miércoles, 25 de marzo de 2026

Venganza Y Seducción: Epílogo

Pedro cerró los ojos, satisfecho mientras se mecía suavemente en la hamaca bajo el sol naciente. Acurrucado sobre él, la regordeta mejilla apretada contra el pecho, dormía su hijo menor, Baltazar. Con solo dieciocho meses, el pequeño ratoncito, como lo llamaba cariñosamente Paula, acababa de aprender el arte de escaparse de su cuna. Aquella mañana había entrado en el dormitorio de sus padres y lo despertado, que lo había sacado a ver el amanecer. Intentó no suspirar al pensar que pronto regresarían a Europa. Olivia, su hija mayor, estaba a un par de semanas de empezar el colegio. Habían sopesado contratar a un tutor para poder seguir pasando seis meses al año en el refugio caribeño, pero sería egoísta por su parte. Los niños necesitaban compañeros de juegos. St. Lovells estaría allí para las vacaciones escolares, y cuando toda su prole hubiera volado del nido, lo convertirían en su hogar permanente. Al menos, ese era el plan. Nadie sabía cuánto tiempo tardaría eso en suceder. Mirando por el rabillo del ojo, vió a su embarazadísima esposa acercase con una enorme caja envuelta para regalo. Olivia la seguía con unas cuantas cajas más pequeñas. Su familia. Cómo los amaba. A veces miraba los rostros felices de sus hijos y su corazón se henchía tanto que dolía. Miraba a su esposa, contemplaba su cabello castaño oscuro y su cuerpo curvilíneo, y esos hermosos ojos azules que siempre brillaban con amor, y daba gracias a los dioses por haberlos unido. Seis años de matrimonio, y su devoción mutua no había hecho más que crecer. Ella era todo su mundo. Sus hijos eran su universo.


—¡Feliz cumpleaños, papá! —gritó Olivia.


Pedro abrió los ojos del todo y fingió sorpresa.


—Feliz cumpleaños —balbuceó sonriente Baltazar.


Apretando la nariz de su hijo, Pedro lo abrazó con fuerza y se bajó de la hamaca. Paula sonreía resplandeciente. La caja era prácticamente tan alta como ella.


—Feliz cumpleaños, guapísimo. Apuesto a que no adivinas qué es… ¡No se lo digas, Oli!


Mientras su hija colocaba cuidadosamente las otras cajas sobre la mesa, fingió reflexionar.


—Hmm. ¿Qué puede ser?


Se las arreglaron para cambiar a Baltazar por la caja, y así Pedro rasgó sonriente el envoltorio, imaginándose la ocurrencia de su esposa. Era un flotador de arrastre. Todos los años le regalaba lo mismo por su cumpleaños. Estaba haciendo una gran colección. Pero cada uno estaba decorado de manera diferente, y se echó a reír al ver el nuevo, pintado con caricaturas de su esposa y sus dos hijos. Lo colocó contra el árbol al que estaba atada la hamaca, abrazó a Paula con Baltazar en brazos, y la besó apasionadamente.


—Gracias —murmuró.


—Un placer —susurró ella—. Tendrás el resto del regalo cuando los niños se acuesten.


—Lo estoy deseando —Pedro fingió fastidio y le apretó el delicioso trasero.


—¡Déjalo ya, tonto, y abre nuestros regalos! —exclamó Olivia.


Riéndose aún más, levantó a su hija en brazos y le plantó un beso enorme en la mejilla. No había día en que Pedro no se considerara el hombre más afortunado del mundo.






FIN

Venganza Y Seducción: Capítulo 81

 —No han pasado ni diez horas desde que te fuiste, las diez horas más largas de mi vida. Lo que tenemos… Tienes razón. Podría vivir un millón de años y no volvería a encontrarlo.


—¿Y tu hermana?


—Ella me quiere. Me acabará perdonando, pero ahora necesito que me perdones tú.


—Mia amore… —una burbuja de esperanza empezó a crecer dentro de él—. No tengo nada que perdonar. No reaccioné bien. Yo también lo siento —respiró hondo—. Creo que tengo un problema con el rechazo.


—Puede que uno pequeñito —Paula sonrió.


Él enarcó una ceja, y una pequeña carcajada escapó de los labios de Paula, que le rodeó el cuello con los brazos. Pedro la abrazó con más fuerza y se besaron con tanta pasión y amor que la burbuja de esperanza estalló con fuerte alegría, disipando los últimos temores de él.


—Tu reacción fue comprensible —murmuró ella—. Los dos tenemos problemas con el abandono.


—Teníamos —la corrigió él—. Ya no. Me amas y nunca me abandonarás.


