lunes, 4 de mayo de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 40

 —¡Ay! Me lo podrías haber advertido.


—Si lo hubiera hecho, te habrías tensado y habría sido más posible que se te rompiera dentro del pie.


Paula mantuvo los labios apretados mientras él limpiaba la herida y le vendaba el pie.


—Gracias.


Pedro parpadeó, como si no supiera qué hacer con aquellas palabras de gratitud.


—De nada —dijo por fin.


Seguía habiendo tensión entre ellos, pero aquel pequeño accidente con la espina parecía haber creado una tregua temporal entre ellos. Sin embargo, era una tregua que ella necesitaba evitar. Una tregua significaba dejar que la atracción que sentía hacia él floreciera y que la empujara a cruzar una frontera que debía mantener en su lugar.


—Ya está.


Pedro le colocó el pie en el suelo y se puso de pie rápidamente. Aliviada, Paula se apoyó sobre la mesa y se dispuso también a levantarse.


—¿Qué estás haciendo?


—Voy a subir a mi habitación.


—No deberías poner peso sobre el pie, al menos durante unas horas.


Era una espina muy grande y seguramente te va a doler bastante.


—De acuerdo, pero si voy a tener que guardar un poco de reposo, prefiero no hacerlo en la cocina. Se me da muy bien andar a la pata coja. Puedo subir a mi habitación y…


Pedro la tomó en brazos antes de que pudiera terminar la frase.


—O yo podría llevarte.


—Tienes que dejar de hacer esto…


—¿El qué? ¿El papel de príncipe azul?


Paula soltó una carcajada. Cuando Pedro la miró con el ceño fruncido, rió aún con más fuerza.


—¿Acaso no soy lo suficientemente guapo como para ser el príncipe azul?


—No, no es eso. En realidad, eres demasiado guapo —se apresuró ella a añadir.


—¿Demasiado guapo?


Paula apartó la mirada. Se sentía muy avergonzada.


—Lo has dicho.


—Ojalá no lo hubiera hecho.


—¿Por qué no? —preguntó Pedro. Iban atravesando ya el vestíbulo principal y se dirigían hacia la escalera—. Puedes decirlo todo lo que quieras. Hace mucho que no oigo un cumplido sobre mi aspecto… Bueno, supongo que te lo puedes imaginar. 


—¿Y qué otra cosa se puede decir? —replicó ella sonrojándose—. Es que eres guapo.


—¿Lo suficiente para ser un príncipe azul?


—Sí.


Pedro soltó una carcajada. El sonido resonó en su pecho y provocó un delicioso hormigueo en la piel de Paula. Como el dolor había ido remitiendo, era más consciente de lo a gusto que estaba en brazos de él, de la fuerza de sus brazos. Lo miró de soslayo y observó la esculpida línea de la mandíbula y la cicatriz que cortaba el lado izquierdo de su rostro.

Quédate Conmigo: Capítulo 39

Paula comenzó a golpearle en el pecho con la mano abierta.


—¡Déjame en el suelo! Puedo ir andando.


—Con una espina de ese tamaño en el pie, no lo creo. Y yo puedo llevarte en brazos perfectamente.


Paula notó que sus palabras le habían ofendido.


—No estoy diciendo que no seas capaz físicamente.


