pero llenas de significado. Eran dos. Juntos. Para siempre.

Venganza Y Seducción: Capítulo 80

Pedro llevaba más de dos horas sentado en su balcón sin apenas atreverse a respirar por si Paula lo oía, maldiciéndose por no instalarla en un camarote lejos del suyo. No quería tener nada que ver con ella, ni siquiera verla, y cuando había llamado a su puerta, se había complacido en ignorarla. ¿Qué demonios quería de él? Así que estaba atrapado en su balcón, esperando a que ella volviera a entrar, para poder vaciar la botella de whisky que llevaba con él. Hubo movimiento. ¡Bien! Debía de estar entrando. No, estaba dando pisotones, algo inusual, dado su paso ligero y elegante. Lo único que quería era emborracharse, para no darse cuenta cuando el yate atracara y ella desapareciera de su vida. Navegaría hasta Barbados y allí tomaría su jet de regreso a Londres. Así era más seguro. Sin riesgo de tropezarse accidentalmente con ella. Los pisotones cesaron. Excelente. Se cruzó de brazos y esperó impacientemente a que Paula entrara. Un golpe sordo lo levantó de un salto. ¿Qué demonios…? El pensamiento apenas se había formado cuando un aullido animal de agonía rasgó el aire.


—¿Paula? —gritó él, corriendo hacia la separación entre los balcones. ¿Por qué demonios había insistido en que la separación fuera lo bastante amplia para procurar total intimidad? Volvió a llamarla, pero solo oyó unos sollozos desgarradores—. Quédate donde estás —le ordenó—. Ya voy.


Salió de su camarote y corrió directamente hasta la puerta de Paula, que, por suerte no estaba cerrada con llave. La abrió y corrió hasta el balcón. Lo que vió lo detuvo en seco. Ella estaba acurrucada en el suelo, en posición fetal, sollozando, sufriendo sacudidas por todo el cuerpo. En un instante, él estuvo a su lado, acunándola en su regazo.


—¿Dónde te duele? —le preguntó—. Por favor, mia amore, dime dónde estás herida.


Lentamente, Paula comprendió que no soñaba. Alucinar con la voz de Pedro era más de lo que podría soportar, y se había tapado los oídos, llorando tan fuerte que sentía las costillas magulladas. Tentativamente, todavía temiendo que él desapareciera en un parpadeo, tocó su mejilla.


—¿Pedro? —preguntó, dubitativa.


—Dime dónde estás herida —insistió él.


—¿Herida?


—Te has hecho daño —el acento italiano era más fuerte que nunca—. Por favor, dime dónde te duele.


—Aquí —más lágrimas rodaron por su rostro mientras Paula se llevaba una mano al corazón.


—¿Qué has hecho?


—Alejarte.


Pedro no comprendía.


—Soy la mayor tonta del mundo —ella le tomó el rostro—. Por favor, perdóname. Dame otra oportunidad. Por favor, no me abandones. No podría soportarlo. Te amo, Pedro, y quiero construir una vida contigo.


Pedro apenas se atrevía a creer lo que decían sus labios y sus ojos suplicantes.

Venganza Y Seducción: Capítulo 79

Mejor así. Una ruptura limpia. De todos modos, habría sucedido en unos días. Pero en las pocas ocasiones en que lo había imaginado, brevemente, porque las náuseas acudían con fuerza cada vez, se habían separado con cariño. Se ciñó el echarpe sobre los hombros y deseó poder llamar a Delfina, decirle que sabía lo que había hecho, pero que no importaba, porque el motivo que le había impulsado a mentirle debía ser importante. Cuanto más pensaba en ello, más le dolía que no le hubiera confiado ese motivo. Pero no podía llamarla. Había dejado el teléfono en el vestidor de Pedro. De todos modos, aunque se hubiera acordado del teléfono, no podría hablarle a su hermana del dolor que sentía… ¿O sí? La fría voz de Pedro resonaba en sus oídos. «Cobarde». ¿Cómo podía ser cobarde? ¿Y esa ridícula afirmación de que tenía problemas de abandono? Una chispa de ira prendió en ella. Si tenía problemas de abandono, que no los tenía, ¿No había demostrado el comportamiento de Pedro que tenía razón en tenerlos? 


De repente, el frío la abandonó. Paula se levantó de un salto y paseó por el balcón, deseando que Pedro estuviera a bordo para poder soltarle las verdades que ojalá hubiera pensado antes. Que era muy injusto llamarla cobarde por anteponer los sentimientos de su hermana a los suyos. Que al menos no apartaba de su vida a quien la abandonaba, aunque se lo mereciera, como había hecho él con su madre. Que… que… que… Las estrellas empezaron a desdibujarse. Y luego a girar. Aturdida, se tambaleó hasta su asiento y respiró hondo, esperando a que se le pasara el mareo. Pero no pasó, creció y creció mientras la verdad ascendía por su estómago, pecho y su garganta. Era una cobarde. Claro que Delfina la perdonaría. Quizá no de la noche a la mañana, pero con el tiempo lo haría, igual que ella le perdonaría cualquier cosa, incluso que la mintiera sobre algo tan peligroso como los primos Alfonso. Pedro solo era peligroso en el sentido de que podía romper una relación sin pestañear. Se había obsesionado con él y su rastro de corazones rotos durante tantos años que dar ese salto, ¿Cómo lo había llamado? ¿Salto de fe?, había sido demasiado aterrador. Porque las adicciones de sus padres habían sido como un abandono, como si ella no fuera suficiente para mantenerlos sobrios y en la tierra con ella. Ni siquiera a su madre. Hacía tiempo que lo había aceptado y los había perdonado a los dos, pero la había dañado, aunque ni siquiera se había dado cuenta. Por eso, cuando había llegado la oportunidad de entregarse en cuerpo y alma a Pedro, se había acobardado porque, en el fondo, temía que él también la abandonara. Y por eso lo había alejado antes de que lo hiciera él. Pero la verdad exigía enfrentarse al hecho de que él nunca la habría abandonado. Porque esa magia alquímica de química y deseo apasionado, de la unión de mentes y humor, los había capturado, entretejiendo sus corazones. Eran el uno para el otro. Y ella lo había tirado a la basura, demasiado asustada para aceptar lo que él le ofrecía. No era de extrañar que hubiera estado frío y furioso. Por primera vez desde que su madre lo había abandonado, Pedro había entregado su corazón, y Paula lo había rechazado. A lo lejos apareció la oscura sombra de la tierra que se aproximaba, y saber que en aquella isla estaba el aeropuerto desde el que tomaría el vuelo que la alejaría de él, la quebró. Cayó de rodillas con un golpe seco, abrió los pulmones y aulló.

Venganza Y Seducción: Capítulo 78

 —¿Cómo puedes decir eso? —ella se sentía como si la hubiera abofeteado—. Sabes por lo que hemos pasado y lo que significamos la una para la otra.


—A eso me refiero —espetó él—. Si tu hermana te quiere tanto como tú a ella, querrá lo mejor para tí. Querrá que seas feliz. Si lo desearas lo suficiente, la convencerías. No niego que se enfadará y se sentirá traicionada, pero con el tiempo cederá. Quizá nunca me aceptara como cuñado, pero seguro que no querría perderte. Pero nunca lo sabremos. Y yo nunca sabré si Ezequiel podría perdonarme, porque tienes tanto miedo de que acabe abandonándote, que prefieres aferrarte a la falda de tu hermana y usarla como excusa antes que dar un salto de fe conmigo.


—No tengo miedo —susurró ella.


—Mentirosa —Pedro se levantó y se sacudió la arena—. Menuda confianza tenías en mí.


Incapaz de soportar un instante más la espantada expresión de cobarde, Pedro giró sobre sus talones y se alejó de ella.


—¿Adónde vas? —Paula se levantó, presa del pánico.


—A llamar al capitán Caville. El Palazzo delle Feste está amarrado en una isla a cincuenta kilómetros. No tardará mucho en llegar. Te sugiero que hagas las maletas.


—¿Qué? ¿Nos vamos? —Paula casi tuvo que correr para alcanzarlo.


—No quiero quedarme aquí ni un minuto más de lo necesario.


—Pero no nos esperan en Londres hasta dentro de un par de días.


—Nuestro tiempo aquí ha terminado.


—Por favor, Pedro, no dejes que termine así.


—¿Qué demonios quieres? —él se detuvo bruscamente y giró sobre sí mismo—. ¿Unos días más de diversión? No, tú has tomado tu decisión y yo la mía. Navegaremos hasta la isla más cercana con un aeropuerto que vuele al Reino Unido y te compraré un billete para regresar a casa.


—¿Y tú qué? —preguntó ella, aturdida por la implacable frialdad de Pedro.


—Eso, bella —prácticamente escupió el apelativo—, no es asunto tuyo. Mi abogado te llamará para tratar la disolución de nuestro matrimonio —había aún más veneno en su voz—. No esperes nada de mí. Este matrimonio no significó nada. No significamos nada. Disfruta de tu vida.


Cuando las largas piernas se pusieron en marcha de nuevo, Paula lo dejó ir.



Sentada en el balcón del camarote del Palazzo delle Feste, Paula contemplaba las estrellas. A pesar de la cálida noche, estaba enfundada en el echarpe que llevaba para el impredecible tiempo de Londres. Estaba helada desde que Pedro la había arrancado de su vida de forma fría y despiadada. Desde que había embarcado, no lo había visto ni oído. Había vagado sin rumbo, esperando y temiendo encontrárselo. Incluso había llamado a la puerta de su camarote, pero sin respuesta. Probablemente era para bien. No habría sabido qué decirle. Debía haber cambiado de idea, quedándose en St. Lovells.

Venganza Y Seducción: Capítulo 77

 —Pedro… Dices que no guardo rencor ni rabia hacia mi madre, que aprendí a comprenderla, perdonarla y ayudarla. No fue fácil. A veces la odiaba por lo que se hacía, pero nunca desesperé, porque tenía a mi hermana. La he admirado toda mi vida. Delfina mantuvo unida lo que quedó de nuestra familia, me mantuvo cuerda. Ella ayudó a mamá. Yo solo ayudé a Delfina a ayudarla. Ella me protegió de los matones en el horrible colegio al que nos enviaron después de que papá… —Paula respiró hondo antes de mirarlo directamente a los ojos—. Sé que papá te estafó. Te creo. Si dices que también estafó a otras empresas y personas, te creo. Y si dices que ella me mintió sobre encontrar pruebas de corrupción contra ustedes, también te creo.


