lunes, 18 de mayo de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 50

Oyó entonces unos pasos y la puerta se abrió por fin. Pedro la miró fijamente.


—¿Por qué estás aquí, Paula?


—Porque te deseo.


Él parpadeó. Una vez. Dos.


—¿Cómo has dicho?


—Que te deseo, Pedro —afirmó ella. El corazón le latía con fuerza en la garganta—. Quiero que tú seas mi primer amante.


Pedro dió un paso atrás. Parecía muy sorprendido.


—¿El primero? ¿Eres virgen?


—Lo soy —respondió ella. Paula dejó escapar una perorata en griego que Rosalind no entendió. Por el tono de voz, resultaba evidente que era una serie de maldiciones—. Entiendo que somos una especie rara a partir de cierta edad, pero existimos.


Pedro se dió la vuelta y comenzó a frotarse el rostro con las manos.


—Paula, necesito que te vayas.


—No —replicó ella dando un paso al frente. Se plantó en la puerta para que Pedro no pudiera darle con ella en las narices—. No pienso marcharme a menos que me mires a los ojos y me digas que no me deseas.


—Esa es exactamente la razón por la que deberías marcharte — insistió él. Se giró de nuevo hacia ella y se acercó tanto que tan solo un suspiro los separaba—. Claro que te deseo. Te deseo desesperadamente. Me duele físicamente no tocarte. 


Paula lo observó atónita. Tenía la respiración entrecortada y el deseo le recorría las venas con tanta ferocidad que le producía vértigo.


—Entonces, ¿Por qué quieres que me vaya?


—Porque es lo único que puedo ofrecerte —respondió. Dio un paso atrás—. Placer físico durante el tiempo que te quedes aquí. Nada más.


—¿Acaso te he pedido yo otra cosa?


—Ahora no —admitió él—, pero una mujer como tú no tendría ni siquiera que pedirlo. Un hombre debería mirarte y saber que te mereces mucho más que una noche. Más que unas cuantas joyas.


Paula lo contempló atónita. Debía significar algo que Pedro la viera así. A pesar de lo mucho que ella había insistido en aquello sería solo algo físico, sabía lo que estaba arriesgando y que, probablemente, perdería parte de su corazón con aquel hombre. ¿Merecía la pena? Por supuesto que sí.


—Y yo quiero tener todas esas cosas. Dentro de un tiempo. Esposo, matrimonio, hijos… Pero no ahora.


Pedro apretó los puños.


—¿Sabes lo más retorcido de todo esto? Solo pensar que puedas compartir tu cuerpo con otro hombre, me vuelve loco… Sin embargo, yo no puedo darte nada de eso, Paula. No soy capaz de ofrecerle a nadie esa clase de profundidad emocional.


—Pero es que yo no te la estoy pidiendo.


—Deberías… —dijo él. Le colocó las manos sobre los hombros—. Deberías pedir la luna, Paula. No deberías conformarte con lo que crees que puedes tener solo porque estás atrapada en medio de la nada con un hombre que no es capaz de controlar su propia lujuria. Mírame.


Pedro estiró el cuello hacia un lado para que ella pudiera verle bien las cicatrices. Entonces, se agarró el cuello de la camisa y se lo bajó con fuerza para que ella viera cómo las cicatrices seguían bajando por el cuello. 

Quédate Conmigo: Capítulo 49

Con lánguida sensualidad, se dirigió al cuarto de baño y abrió el grifo del agua caliente. Junto a la bañera, había una pequeña mesa que ofrecía una selección de jabones y un frasco de gel de burbujas con aroma a rosas. Mientras la bañera se llenaba, se sirvió una copa de vino del minibar, sacó un esponjoso albornoz del armario y encontró una caja de cerillas en uno de los cajones. Minutos más tarde, se hundió entre las burbujas. Sobre la mesa ardía una vela. Había bajado la intensidad de las luces, creando un ambiente de ensueño que la seducía tanto como el deseo al que por fin se había rendido. Tomó un sorbo de vino y dejó la copa junto a la vela. Reclinó la cabeza sobre el cómodo cojín que había sobre la cabecera de la bañera y hundió los brazos bajo el agua. Con una mano se cubrió un seno y lo apretó suavemente para luego tirar del pezón. La otra mano fue deslizándose lentamente por el vientre, bajando poco a poco hacia la entrepierna. Los dedos comenzaron a acariciar la sensible piel, primero un lado y luego otro antes de descansar ligeramente sobre el clítoris. Apretó y contuvo la respiración al notar las sensaciones que empezaba a experimentar, una corriente eléctrica que pareció encender todo su cuerpo. Una sonrisa de asombro se dibujó en sus labios y siguió tocando, estimulando, explorándose de un modo que nunca había hecho antes. El deseo fue creciendo. Las caderas se arqueaban sobre la mano. A pesar de que el placer le recorría todo el cuerpo, era muy consciente de la tensión que tenía entre los muslos. Empezó a evocar imágenes de Pedro, recordando la expresión de su rostro antes de que uniera sus labios a los de ella, el aroma de su cuerpo envolviéndola mientras la besaba, llevándola prácticamente hasta el borde de la locura.


