Pedro alzó el balón por encima de la cabeza, pero lo dejó caer. Al tener las piernas tan largas, el agua solo le llegaba al muslo, acortó rápidamente distancias. Con una rapidez y elegancia impropia de un hombre de su envergadura, la agarró por la cintura y la lanzó por los aires. Paula aterrizó de espaldas con un chillido, pataleando y agitando los brazos hasta sumergirse. Emergió, intentando por todos los medios no reírse, tarea complicada ante las risotadas que salían de la boca de él. Acercándose a gatas, lo agarró por las pantorrillas.
—¿Creías que podías derribarme? —se burló él mientras la volvía a levantar por la cintura.
Por segunda vez en menos de dos minutos, Paula volaba por los aires y aterrizaba con un chapoteo. Cuando emergió, la pelota estaba a su alcance. Agarrándola, se la lanzó y le dió en la frente.
—Te has pasado —Pedro sacudió la cabeza y vadeó hacia ella como una pantera al acecho.
Paula reía a carcajadas, con el agua por el pecho, e intentó alejarse de él nadando. Apenas había dado tres brazadas cuando él le agarró un tobillo y tiró de ella hacia abajo. Salió respirando entrecortadamente. Gianni le rodeó la cintura con un brazo y la llevó a la playa. Riendo demasiado como para poder gritar o protestar, ella le golpeó débilmente los hombros cuando la tumbó en la arena.
—Te acabo de salvar la vida —la amonestó él con severidad—. Ahora deja de reírte para que pueda darte el beso de la vida.
Apretando los labios para que no se le escapara la risa, Paula se hizo la muerta. El esperado beso tardó mucho más en llegar de lo previsto. Abrió un ojo y descubrió a Pedro mirándola con una expresión que le oprimió el corazón. Le puso una mano en la mejilla y le acarició la barba. Él la tomó y la besó con reverencia.
—Eres preciosa, ¿Lo sabías?
—Tú me haces sentir preciosa —susurró ella, el pecho llenó de una emoción que no comprendía.
—Eres hermosa, Paula, y quiero que me prometas que no volverás a matarte de hambre.
Paula pensó en las comidas que habían compartido los últimos seis días, cómo la felicidad y el maravilloso sexo habían aumentado su apetito, cómo sus bikinis, la única ropa que se había puesto desde que eran amantes, ya le apretaban las caderas. La emoción aumentó aún más.
—Me maté de hambre para atraparte.
—Lo suponía —Pedro volvió a besarle la mano—. Imagino por qué sentiste que necesitabas hacerlo, y teñir tu hermoso cabello —sacudió la cabeza—. Ninguna de esas mujeres era real para mí, Paula.
—¿Qué quieres decir?
—Eran símbolos de estatus —Pedro intentó ordenar sus pensamientos—, como mis casas, los relojes que llevo, los coches que conduzco o conducen para mí. Una forma de alardear ante mi padre.
Ella se limitó a mirarlo.
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