—Pero si les vendió esas tierras y sobornó a funcionarios, entonces su proclamación de inocencia después de que forzaras la adquisición era mentira, y si hubo otras víctimas, eso significa que toda mi infancia está manchada.
—Solo si lo permites.
—Pero entonces, todo lo que teníamos, los privilegios que disfrutábamos, se basaban en mentiras.
—El padre que fue para tí no era una mentira. Os quería, y creo que se ahogó en alcohol porque no podía vivir con las repercusiones que sus decisiones empresariales habían causado a su familia.
—No me puedo creer que lo defiendas —¿Después de lo que ella había intentado hacerle?
—Algo bueno debía tener para hacer una hija como tú.
—¿Una mentirosa vengativa empeñada en destruirte?
—Una mujer leal, buena y hermosa, que no podía llevar a cabo su venganza sin pruebas. No olvides que he leído vuestros mensajes. Cuando ella te dijo que había encontrado pruebas de corrupción contra nosotros, tu respuesta fue: «Gracias a Dios». Tenías dudas, cara, sé que las tenías, y tu hermana también lo sabía, y te dijo lo que necesitabas oír.
Las lágrimas que Paula había estado conteniendo rodaron por sus mejillas. ¿Cómo podía ese hombre, al que conocía desde hacía tan poco tiempo, descifrar sus pensamientos y sentimientos mejor que ella misma?
—¿Bella?
—No puedo creer que esté admitiendo esto, pero tienes razón —Paula respiró hondo—, he tenido dudas sobre la versión de mi padre sobre lo que pasó —dudas que crecían a medida que buceaba en la vida de Pedro y no encontraba nada malo en su conducta empresarial, dudas que crecían con cada entrevista y perfil que se publicaba sobre él. Nadie hablaba mal de él, ni siquiera sus amantes—. Pero, Pedro, no dudo de Delfina. Es mi roca y mi ángel de la guarda. No soporto pensar en lo que me habría pasado sin ella. ¿Por qué me mentiría? ¿Por qué?
—No puedo responder a eso —Pedro reflexionó—, pero piensa que todo el plan dependía de que Delfina encontrara pruebas de que éramos corruptos para empujarte a la acción. Quizás te envió un mensaje en lugar de llamarte porque temía que oyeras la mentira en su voz.
Paula estaba sentada en el borde de su piscina privada con las piernas sumergidas hasta media pantorrilla. Pronto, el sol descendería y teñiría el cielo con una bruma anaranjada que llamaba su atención cada noche. Era lo único que le evitaba pensar en él. Pedro Alfonso había ocupado sus pensamientos desde que Delfina había incubado el plan. Al principio había sido un plan pequeño, pero con los años había crecido. A medida que ella investigaba sobre él, ocupaba más espacio en su cabeza. Era lo primero en lo que pensaba al despertar y lo último antes de dormirse. Nunca sabría la verdad de lo sucedido con su padre, pero aceptaba que, Pedro estaba convencido de que los había estafado. No era el monstruo que ella había creído durante años. Y Delfina había percibido las dudas de Paula. Intentó contener el espasmo de culpabilidad ante esas dudas. No quería pensar en su hermana, no podía dejar que su mente la llevara adonde tan desesperadamente no quería ir.
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