lunes, 16 de febrero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 35

Paula parecía evitar su mirada. Pedro sabía que lo estaba evitando, y sabía perfectamente por qué. Al embarcarse en su misión para destruirlo, no había contado con que acabaría deseándolo, sin tener que fingirlo. Debía de estar matándola. Bien. Que sufriera, atrapada en su propia telaraña. Eso sí, debía felicitarla por cómo se las había ingeniado para hacerle pasar la noche allí y por promesas que no lo eran. Promesas de lo que podría ser… Aunque solo tal vez. ¿Creía que podría resistirse a la química entre ellos durante el tiempo que pretendía retenerlo?


—Voy a prepararme para cenar —concluyó ella—. Te veré dentro de una hora.


Antes de que pudiera salir corriendo, él se quitó el polo y lo dejó caer al suelo. Paula vaciló, deslizando su mirada sobre el torso antes de encontrarse con sus ojos. Pobrecilla. No tenía ni idea de lo expresivos que eran sus ojos, de cómo reflejaban su deseo. Pedro se acercó a ella, enlazando los dedos con los suyos, levantándole los brazos y atrapándola contra la pared. Respiraba entrecortadamente y ese delicioso rubor teñía sus mejillas.


—¿Nos duchamos antes? —murmuró él.


—Una oferta muy generosa —contestó ella con voz ronca, tragando nerviosamente—, pero a juzgar por tu tamaño, acapararás toda el agua.


—Puedo ser generoso, bella —Pedro deslizó los labios hasta su cuello y le pasó la lengua por la piel delicada y tóxicamente dulce, disfrutando con el estremecimiento que le provocó—. Antes de despedirnos, te habré demostrado lo generoso que puedo llegar a ser.


—Tu confianza es asombrosa —observó Paula. Solo el temblor de su voz delató que su despreocupación era una fachada.


Soltándole las manos, él hundió los dedos en su pelo y bajó por su cuello hasta tocar un pecho pequeño y turgente. Una descarga eléctrica los atravesó, y  juraría haberla oído crepitar.


—Dio, qué sexy eres —murmuró antes de besarla. 


Su excitación, un estado semipermanente desde el primer beso en la piscina, volvió a su máximo esplendor con el primer movimiento de la lengua de ella contra la suya, y cuando ella le agarró la cabeza y sus dedos se hundieron en su pelo, la intención de simplemente tontear quedó olvidada cuando el calor que Paula le provocaba se desató con toda su fuerza, abrasándolo desde la entrepierna hasta cada rincón de su cuerpo. Nunca había deseado a nadie como a Paula Chaves.

Venganza Y Seducción: Capítulo 34

 —Sí —abofeteándose mentalmente por su desliz, Paula se removió en su asiento y rápidamente cambió de tema, pasando a la siguiente fase de mantener a Pedro distraído y preferiblemente incomunicado mientras Delfina culminaba la destrucción de los primos Alfonso—. Estamos demasiado lejos de ninguna isla para atracar antes de que anochezca. Podemos fondear en el mar.


—¿Me estás invitando a pasar la noche contigo? —Pedro parpadeó ante el cambio de tema y sonrió.


—Te invito a que pases la noche en el yate. No conmigo —jamás. Por mucho que ardiera por él.


—¿Te haces la dura? —los ojos de él brillaron.


—Nada bueno es fácil de conseguir —replicó ella con dulzura. 


No solo tenía que hacerse la dura, necesitaba construir una fortaleza de hormigón para hacerse inmune a él.


—Esa es una verdad por la que brindaré con gusto —Pedro levantó su vaso.


—¿Entonces qué dices? —preguntó Paula.


—¿Sobre pasar la noche aquí?


—Todos los camarotes están arreglados —ella asintió. 


Si decía que no, pasaría al plan B y ordenaría al capitán que fingiera problemas con el motor.


—Como acabas de decir que estamos demasiado lejos para atracar esta noche, no tengo otra opción que quedarme a bordo.


—Siempre puedes nadar.


Pedro rió. Paula odiaba ese sonido, un bálsamo para sus oídos, y odiaba cómo iluminaba su rostro.


