miércoles, 11 de febrero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 30

Por humillante que hubiese sido su reacción, debía verlo desde un punto de vista positivo. Pero, sobre todo, debía cuidarse de que el deseo por él volviera a dominarla. Tomarlo como una advertencia para mantener siempre la guardia alta. Pedro, respirando entrecortadamente, estudió el rostro enrojecido de Paula. La cabeza le daba vueltas. El beso en la piscina lo había vuelto loco, pero ese había estado a punto de volarle la cabeza. Y apenas había pasado nada. Aún no había probado más que su boca. Nunca antes había experimentado un deseo tan desenfrenado. Dio, nunca había sentido un dolor así en sus partes. Le ardían. Quería continuar lo que habían empezado. La unión de sus bocas había desatado un infierno. Al darse cuenta de lo que le sucedía a Paula… No se lo había podido creer. Pero era real. Paula había llegado al clímax. Por la respiración agitada y sus ojos aún entrecerrados, supuso que había sido un shock tan grande para ella como para él. E igual de chocante lo cerca que había estado él también. ¿Qué demonios le pasaba? Tenía treinta y dos años. Desde adolescente había aprendido a controlar sus reacciones corporales ante las mujeres hermosas. Se enorgullecía de su control, pero sabía que, unos segundos más lo habrían llevado al límite a él también. Paula era hermosa y sexy, como muchas otras mujeres. Nunca había estado tan cerca de perder el control. Ella abrió los ojos. Tras un momento de vacilación, se clavaron en los suyos. El corazón de Pedro golpeó con fuerza sus costillas.


—Necesito una copa —declaró ella con una sonrisa perezosa—. Volvamos.


—¿Eso es todo lo que tienes que decir? —preguntó él incrédulo.


—Tengo sed —Paula rió y lo empujó para echarse a un lado.


Pedro abrió la boca y sacudió la cabeza. Esa mujer era increíble. Volvió a sacudir la cabeza al verla agarrarse a una de las asas del hinchable y hundirse en el agua.


—¿Llegas? —preguntó ella, señalando el asa.


—Ojalá —él rio a pesar del dolor en la entrepierna.


—Tendrás que desearlo con más fuerza —ella le guiñó un ojo.


Antes de que él pudiera responder, Paula nadó el metro que la separaba de los escalones desplegados por la tripulación. Aunque el mar estaba cálido, el cuerpo de Pedro estaba tan caliente que, cuando la siguió, fue como sumergirse en un baño helado. Y lo agradeció. Estaba tan excitado como un adolescente, y mientras la veía subir a cubierta, solo podía pensar en arrancar ese pedazo de tela que cubría las partes más femeninas y poseerla hasta que ninguno pudiera mantenerse en pie.

Venganza Y Seducción: Capítulo 29

«Dios, ¿No sabías lo hombre que era?», pensó Paula mientras la lava ardiente fluía por sus venas. Las sensaciones que Pedro despertaba eran tan extrañas, una voraz necesidad que solo su tacto y su boca saciaban, que ni pensó en resistirse. Ella se sumergió en las llamas del deseo. Sus besos eran duros y exigentes, devorando bocas y lenguas, un torbellino sensorial que le hacía apretarse contra él. Deslizando los dedos por la espalda lisa y musculosa de Pedro, saboreó los gemidos que le arrancó y lo besó aún más intensamente, apartando su boca solo para jadear ante la impresión que sintió cuando el peso y la longitud de su erección sobresalieron del bañador y se clavaron en el trozo de tela que cubría sus partes más íntimas. Instintivamente, ella rodeó su cintura con las piernas y levantó las caderas. No sabía si el movimiento de vaivén era cosa de ellos, o si el oleaje del agua bajo el hinchable era la causa, ni le importaba. Una espiral ardiente se había enrollado con fuerza en su feminidad y palpitaba con una necesidad desesperada de alivio. Ella se agarró aún más fuerte, besándolo con pasión mientras la gruesa dureza empujaba contra su protuberancia hinchada y… La espiral se soltó sin previo aviso. Un momento estaba meciéndose contra él, presa de las emociones más celestiales que hubiera experimentado jamás, y al siguiente estalló, e incluso mientras las inesperadas explosiones de su primer clímax palpitaban en su interior, siguió aferrada a Pedro, desesperada por mantener el contacto y prolongar aquel momento tan increíble.


