viernes, 30 de enero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 10

Se habían escrito libros y hecho películas sobre personas como Paula Fernández. A Pedro no le importaba que le hubiera lanzado su red. Al contrario. Sentía la anticipación por ver hasta dónde estaría dispuesta a llegar. Hacía mucho tiempo que no experimentaba una excitación así. Su vida no era ni mucho menos aburrida, pero Pedro y Ezequiel habían alcanzado tal éxito con su negocio que ya no les quedaba ningún desafío, nada por lo que luchar. La madre naturaleza lo había bendecido con un aspecto que la mayoría de las mujeres encontraban atractivo, pero desde que su saldo bancario había saltado a la estratosfera, ellas también habían dejado de ser un reto. A veces iba a una fiesta y tenía tantos ojos femeninos seduciéndolo abiertamente que se sentía como un niño en una tienda de chuches. Podía elegir. Y eso hacía. Como los coches que conducía, las mujeres le gustaban rápidas, elegantes y, preferiblemente, altas y rubias. También prefería que tuvieran dinero. Como no salía con ninguna mujer el tiempo suficiente para saber si era de fiar o no, reducía sus posibles citas a aquellas que sabía que no necesitaban vender historias sobre él.


—Así que… —rompió el silencio con una seductora mirada—. ¿Vienes aquí a menudo?


¿Podría haber una frase más cursi para entrarle a alguien? Paula puso mentalmente los ojos en blanco. Pedro estaba tan seguro de sí mismo, era tan consciente del poder de su sexualidad y del efecto que tenía sobre las mujeres, que no se molestaba en usar el ingenio. Y tenía ingenio. Mucho. Ella lo sabía. Había investigado a ese hombre durante años, aprendiendo hasta el más mínimo detalle sobre él. Por supuesto, Amelia había llegado a conocerlo bastante bien en el ámbito profesional, admitiendo a regañadientes que tenía tan buen humor como aparecía en las entrevistas. Pero pobre del que se cruzara en su camino. Las hermanas Chaves ya lo sabían. Lo habían vivido. Esa sexualidad desenfrenada no tenía ningún efecto sobre ella. El atractivo rostro de Pedro, la mandíbula cuadrada y los labios, considerados por muchas como deseables, le resultaban repulsivos. ¿Cuántas horas había pasado con el estómago revuelto mirando en el portátil esos ojos azul claro? Demasiadas. No había un milímetro de su cara que no conociera, desde la ligera hendidura en su nariz rota, algún día sabría quién se la había roto y le felicitaría, hasta esa ceja izquierda ligeramente más alta que la derecha. Sabía que el vello oscuro que asomaba por su camisa negra desabrochada cubría unos pectorales definidos y descendía sobre un vientre plano. Sabía que pasaba del metro noventa, que se cortaba el espeso cabello oscuro cada quince días. Que al final de su estancia en el Caribe, su mandíbula cuadrada estaría cubierta de una poblada barba negra que se afeitaría antes de volver al mundo de los negocios. Sabía que, si pensara en él fríamente, lo vería como un chute de testosterona andante y que su musculoso cuerpo contenía una potente sexualidad que haría que a cualquier otra mujer le flaquearan las rodillas.


Venganza Y Seducción: Capítulo 9

Empezaba el juego. Paula se esforzaba por no entrar en pánico. Tenía que atraer a Pedro a «Su», yate al día siguiente. Eso no sería un problema, pero sí lo sería interpretar el papel de propietaria de un super yate que nunca había pisado. Habría matado a David por meter la pata. Había sido muy específica con sus requisitos. Seis meses como su ayudante no remunerado le daba derecho a ser específica. Un maltrecho barco pesquero habría sido mejor que ese palacio flotante. David le había asegurado que la tripulación aseguraría a cualquiera que ella era la dueña. Sabiendo que Delfina se preocuparía, hizo una foto del opulento dormitorio y se la envió. No le habló de la metedura de pata de David, bastaría con una bonita foto que no desvelara nada. Delfina necesitaba centrarse en la tarea de sacar adelante su proyecto de Alfonso Industries. La empresa recomendada no tenía nada que ver con el informe de Delfina. Sería un desastre absoluto para Alfonso Industries, su hundimiento. Su destrucción. Perfecto. La única manera de derrotar a los primos Alfonso era separándolos. Juntos eran sólidos como una roca, complementándose para que nada se les escapara. Sería imposible que Delfina tuviera éxito si ambos debían aprobar el proyecto, y su recomendación. Uno de los primos podría pasar algo por alto, pero el otro siempre lo vería.


