lunes, 18 de mayo de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 50

Oyó entonces unos pasos y la puerta se abrió por fin. Pedro la miró fijamente.


—¿Por qué estás aquí, Paula?


—Porque te deseo.


Él parpadeó. Una vez. Dos.


—¿Cómo has dicho?


—Que te deseo, Pedro —afirmó ella. El corazón le latía con fuerza en la garganta—. Quiero que tú seas mi primer amante.


Pedro dió un paso atrás. Parecía muy sorprendido.


—¿El primero? ¿Eres virgen?


—Lo soy —respondió ella. Paula dejó escapar una perorata en griego que Rosalind no entendió. Por el tono de voz, resultaba evidente que era una serie de maldiciones—. Entiendo que somos una especie rara a partir de cierta edad, pero existimos.


Pedro se dió la vuelta y comenzó a frotarse el rostro con las manos.


—Paula, necesito que te vayas.


—No —replicó ella dando un paso al frente. Se plantó en la puerta para que Pedro no pudiera darle con ella en las narices—. No pienso marcharme a menos que me mires a los ojos y me digas que no me deseas.


—Esa es exactamente la razón por la que deberías marcharte — insistió él. Se giró de nuevo hacia ella y se acercó tanto que tan solo un suspiro los separaba—. Claro que te deseo. Te deseo desesperadamente. Me duele físicamente no tocarte. 


Paula lo observó atónita. Tenía la respiración entrecortada y el deseo le recorría las venas con tanta ferocidad que le producía vértigo.


—Entonces, ¿Por qué quieres que me vaya?


—Porque es lo único que puedo ofrecerte —respondió. Dio un paso atrás—. Placer físico durante el tiempo que te quedes aquí. Nada más.


—¿Acaso te he pedido yo otra cosa?


—Ahora no —admitió él—, pero una mujer como tú no tendría ni siquiera que pedirlo. Un hombre debería mirarte y saber que te mereces mucho más que una noche. Más que unas cuantas joyas.


Paula lo contempló atónita. Debía significar algo que Pedro la viera así. A pesar de lo mucho que ella había insistido en aquello sería solo algo físico, sabía lo que estaba arriesgando y que, probablemente, perdería parte de su corazón con aquel hombre. ¿Merecía la pena? Por supuesto que sí.


—Y yo quiero tener todas esas cosas. Dentro de un tiempo. Esposo, matrimonio, hijos… Pero no ahora.


Pedro apretó los puños.


—¿Sabes lo más retorcido de todo esto? Solo pensar que puedas compartir tu cuerpo con otro hombre, me vuelve loco… Sin embargo, yo no puedo darte nada de eso, Paula. No soy capaz de ofrecerle a nadie esa clase de profundidad emocional.


—Pero es que yo no te la estoy pidiendo.


—Deberías… —dijo él. Le colocó las manos sobre los hombros—. Deberías pedir la luna, Paula. No deberías conformarte con lo que crees que puedes tener solo porque estás atrapada en medio de la nada con un hombre que no es capaz de controlar su propia lujuria. Mírame.


Pedro estiró el cuello hacia un lado para que ella pudiera verle bien las cicatrices. Entonces, se agarró el cuello de la camisa y se lo bajó con fuerza para que ella viera cómo las cicatrices seguían bajando por el cuello. 

