La sensación de peligro la golpeó tan fuerte que tuvo que hundir los dedos de los pies en las sandalias para evitar lanzarse por la borda. El brazo de Pedro estaba caliente. Suave. El hormigueo en sus dedos se filtró hasta el torrente sanguíneo, haciendo que el corazón, que ya latía frenéticamente, aumentara su ritmo. No había nada de falso en la falta de aliento en su voz cuando consiguió bromear:
—¡Oh!, me encanta cuando un hombre está a mi merced.
Con los ojos encendidos de sensualidad, Pedro chasqueó los dientes de forma lobuna. El cosquilleo en la sangre de Paula descendió muy abajo. Las piernas le temblaban. Apenas habían entrado cuando Javier, que trabajaba para Pedro desde hacía seis años, les sirvió el champán, sin dejar entrever que lo conocía.
—Gracias —dijo la estafadora—. Por favor, comunica a Chef que comeremos en la terraza de la piscina dentro de una hora.
Pedro no disimuló la carcajada. El chef, cuyo nombre, Luis, ella no se había aprendido, trabajaba para él desde hacía más tiempo que Javier. Ante la curiosa mirada de Paula, se limitó a brindar una vez más, bebió la mitad del champán que él mismo había pagado, le tomó la mano libre y acercó la cara a su oreja. Ella volvía a llevar ese maravilloso perfume y, con el pelo rubio recogido en un elegante moño, percibió la dulzura de su piel. Quizás por enésima vez, dejó volar su imaginación hasta dónde estaría dispuesta a llegar Paula Fernández en su timo. Esperaba que fuera lo bastante lejos como para poder aspirar algo más que el aroma de su cuello.
—Enséñame tu palacio de fiestas.
El estremecimiento fue tan sutil que fácilmente podría habérsele pasado por alto. Pero Pedro lo vió. Lo sintió. Sonrió. Su timadora lo deseaba. Desde que había descubierto que era una estafadora, se había preguntado si lo había elegido deliberadamente, era bien conocido en los medios, o si le habría servido cualquier hombre aquella noche. Daba igual, pero el juego era más divertido si sospechaba que el deseo era genuino. Como aún no había disfrutado de su nuevo yate, fue bastante surrealista que la estafadora hiciera de guía. Cuando llegaron a la sala de juegos con la mesa de billar, no pudo resistirse a enarcar una ceja. Sospechaba que, al quitarse los tacones, Issy se revelaría mucho más baja de lo que parecía. El billar no era solo para hombres, pero ayudaba poder ver por encima de la mesa.
—¿Juegas al billar?
—A algunos de mis invitados les gusta —respondió ella—. Se me conoce por ser la mejor anfitriona.
Pedro sonrió. Bajo la imagen de alta sociedad que estaba interpretando, podría esconderse una mujer realmente divertida.