miércoles, 18 de febrero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 40

Paula se levantó y se dió cuenta de que se tambaleaba un poco. Media botella de champán con el estómago vacío no era probablemente la mejor idea. Aquello se estaba poniendo divertido y rió ante la absurdez, y al pensar en Pedro gastando montones de dinero en un matrimonio que no tendría lugar.


—¿Tiene una hoja? —preguntó al capitán.


Cuando él se la entregó, Paula se arrodilló junto a la mesita de café y arrancó rápidamente dos tiras. Cada tira la enrolló longitudinalmente entre los dedos hasta que se asemejó a un gusano largo y retorcido, y luego las ató formando un círculo que tendió a Pedro con una floritura.


—Ya está —anunció sonriéndole—. Dos anillos de boda improvisados.


—¿Estás lista para hacerlo? —insistió él.


Quería que se echara atrás. Esperaba que se echara atrás. Ella podía verlo en sus ojos. Y fue esa expectación la que la llenó de desafío. Pedro había empezado esa partida de ajedrez y le correspondía a él ponerle fin. Solo cuando él la tomó de la mano y juntos se enfrentaron al capitán, Paula se dió cuenta de que ninguno de los dos estaba dispuesto a echarse atrás. Habían llegado a un punto muerto. Pedro tuvo la extraña sensación de abandonar su cuerpo y flotar en el aire, viéndose a sí mismo y a Paula, tomados de la mano y recitando sus votos ante el capitán y el creciente número de tripulantes que querían comprobar por sí mismos si el jefe se casaba realmente con la estafadora. Se vió a sí mismo firmar el certificado, y vió a Paula firmar su nombre, su verdadero nombre, Paula Chaves, y a los dos testigos firmar el suyo. Luego se vió a sí mismo deslizando el anillo de papel en el dedo de Paula y a ella hacer lo mismo con él. Y siguió viéndolo todo con el mismo desapego mientras se besaban para sellar los votos. Y entonces volvió a habitar su cuerpo mientras estrechaba manos y repartía abrazos. El corazón le latía con fuerza al comprender que le había salido el tiro por la culata con el farol que se había marcado con Paula.


Paula se metió dos analgésicos en la boca con mano temblorosa y los tragó con agua fría. Las secuelas del champán se hacían notar en forma de dolor de cabeza. O quizás fuera la repentina bajada de la adrenalina que la había inundado en la hora loca que había acabado con ella casada. La realidad, fría como el agua que acababa de beberse, la empapó. Acababa de casarse con su némesis. No se habían limitado a intercambiar votos falsos, habían firmado documentos legales. Con su verdadero nombre. La única gracia salvadora era que Pedro no se había fijado en su apellido. ¿Pero qué demonios la había poseído? ¿Qué le había poseído a él? Delfina iba a matarla… Hacía horas que no pensaba en su hermana, había olvidado por completo su teléfono perdido y que su hermana estaría esperando ansiosa, con el suyo en la mano, recibir una actualización. Cerró los ojos y respiró hondo. Era medianoche en Londres. Si su teléfono seguía desaparecido al día siguiente, pediría uno prestado a la tripulación, buscaría el número de Industrias Alfonso y contactaría con Delfina. Pero antes ordenaría al capitán que destruyera los papeles. Si no se registraban, el «Matrimonio», nunca se legalizaría.


