Su compañera de dormitorio en la universidad le había dicho en numerosas ocasiones que sus expectativas eran demasiado altas. Su madre le había aconsejado que confiara en sí misma, que cuando encontrara al hombre adecuado, lo sabría. No debería ser alguien como él. Taciturno, solitario y abiertamente grosero, aunque le había hecho al menos el favor de mostrarle que era posible. Una imagen carnal apareció en su pensamiento. Se imaginó a Pedro arrancándole el cobertor de las manos, tomándola en brazos y llevándola a la cama para luego incorporarse y quitarse el jersey que llevaba puesto para dejar al descubierto los esculpidos abdominales. Tres fuertes golpes sonaron en la puerta. Había vuelto. Esperó que él entrara en la habitación sin avisar, pero no fue así. Silencio absoluto. Al final, fue ella la que tuvo que acercarse a la puerta y entreabrirla ligeramente. Vió un baúl frente a la puerta. No se veía a Pedro por ninguna parte.
Paula se aseguró de sujetar con fuerza el cobertor y agarró una de las asas del baúl. Tiró de él para meterlo en la habitación y, antes de cerrar la puerta, miró a ambos lados del pasillo. Abrió la cerradura y levantó la tapa. Un arcoíris de telas la saludó. Se inclinó hacia el interior y deslizó un dedo sobre la ropa que contenía. Uno a uno, fue sacando los vestidos, faldas, camisas e incluso un par de pantalones hasta que tuvo casi veinte prendas extendidas sobre la cama. Todas tenían aún las etiquetas puestas y todas portaban el nombre del mismo diseñador, que ella solo conocía por su reputación. ¿Acaso Pedro guardaba todas aquellas prendas para cuando sus amantes fueran allí a visitarlo? En realidad, debería estar agradecida de que él tuviera algo que prestarle, pero aquel pensamiento la había irritado profundamente. Lo apartó y se decantó por un vestido verde bosque con botones a juego que iban desde el cuello redondo hasta el bajo de la falda. Se ceñía delicadamente a la cintura. Era una prenda sencilla, pero lujosa a la vez. Dejó el cobertor a un lado y se puso el vestido. Sintió que el lino le acariciaba dulcemente la piel. Se dirigió al espejo de cuerpo entero que tenía junto a la chimenea y se miró. Dió varias vueltas y sonrió al ver el vuelo que tenía la falda. No era así como había pensado que se pasaría aquellos días en Francia, pero parecía que las cosas estaban mejorando. Tenía un baúl lleno de ropa de diseño que no volvería a ponerse nunca, una maravillosa habitación con vistas al jardín y al mar y casi una semana para convencer a Pedro Alfonso para que firmara. Ni tan mal. Con aquel pensamiento en mente, recogió el cobertor del suelo. El tacto de la tela entre las manos le hizo recordar el deseo con el que Pedro le había mirado los pechos y cómo había apretado los puños, como si no pudiera contenerse. Dobló el cobertor y lo arrojó sobre la cama. Podría disfrutar de una semana muy agradable si mantenía su imaginación erótica bajo control. Decidió que, en primer lugar, iría a dar un paseo. Esperaba que la brisa del mar la ayudara a recuperar el sentido común, empezando con el hecho de que tenía trabajo que hacer y que, para ella, Pedro Alfonso debería ser el último hombre sobre el que ella debería estar fantaseando.