Quédate Conmigo: Capítulo 49

Con lánguida sensualidad, se dirigió al cuarto de baño y abrió el grifo del agua caliente. Junto a la bañera, había una pequeña mesa que ofrecía una selección de jabones y un frasco de gel de burbujas con aroma a rosas. Mientras la bañera se llenaba, se sirvió una copa de vino del minibar, sacó un esponjoso albornoz del armario y encontró una caja de cerillas en uno de los cajones. Minutos más tarde, se hundió entre las burbujas. Sobre la mesa ardía una vela. Había bajado la intensidad de las luces, creando un ambiente de ensueño que la seducía tanto como el deseo al que por fin se había rendido. Tomó un sorbo de vino y dejó la copa junto a la vela. Reclinó la cabeza sobre el cómodo cojín que había sobre la cabecera de la bañera y hundió los brazos bajo el agua. Con una mano se cubrió un seno y lo apretó suavemente para luego tirar del pezón. La otra mano fue deslizándose lentamente por el vientre, bajando poco a poco hacia la entrepierna. Los dedos comenzaron a acariciar la sensible piel, primero un lado y luego otro antes de descansar ligeramente sobre el clítoris. Apretó y contuvo la respiración al notar las sensaciones que empezaba a experimentar, una corriente eléctrica que pareció encender todo su cuerpo. Una sonrisa de asombro se dibujó en sus labios y siguió tocando, estimulando, explorándose de un modo que nunca había hecho antes. El deseo fue creciendo. Las caderas se arqueaban sobre la mano. A pesar de que el placer le recorría todo el cuerpo, era muy consciente de la tensión que tenía entre los muslos. Empezó a evocar imágenes de Pedro, recordando la expresión de su rostro antes de que uniera sus labios a los de ella, el aroma de su cuerpo envolviéndola mientras la besaba, llevándola prácticamente hasta el borde de la locura.


—Oh, Dios…


El orgasmo fue más fuerte de lo que nunca había experimentado. Sin embargo, el placer no consiguió apaciguar el deseo que Pedro había despertado en ella. Suspiró. Decidió que, aunque él dijera que no, no iba a regresar a Londres buscando al azar un amante para una noche. No. Para hacerlo, necesitaba algún vínculo y, después de la increíble pasión que Pedro había avivado en su cuerpo, no iba a encontrar a nadie como él. Respiró profundamente y trató de pensar. En medio del caos de sus pensamientos, solo uno exigía su atención. Lo deseaba. Quería que él fuera su primer amante. Salió de la bañera, se secó y se aplicó un ligero maquillaje. Observó los vestidos que tenía en el baúl. ¿Qué se ponía una mujer para pedirle a un hombre que le arrebatara la virginidad? Se decantó por un sencillo vestido negro sin mangas, con un profundo escote en uve que dejaba atisbar sus senos y la falda por encima de las rodillas. Abrió la puerta y salió de la habitación con determinación. En aquella ocasión, mientras subía las escaleras, no era miedo lo que sentía. No pensaba en contratos ni en ascensos.Solo en él. Llamó a la puerta. Cuando no recibió respuesta, volvió a llamar.


Quédate Conmigo: Capítulo 48

Y más se imaginaba debajo de él, sintiendo cómo sus cuerpos se unían y empezaban a moverse al unísono. La piel le vibraba al recodar sus labios, el modo en el que la había acariciado, con fuerza y una exquisita ternura que la abrumaba. Se habría rendido sin dudarlo. Sabía que una aventura entre ellos no conduciría al matrimonio. Sobre eso no tenía duda alguna. Los dos se movían en mundos muy diferentes, pero resultaba evidente que la encontraba atractiva. ¿Y si podían llegar a un acuerdo? La idea de que un hombre como Pedro la introdujera al sexo la excitaba profundamente. Sin embargo, no era algo que pudiera tomarse a la ligera. Ella siempre había pensado que el primer hombre con el que se acostara se convertiría en su esposo. Y, en aquel caso, no iba a ser así. Cerró el libro y se levantó. Se puso a pensar en el hombre que era Pedro por debajo de su dolor, en los sentimientos que despertaba en ella, parecía desearla como si Paula fuera un anhelo que él no podía satisfacer. Eso hacía que ella se sintiera hermosa, empoderada y viva. «Piénsatelo». Irritada por la respuesta poco entusiasta de su cabeza, regresó de mala gana a su dormitorio a pesar de que cada célula de su cuerpo la empujaba para subir a buscar a Pedro y decírselo. Para pedirle que fuera su primer amante. No sentía miedo ni dudas. Solo deseo.