«Divide y vencerás». Era la única manera de ganar para las hermanas Chaves, y con esa idea en mente, Paula se calzó unas sandalias de cuña imposiblemente altas y comprobó su aspecto por última vez. Como Pedro creía que llevaba ya diez días en el Caribe, había sido necesario el uso de autobronceador. Satisfecha de tener el mejor aspecto posible por el dinero que había pagado, salió del palacio flotante para encontrarse con su apuesto némesis.


La vió llegar, caminando con elegancia hacia el restaurante junto a la playa, el pelo rubio ondeando suavemente en la brisa, grandes gafas de diseño cubriendo gran parte de su bello rostro, un cuerpo esbelto luciendo un vestido camisero verde pálido que rozaba sus muslos dorados y se complementaba con un collar de brillantes cuentas de colores. Se levantó de la silla para saludarla. Ella se acercó sonriente y apoyó una mano en su hombro para besarse. Una nube de su exótico perfume lo envolvió. Pedro lo aspiró con la misma avidez con la que saboreó el roce de los labios contra su piel.


—Aquí estamos —dijo ella alegremente mientras se sentaba frente a él y se subía las gafas.


Pedro sonrió. El vestido estaba lo bastante desabrochado como para poder ver un sujetador de encaje negro, sin duda una táctica deliberada que él aprobaba con entusiasmo. Si era una muestra de las tácticas de Paula Fernández para sacarle dinero, entonces le esperaba un viaje increíble.


—Espero que no te importe, pero me he tomado la libertad de pedirte un mojito.


—Tienes una memoria impresionante —los ojos azules brillaron—, y no me importa en absoluto.


Durante largo rato solo se miraron, ambos fingiendo incredulidad por estar sentados uno frente al otro en un restaurante situado a miles de kilómetros y numerosas zonas horarias de donde se habían conocido.

Venganza Y Seducción: Capítulo 8

Envió un mensaje. "Acabo de aterrizar. Deseando verte. P x" ¿Cómo sabía que era una estafadora? Su infalible instinto. La única vez que lo había ignorado, las consecuencias habían sido desastrosas. Las pruebas también eran bastante convincentes. Una hermosa mujer entrando en un club famoso por ser el refugio de los ricos y poderosos, en busca de un hombre al que atrapar. Había interpretado su papel maravillosamente. Esa mirada de «Ven a la cama». La sonrisa seductora. Su entusiasmo por la soltería. No había hablado de ninguna aventura sin ataduras por la que cualquier hombre salivaría, pero sí había establecido de forma inteligente y sutil que era rica, mencionando su yate. Se había puesto a su altura financiera para disipar cualquier duda que pudiera tener la víctima. Había estado magnífica. Si Rodrigo no la hubiera visto subir a un taxi, Pedro no habría dudado de ella en absoluto. Había pedido a un estrecho colaborador de Barbados que preguntara en todos los puertos deportivos de Bridgetown por una bella rubia llamada Paula que tenía amarrado su yate allí. Nadie había oído hablar de esa mujer… Pero había conseguido una deliciosa pista. El escurridizo David Reynolds, estaba pidiendo prestado un modesto yate de no menos de doce metros. Lo mejor de todo era que el codicioso David vivía en su propio yate, por lo que no lo necesitaría para él. Y, casualmente, lo necesitaba para el día en que volaba al Caribe.


