lunes, 13 de abril de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 10

Paula recordó lo ocurrió en el vestíbulo del Diamond Club. Había sentido que alguien la estaba observando e, inmediatamente, había sospechado de quién se trataba. Solo le había podido ver las piernas, dado que el resto de su cuerpo había quedado enmascarado por la oscuridad. Cuando ella pronunció el nombre, algo había surgido entre aquella persona oculta en la escalera y ella. Una descarga de energía. Un estallido de sensualidad.  Todo se había evaporado en cuanto ella pronunció la palabra «Herencia». Sintió ira y vió cómo las manos de aquel hombre se convertían en puños. Comprendió entonces que, a pesar de las muchas batallas que había peleado hasta aquel momento, ninguna se podía comparar a la guerra quetendría que emprender para conseguir aquella firma. Su instinto, junto con una ingente tarea de investigación, la había llevado a controlar los movimientos del avión privado de Alfonso en elaeropuerto de Heathrow. Descubrió que la mañana después de que la echaran del Diamond Club, el piloto del avión había presentado un plan de vuelo que constataba que se iba a realizar un desplazamiento muy corto entre Londres y el aeropuerto de Le Havre, en la costa de Normandía. Tras examinar las propiedades familiares que la familia Alfonso poseía en Francia, consiguió varios resultados, entre los que se encontraba un ático en París y una mansión en la Riviera Francesa. Sin embargo, solo había habido un único resultado en la región de Normandía: Una casona a las afueras del pequeño pueblo de Étretat.


Un tren y dos taxis más tarde, Pedro llegó por fin a su destino. No había nadie que pudiera impedirle el paso o que le exigiera que se marchara, pero, a pesar de todo, dudaba. Una parte de ella quería marcharse de allí y regresar a Étretat, pasear por las pintorescas calles del pueblo, relajarse en la terraza de un restaurante con una copa de vino y admirar los imponentes acantilados de piedra caliza. En definitiva, tener un momento de paz. «Mas tarde», se prometió. Se obligó a cruzar el puente en dirección al túnel creado por los árboles. Tras conseguir la firma del señor Alfonso, disfrutaría del resto de los días en su pequeña casita de alquiler. Tal vez incluso podía tomarse unas vacaciones de verdad y pasarse una semana en París o en Roma. «Sí, claro». Llevaba trabajando en su ascenso desde que se graduó en la Facultad de Derecho y comenzó a trabajar en Nettleton & Thompson. El cambio de vida, desde un pequeño pueblo de Maine hasta conseguir un puesto en Londres había enorgullecido profundamente a sus padres. El último deseo de su madre antes de morir había sido ver cómo Paula llegaba hasta lo más alto, mucho más allá de lo que nadie de la familia se había atrevido a soñar. 

Quédate Conmigo: Capítulo 9

Desgraciadamente, todas las propiedades que poseía fuera de Inglaterra distaban mucho de ser tranquilas. Un ático en la ciudad de Nueva York. Una casa en la playa en California. Y un departamento en Tokio, que había adquirido semanas antes del accidente. Lujoso, caro y rodeado de gente. Se detuvo en lo alto de las escaleras y miró los suntuosos muebles que decoraban la planta inferior. Al pensar en la casa de la playa había recordado otra playa, una que no había visitado hacía más de trece años. Sintió que el corazón le daba un vuelco en el pecho, pero decidió dejar a un lado las emociones y centrarse en el lado más práctico. Estaba ciertamente muy aislada y era poco probable que allí atrajera la atención de nadie. Una agradable sensación de alivio relajó su cuerpo. Se había jurado repetidamente que jamás regresaría a las costas de Normandía, al château al que su madre se había dedicado en cuerpo y alma antes de su muerte. No solo sería el lugar perfecto en el que ocultarse, sino que también sería su castigo. Entró en el dormitorio y se desnudó con movimientos bruscos, que le provocaron un fuerte dolor en el brazo y la pierna izquierdos. A pesar de todo, ignoró los analgésicos que tenía en la mesilla de noche. Entonces, se metió en la cama, cerró los ojos y se quedó dormido. Durmió intranquilo, atormentado por las pesadillas en las que revivía claramente el sonido de los cristales rotos, el de los neumáticos chirriando sobre el asfalto y el color amarillo chillón de un paraguas que se abría paso entre el caos.



