miércoles, 25 de febrero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 50

Paula estaba tan consumida por las increíbles sensaciones del clímax y la expectación para que Pedro diera el paso final y la tomara, que las palabras simplemente rebotaron en su cabeza. Quería experimentarlo todo, sentirlo todo, perderse en las caricias de Pedro… Pero él ya no se movía. La fusión que la llevaría al paraíso se había detenido antes de empezar.


—¿Sucede algo? —susurró ella, rozando sus labios con los de él, tratando de discernir por qué tenía los ojos tan cerrados y la mandíbula tan encajada.


—Sé quién eres —repitió él con voz ronca.


—¿Sabes…? —la comprensión se filtró lentamente en el aturdido cerebro de Paula, que parpadeó varias veces para despejarlo.


—Sé que eres la hija de Miguel Chaves.


El cerebro de Paula seguía negándose a comprender. Sus palabras no tenían sentido… Hasta que una sensación helada empezó a trepar por su espalda, dejándola sin aliento. El aturdimiento del cerebro se disipó y el hielo se extendió hasta que lo comprendió plenamente y soltó el aire de golpe. Le golpeó el torso con los puños y juntó las piernas antes de girarse a un lado y saltar de la mesa. Los pies golpearon el suelo y, como había olvidado que aún llevaba puestas las estúpidamente altas sandalias, se le torció un tobillo y cayó al suelo. Pedro corrió a su lado, la preocupación reflejada en el rostro.


—Apártate —Paula intentaba desesperadamente taparse con el vestido.


—Paula…


—He dicho que te apartes de mí —ella querría escupirle en la cara—. Vete. Ahora.


—Paula, por favor…


—¡Lárgate! —gritó ella, perdiendo el control—. ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera!


Pedro alzó la barbilla, el rostro tenso, dándole un aspecto pétreo. Paula no soportaba mirarlo y hundió el rostro en las rodillas. Pensaba que iba a vomitar. Sintió más que oyó a Pedro salir de la sala de juegos. El vacío confirmó que se había ido.


Pedro se echó agua fría en la cara y trató de calmar la respiración. Intentó borrar de su mente la imagen de Paula, humillada y vulnerable, acurrucada en el suelo. El juego había terminado, y él había sido incapaz de jugar la última ronda. No había hecho nada malo. Él era la víctima. Ella había estado jugando con él mucho antes de su primer encuentro, un encuentro que ella había preparado. Lo que había seguido había sido planeado por ella. Todo. Se había hecho pasar por una fiestera de la alta sociedad y lo había seducido con sus ojos y sus palabras. Incluso había robado su propio yate como accesorio para su juego. Él solo le había seguido el juego. Incluso tras descubrir su identidad, y que todo formaba parte de un plan para destruirlo, a él y a su primo, lo peor que hizo fue esconder su teléfono.

Venganza Y Seducción: Capítulo 49

Pero nunca lo había visto completamente desnudo, y fue una revelación en sí misma. «Magnífico», se quedaba corto. Cada parte del diablo era hermosa.


—Bésame —susurró ella. 


Había algo en sus besos que alimentaba su deseo y la volvía ávida de más. Ávida de todo. Sus bocas volvieron a unirse. Las manos se deslizaron pesadamente sobre la piel, una necesidad de descubrir y saborear vibrando en ambos, latidos que se convirtieron en palpitaciones cuando él acarició su feminidad inflamada con el pulgar. Dios santo, lo anterior le había parecido bueno, pero no era nada. Nada. Paula se frotó contra él, gimiendo de placer. Pedro apenas podía creer lo caliente y húmeda que estaba. Si las células del cuerpo humano pudieran emitir sonidos, las suyas estarían gritando su necesidad. Podía sentirlo, saborearlo, olerlo y, manteniendo la presión sobre la fuente de su placer, deslizó un dedo dentro del pegajoso calor, sus sentidos temblando mientras los gemidos de ella se hacían más profundos y se aferraba a él con fuerza.


—¿Preservativos? —jadeando, Paula despegó su boca.


