lunes, 9 de febrero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 25

Una punzada atravesó el pecho de Paula. ¡No debería importarle! ¿Acaso no era la prueba de que todo el dinero que Delfina y ella habían ahorrado durante años para convertir a Paula en la idea que tenía Pedro de la perfección había funcionado? Debería sentirse contenta, no desolada, porque él jamás miraría a la auténtica Paula y, desde luego, nunca la consideraría perfecta. ¿Qué importaba lo que él pensara? En cuanto el trato estuviera firmado, ella desaparecería de su vida y no volvería a verlo jamás.


Por primera vez, Pedro vió apagarse el brillo en los ojos de Paula. Regresó en cuestión de segundos, pero él se preguntó qué lo había causado… Y por qué demonios le importaba.


—Las damas primero —consciente de que su excitación aumentaba, la soltó, dió un paso atrás y señaló el tobogán.


—La edad antes que la belleza —ella sonrió dulcemente.


Pedro rió. Sería una tentadora confabuladora empeñada en destruirlo, pero le divertía. Hacía mucho que no disfrutaba tanto de la compañía de una mujer, de cualquiera, para ser más precisos, Impulsivamente, le tomó el rostro y la besó apasionadamente en la boca. Dio, qué bien sabía.


—Ya que estoy a tu merced, dispuesto a cumplir todos tus deseos, te haré los honores —él subió los tres escalones hasta la cima del tobogán, se sentó, y se dejó caer.


Paula se asomó a la barandilla y observó la enorme salpicadura que se produjo al caer. Sintió un nudo de ansiedad cuando no emergió inmediatamente, pero de repente apareció la oscura cabeza y, un sonriente rostro se levantó hacia ella. Era su turno. Rajarse haría que él sospechara, y no podía permitírselo. Recordó una época en la que un parque acuático había sido el colmo de la diversión, y tirarse por toboganes de todas las formas y tamaños la mayor emoción de su vida. Pero esos toboganes acababan en piscinas, y había un montón de socorristas vigilando. «¡No seas cobarde!». Decidió no pensar en lo que estaba a punto de hacer, subió los tres escalones, saludó a Pedro, que nadaba a una distancia prudencial de la zona de sumergirse, se sentó y se dejó caer. Era exactamente como imaginaba una caída libre. También mucho más rápido de lo que había previsto, ya que el agua que caía por el tobogán como lubricante la precipitó con tanta rapidez que no tuvo tiempo de prepararse para la inmersión. Voló por los aires antes de estrellarse en el mar con un grito. El agua salada le entró por la nariz y la boca abierta mientras se hundía en las profundidades.

Venganza Y Seducción: Capítulo 24

Paula contempló el tobogán que la tripulación acababa de inflar. Fijado a la cubierta superior, caía directamente al mar, recordándole a una versión más alta y estrecha del tobogán de emergencia de un avión. También un hinchable gigante cuadrado, para unas diez personas, atado al yate. No era buena nadadora. Había pasado los veranos de su infancia en la piscina de su casa italiana, pero de eso hacía ya mucho tiempo y, hasta ese día, no había vuelto a meterse en una piscina. Ni siquiera de niña le había interesado nadar, prefiriendo chapotear e irritar a su hermana lanzándole pelotas de playa a la cabeza. Además, la piscina tenía un fondo definible. No se atrevió a preguntarle al capitán qué profundidad tenía el agua donde habían fondeado.


—¿Preparada? —preguntó Pedro con su sonrisa diabólica.


—Te echo una carrera —recordándose a sí misma que se suponía que era una intrépida fiestera, Paula le devolvió la sonrisa.


