lunes, 27 de abril de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 30

Su compañera de dormitorio en la universidad le había dicho en numerosas ocasiones que sus expectativas eran demasiado altas. Su madre le había aconsejado que confiara en sí misma, que cuando encontrara al hombre adecuado, lo sabría. No debería ser alguien como él. Taciturno, solitario y abiertamente grosero, aunque le había hecho al menos el favor de mostrarle que era posible. Una imagen carnal apareció en su pensamiento. Se imaginó a Pedro arrancándole el cobertor de las manos, tomándola en brazos y llevándola a la cama para luego incorporarse y quitarse el jersey que llevaba puesto para dejar al descubierto los esculpidos abdominales. Tres fuertes golpes sonaron en la puerta. Había vuelto. Esperó que él entrara en la habitación sin avisar, pero no fue así. Silencio absoluto. Al final, fue ella la que tuvo que acercarse a la puerta y entreabrirla ligeramente. Vió un baúl frente a la puerta. No se veía a Pedro por ninguna parte.


Paula se aseguró de sujetar con fuerza el cobertor y agarró una de las asas del baúl. Tiró de él para meterlo en la habitación y, antes de cerrar la puerta, miró a ambos lados del pasillo. Abrió la cerradura y levantó la tapa.  Un arcoíris de telas la saludó. Se inclinó hacia el interior y deslizó un dedo sobre la ropa que contenía. Uno a uno, fue sacando los vestidos, faldas, camisas e incluso un par de pantalones hasta que tuvo casi veinte prendas extendidas sobre la cama. Todas tenían aún las etiquetas puestas y todas portaban el nombre del mismo diseñador, que ella solo conocía por su reputación. ¿Acaso Pedro guardaba todas aquellas prendas para cuando sus amantes fueran allí a visitarlo? En realidad, debería estar agradecida de que él tuviera algo que prestarle, pero aquel pensamiento la había irritado profundamente. Lo apartó y se decantó por un vestido verde bosque con botones a juego que iban desde el cuello redondo hasta el bajo de la falda. Se ceñía delicadamente a la cintura. Era una prenda sencilla, pero lujosa a la vez. Dejó el cobertor a un lado y se puso el vestido. Sintió que el lino le acariciaba dulcemente la piel. Se dirigió al espejo de cuerpo entero que tenía junto a la chimenea y se miró. Dió varias vueltas y sonrió al ver el vuelo que tenía la falda. No era así como había pensado que se pasaría aquellos días en Francia, pero parecía que las cosas estaban mejorando. Tenía un baúl lleno de ropa de diseño que no volvería a ponerse nunca, una maravillosa habitación con vistas al jardín y al mar y casi una semana para convencer a Pedro Alfonso para que firmara. Ni tan mal. Con aquel pensamiento en mente, recogió el cobertor del suelo. El tacto de la tela entre las manos le hizo recordar el deseo con el que Pedro le había mirado los pechos y cómo había apretado los puños, como si no pudiera contenerse. Dobló el cobertor y lo arrojó sobre la cama. Podría disfrutar de una semana muy agradable si mantenía su imaginación erótica bajo control. Decidió que, en primer lugar, iría a dar un paseo. Esperaba que la brisa del mar la ayudara a recuperar el sentido común, empezando con el hecho de que tenía trabajo que hacer y que, para ella, Pedro Alfonso debería ser el último hombre sobre el que ella debería estar fantaseando.

Quédate Conmigo: Capítulo 29

 —A menos que planee descender por la garganta y luego escalar los trescientos metros del otro lado, o nadar por los acantilados hasta llegar a la playa más cercana, no le queda más que esperar.


—¿Y si hay una emergencia?


—Se suponía que iba a estar yo solo —replicó él encogiéndose de hombros.


Paula respiró profundamente. Decidió que aprovecharía aquellos siete días para conseguir que él le firmara el contrato antes de regresar a Londres.


—Está bien —afirmó cuadrándose de hombros—. ¿Qué vamos a hacer?