¿Merecería la pena mezclar algo tan personal con el contrato más importante de su carrera, compartir su cuerpo con un hombre con el que sabía que no tenía futuro? Nerviosa e insatisfecha, decidió que necesitaba hacer algo para relajarse. Se había acariciado antes. Sin embargo, tal y como una amiga lo había descrito tan deprimentemente, había sido el equivalente de rascarse un poco. Siempre habían sido momentos breves, precipitados, que la dejaban frustrada y ligeramente desilusionada Aquella noche no fue así. Aquella noche contaba con la pasión que Pedro había despertado en ella. Lentamente, se desabrochó la falda y se imaginó las manos de él bajándole la cremallera y rozándole la piel cuando se separaba la tela. La falda cayó al suelo, seguida un instante después por la camisa. Levantó las manos y se cubrió los senos, sujetando su peso mientras cerraba los ojos y echaba hacia atrás la cabeza.  ¿Qué sentiría al tener las manos de él sobre su piel, tocándola, acariciándola? Se acarició los pezones y no tardó en conseguir que se irguieran contra sus dedos. Contuvo la respiración. ¿Sería él tierno y delicado? ¿O tomaría el mando y dominaría su cuerpo, llevándola a los límites de lo que los dos podrían soportar?

Quédate Conmigo: Capítulo 47

No. Lo último que los dos necesitaban era que ella lo deseara y que correspondiera los avances de él.


—Pedro…


—Paula… Lo siento mucho.


—No… No tienes que sentir nada…


El susurro de la voz de Paula lo envolvió, tentándolo y seduciéndolo con su embriagadora promesa. También tuvo un efecto sorprendente en ella. Paula parpadeó, como si se estuviera despertando de un trance. Se agarró al respaldo de la butaca y se mordió el labio inferior.


—Yo… Tengo que irme.


Recogió la carpeta del escritorio, se dió la vuelta y se marchó. «Ay, Thée mou». Al menos Paula había recuperado el sentido común. Así sería más fácil que los dos pudieran controlarse a lo largo de los próximos días. «Mentiroso». Nada sería más fácil. Tras saborear sus labios y sentir cómo ella correspondía su pasión, el deseo de Pedro se había vuelto tan intenso que le dolía físicamente. ¿Cuánto tiempo podría pasar con Rosalind antes de que la arrastrara al fango a ella también? ¿Antes de que le arrebatara aquella hermosa y optimista luz y la aplastara con sus propias egoístas necesidades? «¿Merece la pena correr ese riesgo? ¿Merece la pena hacerle daño?». Se acercó al ventanal que había tras el escritorio. El jardín brillaba en todo su esplendor. Las rosas se mecían con la brisa. Los bancos y los arcos proporcionaban pequeños paraísos para los lectores, los exploradores… Y los amantes. Le dió la espalda al jardín y se centró de nuevo en su despacho, su santuario. Prefirió ignorar cómo sus pasos se hacían eco en las paredes y amplificaban el vacío que tenía dentro de su corazón. Paula estaba acurrucada en un sillón color burdeos frente a la enorme chimenea de piedra, con un libro en el regazo. Podía imaginársela llena de troncos ardiendo, con la madera restallando por el fuego mientras en el exterior caía mansamente la nieve.


A lo largo de la mañana, había intentado en varias ocasiones centrarse en el trabajo. Después de darse cuenta de que había leído la página del perfil de un cliente en cuatro ocasiones y no había logrado retener una palabra, se dió por vencida y bajó a la biblioteca. Cada ruido que se producía en la casa le aceleraba el corazón. No sabía lo que le diría a Pedro cuando volviera a verlo. Debería disculparse por su evidente falta de ética y su comportamiento poco profesional. Sin embargo, no quería hacerlo. Llevaba mucho tiempo dejando de lado sus deseos y sus necesidades. Al principio, había pensado que debería olvidarse de la atracción que sentía por Pedro, convencida de que ceder ante alguien como él solo le rompería el corazón y la distraería de su trabajo. Se había asegurado que debía mantenerse alejada de él a nivel personal. Controlar su atracción. Sin embargo, cuanto más imaginaba un futuro sin Nettleton & Thompson, menos le preocupaban las implicaciones profesionales de acostarse con Pedro. 