Solo cuando los espasmos remitieron y Paula comprendió que Pedro se había parado, regresó a tierra con un golpe seco. En un instante, la experiencia más gloriosa de su vida acabó y la cordura se abatió sobre ella como un cubo de hielo volcado sobre su cabeza. ¿Qué acababa de pasar? Apretó los ojos y deseó que se abriera un agujero en el hinchable para hundirse y no volver a salir. Era terrible. Espantoso. Intentó respirar. Intentó pensar. Luego intentó no pensar, porque incluso mientras las últimas sacudidas la abandonaban, comprendió que acababa de comportarse del modo más escandaloso, indecente y vergonzoso. Y todo sin quitarse el bikini, sin que él la tocara… Ahí. El peso que la aplastaba se levantó lentamente, pero solo el físico. Sentía la mirada de Pedro clavada en ella. ¿Qué pensaría de ella? No debería importarle lo que pensara de ella. Tenía que salir de aquello y, al comprenderlo, el camino menos humillante se abrió ante ella. Solo tenía que volver a meterse en su personaje. Era impensable que a ninguna de sus anteriores amantes les hubiera importado parecerle lasciva. Lo que él quería era, precisamente, lascivia.

Venganza Y Seducción: Capítulo 28

Había querido salvarla, a ella y a su tía, de sus maridos. Ezequiel también. Con la muerte de su abuela paterna, la matriarca de la familia, había desaparecido el freno a su crueldad. Ni Pedro ni Ezequiel habían comprendido hasta qué punto su nonna había frenado la maldad de sus hijos. Su muerte la había desatado hasta un grado aterrador. A los ocho años creía que haría falta un superhéroe para impedir que su padre usara los puños contra su madre y él. También anhelaba tener dinero para huir a un lugar seguro. Pero su madre se había salvado a sí misma. Cuando él tenía nueve años, había despertado una mañana y ya no estaba. No había vuelto a verla. Naturalmente, había sido un momento angustioso, pero lo había superado. A los doce años, los primos habían ideado un plan para marcharse. Había poco espacio para que el adolescente Pedro pensara en su madre, o se enfrentara a la angustia de cómo había podido abandonarlo. Hacía tanto tiempo que no se permitía recordar aquella angustia, que pensar en ella de repente le resultó desconcertante. Nunca se permitía sentir dolor emocional. Solo amaba y confiaba en Ezequiel. Esa hermosa mujer que lo miraba con ojos ardientes de deseo era veneno. Si se salía con la suya, podría destruirlo igual que su madre. Aunque no emocionalmente. Tratándose de su corazón, ella no podía tocarlo. Nadie podía. Las intenciones de Paula no lograban sofocar la atracción entre ellos. Pedro quería volver a saborear sus labios venenosos y, cuando ella cerró los dedos finalmente en torno a sus caderas, clavándose en su bañador, su deseo se desbocó, perdido en la hermosa toxicidad.


—Tendremos que conseguirte un bañador rojo de socorrista — murmuró ella, la boca tan cerca de la de él que lo impregnó con su aliento dulcemente tóxico—, y un tablón de esos.


Lo que ella no sabía era que su veneno solo funcionaba a un nivel básico con él, aunque a ese nivel fuera más fuerte que cualquier otro deseo que hubiera experimentado jamás. Deslizó la mano por su espalda, le agarró las nalgas y las apretó contra él, haciéndole sentir la fuerza de su erección.


—¿Un tablón?


—Ya sabes, eso que los socorristas llevan bajo el brazo cuando corren para salvar a alguien de ahogarse —ella respiró entrecortadamente, sus ojos estaban vidriosos.


—¿Te refieres a un flotador? —él rozó con la boca los tóxicamente dulces labios.


El hermoso rostro se sonrojó, y emitió un sonido por la nariz, que él supuso que era una risotada.


—Probablemente. Te enviaré uno por tu cumpleaños.


