Se habían escrito libros y hecho películas sobre personas como Paula Fernández. A Pedro no le importaba que le hubiera lanzado su red. Al contrario. Sentía la anticipación por ver hasta dónde estaría dispuesta a llegar. Hacía mucho tiempo que no experimentaba una excitación así. Su vida no era ni mucho menos aburrida, pero Pedro y Ezequiel habían alcanzado tal éxito con su negocio que ya no les quedaba ningún desafío, nada por lo que luchar. La madre naturaleza lo había bendecido con un aspecto que la mayoría de las mujeres encontraban atractivo, pero desde que su saldo bancario había saltado a la estratosfera, ellas también habían dejado de ser un reto. A veces iba a una fiesta y tenía tantos ojos femeninos seduciéndolo abiertamente que se sentía como un niño en una tienda de chuches. Podía elegir. Y eso hacía. Como los coches que conducía, las mujeres le gustaban rápidas, elegantes y, preferiblemente, altas y rubias. También prefería que tuvieran dinero. Como no salía con ninguna mujer el tiempo suficiente para saber si era de fiar o no, reducía sus posibles citas a aquellas que sabía que no necesitaban vender historias sobre él.
—Así que… —rompió el silencio con una seductora mirada—. ¿Vienes aquí a menudo?
¿Podría haber una frase más cursi para entrarle a alguien? Paula puso mentalmente los ojos en blanco. Pedro estaba tan seguro de sí mismo, era tan consciente del poder de su sexualidad y del efecto que tenía sobre las mujeres, que no se molestaba en usar el ingenio. Y tenía ingenio. Mucho. Ella lo sabía. Había investigado a ese hombre durante años, aprendiendo hasta el más mínimo detalle sobre él. Por supuesto, Amelia había llegado a conocerlo bastante bien en el ámbito profesional, admitiendo a regañadientes que tenía tan buen humor como aparecía en las entrevistas. Pero pobre del que se cruzara en su camino. Las hermanas Chaves ya lo sabían. Lo habían vivido. Esa sexualidad desenfrenada no tenía ningún efecto sobre ella. El atractivo rostro de Pedro, la mandíbula cuadrada y los labios, considerados por muchas como deseables, le resultaban repulsivos. ¿Cuántas horas había pasado con el estómago revuelto mirando en el portátil esos ojos azul claro? Demasiadas. No había un milímetro de su cara que no conociera, desde la ligera hendidura en su nariz rota, algún día sabría quién se la había roto y le felicitaría, hasta esa ceja izquierda ligeramente más alta que la derecha. Sabía que el vello oscuro que asomaba por su camisa negra desabrochada cubría unos pectorales definidos y descendía sobre un vientre plano. Sabía que pasaba del metro noventa, que se cortaba el espeso cabello oscuro cada quince días. Que al final de su estancia en el Caribe, su mandíbula cuadrada estaría cubierta de una poblada barba negra que se afeitaría antes de volver al mundo de los negocios. Sabía que, si pensara en él fríamente, lo vería como un chute de testosterona andante y que su musculoso cuerpo contenía una potente sexualidad que haría que a cualquier otra mujer le flaquearan las rodillas.