miércoles, 18 de marzo de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 75

 —No lo he visto desde que abandonamos Umbria —explicó él—. No quiero volver a verlo.


Paula le apretó una mano.


—Ezequiel y yo sabíamos que cambiarnos de apellido les golpearía donde más dolería.


—¿Su ego? —adivinó ella.


—Sé que a mi padre mi éxito lo estará matando, también saber que no ocupa ningún lugar en mi vida —él sonrió—. Quería que me viera con lo mejor que el mundo puede ofrecer, sin poder atribuirse siquiera el mérito de mi apellido.


—¿Y lo mejor de todo incluía a las mujeres?


—Sí —Pedro asintió y, al decirlo en voz alta, comprendió hasta qué punto su actitud con las mujeres había sido… Misógina—. Si hace dos años me hubiera cruzado contigo por la calle, ni te habría mirado. Quería lo que creía que era el sueño masculino: La supermodelo de mi brazo y en mi cama.


Se merecía el dolor y el disgusto que curvaron la boca de Paula, y apretó suavemente su mano para impedir que ella la apartara.


—Tengo que ser sincero contigo —continuó—. Después de cómo empezamos, de todas las mentiras, no quiero que ningún engaño se interponga entre nosotros.


Paula parpadeó.


—No te habría mirado porque me había entrenado para ver solo mujeres altas, rubias y obviamente ricas —continuó—. No necesitaba ver más, porque no buscaba más. No me interesaba nada real —Pedro sonrió y le besó la mano—. Todo este tiempo a tu lado, Paula, cómo me haces sentir… Y estar contigo me ha devuelto el pasado como no había sucedido en mucho tiempo. Ahora pienso en mi madre, sola en Milán y, por primera vez en más de dos décadas, no la odio por no haber vuelto.


—Quizá no pudo —sugirió Paula en voz baja. 


Algo en el tono de Pedro y en la forma en que la miraba le aceleró el corazón. Por primera vez en una eternidad, había pavor en esos latidos.


—Pudo —él hizo una mueca y sacudió la cabeza—. Primero huyó a un refugio para mujeres. Lo sé porque me lo contó mi tía. Allí debieron ayudarla, pero ella decidió no hablarles de mí.


Un gemido escapó de la garganta de Paula.


—No sufras por mí, cara —Pedro sonrió—. Gracias a tí ahora puedo enfrentarme a mi pasado como nunca me había permitido. No quiero que siga teniendo poder sobre mí. Mi madre me dejó porque no me quería lo suficiente como para llevarme con ella.


—No me lo creo —susurró ella. 


¿Cómo podía una mujer no amar a Pedro, más aún, su madre?


—Creo que mi padre le arrancó el amor a golpes —él le rozó la mejilla con un dedo—. Nunca se volvió a casar, ni ha tenido amantes. Ni siquiera tiene amigos. Solía alegrarme por ello, pero ahora… —su pecho subió y bajó de golpe—. Paula, tu madre también te abandonó a su manera, pero tú no le guardas rencor. Intentas comprenderla y ayudarla, perdonarla. Y eso debo hacer yo. Perdonar a mi madre por lo que le tocó en suerte y confiar en que su abandono no fue culpa mía —sus ojos se clavaron en los de ella—. Y confiar en que no tiene por qué afectar al resto de mi vida.


El temor que había ido creciendo en el corazón de Paula era tan fuerte que casi la ensordecía. El instinto le gritaba que cambiara de tema, pero también anhelaba abrazarlo con fuerza y jurarle que podía confiar en ella, que siempre estaría a su lado. Que nunca lo abandonaría.

Venganza Y Seducción: Capítulo 74

Pedro alzó el balón por encima de la cabeza, pero lo dejó caer. Al tener las piernas tan largas, el agua solo le llegaba al muslo, acortó rápidamente distancias. Con una rapidez y elegancia impropia de un hombre de su envergadura, la agarró por la cintura y la lanzó por los aires. Paula aterrizó de espaldas con un chillido, pataleando y agitando los brazos hasta sumergirse. Emergió, intentando por todos los medios no reírse, tarea complicada ante las risotadas que salían de la boca de él. Acercándose a gatas, lo agarró por las pantorrillas.


—¿Creías que podías derribarme? —se burló él mientras la volvía a levantar por la cintura. 


Por segunda vez en menos de dos minutos, Paula volaba por los aires y aterrizaba con un chapoteo. Cuando emergió, la pelota estaba a su alcance. Agarrándola, se la lanzó y le dió en la frente.