—Y tú me amas y nunca me abandonarás.


—Nunca.


—Nunca.




Paula se estiró entre las sábanas de seda de la cama de Pedro… De ambos… Y bostezó. Adoraba esa habitación. Esa cama. Ese ático. Solo había pasado dos noches allí, pero ya se sentía en casa. Lo único que le impedía saltar hasta las nubes era el miedo por lo que pasaría cuando Delfina regresara. Pedro le había devuelto el teléfono y, al consultarlo, no había ningún mensaje de ella. En cierto modo, le había facilitado mantener el silencio, sobre todo cuando los contactos de él confirmaron que ella seguía en el extranjero con Ezequiel. Al abrirse la puerta de la habitación, se incorporó con una sonrisa por la alegría que le producía ver a su marido después de haber estado separados durante quince minutos enteros, mientras él preparaba el desayuno. Su cara y sus manos vacías borraron esa sonrisa.


—¿Qué ha pasado? —preguntó.


—Ezequiel me ha enviado un mensaje —Pedro sacudió la cabeza y se sentó a su lado.


A Paula le dió un vuelco el corazón. Pedro también esperaba el regreso de su primo a Londres para contarle lo de su boda.


—¿Sabe lo nuestro?


—No estoy seguro, pero el mensaje no era por eso. Me ha pedido que te lleve al aeródromo.


—¿Por qué?


—Delfina vuela de regreso al Reino Unido. Ezequiel dice que ella te necesita.


Paula sintió como si le hubieran inyectado hielo en las venas. Como hermanas, estaban unidas y siempre se habían apoyado emocionalmente, pero Delfina nunca la había necesitado. Mirando fijamente al hombre que aún le costaba asimilar que era su marido, creció en ella la profunda certeza de que su hermana estaba muy angustiada.


—¿Vendrás conmigo? —susurró.


—Mia amore —Pedro la abrazó con fuerza—, te seguiría hasta el fin del mundo —la besó con dulzura—. Llamaré a nuestro chófer. Podemos salir en diez minutos. Nuestro chófer. 


Nosotros. Palabras simples, pero llenas de significado. Eran dos. Juntos. Para siempre.

Venganza Y Seducción: Capítulo 80

Pedro llevaba más de dos horas sentado en su balcón sin apenas atreverse a respirar por si Paula lo oía, maldiciéndose por no instalarla en un camarote lejos del suyo. No quería tener nada que ver con ella, ni siquiera verla, y cuando había llamado a su puerta, se había complacido en ignorarla. ¿Qué demonios quería de él? Así que estaba atrapado en su balcón, esperando a que ella volviera a entrar, para poder vaciar la botella de whisky que llevaba con él. Hubo movimiento. ¡Bien! Debía de estar entrando. No, estaba dando pisotones, algo inusual, dado su paso ligero y elegante. Lo único que quería era emborracharse, para no darse cuenta cuando el yate atracara y ella desapareciera de su vida. Navegaría hasta Barbados y allí tomaría su jet de regreso a Londres. Así era más seguro. Sin riesgo de tropezarse accidentalmente con ella. Los pisotones cesaron. Excelente. Se cruzó de brazos y esperó impacientemente a que Paula entrara. Un golpe sordo lo levantó de un salto. ¿Qué demonios…? El pensamiento apenas se había formado cuando un aullido animal de agonía rasgó el aire.


—¿Paula? —gritó él, corriendo hacia la separación entre los balcones. ¿Por qué demonios había insistido en que la separación fuera lo bastante amplia para procurar total intimidad? Volvió a llamarla, pero solo oyó unos sollozos desgarradores—. Quédate donde estás —le ordenó—. Ya voy.


Salió de su camarote y corrió directamente hasta la puerta de Paula, que, por suerte no estaba cerrada con llave. La abrió y corrió hasta el balcón. Lo que vió lo detuvo en seco. Ella estaba acurrucada en el suelo, en posición fetal, sollozando, sufriendo sacudidas por todo el cuerpo. En un instante, él estuvo a su lado, acunándola en su regazo.


—¿Dónde te duele? —le preguntó—. Por favor, mia amore, dime dónde estás herida.


Lentamente, Paula comprendió que no soñaba. Alucinar con la voz de Pedro era más de lo que podría soportar, y se había tapado los oídos, llorando tan fuerte que sentía las costillas magulladas. Tentativamente, todavía temiendo que él desapareciera en un parpadeo, tocó su mejilla.


—¿Pedro? —preguntó, dubitativa.


—Dime dónde estás herida —insistió él.


—¿Herida?


—Te has hecho daño —el acento italiano era más fuerte que nunca—. Por favor, dime dónde te duele.


