—No lo he visto desde que abandonamos Umbria —explicó él—. No quiero volver a verlo.
Paula le apretó una mano.
—Ezequiel y yo sabíamos que cambiarnos de apellido les golpearía donde más dolería.
—¿Su ego? —adivinó ella.
—Sé que a mi padre mi éxito lo estará matando, también saber que no ocupa ningún lugar en mi vida —él sonrió—. Quería que me viera con lo mejor que el mundo puede ofrecer, sin poder atribuirse siquiera el mérito de mi apellido.
—¿Y lo mejor de todo incluía a las mujeres?
—Sí —Pedro asintió y, al decirlo en voz alta, comprendió hasta qué punto su actitud con las mujeres había sido… Misógina—. Si hace dos años me hubiera cruzado contigo por la calle, ni te habría mirado. Quería lo que creía que era el sueño masculino: La supermodelo de mi brazo y en mi cama.
Se merecía el dolor y el disgusto que curvaron la boca de Paula, y apretó suavemente su mano para impedir que ella la apartara.
—Tengo que ser sincero contigo —continuó—. Después de cómo empezamos, de todas las mentiras, no quiero que ningún engaño se interponga entre nosotros.
Paula parpadeó.
—No te habría mirado porque me había entrenado para ver solo mujeres altas, rubias y obviamente ricas —continuó—. No necesitaba ver más, porque no buscaba más. No me interesaba nada real —Pedro sonrió y le besó la mano—. Todo este tiempo a tu lado, Paula, cómo me haces sentir… Y estar contigo me ha devuelto el pasado como no había sucedido en mucho tiempo. Ahora pienso en mi madre, sola en Milán y, por primera vez en más de dos décadas, no la odio por no haber vuelto.
—Quizá no pudo —sugirió Paula en voz baja.
Algo en el tono de Pedro y en la forma en que la miraba le aceleró el corazón. Por primera vez en una eternidad, había pavor en esos latidos.
—Pudo —él hizo una mueca y sacudió la cabeza—. Primero huyó a un refugio para mujeres. Lo sé porque me lo contó mi tía. Allí debieron ayudarla, pero ella decidió no hablarles de mí.
Un gemido escapó de la garganta de Paula.
—No sufras por mí, cara —Pedro sonrió—. Gracias a tí ahora puedo enfrentarme a mi pasado como nunca me había permitido. No quiero que siga teniendo poder sobre mí. Mi madre me dejó porque no me quería lo suficiente como para llevarme con ella.
—No me lo creo —susurró ella.
¿Cómo podía una mujer no amar a Pedro, más aún, su madre?
—Creo que mi padre le arrancó el amor a golpes —él le rozó la mejilla con un dedo—. Nunca se volvió a casar, ni ha tenido amantes. Ni siquiera tiene amigos. Solía alegrarme por ello, pero ahora… —su pecho subió y bajó de golpe—. Paula, tu madre también te abandonó a su manera, pero tú no le guardas rencor. Intentas comprenderla y ayudarla, perdonarla. Y eso debo hacer yo. Perdonar a mi madre por lo que le tocó en suerte y confiar en que su abandono no fue culpa mía —sus ojos se clavaron en los de ella—. Y confiar en que no tiene por qué afectar al resto de mi vida.
El temor que había ido creciendo en el corazón de Paula era tan fuerte que casi la ensordecía. El instinto le gritaba que cambiara de tema, pero también anhelaba abrazarlo con fuerza y jurarle que podía confiar en ella, que siempre estaría a su lado. Que nunca lo abandonaría.
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