Pedro pidió a su socio que hablara con David Reynolds. Tras entregarle una cantidad considerable de dinero, averiguó que el yate era para el uso exclusivo de una mujer llamada Paula Fernández. Podría ser una coincidencia. Pero él no creía en las coincidencias. Solo había una forma de averiguarlo, y era ofrecer su nuevo yate, el Palazzo delle Feste, a la misteriosa Paula Fernández. Su instinto había acertado. La bella Paula era, en efecto, Paula Fernández. Una estafadora. Su teléfono vibró. La estafadora había respondido. "¡Qué coincidencia! ¡Acabo de atracar! ¿Te apetece quedar en Freddo’s más tarde? x" Habían intercambiado docenas de mensajes y numerosas llamadas desde su artificioso encuentro. Había sido muy divertido seguirle la corriente, haciéndole preguntas sobre lo que estaba tramando, preguntándose qué mentira descabellada se le ocurriría a continuación. «He pasado el día haciendo submarinismo», o «He pasado el día con unos amigos en Santa Lucía. ¿Lo conoces? ¡Es para morirse!». Pero eran las llamadas telefónicas las que más le gustaban. Se la imaginaba agobiada por las mentiras que él le obligaba a fabricar. No dejaba de captar toques de auténtico humor en su bella voz, que aumentaban la anticipación. ¿Un lío con una bella buscavidas con sentido del humor? ¿Qué hombre podría resistirse? Respondió rápidamente. "No me lo perdería por nada del mundo. ¿A las 17:00? P x" Su respuesta llegó instantes después. "Perfecto. x"

Venganza Y Seducción: Capítulo 7

El Palazzo delle Feste brillaba bajo el deslumbrante sol caribeño.


—¿Cómo demonios has conseguido esto para mí? —preguntó Paula, incrédula, a David.


—Llámame mago —él agitó una mano.


—¿Mago? —ella volvió a mirar el enorme barco atracado ante ella—. David, esto es mucho más de lo que pedí —el acuerdo había sido seis meses de trabajo gratis a cambio del uso de un elegante y moderno yate de al menos doce metros, algo que una mujer joven, económicamente independiente, o poseedora de un fideicomiso poseería—. Es demasiado — sacudió la cabeza.


Era demasiado llamativo. ¿Cómo iba a pasar desapercibida si las cosas se torcían y tenía que escapar? Además, algo de ese tamaño daría la impresión de que estaba en la liga de los multimillonarios. Sabía cómo fingir ser rica, a fin de cuentas lo había sido, pero eso era otra cosa.


—Necesito algo mucho más pequeño.


—Lo siento, cariño, pero no puede ser. Estamos en plena temporada de verano. Todo está reservado o los dueños lo quieren para ellos.


—Pero esto no es lo que acordamos.


—Cariño, te he conseguido uno de los mejores superyates del Caribe, ¿Y te quejas? ¡Es una obra maestra! Tiene helipuerto, dos piscinas, biblioteca, sala de ocio, sala de juegos, sala de cine, casino, salón de belleza, spa y un tobogán hinchable por el que puedes deslizarte directamente al mar. Y, además, una lancha motora, motos acuáticas y un montón de artilugios para tu disfrute.


Era una embarcación equipada y dedicada a la diversión de su propietario.


—¿Sabe el dueño que lo vas a prestar gratis durante quince días? — alquilar algo así costaría alrededor de cien mil dólares. Por semana. En libras inglesas.


—No me hagas preguntas y no te mentiré.


Ella lo fulminó con una mirada que, en lugar de hacerle temblar, le hizo reír y abrazarla.


—Oh, Paula. ¿Por qué estás tan seria? Estás en el Caribe. Tienes un super yate con una tripulación de veinte personas a tu disposición. Disfrútalo, querida. Todo está incluido. Si estás fondeada en el mar y quieres un Methuselah de Moët o cien rosas blancas, pídelo y te lo llevaremos.


—¿De verdad no tienes nada más pequeño?


—¿Sabes cuál es la definición de estupidez? Hacer la misma pregunta una y otra vez esperando una respuesta diferente.



Desde el otro lado del puerto, en el balcón de su habitación de hotel, Pedro observó a través de sus prismáticos el intercambio entre Paula y el agente. Su bella buscavidas no parecía contenta. No necesitaba leer los labios para saber que estaba protestando. Sonrió cuando por fin pareció darse por vencida. Un segundo después, subieron las escaleras del Palazzo delle Feste. El capitán los recibió. Ella le estrechó la mano y siguió a los dos hombres hasta el interior. «Bien jugado, David», pensó. Nada en el comportamiento del agente sugería que algo iba mal. La oferta de un cuarto de millón más si la estafadora aceptaba el yate era una tentación demasiado grande como para intentar meter la pata. Ese dinero se sumaba a los cien mil que él ya le había pagado. La información tenía un precio, y estaba dispuesto a pagarlo.