Una semana más tarde…


Unos imponentes robles blancos alineaban el camino. Sus espesas ramas creaban una cúpula tan frondosa que solo unos pequeños rayos de sol llegaban al suelo. Sin embargo, en esos pequeños bolsillos de sol, el suelo blanquecino relucía en todo su esplendor. Paula Chaves contemplaba el hermoso paisaje, con el maletín en una mano y el paraguas en la otra. Más allá de los árboles, habría una verja y, al otro lado de esta, estaría el castillo. «Castillo no», se corrigió mentalmente. «Château». Se lo había dicho Alfredo, el amable anciano que la había llevado hasta allí desde el pueblo. Durante el trayecto, le había contado todo lo que sabía sobre el Château du Bellerose mientras su destartalada camioneta avanzaba por el camino de tierra. El puente de piedra que la separaba de los árboles conectaba el château al resto del mundo. Un río recorría la profunda garganta y cortaba la llanura sobre la que la imponente casona había sido construida. El puente era el único acceso y había tenido un papel fundamental a la hora de defender la casona en los primeros años tras su construcción. Una casona que, en aquellos momentos, ofrecía refugio a un multimillonario muy testarudo y grosero. 

Quédate Conmigo: Capítulo 8

A lo largo de los últimos once meses, se había esforzado mucho para corregir su estilo de vida y comportarse como hubiera esperado su padre, a pesar de que ya era demasiado tarde para que Horacio viera los resultados de su incansable apoyo y el amor que había sentido por su único hijo. Paula Chaves amenazaba todo aquello y era algo que Pedro no podía permitir. Regresó a su suite y empezó a subir las escaleras. Se detuvo en el rellano para mirar por la ventana que daba a la calle. Londres mostraba una apariencia gris. Una lluvia demasiado fría para el inicio del verano azotaba con fuerza a la gente que andaba por las calles. Justo debajo de él, alguien abrió un paraguas. Le llamó la atención porque el color de la tela era amarillo chillón y destacaba en un mar de negro. Cruzó la calle, ocultando por completo a la persona que se guarecía debajo. Sin embargo, supo, incluso antes de ver las botas azul marino y la gabardina color café aleteando al viento, que era Paula Chaves quien blandía el llamativo paraguas. Este avanzaba rápidamente por la acera, alejándose con paso rápido del Diamond Club. ¿Cómo había conseguido entrar en el club y llegar incluso hasta el despacho privado de Luis? 


Tenía que reconocer que aquella mujer tenía agallas. Sin embargo, quería de él algo que Pedro no le podía conceder. Para ella, era tan solo una firma, pero, para él, era admitir por fin que su padre se había marchado para siempre. Por supuesto, era consciente de que, tarde o temprano, tendría que firmar aquellos documentos. Lo haría a solas, en el lugar que él eligiera, lejos de Paula. No podía arriesgarse a encontrarse de nuevo cara a cara con una mujer que lo tentaba a pecar con su mera presencia. Por muy enojado que se sintiera por la reacción que había experimentado ante ella, sabía que no era culpa suya. Aquella ira debía dirigirse total y plenamente hacia sí mismo. Sería más fácil, preferible incluso, culparla a ella de aquella reacción tan poco impropia de él. Sin embargo, también sería como dejarse llevar por sus costumbres de antaño y no aceptar la responsabilidad de sus actos y las consecuencias en las que incurría por su naturaleza egoísta.  Se dió la vuelta y siguió subiendo las escaleras. Por supuesto, tarde o temprano se ocuparía de la maldita herencia, pero, en aquellos momentos, necesitaba paz. Si no, terminaría volviéndose loco. Decidió que Kent ya no era un lugar seguro. Aunque el Diamond Club le ofrecía refugio, cuanto más se quedara allí, más le pesaría la culpa, que lo asfixiaría poco a poco hasta que ya no pudiera respirar. 

Quédate Conmigo: Capítulo 7

Luis se dió la vuelta y guio a la señorita Chaves a la puerta, donde estaban esperando dos guardias de seguridad. Pedro vió por fin a la tenaz abogada. Los rizos fueron la primera impresión que tuvo. Una tumultuosa cascada de rizos le caía por los hombros y por la espalda. Llevaba una gabardina color café que le llegaba por debajo de las rodillas y unas botas de lluvia azules.


—Sí. El señor Alfonso no desea verla.


—Pero si no me recibe, corre el riesgo de…


—Le sugiero que llame a su secretaria.


—Ya lo he hecho. Muchas veces. También he ido a las oficinas de Liverpool, Portsmouth, Southampton…


Como si la señorita Chaves sintiera la presencia de Pedro, se dió la vuelta de repente y levantó los ojos. Las miradas de ambos se cruzaron. Ella lo observó fijamente a pesar de que Luis seguía empujándola hacia la puerta. Una corriente de sentimientos los unió a ambos. Era la anticipación de dos adversarios que, por fin, se encuentran cara a cara. Sin embargo, había algo más, algo más profundo que se entrelazaba entre ellos y añadía un oscuro poder hipnótico. Justo entonces, Pedro sintió que el deseo se apoderaba de él. Su pensamiento recreó vivas imágenes, pensamientos carnales en los que un esbelto cuerpo se arqueaba bajo el suyo mientras él introducía los dedos en aquellos rizos y besaba la delicada garganta… Atónito, se agarró con fuerza a la balaustrada. Asió el mármol con tanta fuerza que podría haber dejado marcas en la pulida piedra.


