miércoles, 4 de febrero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 15

La sensación de peligro la golpeó tan fuerte que tuvo que hundir los dedos de los pies en las sandalias para evitar lanzarse por la borda. El brazo de Pedro estaba caliente. Suave. El hormigueo en sus dedos se filtró hasta el torrente sanguíneo, haciendo que el corazón, que ya latía frenéticamente, aumentara su ritmo. No había nada de falso en la falta de aliento en su voz cuando consiguió bromear:


—¡Oh!, me encanta cuando un hombre está a mi merced.


Con los ojos encendidos de sensualidad, Pedro chasqueó los dientes de forma lobuna. El cosquilleo en la sangre de Paula descendió muy abajo. Las piernas le temblaban. Apenas habían entrado cuando Javier, que trabajaba para Pedro desde hacía seis años, les sirvió el champán, sin dejar entrever que lo conocía.


—Gracias —dijo la estafadora—. Por favor, comunica a Chef que comeremos en la terraza de la piscina dentro de una hora.


Pedro no disimuló la carcajada. El chef, cuyo nombre, Luis, ella no se había aprendido, trabajaba para él desde hacía más tiempo que Javier. Ante la curiosa mirada de Paula, se limitó a brindar una vez más, bebió la mitad del champán que él mismo había pagado, le tomó la mano libre y acercó la cara a su oreja. Ella volvía a llevar ese maravilloso perfume y, con el pelo rubio recogido en un elegante moño, percibió la dulzura de su piel. Quizás por enésima vez, dejó volar su imaginación hasta dónde estaría dispuesta a llegar Paula Fernández en su timo. Esperaba que fuera lo bastante lejos como para poder aspirar algo más que el aroma de su cuello.


—Enséñame tu palacio de fiestas.


El estremecimiento fue tan sutil que fácilmente podría habérsele pasado por alto. Pero Pedro lo vió. Lo sintió. Sonrió. Su timadora lo deseaba. Desde que había descubierto que era una estafadora, se había preguntado si lo había elegido deliberadamente, era bien conocido en los medios, o si le habría servido cualquier hombre aquella noche. Daba igual, pero el juego era más divertido si sospechaba que el deseo era genuino. Como aún no había disfrutado de su nuevo yate, fue bastante surrealista que la estafadora hiciera de guía. Cuando llegaron a la sala de juegos con la mesa de billar, no pudo resistirse a enarcar una ceja. Sospechaba que, al quitarse los tacones, Issy se revelaría mucho más baja de lo que parecía. El billar no era solo para hombres, pero ayudaba poder ver por encima de la mesa.


—¿Juegas al billar?


—A algunos de mis invitados les gusta —respondió ella—. Se me conoce por ser la mejor anfitriona.


Pedro sonrió. Bajo la imagen de alta sociedad que estaba interpretando, podría esconderse una mujer realmente divertida.

Venganza Y Seducción: Capítulo 14

Además, era un poco difícil mirar a los hombres de forma romántica cuando los pensamientos estaban consumidos por otra persona, a quien despreciaba apasionadamente, y odiaba haberse relajado en su compañía durante la cena y que las horas hubieran pasado tan deprisa. Él le había contado historias de sus amigos que la habían divertido de verdad. Si no supiera quién era, correría el riesgo de que le cayera bien. Ese era su poder. Bajo su aspecto apuesto y despreocupado, Pedro era el diablo disfrazado. Paula se dirigió a la cubierta desde la que él entraría a «Su», yate. Después de cenar, había pasado un par de intensas horas familiarizándose con las principales zonas del yate y estaba más segura de poder hacerlo pasar por suyo. Dos miembros de la tripulación aguardaban en cubierta, preparados para recibir a su invitado. Estaba a punto de sentarse a la sombra cuando una figura alta apareció a lo lejos en el muelle. El corazón y el vientre dieron un vuelco simultáneo. Cuanto más se acercaba, más se aceleraba su corazón. Aunque llevaba unas gafas enormes, seguía atrayendo las miradas de ambos sexos. Tal vez fuera el polo negro que llevaba, perfectamente ajustado a su ancho pecho. O quizás los pantalones cortos de loneta que ella sabía, sin necesidad de verlo, que marcaban sus prietas nalgas. Se detuvo a unos metros del yate, como si estuviera leyendo su nombre para asegurarse de que era el correcto, y entonces la vio. Una devastadora sonrisa se dibujó en su rostro mientras subía a bordo a toda velocidad.