Antes de que Pedro reaccionara, Paula subió hasta la siguiente cubierta. Lo bueno de haberse esforzado tanto para esculpir su cuerpo era que se había puesto en forma. Famélica, pero en forma. Y había saltado los primeros escalones antes de que él los alcanzara. Riendo, subió el segundo tramo a la siguiente cubierta, conservando su ventaja también en el tercer y último tramo… Pero en cuanto puso el pie en la cubierta superior, un fuerte brazo le rodeó la cintura y la levantó en el aire. Agitando las piernas, Paula gritó, mitad de risa, mitad de miedo. No lo había oído acercarse. Pedro la llevó hasta el tobogán como si no pesara nada y, cuando la bajó, la diferencia de tamaño entre ambos, la golpeó con crudeza. Ese hombre podría partirla en dos sin esfuerzo. La sensación de peligro volvió a invadirla, aunque no tenía nada que ver con su envergadura. Él nunca usaría su físico para hacerle daño.


—Eres diminuta —él parpadeó y sacudió la cabeza.


Paula sintió que le ardía la cara. A Pedro le gustaban las mujeres altas y de piernas largas. Nunca había tenido una amante que midiera menos de un metro setenta.


—Vives a gran altura —Pedro sujetó la barbilla de Paula—, pero eres diminuta.


—No se lo digas a nadie —ella le puso un dedo en los labios—. Es un secreto.


Él la miró fijamente unos segundos antes de soltar una carcajada. El sonido era tan contagioso que Paula no pudo evitar que se le escapara la risa, y cuando él la tomó por la cintura y la levantó en el aire por encima de su cabeza, el pelo suelto colgando como una cascada, el impulso de besarlo fue tan fuerte que le costó un mundo resistirse.


—¿Puedes bajarme, por favor? —tenía que aguantar, aunque sintiera arder su cuerpo.


—Eres preciosa —en cuanto los pies de Paula tocaron la cubierta, él le puso una mano en la espalda y le apartó un mechón de pelo de la cara.


—¿Aunque sea bajita? —bromeó ella, orgullosa de sí misma, porque las palabras de Pedro le hacían sentir confusa, y más su mirada.


Todo en ese hombre la confundía. ¿Le gustaba? Su sensualidad la abrasaba.


—Pequeña, pero perfectamente formada.

Venganza Y Seducción: Capítulo 23

"¡Funcionó! Anzuelo, línea y plomada". ¿Qué prueba de corrupción? Pedro y Ezequiel exigían que su negocio se ejecutara legalmente. No sobornaban. No mentían. No hacían recortes. Sus bastardos padres eran los modelos contra los que trabajaban para asegurarse de hacer lo contrario de lo que harían ellos. Las corruptas acciones de Miguel Chaves solo habían reforzado ese espíritu. Habían sido víctimas de malas prácticas y nunca harían pasar a nadie por lo mismo. Tendrían que esperar hasta atracar en St. Lovells. Hasta entonces, descargaría todo su magnetismo sobre Paula. Esa era su única ventaja, pues sabía que, a pesar de todas sus odiosas conspiraciones, Paula Chaves lo deseaba. Y jugaría con ese deseo sin piedad.


—¿Puedo? —miró el tazón de helado derritiéndose.


—Adelante —ella le acercó el bol.


—Grazie.


—Prego.


—¿Hablas mi idioma?


—Algo —contestó Paula tras vacilar ligeramente.


—Tendría que haberlo supuesto, ya que has bautizado a este hermoso navío con un nombre italiano —Pedro hundió la cuchara en el helado y se la llevó a la boca—. Siempre he pensado que el mejor lugar para servir un helado es el cuerpo desnudo. Y la mejor forma de comerlo es con la lengua.


El oscuro rubor de Paula le indicó que lo había entendido perfectamente. Y por cómo se retorció en la silla, la imagen que él había evocado había calado en su cuerpo. Sonriendo, se metió la cuchara en la boca.


Paula tuvo que cruzar las piernas con fuerza. El bastardo se había dado cuenta. Podía verlo en sus ojos. Sabía que había entendido sus palabras seductoras y el efecto que estaban teniendo en ella. Era como una caricia que penetraba hasta lo más profundo de su ser. Sus palabras le habían revuelto el cerebro hasta impedir cualquier respuesta. Necesitaría tirarse de nuevo a la piscina para refrescarse. Esperaba que la reunión de Londres fuera según lo previsto, que la firma de los contratos se acelerara y que todo se cerrara en cuestión de días, como calculaba Delfina. Porque allí sentada, con el torso divinamente masculino y el rostro celestial de Pedro frente a ella, las secuelas del contacto de sus cuerpos aún recorriéndole la piel y la marca de su boca aún en los labios… Era un infierno. Tenía que encontrar la forma de mantenerlo alejado. Era demasiado peligroso. Incluso mirarlo a los ojos era una tortura. Pero debía soportarlo. Apoyó el codo en la mesa y la barbilla en una mano.


