miércoles, 22 de abril de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 25

Frustrada consigo misma por no hacer otra cosa que pensar en él, Paula se sentó en la cama y lanzó una almohada hacia delante. ¿De qué servía pensar en él? Era una pérdida de tiempo cuando resultaba evidente que Alfonso quería que se marchara lo antes posible. Mientras apartaba las sábanas, decidió que había sido una suerte que él la dejara allí sola la noche anterior. Se había sentido muy vulnerable y susceptible a los sentimientos de gratitud que estaba experimentando. Efectivamente, Pedro Alfonso era más que guapo, pero ella había contenido durante mucho tiempo su anhelo por tener relaciones sexuales. Había rechazado a hombres mucho más amables que él mientras esperaba a su media naranja, al hombre con el que por fin sintiera un vínculo emocional y físico. Cuando por fin tuviera un amante, sería alguien con quien potencialmente pudiera ver un futuro. Y por muy excitante o misterioso que fuera Pedro Alfonso era todo lo contrario a la definición de un novio a largo plazo. Tentaría a una mujer a dejarse llevar, a disfrutar a perderse en el placer… y luego se marcharía tan rápidamente como había llegado. 


En aquellos momentos, lo que tenía que hacer era levantarse, recoger sus cosas y marcharse de allí. Ya pensaría en cómo le daría la noticia al señor Nettleton. Prepararía un plan de contingencia por si él decidía despedirla o por si Alfonso ya lo había llamado para exigírselo. Respiró profundamente. «Anoche te diste un baño en una bañera de las antiguas, con patas de garra y todo. Céntrate en lo positivo». El estómago comenzó a protestar. Había tomado algo de comer en Étretat antes de dirigirse al Château du Bellerose. Después, todo lo ocurrido durante la tarde le había quitado por completo el hambre. Tras salir de la bañera, el agotamiento la había empujado a meterse en la cama. El aire fresco de la mañana acarició su piel desnuda. Le había resultado raro dormir así, pero tenía la ropa empapada, incluso la ropa interior. Tomó un cobertor ligero de encima de la cama y se envolvió con él antes de acercarse a la ventana. Apartó las cortinas. Contuvo el aliento. En la parte posterior de la casa, había un jardín increíble, repleto de pequeños senderos y rodeado por un alto seto de hiedra. Había muchos árboles, entre los que se encontraba un sauce llorón que acariciaba con sus largas ramas la superficie de un estanque. Se veían también algunos bancos y algunas estatuas.  Sin embargo, lo que más le llamó la atención fueron las rosas. Había cientos de rosales de diferentes tonalidades de rojo, rosa y blanco. Poco a poco, la pena fue apoderándose de ella hasta que sintió una profunda pesadumbre. Su alegría desapareció por completo. 

Quédate Conmigo: Capítulo 24

No importaba. Jamás las vería. Pedro no se rendiría ante el infierno que lo atenazaba. Entró en la biblioteca y se puso a encender la chimenea para tener algo que hacer en vez de pensar en la señorita Chaves. Cuando terminó de encender el fuego, se dirigió hacia la ventana y contempló el mar. Entonces, vió su propio reflejo en el cristal de la ventana. Levantó la mano y se tocó los feos bordes de la cicatriz del rostro. Unas cicatrices que habían asqueado a Karina y que habían hecho que más de un conocido apartara la mirada. Paula no lo había hecho. Ni siquiera se había inmutado. A él tampoco se le había pasado por alto el reflejo del deseo en los ojos de ella. ¿Qué haría Paula si conociera hasta dónde llevaba su propio deseo? Sentía una necesidad casi animal por poseer su cuerpo, una necesidad que había estado bullendo bajo la superficie de su piel desde que la vio por primera vez en Londres. La señorita Chaves no tenía nada que temer de sus cicatrices. Lo que debería aterrorizarla por completo era el frío y oscuro canalla que acechaba dentro de él.



