lunes, 23 de febrero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 45

 —Quizá debería quitarme las sandalias, si eso te da más posibilidades —se burló ella.


—No sé… —Pedro recorrió su cuerpo con la mirada—. Esas sandalias son muy sexys —murmuró mientras sus miradas volvían a encontrarse.


El calor que Paula había estado controlando prendió, acelerando su corazón e inundándola de deseo. Si Pedro no estuviese al otro lado de la mesa, se habría lanzado sobre él. Tomó su copa y bebió un largo trago del mojito, plenamente consciente de que su cara ardía con intensidad, plenamente consciente también de que él sabía exactamente el efecto que esas cinco palabritas habían tenido en ella. Pero él no dijo nada, limitándose a esperar su turno con el taco en la mano y esa mirada sensual, cómplice y sexy… ¡Maldito fuera! Maldito fuera también porque, para estirarse sobre la mesa y alcanzar la bola blanca, ella tuviera que subirse la falda del ajustado vestido, algo que ya había hecho varias veces, sin pensar en ello. De repente, fue dolorosamente consciente de lo sugerente que podía resultar, y también de lo sensibles que estaban sus muslos al contacto con la tela. Intentando controlarse y concentrarse, Issy se inclinó sobre la mesa y apuntó con el taco.


—El resto de tu cuerpo también es condenadamente sexy —observó él en el preciso instante en que ella disparaba—. Tu trasero es delicioso.


Paula falló. La bola blanca salió volando en dirección contraria, sin golpear nada.


—Lo has dicho a propósito para distraerme —ella lo miró furiosa.


—¿Y? —Pedro se encogió de hombros.


—¿Y?


—¿Y qué vas a hacer al respecto? —él le guiñó un ojo.


Cómo odiaba Paula lo mucho que lo deseaba. Tanto como odiaba lo mucho que empezaba a disfrutar de su compañía, o cómo pasaba de la diversión al deseo con solo oír su voz.


—Podría cantar —sugirió ella—. Ya me han ofrecido dinero para que no lo haga.


—Seguro que se te ocurre algo mejor—. Pedro sonrió, entronó la última roja y la miró fijamente—. Te garantizo que, si te quitaras ese vestido, sería incapaz de acertar.


Ella se imaginó sosteniéndole la mirada mientras se quitaba el vestido para su deleite.

Venganza Y Seducción: Capítulo 44

Se había creado una corriente, una tensión que iba más allá de la química sexual. Pedro casi podía saborear el engaño que se arremolinaba entre ambos, a punto de aflorar, esperando el momento en que las máscaras cayeran, cuando solo la verdad bastaría para satisfacerlos.


—¿Qué te parece una partida de billar? —sugirió él.


—Solo si prometes no darme una paliza.


—Nunca hago promesas que no pueda cumplir.


Paula tizó el taco y vió cómo Pedro doblaba su enorme cuerpo para hacer el saque. Golpeó la bola blanca con una determinación precisa, haciéndola rodar con fuerza por la mesa para estrellarse contra el triángulo rojo de bolas. Ella sonrió para sus adentros. Había jugado el tiro para beneficiarla. Separar las bolas rojas del triángulo facilitaba meterlas, algo que no haría un jugador serio, y él lo era, si no pensara que su oponente sería presa fácil. Ella hizo rápidamente su jugada, lamentándose al fallar la tronera. Pedro no falló. Entronó una roja, luego una rosa, y otra roja. Falló la verde por milímetros, lo que devolvió el juego a Paula. Ella se tomó su tiempo, inclinó el taco con cuidado e hizo su tiro. La blanca rebotó contra la roja, enviándola a la tronera. Siguieron cuatro aciertos, roja, verde, roja, marrón, pero, viendo que no había forma de meter otra roja desde donde estaba la blanca, golpeó la blanca suavemente, de modo que solo rozó la roja y luego rodó suavemente para colarse detrás de la rosa. Lo había engañado. La mirada de Pedro fue de admiración total.