—En mi bolsillo —contestó él casi sin poder hablar.


—Pues… —ella se interrumpió, sus ojos se enturbiaron, sus jadeos se acortaron y, de repente, echó la cabeza hacia atrás y abrió la boca.


No salió ningún sonido. No fue necesario. El clímax silencioso de Paula la estremeció, sus ondas casi visibles y, de repente, la desesperación de Pedro por perderse dentro de ella fue inmensa. Cuando estuvo seguro de que ella había terminado, retiró suavemente la mano y la besó.


—Iré a por el preservativo.


—Hazlo —susurró ella.


Él sacó un preservativo del bolsillo trasero, rasgó el paquete con los dientes y se lo enfundó. Las manos de ella lo buscaban, y cuando se colocó entre sus piernas, lo agarró por la nuca. Pedro guió su erección hasta la húmeda abertura.


—Con cuidado, ¿Eh? —ella, que aún respiraba agitadamente, tragó saliva.


Él asintió, agarró una cadera y, con una anticipación casi insoportable, a punto de introducirse en su húmedo calor, en su mente surgió la pregunta.


—¿Es tu primera vez? —preguntó.


—Sí —susurró ella mientras se echaba hacia atrás, animándolo a poseerla.


La excitación de Pedro palpitaba tan fuerte que lo quemaba. Deseaba desesperadamente penetrarla. Era una desesperación que nunca antes había sentido. Ella era virgen.


—Está bien —aseguró Paula, acercando la boca a la de él—. No me harás daño.


La sencilla afirmación golpeó a Pedro como un puñetazo.


—Sé quién eres —admitió sin más.

Venganza Y Seducción: Capítulo 48

Deslizando los dedos por su espalda, le agarró esas nalgas con las que había fantaseado casi todo el día y le subió el vestido hasta que pudo sentarla a la mesa de billar. Cuando ella abrió los ojos, sintió que estaba mirando a la verdadera Paula por primera vez. No había nada calculado. No había engaño. Solo ella y su deseo por él. Le sujetó el rostro y la besó con tanta pasión que ella gimió y le arañó la espalda con los dedos. Pedro bajó la cremallera del vestido. Sin despegar sus bocas, ella deslizó los tirantes de los hombros y el vestido cayó a la cintura, dejando expuestos los pechos desnudos, aplastados contra el torso de él. Dio, nunca había experimentado una sensación tan increíble. Con la respiración agitada, se apartó para volver a mirarla a los ojos empañados por el deseo, y embeberse del rubor de sus mejillas. Le puso una mano en el pecho y la empujó delicadamente. Luego acarició un pecho que encajaba en su palma como si estuviera hecho a medida. La empujó un poco más, bajó la cabeza y tomó un oscuro pezón rosado con la boca.


Paula se sobresaltó y jadeó ante la inesperada descarga de placer. Pero no acabó ahí, pues Pedro siguió besando, mordiendo y chupando su piel hipersensibilizada, pasando de un pecho a otro, deslizando la lengua hasta el ombligo. Recorrió con las manos los contornos de su cuerpo, deslizó los dedos por seda y carne, incendiándole la piel a su paso. Las llamas se intensificaron cuando su boca volvió a encontrar la de ella y su mano se deslizó bajo el vestido y encontró las bragas. Emocionada por el hambre de sus besos, devorándolo con la misma intensidad, se agarró a los hombros de Pedro y levantó las nalgas. Él le bajó las bragas por los muslos. Con un par de movimientos las bragas se deslizaron por sus pantorrillas hasta los pies, desde donde se las quitó de un puntapié. El deseo de Pedro, cuando retrocedió para contemplar su semidesnudez, era tan evidente en su mirada, que Paula olvidó toda timidez al quedar expuesta. Había una dolorosa reverencia en sus ojos, como si fuera la primera mujer que él hubiese visto así. Con el chasquido del botón y un tirón de la cremallera, los pantalones cortos cayeron. Lo recorrió con la mirada como había hecho él. Apenas podía respirar. Siempre había pensado que el cuerpo femenino era más estético que el masculino. Pedro Alfonso era el único hombre cuyo cuerpo le había llamado la atención, pero durante años se había dicho que se debía a sus intensas investigaciones sobre él, que, si contemplaba una y otra vez las fotos de él, semidesnudo de vacaciones en su yate, era para estudiar a su acompañante y poder copiar su aspecto. Siempre había sido él. El diablo disfrazado de Apolo. El hombre más sexy de la Tierra.

