Por humillante que hubiese sido su reacción, debía verlo desde un punto de vista positivo. Pero, sobre todo, debía cuidarse de que el deseo por él volviera a dominarla. Tomarlo como una advertencia para mantener siempre la guardia alta. Pedro, respirando entrecortadamente, estudió el rostro enrojecido de Paula. La cabeza le daba vueltas. El beso en la piscina lo había vuelto loco, pero ese había estado a punto de volarle la cabeza. Y apenas había pasado nada. Aún no había probado más que su boca. Nunca antes había experimentado un deseo tan desenfrenado. Dio, nunca había sentido un dolor así en sus partes. Le ardían. Quería continuar lo que habían empezado. La unión de sus bocas había desatado un infierno. Al darse cuenta de lo que le sucedía a Paula… No se lo había podido creer. Pero era real. Paula había llegado al clímax. Por la respiración agitada y sus ojos aún entrecerrados, supuso que había sido un shock tan grande para ella como para él. E igual de chocante lo cerca que había estado él también. ¿Qué demonios le pasaba? Tenía treinta y dos años. Desde adolescente había aprendido a controlar sus reacciones corporales ante las mujeres hermosas. Se enorgullecía de su control, pero sabía que, unos segundos más lo habrían llevado al límite a él también. Paula era hermosa y sexy, como muchas otras mujeres. Nunca había estado tan cerca de perder el control. Ella abrió los ojos. Tras un momento de vacilación, se clavaron en los suyos. El corazón de Pedro golpeó con fuerza sus costillas.
—Necesito una copa —declaró ella con una sonrisa perezosa—. Volvamos.
—¿Eso es todo lo que tienes que decir? —preguntó él incrédulo.
—Tengo sed —Paula rió y lo empujó para echarse a un lado.
Pedro abrió la boca y sacudió la cabeza. Esa mujer era increíble. Volvió a sacudir la cabeza al verla agarrarse a una de las asas del hinchable y hundirse en el agua.
—¿Llegas? —preguntó ella, señalando el asa.
—Ojalá —él rio a pesar del dolor en la entrepierna.
—Tendrás que desearlo con más fuerza —ella le guiñó un ojo.
Antes de que él pudiera responder, Paula nadó el metro que la separaba de los escalones desplegados por la tripulación. Aunque el mar estaba cálido, el cuerpo de Pedro estaba tan caliente que, cuando la siguió, fue como sumergirse en un baño helado. Y lo agradeció. Estaba tan excitado como un adolescente, y mientras la veía subir a cubierta, solo podía pensar en arrancar ese pedazo de tela que cubría las partes más femeninas y poseerla hasta que ninguno pudiera mantenerse en pie.