Pedro la estrechó con más fuerza. Aquello sorprendió a Paula. Deseó poder relajarse entre sus brazos, saborear la deliciosa sensación de sentirse transportada por un hombre. «Es peligroso». Una vocecilla le advirtió acerca de Pedro y la atracción que sentía por él. Efectivamente, era muy peligroso. Nunca había conocido a un hombre lo suficientemente bien como para sentirse cómoda llevando la relación más allá del beso de buenas noches. Pensaba que eso sería efectivamente lo que la animaría a llevar la relación más allá. Entonces, él había aparecido en su vida. No lo conocía y, en su presencia, se sentía de todo menos cómoda. Sin embargo, la atracción instantánea había sido excitante y abrumadora. A pesar de todo, había hecho saltar las alarmas. ¿Cómo era posible que algo tan repentino fuera real? Fuera lo que fuera lo que sentía, le estaba vedado. Aunque, técnicamente, su cliente era la herencia de su padre, era parte implicada. Acostarse con él podría hacer descarrillar la trayectoria profesional que tanto se había esforzado por construir. No merecía la pena dejarse llevar por una repentina atracción sexual. Realizaron el resto del trayecto en silencio. Cuando entraron en la casa, él la llevó a la cocina y la sentó sobre una de las sillas. Paula vió cómo iba primero al frigorífico ultramoderno para luego abrir uno de los armarios, en el que había una pila de paños perfectamente doblados.


—¿Qué tal estás ahora?


—Me duele —susurró ella, entre dientes.


Pedro se sentó frente a ella en otra silla y le indicó que colocara la pierna sobre su rodilla. Paula hizo lo que él le había pedido.


—Estate quieta.


—Lo intentaré.


—Si retiras el pie, tal vez no la pueda sujetar bien y se te romperá dentro del pie. Te podría causar una infección.


—Tengo tres hermanos. Ayudé a mi madre a curarlos en muchas ocasiones, así que sé cómo se sacan esas cosas. Espinas, cristales, púas de puercoespín…


—¿Púas de puercoespín? —repitió él con una ligerísima sonrisa en los labios.


—Siempre me sorprendió que un animal con una cara tan mona pudiera resultar tan amenazador.


—Yo también me he preguntado lo mismo.


Paula levantó los ojos para mirarlo y se dió cuenta de que Pedro estaba bromeando con ella.


—¿Estás diciendo que soy mona?


—Tal vez.


Paula se quedó sin palabras. ¿Pedro Alfonso pensaba que ella era mona? Habría preferido que la considerara preciosa o sexy, pero le podría servir lo de mona.


—Creo que la última vez que alguien dijo que yo era mona fue Simón Dorsey en el colegio.


—¿Y no hubo final feliz?


—Mis hermanos se encargaron de ahuyentarlo cuando…


Con un movimiento repentino, Paula le sacó la espina del pie. 

Quédate Conmigo: Capítulo 38

Además, había permitido que su jefe siguiera atemorizándola y había consentido que su mensaje le hiciera reaccionar. En vez de esperar a encontrarse a Pedro de un modo casual, había desobedecido su petición y había violado su intimidad. Suspiró de nuevo. Solo le quedaban cuatro días. Tal vez si le dejaba en paz, para cuando el puente estuviera arreglado, los dos estarían de mejor humor para, al menos, tener una conversación sobre el contrato. «Se ha equivocado usted de profesión…». ¿Se había dado cuenta Pedro del daño que le habían hecho aquellas palabras? ¿Las dudas que le habían creado? No, no se le daba bien trabajar con clientes como él. Clientes importantes, con grandes reputaciones y cuentas bancarias mucho más grandes aún, los clientes que daban prestigio a un bufete como Nettleton & Thompson. Paula prefería trabajar con la abuela que quería dividir su herencia en partes iguales para sus nietos. Los padres que se preocupaban de dejar bien situado a un hijo con problemas de salud una vez que ellos fallecieran. Al esposo que se enfrentaba a su mortalidad demasiado pronto y que quería que su esposa e hijos tuvieran una estabilidad financiera. Esas eran las personas con las que Paula quería trabajar. Cuando se convirtiera en una abogada de nivel medio, esos clientes serían escasos. Y lo serían más aún cuando fuera uno de los abogados principales del bufete. Un pájaro pasó por encima de su cabeza. Observó cómo revoloteaba en el aire. Totalmente absorta en el vuelo del pequeño animal, fue avanzando con él hasta acercarse peligrosamente al borde del acantilado.