Pedro se pegó más a ella, disfrutando de la apenas perceptible sacudida que la recorrió y de la presión de sus dedos sobre sus caderas.


—¿Y si tengo que volver a salvarte antes de mi cumpleaños?


Los ojos de Paula estaban tan oscuros y nublados de deseo que él veía sus esfuerzos por mantener el control.


—Tendrás que volver a usar tus poderes de superhéroe.


—No soy un superhéroe, bella, solo un hombre —un hombre hambriento por saborear de nuevo los labios venenosos de Paula.


Finalmente, Pedro fundió su boca con la de ella, rodó sobre ella y se hundió en el embriagador placer de su boca.

Venganza Y Seducción: Capítulo 27

«Podría haberme ahogado», comprendió Paula, estremeciéndose al sentir su mano y la proximidad de sus cuerpos. Pedro podría haberse limitado a dejarla chapotear hasta que el cansancio la venciera. Si hubiera sabido quién era en realidad, probablemente la habría ayudado a ahogarse. Qué ridículo había hecho. Le ardían las mejillas al pensar en cómo había entrado en pánico a la misma velocidad a la que se había precipitado, sacudiéndose como una loca al aterrizar. El calor se intensificó al recordar cómo el miedo la había abandonado en cuanto él la había agarrado. No se había aferrado a él con tanta fuerza por miedo a ahogarse, sino porque su cuerpo había equiparado instintivamente a Pedro, el hombre que le había destrozado lavida, con la seguridad. La ironía le hizo soltar una carcajada, mientras crecía su deseo de volver a abrazarlo.


—¿Qué te hace tanta gracia? —preguntó él, acercándose lo suficiente como para que las puntas de sus narices se tocaran.


Ella buscó una respuesta plausible en su cerebro aturdido, porque no eran solo sus narices las que se tocaban. Sus pezones habían rozado el pecho de él y, en un instante, su consciencia se había convertido en llamas.


—Estoy pensando en lo poco digna que debí parecer al caer al agua.


—Fue uno de esos momentos en los que desearías tener una cámara de vídeo —en los labios que tanto placer le habían proporcionado se dibujó un gesto de diversión.


Paula rió. Por mucho que lo despreciara, Pedro tenía un ingenio que la divertía, y por eso lo odió aún más. Detestaba todo de él, especialmente que fuera el hombre más sexy que pisaba la tierra y que ella estuviera prácticamente derritiéndose de ganas de que su mano explorara su cuerpo. Deseaba que la tocara. Le apetecía. No había otra excusa. Deseaba al diablo.


—No puedo creer que me entrara el pánico —aseguró ella, luchando por aclarar sus pensamientos. 


No podía dejar que las traicioneras reacciones de su cuerpo la dominaran, no cuando había tanto en juego. Habiéndose vendido como una chica fiestera y amante de los deportes acuáticos, no podía permitir que Pedro creyera que odiaba las aguas profundas.


—Son cosas que pasan —Pedro sonrió con una indolencia que desmentía el calor de su mirada.


Paula temía el daño que le había producido. Porque el calor de su aliento rozándole la boca y su pulgar dibujando círculos en su cadera la inflamaban aún más. Sentía un doloroso deseo de levantar su pelvis hasta que la ingle se pegara a la de él, insoportablemente intensa.


—¿Has salvado a muchas mujeres desvalidas? —preguntó ella, intentando impregnar su voz de una despreocupada jovialidad, aunque sonó jadeante.


—Tú eres la única con la que he tenido éxito —respondió Pedro y, mientras sus dedos aferraban con más fuerza la deliciosa cadera de Paula, sus pensamientos se desviaron hacia su madre.

Venganza Y Seducción: Capítulo 26

La diversión de Pedro ante la espectacularmente poco agraciada forma en que Paula daba volteretas en el aire antes de caer al agua se desvaneció cuando resurgió agitando los brazos aterrada. Sin dudarlo, se lanzó hacia ella. En cuanto le pasó un brazo por la cintura, ella le echó los brazos al cuello y se aferró a él como una lapa.


—Tranquila —protestó él, al sentir que iba a hundirlo—. Te tengo. Relájate.