Venganza Y Seducción: Capítulo 6

Paula se había tomado seis meses sabáticos de su trabajo como auxiliar de enfermería para trabajar para David hacía dos años. Seis meses de trabajo gratuito a razón de unas cien horas semanales, y todo por ese momento. Si no hubiera sido la mejor amiga de la hermana pequeña de David, la habría hecho trabajar un año entero. El taxi se detuvo frente al destartalado bloque de pisos que Amelia y ella llamaban hogar. Volvió a meter los hinchados pies en los zapatos y subió lo mejor que pudo las escaleras hasta su casa. El ascensor, como de costumbre, estaba roto. Rememoró con claridad el día que había comprobado que los monstruos existían. Era domingo. Su madre había cocinado un tradicional asado inglés. Había preparado las verduras, Delfina la masa para el pudin de Yorkshire y la salsa de queso. Durante la comida, sus padres se habían planteado si sacar a las niñas del colegio una semana antes para poder disfrutar de su casa toscana un poco más. No sabían que, en cuestión de semanas, las niñas saldrían de esa escuela definitivamente porque el dinero para la matrícula desaparecería. Cuando sonó el timbre, ninguno sospechó lo que estaba a punto de ocurrir. Diana, su ama de llaves, tenía el día libre, así que la madre de las niñas, una hermosa mujer de gran presencia, había abierto la puerta. Regresó enseguida, la ansiedad reflejada en el rostro, y susurró a su padre, que se excusó. Acababa de llevarse a la boca una patata asada cuando unas voces llegaron desde el estudio de su padre. Sin mediar palabra, las hermanas Chaves y su madre se levantaron de la mesa. Unas voces masculinas, de fuerte acento, pero con una pronunciación precisa, permitió que las tres oyeran cada insulto, cada desprecio.


—Estás acabado, viejo. Cuanto antes lo aceptes, mejor para tí.


—Lo que era tuyo ahora es nuestro, patético fracasado. Acéptalo.


—Todo es nuestro.


—Despídete de tu empresa… Y saluda a Lucifer. Te ha estado esperando.


Paula y Delfina se abrazaron con fuerza cuando la puerta se abrió y dos hombres altos y morenos, impecablemente trajeados, salieron del estudio con la expresión de un par de mafiosos. No vieron a la mujer y a las hijas del hombre al que acababan de despedazar. Pero ellas sí los vieron. El tiempo se congeló. Cuando su padre salió por fin del estudio, había envejecido dos décadas. A la mañana siguiente, las asustadas adolescentes se despertaron de un sueño agitado y descubrieron que el cabello oscuro de su padre se había vuelto blanco. Un año después estaba muerto. Diez años después, su madre no era más que el envoltorio vacío de la mujer que había sido, angustiada y dependiente de estimulantes para levantarse de la cama cada mañana. Ellas nunca habían estado muy unidas. Antes se habrían sacado los ojos que hacerse un cumplido. Ese día, sin embargo, las había unido como los primos Alfonso jamás se habrían imaginado si se hubieran molestado en pensar en dos inocentes niñas atrapadas en el daño colateral de sus abominables acciones. Lo que las había unido era su propósito de venganza. Y por primera vez en una década, era capaz de imaginarse el sabor de esa venganza.

miércoles, 28 de enero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 5

Sin embargo, Ezequiel vivía y respiraba Alfonso Industries. Rara vez se tomaba tiempo libre. Nunca salía con nadie. Pedro lo llamaba El Monje. Pero comprendía que necesitara desahogarse de vez en cuando y recargar las pilas, por lo que nunca se quejaba de las dos semanas que pasaba en el Caribe cada verano. Esa quincena era sagrada, marcada en la agenda de cada uno de los cien mil empleados de Alfonso Industries. La empresa tendría que estar ardiendo para que Ezequiel lo molestara, o permitiera que otro lo hiciera.


—¿Rubia de largas piernas, y un diminuto vestido plateado? — preguntó Rodrigo.


—Esa misma —convino Iván.


—Tío… —Rodrigo sacudió la cabeza—. Casi me lanzo al taxi que paró para poder pelearnos por él.


—Un poco raro —señaló Pedro.


—¿Cómo si no conseguiría que una mujer así me mire sin enseñarle mi cuenta bancaria? —se defendió Rodrigo—. A tí te da igual. No tienes más que mirarlas para que ellas quieran…


—¿Has dicho que paró un taxi? —interrumpió Pedro.