—Bella, tu yate es tan deslumbrante como tú —saludó él mientras le ponía una mano en la cadera. Le besó ambas mejillas y se llevó una mano a la boca para rozarle los nudillos con los labios—. Un navío impresionante para una dama impresionante.


Para su absoluto horror, Paula se sintió sonrojar. Aunque no sabía si era por el calor de su aliento sobre la piel o la seductora apreciación de su mirada.


—Lo disfruto mucho —murmuró ella, esperando que sus enormes gafas la taparan lo suficiente.


—Me lo imagino. Su nombre me dice que vives para las fiestas.


—Hoy, la fiesta es entre tú y yo —ella le dedicó una sonrisa cómplice y le apartó lentamente la mano—. ¿Una copa?


—¿Demasiado pronto para champán? —Pedro consultó su grueso reloj.


—Nunca es demasiado pronto para champán —Paula hizo un gesto a uno de los dos miembros de la tripulación, que inclinó la cabeza y desapareció—. Comunica al capitán que estamos listos para zarpar — ordenó al otro—. Eso, si te parece bien —sutilmente, se colgó del musculoso brazo de Gianni.


—Estoy a tu merced —quitándose las gafas, él la desnudó con su mirada hambrienta.

Venganza Y Seducción: Capítulo 13

 —¿A quién no le gusta un buen tobogán en un yate?


—Eso pienso yo —Paula se mordisqueó el labio inferior y bajó la voz hasta un seductor ronroneo—. Si no tienes nada planeado, ¿Te gustaría acompañarme mañana? Podemos zarpar… Probar el tobogán.


—No se me ocurre nada mejor.


—Tenemos una cita —ella alzó su copa y esbozó la primera sonrisa sincera.


—Me muero de ganas —Pedro casi la desnudó con la mirada.


Paula examinó su aspecto en ese bikini diminuto. Si sus padres pudieran verla, entrarían en combustión espontánea. Y ella temía sufrir un ataque espontáneo de vergüenza. Pero ese era el tipo de bikini que llevaban las amantes de Pedro Alfonso. No podía permitirse decepcionarlo hasta que estuvieran en alta mar y consiguiera arrojar su teléfono por la borda. Era muy revelador. Por suerte, le cubría bastante bien la parte inferior, pero lo único que le tapaba la parte de arriba eran los pezones. Sintiendo el pánico que a menudo intentaba apoderarse de su garganta, ella respiró hondo y se envolvió en un pareo azul transparente. Ya era tarde para echarse atrás. Solo tenía que engañarlo hasta deshacerse de su teléfono, después podría vestirse con un saco si le apetecía. Pero percibía peligro. Lo había sentido desde que se había despertado esa mañana. No tenía ni idea de qué era, pero sus sentidos arácnidos le advertían de… Algo. ¿De Pedro? De ser así, ¿Por qué? ¿Estaba jugando con fuego? Era un playboy, pero no forzaría a una mujer. Ninguna de sus amantes tenía una mala palabra para él, y Delfina no habría accedido si hubiera pensado que Paula estaría en peligro físico. Como había admitido, era un playboy caballeroso. Tras su primer encuentro en Londres, el instinto de Paula se había alineado con la descripción de Delfina. No representaba ningún peligro físico para ella. Entonces, ¿Por qué se sentía amenazada? Demasiado tarde. Ese mismo día Delfina haría su fraudulenta recomendación a Ezequiel Alfonso y al resto del equipo. Tenía que llevar a Pedro al mar y mantenerlo allí, incomunicado, hasta que los contratos estuvieran firmados y el trato que destruiría a los primos Alfonso cerrado. Eso llevaría unos tres días, pero podrían ser más. Tendría que coquetear. Seducirlo. Quizá permitirle un beso o dos… Y confiar en su hermana y en su propio instinto de que él no la obligaría a más. Que el cielo la ayudara, pues nunca había seducido a un hombre. Apenas la habían besado. Únicamente siendo la ayudante de David, y por uno de los miembros del catering. Desgraciadamente, el tipo había estado manipulando pescado y el olor la había asqueado. No había habido nadie más. Entre su trabajo diurno en el pabellón infantil y su trabajo nocturno aprendiendo todo lo que había que saber sobre Gianni, no había tenido tiempo para más.