Cuánto dolía admitirlo. Paula se secó las lágrimas.


—Te creo, Pedro —añadió—. Me mintió.


Que Dios la ayudara, estaba creyendo más en la palabra de Pedro que en la de su propia hermana. Pero desde el momento en que él había negado toda corrupción, ella supo en el fondo de su corazón, que decía la verdad. Era una verdad que se había ocultado a sí misma en los hermosos días que acababan de compartir, enterrándola porque se había enamorado locamente y deseaba egoístamente disfrutar ese tiempo con él, porque él también tenía razón en que lo que ella sentía por él jamás podría repetirse. Sin embargo, siempre había sabido que tendría que terminar. Lo que no sabía era cuánto dolería.


—¿Me crees? —él se frotó la nuca y respiró hondo.


—Pero eso no cambia nada. Los odia demasiado a tí y a tu primo. Su mentira debe haber nacido de la desesperación, no hay otra explicación. En los días previos a mi viaje al Caribe estaba tan tensa, porque por fin llegaba nuestra hora, que pensé que iba a romperse. Nuestro fracaso la destrozará. No puedo empeorarlo. No puedo traicionarla.


—Ya lo has hecho —afirmó Pedro.


—Lo sé —Dios, iba a llorar otra vez—. Pero esto, lo que hemos compartido, pronto será solo un recuerdo. Abandonarla para construir una vida contigo la destrozaría. Ella nunca me perdonaría.


—¿No crees que es lo mismo para mí?


Sorprendida por la dureza en su voz, Paula lo miró. La frialdad en sus ojos la hizo temblar.


—¿No crees que Ezequiel pensará que lo he traicionado? Yo, la única persona en el mundo en quien confía, enamorándome de una de las mujeres que intentó destruirnos —cuanto más hablaba, más se extendía la gélida furia acumulada mientras Paula enumeraba sus excusas—. ¿Enamorarme de la hija de Miguel Chaves y querer construir una vida con ella? Y no olvides que, en todo esto, Ezequiel es tan víctima como yo. Más aún. Mientras tú y yo nos divertíamos, él luchaba por la supervivencia de nuestra empresa. ¿Crees que yo no sabía cuáles serían las consecuencias? La diferencia es que yo te amo y estoy dispuesto a perderlo todo por estar contigo. Pero tú… —impregnó su voz de todo el desprecio que pudo—. Eres una cobarde. Ni siquiera lo intentas, y usas a tu hermana como excusa.


Venganza Y Seducción: Capítulo 76

Pero sería mentira. No tenían futuro. En unos días tomarían caminos separados. Así tenía que ser. Ella lo miró fijamente, suplicándole con los ojos que comprendiera, rogándole en silencio que no dijera las palabras que la obligarían a hacerle daño, a hacérselo a los dos. Hacía solo dos semanas, Paula no habría creído que ella, o cualquier otra mujer, tuviera el poder de hacer daño a Pedro Alfonso. Tampoco habría creído que él lo tuviera de hacérselo a ella. Se había creído inmune a él, demasiado estúpida para comprender que ya estaba medio enamorada de él. Pedro abrió la boca. «¡No!», quiso gritar ella. «Por favor, no».


—Te amo, Paula —susurró él, rompiéndole el corazón—. Sé que nuestra boda fue un farol, que los dos creímos haber perdido, pero…


—Por favor, Pedro, no —ella se sentó y sacudió la cabeza.


Pedro parpadeó confuso.


—No lo digas —suplicó ella—. Jamás podrá ser. Lo sabes.


Él la miró fijamente, sujetándole con fuerza la mano. Las emociones visibles en su rostro.


—Dime que no me amas.


—No lo hagas.


—Dime que no me amas.


—Por favor.


—Dime que no me amas y pondré fin a esta conversación, y pediré la anulación en cuanto volvamos a tierra firme. Solo tienes que pronunciar las palabras.


—No te am… —la lengua de Paula se negó a cooperar, a pronunciar la mentira. Soltó su mano y hundió el rostro entre las rodillas. Y lloró—. No puedo.


—Me amas, bella —Pedro se obligó a respirar. La incapacidad de Paula para refutar su amor no alivió la tensión que lo atenazaba—. Lo que hemos encontrado escapa a nuestro poder. No pude evitar enamorarme de tí y tú tampoco de mí. La chispa surgió desde el primer momento. Nuestra boda fue una farsa, pero nuestro matrimonio no tiene por qué serlo. No sé cómo haremos que funcione, pero sé que podemos, porque lo que tenemos es demasiado especial para arrojarlo por la borda. Ni en un millón de años habría imaginado sentirme así por alguien. Danos una oportunidad. Por favor, no le des la espalda a algo que podríamos buscar eternamente y nunca encontrar.


Cuando Paula levantó la cara hacia él, las lágrimas rodaban por su rostro. Ese fue el momento en que Pedro supo que había perdido.


—No puedo —ella sacudió la cabeza y se atragantó—. Debes entenderlo.


—Entiendo que nos amamos.


—Deja de decir eso, solo lo hace más difícil. Nunca podremos estar juntos. No puedo traicionar a Delfina. Tienes que volver a tu vida y dejarme volver a la mía.


—Delfina te traicionó.


—No —ella sacudió la cabeza—. Jamás.


—Te mintió. En el fondo de tu corazón, lo sabes.


—¡No! ¡No lo haría! Y aunque lo hubiera hecho, tendría sus razones. ¡Tú no lo entiendes!


—Pues, explícamelo. Dime por qué estás tan dispuesta a deshacerte de nosotros.


—¡No quiero deshacerme de nosotros! Quiero estar contigo, pero es imposible.


—Explícamelo. Me lo debes.

miércoles, 18 de marzo de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 75

 —No lo he visto desde que abandonamos Umbria —explicó él—. No quiero volver a verlo.


Paula le apretó una mano.


—Ezequiel y yo sabíamos que cambiarnos de apellido les golpearía donde más dolería.


—¿Su ego? —adivinó ella.


—Sé que a mi padre mi éxito lo estará matando, también saber que no ocupa ningún lugar en mi vida —él sonrió—. Quería que me viera con lo mejor que el mundo puede ofrecer, sin poder atribuirse siquiera el mérito de mi apellido.


—¿Y lo mejor de todo incluía a las mujeres?


—Sí —Pedro asintió y, al decirlo en voz alta, comprendió hasta qué punto su actitud con las mujeres había sido… Misógina—. Si hace dos años me hubiera cruzado contigo por la calle, ni te habría mirado. Quería lo que creía que era el sueño masculino: La supermodelo de mi brazo y en mi cama.


Se merecía el dolor y el disgusto que curvaron la boca de Paula, y apretó suavemente su mano para impedir que ella la apartara.


—Tengo que ser sincero contigo —continuó—. Después de cómo empezamos, de todas las mentiras, no quiero que ningún engaño se interponga entre nosotros.


Paula parpadeó.


—No te habría mirado porque me había entrenado para ver solo mujeres altas, rubias y obviamente ricas —continuó—. No necesitaba ver más, porque no buscaba más. No me interesaba nada real —Pedro sonrió y le besó la mano—. Todo este tiempo a tu lado, Paula, cómo me haces sentir… Y estar contigo me ha devuelto el pasado como no había sucedido en mucho tiempo. Ahora pienso en mi madre, sola en Milán y, por primera vez en más de dos décadas, no la odio por no haber vuelto.


—Quizá no pudo —sugirió Paula en voz baja. 


Algo en el tono de Pedro y en la forma en que la miraba le aceleró el corazón. Por primera vez en una eternidad, había pavor en esos latidos.


—Pudo —él hizo una mueca y sacudió la cabeza—. Primero huyó a un refugio para mujeres. Lo sé porque me lo contó mi tía. Allí debieron ayudarla, pero ella decidió no hablarles de mí.


Un gemido escapó de la garganta de Paula.


—No sufras por mí, cara —Pedro sonrió—. Gracias a tí ahora puedo enfrentarme a mi pasado como nunca me había permitido. No quiero que siga teniendo poder sobre mí. Mi madre me dejó porque no me quería lo suficiente como para llevarme con ella.


—No me lo creo —susurró ella. 


¿Cómo podía una mujer no amar a Pedro, más aún, su madre?


—Creo que mi padre le arrancó el amor a golpes —él le rozó la mejilla con un dedo—. Nunca se volvió a casar, ni ha tenido amantes. Ni siquiera tiene amigos. Solía alegrarme por ello, pero ahora… —su pecho subió y bajó de golpe—. Paula, tu madre también te abandonó a su manera, pero tú no le guardas rencor. Intentas comprenderla y ayudarla, perdonarla. Y eso debo hacer yo. Perdonar a mi madre por lo que le tocó en suerte y confiar en que su abandono no fue culpa mía —sus ojos se clavaron en los de ella—. Y confiar en que no tiene por qué afectar al resto de mi vida.


El temor que había ido creciendo en el corazón de Paula era tan fuerte que casi la ensordecía. El instinto le gritaba que cambiara de tema, pero también anhelaba abrazarlo con fuerza y jurarle que podía confiar en ella, que siempre estaría a su lado. Que nunca lo abandonaría.

Venganza Y Seducción: Capítulo 74

Pedro alzó el balón por encima de la cabeza, pero lo dejó caer. Al tener las piernas tan largas, el agua solo le llegaba al muslo, acortó rápidamente distancias. Con una rapidez y elegancia impropia de un hombre de su envergadura, la agarró por la cintura y la lanzó por los aires. Paula aterrizó de espaldas con un chillido, pataleando y agitando los brazos hasta sumergirse. Emergió, intentando por todos los medios no reírse, tarea complicada ante las risotadas que salían de la boca de él. Acercándose a gatas, lo agarró por las pantorrillas.


