lunes, 20 de abril de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 20

Levantó la mano en la que tenía el expediente. Su sentido común la conminaba a que se detuviera, pero ya estaba harta de ser amable con un hombre tan egoísta. Lo dejó caer, saboreando con gusto el golpe que resonó en el vestíbulo cuando la carpeta golpeó la mesa y la expresión de sorpresa que apareció en el rostro de Pedro.


—Que tenga un buen día, señor Alfonso.


Entonces, le dedicó una resplandeciente sonrisa, inclinó ligeramente la cabeza y se marchó con paso firme del château.


Pedro contempló atónito la puerta abierta. No recordaba la última vez que alguien le había dejado con la palabra en la boca. Le resulta increíble que ella se hubiera marchado con tanta soberbia, comportándose como si hubiera sido él quien le había hecho algo malo cuando aquella mujer llevaba acosándolo durante semanas. Por ello, atravesó el vestíbulo con grandes zancadas para cerrar la puerta a la señorita Paula Chaves de una vez por todas. Al llegar a la puerta, miró la mesa sobre la que ella había dejado el expediente. Parecía un montón de papeles totalmente inocuo. Firmarlos pondría fin a aquella situación. Terminaría de una vez por todas con la campaña de asedio de la señorita Chaves, aunque, a juzgar por lo que ella le había dicho antes de marcharse, no tenía intención de volver a molestarle. Debería sentirse aliviado… Sin embargo, no era así. El vacío de la casa le estaba empezando a resultar insoportable, como también el rugido de la tormenta en el exterior. La perspectiva de no volver a ver a Paula, una mujer que le había producido un increíble impacto en cuestión de minutos, le produjo una inesperada sensación a través del vacío de su pecho. Maldita sea. Un relámpago iluminó el cielo, seguido tan solo unos segundos después por un trueno tan fuerte que hizo temblar las ventanas. Se asomó por la puerta y vio que la tormenta había oscurecido notalmente aquel paisaje veraniego. El viento ululaba por las esquinas del château y azotaba las ramas de los árboles. Tal vez fuera un canalla egoísta, pero no podía permitir que se marchara en medio de una tormenta tan fuerte. El pueblo estaba muy lejos. Decidió que ir tras ella era lo correcto, a pesar de que no le gustara.  Bajó las escaleras y miró a su alrededor. No se la veía por ningún sitio. Tal vez se había refugiado en la galería que había al otro lado de la casa. De repente, un ligero movimiento captó su atención. Observó sorprendido cómo la figura de la abogada había alcanzado ya la parte del camino que quedaba flanqueada por árboles.


—¡Señorita Chaves! —gritó—. ¡Paula!


El viento pareció engullir sus palabras y Paula desapareció entre los árboles. Pedro lanzó una maldición y bajó corriendo los escalones. Al llegar al suelo, echó a correr. 

Quédate Conmigo: Capítulo 19

 —Si no quiere el dinero, necesito que me firme un documento diferente en el que renuncia a todos sus derechos sobre la herencia.


La sorpresa se reflejó en el rostro de Pedro. ¿Acaso había esperado que ella saliera corriendo y gritando?


—¿Acaso no me ha escuchado, señorita Chaves? No voy a firmar. Nada.


Paula se acercó al pie de la escalera y lo miró. Alfonso estaba algunos escalones por encima de ella. La luz de la enorme lámpara hacía destacar la piel perfecta y cálida de lado derecho de su rostro hasta llegar a la afilada línea de la mandíbula. El cabello castaño claro, espeso y ligeramente revuelto, le caía sobre la ancha frente. La ira que ella había estado sintiendo desapareció de repente. Era más cruel aún que el destino lo hubiera dejado con la mitad de su rostro intacto, un recordatorio constante de quien había sido. Las miradas de ambos se cruzaron. Sintió que el corazón le latía con fuerza en el pecho. El calor regresó de nuevo, extendiéndose por su cuerpo, drogándola de deseo y haciendo que las extremidades le pesaran enormemente. Parpadeó y dio un paso atrás para tratar de recuperar la compostura y su profesionalidad. La cicatriz junto a la boca de Pedro se torció cuando sus labios se curvaron para esbozar una sonrisa burlona. 