Venganza Y Seducción: Capítulo 39

Paula se preguntó cuánto faltaba para que Pedro soltara una carcajada y admitiera que todo aquello no era más que una farsa. Casi sintió lástima por el capitán, que se esforzaba tanto por hacerlo realidad. Pero cuando les pidió los pasaportes empezó a sentir dudas. Dió un sorbo a su segunda copa de champán y se dijo a sí misma que no importaba cuánto dinero tuviera Pedro para untar a gente, el matrimonio no se podía hacer por la vía rápida. En cualquier momento, el capitán les diría con pesar que no podía ser antes de que Pedro volara de vuelta al Reino Unido, ambos fingirían sentirse decepcionados y él no tendría más remedio que apartarse de ella físicamente durante el resto de su estancia allí. Tendría que pensar en cómo entretenerle. El yate era un auténtico palacio de fiestas. En teoría sería fácil. Pero la teoría, como había aprendido desde su llegada al Caribe, no era garantía de éxito cuando se ponía en práctica. Un miembro de la tripulación entró con unas hojas recién impresas que entregó al capitán, que seguía hablando por teléfono. Tras hojearlas, hizo señas a Pedro para que se acercara. Sus voces eran demasiado bajas para que ella las oyera, pero cuando él la miró, había un brillo en sus ojos que la decidió a no ser ella la que anunciara que aquello había ido demasiado lejos. Conteniendo la risa, bebió más champán y le vió hacer algo en su teléfono que, sospechó, tenía que ver con transferencias de dinero. Excelente. Una nueva y más fuerte punzada de duda le asaltó poco después, cuando el capitán empezó a reírse al teléfono. La risa y el tono que había adoptado su voz recordaron a Issy la de su padre cuando llevaba a cabo un negocio, justo antes de cerrar un trato. Pedro llenó las copas de champán y se sentó frente a ella, con un brazo apoyado sobre el respaldo del sofá, el epítome mismo de la despreocupación. El diablo alzó su copa. Ella lo imitó.


—Todo listo —anunció Mario un minuto después, levantándose de la mesa—. Solo necesitamos un par de testigos, ya he enviado un mensaje a mis oficiales, y estaremos preparados.


—¿Ya puede casarnos entonces? —la mirada vagamente engreída de Pedro, como la del jugador de ajedrez que espera a que su oponente se dé cuenta de que va perdiendo, vaciló.


—Le ha costado mucho dinero, pero tengo la autorización —el capitán se encogió de hombros.


Pedro consiguió mantener la compostura mientras juraba para sus adentros. Aquello había ido demasiado lejos. Paula tenía que ceder.


—¿Lista para casarte conmigo? —la miró de nuevo.


—¿Por qué no? —ella apuró su copa sin apartar los ojos de Pedro—. Como dijiste, será divertido… ¿A menos que tengas miedo?


—Sin miedo por mi parte —no sería él quien se echara atrás.


Dos miembros de la tripulación entraron en el salón.


—Necesitamos un anillo —Pedro se puso en pie.


—Dos.

Venganza Y Seducción: Capítulo 38

La vió pulsar el número del capitán, seguro de que colgaría antes de que la llamada conectara, poniendo fin a esa farsa. Era ridículo pensar que podrían casarse. Casi tanto como la declaración de Paula de que se reservaba para el matrimonio. Aun así, ella había subido la apuesta del juego magníficamente, igualándolo. Se moría de ganas de verla recular. Pero en lugar de eso, ella pidió amablemente al capitán que se reuniera con ellos en el salón para discutir un asunto personal.


—Se reunirá con nosotros en el salón —anunció ella tras colgar.


Paula le tendió la mano. Ella entrelazó sus dedos con los de él y dejó que la guiara. El capitán Mario Caville llegó a la vez que ellos. Ni sus palabras ni sus gestos revelaron que trabajaba para Pedro desde hacía cuatro años. Él estaba orgulloso de su leal tripulación. Cuando les había explicado que estaba en el punto de mira de una estafadora, y que le siguieran el juego, habían aceptado el desafío. A Paula ni se le pasaría por la cabeza que Pedro y el buen capitán habían pasado noches bebiendo whisky escocés hasta reventar o jugando a las cartas. Por eso, creía conocer bastante bien al capitán. Y casi enmudeció cuando, al preguntarle si podía oficiar bodas, Mario asintió.


—El Palazzo delle Feste está registrado en Bermudas, y yo tengo una licencia de Bermudas, así que, si quieren que les case, puedo hacerlo. Solo tengo que ponerme en contacto con el ministerio para cumplir los requisitos necesarios —hubo un momento de vacilación—. ¿Quieren que lo haga?