—¿Creías que podías derribarme? —se burló él mientras la volvía a levantar por la cintura. 


Por segunda vez en menos de dos minutos, Paula volaba por los aires y aterrizaba con un chapoteo. Cuando emergió, la pelota estaba a su alcance. Agarrándola, se la lanzó y le dió en la frente.


—Te has pasado —Pedro sacudió la cabeza y vadeó hacia ella como una pantera al acecho.


Paula reía a carcajadas, con el agua por el pecho, e intentó alejarse de él nadando. Apenas había dado tres brazadas cuando él le agarró un tobillo y tiró de ella hacia abajo. Salió respirando entrecortadamente. Gianni le rodeó la cintura con un brazo y la llevó a la playa. Riendo demasiado como para poder gritar o protestar, ella le golpeó débilmente los hombros cuando la tumbó en la arena.


—Te acabo de salvar la vida —la amonestó él con severidad—. Ahora deja de reírte para que pueda darte el beso de la vida.


Apretando los labios para que no se le escapara la risa, Paula se hizo la muerta. El esperado beso tardó mucho más en llegar de lo previsto. Abrió un ojo y descubrió a Pedro mirándola con una expresión que le oprimió el corazón. Le puso una mano en la mejilla y le acarició la barba. Él la tomó y la besó con reverencia.


—Eres preciosa, ¿Lo sabías?


—Tú me haces sentir preciosa —susurró ella, el pecho llenó de una emoción que no comprendía.


—Eres hermosa, Paula, y quiero que me prometas que no volverás a matarte de hambre.


Paula pensó en las comidas que habían compartido los últimos seis días, cómo la felicidad y el maravilloso sexo habían aumentado su apetito, cómo sus bikinis, la única ropa que se había puesto desde que eran amantes, ya le apretaban las caderas. La emoción aumentó aún más.


—Me maté de hambre para atraparte.


—Lo suponía —Pedro volvió a besarle la mano—. Imagino por qué sentiste que necesitabas hacerlo, y teñir tu hermoso cabello —sacudió la cabeza—. Ninguna de esas mujeres era real para mí, Paula.


—¿Qué quieres decir?


—Eran símbolos de estatus —Pedro intentó ordenar sus pensamientos—, como mis casas, los relojes que llevo, los coches que conduzco o conducen para mí. Una forma de alardear ante mi padre.


Ella se limitó a mirarlo.

Venganza Y Sedución: Capítulo 73

Paula intentó desesperadamente reprimir las lágrimas. No quería llorar delante de él, pero la realidad acababa de irrumpir en sus vidas. Se había negado a pensar en otra cosa que no fuera Pedro desde que se habían hecho amantes. Para él también había sido así, estaba segura. Habían vivido en una burbuja íntima y soñadora. Cuando no hacían el amor, hablaban de muchas cosas, largas conversaciones llenas de risas. Habían llegado a conocerse como quienes realmente eran, pero no habían hablado del primo ni del negocio de él, ni de la hermana o los padres de ella. Lo que tenían era demasiado especial, mágico, como para permitir que lo que acabaría con el sueño lo estropeara durante el tiempo que tenían.


—Ya puedes irte a casa —anunció él.


—¿Quieres que me vaya? —a Paula le entraron más ganas de llorar.


—No —él sacudió la cabeza.


—Bien —susurró ella—. Porque yo tampoco me quiero ir.


—Tu teléfono está en mi vestidor — Pedro cerró los ojos, aliviado, y se encogió de hombros.


—Lo había olvidado por completo —Paula sonrió.


—Puedes llamar a tu hermana.


—Dijiste que estaba a salvo —había un motivo por el que no se había permitido pensar en Delfina.


—Lo está.


—Entonces no necesito llamarla. Todavía no.


Por cómo Pedro la miraba, ella tuvo la sensación de que sabía lo desgarrada que se sentía. Paula le rodeó el cuello con los brazos y lo besó apasionadamente. Él no tenía que regresar a su vida real en cuatro o cinco días, y ella pensaba extraer cada gramo de placer y alegría que le proporcionaba él hasta agotar ese tiempo. La realidad podía esperar. El mar estaba mucho más cálido de lo que ella esperaba, y ni siquiera se inmutó cuando le cubrió las piernas. Cuando llegó al ombligo, se detuvo.


—Hasta aquí he llegado —declaró.


—Cobarde —se burló Pedro con esa sonrisa que nunca dejaba de provocarle un vuelco al corazón.


—No lo soy.


—Sí lo eres —Pedro le lanzó la pelota de playa.


—No lo soy —ella la atrapó y se la devolvió.


—¿Cómo voy a hundirte si no avanzas más allá del estómago? —la sonrisa de Pedro se amplió.


—¿Quieres que me ahogue? —preguntó ella, fingiendo indignación.


—No —él le lanzó la pelota con fuerza—. Quiero rescatarte para darte el beso de la vida.


—Si vas a hacer de socorrista, necesitas uno de esos flotadores —le recordó ella.


—Estoy deseando recibirlo por mi cumpleaños.


—Hará falta mucho papel para envolverlo —contestó ella, empleando toda su fuerza para lanzarle la pelota, y riéndose cuando por fin le acertó en la cabeza.


—¡Lo has hecho a propósito! —exclamó Pedro, metiéndose la pelota bajo el brazo.


—No sé de qué me hablas.


—Tienes una vena malvada —él se acercó a ella.


—Solo para las pelotas de playa —sonriendo, Paula retrocedió, tratando de escapar.

Venganza Y Seducción: Capítulo 72

Lentamente, las embestidas se alargaron y profundizaron, el placer aumentó hasta que ella no fue más que un amasijo de terminaciones nerviosas y la ardiente presión dentro de ella estalló. Con un grito prolongado, Paula enterró la boca en el cuello de Pedro y se agarró con fuerza mientras la inundaban oleadas de felicidad. Lo oyó  gemir y, con una furiosa embestida, sus ingles se unieron por última vez. Enterrado tan profundamente dentro de Paula como jamás había soñado que fuera posible, el clímax de Pedro rugió a través de él. Intentó hundirse más, ella intentó tirar más de él, ambos deseando prolongar el placer todo lo posible, hasta que no quedó más que un silencio aturdidor.



Pedro observó el rostro dormido vuelto hacia él y sonrió al ver la mancha de pecas en la nariz y las mejillas de Paula, iluminadas por la primera luz del sol de la mañana. La tentación de despertarla era fuerte, pero su conciencia no se lo permitía. Debía estar agotada. Tres días y cuatro noches de amor casi constante le habían provocado unas leves ojeras. En cuanto a él… No recordaba haberse sentido nunca tan bien. Tan vivo. Con cuidado, se tumbó boca arriba y estiró un brazo por encima de la cabeza.


—Buenos días —Paula había abierto los ojos, y una sonrisa soñolienta jugueteaba en sus labios.


Él se inclinó y rozó sus labios con un beso. La sonrisa se amplió.


—Es temprano —susurró—. Vuelve a dormir.


—No quiero dormir —ella se acurrucó contra él y puso una mano en su pecho.


Pedro le tomó la mano y suspiró, sabiendo exactamente a qué se refería. Los cuatro días que habían pasado como amantes habían transcurrido como un sueño. Habían estado solos. La habitación de él ocupaba toda la segunda planta, un amplio espacio diáfano con la cama emperador hecha a mano, una pequeña mesa de comedor, un gran sofá esquinero, un bar, un vestidor y un cuarto de baño. Comían lo que el personal dejaba en la puerta. Bebían del bar, que se llenaba mientras estaban en la piscina. Era como si fueran las dos únicas personas en el mundo. Levantó la cabeza al oír un ruido y vió cómo deslizaban una nota por debajo de la puerta. Besó a Paula, saltó de la cama y tomó la nota. La abrió y la miró. Ella había apartado las sábanas y adoptaba una pose tan provocativa que él casi tiró la nota sin leer. Casi. El mensaje era de Ezequiel, cinco palabras: "El negocio está a salvo". Pedro volvió a leerlo, esperando sentir algo. Que no sintió. ¿Por qué no estaba exultante? Sabía que Ezequiel arreglaría las cosas. Nunca lo había dudado. Pero había esperado sentir al menos alivio, no una inmediata sensación de pavor.


—¿Qué ocurre? —preguntó Paula.


Durante un largo instante, él se debatió entre decírselo o no.


—Ezequiel lo ha arreglado todo.


—¿El negocio?


—Sí.


—Me alegro —contestó ella.


—¿Te alegras?


—Siento lo que intentamos hacerles —los ojos de Paula se llenaron de lágrimas—. Lo siento mucho.


—Sé que lo sientes.


—Por favor, perdóname.


—Ya está perdonado —sentado en la cama, él le secó una lágrima que rodaba por su mejilla.

Venganza Y Seducción: Capítulo 71

Con el sabor del clímax de Paula aún en la lengua, Pedro se sometió a un asalto de los sentidos que le habría hecho perder la razón si no la hubiera perdido ya. Cada roce de su boca y su lengua lo abrasaban. Nunca había recibido tanto placer, mucho más que una experiencia corporal. Cuando ella le agarró el miembro, él gimió y apretó los dientes, y los apretó aún más cuando se lo llevó a la boca. Mio Dio… Pedro bajó la mirada y ella lo miró. Su corazón dio un vuelco el al ver el asombro cargado de deseo en la mirada de Paula. Cerró los ojos y dejó que ella tomara la iniciativa, echando la cabeza hacia atrás cuando los movimientos, tímidos al principio, se volvieron más atrevidos. Ella apretó más el miembro y lo introdujo más profundamente en su boca, gimiendo de placer por el placer que le estaba dando. Si el cielo existía, acababa de encontrarlo. Mio Dio, no había nada igual. El tirón delator de su orgasmo comenzó a presionarlo y, con un suspiro, él se apartó suavemente. Ella lo miró, con expresión confusa, y él le tomó el rostro entre las manos, y la besó, tumbándola de espaldas y deslizándose entre sus piernas. La punta de su erección rozó la entrada, y el deseo de penetrarla de golpe fue tan fuerte que tuvo que encajar la mandíbula para controlar sus instintos más bajos. Paula era virgen. Necesitaban protección. Estiró el brazo y abrió el cajón de la mesilla. Ella levantó la cabeza y le besó el cuello con la boca abierta, mientras deslizaba una mano hacia abajo hasta apoderarse de su erección. Pedro buscó un preservativo a tientas, porque ella lo acariciaba mientras le besaba el cuello. Sacó el preservativo y tomó la mano de Paula que tan glorioso placer le proporcionaba. Ella acercó la boca a su mandíbula hasta que encontró sus labios y, con las lenguas y las manos entrelazadas, colocaron el preservativo. Apenas pasó un segundo antes de que ella volviera a estar tumbada, respirando entrecortadamente, los ojos clavados en los de él, la erección empujando.