—Aquí —más lágrimas rodaron por su rostro mientras Paula se llevaba una mano al corazón.


—¿Qué has hecho?


—Alejarte.


Pedro no comprendía.


—Soy la mayor tonta del mundo —ella le tomó el rostro—. Por favor, perdóname. Dame otra oportunidad. Por favor, no me abandones. No podría soportarlo. Te amo, Pedro, y quiero construir una vida contigo.


Pedro apenas se atrevía a creer lo que decían sus labios y sus ojos suplicantes.

Venganza Y Seducción: Capítulo 79

Mejor así. Una ruptura limpia. De todos modos, habría sucedido en unos días. Pero en las pocas ocasiones en que lo había imaginado, brevemente, porque las náuseas acudían con fuerza cada vez, se habían separado con cariño. Se ciñó el echarpe sobre los hombros y deseó poder llamar a Delfina, decirle que sabía lo que había hecho, pero que no importaba, porque el motivo que le había impulsado a mentirle debía ser importante. Cuanto más pensaba en ello, más le dolía que no le hubiera confiado ese motivo. Pero no podía llamarla. Había dejado el teléfono en el vestidor de Pedro. De todos modos, aunque se hubiera acordado del teléfono, no podría hablarle a su hermana del dolor que sentía… ¿O sí? La fría voz de Pedro resonaba en sus oídos. «Cobarde». ¿Cómo podía ser cobarde? ¿Y esa ridícula afirmación de que tenía problemas de abandono? Una chispa de ira prendió en ella. Si tenía problemas de abandono, que no los tenía, ¿No había demostrado el comportamiento de Pedro que tenía razón en tenerlos? 


De repente, el frío la abandonó. Paula se levantó de un salto y paseó por el balcón, deseando que Pedro estuviera a bordo para poder soltarle las verdades que ojalá hubiera pensado antes. Que era muy injusto llamarla cobarde por anteponer los sentimientos de su hermana a los suyos. Que al menos no apartaba de su vida a quien la abandonaba, aunque se lo mereciera, como había hecho él con su madre. Que… que… que… Las estrellas empezaron a desdibujarse. Y luego a girar. Aturdida, se tambaleó hasta su asiento y respiró hondo, esperando a que se le pasara el mareo. Pero no pasó, creció y creció mientras la verdad ascendía por su estómago, pecho y su garganta. Era una cobarde. Claro que Delfina la perdonaría. Quizá no de la noche a la mañana, pero con el tiempo lo haría, igual que ella le perdonaría cualquier cosa, incluso que la mintiera sobre algo tan peligroso como los primos Alfonso. Pedro solo era peligroso en el sentido de que podía romper una relación sin pestañear. Se había obsesionado con él y su rastro de corazones rotos durante tantos años que dar ese salto, ¿Cómo lo había llamado? ¿Salto de fe?, había sido demasiado aterrador. Porque las adicciones de sus padres habían sido como un abandono, como si ella no fuera suficiente para mantenerlos sobrios y en la tierra con ella. Ni siquiera a su madre. Hacía tiempo que lo había aceptado y los había perdonado a los dos, pero la había dañado, aunque ni siquiera se había dado cuenta. Por eso, cuando había llegado la oportunidad de entregarse en cuerpo y alma a Pedro, se había acobardado porque, en el fondo, temía que él también la abandonara. Y por eso lo había alejado antes de que lo hiciera él. Pero la verdad exigía enfrentarse al hecho de que él nunca la habría abandonado. Porque esa magia alquímica de química y deseo apasionado, de la unión de mentes y humor, los había capturado, entretejiendo sus corazones. Eran el uno para el otro. Y ella lo había tirado a la basura, demasiado asustada para aceptar lo que él le ofrecía. No era de extrañar que hubiera estado frío y furioso. Por primera vez desde que su madre lo había abandonado, Pedro había entregado su corazón, y Paula lo había rechazado. A lo lejos apareció la oscura sombra de la tierra que se aproximaba, y saber que en aquella isla estaba el aeropuerto desde el que tomaría el vuelo que la alejaría de él, la quebró. Cayó de rodillas con un golpe seco, abrió los pulmones y aulló.

Venganza Y Seducción: Capítulo 78

 —¿Cómo puedes decir eso? —ella se sentía como si la hubiera abofeteado—. Sabes por lo que hemos pasado y lo que significamos la una para la otra.


