miércoles, 18 de marzo de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 72

Lentamente, las embestidas se alargaron y profundizaron, el placer aumentó hasta que ella no fue más que un amasijo de terminaciones nerviosas y la ardiente presión dentro de ella estalló. Con un grito prolongado, Paula enterró la boca en el cuello de Pedro y se agarró con fuerza mientras la inundaban oleadas de felicidad. Lo oyó  gemir y, con una furiosa embestida, sus ingles se unieron por última vez. Enterrado tan profundamente dentro de Paula como jamás había soñado que fuera posible, el clímax de Pedro rugió a través de él. Intentó hundirse más, ella intentó tirar más de él, ambos deseando prolongar el placer todo lo posible, hasta que no quedó más que un silencio aturdidor.



Pedro observó el rostro dormido vuelto hacia él y sonrió al ver la mancha de pecas en la nariz y las mejillas de Paula, iluminadas por la primera luz del sol de la mañana. La tentación de despertarla era fuerte, pero su conciencia no se lo permitía. Debía estar agotada. Tres días y cuatro noches de amor casi constante le habían provocado unas leves ojeras. En cuanto a él… No recordaba haberse sentido nunca tan bien. Tan vivo. Con cuidado, se tumbó boca arriba y estiró un brazo por encima de la cabeza.


—Buenos días —Paula había abierto los ojos, y una sonrisa soñolienta jugueteaba en sus labios.


Él se inclinó y rozó sus labios con un beso. La sonrisa se amplió.


—Es temprano —susurró—. Vuelve a dormir.


—No quiero dormir —ella se acurrucó contra él y puso una mano en su pecho.


Pedro le tomó la mano y suspiró, sabiendo exactamente a qué se refería. Los cuatro días que habían pasado como amantes habían transcurrido como un sueño. Habían estado solos. La habitación de él ocupaba toda la segunda planta, un amplio espacio diáfano con la cama emperador hecha a mano, una pequeña mesa de comedor, un gran sofá esquinero, un bar, un vestidor y un cuarto de baño. Comían lo que el personal dejaba en la puerta. Bebían del bar, que se llenaba mientras estaban en la piscina. Era como si fueran las dos únicas personas en el mundo. Levantó la cabeza al oír un ruido y vió cómo deslizaban una nota por debajo de la puerta. Besó a Paula, saltó de la cama y tomó la nota. La abrió y la miró. Ella había apartado las sábanas y adoptaba una pose tan provocativa que él casi tiró la nota sin leer. Casi. El mensaje era de Ezequiel, cinco palabras: "El negocio está a salvo". Pedro volvió a leerlo, esperando sentir algo. Que no sintió. ¿Por qué no estaba exultante? Sabía que Ezequiel arreglaría las cosas. Nunca lo había dudado. Pero había esperado sentir al menos alivio, no una inmediata sensación de pavor.


—¿Qué ocurre? —preguntó Paula.


Durante un largo instante, él se debatió entre decírselo o no.


—Ezequiel lo ha arreglado todo.


—¿El negocio?


—Sí.


—Me alegro —contestó ella.


—¿Te alegras?


—Siento lo que intentamos hacerles —los ojos de Paula se llenaron de lágrimas—. Lo siento mucho.


—Sé que lo sientes.


—Por favor, perdóname.


—Ya está perdonado —sentado en la cama, él le secó una lágrima que rodaba por su mejilla.

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