—Oh, Dios…


El orgasmo fue más fuerte de lo que nunca había experimentado. Sin embargo, el placer no consiguió apaciguar el deseo que Pedro había despertado en ella. Suspiró. Decidió que, aunque él dijera que no, no iba a regresar a Londres buscando al azar un amante para una noche. No. Para hacerlo, necesitaba algún vínculo y, después de la increíble pasión que Pedro había avivado en su cuerpo, no iba a encontrar a nadie como él. Respiró profundamente y trató de pensar. En medio del caos de sus pensamientos, solo uno exigía su atención. Lo deseaba. Quería que él fuera su primer amante. Salió de la bañera, se secó y se aplicó un ligero maquillaje. Observó los vestidos que tenía en el baúl. ¿Qué se ponía una mujer para pedirle a un hombre que le arrebatara la virginidad? Se decantó por un sencillo vestido negro sin mangas, con un profundo escote en uve que dejaba atisbar sus senos y la falda por encima de las rodillas. Abrió la puerta y salió de la habitación con determinación. En aquella ocasión, mientras subía las escaleras, no era miedo lo que sentía. No pensaba en contratos ni en ascensos.Solo en él. Llamó a la puerta. Cuando no recibió respuesta, volvió a llamar.


Quédate Conmigo: Capítulo 48

Y más se imaginaba debajo de él, sintiendo cómo sus cuerpos se unían y empezaban a moverse al unísono. La piel le vibraba al recodar sus labios, el modo en el que la había acariciado, con fuerza y una exquisita ternura que la abrumaba. Se habría rendido sin dudarlo. Sabía que una aventura entre ellos no conduciría al matrimonio. Sobre eso no tenía duda alguna. Los dos se movían en mundos muy diferentes, pero resultaba evidente que la encontraba atractiva. ¿Y si podían llegar a un acuerdo? La idea de que un hombre como Pedro la introdujera al sexo la excitaba profundamente. Sin embargo, no era algo que pudiera tomarse a la ligera. Ella siempre había pensado que el primer hombre con el que se acostara se convertiría en su esposo. Y, en aquel caso, no iba a ser así. Cerró el libro y se levantó. Se puso a pensar en el hombre que era Pedro por debajo de su dolor, en los sentimientos que despertaba en ella, parecía desearla como si Paula fuera un anhelo que él no podía satisfacer. Eso hacía que ella se sintiera hermosa, empoderada y viva. «Piénsatelo». Irritada por la respuesta poco entusiasta de su cabeza, regresó de mala gana a su dormitorio a pesar de que cada célula de su cuerpo la empujaba para subir a buscar a Pedro y decírselo. Para pedirle que fuera su primer amante. No sentía miedo ni dudas. Solo deseo.


¿Merecería la pena mezclar algo tan personal con el contrato más importante de su carrera, compartir su cuerpo con un hombre con el que sabía que no tenía futuro? Nerviosa e insatisfecha, decidió que necesitaba hacer algo para relajarse. Se había acariciado antes. Sin embargo, tal y como una amiga lo había descrito tan deprimentemente, había sido el equivalente de rascarse un poco. Siempre habían sido momentos breves, precipitados, que la dejaban frustrada y ligeramente desilusionada Aquella noche no fue así. Aquella noche contaba con la pasión que Pedro había despertado en ella. Lentamente, se desabrochó la falda y se imaginó las manos de él bajándole la cremallera y rozándole la piel cuando se separaba la tela. La falda cayó al suelo, seguida un instante después por la camisa. Levantó las manos y se cubrió los senos, sujetando su peso mientras cerraba los ojos y echaba hacia atrás la cabeza.  ¿Qué sentiría al tener las manos de él sobre su piel, tocándola, acariciándola? Se acarició los pezones y no tardó en conseguir que se irguieran contra sus dedos. Contuvo la respiración. ¿Sería él tierno y delicado? ¿O tomaría el mando y dominaría su cuerpo, llevándola a los límites de lo que los dos podrían soportar?

Quédate Conmigo: Capítulo 47

No. Lo último que los dos necesitaban era que ella lo deseara y que correspondiera los avances de él.


—Pedro…


—Paula… Lo siento mucho.


—No… No tienes que sentir nada…


El susurro de la voz de Paula lo envolvió, tentándolo y seduciéndolo con su embriagadora promesa. También tuvo un efecto sorprendente en ella. Paula parpadeó, como si se estuviera despertando de un trance. Se agarró al respaldo de la butaca y se mordió el labio inferior.


—Yo… Tengo que irme.


Recogió la carpeta del escritorio, se dió la vuelta y se marchó. «Ay, Thée mou». Al menos Paula había recuperado el sentido común. Así sería más fácil que los dos pudieran controlarse a lo largo de los próximos días. «Mentiroso». Nada sería más fácil. Tras saborear sus labios y sentir cómo ella correspondía su pasión, el deseo de Pedro se había vuelto tan intenso que le dolía físicamente. ¿Cuánto tiempo podría pasar con Rosalind antes de que la arrastrara al fango a ella también? ¿Antes de que le arrebatara aquella hermosa y optimista luz y la aplastara con sus propias egoístas necesidades? «¿Merece la pena correr ese riesgo? ¿Merece la pena hacerle daño?». Se acercó al ventanal que había tras el escritorio. El jardín brillaba en todo su esplendor. Las rosas se mecían con la brisa. Los bancos y los arcos proporcionaban pequeños paraísos para los lectores, los exploradores… Y los amantes. Le dió la espalda al jardín y se centró de nuevo en su despacho, su santuario. Prefirió ignorar cómo sus pasos se hacían eco en las paredes y amplificaban el vacío que tenía dentro de su corazón. Paula estaba acurrucada en un sillón color burdeos frente a la enorme chimenea de piedra, con un libro en el regazo. Podía imaginársela llena de troncos ardiendo, con la madera restallando por el fuego mientras en el exterior caía mansamente la nieve.