—Parece que estamos en una zona tranquila —murmuró—. ¿Qué tal si ordeno al capitán que eche el ancla y sacamos el tobogán, o nos damos una vuelta en las motos acuáticas?


—Bella —los ojos de Pedro emitieron un brillo sensual que la derritió—, llevo fantaseando con tu tobogán desde que lo mencionaste por primera vez.

Venganza Y Seducción: Capítulo 22

Delfina Chaves. Dio, ¿Cuánto tiempo llevaba trabajando para ellos? Unos dos años. Era una trabajadora buena y diligente, que siempre llegaba temprano, agachaba la cabeza y se ponía a trabajar. La clase de trabajadora a la que Pedro a menudo deseaba que se parecieran los demás. Nunca se le habría ocurrido que fuera la hija del bastardo corrupto. Ni siquiera su apellido le había hecho sospechar. Chaves era un apellido bastante común y, además, ¿Quién sería tan descarado como para acampar en los cuarteles del enemigo con su verdadero nombre? Delfina Chaves. Maldito fuera su teléfono por morirse. Tenía que avisar a Ezequiel. Había conseguido que uno de los tripulantes lo cargara antes de que Paula regresara a cubierta, y estaba empleando toda su fuerza de voluntad para no usarlo. Para no desatar toda su furia sobre la conspiradora que buscaba destruirlo. Tenía que mantener la calma. No delatarse. Seguirle el juego. Tomó otro trago de su segunda cerveza y contempló de nuevo a Paula. Tenía mucho que hacer para reforzar sus defensas, y advertir a su primo era lo primero. Por lo que había averiguado hojeando sus mensajes, las hermanas estaban llevando a cabo un ataque a dos bandas: Delfina tenía como objetivo la empresa y Paula se encargaba de mantener distraído a Gianni hasta que su hermana completara la misión. Esa misión giraba en torno al proyecto Aurora, del que ella era gestora.


Alfonso Industries estaba a punto de cerrar un acuerdo de asociación que sacudiría al mundo de la promoción inmobiliaria y dispararía el ya increíble patrimonio de los primos a la estratosfera. La reunión del equipo directivo ese día decidiría con qué empresa se asociarían. Pedro había examinado todos los documentos con lupa. Nada le había llamado la atención sobre ninguna de las dos empresas finalistas. Nada. Había volado al Caribe dejando la decisión final en manos de Ezequiel. Cualquiera que fuera la empresa elegida, tendrían un ganador garantizado. O eso había creído. Tenía que habérsele escapado algo. «¡Maldita sea!». Apuró la botella y se recordó a sí mismo que, fuera cual fuera el resultado de la reunión, aún no se firmaría nada. Tenía tiempo. Paula no sabía que había descubierto su verdadera identidad. Se aseguraría de mantenerlo así hasta que llegaran a St. Lovells, a dos días de navegación de Barbados. Una vez allí, Issy perdería su poder. St. Lovells sería su kriptonita. Necesitaba deshacerse de su teléfono. De haber sabido el poder que tenía cuando lo clonó, lo habría tirado por la borda, o accidentalmente a la piscina. Leer los dos mensajes entre Paula y su hermana le había hecho comprender que eso no era una simple estafa. El mensaje que Delfina había enviado a su hermana hacía dos semanas le había revuelto el estómago. "Son corruptos. Tengo pruebas". Pero le revolvió mucho más el escrito por Paula minutos después de conocerse en Londres.