—Soy buen nadador, pero como he dicho, no soy ningún superhéroe.


—Podrías robar una de las motos acuáticas —con suerte, se caería.


Pero incluso mientras lo pensaba, una punzada de pánico le mordisqueó el corazón ante la perspectiva de caer al mar sin siquiera un chaleco salvavidas, y rápidamente lo borró de su mente.


—Escapar en una moto o pasar la noche con la mujer más bella del Caribe —él fingió meditarlo—. Difícil elección.


—Pasar la noche en un yate con… No en la cama con —insistió ella.


—Me conformaré con la esperanza —él suspiró burlonamente.


—¿Te quedarás?


—Créeme, bella —la mirada de Pedro taladró su pelvis—. No voy a ninguna parte.



—Bonito camarote —observó él al cruzar la puerta. 


Se había preguntado en qué camarote lo instalaría, seguro de que estaría tentada de ofrecerle el más pequeño, aunque ninguno lo era. A Pedro le encantaban las fiestas y era un gran anfitrión. Lo último que quería era que algún invitado se sintiera menospreciado por un alojamiento inferior. La primera noche en su nuevo yate la pasaría en el tercer mejor camarote, la suite principal estaba cerrada con llave y el segundo mejor era el de Issy. Aun así, era espacioso y tenía una cama de matrimonio de tamaño respetable. Solía dormir en una cama emperador, pero para una noche serviría.


—Hay artículos de tocador en el cuarto de baño, y albornoces en el armario —explicó ella.


Venganza Y Seducción: Capítulo 33

 —Has dicho, «Como era entonces». Antes mencionaste que estaba en rehabilitación —él se echó hacia atrás—. ¿Me permites preguntar por qué?


Lentamente, Paula bajó la cara y se encontró con la mirada de Pedro. Mientras buscaba infructuosamente su teléfono, y se lavaba la sal de la piel, había aprovechado, lejos de él, para centrarse. Delfina y ella habían pasado diez años trabajando para llegar a ese punto. No podía tirarlo por la borda por un cuadro severo de problemas hormonales por culpa del bastardo al que deseaba desesperadamente hundir. Y uno de los motivos era su madre. Porque una de las muchas consecuencias de que Gianni destruyera su vida había sido perder a su madre tal como era. Alejandra Chaves estaba viva solo porque su corazón todavía bombeaba sangre.


—Tiene muchos problemas. El principal es la droga.


—¿Tu madre es drogadicta?


«Sí, bastardo. Por tu culpa».


—No es una yonqui en el sentido tradicional. No se pincha, aunque solo porque tiene fobia a las agujas. Suelen ser fármacos con receta que le entregan cómodamente en casa, ahora los camellos ofrecen servicio a domicilio. Básicamente, toma cualquier cosa que le impida pensar o sentir que le impidiera recordar lo que había perdido.


Hubo un destello en los ojos de Pedro y ella tuvo la sensación de que sopesaba si creerla o no.


—¿Cuánto tiempo lleva así?


—Si no te importa, prefiero no estropear este hermoso día hablando de ello —no con el causante de todo. 


No cuando era poco probable que pudiera hablar sin empezar a gritar y lanzarle cualquier cosa que tuviera a mano. Ya era bastante difícil mantener su personaje tal y como estaban las cosas, con todos los horribles, «Maravillosos», sentimientos que él había desatado en su cuerpo. Se había sentado deliberadamente en otro sofá, pero la tormenta de su interior era tan fuerte como si se hubiese acurrucado en su regazo. No necesitaba tocarla para que ella lo deseara. Le bastaba con mirarla y, por primera vez, Paula sintió una punzada de compasión por todas las mujeres que habían caído bajo su hechizo antes que ella. Durante años había supuesto que solo querían de él su dinero y el glamour de su estilo de vida, pero, al parecer, había mucho más. No era de extrañar que Pedro dejara un rastro de corazones rotos a su paso.


—Lo respeto —habló él tras una larga pausa—, pero si te preocupa que no pueda ponerse en contacto contigo, podemos llamar al centro de rehabilitación y darles mi número por si necesitan hablar contigo.


