lunes, 30 de marzo de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 5

¿Qué iba a hacer? Alfonso Shipping, el orgullo de su abuelo y el legado que había elevado a la familia de la pobreza vivida durante los años de la Segunda Guerra Mundial a la élite de los más ricos del mundo, estaba dirigida en aquellos momentos por un equipo muy solvente que gestionaba su ausencia. Nadie había cuestionado que deseara tomarse un año sabático. Entre las graves y extensas heridas sufridas y la muerte de su padre, la junta le había reiterado su total apoyo en la reunión telemática que habían celebrado y durante la que Pedro había mantenido apagada su cámara. Por supuesto, aquella insistencia para que descansara no tenía que ver con que quisieran librarse de él, sino porque querían que se recuperara por completo para que regresara más fuerte que nunca. Después de que le pusieran al frente de la división de Alfonso Shipping en Gran Bretaña hacía cinco años, los beneficios habían alcanzado niveles impensados hasta entonces. La junta quería que hiciera lo mismo con el resto de la empresa, aunque eso significara que tuvieran que esperar un año para que él enterrara sus fantasmas y se ajustara a su nueva realidad. Una ligera vibración de su línea privada lo sacó de sus pensamientos.


—Sí.


—Señor —dijo la voz de Luis, profunda y bien modulada—. Una señorita desea verlo.


Si la ira se pudiera manifestar en algo físico, habría empezado a salirle humo de la cabeza.


—Puede decirle a la señorita Dupree que se puede volver a montar en su escoba y marcharse por donde ha venido o irse directamente al infierno. Me importa un comino 

donde vaya.


—Por muy divertido que eso pudiera resultar, señor, no se trata de la señorita Dupree.


Pedro frunció el ceño.


—¿De quién se trata entonces?


—Paula Chaves de Nettleton & Thompson. 


El bufete que se ocupaba de la gestión de los bienes de su padre. Contaba con más de doscientos años de existencia y se ocupaba de las propiedades, las herencias y los fondos de empresarios, políticos e incluso de algún miembro de la familia real. Querían que firmara los papeles que le transferirían oficialmente la fortuna de su padre y la pondrían a su nombre. Paula Chaves era una mujer muy tenaz. Lo había llamado insistentemente y se había presentado en varias de sus oficinas e incluso en la casa de Kent. Pedro sabía que tendría que ceder en algún momento. Tendría que firmar los malditos papeles y reconocer por fin que su padre ya no estaba. Sin embargo, no sería aquel día. No estaba preparado. «Jamás estarás preparado». Decidió ignorar aquella desagradable voz. 

Quédate Conmigo: Capítulo 4

Karina se había dirigido a él llamándolo Pedrito, el diminutivo que tanto odiaba. Comenzó a decirle que lo había echado mucho de menos y le pidió encarecidamente poder verse con él para disculparse. Sin pensárselo dos veces, Pedro lanzó el teléfono a través de la ventana y éste cayó en el estanque que había en el jardín. Aquel mismo día, algo más tarde, su equipo de seguridad sorprendió a dos paparazis. Sintió que su refugio había sido mancillado, por lo que tomó el coche para dirigirse a Londres, al único lugar en el que podría sentirse seguro. El Diamond Club. Entró en el vestíbulo a través de una puerta trasera privada, donde lo recibió un hombre muy corpulento, de nariz aguileña y uno de los bigotes más elaborados que había visto nunca. Luis, como él mismo se presentó, lo condujo hacia el vestíbulo principal y lo hizo subir por una imponente escalera. Entonces, avanzaron por el pasillo hasta llegar a una puerta negra sobre la que destacaba un número 8 de metal dorado.


Pedro llevaba ya seis días allí y no hacía más que dar vueltas por la suite como si fuera un animal enjaulado. Resultaba evidente que su padre no la había decorado para él, sino para su hijo. Enormes ventanas enmarcadas en negro, una pared de ladrillo visto y paredes pintadas en color crema en el resto de la suite reflejaban la calidez con el aspecto industrial que a él tanto le gustaba. Después de la muerte de su madre, había empezado a odiar el encanto del viejo mundo que tenía la finca familiar de Kent, el estilo que su padre habría elegido si hubiera decorado aquella suite para sí mismo. Sin embargo, Horacio había optado el estilo que prefería por aquel momento, un estilo que, según él, significaba progreso. Cada vez que miraba a su alrededor y veía los muebles de cuero, las pinturas originales en las paredes, no experimentaba placer alguno. Solo vergüenza. Vergüenza y un profundo odio hacia sí mismo por haber rechazado todo lo que representaba su padre y haber mantenido las distancias con él. Durante todo aquel tiempo, su padre siguió amándolo desde la distancia. Incluso había sido capaz de sacrificar sus preferencias para decorar la suite del Diamond Club para el desagradecido de su hijo. Tenía todo lo que pudiera desear, pero acababa de descubrir que le faltaba lo único que había tenido desde el principio y que nunca había sabido valorar. La última conversación que tuvo con su padre había sido más una discusión que una conversación. A Horacio le preocupaba todo: Las largas horas de trabajo de su hijo, su relación con Karina… Sus gastos. Pedro apartó el recuerdo antes de que pudiera revivir lo que se produjo a continuación. Se dirigió al balcón y apoyó la frente contra el frío cristal.