Paula temía volverse loca si Pedro no la tomaba. Nunca había deseado nada tanto como eso. Su cuerpo ardía con las llamas que él prendía, consumiendo sus sentidos. Solo veía su hermoso rostro, oía su respiración agitada, olía y saboreaba su piel almizclada. Pedro empezó a empujar contra ella. Paula no sintió dolor ni incomodidad, solo una lenta sensación de deliciosa plenitud. Pedro pensaba que el cielo era cuando ella se lo había llevado a la boca. Si aquello era el cielo, entonces eso era el paraíso, un milagro del cuerpo y el alma. Podrían quedarse así, pensó vagamente. Fundidos. Como uno solo. Nunca la necesidad de liberación había quemado tanto, pero la urgencia había desaparecido. Él solo quería saborear el momento, a ella. Paula ya creía haber experimentado todo el placer sensual que podría sentir, pero cuando él empezó a moverse dentro de ella, creció una sensación totalmente nueva, un ardor cada vez más intenso que se extendió por todo su ser. Le sujetó el cuello, lo besó y cerró los ojos.

lunes, 16 de marzo de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 70

Pedro llevó a Paula en brazos, subiendo las escaleras hasta el dormitorio y la sentó delicadamente a los pies de la cama. Tenía los ojos abiertos, confiada, y le tendió una mano. Él la tomó, besó sus bonitos dedos y dió un paso atrás para desnudarse. Primero se quitó la camisa, a continuación, los pantalones cortos. Deslizó los ajustados bóxer por las caderas hasta que la gravedad hizo el resto. Por último, se sacudió los zapatos y respiró entrecortadamente ante la expresión de Paula, que lo absorbía. Porque así lo sentía, como si ella lo estuviera absorbiendo. Dió un paso hacia ella, pero Paula sacudió la cabeza para detenerlo, y se levantó. Subió el vestido por su hermoso cuerpo y se lo quitó por la cabeza. Al igual que él, no le importó dónde cayera. Un momento después, el bonito sujetador de seda blanca cayó sobre el vestido, y solo quedaron las bragas a juego. Las enganchó con la punta de los dedos y las deslizó hacia abajo para quitárselas. Con las mejillas sonrojadas, se enderezó, casi sin respirar. Se sintió como si la viera por primera vez. Lentamente, se empapó de cada centímetro de ella, desde el pequeño lunar marrón del cuello hasta los pechos pequeños y turgentes con sus hermosos pezones rosa oscuro, pasando por el triángulo de vello castaño oscuro entre las piernas, hasta las uñas de los pies pintadas. Con la cabeza echada hacia atrás y los ojos muy abiertos, Issy dio un paso hacia él. La erección tropezó con su vientre, y ella respiró entrecortadamente mientras su mirada se oscurecía.


—Tu sei bella —susurró él con voz ronca.


—Anche tu —susurró ella con voz apenas audible. «Tú también…».


Pedro volvió a tomarla en brazos. Ella le abrazó el cuello y él la tumbó sobre la cama. No sabía qué dolía más, su corazón o su erección. Nunca se había sentido así. Nunca había deseado tanto a alguien como para que todo su cuerpo se estremeciera. Cuando se tumbó sobre ella, apoyando el peso en los codos a ambos lados de su cabeza para no aplastarla, las puntas de sus pechos apretadas contra la dureza de su torso, Paula sintió la fuerza de los latidos de su corazón tanto como sentía los suyos propios. La mirada maravillada mientras bajaba el rostro hacia ella, hizo que su corazón latiera aún más rápido, y cuando sus labios finalmente se fundieron, prendieron llamas en ella, bombeando fuego por sus venas, derritiendo lo último que le quedaba de pensamiento. Paula cerró los ojos y se fundió en Pedro y la ternura bajo la pasión de sus besos. La boca y las manos de él la exploraron con reverencia. Apenas un centímetro de su cuerpo quedó sin tocar, besar, amar. Cuando deslizó la lengua por la cara interna del muslo y presionó contra su feminidad, ella no pudo hacer otra cosa que gritar su nombre y dejarse llevar por el clímax al que él la llevaba lentamente. Aturdida, drogada de éxtasis, Paula se incorporó cuando Pedro levantó la cabeza. Esa vez fue ella quien lo besó. Ella quien lo tumbó y adoró cada centímetro del cuerpo del hombre que la había cautivado durante años.

Venganza Y Seducción: Capítulo 69

Deseaba a Pedro. Sentir la luz que la llenaba cuando él la miraba. Acudir a él como Paula Chaves, auxiliar de enfermería aficionada al ballet, los libros y la comida basura, sin engaños. Quería conocer al verdadero Pedro, al hombre que se había abierto a ella. Tenía la sensación de que todo lo que había intentado evitar que le gustara de él era el auténtico Pedro.




Pedro se sentó al final de la enorme mesa de comedor servida para dos, y bebió un trago de vino. ¿Acudiría? No se había sentido tan nervioso desde su primera cita. Había invitado a Paula a cenar con él. Otra vez. Ella no había contestado. Otra vez. Pero esa vez su silencio había sido diferente. Una pizca de esperanza se instaló en él. Consultó la hora. Aún podía echarse atrás… Aunque no había aceptado. La esperanza era peligrosa, se lamentó, mientras se obligaba a contemplar la espectacular puesta de sol, en lugar de mantener la vista fija en el camino por el que ella llegaría. Si acudía. ¿Cómo había pasado de un juego seductor con una estafadora, a descubrir la verdad sobre ella, y a eso? No debía ser más que diversión, igual que sus otras aventuras, pero con más mordiente. Jamás habría imaginado sentirse así, poder sentirse así. Como si estuviera perdiendo la cabeza. Se le erizó el vello de la nuca y el corazón se aceleró. Giró la cabeza hacia la izquierda antes de que su cerebro registrara lo que le decían sus sentidos. Paula surgió de entre las sombras del sendero bordeado de follaje, con los ojos clavados en él. Cuanto más se acercaba, más se aceleraba el corazón de Pedro. Llevaba un bonito vestido amarillo, con los finos tirantes que tanto le gustaban. Apenas un toque de maquillaje adornaba su rostro. No lo necesitaba. El cabello rubio y sedoso caía suelto sobre sus hombros, con el primer toque de castaño asomando en las raíces.



Incapaz de apartar la mirada del rostro de Pedro, Paula subió los tres escalones hasta el comedor exterior. Unas luces plateadas titilaban en el techo de madera, y una hilera de lamparillas nocturnas parpadeaba sobre la mesa. Con el sonido del mar rompiendo en la playa a sus espaldas, la escena era tan romántica que se sintió consumida por ella. Pero era el hombre de camisa blanca, cuello abierto y elegantes pantalones cortos gris oscuro, que se acercaba lentamente a ella, quien más la consumía. Su mirada clavada en ella. Paula le acarició la mejilla, cubierta ya de una espesa barba. Las yemas de sus dedos sintieron un hormigueo enloquecedor, y su deseo por él se intensificó. La pequeña distancia que los separaba se cerró y él le rodeó la cintura con las manos. Sin pronunciar una sola palabra, la levantó en el aire. Siguió mirándola como si fuera un milagro, antes de bajarla con suavidad y estrecharla entre sus brazos, contra su pecho. Ella aspiró la frescura de su colonia que, mezclada con la piel limpia, impregnó sus sentidos.

Venganza Y Seducción: Capítulo 68

 —Pero si les vendió esas tierras y sobornó a funcionarios, entonces su proclamación de inocencia después de que forzaras la adquisición era mentira, y si hubo otras víctimas, eso significa que toda mi infancia está manchada.


—Solo si lo permites.


—Pero entonces, todo lo que teníamos, los privilegios que disfrutábamos, se basaban en mentiras.


—El padre que fue para tí no era una mentira. Os quería, y creo que se ahogó en alcohol porque no podía vivir con las repercusiones que sus decisiones empresariales habían causado a su familia.


—No me puedo creer que lo defiendas —¿Después de lo que ella había intentado hacerle?


—Algo bueno debía tener para hacer una hija como tú.


—¿Una mentirosa vengativa empeñada en destruirte?


—Una mujer leal, buena y hermosa, que no podía llevar a cabo su venganza sin pruebas. No olvides que he leído vuestros mensajes. Cuando ella te dijo que había encontrado pruebas de corrupción contra nosotros, tu respuesta fue: «Gracias a Dios». Tenías dudas, cara, sé que las tenías, y tu hermana también lo sabía, y te dijo lo que necesitabas oír.


Las lágrimas que Paula había estado conteniendo rodaron por sus mejillas. ¿Cómo podía ese hombre, al que conocía desde hacía tan poco tiempo, descifrar sus pensamientos y sentimientos mejor que ella misma?


—¿Bella?


—No puedo creer que esté admitiendo esto, pero tienes razón —Paula respiró hondo—, he tenido dudas sobre la versión de mi padre sobre lo que pasó —dudas que crecían a medida que buceaba en la vida de Pedro y no encontraba nada malo en su conducta empresarial, dudas que crecían con cada entrevista y perfil que se publicaba sobre él. Nadie hablaba mal de él, ni siquiera sus amantes—. Pero, Pedro, no dudo de Delfina. Es mi roca y mi ángel de la guarda. No soporto pensar en lo que me habría pasado sin ella. ¿Por qué me mentiría? ¿Por qué?