Pedro se encogió de hombros.


—Me importa un comino lo que haga usted. Puede utilizar los espacios comunes y el jardín y tomar lo que le apetezca de la cocina, pero manténgase alejada del tercer piso. Ahí están mis habitaciones privadas y mi despacho.


—Ningún problema al respecto —afirmó ella.


—Y no espere de mí que le haga compañía.


—No tengo ningún deseo al respecto —replicó ella con una dulce sonrisa—. Lo único que deseo es su firma en uno de los contratos para que, al final de esta desgraciada semana, no tengamos que volver a vernos nunca más.


Alfonso soltó una carcajada.


—¿Trata de hablar de negocios conmigo cuando lleva encima tan solo un cobertor?


—Es mejor que la única alternativa que tengo, la verdad.


En cuanto Paula terminó de escuchar aquellas palabras, Pedro deslizó la mirada sobre los pechos de ella. La tensión regresó. Él apretó los puños, pero no fue la única reacción física que tuvo. Paula creyó notar un ligero abultamiento en los pantalones. Tragó saliva. Lo que ocurría cuando los hombres se excitaban no le resultaba desconocido. La última vez que salió con un hombre, él la estrechó entre sus brazos para besarla y Rosalind sintió lo mucho que la deseaba contra el vientre. Aquel hecho solo despertó en ella una ligera curiosidad, pero no lo suficiente como para llevar la situación más allá.  Sin embargo, en aquel momento, al ver la reacción de Pedro, sintió que la entrepierna se le humedecía de la excitación.


—¿Es que no tiene otra cosa que ponerse? —le preguntó él.


—Cuando se me seque el vestido, sí.


Pedro se dió la vuelta y se marchó, cerrando de un portazo.


Paula dejó escapar un suspiro de alivio. ¿Qué había pasado? Un temblor recorrió su cuerpo, deliciosa y ligeramente salvaje. Nunca se había visto tentada de hacer algo tan audaz como seducir a un hombre. Desnudarse ante él. Dejar que él viera lo rápida y fácilmente que se había excitado con su presencia. Eso había sido parte del problema, en realidad el problema, con los hombres con los que había salido. Ninguno de ellos le había hecho sentir del modo en el que había deseado sentirse con su primer amante. La atracción física, el deseo real, jamás habían aparecido.


Quédate Conmigo: Capítulo 28

La voz de Pedro se desvaneció cuando la vió envuelta en el cobertor. El shock la dejó totalmente inmóvil y vió cómo él la miraba de arriba abajo. La atmósfera cambió. La mirada de él se deslizaba por las piernas y los pies desnudos para luego volver de nuevo al rostro de Paula. Los pezones de ella se irguieron bajo la tela del cobertor. La mortificación y el deseo chocaron, fundiéndose en una oleada de calor que se le extendió por todo el cuerpo. Sus miradas se cruzaron. A la luz del día, las cicatrices eran más evidentes. La mayoría parecían más pálidas a excepción de la que tenía en la cara, que estaba más enrojecida. Las heridas no le quitaban ni un ápice de apostura. Añadían complejidad y profundidad a sus cincelados rasgos. El hoyuelo en la barbilla interrumpía la perfecta línea de una fuerte barbilla cubierta por una cuidada barba. Sus ojos… En aquellos momentos relucían. Un azul oscuro que, de algún modo parecía arder cuando la miraba. Una vocecilla traviesa le susurró al oído que se atreviera a hacer algo escandaloso, como dejar caer el cobertor para ver cómo reaccionaba él. Llevaba toda la vida esperando al hombre adecuado, al hombre perfecto, con el que compartir su cuerpo. Solo había visto carencias en todos los hombres con los que había salido hasta entonces. Sin embargo, ninguno había sido capaz de prender en su cuerpo el fuego del deseo con una única mirada.


—He llamado varias veces.


—No lo he oído… —susurró con voz ronca.


—El roble ha caído sobre el puente.


