lunes, 9 de marzo de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 63

Aunque las ventanas del bungaló estaban tintadas, y las contraventanas cerradas, Pedro la sintió en la puerta. No había salido corriendo al jardín, como el día anterior. Se sentó en el escalón, se puso lo más cómodo posible y apoyó la cabeza contra la puerta.


—Mi padre es un monstruo —empezó—. Un verdadero monstruo. Su hermano, el padre de Ezequiel, es igual. No sé cómo llegaron a ser así, tal vez su propio padre, al que nunca conocí, era igual, pero su madre, nuestra nonna, era una gran señora. Vivía con nosotros y su presencia templaba lo peor en ellos. Murió cuando yo tenía ocho años.


Pedro sintió un sabor acre en la boca.


—Antes de que muriera, yo estaba acostumbrado a que me pegaran. Era normal. Ezequiel también. Después de su muerte despertaron los monstruos. ¿Sabes que nos criamos en Umbria?


No hubo respuesta, pero algo le decía que ella estaba escuchando.


—Supongo que lo sabes —él soltó una risa taciturna—. Y supongo que también sabes que el negocio de nuestros padres es el vino. Es del dominio público, y tú habrás buscado todo lo que internet puede decirte sobre mí. Si yo fuera tú, y creyera que mi padre es inocente, habría hecho lo mismo, y creo que eso habla de lo diferentes que fueron nuestras infancias. Si me dijeras que mi padre era inocente de algo me reiría en tu cara.


Paula había intentado alejarse de la puerta, pero sus pies se negaban a obedecer. Con un suspiro ahogado de derrota, deslizó la espalda por la puerta hasta sentarse en el suelo de bambú, luego se llevó las rodillas al pecho y se abrazó a sí misma con fuerza.


—El vino que producen solía ser estupendo, pero cuando su madre murió, empezaron a recortar gastos. Cuando Ezequiel y yo nos fuimos, recortaron aún más. Les doy dos años más antes de que el viñedo deje de producir. Como mucho —él se echó a reír—. Son demasiado perezosos hasta para abonar la tierra como es debido y, desde que nos fuimos, demasiado mezquinos para pagar a alguien para que lo haga por ellos. No es de extrañar que su Sangiovese sepa a ácido de batería.


Se hizo un largo silencio antes de que continuara hablando con el mismo tono uniforme, como si contara una historia que había oído muchas veces. Su historia. Todo lo que ella había deseado saber, aunque fuera irrelevante para su búsqueda. Por mucho que Pedro la repeliera, en un lugar que nunca se había atrevido a admitir, residía una dolorosa fascinación por él.


—Éramos sus pequeños esclavos —continuó él—. Recuerdo aplastar uvas con los pies hasta medianoche y al día siguiente ir a la escuela con los pies y los tobillos morados. Nos obligaban a trabajar desde el amanecer hasta que decían basta. Si nos quejábamos, nos pegaban. Tras la muerte de nonna, no hacía falta quejarse. Su muerte los desató. Eran nuestros amos, y nosotros sus sacos de boxeo. Nuestras madres también. Nunca necesitaron una excusa para pegarlas.

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