—¿Señor Alfonso?


Pedro sintió que se le hacía un nudo en el pecho, pero se obligó a permanecer inmóvil. Estaba entre las sombras y ella no podía verlo con  claridad. Él tampoco podía distinguir ningún rasgo concreto, a excepción del rostro ovalado y enmarcado por aquellos rizos desafiantes. Sin embargo, aquello no impidió que la voz le llegara hasta lo más profundo de su ser, envolviéndole los tensos nervios y animándolo a permanecer allí un momento más para poder mirar a placer a la mujer que había encendido su cuerpo.


—Señor Alfonso, se lo ruego. Necesito hablar con usted sobre su herencia. 


La última palabra lo sacó de su ensoñación. El frío le heló las venas y apretó los puños con fuerza. Entonces, se dió la vuelta y regresó a su suite, ignorando por completo el sonido de la voz de aquella mujer, que se iba desvaneciendo a cada paso que daba. Poco a poco, fue rearmando su autocontrol. Si antes Paula Chaves le había parecido un mero inconveniente, en aquellos momentos la veía bajo una luz muy diferente. En un abrir y cerrar de ojos, el deseo se había adueñado de la situación con una ferocidad que Pedro jamás había experimentado antes. El hecho de que solo el sonido de su voz lo empujara a regresar a la escalera para observar de nuevo su rostro iba más allá de sus anteriores hazañas amorosas y era una señal de advertencia que no podía permitirse ignorar. 

Quédate Conmigo: Capítulo 6

 —Dile que me pondré en contacto con ella más adelante —dijo con voz seca.


—Por supuesto, señor.


Entonces, se escuchó un ligero forcejeo que eclipsó la voz de Luis.


—Señorita Chaves…


Una voz femenina, fuerte pero algo ahogada, replicó:


—Deme el teléfono. Tengo que…


Pedro frunció el ceño. Conocía aquella voz. La había oído en un mensaje de voz que había escuchado antes de borrarlo y bloquear el número. Fría y profesional. Sin embargo, aquella versión de la voz era vibrante, femenina, con una descarada confianza en sí misma que despertó algo dentro de él. La exasperada voz de Luis la interrumpió una vez más.


—Señorita Chaves…


La línea se cortó.


Pedro miró fijamente el teléfono. La irritación que había sentido anteriormente hacia la señorita Chaves por la incapacidad de esta a aceptar un no por respuesta se transformó en admiración hacia la mujer que, de algún modo, había conseguido entrar en uno de los clubes más exclusivos del mundo. Al escuchar el mensaje de voz, no se había percatado del acento estadounidense, pero, en aquellos momentos, le intrigaba y le hacía querer saber más sobre la tenaz mujer que trabajaba para uno de los bufetes más importantes de Londres. Y llevaba mucho tiempo sin sentir interés por algo. Frunció los labios y se imaginó a Luis tratando de defenderse de una mujer que luchaba por arrebatarle el teléfono. A lo largo del último año, jamás había estado tan cerca de soltar la carcajada. Colgó el teléfono y se dirigió hacia la escalera que conducía a la planta superior de su suite, donde lo esperaba una enorme cama. Se detuvo en seco y sintió que la curiosidad le ganaba la partida. Salió al pasillo y se dirigió a la escalera, que conducía hasta el vestíbulo principal. El lujo y la belleza de la decoración que lo rodeaba pasaron a un segundo plano al ver la escena que se estaba desarrollando en la planta baja. Luis salía de su despacho y la figura que lo acompañaba quedaba prácticamente oculta por la corpulencia de su cuerpo. Él avanzaba con decisión por el vestíbulo.


—No es usted bienvenida aquí, señorita Chaves —decía Luis. 


Su voz, normalmente refinada y cortés, rezumaba frialdad.


—¿No se supone que debería estar sirviendo a sus clientes?


Pedro volvió a escuchar la misma voz femenina que había oído por el teléfono. Esta lo envolvió con fuerza. Se acercó un poco más a lo alto de las escaleras. 

lunes, 30 de marzo de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 5

¿Qué iba a hacer? Alfonso Shipping, el orgullo de su abuelo y el legado que había elevado a la familia de la pobreza vivida durante los años de la Segunda Guerra Mundial a la élite de los más ricos del mundo, estaba dirigida en aquellos momentos por un equipo muy solvente que gestionaba su ausencia. Nadie había cuestionado que deseara tomarse un año sabático. Entre las graves y extensas heridas sufridas y la muerte de su padre, la junta le había reiterado su total apoyo en la reunión telemática que habían celebrado y durante la que Pedro había mantenido apagada su cámara. Por supuesto, aquella insistencia para que descansara no tenía que ver con que quisieran librarse de él, sino porque querían que se recuperara por completo para que regresara más fuerte que nunca. Después de que le pusieran al frente de la división de Alfonso Shipping en Gran Bretaña hacía cinco años, los beneficios habían alcanzado niveles impensados hasta entonces. La junta quería que hiciera lo mismo con el resto de la empresa, aunque eso significara que tuvieran que esperar un año para que él enterrara sus fantasmas y se ajustara a su nueva realidad. Una ligera vibración de su línea privada lo sacó de sus pensamientos.


