Paula intentó desesperadamente reprimir las lágrimas. No quería llorar delante de él, pero la realidad acababa de irrumpir en sus vidas. Se había negado a pensar en otra cosa que no fuera Pedro desde que se habían hecho amantes. Para él también había sido así, estaba segura. Habían vivido en una burbuja íntima y soñadora. Cuando no hacían el amor, hablaban de muchas cosas, largas conversaciones llenas de risas. Habían llegado a conocerse como quienes realmente eran, pero no habían hablado del primo ni del negocio de él, ni de la hermana o los padres de ella. Lo que tenían era demasiado especial, mágico, como para permitir que lo que acabaría con el sueño lo estropeara durante el tiempo que tenían.
—Ya puedes irte a casa —anunció él.
—¿Quieres que me vaya? —a Paula le entraron más ganas de llorar.
—No —él sacudió la cabeza.
—Bien —susurró ella—. Porque yo tampoco me quiero ir.
—Tu teléfono está en mi vestidor — Pedro cerró los ojos, aliviado, y se encogió de hombros.
—Lo había olvidado por completo —Paula sonrió.
—Puedes llamar a tu hermana.
—Dijiste que estaba a salvo —había un motivo por el que no se había permitido pensar en Delfina.
—Lo está.
—Entonces no necesito llamarla. Todavía no.
Por cómo Pedro la miraba, ella tuvo la sensación de que sabía lo desgarrada que se sentía. Paula le rodeó el cuello con los brazos y lo besó apasionadamente. Él no tenía que regresar a su vida real en cuatro o cinco días, y ella pensaba extraer cada gramo de placer y alegría que le proporcionaba él hasta agotar ese tiempo. La realidad podía esperar. El mar estaba mucho más cálido de lo que ella esperaba, y ni siquiera se inmutó cuando le cubrió las piernas. Cuando llegó al ombligo, se detuvo.
—Hasta aquí he llegado —declaró.
—Cobarde —se burló Pedro con esa sonrisa que nunca dejaba de provocarle un vuelco al corazón.
—No lo soy.
—Sí lo eres —Pedro le lanzó la pelota de playa.
—No lo soy —ella la atrapó y se la devolvió.
—¿Cómo voy a hundirte si no avanzas más allá del estómago? —la sonrisa de Pedro se amplió.
—¿Quieres que me ahogue? —preguntó ella, fingiendo indignación.
—No —él le lanzó la pelota con fuerza—. Quiero rescatarte para darte el beso de la vida.
—Si vas a hacer de socorrista, necesitas uno de esos flotadores —le recordó ella.
—Estoy deseando recibirlo por mi cumpleaños.
—Hará falta mucho papel para envolverlo —contestó ella, empleando toda su fuerza para lanzarle la pelota, y riéndose cuando por fin le acertó en la cabeza.
—¡Lo has hecho a propósito! —exclamó Pedro, metiéndose la pelota bajo el brazo.
—No sé de qué me hablas.
—Tienes una vena malvada —él se acercó a ella.
—Solo para las pelotas de playa —sonriendo, Paula retrocedió, tratando de escapar.
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