Paula odió la punzada en el pecho y el vientre ante la sincera oferta. ¡Su madre estaba en rehabilitación por su culpa!


—No —ella sacudió la cabeza—. Si hay algún problema, pueden llamar a mi hermana. Me preocupa más que Delfina no pueda localizarme. No recuerdo su número de teléfono ni su e-mail.


—¿Delfina es tu hermana?

Venganza Y Seducción: Capítulo 32

A pesar de la mala recepción, el mensaje había llegado. Pedro sintió aflojarse un poco la opresión en el pecho.


—Estaré ilocalizable durante un tiempo, pero te enviaré un mensaje cuando sepa qué sucede.


—Lo mismo digo.


Pedro colgó el teléfono y respiró aliviado. Su primo era como un misil humano cuando se trataba de derribar objetivos. Delfina Chaves no tenía ninguna posibilidad. Fuera lo que fuese lo que ella y su hermana hubieran planeado contra ellos, fracasaría. Pero todavía estaba Paula. Los mensajes que había leído sugerían que su único trabajo era distraerlo mientras Delfina hacía el trabajo sucio, pero a saber qué planes habían urdido cara a cara. Cuando ella regresó, vestida con un chaleco negro de tirantes sobre un bikini negro, unos minúsculos pantalones cortos vaqueros, y sus grandes gafas de sol cubriéndole la cara, él supo que lo único que podía hacer era llevarla a St. Lovells. En esa época del año había demasiados yates en el mar, demasiadas formas de escapar y ponerse a salvo. En St. Lovells no tendría escapatoria.


—¿Encontraste tu teléfono? —le preguntó.


—No tengo ni idea de dónde está —ella sacudió la cabeza.


—Ya aparecerá.


—Eso espero —Paula se dejó caer en el sofá frente al suyo.


—Puedes usar el mío —Pedro le tendió el teléfono—. Está cargado.


—Gracias, pero no sé el número de ninguno de mis contactos —ella se encogió de hombros—. Es la maldición de la época en que vivimos. Ya no necesitamos memorizar números de teléfono.


—¿Pretendes usar tu teléfono para hacer una llamada? —preguntó él con fingido estupor.


—Lo sé —Paula soltó una carcajada—. Usar un teléfono para llamar a la gente. ¿Qué será lo siguiente? ¿Usar la televisión para ver la televisión?


—Ahí te has pasado.


—Cuando era pequeña —Paula levantó el rostro hacia el cielo y suspiró—, mi madre tenía una de esas agendas en las que se podía escribir el nombre de alguien, su dirección y su número de teléfono.


—Las conozco —contestó él secamente. Su abuela había tenido una llena de nombres y trozos de papel con números garabateados—. Algunas personas aún las utilizan.


—¿De verdad? Solía reírme de mamá, y me parecía tronchante que se supiera de memoria el número de teléfono de su infancia. Algo anticuado e innecesario cuando todo se puede guardar en el teléfono. Mi teléfono aparecerá y, si no lo hace, podré comprarme otro y recuperar todos mis datos, pero me imagino a mi madre, como era entonces, riéndose de mí por confiar en la tecnología cuando, a la antigua usanza, habría sido más probable que lo tuviera almacenado en mi cerebro.

Venganza Y Seducción: Capítulo 31

Paula no sabía cómo lograba evitar que le fallaran las piernas, y cuando miró por encima del hombro y vió aparecer la cabeza de Pedro junto a la barandilla, su corazón se inflamó dolorosamente y la realidad de que aquello la sobrepasaba la abofeteó en la cara. Necesitaba enviar un mensaje a Delfina para que acelerara la firma de los contratos. No podía seguir con el juego mucho más. Tenía que alejarse de Pedro. Era demasiado. Toda la preparación del mundo no le habría servido para seducir a un hombre cuando el hombre en cuestión le despertaba sentimientos que nunca había experimentado. Era ella la seducida allí. Acelerando el paso, redactó mentalmente el mensaje que enviaría a su hermana, llegó a la mesa sobre la que había dejado sus cosas, pero… El teléfono había desaparecido.



