Una punzada atravesó el pecho de Paula. ¡No debería importarle! ¿Acaso no era la prueba de que todo el dinero que Delfina y ella habían ahorrado durante años para convertir a Paula en la idea que tenía Pedro de la perfección había funcionado? Debería sentirse contenta, no desolada, porque él jamás miraría a la auténtica Paula y, desde luego, nunca la consideraría perfecta. ¿Qué importaba lo que él pensara? En cuanto el trato estuviera firmado, ella desaparecería de su vida y no volvería a verlo jamás.
Por primera vez, Pedro vió apagarse el brillo en los ojos de Paula. Regresó en cuestión de segundos, pero él se preguntó qué lo había causado… Y por qué demonios le importaba.
—Las damas primero —consciente de que su excitación aumentaba, la soltó, dió un paso atrás y señaló el tobogán.
—La edad antes que la belleza —ella sonrió dulcemente.
Pedro rió. Sería una tentadora confabuladora empeñada en destruirlo, pero le divertía. Hacía mucho que no disfrutaba tanto de la compañía de una mujer, de cualquiera, para ser más precisos, Impulsivamente, le tomó el rostro y la besó apasionadamente en la boca. Dio, qué bien sabía.
—Ya que estoy a tu merced, dispuesto a cumplir todos tus deseos, te haré los honores —él subió los tres escalones hasta la cima del tobogán, se sentó, y se dejó caer.
Paula se asomó a la barandilla y observó la enorme salpicadura que se produjo al caer. Sintió un nudo de ansiedad cuando no emergió inmediatamente, pero de repente apareció la oscura cabeza y, un sonriente rostro se levantó hacia ella. Era su turno. Rajarse haría que él sospechara, y no podía permitírselo. Recordó una época en la que un parque acuático había sido el colmo de la diversión, y tirarse por toboganes de todas las formas y tamaños la mayor emoción de su vida. Pero esos toboganes acababan en piscinas, y había un montón de socorristas vigilando. «¡No seas cobarde!». Decidió no pensar en lo que estaba a punto de hacer, subió los tres escalones, saludó a Pedro, que nadaba a una distancia prudencial de la zona de sumergirse, se sentó y se dejó caer. Era exactamente como imaginaba una caída libre. También mucho más rápido de lo que había previsto, ya que el agua que caía por el tobogán como lubricante la precipitó con tanta rapidez que no tuvo tiempo de prepararse para la inmersión. Voló por los aires antes de estrellarse en el mar con un grito. El agua salada le entró por la nariz y la boca abierta mientras se hundía en las profundidades.