Quédate Conmigo: Capítulo 46

 —Si usted lo dice, señorita Chaves…


Le colocó una mano en la cintura y la otra se la enredó en los hermosos rizos, obligándola a echar hacia atrás la cabeza un poco más. Oyó que ella contenía la respiración y sintió la calidez de su piel bajo las manos… Cuando rozó sus labios, el mundo explotó. Durante un instante, Paula permaneció inmóvil, pero cuando reaccionó, Pedro supo que había cometido un error. Ella no se arredró, no se apartó ni dijo que él fuera un monstruo. Devolvió las caricias con un fervor que él no había anticipado y del que no podía saciarse. Paula apretaba los labios contra los de él. Pedro le quitó el prendedor con el que sujetaba el cabello y gozó al ver cómo caía en cascada sobre sus hombros. Ella temblaba entre sus manos, pero no por eso permaneció inmóvil. Le mesó el cabello con los dedos y tiró de él, gruñó de placer y deslizó las manos hacia su cintura para sacarle la camisa de la falda. Cuando tocó la piel desnuda, supo que estaba perdido. Profundizó el beso, deslizándole la lengua en la boca. Ella gimió y le correspondió con sus propios movimientos, lo que volvió a Pedro completamente loco.Subió las manos por debajo de la camisa, acariciando suavemente las costillas y rozando con los nudillos la suave tela del sujetador. Quería que desapareciera. Quería tocarle la piel desnuda. Llevó las manos hacia la espalda y buscó el broche. No comprendiólo que estaba haciendo hasta que ella no susurró su nombre y se apretó con fuerza contra él. Asombrado por su pérdida de control, se apartó tan rápidamente que Paula estuvo a punto de caerse al suelo. Ella lo miraba fijamente, con los ojos abiertos de par en par y la respiración entrecortada. Levantó una mano como si estuviera soñando y se tocó los labios. Con la camisa arrugada y el cabello despeinado, estaba tan deseable, tan sexy… Tan excitada…

lunes, 11 de mayo de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 45

 —Tenía algo que me interesaba —replicó Pedro—, pero ya no está. Hago lo mínimo, que, en lo que se refiere a mí, sigue significando que millones de dólares terminan todos los años en organizaciones benéficas de todo el mundo. Además, pago a mis empleados los sueldos más altos de toda la industria naviera. Hago más que suficiente con lo que tengo. Solo porque no me ensucie las manos, no significa que no tenga impacto lo que yo hago.


—Tal vez podrías encontrar algo más que te importe.


—¿Por qué me insistes tanto, Paula? Estoy seguro de que esto va más allá de tus obligaciones legales —le advirtió. Aquella conversación estaba tomando un cariz que él nunca había buscado.


—Admito que no te conozco, pero veo un hombre que tiene mucho potencial y eso podría significar mucho.


—¿Solo porque soy rico?


—No se trata solo de dinero. Hay un hombre encerrado bajo ese duro exterior, un hombre al que no permites salir. De hecho, ni siquiera creo que tú sepas quién es. Tal vez lo hiciste en el pasado, pero ya no.


La exactitud de aquella afirmación dió en el clavo. Pedro se puso de pie lleno de ira.


—¿Y qué me dices de tí? ¿Acaso sabes tú quién eres? —le espetó—. ¿O simplemente eres la mujer que todos los demás quieren que seas?


Paula se quedó mirándolo completamente atónita.


—¿Por qué dices eso? Acabo de decirte que yo elegí mi carrera…


—Sí. En una facultad a la que tus padres te empujaron. Y un trabajo que aceptaste porque haría felices a tus padres.


Cuanto más hablaba, más furioso se sentía. Él era una causa perdida. Sin embargo, Paula, tan llena de vida, con tanto potencial, estaba perdiendo el tiempo con los sueños de otra persona. La ira lo ayudó también a recuperar su autocontrol, una ira que, como vieja amiga que era, lo ayudaba a proteger su corazón y a mantener el dolor a raya. Estaba tan hermosa… Bellísima con los ojos llenos de fuego y las mejillas ruborizada. Su determinación lo había atraído profundamente aquel día en el Diamond Club y, en aquel momento, parecía alentar las brasas de su ira y convertirlas en una fuego sin control. La sangre le rugía en las venas y su cuerpo vibraba. Los límites no eran algo que se debiera evitar. No. Quería tomarla entre sus brazos y lanzarse así, juntos, al abismo. Paula sacó la lengua y se tocó ligeramente el labio inferior.