-¿Sucede algo? —preguntó Pedro, sin entender por qué la ansiedad de Paula le encogía el corazón.


—No encuentro mi teléfono.


Normal. Había ordenado a la tripulación que lo escondieran en su camarote, el único espacio del yate cerrado y fuera del alcance de Paula. Se lo devolvería cuando todo terminara.


—No puede estar muy lejos —aseguró él—. ¿Dónde lo tuviste por última vez?


—Aquí mismo. Lo dejé sobre esta mesa.


Pedro consultó la hora. En Londres serían las diez de la noche. La reunión sobre el proyecto Aurora habría terminado hacía horas. Lo sucedido entre Paula y él no podía distraerlo de su obligación. Se había deshecho del teléfono de ella para que no pudiera ponerse en contacto con su hermana. La nueva prioridad era advertir a Ezequiel.


—Pregunta a la tripulación —sugirió—. Quizás alguno se lo llevó para cargarlo, o al recoger la mesa.


—Buena idea —Paula se mordió el labio.


—Si no lo tienen, registra tu camarote por si lo dejaron allí y se olvidaron de decírtelo.


Ella volvió a asentir y se apresuró a entrar, olvidándose de contonear seductoramente las caderas. Por alguna razón, eso también hizo que el corazón de Pedro se encogiera. Apartando los extraños sentimientos que lo invadían, le pidió a Mara, el teléfono. Inmediatamente lo encendió y llamó a su primo.


—Pedro, ¿Cómo…? —sonó la voz de Ezequiel.


—Eze, escucha, no tengo mucho tiempo.


—Bueno, pero ¿Qué…?


—Delfina Chaves—interrumpió él—, es la hija de Miguel Chaves.


—¿Cómo? No te oigo bien.


—Delfina Chaves es una espía. Ha estado trabajando con su hermana para destruirnos.


—¿Delfina Chaves? —la incredulidad de Ezequiel era evidente.


—¡Sí! ¡Chaves! El proyecto Aurora está comprometido. Y escucha, ella afirma haber encontrado alguna prueba de corrupción.


—¿Corrupción? ¿Qué corrupción?


—No lo sé, pero según los mensajes que he leído, Delfina Chaves ha encontrado pruebas de corrupción contra nosotros. Estoy en el Caribe con su hermana. Voy a mantenerla aislada y evitar que se comunique con alguien que pueda causar más daño. ¿Te ocuparás de Delfina? Esto hay que cortarlo de raíz y minimizar los daños inmediatamente.


—Considéralo hecho —contestó Ezequiel, con voz grave.

miércoles, 11 de febrero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 30

Por humillante que hubiese sido su reacción, debía verlo desde un punto de vista positivo. Pero, sobre todo, debía cuidarse de que el deseo por él volviera a dominarla. Tomarlo como una advertencia para mantener siempre la guardia alta. Pedro, respirando entrecortadamente, estudió el rostro enrojecido de Paula. La cabeza le daba vueltas. El beso en la piscina lo había vuelto loco, pero ese había estado a punto de volarle la cabeza. Y apenas había pasado nada. Aún no había probado más que su boca. Nunca antes había experimentado un deseo tan desenfrenado. Dio, nunca había sentido un dolor así en sus partes. Le ardían. Quería continuar lo que habían empezado. La unión de sus bocas había desatado un infierno. Al darse cuenta de lo que le sucedía a Paula… No se lo había podido creer. Pero era real. Paula había llegado al clímax. Por la respiración agitada y sus ojos aún entrecerrados, supuso que había sido un shock tan grande para ella como para él. E igual de chocante lo cerca que había estado él también. ¿Qué demonios le pasaba? Tenía treinta y dos años. Desde adolescente había aprendido a controlar sus reacciones corporales ante las mujeres hermosas. Se enorgullecía de su control, pero sabía que, unos segundos más lo habrían llevado al límite a él también. Paula era hermosa y sexy, como muchas otras mujeres. Nunca había estado tan cerca de perder el control. Ella abrió los ojos. Tras un momento de vacilación, se clavaron en los suyos. El corazón de Pedro golpeó con fuerza sus costillas.