Paula se despertó al sentir el ligero brillo que provenía desde detrás de las cortinas. Permaneció inmóvil bajo la colcha, gozando con el tacto de la seda auténtica contra su piel. La noche anterior, cuando entró en aquella alcoba, fue como hacerlo en un cuento de hadas. Suelos de madera, antigüedades, pinturas que adornaban las paredes… Y la cama. La gloriosa cama con dosel que contaba con cortinas de verdad que se recogían en las esquinas con cordones dorados. El número de almohadones era digno de una princesa. Perfecta. La había ayudado a deshacerse de la tensión que había sentido en el pecho desde que dejó caer el expediente sobre la mesa antes de abandonar el château. También había supuesto un bálsamo muy necesario para el caos que se había adueñado de ella en poco más de una hora. Había perdido el control y había insultado al cliente más importante para el que había trabajado. Entonces, cuando había estado a punto de alcanzar la libertad, un roble estuvo a punto de aplastarla… Y el hombre al que había ofendido instantes antes fue el que acudió en su rescate. Se cubrió el rostro con una de las almohadas y gruñó. Sí. Había resultado aterrador darse cuenta de lo cerca que había estado de resultar herida o incluso muerta. Sin embargo, lo que más la turbaba era la reacción que había tenido ante la inesperada valentía de Pedro. Había pasado de ser un canalla egoísta a héroe en cuestión de segundos. Aquello la había dejado muy confundida. 

Quédate Conmigo: Capítulo 23

 —La acompañaré a un dormitorio para que pueda cambiarse. Sígame.


Sabía que su reacción hacia ella era exagerada y se despreciaba por ello tanto como despreciaba la tranquilidad que Paula transmitía. Se había enfrentado a una fuerte tormenta, había estado a punto de verse aplastada por un árbol y, en aquellos momentos, seguía a un desconocido por la escalera de una casa en la que no había estado nunca. Un hombre que había amenazado con hacer que la despidieran y que, por lo que ella le había contado, había convertido su vida en un infierno. Sin embargo, no había llorado ni se había quejado. Hasta hacía veinte minutos, el nombre de Paula había sido sinónimo de irritación. La estirada y meticulosa abogada de ridículo paraguas que era incapaz de dejarlo en paz. No obstante, en aquellos momentos, veía más de lo que había intuido aquel día en el Diamond Club. Seguridad en sí misma, fuerza y resiliencia. No. Había sobrevivido un año entero sin sexo, sin extravagancias, sin ningún detalle de su antigua vida. Demasiado tarde, pero, al menos, estaba haciendo algo para honrar a Horacio. Quería ser el hombre que debería haber sido en vez del indulgente canalla que había mantenido siempre las distancias con su padre. El deseo que sentía por ella amenazaba el castigo que se había autoimpuesto. Un capricho que no se podía permitir. Avanzó por el pasillo y se detuvo frente a una puerta blanca.


—Aquí es —dijo mientras hacía girar el pomo y abría la puerta—. Deberíamos tener electricidad gracias al generador…



—¡Oh!


La exclamación de Paula dejó la frase de Pedro a medias. Ella entró en la estancia y miró a su alrededor con gesto de admiración. El cabello húmedo le enmarcaba un rostro muy delicado. La lluvia le goteaba desde el bajo de la gabardina, empapando la alfombra persa que tenía bajo sus pies. No se parecía en nada a las sofisticadas mujeres con las que había salido a lo largo de los años. No debería desearla. No podía desearla. No se lo merecía. No soportaba mirarse frente al espejo ni podía imaginarse compartiendo la cama con una mujer. Dejarse llevar por caprichos y deseos quedaba totalmente descartado. Paula le dedicó una enorme sonrisa.


—Este dormitorio es increíble —comentó con una mirada muy dulce en los ojos—. Señor Alfonso, muchas gracias por… 


—No.


La sonrisa desapareció del rostro de Paula. Una parte de él lo lamentó profundamente y deseó poder hacer algo para recuperar aquella luminosidad. Sin embargo, eso tan solo conseguiría prolongar la tortura.


—Se va a alojar aquí para que no le pase nada en mi finca y alguien termine demandándome.


Aquellas palabras contenían un regusto amargo. Vió sorpresa y pena en los ojos de Paula.