—Te has pasado —Pedro sacudió la cabeza y vadeó hacia ella como una pantera al acecho.


Paula reía a carcajadas, con el agua por el pecho, e intentó alejarse de él nadando. Apenas había dado tres brazadas cuando él le agarró un tobillo y tiró de ella hacia abajo. Salió respirando entrecortadamente. Gianni le rodeó la cintura con un brazo y la llevó a la playa. Riendo demasiado como para poder gritar o protestar, ella le golpeó débilmente los hombros cuando la tumbó en la arena.


—Te acabo de salvar la vida —la amonestó él con severidad—. Ahora deja de reírte para que pueda darte el beso de la vida.


Apretando los labios para que no se le escapara la risa, Paula se hizo la muerta. El esperado beso tardó mucho más en llegar de lo previsto. Abrió un ojo y descubrió a Pedro mirándola con una expresión que le oprimió el corazón. Le puso una mano en la mejilla y le acarició la barba. Él la tomó y la besó con reverencia.


—Eres preciosa, ¿Lo sabías?


—Tú me haces sentir preciosa —susurró ella, el pecho llenó de una emoción que no comprendía.


—Eres hermosa, Paula, y quiero que me prometas que no volverás a matarte de hambre.


Paula pensó en las comidas que habían compartido los últimos seis días, cómo la felicidad y el maravilloso sexo habían aumentado su apetito, cómo sus bikinis, la única ropa que se había puesto desde que eran amantes, ya le apretaban las caderas. La emoción aumentó aún más.


—Me maté de hambre para atraparte.


—Lo suponía —Pedro volvió a besarle la mano—. Imagino por qué sentiste que necesitabas hacerlo, y teñir tu hermoso cabello —sacudió la cabeza—. Ninguna de esas mujeres era real para mí, Paula.


—¿Qué quieres decir?


—Eran símbolos de estatus —Pedro intentó ordenar sus pensamientos—, como mis casas, los relojes que llevo, los coches que conduzco o conducen para mí. Una forma de alardear ante mi padre.


Ella se limitó a mirarlo.

Venganza Y Sedución: Capítulo 73

Paula intentó desesperadamente reprimir las lágrimas. No quería llorar delante de él, pero la realidad acababa de irrumpir en sus vidas. Se había negado a pensar en otra cosa que no fuera Pedro desde que se habían hecho amantes. Para él también había sido así, estaba segura. Habían vivido en una burbuja íntima y soñadora. Cuando no hacían el amor, hablaban de muchas cosas, largas conversaciones llenas de risas. Habían llegado a conocerse como quienes realmente eran, pero no habían hablado del primo ni del negocio de él, ni de la hermana o los padres de ella. Lo que tenían era demasiado especial, mágico, como para permitir que lo que acabaría con el sueño lo estropeara durante el tiempo que tenían.


—Ya puedes irte a casa —anunció él.


—¿Quieres que me vaya? —a Paula le entraron más ganas de llorar.


—No —él sacudió la cabeza.


—Bien —susurró ella—. Porque yo tampoco me quiero ir.


—Tu teléfono está en mi vestidor — Pedro cerró los ojos, aliviado, y se encogió de hombros.


—Lo había olvidado por completo —Paula sonrió.


—Puedes llamar a tu hermana.


—Dijiste que estaba a salvo —había un motivo por el que no se había permitido pensar en Delfina.


—Lo está.


—Entonces no necesito llamarla. Todavía no.


Por cómo Pedro la miraba, ella tuvo la sensación de que sabía lo desgarrada que se sentía. Paula le rodeó el cuello con los brazos y lo besó apasionadamente. Él no tenía que regresar a su vida real en cuatro o cinco días, y ella pensaba extraer cada gramo de placer y alegría que le proporcionaba él hasta agotar ese tiempo. La realidad podía esperar. El mar estaba mucho más cálido de lo que ella esperaba, y ni siquiera se inmutó cuando le cubrió las piernas. Cuando llegó al ombligo, se detuvo.


—Hasta aquí he llegado —declaró.


—Cobarde —se burló Pedro con esa sonrisa que nunca dejaba de provocarle un vuelco al corazón.


—No lo soy.


—Sí lo eres —Pedro le lanzó la pelota de playa.


—No lo soy —ella la atrapó y se la devolvió.


—¿Cómo voy a hundirte si no avanzas más allá del estómago? —la sonrisa de Pedro se amplió.


—¿Quieres que me ahogue? —preguntó ella, fingiendo indignación.


—No —él le lanzó la pelota con fuerza—. Quiero rescatarte para darte el beso de la vida.


