lunes, 2 de marzo de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 52

Paula se detuvo. Por un momento él pensó que hablaría, pero el momento pasó cuando le dió otro mordisco a su cruasán.


—Tus planes se han frustrado. Avisé a mi primo en cuanto me enteré de lo que tramaban.


Hubo un leve parpadeo en el rostro que seguía sin mirarlo.


—En Londres descubrí que eras una estafadora —continuó Pedro—, así que cloné tu teléfono. Cuando me dí cuenta de lo que tramaban guardé tu teléfono bajo llave en mi camarote. Te lo devolveré cuando todo haya acabado y ya no sea peligroso que te comuniques con Delfina.


Paula apartó la silla de la mesa y se levantó. Tomó una manzana del frutero y se alejó.


—Supongo que no debería sorprenderme tu silencio —Pedro se enfureció—. Tu padre tampoco tuvo mucho que decir cuando Ezequiel y yo nos enfrentamos a él por su corrupción.


Por un instante, el pie de Paula quedó suspendido en el aire antes de girar sobre sí misma y regresar a la mesa. Tomó el teléfono de Pedro, antes de que él pudiera reaccionar, y lo arrojó por la borda. Boquiabierto, apenas capaz de dar crédito a lo que acababa de hacer, él observó cómo ella se marchaba sin mirarlo. Paula sentía una furia como jamás había conocido y se dirigió al primer miembro de la tripulación con el que se cruzó.


—Perdona, ¿Me prestas tu teléfono, por favor? Sigo sin encontrar el mío.


Fernanda, probablemente aún más joven que Paula, se mordió el labio y bajó la mirada.


—¿Estás bien? —confusa, Issy puso una mano en el brazo de Fernanda—. Yo pagaré los gastos.


—No puedo —Fernanda sacudió la cabeza—. Mi trabajo vale más.


—¿Qué quieres decir?


—Hemos recibido órdenes de no prestarle nuestros teléfonos — murmuró.


—¿Órdenes de quién? —pero ella ya lo sabía.


—Del señor Alfonso.


—Escucha, Fernanda, no importan las órdenes que te haya dado Pedro —Paula apretó los dientes y respiró hondo para no morderle la cabeza a la pobre Fernanda—. Es mi yate. Por favor, déjame usar tu teléfono, solo cinco minutos. Por favor.


—Usted lo ha alquilado —la joven se limitó a sacudir la cabeza—, pero él es mi jefe.


La sensación de mareo que Paula había experimentado en la sala de juegos al darse cuenta de que Gianni sabía quién era, regresó.


—¿Tu jefe? —preguntó casi con miedo—. ¿Cómo?


—Porque éste es su yate —la joven la miró con compasión.


Paula miró furiosa el teléfono del camarote que sonaba. Había pasado la última hora encerrada, mirándolo, odiándolo por su negativa a comunicar fuera del yate. Le estaba costando un mundo controlarse, porque sabía que en cuanto la liberara, el terror por su hermana se apoderaría de ella.


—¿Sí? —arrastrándose sobre la cama, descolgó.


—¿Señorita Chaves?


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