—Creía que no jugabas —la acusó él, inclinándose sobre la mesa para alcanzar la blanca.


—No recuerdo haber dicho eso —respondió ella por lo bajo.


—Lo insinuaste —Pedro enarcó una ceja.


—Hace diez años que no juego —Paula se encogió de hombros.


—¿Cuántos años tienes? —él consiguió darle a la roja, pero no la metió.


—Deberías saberlo, siendo mi marido —bromeó ella—. Tengo veintitrés. Mi padre tenía una mesa de billar. Siempre quise jugar, pero no llegaba a la mesa, así que me regaló una de tamaño infantil por mi séptimo cumpleaños. A los diez, ascendí a la mesa grande.


—¿Cómo conseguías ver por encima? —se burló él.


—Con un taburete. Al ser tan pequeña, las distancias me parecían más largas, pero creo que eso mejoró mi juego.


—¿Has crecido desde entonces?


—Muy gracioso —la roja fue directa a la tronera.


—Dame una oportunidad —suplicó Pedro burlón—. Quítate los zapatos.


—Son sandalias, filisteo.


—¿Filisteo? —la expresión de Pedro se volvió seria—. No creo que signifique lo que tú crees.


—Inconcebible.


Sus miradas se fundieron, idénticas miradas de asombro al reconocer que ambos adoraban La princesa prometida, y entonces se echaron a reír. Paula se rió tanto que falló la siguiente bola. Pedro, con una amplia sonrisa, metió la bola en la tronera, pero falló la siguiente.


Venganza Y Seducción: Capítulo 43

Por la mueca y el suspiro de Pedro, ella intuyó que se le había escapado. Él vació su copa.


—Lo siento —se disculpó mientras llenaba las copas de nuevo—. No quise estropear el ambiente.


—No pasa nada… ¿Lo decías en serio?


—Nunca mentiría sobre algo así. Mi padre es un monstruo —Pedro sonrió fugazmente—. Pero no quiero hablar de él en mi noche de bodas. ¿Por qué no me hablas de los libros que te gustan a tí?


Paula no sabía por qué la idea de que el padre de Pedro fuera un monstruo le dolía tanto, o por qué no quería que cambiara de tema. Ya conocía los detalles de su infancia, como todo el mundo, ¿Por qué ese repentino deseo de saber más? Su madre había abandonado a su padre cuando él era niño, y vivía en Milán. Su padre explotaba, con su hermano, el mismo viñedo familiar en Umbria en el que se habían criado los primos Alfonso y, tanto Pedro como su primo, estaban distanciados de sus padres hasta el punto de cambiar sus apellidos a los dieciocho años. Formaba parte de la leyenda de hombres hechos a sí mismos, de la nada a la estratosfera. ¿Qué más necesitaba saber?


—No tiene sentido que te lo cuente si no has leído ninguno —por primera vez desde que habían entrado en el comedor, ella tuvo que forzar una sonrisa.


Durante un segundo, Pedro había temido que ella insistiría en que hablara más sobre su padre. Pero ella había preferido respetar su deseo de no hablar más del tema. Nunca hablaba de su padre. No valía la pena. Y rara vez pensaba en él. Pensar en sus progenitores y mencionar a su padre, confiarle un fragmento de su vida, precisamente, a Isabelle Seymore, era desconcertante. ¿Qué demonios tenía ella que hacía que el pasado pareciera mucho más cercano de lo que había estado en más de una década?


—¿Has leído muchos libros?


Ella asintió.


—No me digas que una fiestera como tú es un ratón de biblioteca — bromeó él.


—Secreto es la palabra clave —Paula se llevó un dedo a los labios.


—Algo me dice que está llena de secretos, signora Alfonso —Pedro le besó ese dedo.


Con ojos brillantes, Paula acarició sus labios con el dedo, deslizándolo luego por su mejilla.


—Y algo me dice que pronto los descubrirás todos —susurró.


—Lo estoy deseando —Pedro volvió a tomarle la mano y le besó la palma.