—No puedo responder a eso —Pedro reflexionó—, pero piensa que todo el plan dependía de que Delfina encontrara pruebas de que éramos corruptos para empujarte a la acción. Quizás te envió un mensaje en lugar de llamarte porque temía que oyeras la mentira en su voz.




Paula estaba sentada en el borde de su piscina privada con las piernas sumergidas hasta media pantorrilla. Pronto, el sol descendería y teñiría el cielo con una bruma anaranjada que llamaba su atención cada noche. Era lo único que le evitaba pensar en él. Pedro Alfonso había ocupado sus pensamientos desde que Delfina había incubado el plan. Al principio había sido un plan pequeño, pero con los años había crecido. A medida que ella investigaba sobre él, ocupaba más espacio en su cabeza. Era lo primero en lo que pensaba al despertar y lo último antes de dormirse. Nunca sabría la verdad de lo sucedido con su padre, pero aceptaba que, Pedro estaba convencido de que los había estafado. No era el monstruo que ella había creído durante años. Y Delfina había percibido las dudas de Paula. Intentó contener el espasmo de culpabilidad ante esas dudas. No quería pensar en su hermana, no podía dejar que su mente la llevara adonde tan desesperadamente no quería ir.


Venganza Y Seducción: Capítulo 67

 —Sí. La cuidamos lo mejor que pudimos, pero éramos niñas. Cuando Delfi consiguió el trabajo contigo, pudimos permitirnos enviarla a rehabilitación a Sudamérica.


Pasó un largo rato de silencio.


—Todo lo sucedido nos unió a Delfina y a mí. Su fortaleza era asombrosa y, en cierto modo, me inspiró a ser fuerte también. Me mantuvo cuerda. Cuidamos de mamá, y la una de la otra, y juramos vengarnos de los hombres que mataron a nuestro padre y empujaron a nuestra madre a la adicción. Queríamos golpearos donde más doliera… El negocio. Todo lo que hemos hecho desde que Delfina fue a la universidad para convertirse en candidata ideal para tu empresa ha sido con ese objetivo.


—¿Contigo de telonera?


—No. Yo trabajaba en la trastienda del proyecto. Todas las decisiones las hemos tomado juntas. Todo el dinero que ganábamos iba al mismo bote.


—Pero tú querías ser enfermera.


—Necesitaba ganar dinero. Ambas hicimos sacrificios, pero lo vimos así. Me encanta mi trabajo con los niños. Es el trabajo más gratificante del mundo y no lo cambiaría por nada.


El dolor que había comenzado en el pecho de Pedro era tan fuerte que tuvo que exhalar lentamente para aliviarlo.


—Un par de veces, hablando de tu venganza, lo has hecho en pasado… —absurdamente, Pedro casi tuvo miedo de preguntar—. ¿Significa eso que me crees?


-Yo… Pedro… —Paula respiró hondo—. He tenido dudas.


—¿Qué clase de dudas? —preguntó él con delicadeza.


—Creíamos ciegamente todo lo que papá nos decía —admitió ella, el amargo sabor de la culpa subiendo por su garganta.


—Sé que duele, bella, pero admitir que era un bastardo en los negocios no tiene por qué empañar tus recuerdos de él como padre.


—Pero me siento desleal por cuestionármelo —susurró Paula.


—El niño está programado para confiar en sus padres —continuó él—. Cuando mi madre huyó sin mí… Casi me destrozó. Desde entonces, solo he podido confiar en Ezequiel.


—¿Por eso nunca has mantenido una relación duradera? —preguntó ella con cautela.


—No lo había pensado —él soltó una carcajada—, pero es muy probable. Mi vida social es muy divertida y tengo muchos amigos, pero nadie cercano. Eso incluye a mis anteriores amantes. Nunca había mantenido una conversación, ni compartido las confidencias que te hice ayer.


—Lo mismo digo —admitió ella—. Delfina y yo nos lo contamos absolutamente todo, porque tuvimos que unir fuerzas. Siempre recuerdo cómo eran las cosas antes de perderlo todo, lo felices que éramos como familia, lo segura que me sentía. Debo aferrarme a eso. Cuando hablo por FaceTime con mamá, a veces percibo a la madre que recuerdo. Y cuando pienso en mi padre, recuerdo al hombre que me leía y que más aplaudía en mis recitales de ballet. Me mata pensar que no era así.


—Sí que lo era, cara. El hombre de familia y el hombre de negocios eran partes separadas de él.

Venganza Y Seducción: Capítulo 66

 —Sé más concreto.


—Háblame de tu trabajo. ¿Eres enfermera?


—Auxiliar de enfermería.


—¿Hay alguna diferencia?


—Unos cuatro años de formación. Mi trabajo consiste básicamente en asegurarme de que los pacientes estén cómodos y ayudarlos en todo lo que no puedan hacer ellos mismos.


—¿Trabajas con niños?


—Sí, estoy en la planta infantil.


—¿Te gusta?


—Me encanta.


—¿No es duro tratar con niños enfermos?


—Puede serlo. Es difícil no crear vínculos. Sobre todo, con los más enfermos.


—¿Los que sabes que van a morir?


—Sí —susurró ella antes de levantar un poco la voz—. Pero son increíbles. Todos. Los niños son muy valientes, mucho más que los adultos.


—¿De verdad?


—Lo digo por mi experiencia de los últimos cuatro años.


—Sé muy poco de niños —Pedro reflexionó—. Nunca he interaccionado con un niño.


—¿Nunca?


—Nunca —repitió él—. Tampoco he tenido nunca un bebé en brazos.


—No sabes lo que te has perdido.


—¿Cómo?


—Tener un bebé en brazos es lo más satisfactorio del mundo.


—¿Te gustaría tener hijos?


—Desde luego —Issy hizo una pausa—. ¿Y a tí?


—No lo había pensado, pero creo que me gustaría tener hijos. Con la mujer adecuada —la imagen de una pequeña Paula, regordeta y de pelo castaño con un helado en la mano le vino a la mente. Desconcertado, parpadeó y cambió de tema—. ¿Nunca quisiste ser enfermera?


—Al principio sí quería.


—¿Qué te detuvo?


—Tú —respondió ella suavemente.


—Cuéntamelo, bella —Pedro cerró los ojos y respiró hondo—. Cuéntamelo todo.


—Cuando nuestro padre perdió el negocio, tuvo un efecto dominó sobre el resto de nuestras vidas. Yo era la chica más afortunada del mundo, vivía en una casa grande y bonita en Londres, y pasaba los veranos en nuestra casa de Italia. Iba a un colegio que me encantaba, tenía amigos estupendos, una familia cariñosa… Y de repente, todo desapareció. Perdimos nuestra casa. Delfina y yo tuvimos que dejar el colegio, que nuestros padres ya no podían pagar, y empezar en otro donde los demás alumnos nos odiaban. La mayoría de nuestros amigos nos abandonaron, y los amigos de nuestros padres también. No recuerdo haber visto a papá borracho jamás, pero desde aquel día no tengo ni un solo recuerdo de él sobrio. Un año después había muerto. Bebió hasta morir, literalmente.


Pedro recordó haber oído hablar de la muerte de Miguel Chaves, de rumores sobre el alcohol.


—Cuando murió, mamá se declaró en quiebra y nos mudamos otra vez. Éramos tan pobres que el ayuntamiento nos dió alojamiento. Creo que ahí empezó su drogodependencia. Cuando murió mi padre, lo que quedaba de la madre que vivía en Alejandra Chaves murió con él.


—¿Realmente es adicta a las drogas?

lunes, 9 de marzo de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 65

Paula no paraba de mirar el reloj. Pedro estaría en el comedor, pero no la esperaría. Le había hecho saber que declinaba su invitación cuando pidió la cena en su bungaló. No podía enfrentarse a él. Era demasiado peligroso. Lo había escuchado contar la historia de su vida y había deseado abrir la puerta, sentarse en su regazo y abrazarlo fuerte. Hacía tiempo que sospechaba que el distanciamiento con su padre se debía a algo malo, pero imaginar el sufrimiento que debía haber pasado… Por mucho que se esforzara en contener sus emociones, el muro de piedra que había construido se derrumbaba, y su corazón sangraba por él. En esa historia había tres villanos. El padre y el tío de Pedro, y el padre de ella. No podía aceptarlo. Su padre nunca trataría a dos jóvenes como Pedro lo había descrito. Jamás. «¿Estás segura…?». Él debía estar equivocado sobre su padre. El problema era que ella creía que él lo creía. ¿Y su hermana? Porque si Pedro decía la verdad, significaba que Delfina, que la había mantenido a flote todos esos años, había mentido.



A media mañana del día siguiente, Pedro volvió a llamar a la puerta de Paula.


—¿Sí?


—Soy yo.


Silencio.


—Te eché de menos anoche.


—¿Recibiste mi mensaje? —preguntó ella tras una larga pausa.


—Sí —no esperaba que fuera. 


Su instinto le había dicho que no iría. Incomprensiblemente, el mensaje había aterrizado como un golpe. Había muchas cosas sobre sus reacciones a Paula que Pedro no entendía. Reacciones y sentimientos que nunca antes había sentido. Cada vez más fuertes.


—¿Ya estás preparada para salir? —preguntó él.


—Aún no —contestó ella tras una ligera vacilación.


—Qué pena. Hace un día precioso.


—Lo sé. He estado en el jardín.


—¿Nadando?


—No —él juró haberla oído reír—. No creo que sea seguro nadar sin un socorrista cerca.


—Una cosa menos de la que preocuparme —bromeó él. Tras días de silencio y ninguneo, su voz sonaba notablemente más cálida—. ¿Siempre has sido tan mala nadadora?


—No, yo… Ha pasado mucho tiempo. Eso es todo. Y nunca fui una gran nadadora.


—Háblame —Pedro se sentó en el escalón.


—¿De qué?


—De la natación. De tu vida. Cualquier cosa que quieras contarme.


—¿Qué quieres saber? —preguntó ella dubitativa.


—Todo.


Cuando volvió a hablar, la voz de Paula sonó tan cerca que él supo que también se había sentado y que, probablemente, tenía la espalda pegada a la puerta, igual que él.