Venganza Y Seducción: Capítulo 12

Pedro la aplaudió mentalmente e hizo otra apuesta consigo mismo: Al final de la velada, ella habría mencionado los insoportables costes del centro de rehabilitación.


—Debe de ser duro para tí.


—Lo que no te mata te hace más fuerte —contestó la astuta estafadora.


—Brindo por ello —Pedro levantó su cerveza.


Volvieron a brindar y apuraron sus bebidas. Mientras esperaban una segunda ronda, Paula repasó el menú en busca de la comida que tuviera menos calorías. Cuando todo terminara, iba a asaltar su restaurante de comida rápida favorito y enterrarse en las hamburguesas con patatas y helado que llevaba dos años negándose. Pidió una ensalada César baja en grasa.


—¿Qué hace todo el día una niña de papá? —preguntó Pedro.


—Se divierte, por supuesto —Paula aleteó las pestañas.


—¿Y dónde te gusta divertirte?


—Depende —sonriendo sugerentemente, ella enrolló un mechón de pelo en el dedo, como había observado que hacían un par de sus antiguas amantes.


—¿De?


—De mi humor… Y la compañía.


—¿Nunca te han dicho que eres guapa? —él rió.


«Ya puedo parecerte guapa. Me costó una fortuna conseguir este aspecto». Hasta hacía exactamente dos semanas, cuando Delfina encontró la prueba que estaban buscando, Paula rara vez se había maquillado, ni había utilizado autobronceador, y su pelo era un castaño oscuro lacio, normalmente recogido en una coleta o una trenza.


—¿Nadie te ha dicho que eres un hombre increíblemente sexy?


—No en los últimos diez días —él se inclinó hacia delante.


«¿Ganduleando o demasiado ocupado con el proyecto Aurora que vale billones para tí? O eso crees»


—¿Has estado escondido en una cueva?


—No del todo —Pedro sonrió—. El trabajo ha sido agotador. Créeme, me he ganado este descanso.


«Y tanto. Desde la tumba de mi padre cuando forzaste una adquisición hostil de su empresa».


—¿Una semana para desconectar y recargar las pilas?


—Dos.


—¿Dos? —Paula enarcó una ceja, depilada hasta el sometimiento, como si no supiera exactamente cuándo volvería a lo que quedara de su negocio—. ¿Cuánto puede divertirse un hombre en dos semanas?


—Depende.


—¿De qué?


—De si tengo con quien jugar.


—Imagino que a un hombre como tú no le faltarán compañeras de juego —ella le sostuvo la mirada.


—Nunca ha sido un problema para mí.


«Cuánta modestia».


—En mi yate hay muchos juguetes.


—¿En serio? —la mirada de Pedro brilló.


—Sí —ella se inclinó hacia delante, dejándole ver su escote—. Tengo hasta un tobogán.

Venganza Y Seducción: Capítulo 11

Pero a ella no. Paula era inmune a la sexualidad que él desprendía. El ardor que había prendido en sus venas en el bar de Londres era la anticipación por la inminente venganza. El tormento del hermoso rostro no era nuevo, la había perseguido durante años. Lo que lo hacía soportable era imaginarse su expresión cuando se diera cuenta de que ella le había quitado lo que más quería. Aún así, había esperado algo mejor que una frase cursi para ligar.


—Barbados está muy bien, pero prefiero estar en alta mar —ella le devolvió la mirada—. ¿Y tú?


—Depende. En tierra solo necesito buena comida, buena cerveza y una inmejorable vista.