—En ocasiones, hacemos cosas por las persona que amamos —le espetó ella con voz profunda, una voz que se entrelazó en las venas de Pedro, un canto de sirena al que él ya no se podía resistir.


Dió un paso al frente y gozó al ver que ella no se replegaba. 


—Yo no puedo saberlo.


—Estoy segura de que debes de haber amado a alguien.


—En una ocasión —afirmó Pedro. Se detuvo a pocos centímetros de Paula y la miró fijamente a los ojos—, pero no es algo que piense repetir.


—Cuando se ama a alguien, se hace cualquier cosa por esa persona, aunque no sea lo que uno quiere para sí mismo.


Pedro se inclinó hacia ella, dejando tan solo un ligero espacio entre los labios de ambos. Se imaginó que podía escuchar el frenético latido del corazón de Paula cuando ella echó la cabeza hacia atrás. La seducción se produjo con naturalidad, una habilidad que hacía años que no utilizaba, pero que no le costó trabajo alguno convocar. El deseo, sin embargo, quedaba más allá de su control, pero, en aquellos momentos, no le importaba en absoluto.


Quédate Conmigo: Capítulo 44

 —A veces —admitió ella con una carcajada—. Me encantan los finales felices. Las novelas románticas y las de misterio son mis favoritas si no tengo que leer informes o testamentos.


—¿Y tu familia? Has mencionado que tienes tres hermanos.


—Sí.


—¿Y tus padres? —le preguntó. Demasiado tarde, recordó lo que le había dicho sobre su madre—. Olvídalo.


—No pasa nada —susurró con una triste sonrisa—. Todo ocurrió muy deprisa.


—¿Pudiste estar con ella?


—Estaba en Chicago, en la universidad. No llegué a tiempo.


—¿Y luego te fuiste a Inglaterra?


—Sí. Conseguí un trabajo como becaria, algo de lo que mis padres se sintieron muy orgullosos. Cuando mi madre se enteró del trabajo, de la oportunidad que me ofrecía de vivir en el extranjero… Creo que jamás la ví tan emocionada por algo.


—¿Y tú?


—¿Y yo qué?


—¿Te sentiste emocionada?


Paula parpadeó, muy sorprendida por la pregunta.


—Sí, claro. No hay mucha gente que salga de la pequeña ciudad en la que crecí para marcharse a Londres.


—¿Y tus estudios? ¿Te animaron tus padres también a estudiar Derecho?


—Me animaron a ir a la universidad y a marcharme a vivir fuera. Aprovechar las oportunidades que ellos no tuvieron.


—Y elegiste el Derecho.


—Bueno, estuve investigando un poco y me di cuenta de que me gustaban las leyes. Además, se me daba bien leer los documentos legales. Y aquí estoy. Me gusta ayudar a la gente y escuchar las historias que me cuentan cuando vienen a mi despacho. Son muy interesantes y me gusta ayudarlos a superar esa etapa de su vida y darles tranquilidad para disfrutar del resto de sus días. No es lo que me había imaginado cuando era más joven, pero me encanta. 


—¿Y te gusta trabajar para Nettleton & Thompson?


—Sí, claro…


—¿Pero?


—En ocasiones no estoy segura de que Nettleton & Thompson sea el lugar en el que debo estar.


—Entonces, ¿Por qué sigues ahí?


—Quiero hacerlo. Se lo prometí a mis padres —afirmó mientras volvía a sentarse en la butaca—. Tal vez, me dedicaré a otra cosa más adelante, como abrir mi propio bufete —añadió. Vió que Pedro se disponía a seguir con sus preguntas, pero decidió interrumpirlo—. Bueno, ahora volvamos a lo que tenemos entre manos. ¿Qué te parecería donar la herencia de tu padre? Podrías contribuir a causas en las que tus padres creyeran y en las que creas tú también. En realidad, ahora no estoy hablando sobre el contrato. Quiero hacerte ver que pareces muy distanciado de todo lo que hay en tu vida. Tienes una riqueza de la que muy pocos disponen. ¿Por qué no encuentras algo que te importe? Puedes donar tu herencia para que no tengas que preocuparte, pero hacer algo bueno al mismo tiempo.