Venganza Y Seducción: Capítulo 47

—¿Y derrochar energía? —se burló él—. Siéntete libre para quitarte el vestido si también tienes calor.


—Cállate —Paula apretó los dientes para concentrarse y golpeó la bola blanca con la fuerza suficiente para que alcanzara el triángulo de rojas sin romperlas.


Pedro apenas miró las bolas mientras tiraba. Dos rojas cayeron en las troneras. En diez minutos había vaciado la mesa. Aparte del saque inicial, Paula no logró intervenir. Fue una clase magistral de billar. Pero ella apenas prestó atención a los tiros. Durante toda la partida, Pedro mantuvo la mirada fija en la mesa, sin mirarla a ella. Ni miradas sensuales, ni insinuaciones aterciopeladas… Hipnotizada por la elegancia del hombre y la belleza de su masculinidad, Issy cayó en un trance mientras destrozaba la mesa. Cuando entronó la bola negra por última vez y, finalmente, levantó los ojos hacia ella, Paula no habría podido apartar la mirada, aunque hubiera querido. Una sonrisa se dibujó lentamente en el rostro de Pedro. Dejó despreocupadamente el taco sobre la mesa, apuró su whisky y, con la expresión de un león abordando a su presa, se acercó a ella.


—Creo que me he ganado mi premio —la mirada penetrante, mortífera, las palabras roncas.


El corazón de Paula latía con fuerza. Luchar o huir. Eso experimentaba la presa cuando percibía al gran felino. Décimas de segundos antes de que la adrenalina hiciera efecto, suponía la diferencia entre la vida y la muerte. Luchar contra un depredador más grande que tú y morir. Levantar el vuelo demasiado tarde y morir. La presa capturada renunciaba a luchar y daba la bienvenida a la muerte para liberarse del dolor. Pedro la había capturado aquella noche en Londres. Ella había llegado al club subestimando el poder de su sexualidad y, desde entonces, se pasaba el día luchando contra sus propias reacciones. Ya no podía huir. La voluntad de luchar la había abandonado. Someterse no significaba morir. Él no le provocaría dolor, solo placer y, por una noche, ella quería explorar hasta dónde podría llevarles ese placer. Porque sabía que podría vivir cien vidas y jamás volver a sentir lo que sentía por Pedro.


—¿Qué premio? —susurró, con una mezcla de timidez y audacia.


Pedro posó una mano sobre la espalda de Paula para atraerla hacia él. Ella lo miraba con ese deseo que él había visto a menudo, pero también con algo más que nunca había visto, una transparencia, como si se hubiese arrancado un velo de invisibilidad.


—Tú —Pedro acercó su cara a la de ella.


Cuando sus bocas se fundieron, él tuvo la extraña sensación de que era Paula quien lo besaba. Paula, la joven de la captura de pantalla, no la refinada seductora. Cualquier Paula que fuera, la deseaba con una fuerza que estaba a punto de apoderarse de él y, cuando sus labios y su lengua bailaron con los suyos, la electricidad que había crepitado entre ellos todo el día disparó enormes sacudidas por sus venas y hasta lo más profundo de sus entrañas.

Venganza Y Seducción: Capítulo 46

 —Prefiero cantar —Paula se esforzó por sonar indiferente.


—Yo no —él hizo una mueca mientras se preparaba. La bola amarilla fue directa a la tronera.


—¿Cómo es que se te da tan bien? —Paula tenía que llevarlo a un terreno más seguro—. El billar —aclaró rápidamente antes de que la malinterpretara.


—Tengo una mesa de billar en mi ático de Londres, y en mi casa de la Toscana. Me gusta jugar.


