Paula recordó lo ocurrió en el vestíbulo del Diamond Club. Había sentido que alguien la estaba observando e, inmediatamente, había sospechado de quién se trataba. Solo le había podido ver las piernas, dado que el resto de su cuerpo había quedado enmascarado por la oscuridad. Cuando ella pronunció el nombre, algo había surgido entre aquella persona oculta en la escalera y ella. Una descarga de energía. Un estallido de sensualidad. Todo se había evaporado en cuanto ella pronunció la palabra «Herencia». Sintió ira y vió cómo las manos de aquel hombre se convertían en puños. Comprendió entonces que, a pesar de las muchas batallas que había peleado hasta aquel momento, ninguna se podía comparar a la guerra quetendría que emprender para conseguir aquella firma. Su instinto, junto con una ingente tarea de investigación, la había llevado a controlar los movimientos del avión privado de Alfonso en elaeropuerto de Heathrow. Descubrió que la mañana después de que la echaran del Diamond Club, el piloto del avión había presentado un plan de vuelo que constataba que se iba a realizar un desplazamiento muy corto entre Londres y el aeropuerto de Le Havre, en la costa de Normandía. Tras examinar las propiedades familiares que la familia Alfonso poseía en Francia, consiguió varios resultados, entre los que se encontraba un ático en París y una mansión en la Riviera Francesa. Sin embargo, solo había habido un único resultado en la región de Normandía: Una casona a las afueras del pequeño pueblo de Étretat.
Un tren y dos taxis más tarde, Pedro llegó por fin a su destino. No había nadie que pudiera impedirle el paso o que le exigiera que se marchara, pero, a pesar de todo, dudaba. Una parte de ella quería marcharse de allí y regresar a Étretat, pasear por las pintorescas calles del pueblo, relajarse en la terraza de un restaurante con una copa de vino y admirar los imponentes acantilados de piedra caliza. En definitiva, tener un momento de paz. «Mas tarde», se prometió. Se obligó a cruzar el puente en dirección al túnel creado por los árboles. Tras conseguir la firma del señor Alfonso, disfrutaría del resto de los días en su pequeña casita de alquiler. Tal vez incluso podía tomarse unas vacaciones de verdad y pasarse una semana en París o en Roma. «Sí, claro». Llevaba trabajando en su ascenso desde que se graduó en la Facultad de Derecho y comenzó a trabajar en Nettleton & Thompson. El cambio de vida, desde un pequeño pueblo de Maine hasta conseguir un puesto en Londres había enorgullecido profundamente a sus padres. El último deseo de su madre antes de morir había sido ver cómo Paula llegaba hasta lo más alto, mucho más allá de lo que nadie de la familia se había atrevido a soñar.