—Por supuesto —respondió ella. Se giró para darle la espalda—. Me marcharé en cuanto amaine la tormenta.


Paula se dirigió a la ventana y apartó el delicado visillo para mirar al exterior.


Pedro salió de la estancia y se dirigió hacia las escaleras. La señorita Chaves ya había despertado sus sentimientos y su curiosidad. Era cierto que su rostro no parecía haberle producido impresión alguna, pero ¿Qué haría si viera lo peor de sus heridas, las que le recorrían las costillas, el muslo y la pierna?

Quédate Conmigo: Capítulo 22

 —Señorita Chaves, tenemos que volver a la casa —le dijo—. No voy a permitir que se marche sola en medio de esta tormenta. Podría caerse por un barranco o contraer una neumonía.


—¿De verdad cree que hay posibilidad de que ocurra eso o son fantasías suyas?


—La única fantasía que tengo es poder estar a resguardo, seco, sin pasar frío y sin tener que preocuparme de si anda usted perdida por ahí o ha terminado debajo de otro árbol caído.


Pedro la animó a echar a andar y comenzó a dirigirse hacia la casa. Paula lo siguió, tratando de mantenerse al lado de él. Por fin, la mansión apareció frente a ellos. Las lámparas de la fachada principal se habían encendido debido a la oscuridad causada por la tormenta. Subieron rápidamente las escaleras y entraron en el vestíbulo. Él cerró la puerta. Inmediatamente, se dió cuenta de que estaba atrapado en un infierno que él mismo había creado. Paula estaba allí, completamente empapada. Llevaba prendida una hoja de uno de sus hermosos rizos y tenía las piernas manchadas de barro. Ella lo miraba con una intensa desaprobación. Tenía los labios fruncidos como si estuviera tratando de contener una retahíla de insultos. Sintió que jamás había deseado a una mujer como lo hacía en aquel momento. Una mujer que lo había hechizado solo con el sonido de su voz y su fiera tenacidad contra la adversidad. Una adversidad que él había creado para mantenerla a raya a ella y todo lo que representaba. En vez de rendirse, ella se había erguido contra él y le había dicho exactamente lo que pensaba de su actitud. No quería sentirse atraído por ella. No quería admirarla ni imaginarse quitándole aquel abrigo para conducirla a la lujosa ducha que tenía en su dormitorio, dejando un rastro de prendas mojadas por el camino para luego colocarla bajo el agua caliente y… «¡Para!». No podía dejarse llevar por aquellos pensamientos si no quería que la situación fuera más difícil. En realidad, la coyuntura en la que se encontraban era bastante complicada ya. Por lo que había podido ver, el árbol había caído sobre el puente, algo que confirmaría más tarde, cuando la tormenta hubiera cesado. Si eso era cierto, significaba que los dos estaban aislados en el château hasta la semana siguiente, cuando Marta, el ama de llaves, y su esposo se acercaran desde el pueblo para llevarle comida y limpiar. Sintió que se le formaba un terrible dolor de cabeza. Recordó que Marta le había informado que el château no tenía Internet y que la cobertura telefónica era muy poco fiable. Pedro le había contestado que aquellos inconvenientes encajarían perfectamente con el aislamiento que él buscaba. No había contado con compartir aquel aislamiento con una mujer tan tentadora… 

Quédate Conmigo: Capítulo 21

Cuando entró en la parte del sendero cubierta por los árboles, la lluvia dejó de caer con tanta fuerza. Vió que Paula seguía avanzando con paso ligero hacia el puente.


—¡Señorita Chaves!


Ella se dió la vuelta por fin y frunció el ceño. Pedro se acercó a ella y, durante un instante, la vio de otra manera, como si fuera un ser mágico y misterioso. El viento se le enredaba en los rizos y hacía que estos golpearan su hermoso rostro. Con la ligera inclinación de la barbilla y la chispa de vida en los ojos verdes, Paula le recordaba a un hada o a una pícara duende. 


—¿Quería asegurarse de que me marcho?


—Es mejor que regrese hasta que la tormenta haya terminado.


Paula lo miró fijamente, con los labios ligeramente entreabiertos.


—¿Cómo ha dicho?


