Pedro llevaba más de dos horas sentado en su balcón sin apenas atreverse a respirar por si Paula lo oía, maldiciéndose por no instalarla en un camarote lejos del suyo. No quería tener nada que ver con ella, ni siquiera verla, y cuando había llamado a su puerta, se había complacido en ignorarla. ¿Qué demonios quería de él? Así que estaba atrapado en su balcón, esperando a que ella volviera a entrar, para poder vaciar la botella de whisky que llevaba con él. Hubo movimiento. ¡Bien! Debía de estar entrando. No, estaba dando pisotones, algo inusual, dado su paso ligero y elegante. Lo único que quería era emborracharse, para no darse cuenta cuando el yate atracara y ella desapareciera de su vida. Navegaría hasta Barbados y allí tomaría su jet de regreso a Londres. Así era más seguro. Sin riesgo de tropezarse accidentalmente con ella. Los pisotones cesaron. Excelente. Se cruzó de brazos y esperó impacientemente a que Paula entrara. Un golpe sordo lo levantó de un salto. ¿Qué demonios…? El pensamiento apenas se había formado cuando un aullido animal de agonía rasgó el aire.
—¿Paula? —gritó él, corriendo hacia la separación entre los balcones. ¿Por qué demonios había insistido en que la separación fuera lo bastante amplia para procurar total intimidad? Volvió a llamarla, pero solo oyó unos sollozos desgarradores—. Quédate donde estás —le ordenó—. Ya voy.
Salió de su camarote y corrió directamente hasta la puerta de Paula, que, por suerte no estaba cerrada con llave. La abrió y corrió hasta el balcón. Lo que vió lo detuvo en seco. Ella estaba acurrucada en el suelo, en posición fetal, sollozando, sufriendo sacudidas por todo el cuerpo. En un instante, él estuvo a su lado, acunándola en su regazo.
—¿Dónde te duele? —le preguntó—. Por favor, mia amore, dime dónde estás herida.
Lentamente, Paula comprendió que no soñaba. Alucinar con la voz de Pedro era más de lo que podría soportar, y se había tapado los oídos, llorando tan fuerte que sentía las costillas magulladas. Tentativamente, todavía temiendo que él desapareciera en un parpadeo, tocó su mejilla.
—¿Pedro? —preguntó, dubitativa.
—Dime dónde estás herida —insistió él.
—¿Herida?
—Te has hecho daño —el acento italiano era más fuerte que nunca—. Por favor, dime dónde te duele.
—Aquí —más lágrimas rodaron por su rostro mientras Paula se llevaba una mano al corazón.
—¿Qué has hecho?
—Alejarte.
Pedro no comprendía.
—Soy la mayor tonta del mundo —ella le tomó el rostro—. Por favor, perdóname. Dame otra oportunidad. Por favor, no me abandones. No podría soportarlo. Te amo, Pedro, y quiero construir una vida contigo.
Pedro apenas se atrevía a creer lo que decían sus labios y sus ojos suplicantes.
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