lunes, 2 de marzo de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 53

Al reconocer la voz del capitán, Paula cerró los ojos y trató de hablar en tono suave. Por mucho que quisiera gritarle, el capitán solo había obedecido órdenes de su auténtico jefe.


—Sí, capitán Caville. ¿Qué puedo hacer por usted?


—Pensé que debería saber que atracaremos en veinte minutos.


—¿Dónde?


—En St. Lovells.


—¿Una isla?


—Sí.


—Nunca he oído hablar de ella… Pero gracias por decírmelo.


—De nada —el capitán dudó—… Mis disculpas de nuevo por la confusión sobre los papeles.


Pero no hubo disculpas por engañarla y hacerle creer que había alquilado el Palazzo delle Feste de verdad. Toda la tripulación trabajaba para Pedro. El yate le pertenecía. Había jugado con ella como un marionetista con su marioneta. ¿Por qué no había hecho caso a su instinto cuando David le había mostrado el yate? En el fondo ella sabía que era demasiado para lo que necesitaba. Que el alquiler era demasiado como para que David se lo regalara. La desesperación le había hecho ignorar su instinto. La ventana de oportunidades para que Delfina y ella llevaran a cabo su venganza solo duraría un tiempo y jamás volvería a abrirse. Lo había estropeado todo. Colgó el teléfono y se tapó la cara. No debía llorar. Todavía no. Tampoco podía pensar en lo herida, rota, que la había dejado Pedro la noche anterior. Las lágrimas tendrían que esperar. Debía concentrarse en escapar y encontrar la forma de ponerse en contacto con Delfina, no para advertirle, ya era demasiado tarde, sino para asegurarse de que estuviera bien. A salvo. Ambos primos Alfonso eran despiadados, pero, para Paula, Ezequiel era el peor. A diferencia de Pedro, al que la prensa adoraba, Ezequiel permanecía lejos de los focos, por lo que había muy pocas fotos suyas en Internet. Las que había, mostraban a un hombre apuesto, aunque de gesto amenazador. Su rostro encajaba con la imagen que ella recordaba, cuando Pedro y él habían salido de su casa familiar como un par de mafiosos tras meterle una bala a su enemigo. Para Paula, como si lo hubieran hecho. Le habrían ahorrado a su padre un año de tormento. La primera vez que vió una foto de Pedro, tardó un rato en comprender que aquel hombre tan apuesto que sonreía alegremente a la cámara podía ser el mismo que había hecho y dicho cosas tan crueles a su padre. Con Ezequiel no había dudado. Había pensado que Delfina estaría a salvo trabajando para los primos. Alfonso Industries empleaba a cien mil personas. Por supuesto, solo una fracción trabajaba en The Ruby, un magnífico rascacielos que los primos Alfonso habían construido en el corazón de Londres como sede central, pero aun así eran muchos.

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