Venganza Y Seducción: Capítulo 21

Celebraría la destrucción de Pedro y su aborrecible primo con todas las comidas que se negaba para parecer un insecto palo. Para el segundo plato había elegido atún fresco, frito con especias japonesas y servido sobre un lecho de cuscús con pimientos asados. El atún fresco era un caro manjar que normalmente no podían permitirse Paula y Delfina, y como era sano, y la ración pequeña, se lo comió todo. El postre era helado casero de fresa sobre una base de migas de chocolate, pero, por divino que fuera su sabor, solo se permitió un par de cucharadas pequeñas antes de apartar el cuenco.


—¿No hay ninguna comida que te guste tanto como para atiborrarte? —preguntó Pedro, observándola atentamente. 


El regreso de Paula a cubierta le había obligado a recomponerse rápidamente. Años perfeccionando una cara de póquer, para no darle a su padre la satisfacción de ver el miedo en su mirada, le permitió guardar la compostura sin esfuerzo. Por dentro era otra cosa. Se sentía como si le hubieran dado un puñetazo. La mentirosa y tentadora confabuladora sacudió la cabeza. «Mio Dio», hasta la esbelta figura de Paula era falsa. El salvapantallas seguía apareciendo en su mente. Había reconocido a la otra mujer antes que a ella. No era fácil asociar a la esbelta rubia que picoteaba su comida delante de él con la rolliza mujer de pelo castaño oscuro de la foto. Con la cara pegada a la de la otra mujer, sujetaba un enorme helado como si temiera que alguien se lo arrebatara. Solo los ojos azul oscuro le habían revelado que era la timadora que tenía delante. Esa mujer no era Paula Fernández. Era Paula Chaves, hija del bastardo que había estafado a los primos Alfonso vendiéndoles terrenos sobre los que no se podía construir. Su primer negocio aún dejaba un regusto amargo en la lengua de Pedro, y ni siquiera la venganza ejercida sobre ese hombre lo había suavizado. De tal palo tal astilla. O, mejor dicho, de tal palo tales astillas. Porque había dos hermanas Chaves. Y la otra, la mujer que había reconocido inmediatamente en el protector de pantalla, estaba en una posición mucho más peligrosa para infligir un daño severo a los primos Alfonso.

viernes, 6 de febrero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 20

La sonrisa se le apagó cuando el corazón le dió un vuelco y luego cayó en picado. Parpadeó y volvió a parpadear, seguro de estar teniendo visiones. La imagen de dos mujeres jóvenes, las caras pegadas, sonriendo a la cámara, seguía allí. Con el pulso palpitándole en la mandíbula y la cabeza martilleando, intentó encontrarle sentido a algo que no lo tenía en absoluto. Y entró en sus mensajes. La última parte de su euforia murió exactamente en el instante en que su pantalla se apagó. Clonar el teléfono de Paula había agotado su batería. Pero ya había visto suficiente. Aquello no era una estafa. Era un ataque deliberado, dirigido. Paula se retocó el brillo de labios con mano temblorosa. Necesitaba retocarse la raya del ojo, pero le daba miedo clavarse el lápiz. El brillo de labios cayó, estrepitosamente, en el lavabo. Ella contempló su reflejo en el espejo. Mejillas sonrosadas y mirada febril. Nada comparado con su interior. Su corazón, un caos palpitante, las extremidades flojas, su estómago un nudo apretado. Y entre las piernas… Cerró los ojos e intentó respirar hondo. No era inmune al magnetismo animal de Pedro. No tenía sentido negarlo. Lo importante era que había recuperado la razón a tiempo, antes de que él la convirtiera en llamas. En cenizas. Aún se sentía arder en todos los lugares en los que se habían tocado. Aún podía sentir su boca devorando la suya. Debería haber buscado hombres con los que practicar los besos. Tal vez así habría desarrollado cierta inmunidad y no habría entrado en combustión con él. Una cuidadosa aplicación de bronceador en las mejillas y un pareo nuevo, y estuvo lista para enfrentarse a él de nuevo. Tanto como podría estarlo. Encontró a Pedro en la mesa del comedor, bebiendo despreocupadamente cerveza de una botella tan fría que goteaban chorros de condensación. Cuando se levantó, se fijó en que llevaba una toalla alrededor de la cintura. Un rápido vistazo le indicó que su bañador se estaba secando en el respaldo de una silla. Sus pantalones de loneta estaban donde los había dejado antes. El pulso le latió entre las piernas. Debajo de esa toalla, él estaba desnudo.


