Una confianza de la que se sentía culpable, casi tanto como cuando recordaba lo cerca que había estado de entregar su virginidad al demonio. Si Pedro no hubiera confesado saber quién era, ella le habría dejado hacerle el amor, y con mucho gusto. Que él hubiera tenido, obviamente, un ataque de culpabilidad para confesar en ese momento no significaba nada. Él la había llevado hasta ese punto. Cada palabra que había dicho era mentira. «Y cada palabra que has dicho tú, también». «Es diferente», discutió consigo misma. Pedro era un corrupto… Pero por alguna estúpida razón se negaba a pensar en él como un monstruo. Era el bastardo corrupto que había robado el negocio de su padre y destruido su vida. Se merecía todo lo que Amelia y ella habían planeado para él. «¿Estás segura?». «¡Cállate!», le gritó a su estúpido cerebro. ¡Claro que estaba segura! Delfina había descubierto pruebas de su corrupción, y su hermana no mentiría. «Pero ¿Por qué te negaste a seguir adelante con el plan sin pruebas?». «¡Porque necesitaba estar segura de que hacíamos lo correcto!». Ambas habían acordado desde el principio que no seguirían adelante sin pruebas de corrupción de los primos Alfonso. ¿Por qué volvía a discutir de eso consigo misma? Antes de reunirse con Pedro, mientras la parte del plan de Amelia se aceleraba, Paula había atribuido su insistencia de encontrar pruebas de corrupción a que se había acobardado. Le habían surgido dudas, y cada vez estaba más necesitada de algo concreto que arrojar a los primos Alfonso, algo que fuera más allá de la venganza de dos chicas adolescentes ciegas a los defectos de su padre. Estaba segura de que había sido el trabajo en el hospital lo que le había metido en la cabeza esas dudas sobre su padre, y se odiaba a sí misma por ello. Paula pasaba mucho tiempo con padres cuyos queridos hijos se debatían entre la vida y la muerte. Eran padres falibles. Humanos. Pero los niños confiaban en ellos ciegamente. Si papá o mamá decían que iban a ponerse mejor, los creían a pies juntillas, aunque fuera mentira. Y los padres mentían porque no soportaban la verdad, ni para sus hijos ni para ellos mismos.
—Ya estamos aquí.
Paula salió de su ensoñación y miró el reloj. Solo habían pasado diez minutos desde el secuestro, y no había prestado atención a lo que la rodeaba. Se habían detenido ante un portón con una garita de seguridad integrada en un alto muro de piedra que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. La estrecha carretera continuaba al otro lado de la verja, rodeada de un espeso follaje tropical.
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