Pedro cerró los ojos, satisfecho mientras se mecía suavemente en la hamaca bajo el sol naciente. Acurrucado sobre él, la regordeta mejilla apretada contra el pecho, dormía su hijo menor, Baltazar. Con solo dieciocho meses, el pequeño ratoncito, como lo llamaba cariñosamente Paula, acababa de aprender el arte de escaparse de su cuna. Aquella mañana había entrado en el dormitorio de sus padres y lo despertado, que lo había sacado a ver el amanecer. Intentó no suspirar al pensar que pronto regresarían a Europa. Olivia, su hija mayor, estaba a un par de semanas de empezar el colegio. Habían sopesado contratar a un tutor para poder seguir pasando seis meses al año en el refugio caribeño, pero sería egoísta por su parte. Los niños necesitaban compañeros de juegos. St. Lovells estaría allí para las vacaciones escolares, y cuando toda su prole hubiera volado del nido, lo convertirían en su hogar permanente. Al menos, ese era el plan. Nadie sabía cuánto tiempo tardaría eso en suceder. Mirando por el rabillo del ojo, vió a su embarazadísima esposa acercase con una enorme caja envuelta para regalo. Olivia la seguía con unas cuantas cajas más pequeñas. Su familia. Cómo los amaba. A veces miraba los rostros felices de sus hijos y su corazón se henchía tanto que dolía. Miraba a su esposa, contemplaba su cabello castaño oscuro y su cuerpo curvilíneo, y esos hermosos ojos azules que siempre brillaban con amor, y daba gracias a los dioses por haberlos unido. Seis años de matrimonio, y su devoción mutua no había hecho más que crecer. Ella era todo su mundo. Sus hijos eran su universo.
—¡Feliz cumpleaños, papá! —gritó Olivia.
Pedro abrió los ojos del todo y fingió sorpresa.
—Feliz cumpleaños —balbuceó sonriente Baltazar.
Apretando la nariz de su hijo, Pedro lo abrazó con fuerza y se bajó de la hamaca. Paula sonreía resplandeciente. La caja era prácticamente tan alta como ella.
—Feliz cumpleaños, guapísimo. Apuesto a que no adivinas qué es… ¡No se lo digas, Oli!
Mientras su hija colocaba cuidadosamente las otras cajas sobre la mesa, fingió reflexionar.
—Hmm. ¿Qué puede ser?
Se las arreglaron para cambiar a Baltazar por la caja, y así Pedro rasgó sonriente el envoltorio, imaginándose la ocurrencia de su esposa. Era un flotador de arrastre. Todos los años le regalaba lo mismo por su cumpleaños. Estaba haciendo una gran colección. Pero cada uno estaba decorado de manera diferente, y se echó a reír al ver el nuevo, pintado con caricaturas de su esposa y sus dos hijos. Lo colocó contra el árbol al que estaba atada la hamaca, abrazó a Paula con Baltazar en brazos, y la besó apasionadamente.
—Gracias —murmuró.
—Un placer —susurró ella—. Tendrás el resto del regalo cuando los niños se acuesten.
—Lo estoy deseando —Pedro fingió fastidio y le apretó el delicioso trasero.
—¡Déjalo ya, tonto, y abre nuestros regalos! —exclamó Olivia.
Riéndose aún más, levantó a su hija en brazos y le plantó un beso enorme en la mejilla. No había día en que Pedro no se considerara el hombre más afortunado del mundo.
FIN