Venganza Y Seducción: Capítulo 64

Paula se tapó la boca para evitar soltar un gemido. Pensó en la nariz torcida de Pedro y en cómo había deseado felicitar a la persona que lo había hecho. Esa persona debía de ser su propio padre.


—Mi madre huyó un año después de la muerte de nonna —por primera vez hubo emoción en su voz—. No la he vuelto a ver. Vive en Milán. Le ingreso dinero en la cuenta todos los meses, pero nunca la veo. Me dejó con ese canalla. Tardé meses en aceptar que no volvería —la tristeza de su siguiente carcajada hizo que a Paula se le encogiera el estómago—. Me abandonó a mi suerte. Eze y yo hicimos un pacto cuando teníamos doce años: En cuanto cumpliéramos dieciocho, nos marcharíamos y nos forjaríamos una nueva vida. Trabajamos aún más duro, incluso fuera del viñedo cuando podíamos, y ahorramos cada céntimo que nuestros padres no nos exigían que les entregáramos. Mi padre nunca lo supo, pero yo dejé la escuela a los dieciséis años y conseguí un trabajo a jornada completa en una pizzería: él me habría quitado el sueldo. Lo primero que hicimos cuando por fin dejamos el viñedo fue cambiarnos el apellido. Vizzini, ese era su apellido original. Le había costado siglos averiguarlo.


—Elegimos el apellido de nuestra abuela —continuó Pedro—. Luego hicimos una oferta por unas tierras toscanas para las que teníamos grandes planes. No teníamos suficiente para comprarla al contado, pero conseguimos un crédito.


Una sensación de terror ascendió desde la boca del estómago de Paula.


—Después de comprar el terreno, supimos que era inestable. No se podía construir en él. Nos habían timado. El vendedor se había aprovechado de nuestra ingenuidad. Sobornó al perito y a todos los que intervinieron en la transacción y nos dejó abocados a la quiebra.


El vendedor. Su padre.


—Nos subestimó —continuó él—. Habíamos trabajado y superado demasiadas cosas como para aceptar la derrota. Empezamos de nuevo. Trabajamos como bestias para devolver el préstamo y conseguir nuevos ahorros. En cuanto tuvimos el dinero, compramos nuestra primera propiedad, la reformamos y la vendimos con beneficios. Luego la segunda y la tercera, y pusimos nuestras miras en proyectos con beneficios mayores, hasta que tuvimos el dinero para forzar la adquisición del negocio del hombre que nos había estafado. Tardamos cuatro años. No me arrepiento de lo que le hicimos a ese hombre. Y descubrimos que no fuimos sus únicas víctimas. No soporto la corrupción, Issy, y espero que algún día me hables de esa prueba que tiene Delfina, porque juro por la vida de Ezequiel que no somos corruptos. Todo lo que tenemos lo hemos construido con nuestro propio esfuerzo, con nuestra sangre y nuestro sudor.


Paula no había dicho nada, pero Pedro sabía que había oído cada palabra.


—Me voy a nadar. La cena se servirá en mi bungaló a las siete. No tienes más que seguir el camino frente a la playa y te llevará hasta allí. Me alegraría verte. No me gusta pensar que estás aquí sola con tus pensamientos —Pedro exhaló lentamente—. Quiero conocer a la verdadera Paula Chaves, porque ya echo de menos a la Paula del Palazzo delle Feste. Sé que ella no es la verdadera tú, pero algo me dice que lo que más me gusta de ella es auténtico.

Venganza Y Seducción: Capítulo 63

Aunque las ventanas del bungaló estaban tintadas, y las contraventanas cerradas, Pedro la sintió en la puerta. No había salido corriendo al jardín, como el día anterior. Se sentó en el escalón, se puso lo más cómodo posible y apoyó la cabeza contra la puerta.


—Mi padre es un monstruo —empezó—. Un verdadero monstruo. Su hermano, el padre de Ezequiel, es igual. No sé cómo llegaron a ser así, tal vez su propio padre, al que nunca conocí, era igual, pero su madre, nuestra nonna, era una gran señora. Vivía con nosotros y su presencia templaba lo peor en ellos. Murió cuando yo tenía ocho años.


Pedro sintió un sabor acre en la boca.


—Antes de que muriera, yo estaba acostumbrado a que me pegaran. Era normal. Ezequiel también. Después de su muerte despertaron los monstruos. ¿Sabes que nos criamos en Umbria?


No hubo respuesta, pero algo le decía que ella estaba escuchando.


—Supongo que lo sabes —él soltó una risa taciturna—. Y supongo que también sabes que el negocio de nuestros padres es el vino. Es del dominio público, y tú habrás buscado todo lo que internet puede decirte sobre mí. Si yo fuera tú, y creyera que mi padre es inocente, habría hecho lo mismo, y creo que eso habla de lo diferentes que fueron nuestras infancias. Si me dijeras que mi padre era inocente de algo me reiría en tu cara.


Paula había intentado alejarse de la puerta, pero sus pies se negaban a obedecer. Con un suspiro ahogado de derrota, deslizó la espalda por la puerta hasta sentarse en el suelo de bambú, luego se llevó las rodillas al pecho y se abrazó a sí misma con fuerza.


—El vino que producen solía ser estupendo, pero cuando su madre murió, empezaron a recortar gastos. Cuando Ezequiel y yo nos fuimos, recortaron aún más. Les doy dos años más antes de que el viñedo deje de producir. Como mucho —él se echó a reír—. Son demasiado perezosos hasta para abonar la tierra como es debido y, desde que nos fuimos, demasiado mezquinos para pagar a alguien para que lo haga por ellos. No es de extrañar que su Sangiovese sepa a ácido de batería.


Se hizo un largo silencio antes de que continuara hablando con el mismo tono uniforme, como si contara una historia que había oído muchas veces. Su historia. Todo lo que ella había deseado saber, aunque fuera irrelevante para su búsqueda. Por mucho que Pedro la repeliera, en un lugar que nunca se había atrevido a admitir, residía una dolorosa fascinación por él.


—Éramos sus pequeños esclavos —continuó él—. Recuerdo aplastar uvas con los pies hasta medianoche y al día siguiente ir a la escuela con los pies y los tobillos morados. Nos obligaban a trabajar desde el amanecer hasta que decían basta. Si nos quejábamos, nos pegaban. Tras la muerte de nonna, no hacía falta quejarse. Su muerte los desató. Eran nuestros amos, y nosotros sus sacos de boxeo. Nuestras madres también. Nunca necesitaron una excusa para pegarlas.

Venganza Y Seducción: Capítulo 62

¿Un corrupto interrumpiría una reunión de negocios para ver a su hija de seis años interpretar el difícil papel de un copo de nieve en una función? ¿Un corrupto haría todo lo posible por estar en casa a la hora de acostar a sus hijas para leerles un cuento? Y su madre, una mujer dulce, amable y alegre, ¿Se casaría con un corrupto? Claro que no. Pedro mentía, seguramente para no tener que enfrentarse al daño que habían causado. Cuanto más lo pensaba, mayor era su indignación. ¿Cómo se atrevía a tergiversar las cosas para convertir a su padre en el malo? Alguien llamó a la puerta.


—¿Quién es? —preguntó ella con cautela.


—Yo.


—¿Has venido a liberarme? —Paula se llevó una mano al pecho para evitar que su corazón estallara.


—Eres libre, bella. Puedes ir adonde quieras.


—¿Soy libre de salir del complejo?


—No.


—Entonces vete.


—No puedes pasar todo el tiempo aquí. No es bueno para tí.


—Si saliera de este bungaló, te garantizo que no sería bueno para tí.


—Es un riesgo que estoy dispuesto a correr —la risa de Pedro retumbó a través de la puerta. Ella quiso taparse los oídos—. Vamos, Paula, puede que sigamos aquí unos días más. No puedes pasarlos encerrada. Sal y explora conmigo. Podemos hablar.


—Por si no te habías dado cuenta, no quiero hablar contigo, y no necesito salir de aquí, así que hazme un favor y déjame en paz. No iré a ninguna parte hasta que me dejes ir a casa.


—Serás libre de irte en cuanto Ezequiel me llame, pero en algún momento tendremos que hablar.


—No tenemos nada que decirnos.


—Tenemos un matrimonio que disolver.


—Entonces disuélvelo y déjame en paz.


Comprendiendo que estaba a punto de llorar, Paula salió al impresionante jardín privado. Pedro se quedó mirando la puerta, arrepintiéndose de haber asegurado que cada bungaló tuviera toda la intimidad que sus ocupantes  pudieran desear. Llamó a la puerta. No obtuvo respuesta y volvió a llamar.


—¿Sí? —la voz de Paula era aún más cautelosa que el día anterior.


—Soy yo.


Ella no respondió.


—No puedes evitarme para siempre —insistió él, sonriendo al imaginarla pensando: «Ponme a prueba»—. De acuerdo, no tienes que dejarme entrar —añadió—, y no puedo obligarte a hablar conmigo. Pero puedo sentarme aquí y hablar, y esperar que me escuches.

Venganza Y Seducción: Capítulo 61

Algún día, obligaría a su primo a visitarlo. Ezequiel nunca se tomaba vacaciones. Aún le sorprendía cómo dos chicos nacidos con solo unos meses de diferencia, criados como hermanos, podían ser tan diferentes y, sin embargo, estar tan unidos. Pedro recibiría una bala por su primo y sabía que Ezequiel haría lo mismo por él. Sospechaba que la relación de Paula con su hermana era similar. No conocía bien a Delfina, pero sabía que era más reflexiva y analítica, más introvertida que Paula. A pesar de su falsa apariencia, él había visto lo suficiente de la verdadera Paula para saber que era una persona amable y buena. Detuvo el buggy, cerró los ojos y respiró hondo. Ella había dedicado muchos años de su vida a maquinar contra él, para hundir su empresa. La gente buena y amable no se comportaba así. Solo porque fuera una enfermera que trabajaba con niños no la convertía en un ángel.  Abrió los ojos de golpe y siguió conduciendo. La piscina principal estaba rodeada de gente guapa tomando el sol y cócteles. Pedro se frotó la barba, sonrió y se dispuso a unirse a ellas. La fiesta en la playa duró hasta altas horas de la madrugada. Había bebido demasiado y pidió a uno de los empleados del complejo que lo llevara de regreso. Necesitaba tomar el aire para despejarse. Conocía a varios de los veraneantes: una supermodelo con cuya mejor amiga había tenido una aventura y su último pretendiente, un genio creador de aplicaciones, que frecuentaban los mismos clubes y bares que él en Londres. Rápidamente le habían presentado al resto del grupo. Una de esas personas era una actriz de televisión americana, rubia, alta y esbelta con ojos que invitaban a la cama, y que mantenía fijos en él. Era exactamente el tipo de Pedro, y había flirteado con ella durante horas antes de darse cuenta de que no le interesaba. Cuando ella le había susurrado al oído una invitación a su bungaló, él la había rechazado, y dado por terminada la noche. Aún seguía preguntándose por qué no había accedido, cuando llegó al bungaló de Paula. Había una luz encendida. El corazón le dio un vuelco, y tuvo que controlarse para no seguir el camino hasta la puerta.



