miércoles, 4 de marzo de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 60

Y acto seguido se alejó por el sendero, la tensión prácticamente visible en su caminar. Pedro estaba demasiado enfadado para apreciar la extensa casa de campo en la que algún día pasaría la mitad del año. La recorrió intentando no gruñirle al ama de llaves, que debía llevar horas haciendo que todo brillara, y no dejaba de lanzarle miradas ansiosas. No era fácil hacerle perder los estribos. Su padre era pura agresividad. Utilizaba los puños como armas y la lengua como látigo, pero él no había heredado, ni se le había pegado, esa agresividad. Eso no significaba que evitara la confrontación, pero la ira que enrojecía el rostro, alzaba la voz y escupía palabras a menudo luego lamentadas, no era habitual en él. La acusación de Paula había reabierto una herida cerrada desde hacía una década. Había necesitado todo su control para no alzar la voz y no inclinarse sobre Issy para gritarle sus verdades y arrancarle la venda de los ojos. No había habido robo. Si Miguel Chaves hubiera llevado su negocio legítimamente, nunca habrían podido quitárselo. No habrían necesitado hacerlo. 


El desprecio en la mirada de Paula mientras lo acusaba le había mordido más que sus palabras. Más mordaz aún había sido la certeza de que Paula Chaves lo creía un ladrón, capaz de ser un ladrón. Y corrupto. Esperaba que Ezequiel hubiera llegado al fondo de la calumniosa prueba de corrupción sobre la que Delfina había enviado un mensaje a Paula. No debería importar lo que Paula pensara de él, que lo odiara. No había motivos para esas náuseas porque haberle quitado el negocio a Miguel Chaves hubiera afectado tanto a su hija menor. Era culpa de Chaves. Él era el padre. Su deber era proteger a sus hijas. Pedro soltó una amarga carcajada y se tumbó de espaldas sobre la cama de su suite. Los padres debían proteger a sus hijos. Las madres también. Paula se negaba a salir de su bungaló. Había pedido que le proporcionaran comida para cocinar ella misma, y luego había cerrado la puerta con llave. Mientras, disfrutaba de sus únicas vacaciones del año, el descanso que se tomaba anualmente para recargar pilas, y no iba a permitir que se lo fastidiara el malhumor de Paual, que, además, le había impedido hacer sus planes habituales en el Caribe. En unas vacaciones normales, se juntaría con un grupo de amigos, invitaría a su última amante a unirse a ellos y, en general, se lo pasaría en grande sin hacer otra cosa que disfrutar durante catorce días. Ella podía quedarse enfurruñada en su cabaña durante toda su estancia allí si así lo deseaba, pero él iba a divertirse. Se montó en su buggy y se dirigió hacia el complejo turístico. El número de visitantes estaba estrictamente limitado, para preservar la belleza natural de la isla. Como promotor inmobiliario sabía que, a la hora de urbanizar, había que elegir entre lo que necesitaban los humanos y lo que necesitaban los demás habitantes del planeta. Por eso prefería urbanizar terrenos que carecieran de valor ecológico. Y, al comprar St. Lovells, tuvo claro que iba a desarrollarse mínimamente. Tras completar las obras de la parte turística y de su complejo privado, el noventa y cinco por ciento de la isla seguía intacto. Era un paraíso tropical lleno de ruidosa y colorida vida salvaje.

Venganza Y Seducción: Capítulo 59

Mientras avanzaban, ella trató de no maravillarse ante la belleza que los rodeaba, pero cuando salieron al claro, no pudo evitar una exclamación. Una enorme cala con el agua color turquesa más clara que hubiera visto jamás bañaba una orilla de arena limpia y blanca. Los rayos del sol hacían brillar el agua y la arena como si contuvieran millones de pequeñas joyas. Casi ocultos entre las palmeras que bordeaban la playa había cinco bungalós con techos de paja. El central, alejado de los otros cuatro, y más grande que todos ellos juntos, se alzaba como un monasterio tibetano. Era lo más impresionante que ella hubiera visto jamás. El conductor estacionó en un garaje cubierto, y oculto a simple vista.


—Permíteme enseñarte esto —susurró Pedro.


Paula cerró los ojos antes de seguirlo fuera del coche. De cerca, el complejo era aún más impresionante que de lejos.