—Es demasiado peligroso para ir andando. La gasolinera más cercana está a más de tres kilómetros.


—Me dijo que me marchara. No quería quedarme si no soy bienvenida.


—Eso fue antes de que me percatara de lo peligrosa que es la tormenta. 


Paula sacudió la cabeza.


—No tengo interés alguno en quedarme a su lado, señor Alfonso. Puedo llegar hasta la carretera y llamar a quien me ha traído hasta aquí para llegar a cubierto antes de que la tormenta empeore.


—La tormenta está empeorando muy rápido. No sea tonta.


Los ojos de Paula rezumaban ira. Antes de que ella pudiera replicar, un rayo restalló en el cielo, atravesando la cúpula de árboles y golpeando el tronco de uno de los robles. El trueno resonó inmediatamente después, casi ensordeciendo el profundo crujido de la madera. Pedro se abalanzó sobre Paula y le rodeó la cintura con los brazos. Entonces, la hizo caer sobre el suelo cuando el enorme roble comenzó a desmoronarse. Los dos cayeron sobre la tierra y rodaron. Él mantuvo el cuerpo de ella pegado al suyo. Plantó los pies para quedar encima de ella y protegerla con su cuerpo. La tierra tembló bajo sus cuerpos. Entonces, levantó la cabeza y vió que el roble había caído a pocos metros de distancia. Miró a Paula y vió que ella estaba muy pálida. Contemplaba el árbol con los ojos desorbitados.


—¿Se encuentra bien?


Lentamente, Paula asintió. Le miró el rostro y luego los cuerpos de ambos apretados y muy juntos. Las mejillas se le sonrojaron. La visión resumía perfectamente el deseo que la había invadido antes cuando estaba de pie en el vestíbulo de la mansión, amable y hermosa, aterradora en la percepción que tenía de la situación y maravillosa en su desafío. Pedro se apartó rápidamente de ella antes de que Paula pudiera sentir la evidencia de su excitación. Se puso de pie y le ofreció la mano para ayudarla a ponerse de pie. Los dos miraron a la vez el árbol caído que, en aquellos momentos, yacía en el suelo herido de muerte. Pedro sintió que se le hacía un nudo en el pecho. Le pareció que era ridículo ponerse sentimental por un árbol, así que se giró hacia la mujer que tenía a su lado. 

lunes, 20 de abril de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 20

Levantó la mano en la que tenía el expediente. Su sentido común la conminaba a que se detuviera, pero ya estaba harta de ser amable con un hombre tan egoísta. Lo dejó caer, saboreando con gusto el golpe que resonó en el vestíbulo cuando la carpeta golpeó la mesa y la expresión de sorpresa que apareció en el rostro de Pedro.


—Que tenga un buen día, señor Alfonso.


Entonces, le dedicó una resplandeciente sonrisa, inclinó ligeramente la cabeza y se marchó con paso firme del château.


Pedro contempló atónito la puerta abierta. No recordaba la última vez que alguien le había dejado con la palabra en la boca. Le resulta increíble que ella se hubiera marchado con tanta soberbia, comportándose como si hubiera sido él quien le había hecho algo malo cuando aquella mujer llevaba acosándolo durante semanas. Por ello, atravesó el vestíbulo con grandes zancadas para cerrar la puerta a la señorita Paula Chaves de una vez por todas. Al llegar a la puerta, miró la mesa sobre la que ella había dejado el expediente. Parecía un montón de papeles totalmente inocuo. Firmarlos pondría fin a aquella situación. Terminaría de una vez por todas con la campaña de asedio de la señorita Chaves, aunque, a juzgar por lo que ella le había dicho antes de marcharse, no tenía intención de volver a molestarle. Debería sentirse aliviado… Sin embargo, no era así. El vacío de la casa le estaba empezando a resultar insoportable, como también el rugido de la tormenta en el exterior. La perspectiva de no volver a ver a Paula, una mujer que le había producido un increíble impacto en cuestión de minutos, le produjo una inesperada sensación a través del vacío de su pecho. Maldita sea. Un relámpago iluminó el cielo, seguido tan solo unos segundos después por un trueno tan fuerte que hizo temblar las ventanas. Se asomó por la puerta y vio que la tormenta había oscurecido notalmente aquel paisaje veraniego. El viento ululaba por las esquinas del château y azotaba las ramas de los árboles. Tal vez fuera un canalla egoísta, pero no podía permitir que se marchara en medio de una tormenta tan fuerte. El pueblo estaba muy lejos. Decidió que ir tras ella era lo correcto, a pesar de que no le gustara.  Bajó las escaleras y miró a su alrededor. No se la veía por ningún sitio. Tal vez se había refugiado en la galería que había al otro lado de la casa. De repente, un ligero movimiento captó su atención. Observó sorprendido cómo la figura de la abogada había alcanzado ya la parte del camino que quedaba flanqueada por árboles.