—La vista desde aquí es espectacular —Paula clavó su mirada en la de él.


—¿En serio?


Ella sonrió sugerentemente y disfrutó viendo cómo se oscurecían los ojos azules. Dos años matándose de hambre para convertirse en ese insecto palo que tanto le gustaba estaban dando sus frutos. Llevaron a la mesa el mojito y una cerveza fresca para Pedro. Él levantó la botella.


—Por el comienzo de una nueva y hermosa amistad.


Paula brindó con él y dio un coqueto sorbo al cóctel a través de la pajita.


—Tengo que decir que tu dominio de la lengua inglesa es realmente impresionante —ella le acarició su ego—. Si no fuera por el ligero acento, podría ser tu lengua materna. ¿Te criaste bilingüe?


—Soy autodidacta.


—Aún más impresionante.


—Mi empresa está en Inglaterra. La dirijo con mi primo.


—¿Qué tipo de negocio?


—Inmobiliario. ¿Y tú?


—Soy hija de un fondo fiduciario.


—¿Mamá y papá son ricos?


Ignorando el leve tono burlón, ella asintió y bebió otro trago.


—¿Y qué hacen papá y mamá?


—Papá murió hace unos años y mamá está en rehabilitación —era la primera verdad que contaba.


Pedro puso cara de compasión. De modo que ese era el timo. Él habría apostado por un familiar cercano gravemente enfermo, una sobrinita o sobrinito, cuya vida pendía de un hilo, pero que podría salvarse con la tremenda cantidad de dinero necesaria para un tratamiento eficaz, aunque experimental, que a la pobre Issy le encantaría pagar si no fuera por un problema temporal de liquidez. Mamá en rehabilitación era menos desgarrador, pero, pensándolo bien, una apuesta más segura. Sin jerga médica que recordar.

viernes, 30 de enero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 10

Se habían escrito libros y hecho películas sobre personas como Paula Fernández. A Pedro no le importaba que le hubiera lanzado su red. Al contrario. Sentía la anticipación por ver hasta dónde estaría dispuesta a llegar. Hacía mucho tiempo que no experimentaba una excitación así. Su vida no era ni mucho menos aburrida, pero Pedro y Ezequiel habían alcanzado tal éxito con su negocio que ya no les quedaba ningún desafío, nada por lo que luchar. La madre naturaleza lo había bendecido con un aspecto que la mayoría de las mujeres encontraban atractivo, pero desde que su saldo bancario había saltado a la estratosfera, ellas también habían dejado de ser un reto. A veces iba a una fiesta y tenía tantos ojos femeninos seduciéndolo abiertamente que se sentía como un niño en una tienda de chuches. Podía elegir. Y eso hacía. Como los coches que conducía, las mujeres le gustaban rápidas, elegantes y, preferiblemente, altas y rubias. También prefería que tuvieran dinero. Como no salía con ninguna mujer el tiempo suficiente para saber si era de fiar o no, reducía sus posibles citas a aquellas que sabía que no necesitaban vender historias sobre él.


—Así que… —rompió el silencio con una seductora mirada—. ¿Vienes aquí a menudo?


¿Podría haber una frase más cursi para entrarle a alguien? Paula puso mentalmente los ojos en blanco. Pedro estaba tan seguro de sí mismo, era tan consciente del poder de su sexualidad y del efecto que tenía sobre las mujeres, que no se molestaba en usar el ingenio. Y tenía ingenio. Mucho. Ella lo sabía. Había investigado a ese hombre durante años, aprendiendo hasta el más mínimo detalle sobre él. Por supuesto, Amelia había llegado a conocerlo bastante bien en el ámbito profesional, admitiendo a regañadientes que tenía tan buen humor como aparecía en las entrevistas. Pero pobre del que se cruzara en su camino. Las hermanas Chaves ya lo sabían. Lo habían vivido. Esa sexualidad desenfrenada no tenía ningún efecto sobre ella. El atractivo rostro de Pedro, la mandíbula cuadrada y los labios, considerados por muchas como deseables, le resultaban repulsivos. ¿Cuántas horas había pasado con el estómago revuelto mirando en el portátil esos ojos azul claro? Demasiadas. No había un milímetro de su cara que no conociera, desde la ligera hendidura en su nariz rota, algún día sabría quién se la había roto y le felicitaría, hasta esa ceja izquierda ligeramente más alta que la derecha. Sabía que el vello oscuro que asomaba por su camisa negra desabrochada cubría unos pectorales definidos y descendía sobre un vientre plano. Sabía que pasaba del metro noventa, que se cortaba el espeso cabello oscuro cada quince días. Que al final de su estancia en el Caribe, su mandíbula cuadrada estaría cubierta de una poblada barba negra que se afeitaría antes de volver al mundo de los negocios. Sabía que, si pensara en él fríamente, lo vería como un chute de testosterona andante y que su musculoso cuerpo contenía una potente sexualidad que haría que a cualquier otra mujer le flaquearan las rodillas.