—Eso encaja con tu imagen de playboy —no debía olvidarlo.


Cuando la fuerza del magnetismo y la personalidad de Pedro amenazaran con borrar el daño que había causado a su familia, necesitaba recordar la cadena de corazones rotos que había dejado esparcidos por el mundo.


—No tengo una imagen de playboy.


—¡Claro que sí! Te he investigado. Un millón de veces. Tienes tu propio hashtag. HotAlfonso.


—No lo creé yo.


—Tus admiradoras. Eres un playboy al que le encanta la fiesta.


—No es un crimen que un hombre soltero vaya de fiesta y salga con  mujeres.


—Solo digo que tu imagen no encaja con la de un hombre que debe haber pasado horas ante una mesa de billar para ser así de bueno.


—El billar me ayuda a relajar la mente, a desconectar —los labios de Pedro se curvaron en una sonrisa torcida—. Cuando no hay ninguna mujer ardiente que me ayude a relajarme, claro.


—Intentas fastidiarme —habló ella con serenidad.


—¿Lo estoy consiguiendo?


—No.


La sonrisa cómplice indicaba que no la creía.


—Sería imposible para mí tener tanto éxito en mi negocio si saliera todas las noches. A mi edad ya sufro resacas.


—¡Vaya! Pobrecito.


—Gracias por tu simpatía.


—De nada.


—¿Te das cuenta de que he ganado?


Mientras bromeaban, Pedro había vaciado la mesa y solo quedaba la bola negra. Ella no podría superar su puntuación.


—¿Tendré mi premio?


—¿Qué premio? —Has hecho trampas —lo acusó ella.


—No es verdad —Pedro dejó el taco sobre la mesa y se acercó a ella—. Estaba observando. Tu trasero es realmente delicioso.


El corazón de Paula se volvió a acelerar. Apartándose de él, sacó el triángulo de la ranura.


—Me has distraído. Juega otra vez…Sin hacer trampas.


—¿Llamas a eso distracción? Bella, eso no es nada para lo que podría haber hecho.


—Para mí es hacer trampas —la pelvis de Paula se contrajo, pero mantuvo la concentración—, y esta vez vas a jugar limpio. Empiezo yo.


Paula pidió más bebidas por el interfono y colocó las bolas. Después de tizar el taco, se preparó para dar el primer golpe, pero antes de poder hacerlo, se olvidó de desenfocar a Pedro, que apareció en su línea de visión. Se había quitado el polo, exhibiendo el delicioso torso desnudo.


—Me estaba entrando calor —los ojos de Pedro brillaron, aunque su tono de voz era inocente.


—Pues sube el aire acondicionado.

lunes, 23 de febrero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 45

 —Quizá debería quitarme las sandalias, si eso te da más posibilidades —se burló ella.


—No sé… —Pedro recorrió su cuerpo con la mirada—. Esas sandalias son muy sexys —murmuró mientras sus miradas volvían a encontrarse.


El calor que Paula había estado controlando prendió, acelerando su corazón e inundándola de deseo. Si Pedro no estuviese al otro lado de la mesa, se habría lanzado sobre él. Tomó su copa y bebió un largo trago del mojito, plenamente consciente de que su cara ardía con intensidad, plenamente consciente también de que él sabía exactamente el efecto que esas cinco palabritas habían tenido en ella. Pero él no dijo nada, limitándose a esperar su turno con el taco en la mano y esa mirada sensual, cómplice y sexy… ¡Maldito fuera! Maldito fuera también porque, para estirarse sobre la mesa y alcanzar la bola blanca, ella tuviera que subirse la falda del ajustado vestido, algo que ya había hecho varias veces, sin pensar en ello. De repente, fue dolorosamente consciente de lo sugerente que podía resultar, y también de lo sensibles que estaban sus muslos al contacto con la tela. Intentando controlarse y concentrarse, Issy se inclinó sobre la mesa y apuntó con el taco.


—El resto de tu cuerpo también es condenadamente sexy —observó él en el preciso instante en que ella disparaba—. Tu trasero es delicioso.