A lo largo de la mañana, había intentado en varias ocasiones centrarse en el trabajo. Después de darse cuenta de que había leído la página del perfil de un cliente en cuatro ocasiones y no había logrado retener una palabra, se dió por vencida y bajó a la biblioteca. Cada ruido que se producía en la casa le aceleraba el corazón. No sabía lo que le diría a Pedro cuando volviera a verlo. Debería disculparse por su evidente falta de ética y su comportamiento poco profesional. Sin embargo, no quería hacerlo. Llevaba mucho tiempo dejando de lado sus deseos y sus necesidades. Al principio, había pensado que debería olvidarse de la atracción que sentía por Pedro, convencida de que ceder ante alguien como él solo le rompería el corazón y la distraería de su trabajo. Se había asegurado que debía mantenerse alejada de él a nivel personal. Controlar su atracción. Sin embargo, cuanto más imaginaba un futuro sin Nettleton & Thompson, menos le preocupaban las implicaciones profesionales de acostarse con Pedro. 

Quédate Conmigo: Capítulo 46

 —Si usted lo dice, señorita Chaves…


Le colocó una mano en la cintura y la otra se la enredó en los hermosos rizos, obligándola a echar hacia atrás la cabeza un poco más. Oyó que ella contenía la respiración y sintió la calidez de su piel bajo las manos… Cuando rozó sus labios, el mundo explotó. Durante un instante, Paula permaneció inmóvil, pero cuando reaccionó, Pedro supo que había cometido un error. Ella no se arredró, no se apartó ni dijo que él fuera un monstruo. Devolvió las caricias con un fervor que él no había anticipado y del que no podía saciarse. Paula apretaba los labios contra los de él. Pedro le quitó el prendedor con el que sujetaba el cabello y gozó al ver cómo caía en cascada sobre sus hombros. Ella temblaba entre sus manos, pero no por eso permaneció inmóvil. Le mesó el cabello con los dedos y tiró de él, gruñó de placer y deslizó las manos hacia su cintura para sacarle la camisa de la falda. Cuando tocó la piel desnuda, supo que estaba perdido. Profundizó el beso, deslizándole la lengua en la boca. Ella gimió y le correspondió con sus propios movimientos, lo que volvió a Pedro completamente loco.Subió las manos por debajo de la camisa, acariciando suavemente las costillas y rozando con los nudillos la suave tela del sujetador. Quería que desapareciera. Quería tocarle la piel desnuda. Llevó las manos hacia la espalda y buscó el broche. No comprendiólo que estaba haciendo hasta que ella no susurró su nombre y se apretó con fuerza contra él. Asombrado por su pérdida de control, se apartó tan rápidamente que Paula estuvo a punto de caerse al suelo. Ella lo miraba fijamente, con los ojos abiertos de par en par y la respiración entrecortada. Levantó una mano como si estuviera soñando y se tocó los labios. Con la camisa arrugada y el cabello despeinado, estaba tan deseable, tan sexy… Tan excitada…

lunes, 11 de mayo de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 45

 —Tenía algo que me interesaba —replicó Pedro—, pero ya no está. Hago lo mínimo, que, en lo que se refiere a mí, sigue significando que millones de dólares terminan todos los años en organizaciones benéficas de todo el mundo. Además, pago a mis empleados los sueldos más altos de toda la industria naviera. Hago más que suficiente con lo que tengo. Solo porque no me ensucie las manos, no significa que no tenga impacto lo que yo hago.


—Tal vez podrías encontrar algo más que te importe.


—¿Por qué me insistes tanto, Paula? Estoy seguro de que esto va más allá de tus obligaciones legales —le advirtió. Aquella conversación estaba tomando un cariz que él nunca había buscado.


—Admito que no te conozco, pero veo un hombre que tiene mucho potencial y eso podría significar mucho.


—¿Solo porque soy rico?


—No se trata solo de dinero. Hay un hombre encerrado bajo ese duro exterior, un hombre al que no permites salir. De hecho, ni siquiera creo que tú sepas quién es. Tal vez lo hiciste en el pasado, pero ya no.


La exactitud de aquella afirmación dió en el clavo. Pedro se puso de pie lleno de ira.


—¿Y qué me dices de tí? ¿Acaso sabes tú quién eres? —le espetó—. ¿O simplemente eres la mujer que todos los demás quieren que seas?


Paula se quedó mirándolo completamente atónita.


—¿Por qué dices eso? Acabo de decirte que yo elegí mi carrera…


—Sí. En una facultad a la que tus padres te empujaron. Y un trabajo que aceptaste porque haría felices a tus padres.


Cuanto más hablaba, más furioso se sentía. Él era una causa perdida. Sin embargo, Paula, tan llena de vida, con tanto potencial, estaba perdiendo el tiempo con los sueños de otra persona. La ira lo ayudó también a recuperar su autocontrol, una ira que, como vieja amiga que era, lo ayudaba a proteger su corazón y a mantener el dolor a raya. Estaba tan hermosa… Bellísima con los ojos llenos de fuego y las mejillas ruborizada. Su determinación lo había atraído profundamente aquel día en el Diamond Club y, en aquel momento, parecía alentar las brasas de su ira y convertirlas en una fuego sin control. La sangre le rugía en las venas y su cuerpo vibraba. Los límites no eran algo que se debiera evitar. No. Quería tomarla entre sus brazos y lanzarse así, juntos, al abismo. Paula sacó la lengua y se tocó ligeramente el labio inferior.


—En ocasiones, hacemos cosas por las persona que amamos —le espetó ella con voz profunda, una voz que se entrelazó en las venas de Pedro, un canto de sirena al que él ya no se podía resistir.


Dió un paso al frente y gozó al ver que ella no se replegaba. 


—Yo no puedo saberlo.


