Pedro Alfonso deslizó un dedo sobre la cicatriz que le partía en dos la ceja izquierda. Se rozó a continuación el borde del ojo y descendió hasta la mejilla. Otra cicatriz se extendía desde el lateral de la boca hasta la barbilla y resultaba sorprendentemente suave al tacto. A pesar de que se peinaba la barba para cubrirla, se adivinaba de todas maneras un tajo enrojecido y furioso. Aunque estaba sentado en un sillón junto a las puertas de la terraza, con un vaso de whisky en la mano, era capaz de visualizar su desagradable rostro como si se lo estuviera mirando en un espejo. Después de once meses, las cicatrices se habían ido desvaneciendo hasta adquirir un tono rosado pálido. Sin embargo, el tiempo no había borrado los recuerdos de la primera vez que se vió frente al espejo. Puntos uniendo los bordes de las heridas recientes. Ojos inyectados de sangre y con la mirada perdida por la medicación que le habían hecho tomar. Monstruoso.
La voz horrorizada de ella se le deslizó fríamente sobre la piel. Aquella palabra había penetrado hasta lo más profundo de su ser a pesar de que, a lo largo de aquel primer día, recuperaba brevemente la consciencia para volver a perderla otra vez casi inmediata. Ni siquiera su estatus como hijo de un acaudalado magnate naviero con muchos millones en el banco había sido suficiente para conseguir que Karina Dupree quisiera permanecer a su lado, cuando parecía más una bestia que un hombre. «Estoy segura de que lo comprendes, Pedro». Su voz había resultado tan desagradable como el sonido que hacen las uñas al deslizarse sobre una pizarra. Aquel sonido se le había clavado en el cerebro como si fueran las afiladas garras de un águila mientras trataba de asimilar el hecho de que mientras, él había sufrido unas gravísimas heridas, su padre había perdido la vida. Y todo porque él no había prestado atención. Se había centrado exclusivamente en sí mismo, algo de lo que su padre acababa de acusarlo. Entonces, de repente, su mundo se había puesto patas arriba con un horripilante golpe y chirriantes metales retorcidos. Aquel ruido se hacía eco en su mente sin que él pudiera evitarlo. Entonces apartó la mano del rostro y bebió. El whisky solo le abrasó la garganta. Siempre evitaba emborracharse. Era una salida demasiado fácil. Solo bebía lo suficiente para aplacar el dolor. Monstruoso. Karina fue a visitarlo el segundo día de hospital. Llevaba el reluciente cabello rubio muy elegantemente recogido, lo que hacía destacar perfectamente su pálido rostro y sus perfectos rasgos. Una belleza en la que él ni siquiera se fijó mientras luchaba contra el dolor y la pena. Ella le colocó la mano sobre el hombro y la apartó rápidamente. Sus gruesos y hermosos labios esbozaron una mueca de repulsión cuando vió la sangre que manchaba las vendas. Bajo esas mismas vendas, la ira hervía dentro del cuerpo de Pedro. Su padre acababa de morir.
—Estoy segura de que lo comprendes, Pedrito.
—Devuélveme el collar.
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