—¡Señorita Chaves! —gritó—. ¡Paula!


El viento pareció engullir sus palabras y Paula desapareció entre los árboles. Pedro lanzó una maldición y bajó corriendo los escalones. Al llegar al suelo, echó a correr. 

Quédate Conmigo: Capítulo 19

 —Si no quiere el dinero, necesito que me firme un documento diferente en el que renuncia a todos sus derechos sobre la herencia.


La sorpresa se reflejó en el rostro de Pedro. ¿Acaso había esperado que ella saliera corriendo y gritando?


—¿Acaso no me ha escuchado, señorita Chaves? No voy a firmar. Nada.


Paula se acercó al pie de la escalera y lo miró. Alfonso estaba algunos escalones por encima de ella. La luz de la enorme lámpara hacía destacar la piel perfecta y cálida de lado derecho de su rostro hasta llegar a la afilada línea de la mandíbula. El cabello castaño claro, espeso y ligeramente revuelto, le caía sobre la ancha frente. La ira que ella había estado sintiendo desapareció de repente. Era más cruel aún que el destino lo hubiera dejado con la mitad de su rostro intacto, un recordatorio constante de quien había sido. Las miradas de ambos se cruzaron. Sintió que el corazón le latía con fuerza en el pecho. El calor regresó de nuevo, extendiéndose por su cuerpo, drogándola de deseo y haciendo que las extremidades le pesaran enormemente. Parpadeó y dio un paso atrás para tratar de recuperar la compostura y su profesionalidad. La cicatriz junto a la boca de Pedro se torció cuando sus labios se curvaron para esbozar una sonrisa burlona. 


—¿Qué le parezco, señorita Chaves? —le preguntó. Bajó unos escalones más, hasta que quedó tan solo uno por encima de Paula—. ¿Un canalla mimado que tiene lo que se merecía? O tal vez algo más sencillo, como un monstruo.


Aquella última palabra, hizo reaccionar a Paula. Lo miró de arriba abajo, se fijó en los fuertes músculos del cuello, en cómo la tensión de la mandíbula retorcía las cicatrices. Detrás del brillo de desdén que relucía en sus ojos había dolor… un profundo y horrible dolor.


—No. Solo me parece un hombre que está sufriendo mucho.


El rostro de Pedro reflejó una expresión de desprecio que estuvo a punto de conseguir que ella se sintiera insignificante. La miraba fijamente, con la respiración acelerada y el pulso latiéndole con fuerza en la garganta. Paula casi podía sentir los latidos de su corazón, la angustia que lo atenazaba. Observó el hermoso rostro y sintió que la respiración se le cortaba al sentir cómo Alfonso la atrapaba con su mirada.


—He dicho que no. No voy a firmar.


Durante un instante, Paula se limitó a mirarlo. Por fin, asimiló aquellas últimas palabras y reaccionó. Sintió que la furia volvía a apoderarse de ella al comprender que no tenía esperanza alguna de mantener su trabajo.


—Siento curiosidad por saber cómo se las apañaría un hombre al que se le ha entregado todo en bandeja de plata para echar a la calle a una mera mortal como yo, pero en realidad ya no me importa. He recorrido cientos de kilómetros, he aguantado la lluvia y he discutido con sus empleados de todo el mundo solo para conseguir una firma. Pero ya me he cansado.