Deseaba a Pedro. Sentir la luz que la llenaba cuando él la miraba. Acudir a él como Paula Chaves, auxiliar de enfermería aficionada al ballet, los libros y la comida basura, sin engaños. Quería conocer al verdadero Pedro, al hombre que se había abierto a ella. Tenía la sensación de que todo lo que había intentado evitar que le gustara de él era el auténtico Pedro.
Pedro se sentó al final de la enorme mesa de comedor servida para dos, y bebió un trago de vino. ¿Acudiría? No se había sentido tan nervioso desde su primera cita. Había invitado a Paula a cenar con él. Otra vez. Ella no había contestado. Otra vez. Pero esa vez su silencio había sido diferente. Una pizca de esperanza se instaló en él. Consultó la hora. Aún podía echarse atrás… Aunque no había aceptado. La esperanza era peligrosa, se lamentó, mientras se obligaba a contemplar la espectacular puesta de sol, en lugar de mantener la vista fija en el camino por el que ella llegaría. Si acudía. ¿Cómo había pasado de un juego seductor con una estafadora, a descubrir la verdad sobre ella, y a eso? No debía ser más que diversión, igual que sus otras aventuras, pero con más mordiente. Jamás habría imaginado sentirse así, poder sentirse así. Como si estuviera perdiendo la cabeza. Se le erizó el vello de la nuca y el corazón se aceleró. Giró la cabeza hacia la izquierda antes de que su cerebro registrara lo que le decían sus sentidos. Paula surgió de entre las sombras del sendero bordeado de follaje, con los ojos clavados en él. Cuanto más se acercaba, más se aceleraba el corazón de Pedro. Llevaba un bonito vestido amarillo, con los finos tirantes que tanto le gustaban. Apenas un toque de maquillaje adornaba su rostro. No lo necesitaba. El cabello rubio y sedoso caía suelto sobre sus hombros, con el primer toque de castaño asomando en las raíces.
Incapaz de apartar la mirada del rostro de Pedro, Paula subió los tres escalones hasta el comedor exterior. Unas luces plateadas titilaban en el techo de madera, y una hilera de lamparillas nocturnas parpadeaba sobre la mesa. Con el sonido del mar rompiendo en la playa a sus espaldas, la escena era tan romántica que se sintió consumida por ella. Pero era el hombre de camisa blanca, cuello abierto y elegantes pantalones cortos gris oscuro, que se acercaba lentamente a ella, quien más la consumía. Su mirada clavada en ella. Paula le acarició la mejilla, cubierta ya de una espesa barba. Las yemas de sus dedos sintieron un hormigueo enloquecedor, y su deseo por él se intensificó. La pequeña distancia que los separaba se cerró y él le rodeó la cintura con las manos. Sin pronunciar una sola palabra, la levantó en el aire. Siguió mirándola como si fuera un milagro, antes de bajarla con suavidad y estrecharla entre sus brazos, contra su pecho. Ella aspiró la frescura de su colonia que, mezclada con la piel limpia, impregnó sus sentidos.
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