lunes, 9 de marzo de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 65

Paula no paraba de mirar el reloj. Pedro estaría en el comedor, pero no la esperaría. Le había hecho saber que declinaba su invitación cuando pidió la cena en su bungaló. No podía enfrentarse a él. Era demasiado peligroso. Lo había escuchado contar la historia de su vida y había deseado abrir la puerta, sentarse en su regazo y abrazarlo fuerte. Hacía tiempo que sospechaba que el distanciamiento con su padre se debía a algo malo, pero imaginar el sufrimiento que debía haber pasado… Por mucho que se esforzara en contener sus emociones, el muro de piedra que había construido se derrumbaba, y su corazón sangraba por él. En esa historia había tres villanos. El padre y el tío de Pedro, y el padre de ella. No podía aceptarlo. Su padre nunca trataría a dos jóvenes como Pedro lo había descrito. Jamás. «¿Estás segura…?». Él debía estar equivocado sobre su padre. El problema era que ella creía que él lo creía. ¿Y su hermana? Porque si Pedro decía la verdad, significaba que Delfina, que la había mantenido a flote todos esos años, había mentido.



A media mañana del día siguiente, Pedro volvió a llamar a la puerta de Paula.


—¿Sí?


—Soy yo.


Silencio.


—Te eché de menos anoche.


—¿Recibiste mi mensaje? —preguntó ella tras una larga pausa.


—Sí —no esperaba que fuera. 


Su instinto le había dicho que no iría. Incomprensiblemente, el mensaje había aterrizado como un golpe. Había muchas cosas sobre sus reacciones a Paula que Pedro no entendía. Reacciones y sentimientos que nunca antes había sentido. Cada vez más fuertes.


—¿Ya estás preparada para salir? —preguntó él.


—Aún no —contestó ella tras una ligera vacilación.


—Qué pena. Hace un día precioso.


—Lo sé. He estado en el jardín.


—¿Nadando?


—No —él juró haberla oído reír—. No creo que sea seguro nadar sin un socorrista cerca.


—Una cosa menos de la que preocuparme —bromeó él. Tras días de silencio y ninguneo, su voz sonaba notablemente más cálida—. ¿Siempre has sido tan mala nadadora?


—No, yo… Ha pasado mucho tiempo. Eso es todo. Y nunca fui una gran nadadora.


—Háblame —Pedro se sentó en el escalón.


—¿De qué?


—De la natación. De tu vida. Cualquier cosa que quieras contarme.


—¿Qué quieres saber? —preguntó ella dubitativa.


—Todo.


Cuando volvió a hablar, la voz de Paula sonó tan cerca que él supo que también se había sentado y que, probablemente, tenía la espalda pegada a la puerta, igual que él.

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