—Sí.


—¿No había un coche esperándola?


—No. Paró un taxi negro. ¿Por qué?


—Por nada —Pedro se encogió de hombros.


Paula le había dicho que el chófer de su amiga iba a recogerla. ¿Por qué mentir? Se bebió el bourbon y sonrió. Lo único que le gustaba más que una mujer sexualmente segura era un enigma sexualmente seguro que rogaba ser resuelto. Su viaje anual al Caribe prometía ser divertido.




—¿David? Paula Chaves—saludó Paula tras marcar el número.


—¡Paula! —exclamó el hombre—. ¿Qué puedo hacer por tí, cariño?


—Llegó la hora.


—¿Hora de qué?


—Ya lo sabes. Del yate.


—¿Para cuándo lo necesitas? —preguntó él tras una larga pausa.


—El próximo viernes.


—¿Tan pronto?


—Te advertí que cuando llegara el momento, tendría que ser rápido.


—¿Para dos semanas?


—Sí.


—¿Con tripulación?


—Sí —ella se pellizcó el puente de la nariz—. Y un mínimo de doce metros, como acordamos cuando pasé seis meses trabajando gratis para tí.


David era el conseguidor de los ricos. ¿Un jet privado para el fin de semana? David era el hombre. ¿Una fiesta repentina en una isla desconocida con un catering exquisito y diversión hedonista? Llame a David. ¿Le apetece fletar un super yate con tripulación completa? Exactamente… David.

Venganza Y Seducción: Capítulo 4

Pidió otro bourbon y regresó con sus amigos, sopesando echar a perder la partida para poder ir a Amber’s antes de que Cenicienta se convirtiera en calabaza. Un instante después, llegó un mensaje a su teléfono. "La pelota está en tu tejado. Espero encontrarte pronto para divertirnos en el Caribe. Paula x". Rápidamente le contestó. "Lo estoy deseando. Estaré en contacto. P x".


Paula paró el primer taxi que pasó.


—Nelson Street, Brockley —le dijo al conductor.


Hasta que no dejó de ver el club, no pudo respirar con normalidad. Lo había conseguido. Mientras se quitaba los horribles zapatos que le aprisionaban los pies, envió un rápido mensaje a su hermana. "¡Funcionó! Enganche, línea y plomada. De camino a casa. xx" Después, echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Se sentía mareada, excitada, inquieta. Las emociones revoloteando en su estómago casi vacío. Cuanto más se acercaba el momento de llevar a cabo sus planes, más se inquietaba. Cuando Delfina había empezado a trabajar en Alfonso Industries, se había comprometido a encontrar pruebas de corrupción contra los primos. Ambas necesitaban saber que lo que estaban haciendo no era solo venganza, sino algo bueno, que estaban salvando a otras víctimas del destino que había sufrido su familia. Y, por fin, hacía tres días Delfina había encontrado las pruebas. Los mojitos se le subieron a la garganta. Paula cerró los ojos, deseando que se le pasaran las náuseas. Deseando aún más borrar la imagen de Pedro Alfonso mirándola como si estuviera dispuesto a comérsela entera. Y aún más olvidar la excitación que eso le había producido.


—Tío, acabo de ver salir de aquí a la mujer más sexy —anunció Rodrigo Weller entusiasmado mientras se sentaba frente a Gianni.


—Debe ser la misma con la que se acaba de liar Pedro —respondió Iván con una sonrisa cómplice.


—No nos hemos liado —aclaró Pedro.


—Le diste tu número.


Pedro sonrió. Aunque siempre dispuesto a salir con chicas, nunca hablaba de ello. Tampoco había nada que contar, solo una breve conversación con mucho coqueteo… Y la posibilidad de algo más. Durante cincuenta semanas al año, se mataba a trabajar. También salía de fiesta, pero el trabajo era lo primero. Lo mismo le pasaba a Ezequiel, su primo y socio. Criados como hermanos, los primos Alfonso tenían doce años cuando decidieron labrarse su propio camino en la vida, un camino que les alejara de sus monstruosos padres, y se habían dejado la piel, y superado enormes contratiempos, para convertir su empresa inmobiliaria en una empresa multimillonaria de renombre internacional.