—¿Todo bien? —preguntó él.


—Solo necesitaba refrescarme —ella asintió y sonrió alegremente—. Espero que tengas hambre, Chef nos ha preparado un festín.


—Estoy hambriento —su mirada se clavó en la de ella, antes de recorrer lentamente su cuerpo.


El primer plato era una sopa de tomates asados al fuego que a Paula le encantaba desde niña. El chef francés debía haber buscado una auténtica receta italiana, porque era incluso mejor que la que tomaba de pequeña.


—¿No comes pan? —preguntó Pedro, señalando el panecillo recién hecho que ella había apartado.


Paula sacudió la cabeza y se lo ofreció, procurando no salivar cuando él lo partió en dos y lo untó con mantequilla. «No queda mucho», se consoló. Pronto podría hincharse de carbohidratos sin importarle que todos aterrizaran en sus caderas. Podría echar una cucharada de azúcar en el café, y otra de nata si quería. Podría comerse de una sentada una tableta enorme de chocolate con avellanas. Llevaba dos años hambrienta. Podía esperar unos días más.


Venganza Y Seducción: Capítulo 19

 —Puedo hacerlo despacio —él chasqueó los dientes y lamió el lóbulo de su delicada oreja—. Puedo hacer lo que quieras.


—Tenemos todo el tiempo del mundo —Paula apoyó suavemente las manos en los hombros de él.


—Todo el tiempo que necesitamos —susurró él, dándole un ligero beso en los labios.


El aturdimiento regresó a los ojos de Paula, que parpadeó y miró por encima del hombro de él.


—Parece que la comida está lista —anunció alegremente—. Venga, vamos a comer.


—Dame un minuto y me reuniré contigo —Pedro la soltó.


Ella frunció el ceño.


—Necesito refrescarme un momento —Pedro sonrió con tristeza y bajó la mirada—. No quiero escandalizar a la tripulación.


Ella siguió su mirada. Una mancha de color se extendió por sus mejillas al comprenderlo, y tardó más de lo normal en serenarse.


—Claro, será mejor que te quedes aquí un rato. ¿Una cerveza fría?


—Sería estupendo.


Paula salió de la piscina. Él no creyó imaginarse el ligero tambaleo mientras regresaba al área de descanso. Dio, su cuerpo… «No te concentres más en ese cuerpo caliente», se reprendió a sí mismo mientras suspiraba internamente, decepcionado, cuando ella se cubrió con una toalla. Quizá debería pedirle a ella que le llevara la cerveza fría y se la echara en el bañador. El personal estaba ocupado sirviendo platos y vasos en la mesa de cubierta. Issy acababa de sujetarse el pelo cuando, de repente, tomó su teléfono y leyó algo. Seguía leyendo cuando un miembro de la tripulación se le acercó. Volvió a dejar el teléfono sobre la mesa, asintió al tripulante, le indicó que él tardaría dos minutos, y desapareció. Pedro no había nadado tan rápido en su vida. Saltó del agua y corrió a la mesa donde estaban sus cosas. Apoyó la mano en una toalla que le había dejado un miembro de la tripulación y tomó el teléfono de Paula.


—Avísame cuando vuelva —ordenó al miembro de la tripulación más cercano mientras sacaba su propio teléfono y un dispositivo de clonación de alta gama del bolsillo trasero de los pantalones cortos de loneta que había dejado colgados sobre una silla. En unos instantes, había copiado todos los datos del teléfono de Paula en el suyo.


Dejó el teléfono de ella donde lo había encontrado, se quitó el bañador, se envolvió con una toalla seca, se sentó a la mesa y bebió con avidez la cerveza que tenía delante. Sonrió satisfecho al saber que había subido las apuestas a su favor. Encendió la pantalla de su teléfono para echar el primer vistazo a su recompensa. Apareció el salvapantallas de Paula.