Pedro esperaba que Mario se reiría ante la petición. Jamás se le habría ocurrido que podría casarlos. Creía que las historias de capitanes de barco casando parejas eran un mito urbano. Sin duda Paula estaría pensando que se le estaba yendo de las manos. Pero en lugar de ver dudas o pánico en su rostro, se limitó a mirarlo desafiante. Estaba esperando a que Pedro se rajara. Él nunca se había rajado en su vida.


—Hazlo —declaró con decisión.


La única reacción de Mario fue un ligero movimiento de las cejas.


—¿Cuándo quieren celebrar la ceremonia?


—Ahora mismo sería estupendo —Pedro le guiñó un ojo a Paula—, pero entiendo que no es razonable, así que lo antes posible. Si se puede acelerar, hágalo. El dinero no es problema si hay que untar algunas manos.


—Me pondré a ello —Mario sacó el teléfono del bolsillo.


—¿Una copa mientras esperamos? —sugirió Pedro a Paula.


—Champán estaría bien —volvió la sonrisa beatífica.


Se miraron fijamente, brindaron el uno por el otro y bebieron cada uno la mitad de su copa. «Vamos, Paula, rájate», la instó él mentalmente. «Sabes que ninguno de los dos seguirá con esta farsa».

Venganza Y Seducción: Capítulo 37

 —Sí.


—Pues acepto.


—¿Qué aceptas?


—Tu proposición.


—¿Disculpa?


—Tu propuesta de matrimonio —él dió un paso adelante y la empujó casi quemó sus retinas—. Acepto.


-No puedes hablar en serio —exclamó ella, incrédula—. ¿Quieres casarte conmigo solo para acostarte conmigo?


—¿Por qué no? Nos estamos divirtiendo, ¿Verdad? ¿Qué puede ser más divertido que casarse? —Pedro le tocó un pecho. Dio, qué agradable sensación. Se casaría con ella solo por sentir ese pecho desnudo—. Vamos, Paula —la animó, deslizando la mano hasta la nuca—, ¿Qué es vivir sino arriesgarse? Casémonos y pasemos el resto del tiempo en el Caribe practicando sexo salvaje.


Paula sabía que estaba jugando con ella, a pesar del estremecimiento de necesidad que palpitaba en su pelvis ante la idea no deseada de dar rienda suelta a cada necesidad depravada que había estallado por él. No era más que una táctica para llevársela a la cama. Fingir querer casarse con ella para desnudarla. Ese hombre era un mayor obseso sexual de lo que había imaginado. Saber que todo era un juego lo hizo más soportable. Ni siquiera tuvo que fingir la risa ante el absurdo giro de la conversación.


—Estaría dispuesta, pero me temo que necesitaré casarme antes de practicar ese sexo salvaje que prometes. Así que, a menos que se te ocurra un modo de hacerlo antes de marcharnos de aquí… —se encogió de hombros, fingiendo decepción.


—El capitán —anunció él.


—¿Qué pasa con él?


—Algunos capitanes de barco pueden oficiar bodas. Si el tuyo tiene los poderes necesarios, puede casarnos. ¿Los tiene?


—No lo sé.


—Preguntémosle —Pedro deslizó las manos por los delgados y dorados brazos—. Supongo que llevarás el pasaporte a bordo.


—Está en mi camarote… Qué pena que tú no tengas el tuyo —añadió Paula con fingida desilusión.


—Sí lo tengo —anunció él triunfante—. Siempre lo llevo conmigo.


—Entonces iré a buscar el mío —al parecer quería alargar este absurdo juego.


Paula sacó su pasaporte del bolso, descolgó el teléfono del camarote, que conectaba con todas las partes del yate, y sonrió beatíficamente a Pedro.


—¿Lo llamo entonces?


—Dile que se reúna con nosotros en el salón —Pedro asintió divertido.

Venganza Y Seducción: Capítulo 36

Esa vez, sin embargo, fue Paula la que mantuvo la cabeza fría, despegando su boca y apartándolo.


—No puedo hacerlo —graznó, respirando con dificultad.


—¿Hacer qué?


—Esto. Pedro… —apretó con fuerza una mano contra su pecho—. Yo…


—¿Tú qué? —la animó él. 


¿Iba a confesar? ¿O se guardaba algo más en la manga? Los ojos azul oscuro se clavaron en los de él con algo parecido a la desesperación.


