miércoles, 25 de marzo de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 78

 —¿Cómo puedes decir eso? —ella se sentía como si la hubiera abofeteado—. Sabes por lo que hemos pasado y lo que significamos la una para la otra.


—A eso me refiero —espetó él—. Si tu hermana te quiere tanto como tú a ella, querrá lo mejor para tí. Querrá que seas feliz. Si lo desearas lo suficiente, la convencerías. No niego que se enfadará y se sentirá traicionada, pero con el tiempo cederá. Quizá nunca me aceptara como cuñado, pero seguro que no querría perderte. Pero nunca lo sabremos. Y yo nunca sabré si Ezequiel podría perdonarme, porque tienes tanto miedo de que acabe abandonándote, que prefieres aferrarte a la falda de tu hermana y usarla como excusa antes que dar un salto de fe conmigo.


—No tengo miedo —susurró ella.


—Mentirosa —Pedro se levantó y se sacudió la arena—. Menuda confianza tenías en mí.


Incapaz de soportar un instante más la espantada expresión de cobarde, Pedro giró sobre sus talones y se alejó de ella.


—¿Adónde vas? —Paula se levantó, presa del pánico.


—A llamar al capitán Caville. El Palazzo delle Feste está amarrado en una isla a cincuenta kilómetros. No tardará mucho en llegar. Te sugiero que hagas las maletas.


—¿Qué? ¿Nos vamos? —Paula casi tuvo que correr para alcanzarlo.


—No quiero quedarme aquí ni un minuto más de lo necesario.


—Pero no nos esperan en Londres hasta dentro de un par de días.


—Nuestro tiempo aquí ha terminado.


—Por favor, Pedro, no dejes que termine así.


—¿Qué demonios quieres? —él se detuvo bruscamente y giró sobre sí mismo—. ¿Unos días más de diversión? No, tú has tomado tu decisión y yo la mía. Navegaremos hasta la isla más cercana con un aeropuerto que vuele al Reino Unido y te compraré un billete para regresar a casa.


—¿Y tú qué? —preguntó ella, aturdida por la implacable frialdad de Pedro.


—Eso, bella —prácticamente escupió el apelativo—, no es asunto tuyo. Mi abogado te llamará para tratar la disolución de nuestro matrimonio —había aún más veneno en su voz—. No esperes nada de mí. Este matrimonio no significó nada. No significamos nada. Disfruta de tu vida.


Cuando las largas piernas se pusieron en marcha de nuevo, Paula lo dejó ir.



Sentada en el balcón del camarote del Palazzo delle Feste, Paula contemplaba las estrellas. A pesar de la cálida noche, estaba enfundada en el echarpe que llevaba para el impredecible tiempo de Londres. Estaba helada desde que Pedro la había arrancado de su vida de forma fría y despiadada. Desde que había embarcado, no lo había visto ni oído. Había vagado sin rumbo, esperando y temiendo encontrárselo. Incluso había llamado a la puerta de su camarote, pero sin respuesta. Probablemente era para bien. No habría sabido qué decirle. Debía haber cambiado de idea, quedándose en St. Lovells.

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