Venganza Y Seducción: Capítulo 42

La mesa del comedor, con capacidad para veinte personas, estaba colocada en un extremo, con Pedro a la cabeza y Paula a su derecha. Unas románticas velas lanzaban el reflejo de las llamas sobre la lámpara de cristal. Los enormes ventanales del comedor reforzaban el ambiente romántico, el sol poniente teñía el cielo de un naranja tostado que lo hacía parecer en llamas. Encajaba perfectamente con el incendio dentro de él. Pedro brindó por su desposada y, por enésima vez, se maravilló ante su belleza. Le costaba creer que esa hermosa criatura fuera la de la captura de pantalla que había clonado. Solo en su camarote, había contemplado fijamente la foto. Sospechaba que la de la foto era Paula  al natural, y que esa visión rubia era una imagen cuidadosamente elaborada para atraparlo. Lo que no entendía era por qué la versión más sencilla, sin pulir y rellenita, le oprimía tanto el pecho. Había apartado las extrañas emociones mientras se duchaba para cenar, sacudiéndose también la inquietud que lo había sacado de quicio durante la «Ceremonia nupcial». Los papeles que habían firmado jamás verían la luz del día. Su «matrimonio», nunca habría existido. Estaba seguro de que ella pensaba igual, pero que, como él, había decidido seguir el juego. ¿Cuánto tiempo creía que podría hacerlo? Por la mañana, atracarían en St. Lovells, y la farsa terminaría. Mientras tanto, disfrutaría de esa deslumbrante mujer y descubriría qué trucos tenía ella planeados para echarse atrás y no consumar el matrimonio que nunca sería. Para sorpresa y alivio de Paula, la cena fue realmente divertida. Mientras les servían plato tras plato de la comida más exquisita, mantenían una conversación ligera e impersonal. Ninguno de los dos se molestó en fingir sobre su futuro juntos. Ambos sabían que no ocurriría. Pero lo que hablaron sí le permitió a Issy conocer mejor al hombre del que creía saberlo todo, cosas que ninguna investigación sobre Gianni podría haber sacado a la luz.


—¿No lees? —preguntó ella asombrada cuando hablaron de libros, y él no pudo nombrar ni uno solo que le hubiera gustado.


—No desde que dejé la escuela. Los libros que nos mandaban leer eran demasiado aburridos.


—¿No te animaban tus padres? —Paula recordó cómo los suyos la habían ayudado y animado a leer, despertando en ella un amor por la literatura que seguía manteniendo.


—Mi padre es un matón homófobo y misógino —las facciones de Pedro se tensaron—. Si me hubiera visto leyendo un libro por gusto, habría supuesto que era gay y me habría pegado.


La sorpresa ante la brutal confesión casi hizo que Paula se atragantara con una frambuesa.

Venganza Y Seducción: Capítulo 41

Decidida, tomó aire y llamó al capitán. Uno de sus oficiales le informó que no estaba disponible, pero que la llamaría enseguida.


—No se preocupe, hablaré con él por la mañana.


Estaban en medio del Caribe. No se podía hacer nada hasta el día siguiente, y Pedro llegaría enseguida para acompañarla a cenar. Debía pensar en cómo proceder. Su corazón volvió a latir con fuerza. «No es un matrimonio», se dijo tercamente. Solo una broma, un juego, lo que fuera, que había ido demasiado lejos. Mientras no se presentaran los papeles, no habría matrimonio de verdad. Estaba a salvo. Con los analgésicos haciendo efecto, Paula decidió que lo mejor sería seguir con la broma, y eligió un vestido blanco ajustado con tirantes que le llegaba justo por debajo de la rodilla y tenía una raja en la falda que llegaba casi hasta el muslo. Eligió un par de sandalias blancas de tiras a juego. Se secó el pelo con secador para que pareciese más voluminoso y se pintó los ojos de gris ahumado, terminando con un pintalabios rojo. Estaba preparada. Aunque necesitó un momento para serenarse antes de responder a la llamada a la puerta. Pedro llevaba el mismo polo y los mismos pantalones cortos de loneta que había lucido todo el día, y esa sonrisa diabólica que el cerebro de Paula odiaba, pero su cuerpo adoraba.