—Estoy segura de que debes de haber amado a alguien.


—En una ocasión —afirmó Pedro. Se detuvo a pocos centímetros de Paula y la miró fijamente a los ojos—, pero no es algo que piense repetir.


—Cuando se ama a alguien, se hace cualquier cosa por esa persona, aunque no sea lo que uno quiere para sí mismo.


Pedro se inclinó hacia ella, dejando tan solo un ligero espacio entre los labios de ambos. Se imaginó que podía escuchar el frenético latido del corazón de Paula cuando ella echó la cabeza hacia atrás. La seducción se produjo con naturalidad, una habilidad que hacía años que no utilizaba, pero que no le costó trabajo alguno convocar. El deseo, sin embargo, quedaba más allá de su control, pero, en aquellos momentos, no le importaba en absoluto.


Quédate Conmigo: Capítulo 44

 —A veces —admitió ella con una carcajada—. Me encantan los finales felices. Las novelas románticas y las de misterio son mis favoritas si no tengo que leer informes o testamentos.


—¿Y tu familia? Has mencionado que tienes tres hermanos.


—Sí.


—¿Y tus padres? —le preguntó. Demasiado tarde, recordó lo que le había dicho sobre su madre—. Olvídalo.


—No pasa nada —susurró con una triste sonrisa—. Todo ocurrió muy deprisa.


—¿Pudiste estar con ella?


—Estaba en Chicago, en la universidad. No llegué a tiempo.


—¿Y luego te fuiste a Inglaterra?


—Sí. Conseguí un trabajo como becaria, algo de lo que mis padres se sintieron muy orgullosos. Cuando mi madre se enteró del trabajo, de la oportunidad que me ofrecía de vivir en el extranjero… Creo que jamás la ví tan emocionada por algo.


—¿Y tú?


—¿Y yo qué?


—¿Te sentiste emocionada?


Paula parpadeó, muy sorprendida por la pregunta.


—Sí, claro. No hay mucha gente que salga de la pequeña ciudad en la que crecí para marcharse a Londres.


—¿Y tus estudios? ¿Te animaron tus padres también a estudiar Derecho?


—Me animaron a ir a la universidad y a marcharme a vivir fuera. Aprovechar las oportunidades que ellos no tuvieron.


—Y elegiste el Derecho.


—Bueno, estuve investigando un poco y me di cuenta de que me gustaban las leyes. Además, se me daba bien leer los documentos legales. Y aquí estoy. Me gusta ayudar a la gente y escuchar las historias que me cuentan cuando vienen a mi despacho. Son muy interesantes y me gusta ayudarlos a superar esa etapa de su vida y darles tranquilidad para disfrutar del resto de sus días. No es lo que me había imaginado cuando era más joven, pero me encanta. 


—¿Y te gusta trabajar para Nettleton & Thompson?


—Sí, claro…


—¿Pero?


—En ocasiones no estoy segura de que Nettleton & Thompson sea el lugar en el que debo estar.


—Entonces, ¿Por qué sigues ahí?


—Quiero hacerlo. Se lo prometí a mis padres —afirmó mientras volvía a sentarse en la butaca—. Tal vez, me dedicaré a otra cosa más adelante, como abrir mi propio bufete —añadió. Vió que Pedro se disponía a seguir con sus preguntas, pero decidió interrumpirlo—. Bueno, ahora volvamos a lo que tenemos entre manos. ¿Qué te parecería donar la herencia de tu padre? Podrías contribuir a causas en las que tus padres creyeran y en las que creas tú también. En realidad, ahora no estoy hablando sobre el contrato. Quiero hacerte ver que pareces muy distanciado de todo lo que hay en tu vida. Tienes una riqueza de la que muy pocos disponen. ¿Por qué no encuentras algo que te importe? Puedes donar tu herencia para que no tengas que preocuparte, pero hacer algo bueno al mismo tiempo. 

Quédate Conmigo: Capítulo 43

Pedro frunció el ceño. Conocía al primo en cuestión y su predilección por el alcohol y las drogas. Suspiró.


—Así que no tengo elección.


Paula se colocó un rizo detrás de la oreja.


—¿Te importa que te haga una sugerencia?


—Me sorprende que me lo hayas preguntado —comentó Pedro.


Ella arqueó una ceja.


—Cuando me asignaron la herencia de tu padre, leí mucho sobre tu familia.


—¿Y por qué te la asignaron a tí? Creo que es una cuenta demasiado importante para que se haga cargo de ella una abogada con poca experiencia.


—Así es —admitió ella—. Era de mi jefe. Cuando te negaste a reunirte con él, me la adjudicó a mí. Creo que pensaba que, o bien tenía éxito donde él había fallado o, si yo fracasaba también, podría echarme a mí la culpa. Fuera como fuera, él gana, pero ahora regresemos a tu herencia. Tus padres colaboraban con muchas entidades benéficas y empresas emergentes.


—Sí. Mi madre invirtió bastante dinero y tiempo apoyando a artistas, diseñadores de moda y fotógrafos independientes. 


—Y tu padre, si no recuerdo mal, financiaba becas para jóvenes sin recursos en Grecia, su país de nacimiento.


—Tuvo una infancia muy humilde. Mi abuelo fundó Alfonso Shipping cuando mi padre era un adolescente. Empezó como estibador y fue subiendo.


—Debes de estar muy orgulloso de ellos. ¿Qué causas son importantes para tí? —le preguntó.


—Mantengo las donaciones a todas las organizaciones benéficas que apoyaban mis padres.


—¿Y no hay nada en lo que te impliques personalmente?


Pedro se encogió de hombros. Parecía incómodo con la dirección que estaba tomando la conversación.