—Si vas a hacer de socorrista, necesitas uno de esos flotadores —le recordó ella.


—Estoy deseando recibirlo por mi cumpleaños.


—Hará falta mucho papel para envolverlo —contestó ella, empleando toda su fuerza para lanzarle la pelota, y riéndose cuando por fin le acertó en la cabeza.


—¡Lo has hecho a propósito! —exclamó Pedro, metiéndose la pelota bajo el brazo.


—No sé de qué me hablas.


—Tienes una vena malvada —él se acercó a ella.


—Solo para las pelotas de playa —sonriendo, Paula retrocedió, tratando de escapar.

Venganza Y Seducción: Capítulo 72

Lentamente, las embestidas se alargaron y profundizaron, el placer aumentó hasta que ella no fue más que un amasijo de terminaciones nerviosas y la ardiente presión dentro de ella estalló. Con un grito prolongado, Paula enterró la boca en el cuello de Pedro y se agarró con fuerza mientras la inundaban oleadas de felicidad. Lo oyó  gemir y, con una furiosa embestida, sus ingles se unieron por última vez. Enterrado tan profundamente dentro de Paula como jamás había soñado que fuera posible, el clímax de Pedro rugió a través de él. Intentó hundirse más, ella intentó tirar más de él, ambos deseando prolongar el placer todo lo posible, hasta que no quedó más que un silencio aturdidor.



Pedro observó el rostro dormido vuelto hacia él y sonrió al ver la mancha de pecas en la nariz y las mejillas de Paula, iluminadas por la primera luz del sol de la mañana. La tentación de despertarla era fuerte, pero su conciencia no se lo permitía. Debía estar agotada. Tres días y cuatro noches de amor casi constante le habían provocado unas leves ojeras. En cuanto a él… No recordaba haberse sentido nunca tan bien. Tan vivo. Con cuidado, se tumbó boca arriba y estiró un brazo por encima de la cabeza.


—Buenos días —Paula había abierto los ojos, y una sonrisa soñolienta jugueteaba en sus labios.


Él se inclinó y rozó sus labios con un beso. La sonrisa se amplió.


—Es temprano —susurró—. Vuelve a dormir.


—No quiero dormir —ella se acurrucó contra él y puso una mano en su pecho.


Pedro le tomó la mano y suspiró, sabiendo exactamente a qué se refería. Los cuatro días que habían pasado como amantes habían transcurrido como un sueño. Habían estado solos. La habitación de él ocupaba toda la segunda planta, un amplio espacio diáfano con la cama emperador hecha a mano, una pequeña mesa de comedor, un gran sofá esquinero, un bar, un vestidor y un cuarto de baño. Comían lo que el personal dejaba en la puerta. Bebían del bar, que se llenaba mientras estaban en la piscina. Era como si fueran las dos únicas personas en el mundo. Levantó la cabeza al oír un ruido y vió cómo deslizaban una nota por debajo de la puerta. Besó a Paula, saltó de la cama y tomó la nota. La abrió y la miró. Ella había apartado las sábanas y adoptaba una pose tan provocativa que él casi tiró la nota sin leer. Casi. El mensaje era de Ezequiel, cinco palabras: "El negocio está a salvo". Pedro volvió a leerlo, esperando sentir algo. Que no sintió. ¿Por qué no estaba exultante? Sabía que Ezequiel arreglaría las cosas. Nunca lo había dudado. Pero había esperado sentir al menos alivio, no una inmediata sensación de pavor.


—¿Qué ocurre? —preguntó Paula.


Durante un largo instante, él se debatió entre decírselo o no.


—Ezequiel lo ha arreglado todo.


—¿El negocio?


—Sí.


—Me alegro —contestó ella.


—¿Te alegras?


—Siento lo que intentamos hacerles —los ojos de Paula se llenaron de lágrimas—. Lo siento mucho.


—Sé que lo sientes.


—Por favor, perdóname.


—Ya está perdonado —sentado en la cama, él le secó una lágrima que rodaba por su mejilla.