—Sí.


—Señor —dijo la voz de Luis, profunda y bien modulada—. Una señorita desea verlo.


Si la ira se pudiera manifestar en algo físico, habría empezado a salirle humo de la cabeza.


—Puede decirle a la señorita Dupree que se puede volver a montar en su escoba y marcharse por donde ha venido o irse directamente al infierno. Me importa un comino 

donde vaya.


—Por muy divertido que eso pudiera resultar, señor, no se trata de la señorita Dupree.


Pedro frunció el ceño.


—¿De quién se trata entonces?


—Paula Chaves de Nettleton & Thompson. 


El bufete que se ocupaba de la gestión de los bienes de su padre. Contaba con más de doscientos años de existencia y se ocupaba de las propiedades, las herencias y los fondos de empresarios, políticos e incluso de algún miembro de la familia real. Querían que firmara los papeles que le transferirían oficialmente la fortuna de su padre y la pondrían a su nombre. Paula Chaves era una mujer muy tenaz. Lo había llamado insistentemente y se había presentado en varias de sus oficinas e incluso en la casa de Kent. Pedro sabía que tendría que ceder en algún momento. Tendría que firmar los malditos papeles y reconocer por fin que su padre ya no estaba. Sin embargo, no sería aquel día. No estaba preparado. «Jamás estarás preparado». Decidió ignorar aquella desagradable voz. 

Quédate Conmigo: Capítulo 4

Karina se había dirigido a él llamándolo Pedrito, el diminutivo que tanto odiaba. Comenzó a decirle que lo había echado mucho de menos y le pidió encarecidamente poder verse con él para disculparse. Sin pensárselo dos veces, Pedro lanzó el teléfono a través de la ventana y éste cayó en el estanque que había en el jardín. Aquel mismo día, algo más tarde, su equipo de seguridad sorprendió a dos paparazis. Sintió que su refugio había sido mancillado, por lo que tomó el coche para dirigirse a Londres, al único lugar en el que podría sentirse seguro. El Diamond Club. Entró en el vestíbulo a través de una puerta trasera privada, donde lo recibió un hombre muy corpulento, de nariz aguileña y uno de los bigotes más elaborados que había visto nunca. Luis, como él mismo se presentó, lo condujo hacia el vestíbulo principal y lo hizo subir por una imponente escalera. Entonces, avanzaron por el pasillo hasta llegar a una puerta negra sobre la que destacaba un número 8 de metal dorado.


Pedro llevaba ya seis días allí y no hacía más que dar vueltas por la suite como si fuera un animal enjaulado. Resultaba evidente que su padre no la había decorado para él, sino para su hijo. Enormes ventanas enmarcadas en negro, una pared de ladrillo visto y paredes pintadas en color crema en el resto de la suite reflejaban la calidez con el aspecto industrial que a él tanto le gustaba. Después de la muerte de su madre, había empezado a odiar el encanto del viejo mundo que tenía la finca familiar de Kent, el estilo que su padre habría elegido si hubiera decorado aquella suite para sí mismo. Sin embargo, Horacio había optado el estilo que prefería por aquel momento, un estilo que, según él, significaba progreso. Cada vez que miraba a su alrededor y veía los muebles de cuero, las pinturas originales en las paredes, no experimentaba placer alguno. Solo vergüenza. Vergüenza y un profundo odio hacia sí mismo por haber rechazado todo lo que representaba su padre y haber mantenido las distancias con él. Durante todo aquel tiempo, su padre siguió amándolo desde la distancia. Incluso había sido capaz de sacrificar sus preferencias para decorar la suite del Diamond Club para el desagradecido de su hijo. Tenía todo lo que pudiera desear, pero acababa de descubrir que le faltaba lo único que había tenido desde el principio y que nunca había sabido valorar. La última conversación que tuvo con su padre había sido más una discusión que una conversación. A Horacio le preocupaba todo: Las largas horas de trabajo de su hijo, su relación con Karina… Sus gastos. Pedro apartó el recuerdo antes de que pudiera revivir lo que se produjo a continuación. Se dirigió al balcón y apoyó la frente contra el frío cristal.