Quédate Conmigo: Capítuo 3

No había podido abandonar la seguridad de Kent, la familiaridad de los relucientes suelos de madera, de las antigüedades de las que en el pasado se había burlado. Demasiado tarde, vió el valor, vió la sabiduría de las palabras de su padre. Comprendió su insistencia para que él no se viera atrapado irremisiblemente en la opulencia y en el dinero que tenía en el banco. Huérfano ya de padre y madre, aquellos muebles ya no eran viejas antigüedades que quería reemplazar. La casa ya no carecía de la elegancia que prefería en todas sus adquisiciones. En aquellos momentos, sofás, alfombras y sillas inspiraban recuerdos de un tiempo que nunca podría recuperar. Aquella casa le daba la bienvenida con los brazos abiertos, a pesar de todos los comentarios despectivos qué había hecho sobre ella. Kent se había convertido en un refugio, en un lugar en el que esconderse. La familiaridad de todo lo que le rodeaba, la calidez de un lugar al que una vez había considerado su hogar, le proporcionaba el descanso que ninguno de los imponentes áticos ni las mansiones que tenía podrían ofrecerle. 


Sin embargo, su refugio se había convertido en ruinas hacía solo una semana cuando, mientras paseaba por las orillas del lago privado, una luz a través de los árboles llamó su atención. Al día siguiente, una fotografía de él mirando el suelo con gesto apesadumbrado apareció en la portada de un periódico sensacionalista. La fotografía estaba algo desenfocada, lo suficiente para borrar lo peor de sus cicatrices. Sin embargo, resultaba evidente que ya no era el hombre al que, hasta no hacía mucho tiempo, se le había considerado el más guapo de Europa. El artículo incluía un relato completo del accidente de coche en el que su padre, Horacio Alfonso, perdió la vida. También revelaba que el presidente de Alfonso Shipping poseía una inmensa fortuna. Que él poseía una inmensa fortuna. Miles de millones habían ido a parar a las manos de Pedro Alfonso, el único heredero superviviente. Las llamadas habían empezado menos de una hora más tarde. Los buitres habían comenzado a revolotear, enviándole invitaciones a galas benéficas, a vacaciones en yates privados, a exclusivas cenas y, por supuesto, proponiéndole inversiones que, en ocasiones, solo buscaban apoderarse de una porción de su riqueza. Una riqueza con la que siempre había soñado. Una riqueza cuya posesión le provocaba náuseas. La llamada de Karina había sido la gota que había colmado el vaso. Pedro acababa de colgar el teléfono con su secretaria de Londres. Por ello, cuando su teléfono móvil privado comenzó a sonar, no se preocupó de comprobar la identidad de quien lo llamaba. 

Quédate Conmigo: Capítulo 2

Karina se quedó con la boca abierta. Pasó de mostrarse conciliadora a furiosa en cuestión de segundos y le recriminó atreverse a arrebatarle lo único que le recordaría lo que los dos habían tenido antes de aquel accidente. Solo se quitó el collar de rubíes, valorado en cuatro millones de dólares, cuando él la amenazó con demandarla por robo y asegurarse de que la noticia llegaba a la prensa. Ella se lo lanzó a la cama antes de marcharse apresuradamente de la habitación sumida en un mar de nada. El hecho de que su primer pensamiento hubiera sido «Hasta nunca» decía mucho más sobre la relación que habían tenido a lo largo de seis meses de lo que él nunca hubiera podido expresar con palabras. De hecho, lo que más le dolía era que no le doliera en absoluto.