—Apoyo las causas de mis padres. No soy capaz de más.


—¿No eres capaz o no quieres implicarte más?


Pedro le dedicó una fría sonrisa.


—Los monstruos no son capaces de dar mucho, Paula. Doy dinero. Ese es mi límite.


—No me lo creo.


La convicción que había en la voz de Paula lo sorprendió. Por primera vez en muchos años, le hizo querer ser algo más que la sombra en la que se había convertido. Decidió que no quería seguir hablando de la maldita herencia, ni de su vida ni de sus fracasos. 


—Hablemos ahora sobre tí.


—¿Sobre mí?


—Sí. Me intrigas. Háblame de Paula Chaves, la mujer que permite que su jefe pase por encima de ella sin cuestionárselo.


—No hay mucho que contar —dijo ella encogiéndose de hombros.


—¿Qué haces para divertirte?


—Trabajo mucho —contestó. Avergonzada, se levantó y comenzó a pasear por el despacho—. Algunas veces leo.


—¿Cuentos de hadas?

Quédate Conmigo: Capítulo 42

 —Está bien. Gracias.


Pedro asintió una vez más.


—Que descanses.


Paula se acomodó en el sofá un poco más. Entonces, oyó que él respiraba profundamente y giró la cabeza para ver si iba a decirle algo más. Sin embargo, vió que Pedro se dirigía hacia la puerta sin mirar atrás. Esperó hasta que la puerta se cerró y bajó los párpados. Jamás se habría imaginado cuidándola a un hombre como él. Le había hecho parecer casi humano. Mientras se iba quedando dormida, pensó que aquello tenía como consecuencia que la atracción que sentía por él resultara aún más traicionera.


A la mañana siguiente, Pedro llamó a la puerta del dormitorio de Paula. Al escuchar sus pasos, se cuadró y permaneció firme cuando ella abrió. Iba vestida con una camisa azul marino y una llamativa falda roja. Se había recogido el cabello en lo alto de la cabeza, lo que dejaba la nuca completamente al descubierto. Sintió que perdía el control al imaginarse deslizando los labios por aquella delicada piel hasta la mandíbula y luego hacia el hombro, para después seguir bajando…


—Buenos días.


—Buenos días.


Paula parpadeó al escuchar el gruñido de la voz de Pedro y dió un paso atrás. Él pensó que debería explicarle, pero decidió que lo mejor sería que lo dejara y que terminaran con aquella conversación lo antes posible. Ella había despertado en él un anhelo que no era solo sexo, sino algo más, algo que contenía un poder que él nunca había experimentado antes. Era peligroso, pero, a pesar de todo, no se podía resistir a pasar un poco más de tiempo con ella. Esperaba que, en esos minutos, pudiera aliviar parte de la atracción que sentía. Arrebatarle el misterio, la anticipación, lo que le dejaría tan solo con una mujer hermosa que no era adecuada para él y que, después de aquella semana, desaparecería de su vida para siempre. Al menos, ese era su plan.


—Vamos a mi despacho.


Paula parpadeó al escuchar la orden, pero se limitó a asentir. Cuando entraron en el despacho, Pedro le indicó una butaca frente al escritorio y luego rodeó este para tomar asiento en su sillón. Ella le entregó una gruesa carpeta de cuero repleta de papeles antes de sentarse. 


—En la actualidad, las propiedades de tu padre están valoradas aproximadamente en mil cuatrocientos millones.


Pedro abrió la carpeta sumido en una profunda pena. Su padre había trabajado muy duro los últimos años de su vida, a pesar de estar viudo y distanciado de su único hijo. Le apenaba haber sido él la causa de ese distanciamiento.


—Yo tengo mi propia fortuna —dijo cerrando la carpeta y colocándola sobre el escritorio—. No necesito el dinero.


—Tienes varias opciones. Puedes aceptar la herencia en su totalidad, aceptar una parte o rechazarla entera.


—¿Qué ocurre si la rechazo?


—En ese caso, va al pariente más cercano. Un primo lejano que vive en Grecia. 

Quédate Conmigo: Capítulo 41

 —Pregúntame.


—¿Cómo dices?


—Sobre las cicatrices. Todo el mundo las mira, pero nadie tiene las agallas suficientes como para preguntar.


—En realidad no tengo preguntas. Más bien una observación.


—Tú dirás.


Habían llegado ya a lo alto de la escalera y Pedro iba avanzando por el pasillo


—Me parece muy injusto que la gente no te deje en paz.


—Por una vez, estamos de acuerdo, señorita Chaves. No me importaba estar en boca de todo el mundo. De hecho, como estoy seguro de que sabrás, me encantaba.


—Lo sé —dijo ella. Recordó todos los artículos que había leído sobre él.


Al llegar al dormitorio de Paula, Pedro pudo entrar directamente dado que la puerta estaba abierta. La dejó sobre el sofá azul marino que había delante de la chimenea. Entonces, se apartó de ella y se colocó junto al hogar, colocando un brazo sobre la repisa.


—Crees que estoy muy mimado.


Paula trató de encontrar el modo de ser diplomática, pero al final optó por decirle la verdad.


—Sí.


—Y es cierto. Estoy muy mimado y me gustan los objetos bonitos. También, dispongo del dinero suficiente para poder comprar cosas que me llaman mucho la atención. Eso unido a… Como yo era antes —añadió indicándose el rostro—, atraía mucha atención.


—No es solo eso lo que le importa a la gente. Leí muchos artículos que explicaban todos los avances que habíais hecho tu padre y tú…


—No sigas.