Ella parpadeó. El fuego había desaparecido de su mirada en un abrir y cerrar de ojos. El hombre frío y controlador de la noche anterior acababa de regresar, con su voz autoritaria y estéril.


—¿Cómo dice?


—El árbol —repitió él, como si Paula fuera una niña pequeña que no estuviera prestando atención—, se ha caído sobre el puente.


—¿Y qué significa eso?


—Significa que hasta que alguien puede venir hasta aquí para retirarlo y comprobar la resistencia del puente para saber si es seguro, usted tiene que quedarse aquí.


Paula respiró profundamente para no parecer alarmada.


—Está bien, sí… Lo comprendo. ¿Y cuándo vendrá ese alguien?


—Probablemente dentro de una semana.


—¿Una semana? —exclamó ella atónita.


—Sí.


—Pero ¿por qué tanto tiempo?


—Porque será la primera vez que madame Marta y su esposo regresen para rellenar la despensa.


—¿Y por qué no llama por teléfono?


—Aquí no hay señal. Supongo que lo notaría anoche.


—Cuando venía de camino sí, pero di por sentado que aquí sí habría señal.


—No. Tendré que instalar algo aquí para tener teléfono e Internet.


La intranquilidad se transformó en miedo.


—No puedo quedarme aquí. 

Quédate Conmigo: Capítulo 27

Cuando su padre le quitó el teléfono a su madre, Paula comprendió que las cosas no iban bien. Eso no le impidió tomar el vuelo y pagar un coste extra para tener Wi-Fi y poder estar en contacto con sus hermanos mientras volaba hacia el norte. El avión estaba justo al sur de los Grandes Lagos cuando recibió el mensaje. Su madre, su mayor defensora y su mejor amiga, acababa de fallecer. Se pasó el resto del vuelo mirando por la ventana, con las lágrimas cayéndole silenciosamente por las mejillas.  Abrió los ojos y miró hacia el mar. Las semanas que pasó en su casa estuvieron sumidas en una triste bruma, sumida en la pena producida por una pérdida que la atenazaba a cada instante. Siempre había podido ver el lado bueno de todas las cosas, centrarse en lo positivo, igual que su madre. Sin embargo, aquel suceso la había sacudido hasta lo más profundo de su ser y le había hecho ver por primera vez en su vida la verdadera tristeza. Mudarse a Londres para trabajar en Nettleton & Thompson como becaria había sido la oportunidad que necesitaba para recobrar la alegría. Se había entregado en cuerpo y alma a su trabajo. Sabiendo que había conseguido todo lo que su madre había soñado para ella y segura de que sus padres estarían orgullosos de ella, la había mantenido en pie durante los dos últimos años de su vida. Al menos al principio. No había impedido que el descontento empezara a apoderarse de ella, sobre todo a lo largo del último mes. Le daba la sensación de que, en su búsqueda por ser una mujer responsable y madura, por hacer todo lo que sus padres habían esperado de ella, había pasado por alto algo crucial. Prácticamente no había salido ni viajado en aquellos dos años. Incluso la lectura, que era lo único para lo que hacía tiempo, se había convertido en una obligación más que en una fuente de relajación. En vez de novelas románticas o de misterio, sus favoritas, leía artículos legales, estudiaba casos y muestras de testamentos hasta que se los sabía de memoria. Se le daba bien encontrar las cosas buenas de la vida, pero ¿cuándo había sido la última vez que disfrutó de un largo almuerzo o había aceptado la invitación de un compañero para salir o incluso había viajado a algún sitio fuera de Londres? Un año. Tal vez más. Aquellos pensamientos empezaron a resultarle incómodos. Se alejó de la ventana y, en ese momento, se dio cuenta de que la tormenta había sido una bendición. Le había dado una segunda oportunidad para conseguir que Pedro Alfonso firmara antes de marcharse. Iba de camino al cuarto de baño cuando un golpe en la puerta la sacó de sus pensamientos. Se dió la vuelta justo cuando la puerta empezaba a abrirse.


—¡Un momento!