Con la otra mano, la que no sostenía el vaso de whisky, se tocó la minúscula cicatriz en forma de luna que tenía en el lado derecho de su rostro. La única herida visible en ese lado. Por suerte, el cabello había terminado por cubrirla, pero a pesar de todo, él podía sentirla. Cuando se peinaba el cabello. Cuando esta le palpitaba por las noches que le hacía recordar el dolor que había sentido en el momento en el que su padre gritó su nombre, antes de perder por completo la consciencia. Karina había tenido razón en una única cosa. Efectivamente, él era un monstruo. Por dentro y por fuera. Tomó otro sorbo de whisky. Había madurado sesenta años en las llanuras salvajes de Irlanda y era una de las botellas pintadas a mano que había alcanzado un valor de más de un millón de dólares en el Sotheby’s de Nueva York. Hacía tan solo un año, Pedro estaba en lo más alto del mundo, con una de las modelos más deseadas de Europa a su lado. Ella llevaba alrededor del cuello una de las mejores joyas que el dinero podía comprar y juntos disfrutaban de aquel whisky. Había descubierto que el destino tenía un cruel sentido del humor. Durante los últimos diez años, se había visto consumido por el dinero y la imagen. Cuando oyó hablar por primera vez del Diamond Club hacía cuatro años, descubrió que la envidia lo atenazaba como una fea sombra. El club, situado en una opulenta casa de Londres, ofrecía refugio a las diez personas más ricas del mundo. Se decía que tenía un helipuerto en el tejado, columnas talladas en mármol de Calcuta y suites diseñadas de acuerdo con los gustos particulares de sus residentes. Sin embargo, cuando se puso de pie y comenzó a pasear por la suite que su padre había decorado, ya no sintió envidia. Solo sintió náuseas.


Tres meses después del accidente, cuando las fracturas que tenía en la columna vertebral sanaron lo suficiente para que pudiera retirarse el corsé, una mujer lo visitó en la finca que la familia tenía en Kent. Su padre había diversificado mucho el negocio a lo largo de los últimos años, invirtiendo en empresas tan variadas como las inmobiliarias o las que se dedicaban a la tecnología. Esas inversiones habían tenido como resultado una fortuna valorada en miles de millones de libras. Tras una breve inclinación de cabeza, la mujer le había entregado el sobre y le había dicho que el señor Raj Belanger lo invitaba cordialmente a ocupar el lugar de su padre en el Diamond Club. Acababa de alcanzar uno de sus objetivos más ansiados. A costa de la vida de su padre. Sí, efectivamente, el destino era muy, muy cruel.

Quédate Conmigo: Capítulo 1

Pedro Alfonso deslizó un dedo sobre la cicatriz que le partía en dos la ceja izquierda. Se rozó a continuación el borde del ojo y descendió hasta la mejilla. Otra cicatriz se extendía desde el lateral de la boca hasta la barbilla y resultaba sorprendentemente suave al tacto. A pesar de que se peinaba la barba para cubrirla, se adivinaba de todas maneras un tajo enrojecido y furioso. Aunque estaba sentado en un sillón junto a las puertas de la terraza, con un vaso de whisky en la mano, era capaz de visualizar su desagradable rostro como si se lo estuviera mirando en un espejo. Después de once meses, las cicatrices se habían ido desvaneciendo hasta adquirir un tono rosado pálido. Sin embargo, el tiempo no había borrado los recuerdos de la primera vez que se vió frente al espejo. Puntos uniendo los bordes de las heridas recientes. Ojos inyectados de sangre y con la mirada perdida por la medicación que le habían hecho tomar. Monstruoso.


La voz horrorizada de ella se le deslizó fríamente sobre la piel. Aquella palabra había penetrado hasta lo más profundo de su ser a pesar de que, a lo largo de aquel primer día, recuperaba brevemente la consciencia para volver a perderla otra vez casi inmediata. Ni siquiera su estatus como hijo de un acaudalado magnate naviero con muchos millones en el banco había sido suficiente para conseguir que Karina Dupree quisiera permanecer a su lado, cuando parecía más una bestia que un hombre. «Estoy segura de que lo comprendes, Pedro». Su voz había resultado tan desagradable como el sonido que hacen las uñas al deslizarse sobre una pizarra. Aquel sonido se le había clavado en el cerebro como si fueran las afiladas garras de un águila mientras trataba de asimilar el hecho de que mientras, él había sufrido unas gravísimas heridas, su padre había perdido la vida. Y todo porque él no había prestado atención. Se había centrado exclusivamente en sí mismo, algo de lo que su padre acababa de acusarlo. Entonces, de repente, su mundo se había puesto patas arriba con un horripilante golpe y chirriantes metales retorcidos. Aquel ruido se hacía eco en su mente sin que él pudiera evitarlo. Entonces apartó la mano del rostro y bebió. El whisky solo le abrasó la garganta. Siempre evitaba emborracharse. Era una salida demasiado fácil. Solo bebía lo suficiente para aplacar el dolor. Monstruoso. Karina fue a visitarlo el segundo día de hospital. Llevaba el reluciente cabello rubio muy elegantemente recogido, lo que hacía destacar perfectamente su pálido rostro y sus perfectos rasgos. Una belleza en la que él ni siquiera se fijó mientras luchaba contra el dolor y la pena. Ella le colocó la mano sobre el hombro y la apartó rápidamente. Sus gruesos y hermosos labios esbozaron una mueca de repulsión cuando vió la sangre que manchaba las vendas. Bajo esas mismas vendas, la ira hervía dentro del cuerpo de Pedro. Su padre acababa de morir.