Paula falló. La bola blanca salió volando en dirección contraria, sin golpear nada.


—Lo has dicho a propósito para distraerme —ella lo miró furiosa.


—¿Y? —Pedro se encogió de hombros.


—¿Y?


—¿Y qué vas a hacer al respecto? —él le guiñó un ojo.


Cómo odiaba Paula lo mucho que lo deseaba. Tanto como odiaba lo mucho que empezaba a disfrutar de su compañía, o cómo pasaba de la diversión al deseo con solo oír su voz.


—Podría cantar —sugirió ella—. Ya me han ofrecido dinero para que no lo haga.


—Seguro que se te ocurre algo mejor—. Pedro sonrió, entronó la última roja y la miró fijamente—. Te garantizo que, si te quitaras ese vestido, sería incapaz de acertar.


Ella se imaginó sosteniéndole la mirada mientras se quitaba el vestido para su deleite.

Venganza Y Seducción: Capítulo 44

Se había creado una corriente, una tensión que iba más allá de la química sexual. Pedro casi podía saborear el engaño que se arremolinaba entre ambos, a punto de aflorar, esperando el momento en que las máscaras cayeran, cuando solo la verdad bastaría para satisfacerlos.


—¿Qué te parece una partida de billar? —sugirió él.


—Solo si prometes no darme una paliza.


—Nunca hago promesas que no pueda cumplir.


Paula tizó el taco y vió cómo Pedro doblaba su enorme cuerpo para hacer el saque. Golpeó la bola blanca con una determinación precisa, haciéndola rodar con fuerza por la mesa para estrellarse contra el triángulo rojo de bolas. Ella sonrió para sus adentros. Había jugado el tiro para beneficiarla. Separar las bolas rojas del triángulo facilitaba meterlas, algo que no haría un jugador serio, y él lo era, si no pensara que su oponente sería presa fácil. Ella hizo rápidamente su jugada, lamentándose al fallar la tronera. Pedro no falló. Entronó una roja, luego una rosa, y otra roja. Falló la verde por milímetros, lo que devolvió el juego a Paula. Ella se tomó su tiempo, inclinó el taco con cuidado e hizo su tiro. La blanca rebotó contra la roja, enviándola a la tronera. Siguieron cuatro aciertos, roja, verde, roja, marrón, pero, viendo que no había forma de meter otra roja desde donde estaba la blanca, golpeó la blanca suavemente, de modo que solo rozó la roja y luego rodó suavemente para colarse detrás de la rosa. Lo había engañado. La mirada de Pedro fue de admiración total.


—Creía que no jugabas —la acusó él, inclinándose sobre la mesa para alcanzar la blanca.


—No recuerdo haber dicho eso —respondió ella por lo bajo.


—Lo insinuaste —Pedro enarcó una ceja.


—Hace diez años que no juego —Paula se encogió de hombros.


—¿Cuántos años tienes? —él consiguió darle a la roja, pero no la metió.


—Deberías saberlo, siendo mi marido —bromeó ella—. Tengo veintitrés. Mi padre tenía una mesa de billar. Siempre quise jugar, pero no llegaba a la mesa, así que me regaló una de tamaño infantil por mi séptimo cumpleaños. A los diez, ascendí a la mesa grande.


—¿Cómo conseguías ver por encima? —se burló él.


—Con un taburete. Al ser tan pequeña, las distancias me parecían más largas, pero creo que eso mejoró mi juego.


—¿Has crecido desde entonces?


—Muy gracioso —la roja fue directa a la tronera.


—Dame una oportunidad —suplicó Pedro burlón—. Quítate los zapatos.


—Son sandalias, filisteo.


—¿Filisteo? —la expresión de Pedro se volvió seria—. No creo que signifique lo que tú crees.


—Inconcebible.


Sus miradas se fundieron, idénticas miradas de asombro al reconocer que ambos adoraban La princesa prometida, y entonces se echaron a reír. Paula se rió tanto que falló la siguiente bola. Pedro, con una amplia sonrisa, metió la bola en la tronera, pero falló la siguiente.