Venganza Y Seducción: Capítulo 71

Con el sabor del clímax de Paula aún en la lengua, Pedro se sometió a un asalto de los sentidos que le habría hecho perder la razón si no la hubiera perdido ya. Cada roce de su boca y su lengua lo abrasaban. Nunca había recibido tanto placer, mucho más que una experiencia corporal. Cuando ella le agarró el miembro, él gimió y apretó los dientes, y los apretó aún más cuando se lo llevó a la boca. Mio Dio… Pedro bajó la mirada y ella lo miró. Su corazón dio un vuelco el al ver el asombro cargado de deseo en la mirada de Paula. Cerró los ojos y dejó que ella tomara la iniciativa, echando la cabeza hacia atrás cuando los movimientos, tímidos al principio, se volvieron más atrevidos. Ella apretó más el miembro y lo introdujo más profundamente en su boca, gimiendo de placer por el placer que le estaba dando. Si el cielo existía, acababa de encontrarlo. Mio Dio, no había nada igual. El tirón delator de su orgasmo comenzó a presionarlo y, con un suspiro, él se apartó suavemente. Ella lo miró, con expresión confusa, y él le tomó el rostro entre las manos, y la besó, tumbándola de espaldas y deslizándose entre sus piernas. La punta de su erección rozó la entrada, y el deseo de penetrarla de golpe fue tan fuerte que tuvo que encajar la mandíbula para controlar sus instintos más bajos. Paula era virgen. Necesitaban protección. Estiró el brazo y abrió el cajón de la mesilla. Ella levantó la cabeza y le besó el cuello con la boca abierta, mientras deslizaba una mano hacia abajo hasta apoderarse de su erección. Pedro buscó un preservativo a tientas, porque ella lo acariciaba mientras le besaba el cuello. Sacó el preservativo y tomó la mano de Paula que tan glorioso placer le proporcionaba. Ella acercó la boca a su mandíbula hasta que encontró sus labios y, con las lenguas y las manos entrelazadas, colocaron el preservativo. Apenas pasó un segundo antes de que ella volviera a estar tumbada, respirando entrecortadamente, los ojos clavados en los de él, la erección empujando.


Paula temía volverse loca si Pedro no la tomaba. Nunca había deseado nada tanto como eso. Su cuerpo ardía con las llamas que él prendía, consumiendo sus sentidos. Solo veía su hermoso rostro, oía su respiración agitada, olía y saboreaba su piel almizclada. Pedro empezó a empujar contra ella. Paula no sintió dolor ni incomodidad, solo una lenta sensación de deliciosa plenitud. Pedro pensaba que el cielo era cuando ella se lo había llevado a la boca. Si aquello era el cielo, entonces eso era el paraíso, un milagro del cuerpo y el alma. Podrían quedarse así, pensó vagamente. Fundidos. Como uno solo. Nunca la necesidad de liberación había quemado tanto, pero la urgencia había desaparecido. Él solo quería saborear el momento, a ella. Paula ya creía haber experimentado todo el placer sensual que podría sentir, pero cuando él empezó a moverse dentro de ella, creció una sensación totalmente nueva, un ardor cada vez más intenso que se extendió por todo su ser. Le sujetó el cuello, lo besó y cerró los ojos.

lunes, 16 de marzo de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 70

Pedro llevó a Paula en brazos, subiendo las escaleras hasta el dormitorio y la sentó delicadamente a los pies de la cama. Tenía los ojos abiertos, confiada, y le tendió una mano. Él la tomó, besó sus bonitos dedos y dió un paso atrás para desnudarse. Primero se quitó la camisa, a continuación, los pantalones cortos. Deslizó los ajustados bóxer por las caderas hasta que la gravedad hizo el resto. Por último, se sacudió los zapatos y respiró entrecortadamente ante la expresión de Paula, que lo absorbía. Porque así lo sentía, como si ella lo estuviera absorbiendo. Dió un paso hacia ella, pero Paula sacudió la cabeza para detenerlo, y se levantó. Subió el vestido por su hermoso cuerpo y se lo quitó por la cabeza. Al igual que él, no le importó dónde cayera. Un momento después, el bonito sujetador de seda blanca cayó sobre el vestido, y solo quedaron las bragas a juego. Las enganchó con la punta de los dedos y las deslizó hacia abajo para quitárselas. Con las mejillas sonrojadas, se enderezó, casi sin respirar. Se sintió como si la viera por primera vez. Lentamente, se empapó de cada centímetro de ella, desde el pequeño lunar marrón del cuello hasta los pechos pequeños y turgentes con sus hermosos pezones rosa oscuro, pasando por el triángulo de vello castaño oscuro entre las piernas, hasta las uñas de los pies pintadas. Con la cabeza echada hacia atrás y los ojos muy abiertos, Issy dio un paso hacia él. La erección tropezó con su vientre, y ella respiró entrecortadamente mientras su mirada se oscurecía.


—Tu sei bella —susurró él con voz ronca.


—Anche tu —susurró ella con voz apenas audible. «Tú también…».