—Es la primera vez que vengo desde que terminaron las obras — explicó él mientras se acercaban a los bungalós. Al llegar al primero, se dió cuenta de que cada construcción estaba situado en su propio paisaje privado—. Mi intención original para estas vacaciones era navegar una semana en el Palazzo delle Feste y pasar la segunda aquí —añadió Pedro.


—Has invertido mucho dinero en algo que solo vas a usar dos semanas al año —observó Paula mientras pasaban junto a una piscina de aspecto natural. Las palmeras ofrecían sombra a un lado, siendo el otro un paraíso para el amante del sol.


—Estoy pensando en el futuro.


—¿Ah, sí?


—Trabajo una media de ochenta horas semanales —habían llegado al segundo bungaló—. Llevo haciéndolo desde que era niño. En algún momento pisaré el freno.


—¡Qué pena me das! Pero es tu dinero. Puedes gastarlo como quieras.


—Eres demasiado amable.


—Lo sé… Aunque me pregunto cómo puedes tomártelo así, sabiendo que todo lo que tienes se lo robaste a mi padre.


—No robamos a tu padre —replicó Pedro.


—Sí, lo hicieron —Paula pretendía fulminarlo con la mirada, pero su rostro no quiso colaborar—. Yo estaba allí, Pedro. Entraron en nuestra casa y nos quitaron todo lo que teníamos. Le arrebataste a mi padre el negocio que se había pasado la vida construyendo, y lo menospreciaste y humillaste.


Cuando Pedro por fin habló, había un hielo en su voz que ella nunca había oído antes.


—Tu padre nos robó. Nos vendió terrenos no urbanizables y sobornó a inspectores y funcionarios para encubrirlo. Era nuestro primer negocio y nos habíamos matado a trabajar desde los doce años para financiarlo, pidiendo un crédito para cubrir el déficit. Gracias a tu padre, nos vimos obligados a pagar unas deudas desorbitadas por unas tierras sin valor. Nos costó años de trabajo pagar esas deudas y empezar de nuevo, y el día que nos hicimos con el control de su negocio y lo echamos a la calle sigue siendo el mejor de mi vida. Se lo merecía, se lo había buscado durante años, no solo por nosotros, sino por todos los negocios y personas a los que había estafado a lo largo de los años —abrió de golpe la puerta del bungaló—. Esto es para tu uso personal.

Venganza Y Seducción: Capítulo 58

Una confianza de la que se sentía culpable, casi tanto como cuando recordaba lo cerca que había estado de entregar su virginidad al demonio. Si Pedro no hubiera confesado saber quién era, ella le habría dejado hacerle el amor, y con mucho gusto. Que él hubiera tenido, obviamente, un ataque de culpabilidad para confesar en ese momento no significaba nada. Él la había llevado hasta ese punto. Cada palabra que había dicho era mentira. «Y cada palabra que has dicho tú, también». «Es diferente», discutió consigo misma. Pedro era un corrupto… Pero por alguna estúpida razón se negaba a pensar en él como un monstruo. Era el bastardo corrupto que había robado el negocio de su padre y destruido su vida. Se merecía todo lo que Amelia y ella habían planeado para él. «¿Estás segura?». «¡Cállate!», le gritó a su estúpido cerebro. ¡Claro que estaba segura! Delfina había descubierto pruebas de su corrupción, y su hermana no mentiría. «Pero ¿Por qué te negaste a seguir adelante con el plan sin pruebas?». «¡Porque necesitaba estar segura de que hacíamos lo correcto!». Ambas habían acordado desde el principio que no seguirían adelante sin pruebas de corrupción de los primos Alfonso. ¿Por qué volvía a discutir de eso consigo misma? Antes de reunirse con Pedro, mientras la parte del plan de Amelia se aceleraba, Paula había atribuido su insistencia de encontrar pruebas de corrupción a que se había acobardado. Le habían surgido dudas, y cada vez estaba más necesitada de algo concreto que arrojar a los primos Alfonso, algo que fuera más allá de la venganza de dos chicas adolescentes ciegas a los defectos de su padre. Estaba segura de que había sido el trabajo en el hospital lo que le había metido en la cabeza esas dudas sobre su padre, y se odiaba a sí misma por ello. Paula pasaba mucho tiempo con padres cuyos queridos hijos se debatían entre la vida y la muerte. Eran padres falibles. Humanos. Pero los niños confiaban en ellos ciegamente. Si papá o mamá decían que iban a ponerse mejor, los creían a pies juntillas, aunque fuera mentira. Y los padres mentían porque no soportaban la verdad, ni para sus hijos ni para ellos mismos.


