Paula se levantó y se dió cuenta de que se tambaleaba un poco. Media botella de champán con el estómago vacío no era probablemente la mejor idea. Aquello se estaba poniendo divertido y rió ante la absurdez, y al pensar en Pedro gastando montones de dinero en un matrimonio que no tendría lugar.
—¿Tiene una hoja? —preguntó al capitán.
Cuando él se la entregó, Paula se arrodilló junto a la mesita de café y arrancó rápidamente dos tiras. Cada tira la enrolló longitudinalmente entre los dedos hasta que se asemejó a un gusano largo y retorcido, y luego las ató formando un círculo que tendió a Pedro con una floritura.
—Ya está —anunció sonriéndole—. Dos anillos de boda improvisados.
—¿Estás lista para hacerlo? —insistió él.
Quería que se echara atrás. Esperaba que se echara atrás. Ella podía verlo en sus ojos. Y fue esa expectación la que la llenó de desafío. Pedro había empezado esa partida de ajedrez y le correspondía a él ponerle fin. Solo cuando él la tomó de la mano y juntos se enfrentaron al capitán, Paula se dió cuenta de que ninguno de los dos estaba dispuesto a echarse atrás. Habían llegado a un punto muerto. Pedro tuvo la extraña sensación de abandonar su cuerpo y flotar en el aire, viéndose a sí mismo y a Paula, tomados de la mano y recitando sus votos ante el capitán y el creciente número de tripulantes que querían comprobar por sí mismos si el jefe se casaba realmente con la estafadora. Se vió a sí mismo firmar el certificado, y vió a Paula firmar su nombre, su verdadero nombre, Paula Chaves, y a los dos testigos firmar el suyo. Luego se vió a sí mismo deslizando el anillo de papel en el dedo de Paula y a ella hacer lo mismo con él. Y siguió viéndolo todo con el mismo desapego mientras se besaban para sellar los votos. Y entonces volvió a habitar su cuerpo mientras estrechaba manos y repartía abrazos. El corazón le latía con fuerza al comprender que le había salido el tiro por la culata con el farol que se había marcado con Paula.
Paula se metió dos analgésicos en la boca con mano temblorosa y los tragó con agua fría. Las secuelas del champán se hacían notar en forma de dolor de cabeza. O quizás fuera la repentina bajada de la adrenalina que la había inundado en la hora loca que había acabado con ella casada. La realidad, fría como el agua que acababa de beberse, la empapó. Acababa de casarse con su némesis. No se habían limitado a intercambiar votos falsos, habían firmado documentos legales. Con su verdadero nombre. La única gracia salvadora era que Pedro no se había fijado en su apellido. ¿Pero qué demonios la había poseído? ¿Qué le había poseído a él? Delfina iba a matarla… Hacía horas que no pensaba en su hermana, había olvidado por completo su teléfono perdido y que su hermana estaría esperando ansiosa, con el suyo en la mano, recibir una actualización. Cerró los ojos y respiró hondo. Era medianoche en Londres. Si su teléfono seguía desaparecido al día siguiente, pediría uno prestado a la tripulación, buscaría el número de Industrias Alfonso y contactaría con Delfina. Pero antes ordenaría al capitán que destruyera los papeles. Si no se registraban, el «Matrimonio», nunca se legalizaría.