—Me estoy reservando para el matrimonio.


En cuanto las palabras salieron de su boca, Paula deseó poder retirarlas. No tenía ni idea de dónde habían salido. Claro que no se estaba reservando para el matrimonio, ¡No era ninguna puritana! Pero estaba asustada. Aterrorizada por la facilidad con la que su cuerpo anulaba su cordura cuando se trataba de Pedro. Por lo intensamente que lo deseaba. Y, aunque sus palabras eran mentira, la calmó un poco saber que harían retroceder al Pedro Alfonso, alérgico al compromiso. Mirándolo a los sorprendidos ojos, decidió que cuando todo terminara, iba a buscarse un novio. Y obligaría a Delfina a hacer lo mismo. Los primos Alfonso ya habían detenido bastante sus vidas. Si Pedro y su odioso primo no les hubieran arruinado la vida, habrían crecido como cualquier adolescente, echándose novio y saliendo de fiesta, sin intentar desesperadamente salvar a su padre de sí mismo, y luego a su madre, y todo mientras trabajaban para poder hundir a los hombres que habían destrozado sus vidas. Él le había impedido formar los vínculos emocionales y sexuales que otras mujeres de veintitrés años daban por sentados. Otra cosa por la que odiarlo y culparlo. Su aversión aumentó cuando el asombro de Pedro se disipó y en sus ojos diabólicos brilló ese odioso destello.


—¿Te estás reservando para el matrimonio, bella?


—Sí, siento si eso te decepciona —Paula alzó la barbilla.


Él se encogió de hombros con la despreocupación que ella buscaba y cruzó los brazos sobre su torso desnudo. El muy canalla probablemente se había quitado el polo a propósito.


—¿Por qué iba a decepcionarme? Hay otras formas de compartir el placer.


Oh, Dios, ¿Tenía que decir «Placer», de forma tan obscena?


—Pensé que podrías haber albergado… Expectativas que, admito, he alimentado —no podía negarlo—. Me atraes mucho, Pedro —consiguió sonreír—, como ya habrás notado.


—A mí también me gustas mucho.


—Y sé que te he animado. Me gustaste desde que te conocí, y pensé que podrías ser la persona por la que dejaría de lado mi moralidad, pero es demasiado fuerte. No puedo entregarme a tí sin un anillo en el dedo. Lo siento.


—No hace falta que te disculpes —Pedro sonrió—. Si tienes principios, debes cumplirlos.


—Gracias por entenderlo.


—Lo entiendo perfectamente. ¿Solo habrá sexo si me caso contigo?

lunes, 16 de febrero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 35

Paula parecía evitar su mirada. Pedro sabía que lo estaba evitando, y sabía perfectamente por qué. Al embarcarse en su misión para destruirlo, no había contado con que acabaría deseándolo, sin tener que fingirlo. Debía de estar matándola. Bien. Que sufriera, atrapada en su propia telaraña. Eso sí, debía felicitarla por cómo se las había ingeniado para hacerle pasar la noche allí y por promesas que no lo eran. Promesas de lo que podría ser… Aunque solo tal vez. ¿Creía que podría resistirse a la química entre ellos durante el tiempo que pretendía retenerlo?


—Voy a prepararme para cenar —concluyó ella—. Te veré dentro de una hora.


Antes de que pudiera salir corriendo, él se quitó el polo y lo dejó caer al suelo. Paula vaciló, deslizando su mirada sobre el torso antes de encontrarse con sus ojos. Pobrecilla. No tenía ni idea de lo expresivos que eran sus ojos, de cómo reflejaban su deseo. Pedro se acercó a ella, enlazando los dedos con los suyos, levantándole los brazos y atrapándola contra la pared. Respiraba entrecortadamente y ese delicioso rubor teñía sus mejillas.


—¿Nos duchamos antes? —murmuró él.


—Una oferta muy generosa —contestó ella con voz ronca, tragando nerviosamente—, pero a juzgar por tu tamaño, acapararás toda el agua.


