miércoles, 25 de marzo de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 79

Mejor así. Una ruptura limpia. De todos modos, habría sucedido en unos días. Pero en las pocas ocasiones en que lo había imaginado, brevemente, porque las náuseas acudían con fuerza cada vez, se habían separado con cariño. Se ciñó el echarpe sobre los hombros y deseó poder llamar a Delfina, decirle que sabía lo que había hecho, pero que no importaba, porque el motivo que le había impulsado a mentirle debía ser importante. Cuanto más pensaba en ello, más le dolía que no le hubiera confiado ese motivo. Pero no podía llamarla. Había dejado el teléfono en el vestidor de Pedro. De todos modos, aunque se hubiera acordado del teléfono, no podría hablarle a su hermana del dolor que sentía… ¿O sí? La fría voz de Pedro resonaba en sus oídos. «Cobarde». ¿Cómo podía ser cobarde? ¿Y esa ridícula afirmación de que tenía problemas de abandono? Una chispa de ira prendió en ella. Si tenía problemas de abandono, que no los tenía, ¿No había demostrado el comportamiento de Pedro que tenía razón en tenerlos? 


De repente, el frío la abandonó. Paula se levantó de un salto y paseó por el balcón, deseando que Pedro estuviera a bordo para poder soltarle las verdades que ojalá hubiera pensado antes. Que era muy injusto llamarla cobarde por anteponer los sentimientos de su hermana a los suyos. Que al menos no apartaba de su vida a quien la abandonaba, aunque se lo mereciera, como había hecho él con su madre. Que… que… que… Las estrellas empezaron a desdibujarse. Y luego a girar. Aturdida, se tambaleó hasta su asiento y respiró hondo, esperando a que se le pasara el mareo. Pero no pasó, creció y creció mientras la verdad ascendía por su estómago, pecho y su garganta. Era una cobarde. Claro que Delfina la perdonaría. Quizá no de la noche a la mañana, pero con el tiempo lo haría, igual que ella le perdonaría cualquier cosa, incluso que la mintiera sobre algo tan peligroso como los primos Alfonso. Pedro solo era peligroso en el sentido de que podía romper una relación sin pestañear. Se había obsesionado con él y su rastro de corazones rotos durante tantos años que dar ese salto, ¿Cómo lo había llamado? ¿Salto de fe?, había sido demasiado aterrador. Porque las adicciones de sus padres habían sido como un abandono, como si ella no fuera suficiente para mantenerlos sobrios y en la tierra con ella. Ni siquiera a su madre. Hacía tiempo que lo había aceptado y los había perdonado a los dos, pero la había dañado, aunque ni siquiera se había dado cuenta. Por eso, cuando había llegado la oportunidad de entregarse en cuerpo y alma a Pedro, se había acobardado porque, en el fondo, temía que él también la abandonara. Y por eso lo había alejado antes de que lo hiciera él. Pero la verdad exigía enfrentarse al hecho de que él nunca la habría abandonado. Porque esa magia alquímica de química y deseo apasionado, de la unión de mentes y humor, los había capturado, entretejiendo sus corazones. Eran el uno para el otro. Y ella lo había tirado a la basura, demasiado asustada para aceptar lo que él le ofrecía. No era de extrañar que hubiera estado frío y furioso. Por primera vez desde que su madre lo había abandonado, Pedro había entregado su corazón, y Paula lo había rechazado. A lo lejos apareció la oscura sombra de la tierra que se aproximaba, y saber que en aquella isla estaba el aeropuerto desde el que tomaría el vuelo que la alejaría de él, la quebró. Cayó de rodillas con un golpe seco, abrió los pulmones y aulló.

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