—Ya estamos aquí.


Paula salió de su ensoñación y miró el reloj. Solo habían pasado diez minutos desde el secuestro, y no había prestado atención a lo que la rodeaba. Se habían detenido ante un portón con una garita de seguridad integrada en un alto muro de piedra que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. La estrecha carretera continuaba al otro lado de la verja, rodeada de un espeso follaje tropical.

Venganza Y Seducción: Capítulo 57

 —Y cualquier víctima de secuestro podrá esperar recibir cero ayuda.


—Tendrás la mitad de la isla para explorar y hacer lo que quieras.


—Genial, ¿Significa eso que podré nadar hasta la isla más cercana?


—Si quieres —Pedro hizo una mueca—, pero hasta el mejor nadador tendría problemas para nadar cuarenta kilómetros.


—No puedes hacerlo, Pedro. Sabes que no puedes.


—¿Cuántas veces tengo que decirte que puedo? Además, ¿Qué pensabas que pasaría si descubría lo que tramabas? Eres una mujer inteligente, debes haber previsto el escenario.


—¿Dónde está mi hermana? —Paula cerró los ojos.


—En Italia, con Ezequiel.


—¿Voluntariamente?


—No tengo ni idea.


—No puede ser voluntario. Ella nunca iría sola a ninguna parte con esa bestia.


—No hables así de mi primo —la mirada de Pedro se ensombreció.


—¿O qué? ¿Me golpearás?


—Jamás —él parpadeó sorprendido.


—¿Entonces? Tu primo es un monstruo y tú también. Quiero pruebas de que mi hermana está bien.


—Te las daría si no hubieras tirado mi teléfono al mar.


—Devuélveme mi teléfono para que pueda llamarla.


—No.


—Por favor, Pedro. Enciérrame en un sótano oscuro, pero déjame llamar a mi hermana. ¡Por favor!


La angustia en su rostro hizo que Pedro estuviera a punto de ceder. Cuando una solitaria lágrima rodó por su mejilla, tuvo que apretar los puños para no sacar el teléfono de Issy del bolsillo trasero.


—Bella, escúchame —habló con dulzura—. Tu hermana está a salvo, te lo juro. Ezequiel no es el monstruo que crees que es. Nunca la lastimaría.


—¿Esperas que te crea? —preguntó ella. La barbilla le temblaba.


—No espero nada —él deslizó un dedo por su mejilla y esbozó una sonrisa triste—, pero quiero que confíes en mí y me creas cuando te digo que Delfina está a salvo y que no le pasará nada.


—De acuerdo —susurró ella, asintiendo suavemente y relajando su tensa figura.


Pedro no entendió por qué se le inflamó el pecho. Debía de estar loca. Paula lo sabía, mirando por la ventana, pero sin ver nada. ¿Confiar en él? ¿Confiar en el diablo? Y no era porque no tuviera alternativa, sentía una confianza que provenía de su corazón, un alivio que se extendía y aliviaba la opresión de sus pulmones.

Venganza Y Sedución: Capítulo 56

Todas las mujeres con las que Pedro había salido registraban su vida con selfis. Se había acostumbrado a ello y apenas se daba cuenta de que sus teléfonos estaban permanentemente girados hacia ellas. Paula tenía treinta y tres fotos almacenadas en su teléfono. Los primeros indicios de la pérdida de peso de ella, de la época en que Delfina había empezado a trabajar para ellos, eran una serie de fotos en las que aparecía sonriendo con varios niños igualmente sonrientes. Su pelo era del mismo castaño intenso en todas las fotos, así que supuso que se lo había teñido para su primer encuentro. Tan concentrado había estado en estudiarla  y calcular que habría tardado cuatro meses en lograr la talla que aún mantenía, que había tardado en darse cuenta de que todas las fotos habían sido tomadas en un hospital, y de que muchos de los niños capturados tenían poco o nada de pelo.