—Puedo ser generoso, bella —Pedro deslizó los labios hasta su cuello y le pasó la lengua por la piel delicada y tóxicamente dulce, disfrutando con el estremecimiento que le provocó—. Antes de despedirnos, te habré demostrado lo generoso que puedo llegar a ser.


—Tu confianza es asombrosa —observó Paula. Solo el temblor de su voz delató que su despreocupación era una fachada.


Soltándole las manos, él hundió los dedos en su pelo y bajó por su cuello hasta tocar un pecho pequeño y turgente. Una descarga eléctrica los atravesó, y  juraría haberla oído crepitar.


—Dio, qué sexy eres —murmuró antes de besarla. 


Su excitación, un estado semipermanente desde el primer beso en la piscina, volvió a su máximo esplendor con el primer movimiento de la lengua de ella contra la suya, y cuando ella le agarró la cabeza y sus dedos se hundieron en su pelo, la intención de simplemente tontear quedó olvidada cuando el calor que Paula le provocaba se desató con toda su fuerza, abrasándolo desde la entrepierna hasta cada rincón de su cuerpo. Nunca había deseado a nadie como a Paula Chaves.

Venganza Y Seducción: Capítulo 34

 —Sí —abofeteándose mentalmente por su desliz, Paula se removió en su asiento y rápidamente cambió de tema, pasando a la siguiente fase de mantener a Pedro distraído y preferiblemente incomunicado mientras Delfina culminaba la destrucción de los primos Alfonso—. Estamos demasiado lejos de ninguna isla para atracar antes de que anochezca. Podemos fondear en el mar.


—¿Me estás invitando a pasar la noche contigo? —Pedro parpadeó ante el cambio de tema y sonrió.


—Te invito a que pases la noche en el yate. No conmigo —jamás. Por mucho que ardiera por él.


—¿Te haces la dura? —los ojos de él brillaron.


—Nada bueno es fácil de conseguir —replicó ella con dulzura. 


No solo tenía que hacerse la dura, necesitaba construir una fortaleza de hormigón para hacerse inmune a él.


—Esa es una verdad por la que brindaré con gusto —Pedro levantó su vaso.


—¿Entonces qué dices? —preguntó Paula.


—¿Sobre pasar la noche aquí?


—Todos los camarotes están arreglados —ella asintió. 


Si decía que no, pasaría al plan B y ordenaría al capitán que fingiera problemas con el motor.


—Como acabas de decir que estamos demasiado lejos para atracar esta noche, no tengo otra opción que quedarme a bordo.


—Siempre puedes nadar.


Pedro rió. Paula odiaba ese sonido, un bálsamo para sus oídos, y odiaba cómo iluminaba su rostro.


—Soy buen nadador, pero como he dicho, no soy ningún superhéroe.


—Podrías robar una de las motos acuáticas —con suerte, se caería.


Pero incluso mientras lo pensaba, una punzada de pánico le mordisqueó el corazón ante la perspectiva de caer al mar sin siquiera un chaleco salvavidas, y rápidamente lo borró de su mente.


—Escapar en una moto o pasar la noche con la mujer más bella del Caribe —él fingió meditarlo—. Difícil elección.


—Pasar la noche en un yate con… No en la cama con —insistió ella.


—Me conformaré con la esperanza —él suspiró burlonamente.


—¿Te quedarás?


—Créeme, bella —la mirada de Pedro taladró su pelvis—. No voy a ninguna parte.



—Bonito camarote —observó él al cruzar la puerta. 


Se había preguntado en qué camarote lo instalaría, seguro de que estaría tentada de ofrecerle el más pequeño, aunque ninguno lo era. A Pedro le encantaban las fiestas y era un gran anfitrión. Lo último que quería era que algún invitado se sintiera menospreciado por un alojamiento inferior. La primera noche en su nuevo yate la pasaría en el tercer mejor camarote, la suite principal estaba cerrada con llave y el segundo mejor era el de Issy. Aun así, era espacioso y tenía una cama de matrimonio de tamaño respetable. Solía dormir en una cama emperador, pero para una noche serviría.


—Hay artículos de tocador en el cuarto de baño, y albornoces en el armario —explicó ella.