—¿Lista para cenar, signora Alfonso?


El anhelo que sintió casi hizo que sus piernas cedieran, y por eso Paula supo que aquello debía terminar. No podía con Pedro, ni con lo que sentía por él. No solo estaba sobrepasada, estaba a punto de perder la cabeza. ¡Se había casado con él, por el amor de Dios! No podría pasar una semana entera con él sin perder la cabeza y, probablemente, lo último que le quedaba de amor propio. Confió en que Delfina hubiera cumplido su parte y que la operación contra los primos Alfonso fuera inevitable. Porque pasar mucho más tiempo con él iba a llevarla a un punto sin retorno. Tenía que acabar con eso. Sintió algo de paz en su acelerado corazón. Haría que destruyeran los papeles, y esa historia de terror terminaría en cuanto atracaran en la isla más cercana. Insistiría en que salieran de excursión y daría esquinazo a Pedro, escapando sin él. Solo necesitaba mantener su interés sexual unas horas más.


—Si, signor —murmuró ella, dirigiéndole una mirada de adoración que no requirió ningún esfuerzo.


Pedro le ofreció su brazo. Ella no dudó en aceptarlo.


—No sé tú —a Pedro le brillaban los ojos—, pero ya estoy deseando que llegue el postre.


Los empleados habían transformado el comedor en una extravagancia de plata y oro. A Paula no dejaba de sorprenderle lo ingeniosos que eran. Cómo habían conseguido globos, purpurina y confeti era un misterio. No preguntaría. A veces el misterio era mejor.

miércoles, 18 de febrero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 40

Paula se levantó y se dió cuenta de que se tambaleaba un poco. Media botella de champán con el estómago vacío no era probablemente la mejor idea. Aquello se estaba poniendo divertido y rió ante la absurdez, y al pensar en Pedro gastando montones de dinero en un matrimonio que no tendría lugar.


—¿Tiene una hoja? —preguntó al capitán.


Cuando él se la entregó, Paula se arrodilló junto a la mesita de café y arrancó rápidamente dos tiras. Cada tira la enrolló longitudinalmente entre los dedos hasta que se asemejó a un gusano largo y retorcido, y luego las ató formando un círculo que tendió a Pedro con una floritura.


—Ya está —anunció sonriéndole—. Dos anillos de boda improvisados.


—¿Estás lista para hacerlo? —insistió él.


Quería que se echara atrás. Esperaba que se echara atrás. Ella podía verlo en sus ojos. Y fue esa expectación la que la llenó de desafío. Pedro había empezado esa partida de ajedrez y le correspondía a él ponerle fin. Solo cuando él la tomó de la mano y juntos se enfrentaron al capitán, Paula se dió cuenta de que ninguno de los dos estaba dispuesto a echarse atrás. Habían llegado a un punto muerto. Pedro tuvo la extraña sensación de abandonar su cuerpo y flotar en el aire, viéndose a sí mismo y a Paula, tomados de la mano y recitando sus votos ante el capitán y el creciente número de tripulantes que querían comprobar por sí mismos si el jefe se casaba realmente con la estafadora. Se vió a sí mismo firmar el certificado, y vió a Paula firmar su nombre, su verdadero nombre, Paula Chaves, y a los dos testigos firmar el suyo. Luego se vió a sí mismo deslizando el anillo de papel en el dedo de Paula y a ella hacer lo mismo con él. Y siguió viéndolo todo con el mismo desapego mientras se besaban para sellar los votos. Y entonces volvió a habitar su cuerpo mientras estrechaba manos y repartía abrazos. El corazón le latía con fuerza al comprender que le había salido el tiro por la culata con el farol que se había marcado con Paula.