La cocina del bungaló de Paula era, comparado con el resto, diminuta. Comparada con la cocina que compartía con Delfina, era enorme. Aunque diseñada pensando que los ocupantes no la utilizaran nunca, habiendo chefs de talla mundial en el complejo, estaba equipada con todo lo necesario. A ella le encantaba cocinar. Ciertos aromas, como los bizcochos y el pan recién horneados, siempre la transportaban a una época en que su familia había sido feliz. De momento, había horneado una tarta de limón y preparado un plato de pasta con salchichas italianas y parmesano. Sin embargo, en lugar de reconfortarla, los aromas le revolvieron el estómago hasta el punto de frustrar su plan de engullirlo todo. Lo mismo le había ocurrido el día anterior, con los profiteroles llenos de nata montada y chocolate. Si creía en la acusación de Pedro contra su padre, los recuerdos felices en que se apoyaba para levantar el ánimo y confiar en que los buenos tiempos regresarían para Delfina y ella, tal vez incluso para su madre, se basaban en una mentira. No podía creer que su padre fuera corrupto. Simplemente no podía. 

miércoles, 4 de marzo de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 60

Y acto seguido se alejó por el sendero, la tensión prácticamente visible en su caminar. Pedro estaba demasiado enfadado para apreciar la extensa casa de campo en la que algún día pasaría la mitad del año. La recorrió intentando no gruñirle al ama de llaves, que debía llevar horas haciendo que todo brillara, y no dejaba de lanzarle miradas ansiosas. No era fácil hacerle perder los estribos. Su padre era pura agresividad. Utilizaba los puños como armas y la lengua como látigo, pero él no había heredado, ni se le había pegado, esa agresividad. Eso no significaba que evitara la confrontación, pero la ira que enrojecía el rostro, alzaba la voz y escupía palabras a menudo luego lamentadas, no era habitual en él. La acusación de Paula había reabierto una herida cerrada desde hacía una década. Había necesitado todo su control para no alzar la voz y no inclinarse sobre Issy para gritarle sus verdades y arrancarle la venda de los ojos. No había habido robo. Si Miguel Chaves hubiera llevado su negocio legítimamente, nunca habrían podido quitárselo. No habrían necesitado hacerlo. 


El desprecio en la mirada de Paula mientras lo acusaba le había mordido más que sus palabras. Más mordaz aún había sido la certeza de que Paula Chaves lo creía un ladrón, capaz de ser un ladrón. Y corrupto. Esperaba que Ezequiel hubiera llegado al fondo de la calumniosa prueba de corrupción sobre la que Delfina había enviado un mensaje a Paula. No debería importar lo que Paula pensara de él, que lo odiara. No había motivos para esas náuseas porque haberle quitado el negocio a Miguel Chaves hubiera afectado tanto a su hija menor. Era culpa de Chaves. Él era el padre. Su deber era proteger a sus hijas. Pedro soltó una amarga carcajada y se tumbó de espaldas sobre la cama de su suite. Los padres debían proteger a sus hijos. Las madres también. Paula se negaba a salir de su bungaló. Había pedido que le proporcionaran comida para cocinar ella misma, y luego había cerrado la puerta con llave. Mientras, disfrutaba de sus únicas vacaciones del año, el descanso que se tomaba anualmente para recargar pilas, y no iba a permitir que se lo fastidiara el malhumor de Paual, que, además, le había impedido hacer sus planes habituales en el Caribe. En unas vacaciones normales, se juntaría con un grupo de amigos, invitaría a su última amante a unirse a ellos y, en general, se lo pasaría en grande sin hacer otra cosa que disfrutar durante catorce días. Ella podía quedarse enfurruñada en su cabaña durante toda su estancia allí si así lo deseaba, pero él iba a divertirse. Se montó en su buggy y se dirigió hacia el complejo turístico. El número de visitantes estaba estrictamente limitado, para preservar la belleza natural de la isla. Como promotor inmobiliario sabía que, a la hora de urbanizar, había que elegir entre lo que necesitaban los humanos y lo que necesitaban los demás habitantes del planeta. Por eso prefería urbanizar terrenos que carecieran de valor ecológico. Y, al comprar St. Lovells, tuvo claro que iba a desarrollarse mínimamente. Tras completar las obras de la parte turística y de su complejo privado, el noventa y cinco por ciento de la isla seguía intacto. Era un paraíso tropical lleno de ruidosa y colorida vida salvaje.

Venganza Y Seducción: Capítulo 59

Mientras avanzaban, ella trató de no maravillarse ante la belleza que los rodeaba, pero cuando salieron al claro, no pudo evitar una exclamación. Una enorme cala con el agua color turquesa más clara que hubiera visto jamás bañaba una orilla de arena limpia y blanca. Los rayos del sol hacían brillar el agua y la arena como si contuvieran millones de pequeñas joyas. Casi ocultos entre las palmeras que bordeaban la playa había cinco bungalós con techos de paja. El central, alejado de los otros cuatro, y más grande que todos ellos juntos, se alzaba como un monasterio tibetano. Era lo más impresionante que ella hubiera visto jamás. El conductor estacionó en un garaje cubierto, y oculto a simple vista.


—Permíteme enseñarte esto —susurró Pedro.


Paula cerró los ojos antes de seguirlo fuera del coche. De cerca, el complejo era aún más impresionante que de lejos.


—Es la primera vez que vengo desde que terminaron las obras — explicó él mientras se acercaban a los bungalós. Al llegar al primero, se dió cuenta de que cada construcción estaba situado en su propio paisaje privado—. Mi intención original para estas vacaciones era navegar una semana en el Palazzo delle Feste y pasar la segunda aquí —añadió Pedro.


—Has invertido mucho dinero en algo que solo vas a usar dos semanas al año —observó Paula mientras pasaban junto a una piscina de aspecto natural. Las palmeras ofrecían sombra a un lado, siendo el otro un paraíso para el amante del sol.


—Estoy pensando en el futuro.


—¿Ah, sí?


—Trabajo una media de ochenta horas semanales —habían llegado al segundo bungaló—. Llevo haciéndolo desde que era niño. En algún momento pisaré el freno.


—¡Qué pena me das! Pero es tu dinero. Puedes gastarlo como quieras.


—Eres demasiado amable.


—Lo sé… Aunque me pregunto cómo puedes tomártelo así, sabiendo que todo lo que tienes se lo robaste a mi padre.


—No robamos a tu padre —replicó Pedro.


—Sí, lo hicieron —Paula pretendía fulminarlo con la mirada, pero su rostro no quiso colaborar—. Yo estaba allí, Pedro. Entraron en nuestra casa y nos quitaron todo lo que teníamos. Le arrebataste a mi padre el negocio que se había pasado la vida construyendo, y lo menospreciaste y humillaste.


Cuando Pedro por fin habló, había un hielo en su voz que ella nunca había oído antes.


—Tu padre nos robó. Nos vendió terrenos no urbanizables y sobornó a inspectores y funcionarios para encubrirlo. Era nuestro primer negocio y nos habíamos matado a trabajar desde los doce años para financiarlo, pidiendo un crédito para cubrir el déficit. Gracias a tu padre, nos vimos obligados a pagar unas deudas desorbitadas por unas tierras sin valor. Nos costó años de trabajo pagar esas deudas y empezar de nuevo, y el día que nos hicimos con el control de su negocio y lo echamos a la calle sigue siendo el mejor de mi vida. Se lo merecía, se lo había buscado durante años, no solo por nosotros, sino por todos los negocios y personas a los que había estafado a lo largo de los años —abrió de golpe la puerta del bungaló—. Esto es para tu uso personal.

Venganza Y Seducción: Capítulo 58

Una confianza de la que se sentía culpable, casi tanto como cuando recordaba lo cerca que había estado de entregar su virginidad al demonio. Si Pedro no hubiera confesado saber quién era, ella le habría dejado hacerle el amor, y con mucho gusto. Que él hubiera tenido, obviamente, un ataque de culpabilidad para confesar en ese momento no significaba nada. Él la había llevado hasta ese punto. Cada palabra que había dicho era mentira. «Y cada palabra que has dicho tú, también». «Es diferente», discutió consigo misma. Pedro era un corrupto… Pero por alguna estúpida razón se negaba a pensar en él como un monstruo. Era el bastardo corrupto que había robado el negocio de su padre y destruido su vida. Se merecía todo lo que Amelia y ella habían planeado para él. «¿Estás segura?». «¡Cállate!», le gritó a su estúpido cerebro. ¡Claro que estaba segura! Delfina había descubierto pruebas de su corrupción, y su hermana no mentiría. «Pero ¿Por qué te negaste a seguir adelante con el plan sin pruebas?». «¡Porque necesitaba estar segura de que hacíamos lo correcto!». Ambas habían acordado desde el principio que no seguirían adelante sin pruebas de corrupción de los primos Alfonso. ¿Por qué volvía a discutir de eso consigo misma? Antes de reunirse con Pedro, mientras la parte del plan de Amelia se aceleraba, Paula había atribuido su insistencia de encontrar pruebas de corrupción a que se había acobardado. Le habían surgido dudas, y cada vez estaba más necesitada de algo concreto que arrojar a los primos Alfonso, algo que fuera más allá de la venganza de dos chicas adolescentes ciegas a los defectos de su padre. Estaba segura de que había sido el trabajo en el hospital lo que le había metido en la cabeza esas dudas sobre su padre, y se odiaba a sí misma por ello. Paula pasaba mucho tiempo con padres cuyos queridos hijos se debatían entre la vida y la muerte. Eran padres falibles. Humanos. Pero los niños confiaban en ellos ciegamente. Si papá o mamá decían que iban a ponerse mejor, los creían a pies juntillas, aunque fuera mentira. Y los padres mentían porque no soportaban la verdad, ni para sus hijos ni para ellos mismos.