Venganza Y Seducción: Capítulo 9

Empezaba el juego. Paula se esforzaba por no entrar en pánico. Tenía que atraer a Pedro a «Su», yate al día siguiente. Eso no sería un problema, pero sí lo sería interpretar el papel de propietaria de un super yate que nunca había pisado. Habría matado a David por meter la pata. Había sido muy específica con sus requisitos. Seis meses como su ayudante no remunerado le daba derecho a ser específica. Un maltrecho barco pesquero habría sido mejor que ese palacio flotante. David le había asegurado que la tripulación aseguraría a cualquiera que ella era la dueña. Sabiendo que Delfina se preocuparía, hizo una foto del opulento dormitorio y se la envió. No le habló de la metedura de pata de David, bastaría con una bonita foto que no desvelara nada. Delfina necesitaba centrarse en la tarea de sacar adelante su proyecto de Alfonso Industries. La empresa recomendada no tenía nada que ver con el informe de Delfina. Sería un desastre absoluto para Alfonso Industries, su hundimiento. Su destrucción. Perfecto. La única manera de derrotar a los primos Alfonso era separándolos. Juntos eran sólidos como una roca, complementándose para que nada se les escapara. Sería imposible que Delfina tuviera éxito si ambos debían aprobar el proyecto, y su recomendación. Uno de los primos podría pasar algo por alto, pero el otro siempre lo vería.


«Divide y vencerás». Era la única manera de ganar para las hermanas Chaves, y con esa idea en mente, Paula se calzó unas sandalias de cuña imposiblemente altas y comprobó su aspecto por última vez. Como Pedro creía que llevaba ya diez días en el Caribe, había sido necesario el uso de autobronceador. Satisfecha de tener el mejor aspecto posible por el dinero que había pagado, salió del palacio flotante para encontrarse con su apuesto némesis.


La vió llegar, caminando con elegancia hacia el restaurante junto a la playa, el pelo rubio ondeando suavemente en la brisa, grandes gafas de diseño cubriendo gran parte de su bello rostro, un cuerpo esbelto luciendo un vestido camisero verde pálido que rozaba sus muslos dorados y se complementaba con un collar de brillantes cuentas de colores. Se levantó de la silla para saludarla. Ella se acercó sonriente y apoyó una mano en su hombro para besarse. Una nube de su exótico perfume lo envolvió. Pedro lo aspiró con la misma avidez con la que saboreó el roce de los labios contra su piel.


—Aquí estamos —dijo ella alegremente mientras se sentaba frente a él y se subía las gafas.


Pedro sonrió. El vestido estaba lo bastante desabrochado como para poder ver un sujetador de encaje negro, sin duda una táctica deliberada que él aprobaba con entusiasmo. Si era una muestra de las tácticas de Paula Fernández para sacarle dinero, entonces le esperaba un viaje increíble.


—Espero que no te importe, pero me he tomado la libertad de pedirte un mojito.


—Tienes una memoria impresionante —los ojos azules brillaron—, y no me importa en absoluto.


Durante largo rato solo se miraron, ambos fingiendo incredulidad por estar sentados uno frente al otro en un restaurante situado a miles de kilómetros y numerosas zonas horarias de donde se habían conocido.