Aquellas dos palabras borraron de un plumazo la intimidad que había surgido entre ellos en la cocina.


—Te ruego que no hables de mi padre.


—Está bien…


Paula quería decir algo más, ofrecerle alguna clase de consuelo. Al ver la gélida expresión del rostro de Pedro, sintió una profunda tristeza. Había vuelto a ponerse la máscara.


—¿Quieres que te traiga algo?


—No, gracias. Comí algo hace poco y tengo botellas de agua aquí.


Pedro sonrió.


—Marta tiene la esperanza constante de que, algún día, regresaré al château y que traeré a alguien con quien compartirlo.


—Bueno, pues cuando la veas, dale las gracias de mi parte.


Aquella conversación tan encorsetada le robó la energía que le quedaba y se recostó en el sofá.


—Creo que necesitas descansar. Vendré a verte más tarde.


—Estaré perfectamente dentro de unas horas.


—Seguro, pero vendré de todas maneras


—Habrías sido un médico excelente —dijo Paula. 


A duras penas, logró contener un bostezo.


—Sinceramente, lo dudo —replicó él secamente. Entonces, pensó un instante y asintió, como si acabara de tomar una decisión—. Mañana.


—¿Mañana?


—Hablaremos del contrato.


Paula se sintió muy confusa a pesar de la fatiga. ¿Por qué había cambiado de opinión? ¿Acaso había despertado el incidente de la espina un nuevo sentimiento en él, tal vez culpabilidad? «¿Acaso importa? Dile que sí».

lunes, 4 de mayo de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 40

 —¡Ay! Me lo podrías haber advertido.


—Si lo hubiera hecho, te habrías tensado y habría sido más posible que se te rompiera dentro del pie.


Paula mantuvo los labios apretados mientras él limpiaba la herida y le vendaba el pie.


—Gracias.


Pedro parpadeó, como si no supiera qué hacer con aquellas palabras de gratitud.


—De nada —dijo por fin.


Seguía habiendo tensión entre ellos, pero aquel pequeño accidente con la espina parecía haber creado una tregua temporal entre ellos. Sin embargo, era una tregua que ella necesitaba evitar. Una tregua significaba dejar que la atracción que sentía hacia él floreciera y que la empujara a cruzar una frontera que debía mantener en su lugar.


—Ya está.


Pedro le colocó el pie en el suelo y se puso de pie rápidamente. Aliviada, Paula se apoyó sobre la mesa y se dispuso también a levantarse.


—¿Qué estás haciendo?


—Voy a subir a mi habitación.


—No deberías poner peso sobre el pie, al menos durante unas horas.


Era una espina muy grande y seguramente te va a doler bastante.


—De acuerdo, pero si voy a tener que guardar un poco de reposo, prefiero no hacerlo en la cocina. Se me da muy bien andar a la pata coja. Puedo subir a mi habitación y…


Pedro la tomó en brazos antes de que pudiera terminar la frase.


—O yo podría llevarte.


—Tienes que dejar de hacer esto…


—¿El qué? ¿El papel de príncipe azul?


Paula soltó una carcajada. Cuando Pedro la miró con el ceño fruncido, rió aún con más fuerza.


—¿Acaso no soy lo suficientemente guapo como para ser el príncipe azul?


—No, no es eso. En realidad, eres demasiado guapo —se apresuró ella a añadir.


—¿Demasiado guapo?


Paula apartó la mirada. Se sentía muy avergonzada.


—Lo has dicho.


—Ojalá no lo hubiera hecho.


—¿Por qué no? —preguntó Pedro. Iban atravesando ya el vestíbulo principal y se dirigían hacia la escalera—. Puedes decirlo todo lo que quieras. Hace mucho que no oigo un cumplido sobre mi aspecto… Bueno, supongo que te lo puedes imaginar. 


—¿Y qué otra cosa se puede decir? —replicó ella sonrojándose—. Es que eres guapo.


—¿Lo suficiente para ser un príncipe azul?


—Sí.


Pedro soltó una carcajada. El sonido resonó en su pecho y provocó un delicioso hormigueo en la piel de Paula. Como el dolor había ido remitiendo, era más consciente de lo a gusto que estaba en brazos de él, de la fuerza de sus brazos. Lo miró de soslayo y observó la esculpida línea de la mandíbula y la cicatriz que cortaba el lado izquierdo de su rostro.

Quédate Conmigo: Capítulo 39

Paula comenzó a golpearle en el pecho con la mano abierta.


—¡Déjame en el suelo! Puedo ir andando.


—Con una espina de ese tamaño en el pie, no lo creo. Y yo puedo llevarte en brazos perfectamente.


Paula notó que sus palabras le habían ofendido.


—No estoy diciendo que no seas capaz físicamente.


Pedro la estrechó con más fuerza. Aquello sorprendió a Paula. Deseó poder relajarse entre sus brazos, saborear la deliciosa sensación de sentirse transportada por un hombre. «Es peligroso». Una vocecilla le advirtió acerca de Pedro y la atracción que sentía por él. Efectivamente, era muy peligroso. Nunca había conocido a un hombre lo suficientemente bien como para sentirse cómoda llevando la relación más allá del beso de buenas noches. Pensaba que eso sería efectivamente lo que la animaría a llevar la relación más allá. Entonces, él había aparecido en su vida. No lo conocía y, en su presencia, se sentía de todo menos cómoda. Sin embargo, la atracción instantánea había sido excitante y abrumadora. A pesar de todo, había hecho saltar las alarmas. ¿Cómo era posible que algo tan repentino fuera real? Fuera lo que fuera lo que sentía, le estaba vedado. Aunque, técnicamente, su cliente era la herencia de su padre, era parte implicada. Acostarse con él podría hacer descarrillar la trayectoria profesional que tanto se había esforzado por construir. No merecía la pena dejarse llevar por una repentina atracción sexual. Realizaron el resto del trayecto en silencio. Cuando entraron en la casa, él la llevó a la cocina y la sentó sobre una de las sillas. Paula vió cómo iba primero al frigorífico ultramoderno para luego abrir uno de los armarios, en el que había una pila de paños perfectamente doblados.