El pelo rubio le salpicaba la cara y sus ojos azul oscuro se clavaron en los de él.


—¿Estás bien?


Ella asintió.


—Bien —Pedro la besó suavemente—. ¿Podrás nadar hasta el hinchable?


Todavía agarrada a él, Issy giró la cabeza para medir la distancia. Estaba a unos diez metros, pero por su expresión, tanto daría que estuviera a diez kilómetros.


—Agárrate a mi espalda. Nadaremos hasta él.


Ella se giró hasta agarrarse a su espalda como una cría de orangután a su madre.


—Por muy agradable que sea la sensación de tus piernas rodeándome, tienes que soltarme un poco para que pueda nadar —espetó él—. Confía en mí. Te tengo.


La idea de Paula de soltar difería mucho de la de Pedro, pero bastó para que él pudiera moverse. La vida tenía giros inesperados, pensó él mientras se dirigía con decisión hacia el hinchable. Paula Chaves quería destruirlo, pero se aferraba a él como si fuera su balsa salvavidas personal. Si hubiera sucedido dos horas antes, cuando había descubierto su verdadera identidad, habría estado tentado de dejar que se ahogara. Casi gruñó en voz alta ante la mentira de su pensamiento. Planeaba hacer sufrir a Paula Chaves por el infierno que pretendía desatar sobre él, pero no se extendía al daño físico. Cuando llegaron al hinchable, la ayudó a arrastrarse sobre él y subió a su lado. Paula estaba tumbada boca arriba, la mirada fija en el cielo, respirando agitadamente.


—¿Estás mejor? —Pedro se tumbó a su lado y le acarició un pómulo.


—Gracias por rescatarme —ella cerró los ojos antes de girarse sobre un costado y mirarlo a los ojos.


—Un placer —murmuró él.


—¿Un placer? Casi te ahogo.


—Bella, eres la mitad que yo. No podrías haberme ahogado, aunque lo hubieras intentado.


Salvo quizás con su mirada. Era como contemplar una piscina profunda e hipnotizante. Dio, incluso medio ahogada, y con casi todo el maquillaje borrado, excepto donde se le había corrido el rímel bajo los ojos, estaba deslumbrante. El deseo se agitó dentro de él. Acercó su cara a la de ella y le puso una mano en la cadera. Tenía la piel increíblemente suave al tacto.

lunes, 9 de febrero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 25

Una punzada atravesó el pecho de Paula. ¡No debería importarle! ¿Acaso no era la prueba de que todo el dinero que Delfina y ella habían ahorrado durante años para convertir a Paula en la idea que tenía Pedro de la perfección había funcionado? Debería sentirse contenta, no desolada, porque él jamás miraría a la auténtica Paula y, desde luego, nunca la consideraría perfecta. ¿Qué importaba lo que él pensara? En cuanto el trato estuviera firmado, ella desaparecería de su vida y no volvería a verlo jamás.


Por primera vez, Pedro vió apagarse el brillo en los ojos de Paula. Regresó en cuestión de segundos, pero él se preguntó qué lo había causado… Y por qué demonios le importaba.


—Las damas primero —consciente de que su excitación aumentaba, la soltó, dió un paso atrás y señaló el tobogán.


—La edad antes que la belleza —ella sonrió dulcemente.


Pedro rió. Sería una tentadora confabuladora empeñada en destruirlo, pero le divertía. Hacía mucho que no disfrutaba tanto de la compañía de una mujer, de cualquiera, para ser más precisos, Impulsivamente, le tomó el rostro y la besó apasionadamente en la boca. Dio, qué bien sabía.


—Ya que estoy a tu merced, dispuesto a cumplir todos tus deseos, te haré los honores —él subió los tres escalones hasta la cima del tobogán, se sentó, y se dejó caer.