—Señorita Chaves…

Quédate Conmigo: Capítulo 26

Se acercó un poco más a la ventana y apoyó la frente contra el frío cristal. Habían pasado dos años desde la primera llamada en la que supadre le informaba de que su madre tenía una ligera fiebre. Solo eran unas décimas, pero eran constantes. Tan solo había pasado un mes desde que su madre se había recuperado de una ligera neumonía. Inmediatamente, Paula realizó una videollamada en la que vió a su madre en cama, con su padre cuidándola y ella protestando por las atenciones que le proporcionaba su esposo. Estuvieron charlando con normalidad y se quedó más tranquila. Todo parecía como siempre. Solo era un poco de fiebre. Entonces, la segunda llamada llegó a las dos de la mañana. La tensión y el pánico que se reflejaba en la voz de su padre la colocó en estado de alerta incluso antes de que su padre le dijera que la fiebre había subido y que su madre estaba en el hospital. Era la primera vez que su madre tenía que ir al hospital en más de dos décadas. La última vez había sido para el nacimiento del hermano pequeño de Paula. Ella colgó y comenzó a hacer las maletas mientras compraba a la vez un billete de avión. Iba de camino al aeropuerto cuando el teléfono volvió a sonar.


—Pau…


Paula sintió que el vello se le ponía de punta al escuchar la voz ronca y congestionada de su madre antes de un fuerte golpe de tos.


—¿Mamá?


—Cariño, estoy muy orgullosa de tí.


—Lo sé, mamá.


—Nunca dejes de vivir tu vida al máximo… Y alcanza… Alcanza tus objetivos.


Otro ataque de tos provocó un escalofrío de pánico en Paula.


—Serás una de las abogadas más importantes de Nettleton & Thompson algún día. Lo sé. No dejes de esforzarte, ¿De acuerdo?


—No lo haré… —susurró Rosalind agarrando con fuerza el teléfono. Sentía que el corazón iba a salírsele del pecho—. Haré que te sientas orgullosa, mamá. Cuando vayamos a Italia este verano, nos…


—Italia… —murmuró su madre con ensoñación—. Qué viaje tan bonito sería ese…


—Mamá…


—¿Sí, cariño?


Paula estaba en medio del aeropuerto de Chicago, rodeada por pasajeros que iban y venían, con los ojos llenos de lágrimas y aferrándose con fuerza al teléfono, como si así pudiera mantener a su madre anclada a la Tierra.


—Te quiero mucho, mamá.


—Y yo te quiero a tí, mi niña. Mi preciosa Paula…


Paula cerró los ojos para contener las lágrimas. El tiempo había ido aliviando la pena, pero había momentos como aquel, que le devolvían los recuerdos como si hubieran ocurrido el día anterior. 

miércoles, 22 de abril de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 25

Frustrada consigo misma por no hacer otra cosa que pensar en él, Paula se sentó en la cama y lanzó una almohada hacia delante. ¿De qué servía pensar en él? Era una pérdida de tiempo cuando resultaba evidente que Alfonso quería que se marchara lo antes posible. Mientras apartaba las sábanas, decidió que había sido una suerte que él la dejara allí sola la noche anterior. Se había sentido muy vulnerable y susceptible a los sentimientos de gratitud que estaba experimentando. Efectivamente, Pedro Alfonso era más que guapo, pero ella había contenido durante mucho tiempo su anhelo por tener relaciones sexuales. Había rechazado a hombres mucho más amables que él mientras esperaba a su media naranja, al hombre con el que por fin sintiera un vínculo emocional y físico. Cuando por fin tuviera un amante, sería alguien con quien potencialmente pudiera ver un futuro. Y por muy excitante o misterioso que fuera Pedro Alfonso era todo lo contrario a la definición de un novio a largo plazo. Tentaría a una mujer a dejarse llevar, a disfrutar a perderse en el placer… y luego se marcharía tan rápidamente como había llegado. 