—¿Qué tal estás ahora?


—Me duele —susurró ella, entre dientes.


Pedro se sentó frente a ella en otra silla y le indicó que colocara la pierna sobre su rodilla. Paula hizo lo que él le había pedido.


—Estate quieta.


—Lo intentaré.


—Si retiras el pie, tal vez no la pueda sujetar bien y se te romperá dentro del pie. Te podría causar una infección.


—Tengo tres hermanos. Ayudé a mi madre a curarlos en muchas ocasiones, así que sé cómo se sacan esas cosas. Espinas, cristales, púas de puercoespín…


—¿Púas de puercoespín? —repitió él con una ligerísima sonrisa en los labios.


—Siempre me sorprendió que un animal con una cara tan mona pudiera resultar tan amenazador.


—Yo también me he preguntado lo mismo.


Paula levantó los ojos para mirarlo y se dió cuenta de que Pedro estaba bromeando con ella.


—¿Estás diciendo que soy mona?


—Tal vez.


Paula se quedó sin palabras. ¿Pedro Alfonso pensaba que ella era mona? Habría preferido que la considerara preciosa o sexy, pero le podría servir lo de mona.


—Creo que la última vez que alguien dijo que yo era mona fue Simón Dorsey en el colegio.


—¿Y no hubo final feliz?


—Mis hermanos se encargaron de ahuyentarlo cuando…


Con un movimiento repentino, Paula le sacó la espina del pie. 

Quédate Conmigo: Capítulo 38

Además, había permitido que su jefe siguiera atemorizándola y había consentido que su mensaje le hiciera reaccionar. En vez de esperar a encontrarse a Pedro de un modo casual, había desobedecido su petición y había violado su intimidad. Suspiró de nuevo. Solo le quedaban cuatro días. Tal vez si le dejaba en paz, para cuando el puente estuviera arreglado, los dos estarían de mejor humor para, al menos, tener una conversación sobre el contrato. «Se ha equivocado usted de profesión…». ¿Se había dado cuenta Pedro del daño que le habían hecho aquellas palabras? ¿Las dudas que le habían creado? No, no se le daba bien trabajar con clientes como él. Clientes importantes, con grandes reputaciones y cuentas bancarias mucho más grandes aún, los clientes que daban prestigio a un bufete como Nettleton & Thompson. Paula prefería trabajar con la abuela que quería dividir su herencia en partes iguales para sus nietos. Los padres que se preocupaban de dejar bien situado a un hijo con problemas de salud una vez que ellos fallecieran. Al esposo que se enfrentaba a su mortalidad demasiado pronto y que quería que su esposa e hijos tuvieran una estabilidad financiera. Esas eran las personas con las que Paula quería trabajar. Cuando se convirtiera en una abogada de nivel medio, esos clientes serían escasos. Y lo serían más aún cuando fuera uno de los abogados principales del bufete. Un pájaro pasó por encima de su cabeza. Observó cómo revoloteaba en el aire. Totalmente absorta en el vuelo del pequeño animal, fue avanzando con él hasta acercarse peligrosamente al borde del acantilado.


—¡Detente!


Asustada por el grito, Paula se dió la vuelta rápidamente. De repente, sintió un dolor agudo en la planta del pie. Algo se le había clavado en la piel. Se sentó de golpe en la hierba y se agarró la pierna para ver qué era lo que tenía.


—¿Qué demonios te creías que estabas haciendo? —le espetó Pedro tras acercarse a su lado.


—¿De qué estás hablando ahora? —replicó ella apretando con fuerza los dientes para contener el dolor.


—¿Tienes idea de lo inestable que es el suelo por aquí y lo cerca que estabas del borde del acantilado?


—Sí… Sé que es peligroso —susurró ella. Por fin había visto la causa del dolor. Tenía una gruesa espina clavada en la planta del pie.


—Si no hubieras venido aquí descalza, no te habrías clavado eso.


—Si no me hubieras ordenado que me marchara de tu despacho, no habría venido hasta aquí.


Pedro se agachó a su lado y le tomó el pie entre las manos con una sorprendente delicadeza.


—Si no hubieras venido a mi despacho cuando te ordené que no lo hicieras, no habría tenido que pedirte que te marcharas.


Paula apretó los labios para contener el dolor.


—¿Sabes una cosa? Creo que tengo la razón verdadera de que haya ocurrido esto. Si hubieras firmado el contrato o el documento de renuncia, no estaríamos así en estos momentos.


Pedro la miró fijamente durante unos segundos. Entonces, hizo algo totalmente inesperado. La tomó en brazos y se puso de pie.


—¿Qué es lo que estás haciendo? —chilló ella.


—Llevarte de vuelta a la casa. 

