miércoles, 18 de marzo de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 71

Con el sabor del clímax de Paula aún en la lengua, Pedro se sometió a un asalto de los sentidos que le habría hecho perder la razón si no la hubiera perdido ya. Cada roce de su boca y su lengua lo abrasaban. Nunca había recibido tanto placer, mucho más que una experiencia corporal. Cuando ella le agarró el miembro, él gimió y apretó los dientes, y los apretó aún más cuando se lo llevó a la boca. Mio Dio… Pedro bajó la mirada y ella lo miró. Su corazón dio un vuelco el al ver el asombro cargado de deseo en la mirada de Paula. Cerró los ojos y dejó que ella tomara la iniciativa, echando la cabeza hacia atrás cuando los movimientos, tímidos al principio, se volvieron más atrevidos. Ella apretó más el miembro y lo introdujo más profundamente en su boca, gimiendo de placer por el placer que le estaba dando. Si el cielo existía, acababa de encontrarlo. Mio Dio, no había nada igual. El tirón delator de su orgasmo comenzó a presionarlo y, con un suspiro, él se apartó suavemente. Ella lo miró, con expresión confusa, y él le tomó el rostro entre las manos, y la besó, tumbándola de espaldas y deslizándose entre sus piernas. La punta de su erección rozó la entrada, y el deseo de penetrarla de golpe fue tan fuerte que tuvo que encajar la mandíbula para controlar sus instintos más bajos. Paula era virgen. Necesitaban protección. Estiró el brazo y abrió el cajón de la mesilla. Ella levantó la cabeza y le besó el cuello con la boca abierta, mientras deslizaba una mano hacia abajo hasta apoderarse de su erección. Pedro buscó un preservativo a tientas, porque ella lo acariciaba mientras le besaba el cuello. Sacó el preservativo y tomó la mano de Paula que tan glorioso placer le proporcionaba. Ella acercó la boca a su mandíbula hasta que encontró sus labios y, con las lenguas y las manos entrelazadas, colocaron el preservativo. Apenas pasó un segundo antes de que ella volviera a estar tumbada, respirando entrecortadamente, los ojos clavados en los de él, la erección empujando.


Paula temía volverse loca si Pedro no la tomaba. Nunca había deseado nada tanto como eso. Su cuerpo ardía con las llamas que él prendía, consumiendo sus sentidos. Solo veía su hermoso rostro, oía su respiración agitada, olía y saboreaba su piel almizclada. Pedro empezó a empujar contra ella. Paula no sintió dolor ni incomodidad, solo una lenta sensación de deliciosa plenitud. Pedro pensaba que el cielo era cuando ella se lo había llevado a la boca. Si aquello era el cielo, entonces eso era el paraíso, un milagro del cuerpo y el alma. Podrían quedarse así, pensó vagamente. Fundidos. Como uno solo. Nunca la necesidad de liberación había quemado tanto, pero la urgencia había desaparecido. Él solo quería saborear el momento, a ella. Paula ya creía haber experimentado todo el placer sensual que podría sentir, pero cuando él empezó a moverse dentro de ella, creció una sensación totalmente nueva, un ardor cada vez más intenso que se extendió por todo su ser. Le sujetó el cuello, lo besó y cerró los ojos.

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