—¿Qué le parezco, señorita Chaves? —le preguntó. Bajó unos escalones más, hasta que quedó tan solo uno por encima de Paula—. ¿Un canalla mimado que tiene lo que se merecía? O tal vez algo más sencillo, como un monstruo.


Aquella última palabra, hizo reaccionar a Paula. Lo miró de arriba abajo, se fijó en los fuertes músculos del cuello, en cómo la tensión de la mandíbula retorcía las cicatrices. Detrás del brillo de desdén que relucía en sus ojos había dolor… un profundo y horrible dolor.


—No. Solo me parece un hombre que está sufriendo mucho.


El rostro de Pedro reflejó una expresión de desprecio que estuvo a punto de conseguir que ella se sintiera insignificante. La miraba fijamente, con la respiración acelerada y el pulso latiéndole con fuerza en la garganta. Paula casi podía sentir los latidos de su corazón, la angustia que lo atenazaba. Observó el hermoso rostro y sintió que la respiración se le cortaba al sentir cómo Alfonso la atrapaba con su mirada.


—He dicho que no. No voy a firmar.


Durante un instante, Paula se limitó a mirarlo. Por fin, asimiló aquellas últimas palabras y reaccionó. Sintió que la furia volvía a apoderarse de ella al comprender que no tenía esperanza alguna de mantener su trabajo.


—Siento curiosidad por saber cómo se las apañaría un hombre al que se le ha entregado todo en bandeja de plata para echar a la calle a una mera mortal como yo, pero en realidad ya no me importa. He recorrido cientos de kilómetros, he aguantado la lluvia y he discutido con sus empleados de todo el mundo solo para conseguir una firma. Pero ya me he cansado.


Quédate Conmigo: Capítulo 18

 —Si usted no firma, me despiden. Si llama a Nettleton & Thompson, me despiden —exclamó levantando las manos con desesperación—, así que enhorabuena. Me tiene usted con la soga al cuello.


—¿Con la soga al cuello?


—Sí. Indefensa. A su merced.


—A mí no me parece usted indefensa en absoluto, señorita Chaves.


Paula volvió a sentir que el calor regresaba a su cuerpo al notar una cierta admiración en el tono de voz de Alfonso. Aquella sensación solo sirvió para acrecentar la irritación que sentía. ¿Cómo era posible que se sintiera atraída por un hombre tan exasperante y egoísta?


—No soy indefensa. No soy ninguna damisela en peligro. Simplemente he intentado hacer mi trabajo a pesar de que ha cancelado cinco reuniones, sus eficientes secretarias me han colgado el teléfono un número indefinido de veces y he viajado más de setecientos kilómetros para localizarle con el aliento de mi jefe en la nuca. He puesto el futuro de mi carrera en sus manos. Si puedo sobrevivir a esto, podré sobrevivir a cualquier cosa.


Paula tenía la respiración muy agitada. Miró el rostro de Alfonso, aún entre las sombras. Probablemente ya había firmado su sentencia con aquel estallido de genio. Pero Dios, ¡Se había sentido tan bien al decirle por fin lo que pensaba de su arrogancia y del hecho de que su carrera se viera reducida a la capacidad de conseguir una única firma! Se mesó el cabello y miró con anhelo la puerta entreabierta. Entonces, se giró de nuevo hacia él. «Una última vez. Intenta explicarte una última vez».


—¿Es que no lo comprende? Si no firma, lo perderá todo.


—Ya he perdido muchas cosas, señorita Chaves —dijo con frialdad. Entonces, comenzó a bajar las escaleras lentamente, de un modo muy medido que hizo que el pecho de Paula se tensara de anticipación—. Mi padre. Mi novia. Mi aspecto. Mi capacidad para andar por la calle sin asustar a los niños pequeños —añadió. Las sombras se fueron difuminando, dejando al descubierto unos anchos hombros y un fuerte cuello, cuya piel aparecía marcada por una gruesa cicatriz rosada—. ¿Qué le hace pensar que el dinero me importa un comino?