Paula se metió dos analgésicos en la boca con mano temblorosa y los tragó con agua fría. Las secuelas del champán se hacían notar en forma de dolor de cabeza. O quizás fuera la repentina bajada de la adrenalina que la había inundado en la hora loca que había acabado con ella casada. La realidad, fría como el agua que acababa de beberse, la empapó. Acababa de casarse con su némesis. No se habían limitado a intercambiar votos falsos, habían firmado documentos legales. Con su verdadero nombre. La única gracia salvadora era que Pedro no se había fijado en su apellido. ¿Pero qué demonios la había poseído? ¿Qué le había poseído a él? Delfina iba a matarla… Hacía horas que no pensaba en su hermana, había olvidado por completo su teléfono perdido y que su hermana estaría esperando ansiosa, con el suyo en la mano, recibir una actualización. Cerró los ojos y respiró hondo. Era medianoche en Londres. Si su teléfono seguía desaparecido al día siguiente, pediría uno prestado a la tripulación, buscaría el número de Industrias Alfonso y contactaría con Delfina. Pero antes ordenaría al capitán que destruyera los papeles. Si no se registraban, el «Matrimonio», nunca se legalizaría.


Venganza Y Seducción: Capítulo 39

Paula se preguntó cuánto faltaba para que Pedro soltara una carcajada y admitiera que todo aquello no era más que una farsa. Casi sintió lástima por el capitán, que se esforzaba tanto por hacerlo realidad. Pero cuando les pidió los pasaportes empezó a sentir dudas. Dió un sorbo a su segunda copa de champán y se dijo a sí misma que no importaba cuánto dinero tuviera Pedro para untar a gente, el matrimonio no se podía hacer por la vía rápida. En cualquier momento, el capitán les diría con pesar que no podía ser antes de que Pedro volara de vuelta al Reino Unido, ambos fingirían sentirse decepcionados y él no tendría más remedio que apartarse de ella físicamente durante el resto de su estancia allí. Tendría que pensar en cómo entretenerle. El yate era un auténtico palacio de fiestas. En teoría sería fácil. Pero la teoría, como había aprendido desde su llegada al Caribe, no era garantía de éxito cuando se ponía en práctica. Un miembro de la tripulación entró con unas hojas recién impresas que entregó al capitán, que seguía hablando por teléfono. Tras hojearlas, hizo señas a Pedro para que se acercara. Sus voces eran demasiado bajas para que ella las oyera, pero cuando él la miró, había un brillo en sus ojos que la decidió a no ser ella la que anunciara que aquello había ido demasiado lejos. Conteniendo la risa, bebió más champán y le vió hacer algo en su teléfono que, sospechó, tenía que ver con transferencias de dinero. Excelente. Una nueva y más fuerte punzada de duda le asaltó poco después, cuando el capitán empezó a reírse al teléfono. La risa y el tono que había adoptado su voz recordaron a Issy la de su padre cuando llevaba a cabo un negocio, justo antes de cerrar un trato. Pedro llenó las copas de champán y se sentó frente a ella, con un brazo apoyado sobre el respaldo del sofá, el epítome mismo de la despreocupación. El diablo alzó su copa. Ella lo imitó.


—Todo listo —anunció Mario un minuto después, levantándose de la mesa—. Solo necesitamos un par de testigos, ya he enviado un mensaje a mis oficiales, y estaremos preparados.


—¿Ya puede casarnos entonces? —la mirada vagamente engreída de Pedro, como la del jugador de ajedrez que espera a que su oponente se dé cuenta de que va perdiendo, vaciló.


—Le ha costado mucho dinero, pero tengo la autorización —el capitán se encogió de hombros.


Pedro consiguió mantener la compostura mientras juraba para sus adentros. Aquello había ido demasiado lejos. Paula tenía que ceder.


—¿Lista para casarte conmigo? —la miró de nuevo.


—¿Por qué no? —ella apuró su copa sin apartar los ojos de Pedro—. Como dijiste, será divertido… ¿A menos que tengas miedo?


—Sin miedo por mi parte —no sería él quien se echara atrás.


Dos miembros de la tripulación entraron en el salón.


—Necesitamos un anillo —Pedro se puso en pie.


—Dos.