—A eso me refiero —espetó él—. Si tu hermana te quiere tanto como tú a ella, querrá lo mejor para tí. Querrá que seas feliz. Si lo desearas lo suficiente, la convencerías. No niego que se enfadará y se sentirá traicionada, pero con el tiempo cederá. Quizá nunca me aceptara como cuñado, pero seguro que no querría perderte. Pero nunca lo sabremos. Y yo nunca sabré si Ezequiel podría perdonarme, porque tienes tanto miedo de que acabe abandonándote, que prefieres aferrarte a la falda de tu hermana y usarla como excusa antes que dar un salto de fe conmigo.


—No tengo miedo —susurró ella.


—Mentirosa —Pedro se levantó y se sacudió la arena—. Menuda confianza tenías en mí.


Incapaz de soportar un instante más la espantada expresión de cobarde, Pedro giró sobre sus talones y se alejó de ella.


—¿Adónde vas? —Paula se levantó, presa del pánico.


—A llamar al capitán Caville. El Palazzo delle Feste está amarrado en una isla a cincuenta kilómetros. No tardará mucho en llegar. Te sugiero que hagas las maletas.


—¿Qué? ¿Nos vamos? —Paula casi tuvo que correr para alcanzarlo.


—No quiero quedarme aquí ni un minuto más de lo necesario.


—Pero no nos esperan en Londres hasta dentro de un par de días.


—Nuestro tiempo aquí ha terminado.


—Por favor, Pedro, no dejes que termine así.


—¿Qué demonios quieres? —él se detuvo bruscamente y giró sobre sí mismo—. ¿Unos días más de diversión? No, tú has tomado tu decisión y yo la mía. Navegaremos hasta la isla más cercana con un aeropuerto que vuele al Reino Unido y te compraré un billete para regresar a casa.


—¿Y tú qué? —preguntó ella, aturdida por la implacable frialdad de Pedro.


—Eso, bella —prácticamente escupió el apelativo—, no es asunto tuyo. Mi abogado te llamará para tratar la disolución de nuestro matrimonio —había aún más veneno en su voz—. No esperes nada de mí. Este matrimonio no significó nada. No significamos nada. Disfruta de tu vida.


Cuando las largas piernas se pusieron en marcha de nuevo, Paula lo dejó ir.



Sentada en el balcón del camarote del Palazzo delle Feste, Paula contemplaba las estrellas. A pesar de la cálida noche, estaba enfundada en el echarpe que llevaba para el impredecible tiempo de Londres. Estaba helada desde que Pedro la había arrancado de su vida de forma fría y despiadada. Desde que había embarcado, no lo había visto ni oído. Había vagado sin rumbo, esperando y temiendo encontrárselo. Incluso había llamado a la puerta de su camarote, pero sin respuesta. Probablemente era para bien. No habría sabido qué decirle. Debía haber cambiado de idea, quedándose en St. Lovells.

Venganza Y Seducción: Capítulo 77

 —Pedro… Dices que no guardo rencor ni rabia hacia mi madre, que aprendí a comprenderla, perdonarla y ayudarla. No fue fácil. A veces la odiaba por lo que se hacía, pero nunca desesperé, porque tenía a mi hermana. La he admirado toda mi vida. Delfina mantuvo unida lo que quedó de nuestra familia, me mantuvo cuerda. Ella ayudó a mamá. Yo solo ayudé a Delfina a ayudarla. Ella me protegió de los matones en el horrible colegio al que nos enviaron después de que papá… —Paula respiró hondo antes de mirarlo directamente a los ojos—. Sé que papá te estafó. Te creo. Si dices que también estafó a otras empresas y personas, te creo. Y si dices que ella me mintió sobre encontrar pruebas de corrupción contra ustedes, también te creo.


Cuánto dolía admitirlo. Paula se secó las lágrimas.


—Te creo, Pedro —añadió—. Me mintió.


Que Dios la ayudara, estaba creyendo más en la palabra de Pedro que en la de su propia hermana. Pero desde el momento en que él había negado toda corrupción, ella supo en el fondo de su corazón, que decía la verdad. Era una verdad que se había ocultado a sí misma en los hermosos días que acababan de compartir, enterrándola porque se había enamorado locamente y deseaba egoístamente disfrutar ese tiempo con él, porque él también tenía razón en que lo que ella sentía por él jamás podría repetirse. Sin embargo, siempre había sabido que tendría que terminar. Lo que no sabía era cuánto dolería.


—¿Me crees? —él se frotó la nuca y respiró hondo.


—Pero eso no cambia nada. Los odia demasiado a tí y a tu primo. Su mentira debe haber nacido de la desesperación, no hay otra explicación. En los días previos a mi viaje al Caribe estaba tan tensa, porque por fin llegaba nuestra hora, que pensé que iba a romperse. Nuestro fracaso la destrozará. No puedo empeorarlo. No puedo traicionarla.