Entonces, salió por completo a la luz.  Paula apretó los labios para contener su reacción. Las cicatrices del lado izquierdo de la cara destacaban más por el hecho de que el lado derecho no tenía daño alguno. Una cicatriz le arrancaba en la línea del cabello y bajaba hasta atravesarle la ceja. Milagrosamente, lo que había causado aquella herida había perdonado el ojo, pero por muy poco. La cicatriz se torcía hasta la sien para bajar de nuevo por una esculpida mejilla. Otra cicatriz, más enrojecida, resultaba visible por debajo de la cuidada barba y atravesaba la mandíbula desde la boca y bajaba hacia el cuello. Era impactante, sí, pero, el modo en el que la prensa lo había descrito, acompañado de una desagradable descripción de su ex, había dado la impresión de que él tendría el aspecto de una bestia. O del monstruo de Frankenstein. Sin embargo, a ella le parecía un hombre que, efectivamente, había sufrido, pero que había sobrevivido a un terrible accidente. 

Quédate Conmigo: Capítulo 17

Paula inclinó la cabeza, pero no pudo distinguir ningún rasgo. Había escuchado muchos rumores sobre las cicatrices que cubrían el rostro de Pedro Alfonso. La curiosidad se apoderó de ella, pero decidió no ceder a sus impulsos. Las cicatrices de Alfonso no eran asunto suyo.


—La puerta estaba abierta.


—Es decir, ha entrado sin permiso —replicó él apretando la balaustrada con una mano.


—Señor, necesito que…


—No —la interrumpió él, bajando el primero de los escalones. Las sombras se desplazaron un poco, pero siguieron ocultándole el pecho y el rostro—. Lo que debería hacer, señorita Chaves, es marcharse antes de que llame a Nettleton & Thompson y les exija que la despidan.


—¿Por qué? —le espetó ella.


Sabía que, muy probablemente, Alfonso era muy capaz de hacer exactamente lo que acababa de decir. El hecho de que el señor Nettleton accediera inmediatamente a sus exigencias la enfureció. Paula se había esforzado mucho para llegar hasta allí. Había tratado de ser amable, paciente. Sin embargo, aquel hombre, que tenía el mundo a sus pies, no había hecho más que ponerle obstáculos desde el principio. La determinación le dio fuerza para seguir hablando.


—¿Por hacer mi trabajo? —añadió—. ¿Por intentar localizarle para hablar con usted en dos países diferentes?


—Si ir en contra de los deseos de sus clientes y acosarlos incesantemente es lo que usted considera su trabajo, creo que haré que sea otro bufete el que se ocupe de mis asuntos.


La indefensión era un sentimiento muy incómodo. La indefensión acompañada de la ira era incluso más desagradable. Paula sintió que las palabras se agolpaban en su garganta y trató de contenerlas. Entonces, decidió que ya no le importaba. Si, tal y como parecía, aquel iba a ser el final de su carrera en Nettleton & Thompson, dado que parecía inevitable hiciera lo que hiciera, decidió que era mejor marcharse cubierta de gloria y dejar que aquel playboy maleducado fuera consciente del daño que había causado.


—Hasta que usted firme este contrato, mi cliente es su padre, o más bien, sus propiedades —dijo. Metió la mano en su bolso y sacó un grueso montón de papeles—. Dado que no lo ha firmado, me importa un bledo a quién le confíe sus asuntos. De hecho, preferiría que no siguiera siendo cliente de Nettleton & Thompson ya que no ha sido usted más que un grano en el trasero.


El silencio fue ensordecedor. Paula tan solo podía escuchar los furiosos latidos de su corazón. Entonces, Alfonso habló. Por el tono de su voz, parecía que el comentario de ella le había hecho cierta gracia.


—¿De verdad?


—De verdad.


—¿Y si la despiden?