Pedro volvió a tomarla en brazos. Ella le abrazó el cuello y él la tumbó sobre la cama. No sabía qué dolía más, su corazón o su erección. Nunca se había sentido así. Nunca había deseado tanto a alguien como para que todo su cuerpo se estremeciera. Cuando se tumbó sobre ella, apoyando el peso en los codos a ambos lados de su cabeza para no aplastarla, las puntas de sus pechos apretadas contra la dureza de su torso, Paula sintió la fuerza de los latidos de su corazón tanto como sentía los suyos propios. La mirada maravillada mientras bajaba el rostro hacia ella, hizo que su corazón latiera aún más rápido, y cuando sus labios finalmente se fundieron, prendieron llamas en ella, bombeando fuego por sus venas, derritiendo lo último que le quedaba de pensamiento. Paula cerró los ojos y se fundió en Pedro y la ternura bajo la pasión de sus besos. La boca y las manos de él la exploraron con reverencia. Apenas un centímetro de su cuerpo quedó sin tocar, besar, amar. Cuando deslizó la lengua por la cara interna del muslo y presionó contra su feminidad, ella no pudo hacer otra cosa que gritar su nombre y dejarse llevar por el clímax al que él la llevaba lentamente. Aturdida, drogada de éxtasis, Paula se incorporó cuando Pedro levantó la cabeza. Esa vez fue ella quien lo besó. Ella quien lo tumbó y adoró cada centímetro del cuerpo del hombre que la había cautivado durante años.

Venganza Y Seducción: Capítulo 69

Deseaba a Pedro. Sentir la luz que la llenaba cuando él la miraba. Acudir a él como Paula Chaves, auxiliar de enfermería aficionada al ballet, los libros y la comida basura, sin engaños. Quería conocer al verdadero Pedro, al hombre que se había abierto a ella. Tenía la sensación de que todo lo que había intentado evitar que le gustara de él era el auténtico Pedro.




Pedro se sentó al final de la enorme mesa de comedor servida para dos, y bebió un trago de vino. ¿Acudiría? No se había sentido tan nervioso desde su primera cita. Había invitado a Paula a cenar con él. Otra vez. Ella no había contestado. Otra vez. Pero esa vez su silencio había sido diferente. Una pizca de esperanza se instaló en él. Consultó la hora. Aún podía echarse atrás… Aunque no había aceptado. La esperanza era peligrosa, se lamentó, mientras se obligaba a contemplar la espectacular puesta de sol, en lugar de mantener la vista fija en el camino por el que ella llegaría. Si acudía. ¿Cómo había pasado de un juego seductor con una estafadora, a descubrir la verdad sobre ella, y a eso? No debía ser más que diversión, igual que sus otras aventuras, pero con más mordiente. Jamás habría imaginado sentirse así, poder sentirse así. Como si estuviera perdiendo la cabeza. Se le erizó el vello de la nuca y el corazón se aceleró. Giró la cabeza hacia la izquierda antes de que su cerebro registrara lo que le decían sus sentidos. Paula surgió de entre las sombras del sendero bordeado de follaje, con los ojos clavados en él. Cuanto más se acercaba, más se aceleraba el corazón de Pedro. Llevaba un bonito vestido amarillo, con los finos tirantes que tanto le gustaban. Apenas un toque de maquillaje adornaba su rostro. No lo necesitaba. El cabello rubio y sedoso caía suelto sobre sus hombros, con el primer toque de castaño asomando en las raíces.



Incapaz de apartar la mirada del rostro de Pedro, Paula subió los tres escalones hasta el comedor exterior. Unas luces plateadas titilaban en el techo de madera, y una hilera de lamparillas nocturnas parpadeaba sobre la mesa. Con el sonido del mar rompiendo en la playa a sus espaldas, la escena era tan romántica que se sintió consumida por ella. Pero era el hombre de camisa blanca, cuello abierto y elegantes pantalones cortos gris oscuro, que se acercaba lentamente a ella, quien más la consumía. Su mirada clavada en ella. Paula le acarició la mejilla, cubierta ya de una espesa barba. Las yemas de sus dedos sintieron un hormigueo enloquecedor, y su deseo por él se intensificó. La pequeña distancia que los separaba se cerró y él le rodeó la cintura con las manos. Sin pronunciar una sola palabra, la levantó en el aire. Siguió mirándola como si fuera un milagro, antes de bajarla con suavidad y estrecharla entre sus brazos, contra su pecho. Ella aspiró la frescura de su colonia que, mezclada con la piel limpia, impregnó sus sentidos.