—¿Eres el dueño de esta isla? —susurró ella horrorizada.


—No te preocupes, tus dotes de investigación no te fallaron —a saber por qué quería tranquilizarla—. Compré St. Lovells hace dos años. Todos los implicados firmaron un acuerdo para no divulgarlo. Sé que no podré mantenerlo en secreto para siempre, pero espero disfrutarlo en paz durante un tiempo. Tus dotes tampoco te fallaron con el Palazzo delle Feste. La empresa que contraté para construirlo también firmó un acuerdo de confidencialidad. Ya no importa si descubren que es mío… Le he incorporado tecnología contra los paparazis.


—¿Desde cuándo te molesta salir en la prensa?


—La prensa es como una resaca —él se encogió de hombros—. Agotadora.


—Entonces quizá no deberías cortejarla —sugirió Paula.


—No la cortejo, me relaciono con ella, siempre por motivos profesionales. Créeme, nunca he invitado a los paparazis a que envíen un dron para hacerme fotos en mi yate.


—No, esas serían tus novias.


—Mis amantes la corrigió él—. Novia implica cierta permanencia.


—No te preocupes —la cara de Paula se contrajo cuando oyó la palabra «Amante»—, ninguna mujer sería tan estúpida como para salir contigo pensando que podría ser permanente.


Pero Paula sabía que más de una de sus amantes, odiosa palabra, habría quedado deslumbrada y luego cegada por la luz que desprendía Pedro. Ella había dedicado dos años a prepararse y protegerse de su magnetismo sexual, pero él había traspasado el grueso muro de piedra.


—Espero que no —murmuró él mientras miraba por la ventana—. Esta isla es el santuario perfecto. El desarrollo turístico es limitado. He destinado el lado sur para mi uso personal. No se puede atracar sin permiso. Cualquier periodista lo suficientemente estúpido como para enviar un dron sobre la isla verá cómo es derribado.

lunes, 2 de marzo de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 55

Él había cambiado el polo y los pantalones cortos por una camisa negra de manga corta, sin remeter sobre unos elegantes pantalones cortos de color tostado que le llegaban a medio muslo, y un par de zapatos náuticos. No recordaba habérselos visto en el desayuno, demasiado concentrada en comer y mantener la compostura como para atreverse a mirarlo. Superada por la montaña de emociones que la invadían. Demasiadas. Demasiado aterradoras para contemplarlas. Ver esa ropa no hizo más que aumentar su humillación. Pedro había embarcado en el Palazzo delle Feste sin nada más que la ropa que llevaba puesta y los objetos en los bolsillos del pantalón. Debía tener ropa de repuesto en el camarote principal, prohibido a Paula. Por el dueño. Por Pedro. Cómo deseó que su corazón no se agitara al ver tensarse los músculos de las pantorrillas al caminar y cómo se movían los músculos de la espalda. Y, cuando él llegó al final del embarcadero y se volvió para esperarla, cómo deseó que el ardiente dolor que había prendido en su interior se redujera a cenizas. Por primera vez el día anterior en la sala de juegos, no pudo evitar mirarlo a los ojos. Lo que encontró en su brillante mirada no hizo más que agravar la agitación de su corazón, reflejo de las emociones que la atormentaban. Durante un instante de locura, la invadió el deseo de que Pedro le tomara el rostro entre las manos y apretara sus firmes labios contra los suyos y… Todo sucedió tan rápido que no pudo reaccionar. Un hombre que no había visto agarró la maleta mientras Pedro la tomaba en brazos y la depositaba en la parte trasera de un todoterreno negro, que tampoco había visto. Rápidamente, se sentó a su lado, y la puerta se cerró.


—¿Qué haces? —chilló Paula, intentando salir por la otra puerta. El pánico se apoderó de ella cuando la encontró cerrada—. ¡Déjame salir!


—Pronto —él golpeó la mampara que los separaba de la parte delantera del coche, que arrancó.


—¡Déjame salir, ahora! —Paula golpeó la mampara divisoria—. ¡Para el coche!


—No se detendrá.


Golpeó más fuerte. El cristal debía ser blindado, de lo contrario su puño lo habría atravesado.