—Ya lo has hecho —afirmó Pedro.


—Lo sé —Dios, iba a llorar otra vez—. Pero esto, lo que hemos compartido, pronto será solo un recuerdo. Abandonarla para construir una vida contigo la destrozaría. Ella nunca me perdonaría.


—¿No crees que es lo mismo para mí?


Sorprendida por la dureza en su voz, Paula lo miró. La frialdad en sus ojos la hizo temblar.


—¿No crees que Ezequiel pensará que lo he traicionado? Yo, la única persona en el mundo en quien confía, enamorándome de una de las mujeres que intentó destruirnos —cuanto más hablaba, más se extendía la gélida furia acumulada mientras Paula enumeraba sus excusas—. ¿Enamorarme de la hija de Miguel Chaves y querer construir una vida con ella? Y no olvides que, en todo esto, Ezequiel es tan víctima como yo. Más aún. Mientras tú y yo nos divertíamos, él luchaba por la supervivencia de nuestra empresa. ¿Crees que yo no sabía cuáles serían las consecuencias? La diferencia es que yo te amo y estoy dispuesto a perderlo todo por estar contigo. Pero tú… —impregnó su voz de todo el desprecio que pudo—. Eres una cobarde. Ni siquiera lo intentas, y usas a tu hermana como excusa.


Venganza Y Seducción: Capítulo 76

Pero sería mentira. No tenían futuro. En unos días tomarían caminos separados. Así tenía que ser. Ella lo miró fijamente, suplicándole con los ojos que comprendiera, rogándole en silencio que no dijera las palabras que la obligarían a hacerle daño, a hacérselo a los dos. Hacía solo dos semanas, Paula no habría creído que ella, o cualquier otra mujer, tuviera el poder de hacer daño a Pedro Alfonso. Tampoco habría creído que él lo tuviera de hacérselo a ella. Se había creído inmune a él, demasiado estúpida para comprender que ya estaba medio enamorada de él. Pedro abrió la boca. «¡No!», quiso gritar ella. «Por favor, no».


—Te amo, Paula —susurró él, rompiéndole el corazón—. Sé que nuestra boda fue un farol, que los dos creímos haber perdido, pero…


—Por favor, Pedro, no —ella se sentó y sacudió la cabeza.


Pedro parpadeó confuso.


—No lo digas —suplicó ella—. Jamás podrá ser. Lo sabes.


Él la miró fijamente, sujetándole con fuerza la mano. Las emociones visibles en su rostro.


—Dime que no me amas.


—No lo hagas.


—Dime que no me amas.


—Por favor.


—Dime que no me amas y pondré fin a esta conversación, y pediré la anulación en cuanto volvamos a tierra firme. Solo tienes que pronunciar las palabras.


—No te am… —la lengua de Paula se negó a cooperar, a pronunciar la mentira. Soltó su mano y hundió el rostro entre las rodillas. Y lloró—. No puedo.


—Me amas, bella —Pedro se obligó a respirar. La incapacidad de Paula para refutar su amor no alivió la tensión que lo atenazaba—. Lo que hemos encontrado escapa a nuestro poder. No pude evitar enamorarme de tí y tú tampoco de mí. La chispa surgió desde el primer momento. Nuestra boda fue una farsa, pero nuestro matrimonio no tiene por qué serlo. No sé cómo haremos que funcione, pero sé que podemos, porque lo que tenemos es demasiado especial para arrojarlo por la borda. Ni en un millón de años habría imaginado sentirme así por alguien. Danos una oportunidad. Por favor, no le des la espalda a algo que podríamos buscar eternamente y nunca encontrar.


Cuando Paula levantó la cara hacia él, las lágrimas rodaban por su rostro. Ese fue el momento en que Pedro supo que había perdido.


—No puedo —ella sacudió la cabeza y se atragantó—. Debes entenderlo.


—Entiendo que nos amamos.


—Deja de decir eso, solo lo hace más difícil. Nunca podremos estar juntos. No puedo traicionar a Delfina. Tienes que volver a tu vida y dejarme volver a la mía.


—Delfina te traicionó.


—No —ella sacudió la cabeza—. Jamás.


—Te mintió. En el fondo de tu corazón, lo sabes.


—¡No! ¡No lo haría! Y aunque lo hubiera hecho, tendría sus razones. ¡Tú no lo entiendes!


—Pues, explícamelo. Dime por qué estás tan dispuesta a deshacerte de nosotros.


—¡No quiero deshacerme de nosotros! Quiero estar contigo, pero es imposible.


—Explícamelo. Me lo debes.