—Necesito una copa —declaró ella con una sonrisa perezosa—. Volvamos.


—¿Eso es todo lo que tienes que decir? —preguntó él incrédulo.


—Tengo sed —Paula rió y lo empujó para echarse a un lado.


Pedro abrió la boca y sacudió la cabeza. Esa mujer era increíble. Volvió a sacudir la cabeza al verla agarrarse a una de las asas del hinchable y hundirse en el agua.


—¿Llegas? —preguntó ella, señalando el asa.


—Ojalá —él rio a pesar del dolor en la entrepierna.


—Tendrás que desearlo con más fuerza —ella le guiñó un ojo.


Antes de que él pudiera responder, Paula nadó el metro que la separaba de los escalones desplegados por la tripulación. Aunque el mar estaba cálido, el cuerpo de Pedro estaba tan caliente que, cuando la siguió, fue como sumergirse en un baño helado. Y lo agradeció. Estaba tan excitado como un adolescente, y mientras la veía subir a cubierta, solo podía pensar en arrancar ese pedazo de tela que cubría las partes más femeninas y poseerla hasta que ninguno pudiera mantenerse en pie.

Venganza Y Seducción: Capítulo 29

«Dios, ¿No sabías lo hombre que era?», pensó Paula mientras la lava ardiente fluía por sus venas. Las sensaciones que Pedro despertaba eran tan extrañas, una voraz necesidad que solo su tacto y su boca saciaban, que ni pensó en resistirse. Ella se sumergió en las llamas del deseo. Sus besos eran duros y exigentes, devorando bocas y lenguas, un torbellino sensorial que le hacía apretarse contra él. Deslizando los dedos por la espalda lisa y musculosa de Pedro, saboreó los gemidos que le arrancó y lo besó aún más intensamente, apartando su boca solo para jadear ante la impresión que sintió cuando el peso y la longitud de su erección sobresalieron del bañador y se clavaron en el trozo de tela que cubría sus partes más íntimas. Instintivamente, ella rodeó su cintura con las piernas y levantó las caderas. No sabía si el movimiento de vaivén era cosa de ellos, o si el oleaje del agua bajo el hinchable era la causa, ni le importaba. Una espiral ardiente se había enrollado con fuerza en su feminidad y palpitaba con una necesidad desesperada de alivio. Ella se agarró aún más fuerte, besándolo con pasión mientras la gruesa dureza empujaba contra su protuberancia hinchada y… La espiral se soltó sin previo aviso. Un momento estaba meciéndose contra él, presa de las emociones más celestiales que hubiera experimentado jamás, y al siguiente estalló, e incluso mientras las inesperadas explosiones de su primer clímax palpitaban en su interior, siguió aferrada a Pedro, desesperada por mantener el contacto y prolongar aquel momento tan increíble.


Solo cuando los espasmos remitieron y Paula comprendió que Pedro se había parado, regresó a tierra con un golpe seco. En un instante, la experiencia más gloriosa de su vida acabó y la cordura se abatió sobre ella como un cubo de hielo volcado sobre su cabeza. ¿Qué acababa de pasar? Apretó los ojos y deseó que se abriera un agujero en el hinchable para hundirse y no volver a salir. Era terrible. Espantoso. Intentó respirar. Intentó pensar. Luego intentó no pensar, porque incluso mientras las últimas sacudidas la abandonaban, comprendió que acababa de comportarse del modo más escandaloso, indecente y vergonzoso. Y todo sin quitarse el bikini, sin que él la tocara… Ahí. El peso que la aplastaba se levantó lentamente, pero solo el físico. Sentía la mirada de Pedro clavada en ella. ¿Qué pensaría de ella? No debería importarle lo que pensara de ella. Tenía que salir de aquello y, al comprenderlo, el camino menos humillante se abrió ante ella. Solo tenía que volver a meterse en su personaje. Era impensable que a ninguna de sus anteriores amantes les hubiera importado parecerle lasciva. Lo que él quería era, precisamente, lascivia.