Paula se asomó a la barandilla y observó la enorme salpicadura que se produjo al caer. Sintió un nudo de ansiedad cuando no emergió inmediatamente, pero de repente apareció la oscura cabeza y, un sonriente rostro se levantó hacia ella. Era su turno. Rajarse haría que él sospechara, y no podía permitírselo. Recordó una época en la que un parque acuático había sido el colmo de la diversión, y tirarse por toboganes de todas las formas y tamaños la mayor emoción de su vida. Pero esos toboganes acababan en piscinas, y había un montón de socorristas vigilando. «¡No seas cobarde!». Decidió no pensar en lo que estaba a punto de hacer, subió los tres escalones, saludó a Pedro, que nadaba a una distancia prudencial de la zona de sumergirse, se sentó y se dejó caer. Era exactamente como imaginaba una caída libre. También mucho más rápido de lo que había previsto, ya que el agua que caía por el tobogán como lubricante la precipitó con tanta rapidez que no tuvo tiempo de prepararse para la inmersión. Voló por los aires antes de estrellarse en el mar con un grito. El agua salada le entró por la nariz y la boca abierta mientras se hundía en las profundidades.

Venganza Y Seducción: Capítulo 24

Paula contempló el tobogán que la tripulación acababa de inflar. Fijado a la cubierta superior, caía directamente al mar, recordándole a una versión más alta y estrecha del tobogán de emergencia de un avión. También un hinchable gigante cuadrado, para unas diez personas, atado al yate. No era buena nadadora. Había pasado los veranos de su infancia en la piscina de su casa italiana, pero de eso hacía ya mucho tiempo y, hasta ese día, no había vuelto a meterse en una piscina. Ni siquiera de niña le había interesado nadar, prefiriendo chapotear e irritar a su hermana lanzándole pelotas de playa a la cabeza. Además, la piscina tenía un fondo definible. No se atrevió a preguntarle al capitán qué profundidad tenía el agua donde habían fondeado.


—¿Preparada? —preguntó Pedro con su sonrisa diabólica.


—Te echo una carrera —recordándose a sí misma que se suponía que era una intrépida fiestera, Paula le devolvió la sonrisa.


Antes de que Pedro reaccionara, Paula subió hasta la siguiente cubierta. Lo bueno de haberse esforzado tanto para esculpir su cuerpo era que se había puesto en forma. Famélica, pero en forma. Y había saltado los primeros escalones antes de que él los alcanzara. Riendo, subió el segundo tramo a la siguiente cubierta, conservando su ventaja también en el tercer y último tramo… Pero en cuanto puso el pie en la cubierta superior, un fuerte brazo le rodeó la cintura y la levantó en el aire. Agitando las piernas, Paula gritó, mitad de risa, mitad de miedo. No lo había oído acercarse. Pedro la llevó hasta el tobogán como si no pesara nada y, cuando la bajó, la diferencia de tamaño entre ambos, la golpeó con crudeza. Ese hombre podría partirla en dos sin esfuerzo. La sensación de peligro volvió a invadirla, aunque no tenía nada que ver con su envergadura. Él nunca usaría su físico para hacerle daño.


—Eres diminuta —él parpadeó y sacudió la cabeza.


Paula sintió que le ardía la cara. A Pedro le gustaban las mujeres altas y de piernas largas. Nunca había tenido una amante que midiera menos de un metro setenta.


—Vives a gran altura —Pedro sujetó la barbilla de Paula—, pero eres diminuta.


—No se lo digas a nadie —ella le puso un dedo en los labios—. Es un secreto.


Él la miró fijamente unos segundos antes de soltar una carcajada. El sonido era tan contagioso que Paula no pudo evitar que se le escapara la risa, y cuando él la tomó por la cintura y la levantó en el aire por encima de su cabeza, el pelo suelto colgando como una cascada, el impulso de besarlo fue tan fuerte que le costó un mundo resistirse.


—¿Puedes bajarme, por favor? —tenía que aguantar, aunque sintiera arder su cuerpo.


—Eres preciosa —en cuanto los pies de Paula tocaron la cubierta, él le puso una mano en la espalda y le apartó un mechón de pelo de la cara.


—¿Aunque sea bajita? —bromeó ella, orgullosa de sí misma, porque las palabras de Pedro le hacían sentir confusa, y más su mirada.


Todo en ese hombre la confundía. ¿Le gustaba? Su sensualidad la abrasaba.


—Pequeña, pero perfectamente formada.