lunes, 2 de marzo de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 55

Él había cambiado el polo y los pantalones cortos por una camisa negra de manga corta, sin remeter sobre unos elegantes pantalones cortos de color tostado que le llegaban a medio muslo, y un par de zapatos náuticos. No recordaba habérselos visto en el desayuno, demasiado concentrada en comer y mantener la compostura como para atreverse a mirarlo. Superada por la montaña de emociones que la invadían. Demasiadas. Demasiado aterradoras para contemplarlas. Ver esa ropa no hizo más que aumentar su humillación. Pedro había embarcado en el Palazzo delle Feste sin nada más que la ropa que llevaba puesta y los objetos en los bolsillos del pantalón. Debía tener ropa de repuesto en el camarote principal, prohibido a Paula. Por el dueño. Por Pedro. Cómo deseó que su corazón no se agitara al ver tensarse los músculos de las pantorrillas al caminar y cómo se movían los músculos de la espalda. Y, cuando él llegó al final del embarcadero y se volvió para esperarla, cómo deseó que el ardiente dolor que había prendido en su interior se redujera a cenizas. Por primera vez el día anterior en la sala de juegos, no pudo evitar mirarlo a los ojos. Lo que encontró en su brillante mirada no hizo más que agravar la agitación de su corazón, reflejo de las emociones que la atormentaban. Durante un instante de locura, la invadió el deseo de que Pedro le tomara el rostro entre las manos y apretara sus firmes labios contra los suyos y… Todo sucedió tan rápido que no pudo reaccionar. Un hombre que no había visto agarró la maleta mientras Pedro la tomaba en brazos y la depositaba en la parte trasera de un todoterreno negro, que tampoco había visto. Rápidamente, se sentó a su lado, y la puerta se cerró.


—¿Qué haces? —chilló Paula, intentando salir por la otra puerta. El pánico se apoderó de ella cuando la encontró cerrada—. ¡Déjame salir!


—Pronto —él golpeó la mampara que los separaba de la parte delantera del coche, que arrancó.


—¡Déjame salir, ahora! —Paula golpeó la mampara divisoria—. ¡Para el coche!


—No se detendrá.


Golpeó más fuerte. El cristal debía ser blindado, de lo contrario su puño lo habría atravesado.


—Vamos a mi complejo. Llegaremos en unos minutos.


—No voy a ninguna parte contigo —rugió ella.


—El itinerario de este coche dice otra cosa —Pedro suspiró como si estuviera harto del numerito.


—Si no detienes el coche y me dejas salir ahora mismo, te denunciaré por secuestro.


—Tendrás que esperar hasta abandonar St. Lovells. Te quedarás aquí conmigo hasta que Ezequiel confirme que cualquier daño que Delfina y tú hayan causado a nuestro negocio ha sido controlado.


—¡No puedes hacer eso!


—Puedo y lo haré. No será para siempre, y te doy mi palabra de que no te pasará nada.


—Como si fuera a creer una sola palabra que salga de tu boca — espetó Paula.


—Dijo la sartén al cazo.


—No puedes retenerme aquí contra mi voluntad. Hay leyes, ¿Sabes?


—Bella, sí puedo —Pedro casi sintió pena por ella—. La isla es mía, y no podrás marcharte sin mi permiso.



Pedro había expuesto a Paula como la estafadora conspiradora que era, así pues, no tenía sentido que la expresión de ella le hiciera sentir un nudo en el estómago. La ternura que lo invadía, el deseo de abrazarla y jurar por todo lo sagrado que jamás permitiría que le hicieran daño… Solo podía deberse a la falta de sueño. No debería haber pasado las horas de insomnio revisando los datos del teléfono clonado. Pocos contactos y fotos. Pocas señales de que tuviera una vida social.


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