—Estoy segura de que lo comprendes, Pedrito.


—Devuélveme el collar. 

Quédate Conmigo: Sinopsis

No quería su herencia… Pero sí la quería a ella.


Pedro Alfonso había rechazado la herencia multimillonaria de su padre. Lo consideraba un castigo justo por su responsabilidad en la muerte de su progenitor. Desgraciadamente, Paula Chaves, la abogada especialista en bienes raíces, no iba a rendirse tan fácilmente. En medio de una furiosa tormenta, la atractiva Paula apareció en la puerta de su château totalmente decidida a conseguir que él aceptara la herencia.


Paula necesitaba la firma de Pedro. La trayectoria profesional por la que había puesto su vida en espera dependía de ello. Sin embargo, aislada allí a solas con el taciturno magnate, no podía escapar al embriagador magnetismo que había entre ellos. La cuestión era si, en realidad, quería hacerlo.

miércoles, 25 de marzo de 2026

Venganza Y Seducción: Epílogo

Pedro cerró los ojos, satisfecho mientras se mecía suavemente en la hamaca bajo el sol naciente. Acurrucado sobre él, la regordeta mejilla apretada contra el pecho, dormía su hijo menor, Baltazar. Con solo dieciocho meses, el pequeño ratoncito, como lo llamaba cariñosamente Paula, acababa de aprender el arte de escaparse de su cuna. Aquella mañana había entrado en el dormitorio de sus padres y lo despertado, que lo había sacado a ver el amanecer. Intentó no suspirar al pensar que pronto regresarían a Europa. Olivia, su hija mayor, estaba a un par de semanas de empezar el colegio. Habían sopesado contratar a un tutor para poder seguir pasando seis meses al año en el refugio caribeño, pero sería egoísta por su parte. Los niños necesitaban compañeros de juegos. St. Lovells estaría allí para las vacaciones escolares, y cuando toda su prole hubiera volado del nido, lo convertirían en su hogar permanente. Al menos, ese era el plan. Nadie sabía cuánto tiempo tardaría eso en suceder. Mirando por el rabillo del ojo, vió a su embarazadísima esposa acercase con una enorme caja envuelta para regalo. Olivia la seguía con unas cuantas cajas más pequeñas. Su familia. Cómo los amaba. A veces miraba los rostros felices de sus hijos y su corazón se henchía tanto que dolía. Miraba a su esposa, contemplaba su cabello castaño oscuro y su cuerpo curvilíneo, y esos hermosos ojos azules que siempre brillaban con amor, y daba gracias a los dioses por haberlos unido. Seis años de matrimonio, y su devoción mutua no había hecho más que crecer. Ella era todo su mundo. Sus hijos eran su universo.


—¡Feliz cumpleaños, papá! —gritó Olivia.


Pedro abrió los ojos del todo y fingió sorpresa.


—Feliz cumpleaños —balbuceó sonriente Baltazar.


Apretando la nariz de su hijo, Pedro lo abrazó con fuerza y se bajó de la hamaca. Paula sonreía resplandeciente. La caja era prácticamente tan alta como ella.


—Feliz cumpleaños, guapísimo. Apuesto a que no adivinas qué es… ¡No se lo digas, Oli!


Mientras su hija colocaba cuidadosamente las otras cajas sobre la mesa, fingió reflexionar.


—Hmm. ¿Qué puede ser?


Se las arreglaron para cambiar a Baltazar por la caja, y así Pedro rasgó sonriente el envoltorio, imaginándose la ocurrencia de su esposa. Era un flotador de arrastre. Todos los años le regalaba lo mismo por su cumpleaños. Estaba haciendo una gran colección. Pero cada uno estaba decorado de manera diferente, y se echó a reír al ver el nuevo, pintado con caricaturas de su esposa y sus dos hijos. Lo colocó contra el árbol al que estaba atada la hamaca, abrazó a Paula con Baltazar en brazos, y la besó apasionadamente.


—Gracias —murmuró.


—Un placer —susurró ella—. Tendrás el resto del regalo cuando los niños se acuesten.


—Lo estoy deseando —Pedro fingió fastidio y le apretó el delicioso trasero.


—¡Déjalo ya, tonto, y abre nuestros regalos! —exclamó Olivia.


Riéndose aún más, levantó a su hija en brazos y le plantó un beso enorme en la mejilla. No había día en que Pedro no se considerara el hombre más afortunado del mundo.






FIN