Quédate Conmigo: Capítulo 37

Mientras caminaba por uno de los senderos, miró a su izquierda. La hiedra había creado un pequeño túnel que parecía llamarla. Como necesitaba algo que la distrajera, se dirigió a él. Una repentina frescura la rodeó, dado que la hiedra impedía por completo que pasara el sol. Al cabo de unos instante, oyó un suave rugido. La anticipación se apoderó de ella al notar que el sonido se iba haciendo cada vez más fuerte y que la hiedra empezaba a clarear. Por fin, tras tomar otro giro, vió el sol frente a ella y, más allá, el hermoso azul del mar. Salió del túnel a una pequeña planicie cubierta de hierba y flores silvestres. El viento soplaba desde los acantilados cercanos y azotaba la planicie, meciendo frenéticamente los tallos de las plantas. Consciente de que la planicie terminaba en forma de acantilado, se acercó con cuidado hasta unos veinte pasos del borde. Como no conocía el terreno, no quería correr el riesgo de que el suelo cediera de repente y la hiciera caer al océano.


De pronto, un destello blanco captó su atención. Se giró y se quedó sin aliento. Un par de kilómetros más allá, el océano se curvaba formando una bahía. La planicie sobresalía lo suficiente para mostrarle una playa de arena al pie de unos imponentes acantilados blancos, coronados a su vez de verde hierba. Los acantilados más cercanos a ella se proyectaban hacia el océano y formaban una especie de arco. Más allá, una única columna blanca se erguía sobre las olas, terminando en punta. Era el paisaje que aparecía en el cuadro. Aunque este era muy hermoso, la vista que tenía frente a sus ojos era espectacular. Sonrió. Aunque perdiera su trabajo, el respeto de su familia y de sus amigos, tendría momentos como aquel, especiales dentro de aquella extraña situación. Momentos que le hacían sentir… Feliz. En paz. Se dió la vuelta para mirar el château. Parecía un castillo de cuento de hadas, pero, en aquellos momentos, a Paula le parecía más bien una cárcel de barrotes de oro. Sintió un escalofrío. Si Pedro Alfonso quería esconderse de la atención de la prensa, era su elección. Era evidente que se estaba castigando, aunque ella no sabía por qué. Según había informado la prensa, Pedro Alfonso no había tenido responsabilidad alguna en el accidente. El conductor del otro vehículo había triplicado la tasa de alcohol permitida y, además, había invadido el carril contrario. Solo pisó el freno un segundo antes del choque. Su madre falleció por enfermedad, algo que Pedro tampoco había podido controlar. Sin embargo, por los artículos que había leído, su indulgente estilo de vida había comenzado unos pocos meses después de la muerte de su madre.


Suspiró. Se quitó las zapatillas y saboreó el tacto de la suave hierba bajo los pies, tal y como había hecho anteriormente en el jardín. Aquel gesto la ayudaba a tomar contacto con la realidad y le proporcionaba un momento de placer que necesitaba desesperadamente. Se sentía frustrada y furiosa y cada vez estaba más aburrida. Había libros por toda la casa que podía leer, otras salas que visitar, partes del jardín que aún no había explorado y una hermosa cocina repleta de comida y de variados ingredientes. Sin embargo, como siempre, había elegido el trabajo en vez de tomarse tiempo para relajarse, para hacer lo que quisiera y para divertirse. 

Quédate Conmigo: Capítulo 36

 —No, no conozco la historia de su vida, señor Alfonso, ni lo que supuso para usted perder a su madre. Creo que se está castigando por ello, pero ¿Se ha parado a pensar alguna vez, aunque solo sea por un momento, que está castigando también a todos los que le rodean?


Pedro sintió como si alguien le hubiera echado las manos al cuello y hubiera comenzado a apretar hasta exprimir cada gota de aire de su cuerpo. No podía hablar, ni pensar. El peso de aquellas palabras lo había aplastado y lo había dejado a la deriva en una nueva realidad. Una realidad, en la que, una vez más, se había colocado en el centro de todo. Se recuperó lo suficiente para pronunciar lo que debería haber dicho en el momento en el que ella entró por la puerta de su despacho.


—Márchese de aquí.


La fría tranquilidad de su voz ocultaba la tormenta que rugía dentro de él. Paula se dió la vuelta y, con un suave susurro de la falda, hizo exactamente lo que Pedro le había pedido. Ella se detuvo solo lo suficiente para ponerse un par de zapatillas que había bajado de su dormitorio antes de salir al patio. Tenía el corazón acelerado y los ojos le escocían por haber contenido tanto tiempo las lágrimas. Salió al jardín. Había ido al despacho de Pedro para volver a sacar el tema del contrato. Sabía que no debía hacerlo, dado que él se lo había pedido explícitamente, pero el señor Nettleton le había enviado un mensaje exigiendo saber por qué no lo informaba diariamente. No le había resultado difícil imaginarse la larga lista de llamadas perdidas, mensajes y correos que recibiría de sopetón cuando llegara por fin a un lugar con buena cobertura. Eso la había animado a actuar. Había estado los dos últimos días distrayéndose con el trabajo, revisando documentos, que, por suerte, llevaba en su maletín. Se había asegurado que era mejor darle a Pedro el tiempo suficiente para acostumbrarse a su presencia en el château. Había estado convencida de que, un día, bajaría y se lo encontraría en la cocina o en algún otro lugar en vez de seguir escondiéndose de ella.


Aquella mañana, la tercera, había vuelto a encontrar la casa totalmente vacía y eso, combinado con el mensaje del señor Nettleton y la exasperación que le producía el inmaduro comportamiento por parte de Pedro, la había animado a subir a la segunda planta. Ya había pasado bastante tiempo desde su última conversación sobre el contrato. Había estado totalmente segura de que él le concedería al menos cinco minutos de su tiempo. No había sido así. Además, había sido cruel. Había reaccionado como un animal herido. Su dolor despertaba la naturaleza empática de Paula, pero también la había herido. Por ello, no le había quedado más remedio que retirarse antes de que él viera lo mucho que sus palabras la habían afectado.