Quédate Conmigo: Capítulo 16

Por suerte, estaba encendida y su luz aplacaba la oscuridad de la tormenta que rugía en el exterior. Las paredes, pintadas en un delicado tono marfil, reflejaban la luz y hacían que la estancia reluciera. Junto a una de las paredes, había una larga y estrecha mesa, que brillaba como si acabaran de pulirla. Era muy hermosa, pero tenía un aspecto muy vacío, como si estuviera esperando a que alguien colocara un bol de flores frescas o un antiguo jarrón. La sensación de vacío generalizada que había en la estancia la conmovió. Una casa tan imponente, con tanto que ofrecer, pero vacía y deshabitada. Empezó a moverse, dado que se sentía demasiado nerviosa como para permanecer en un único lugar. Un cuadro le llamó la atención, uno de los pocos que adornaban las paredes del vestíbulo. Era una pintura de un gran tamaño, que representaba el momento en el que unas poderosas olas rompían contra una playa. Los trazos del pincel representaban perfectamente el agua embravecida y las oscuras nubes del horizonte. Un acantilado se erguía sobre el mar, orgulloso e inamovible contra la ira de las olas. La imagen parecía hablarle y le llenaba de una potente energía que rejuvenecía su apesadumbrado espíritu. Le recordaba a los otoños de su infancia, cuando observaba cómo las tormentas azotaban la costa de Maine desde su casa. La furia y el poder de la naturaleza, recordándole al hombre de lo que era capaz. Sobre la playa, había una larga figura, una sombra que parecía desafiar la tormenta con la barbilla erguida y los hombros cuadrados. Paula sonrió y respiró profundamente. Aquella imagen le daba el ánimo y la determinación que necesitaba para llevar a buen puerto su misión. De repente, sintió un hormigueo en la espalda y el vello se le puso de punta. Era prácticamente la misma sensación que había experimentado en el Diamond Club justo antes de ver la figura de Pedro Alfonso entre las sombras. No había podido verle el rostro, al menos no claramente, pero eso no había impedido que se le entrecortara la respiración y que un calor que parecía haber surgido de la nada le abrasara la piel. En aquel momento comenzó a sentir aquel mismo calor, una fiebre que solo podría ser aplacada por el acto que jamás había realizado antes. Se dió la vuelta, pero no había nadie.


—Señorita Chaves…


La voz, profunda, dura y, a la vez, sorprendentemente melódica, resonó por todo el vestíbulo. Se deslizó por encima del cuerpo de Paula y atravesó su piel para hacerse eco en el interior de su cuerpo como si fuera el restallido de un trueno. Atónita, ella levantó la mirada. Había un hombre en el primer rellano de la imponente escalera. Un hombre muy alto. Su torso y su rostro quedaban sumidos en las sombras.


—¿Señor Alfonso?


—¿Cómo ha entrado en esta casa?

miércoles, 15 de abril de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 15

Además, tenía que conseguir que le firmara aquel contrato y recibir por fin el ascenso que le habían prometido. El hecho de regresar a Londres y presentarle el contrato firmado al señor Nettleton debería haberla estimulado, pero no era la causa de que hubiera apretado el paso. Era como si quisiera combatir la sensación de inquietud que llevaba atenazándola durante unos meses, como si quisiera dejar atrás la pregunta que llevaba turbándola durante meses. «¿Quiero seguir haciendo esto?». Le gustaba su trabajo. Le gustaba escuchar las historias de la gente y lo que se había hecho importante para ellos a lo largo de sus vidas. Sin embargo, a medida que el tiempo había ido pasando el ambiente de Nettleton & Thompson había empezado a recordarle al de una cárcel. Siempre se había considerado una persona muy alegre. Incluso en días en los que había estado trabajando trece horas, había sido capaz de encontrar aspectos positivos. Sin embargo, en aquellos momentos… Paula se sentía agotada. El único aspecto positivo de su infructuosa búsqueda del señor Alfonso era que había sido capaz de dejar a un lado su insatisfacción con su trabajo durante un tiempo. En otro momento, podría decidir si quería seguir trabajando para el bufete o si se atrevía por fin a enfrentarse lo que quería hacer con su vida. Vivir un poco fuera de las paredes de su despacho. Apartó las preguntas de su pensamiento. No era el momento para tener una crisis personal, sino para realizar su trabajo.