—Vamos a mi complejo. Llegaremos en unos minutos.


—No voy a ninguna parte contigo —rugió ella.


—El itinerario de este coche dice otra cosa —Pedro suspiró como si estuviera harto del numerito.


—Si no detienes el coche y me dejas salir ahora mismo, te denunciaré por secuestro.


—Tendrás que esperar hasta abandonar St. Lovells. Te quedarás aquí conmigo hasta que Ezequiel confirme que cualquier daño que Delfina y tú hayan causado a nuestro negocio ha sido controlado.


—¡No puedes hacer eso!


—Puedo y lo haré. No será para siempre, y te doy mi palabra de que no te pasará nada.


—Como si fuera a creer una sola palabra que salga de tu boca — espetó Paula.


—Dijo la sartén al cazo.


—No puedes retenerme aquí contra mi voluntad. Hay leyes, ¿Sabes?


—Bella, sí puedo —Pedro casi sintió pena por ella—. La isla es mía, y no podrás marcharte sin mi permiso.



Pedro había expuesto a Paula como la estafadora conspiradora que era, así pues, no tenía sentido que la expresión de ella le hiciera sentir un nudo en el estómago. La ternura que lo invadía, el deseo de abrazarla y jurar por todo lo sagrado que jamás permitiría que le hicieran daño… Solo podía deberse a la falta de sueño. No debería haber pasado las horas de insomnio revisando los datos del teléfono clonado. Pocos contactos y fotos. Pocas señales de que tuviera una vida social.


Venganza Y Seducción: Capítulo 54

La negligencia de Paula había puesto en peligro a su hermana. Debía habérsele pasado algo por alto porque, ¿Cómo había podido Pedro tomarle la medida tan rápidamente? Al asomarse por la ventana del camarote, su ánimo se elevó un poco al ver la pequeña isla a la que se dirigían. Demasiado pequeña para tener aeropuerto, pero lo bastante grande para atracar un yate de ese tamaño. Y se animó un poco más al ver unas bonitas casas entre las palmeras y la vegetación. Vida humana. Con suerte, habría un aeródromo para avionetas. Si no, habría barcos. Tenía dinero de emergencia precisamente para eso. Sabía desde el principio que, cuando terminara el trabajo, tendría que escapar rápidamente. Pero el trabajo nunca terminaría. Lo había estropeado. Esperó a que el yate atracara para calzarse las chanclas rosas, nunca volvería a llevar tacones, y abrió la puerta del camarote. Comprobó que el pasillo estaba vacío y avanzó con la maleta. Si conseguía llegar hasta las escaleras metálicas que se desplegarían sobre el malecón sin tropezarse con Pedro, tenía muchas posibilidades de ponerse a salvo sin tener que volver a verlo. El sol brillaba con fuerza cuando salió a cubierta. Algunos miembros de la tripulación esperaban en lo alto de la escalera. Una parte de ella quería gruñirles, pero sería injusto, así que sonrió y les agradeció haber cuidado tan bien de ella. A punto de pisar el primer escalón, un cambio en el aire la hizo titubear. A pesar de la intención de marcharse sin mirar atrás, giró la cabeza sin poder contenerse. Pedro estaba allí. En tres largas zancadas estuvo a su lado.


—Permíteme —antes de que ella pudiera reaccionar, él le quitó la maleta de la mano y la bajó hasta el embarcadero.


Paula sabía que, si abría la boca, saldría el fuego que ardía dentro de ella, y lo siguió. Pedro caminaba decidido, sin mirar atrás. La longitud y la velocidad de sus zancadas impedían a ella seguirle el paso. Si se negaba a devolverle la maleta, que así fuera. Llevaba una riñonera con el pasaporte, las tarjetas bancarias y todo el dinero en efectivo. El puerto era pequeño, con un puñado de relucientes yates amarrados. Algunas personas, imposiblemente glamurosas en diminutos bikinis y pantalones cortos de baño, admiraban el súper yate, sin duda preguntándose quiénes serían los pasajeros que desembarcaban. Paula intentaba asimilarlo todo, pero sus ojos no dejaban de traicionarla, buscando a Pedro en lugar de buscar posibles rutas para salir de aquella hermosa y claramente exclusiva isla.