—Ya estamos aquí.


Paula salió de su ensoñación y miró el reloj. Solo habían pasado diez minutos desde el secuestro, y no había prestado atención a lo que la rodeaba. Se habían detenido ante un portón con una garita de seguridad integrada en un alto muro de piedra que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. La estrecha carretera continuaba al otro lado de la verja, rodeada de un espeso follaje tropical.

Venganza Y Seducción: Capítulo 57

 —Y cualquier víctima de secuestro podrá esperar recibir cero ayuda.


—Tendrás la mitad de la isla para explorar y hacer lo que quieras.


—Genial, ¿Significa eso que podré nadar hasta la isla más cercana?


—Si quieres —Pedro hizo una mueca—, pero hasta el mejor nadador tendría problemas para nadar cuarenta kilómetros.


—No puedes hacerlo, Pedro. Sabes que no puedes.


—¿Cuántas veces tengo que decirte que puedo? Además, ¿Qué pensabas que pasaría si descubría lo que tramabas? Eres una mujer inteligente, debes haber previsto el escenario.


—¿Dónde está mi hermana? —Paula cerró los ojos.


—En Italia, con Ezequiel.


—¿Voluntariamente?


—No tengo ni idea.


—No puede ser voluntario. Ella nunca iría sola a ninguna parte con esa bestia.


—No hables así de mi primo —la mirada de Pedro se ensombreció.


—¿O qué? ¿Me golpearás?


—Jamás —él parpadeó sorprendido.


—¿Entonces? Tu primo es un monstruo y tú también. Quiero pruebas de que mi hermana está bien.


—Te las daría si no hubieras tirado mi teléfono al mar.


—Devuélveme mi teléfono para que pueda llamarla.


—No.


—Por favor, Pedro. Enciérrame en un sótano oscuro, pero déjame llamar a mi hermana. ¡Por favor!


La angustia en su rostro hizo que Pedro estuviera a punto de ceder. Cuando una solitaria lágrima rodó por su mejilla, tuvo que apretar los puños para no sacar el teléfono de Issy del bolsillo trasero.


—Bella, escúchame —habló con dulzura—. Tu hermana está a salvo, te lo juro. Ezequiel no es el monstruo que crees que es. Nunca la lastimaría.


—¿Esperas que te crea? —preguntó ella. La barbilla le temblaba.


—No espero nada —él deslizó un dedo por su mejilla y esbozó una sonrisa triste—, pero quiero que confíes en mí y me creas cuando te digo que Delfina está a salvo y que no le pasará nada.


—De acuerdo —susurró ella, asintiendo suavemente y relajando su tensa figura.


Pedro no entendió por qué se le inflamó el pecho. Debía de estar loca. Paula lo sabía, mirando por la ventana, pero sin ver nada. ¿Confiar en él? ¿Confiar en el diablo? Y no era porque no tuviera alternativa, sentía una confianza que provenía de su corazón, un alivio que se extendía y aliviaba la opresión de sus pulmones.

Venganza Y Sedución: Capítulo 56

Todas las mujeres con las que Pedro había salido registraban su vida con selfis. Se había acostumbrado a ello y apenas se daba cuenta de que sus teléfonos estaban permanentemente girados hacia ellas. Paula tenía treinta y tres fotos almacenadas en su teléfono. Los primeros indicios de la pérdida de peso de ella, de la época en que Delfina había empezado a trabajar para ellos, eran una serie de fotos en las que aparecía sonriendo con varios niños igualmente sonrientes. Su pelo era del mismo castaño intenso en todas las fotos, así que supuso que se lo había teñido para su primer encuentro. Tan concentrado había estado en estudiarla  y calcular que habría tardado cuatro meses en lograr la talla que aún mantenía, que había tardado en darse cuenta de que todas las fotos habían sido tomadas en un hospital, y de que muchos de los niños capturados tenían poco o nada de pelo.


—¿Eres el dueño de esta isla? —susurró ella horrorizada.


—No te preocupes, tus dotes de investigación no te fallaron —a saber por qué quería tranquilizarla—. Compré St. Lovells hace dos años. Todos los implicados firmaron un acuerdo para no divulgarlo. Sé que no podré mantenerlo en secreto para siempre, pero espero disfrutarlo en paz durante un tiempo. Tus dotes tampoco te fallaron con el Palazzo delle Feste. La empresa que contraté para construirlo también firmó un acuerdo de confidencialidad. Ya no importa si descubren que es mío… Le he incorporado tecnología contra los paparazis.


—¿Desde cuándo te molesta salir en la prensa?


—La prensa es como una resaca —él se encogió de hombros—. Agotadora.


—Entonces quizá no deberías cortejarla —sugirió Paula.


—No la cortejo, me relaciono con ella, siempre por motivos profesionales. Créeme, nunca he invitado a los paparazis a que envíen un dron para hacerme fotos en mi yate.


—No, esas serían tus novias.


—Mis amantes la corrigió él—. Novia implica cierta permanencia.


—No te preocupes —la cara de Paula se contrajo cuando oyó la palabra «Amante»—, ninguna mujer sería tan estúpida como para salir contigo pensando que podría ser permanente.


Pero Paula sabía que más de una de sus amantes, odiosa palabra, habría quedado deslumbrada y luego cegada por la luz que desprendía Pedro. Ella había dedicado dos años a prepararse y protegerse de su magnetismo sexual, pero él había traspasado el grueso muro de piedra.


—Espero que no —murmuró él mientras miraba por la ventana—. Esta isla es el santuario perfecto. El desarrollo turístico es limitado. He destinado el lado sur para mi uso personal. No se puede atracar sin permiso. Cualquier periodista lo suficientemente estúpido como para enviar un dron sobre la isla verá cómo es derribado.

lunes, 2 de marzo de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 55

Él había cambiado el polo y los pantalones cortos por una camisa negra de manga corta, sin remeter sobre unos elegantes pantalones cortos de color tostado que le llegaban a medio muslo, y un par de zapatos náuticos. No recordaba habérselos visto en el desayuno, demasiado concentrada en comer y mantener la compostura como para atreverse a mirarlo. Superada por la montaña de emociones que la invadían. Demasiadas. Demasiado aterradoras para contemplarlas. Ver esa ropa no hizo más que aumentar su humillación. Pedro había embarcado en el Palazzo delle Feste sin nada más que la ropa que llevaba puesta y los objetos en los bolsillos del pantalón. Debía tener ropa de repuesto en el camarote principal, prohibido a Paula. Por el dueño. Por Pedro. Cómo deseó que su corazón no se agitara al ver tensarse los músculos de las pantorrillas al caminar y cómo se movían los músculos de la espalda. Y, cuando él llegó al final del embarcadero y se volvió para esperarla, cómo deseó que el ardiente dolor que había prendido en su interior se redujera a cenizas. Por primera vez el día anterior en la sala de juegos, no pudo evitar mirarlo a los ojos. Lo que encontró en su brillante mirada no hizo más que agravar la agitación de su corazón, reflejo de las emociones que la atormentaban. Durante un instante de locura, la invadió el deseo de que Pedro le tomara el rostro entre las manos y apretara sus firmes labios contra los suyos y… Todo sucedió tan rápido que no pudo reaccionar. Un hombre que no había visto agarró la maleta mientras Pedro la tomaba en brazos y la depositaba en la parte trasera de un todoterreno negro, que tampoco había visto. Rápidamente, se sentó a su lado, y la puerta se cerró.


—¿Qué haces? —chilló Paula, intentando salir por la otra puerta. El pánico se apoderó de ella cuando la encontró cerrada—. ¡Déjame salir!


—Pronto —él golpeó la mampara que los separaba de la parte delantera del coche, que arrancó.


—¡Déjame salir, ahora! —Paula golpeó la mampara divisoria—. ¡Para el coche!


—No se detendrá.


Golpeó más fuerte. El cristal debía ser blindado, de lo contrario su puño lo habría atravesado.


—Vamos a mi complejo. Llegaremos en unos minutos.


—No voy a ninguna parte contigo —rugió ella.


—El itinerario de este coche dice otra cosa —Pedro suspiró como si estuviera harto del numerito.


—Si no detienes el coche y me dejas salir ahora mismo, te denunciaré por secuestro.


—Tendrás que esperar hasta abandonar St. Lovells. Te quedarás aquí conmigo hasta que Ezequiel confirme que cualquier daño que Delfina y tú hayan causado a nuestro negocio ha sido controlado.


—¡No puedes hacer eso!


—Puedo y lo haré. No será para siempre, y te doy mi palabra de que no te pasará nada.


—Como si fuera a creer una sola palabra que salga de tu boca — espetó Paula.


—Dijo la sartén al cazo.


—No puedes retenerme aquí contra mi voluntad. Hay leyes, ¿Sabes?


—Bella, sí puedo —Pedro casi sintió pena por ella—. La isla es mía, y no podrás marcharte sin mi permiso.



Pedro había expuesto a Paula como la estafadora conspiradora que era, así pues, no tenía sentido que la expresión de ella le hiciera sentir un nudo en el estómago. La ternura que lo invadía, el deseo de abrazarla y jurar por todo lo sagrado que jamás permitiría que le hicieran daño… Solo podía deberse a la falta de sueño. No debería haber pasado las horas de insomnio revisando los datos del teléfono clonado. Pocos contactos y fotos. Pocas señales de que tuviera una vida social.