En aquellos momentos, lo que tenía que hacer era levantarse, recoger sus cosas y marcharse de allí. Ya pensaría en cómo le daría la noticia al señor Nettleton. Prepararía un plan de contingencia por si él decidía despedirla o por si Alfonso ya lo había llamado para exigírselo. Respiró profundamente. «Anoche te diste un baño en una bañera de las antiguas, con patas de garra y todo. Céntrate en lo positivo». El estómago comenzó a protestar. Había tomado algo de comer en Étretat antes de dirigirse al Château du Bellerose. Después, todo lo ocurrido durante la tarde le había quitado por completo el hambre. Tras salir de la bañera, el agotamiento la había empujado a meterse en la cama. El aire fresco de la mañana acarició su piel desnuda. Le había resultado raro dormir así, pero tenía la ropa empapada, incluso la ropa interior. Tomó un cobertor ligero de encima de la cama y se envolvió con él antes de acercarse a la ventana. Apartó las cortinas. Contuvo el aliento. En la parte posterior de la casa, había un jardín increíble, repleto de pequeños senderos y rodeado por un alto seto de hiedra. Había muchos árboles, entre los que se encontraba un sauce llorón que acariciaba con sus largas ramas la superficie de un estanque. Se veían también algunos bancos y algunas estatuas.  Sin embargo, lo que más le llamó la atención fueron las rosas. Había cientos de rosales de diferentes tonalidades de rojo, rosa y blanco. Poco a poco, la pena fue apoderándose de ella hasta que sintió una profunda pesadumbre. Su alegría desapareció por completo. 

Quédate Conmigo: Capítulo 24

No importaba. Jamás las vería. Pedro no se rendiría ante el infierno que lo atenazaba. Entró en la biblioteca y se puso a encender la chimenea para tener algo que hacer en vez de pensar en la señorita Chaves. Cuando terminó de encender el fuego, se dirigió hacia la ventana y contempló el mar. Entonces, vió su propio reflejo en el cristal de la ventana. Levantó la mano y se tocó los feos bordes de la cicatriz del rostro. Unas cicatrices que habían asqueado a Karina y que habían hecho que más de un conocido apartara la mirada. Paula no lo había hecho. Ni siquiera se había inmutado. A él tampoco se le había pasado por alto el reflejo del deseo en los ojos de ella. ¿Qué haría Paula si conociera hasta dónde llevaba su propio deseo? Sentía una necesidad casi animal por poseer su cuerpo, una necesidad que había estado bullendo bajo la superficie de su piel desde que la vio por primera vez en Londres. La señorita Chaves no tenía nada que temer de sus cicatrices. Lo que debería aterrorizarla por completo era el frío y oscuro canalla que acechaba dentro de él.



Paula se despertó al sentir el ligero brillo que provenía desde detrás de las cortinas. Permaneció inmóvil bajo la colcha, gozando con el tacto de la seda auténtica contra su piel. La noche anterior, cuando entró en aquella alcoba, fue como hacerlo en un cuento de hadas. Suelos de madera, antigüedades, pinturas que adornaban las paredes… Y la cama. La gloriosa cama con dosel que contaba con cortinas de verdad que se recogían en las esquinas con cordones dorados. El número de almohadones era digno de una princesa. Perfecta. La había ayudado a deshacerse de la tensión que había sentido en el pecho desde que dejó caer el expediente sobre la mesa antes de abandonar el château. También había supuesto un bálsamo muy necesario para el caos que se había adueñado de ella en poco más de una hora. Había perdido el control y había insultado al cliente más importante para el que había trabajado. Entonces, cuando había estado a punto de alcanzar la libertad, un roble estuvo a punto de aplastarla… Y el hombre al que había ofendido instantes antes fue el que acudió en su rescate. Se cubrió el rostro con una de las almohadas y gruñó. Sí. Había resultado aterrador darse cuenta de lo cerca que había estado de resultar herida o incluso muerta. Sin embargo, lo que más la turbaba era la reacción que había tenido ante la inesperada valentía de Pedro. Había pasado de ser un canalla egoísta a héroe en cuestión de segundos. Aquello la había dejado muy confundida.