—¡Detente!


Asustada por el grito, Paula se dió la vuelta rápidamente. De repente, sintió un dolor agudo en la planta del pie. Algo se le había clavado en la piel. Se sentó de golpe en la hierba y se agarró la pierna para ver qué era lo que tenía.


—¿Qué demonios te creías que estabas haciendo? —le espetó Pedro tras acercarse a su lado.


—¿De qué estás hablando ahora? —replicó ella apretando con fuerza los dientes para contener el dolor.


—¿Tienes idea de lo inestable que es el suelo por aquí y lo cerca que estabas del borde del acantilado?


—Sí… Sé que es peligroso —susurró ella. Por fin había visto la causa del dolor. Tenía una gruesa espina clavada en la planta del pie.


—Si no hubieras venido aquí descalza, no te habrías clavado eso.


—Si no me hubieras ordenado que me marchara de tu despacho, no habría venido hasta aquí.


Pedro se agachó a su lado y le tomó el pie entre las manos con una sorprendente delicadeza.


—Si no hubieras venido a mi despacho cuando te ordené que no lo hicieras, no habría tenido que pedirte que te marcharas.


Paula apretó los labios para contener el dolor.


—¿Sabes una cosa? Creo que tengo la razón verdadera de que haya ocurrido esto. Si hubieras firmado el contrato o el documento de renuncia, no estaríamos así en estos momentos.


Pedro la miró fijamente durante unos segundos. Entonces, hizo algo totalmente inesperado. La tomó en brazos y se puso de pie.


—¿Qué es lo que estás haciendo? —chilló ella.


—Llevarte de vuelta a la casa. 

Quédate Conmigo: Capítulo 37

Mientras caminaba por uno de los senderos, miró a su izquierda. La hiedra había creado un pequeño túnel que parecía llamarla. Como necesitaba algo que la distrajera, se dirigió a él. Una repentina frescura la rodeó, dado que la hiedra impedía por completo que pasara el sol. Al cabo de unos instante, oyó un suave rugido. La anticipación se apoderó de ella al notar que el sonido se iba haciendo cada vez más fuerte y que la hiedra empezaba a clarear. Por fin, tras tomar otro giro, vió el sol frente a ella y, más allá, el hermoso azul del mar. Salió del túnel a una pequeña planicie cubierta de hierba y flores silvestres. El viento soplaba desde los acantilados cercanos y azotaba la planicie, meciendo frenéticamente los tallos de las plantas. Consciente de que la planicie terminaba en forma de acantilado, se acercó con cuidado hasta unos veinte pasos del borde. Como no conocía el terreno, no quería correr el riesgo de que el suelo cediera de repente y la hiciera caer al océano.


De pronto, un destello blanco captó su atención. Se giró y se quedó sin aliento. Un par de kilómetros más allá, el océano se curvaba formando una bahía. La planicie sobresalía lo suficiente para mostrarle una playa de arena al pie de unos imponentes acantilados blancos, coronados a su vez de verde hierba. Los acantilados más cercanos a ella se proyectaban hacia el océano y formaban una especie de arco. Más allá, una única columna blanca se erguía sobre las olas, terminando en punta. Era el paisaje que aparecía en el cuadro. Aunque este era muy hermoso, la vista que tenía frente a sus ojos era espectacular. Sonrió. Aunque perdiera su trabajo, el respeto de su familia y de sus amigos, tendría momentos como aquel, especiales dentro de aquella extraña situación. Momentos que le hacían sentir… Feliz. En paz. Se dió la vuelta para mirar el château. Parecía un castillo de cuento de hadas, pero, en aquellos momentos, a Paula le parecía más bien una cárcel de barrotes de oro. Sintió un escalofrío. Si Pedro Alfonso quería esconderse de la atención de la prensa, era su elección. Era evidente que se estaba castigando, aunque ella no sabía por qué. Según había informado la prensa, Pedro Alfonso no había tenido responsabilidad alguna en el accidente. El conductor del otro vehículo había triplicado la tasa de alcohol permitida y, además, había invadido el carril contrario. Solo pisó el freno un segundo antes del choque. Su madre falleció por enfermedad, algo que Pedro tampoco había podido controlar. Sin embargo, por los artículos que había leído, su indulgente estilo de vida había comenzado unos pocos meses después de la muerte de su madre.