Se detuvo al llegar frente a una enorme puerta doble y levantó el pesado llamador. Nadie respondió. El viento ululaba sobre el tejado de la mansión con gran fuerza. Entonces, instantes después, la lluvia comenzó a caer con fuerza. Con desesperación, Paula se apartó de la puerta para mirar a través de una de las ventanas, pero las cortinas estaban echadas. Regresó a la puerta y, en aquella ocasión, llamó con fuerza con el puño. Entonces, una de las hojas de la puerta se movió ligeramente y cedió. Se quedó en el umbral sin saber qué hacer. Técnicamente, nadie la había invitado a pasar, pero la puerta estaba abierta. Y había ido hasta allí desde muy lejos después de pasarse un mes entero tratando de localizar al señor Alfonso. Además, la lluvia estaba empezando a caer con fuerza. Con toda seguridad, el señor Alfonso le permitiría al menos refugiarse hasta que la tormenta hubiera pasado. Respiró profundamente y, tras abrir un poco más la puerta, entró. Se quedó con la boca abierta. A sus pies se extendía un mosaico de bellísimo diseño en diferentes tonos de azul, verde y rojo. El mosaico parecía contenido dentro de la piedra blanca que delimitaba la estancia. Una escalera a juego, lo suficientemente amplia para que subieran cuatro personas a la vez, abrazaba la pared y subía a la planta superior formando una imponente espiral. Una impresionante lámpara negra, a juego con la barandilla de la escalera exterior, colgaba del techo a más de cinco metros por encima de la cabeza de Paula. 

Quédate Conmigo: Capítulo 14

Paula jamás se había cuestionado su vida antes. Simplemente había aceptado todos los halagos que se le dedicaban y había gozado con el orgullo de sus padres. Su madre vivió lo suficiente para ver cómo se probaba la toga y el birrete un mes antes de graduarse en la Facultad de Derecho y para saber que Nettleton & Thompson le habían hecho una oferta de trabajo. Estaba a punto de cumplir todo lo que su madre había deseado. Entonces, ¿Por qué no se sentía emocionada al respecto? De repente, el sendero se curvó y, tras dejar los árboles atrás, se encontró frente a una verja de hierro forjado. Estaba flanqueada por dos columnas de piedra coronadas por estatuas, que ciertamente dejaban en evidencia las vallas de madera blanca tan típicas del pueblo en el que ella había nacido. Más allá de la verja, a unos cuantos cientos de metros de distancia, estaba el château. Se trataba en realidad de una enorme mansión con ventanas arqueadas que relucían bajo el sol y que estaba coronada por un empinado tejado. El edificio rezumaba elegancia. Era la clase de lugar que su madre había descrito cuando le contaba cuentos de príncipes y princesas, palacios y dragones, brujas y bestias.


De repente, se levantó un fuerte viento. Paula bajó la cabeza para protegerse y, al mirar al cielo, vio que este se estaba cubriendo de grandes nubes oscuras. Alfredo le había mencionado que se iba a producir una tormenta, pero que sería por la tarde. Con decisión, atravesó la verja. Entraría en la casa, hablaría con Alfonso y se marcharía de allí con su firma. Estaría de vuelta en Étretat antes de que la tormenta empezara. Alfredo le había dicho que lo llamara si necesitaba que fuera a recogerla para llevarla de vuelta al pueblo. A medida que se acercaba al château, lo fue observando más atentamente. Teniendo en cuenta las lujosas propiedades que Alfonso tenía en Nueva York, California y Tokio, le sorprendía que hubiera elegido una casona tan antigua para esconderse. Por supuesto, era un lugar muy hermoso y seguramente también muy valioso, pero no parecía la clase de lugar que Pedro Alfonso solía preferir. A él parecían gustarle los lugares nuevos, modernos y llamativos, no los históricos y elegantes.  Agarró con fuerza el bolso y empezó a subir las escaleras. Decidió que necesitaba controlar sus sentimientos. Había experimentado una reacción muy fuerte ante él en el Diamond Club. No obstante, según se había repetido una y otra vez desde entonces, había sido también perfectamente comprensible. Tenía los sentimientos a flor de piel. Se había encontrado por fin con el hombre sobre el que tanto había leído. Había escuchado muchas entrevistas suyas antes del accidente y, en cierto modo, sentía que lo conocía. Verlo al fin había provocado una reacción desmedida.