Suspiró. Se quitó las zapatillas y saboreó el tacto de la suave hierba bajo los pies, tal y como había hecho anteriormente en el jardín. Aquel gesto la ayudaba a tomar contacto con la realidad y le proporcionaba un momento de placer que necesitaba desesperadamente. Se sentía frustrada y furiosa y cada vez estaba más aburrida. Había libros por toda la casa que podía leer, otras salas que visitar, partes del jardín que aún no había explorado y una hermosa cocina repleta de comida y de variados ingredientes. Sin embargo, como siempre, había elegido el trabajo en vez de tomarse tiempo para relajarse, para hacer lo que quisiera y para divertirse. 

Quédate Conmigo: Capítulo 36

 —No, no conozco la historia de su vida, señor Alfonso, ni lo que supuso para usted perder a su madre. Creo que se está castigando por ello, pero ¿Se ha parado a pensar alguna vez, aunque solo sea por un momento, que está castigando también a todos los que le rodean?


Pedro sintió como si alguien le hubiera echado las manos al cuello y hubiera comenzado a apretar hasta exprimir cada gota de aire de su cuerpo. No podía hablar, ni pensar. El peso de aquellas palabras lo había aplastado y lo había dejado a la deriva en una nueva realidad. Una realidad, en la que, una vez más, se había colocado en el centro de todo. Se recuperó lo suficiente para pronunciar lo que debería haber dicho en el momento en el que ella entró por la puerta de su despacho.


—Márchese de aquí.


La fría tranquilidad de su voz ocultaba la tormenta que rugía dentro de él. Paula se dió la vuelta y, con un suave susurro de la falda, hizo exactamente lo que Pedro le había pedido. Ella se detuvo solo lo suficiente para ponerse un par de zapatillas que había bajado de su dormitorio antes de salir al patio. Tenía el corazón acelerado y los ojos le escocían por haber contenido tanto tiempo las lágrimas. Salió al jardín. Había ido al despacho de Pedro para volver a sacar el tema del contrato. Sabía que no debía hacerlo, dado que él se lo había pedido explícitamente, pero el señor Nettleton le había enviado un mensaje exigiendo saber por qué no lo informaba diariamente. No le había resultado difícil imaginarse la larga lista de llamadas perdidas, mensajes y correos que recibiría de sopetón cuando llegara por fin a un lugar con buena cobertura. Eso la había animado a actuar. Había estado los dos últimos días distrayéndose con el trabajo, revisando documentos, que, por suerte, llevaba en su maletín. Se había asegurado que era mejor darle a Pedro el tiempo suficiente para acostumbrarse a su presencia en el château. Había estado convencida de que, un día, bajaría y se lo encontraría en la cocina o en algún otro lugar en vez de seguir escondiéndose de ella.


Aquella mañana, la tercera, había vuelto a encontrar la casa totalmente vacía y eso, combinado con el mensaje del señor Nettleton y la exasperación que le producía el inmaduro comportamiento por parte de Pedro, la había animado a subir a la segunda planta. Ya había pasado bastante tiempo desde su última conversación sobre el contrato. Había estado totalmente segura de que él le concedería al menos cinco minutos de su tiempo. No había sido así. Además, había sido cruel. Había reaccionado como un animal herido. Su dolor despertaba la naturaleza empática de Paula, pero también la había herido. Por ello, no le había quedado más remedio que retirarse antes de que él viera lo mucho que sus palabras la habían afectado.