Y acto seguido se alejó por el sendero, la tensión prácticamente visible en su caminar. Pedro estaba demasiado enfadado para apreciar la extensa casa de campo en la que algún día pasaría la mitad del año. La recorrió intentando no gruñirle al ama de llaves, que debía llevar horas haciendo que todo brillara, y no dejaba de lanzarle miradas ansiosas. No era fácil hacerle perder los estribos. Su padre era pura agresividad. Utilizaba los puños como armas y la lengua como látigo, pero él no había heredado, ni se le había pegado, esa agresividad. Eso no significaba que evitara la confrontación, pero la ira que enrojecía el rostro, alzaba la voz y escupía palabras a menudo luego lamentadas, no era habitual en él. La acusación de Paula había reabierto una herida cerrada desde hacía una década. Había necesitado todo su control para no alzar la voz y no inclinarse sobre Issy para gritarle sus verdades y arrancarle la venda de los ojos. No había habido robo. Si Miguel Chaves hubiera llevado su negocio legítimamente, nunca habrían podido quitárselo. No habrían necesitado hacerlo.
El desprecio en la mirada de Paula mientras lo acusaba le había mordido más que sus palabras. Más mordaz aún había sido la certeza de que Paula Chaves lo creía un ladrón, capaz de ser un ladrón. Y corrupto. Esperaba que Ezequiel hubiera llegado al fondo de la calumniosa prueba de corrupción sobre la que Delfina había enviado un mensaje a Paula. No debería importar lo que Paula pensara de él, que lo odiara. No había motivos para esas náuseas porque haberle quitado el negocio a Miguel Chaves hubiera afectado tanto a su hija menor. Era culpa de Chaves. Él era el padre. Su deber era proteger a sus hijas. Pedro soltó una amarga carcajada y se tumbó de espaldas sobre la cama de su suite. Los padres debían proteger a sus hijos. Las madres también. Paula se negaba a salir de su bungaló. Había pedido que le proporcionaran comida para cocinar ella misma, y luego había cerrado la puerta con llave. Mientras, disfrutaba de sus únicas vacaciones del año, el descanso que se tomaba anualmente para recargar pilas, y no iba a permitir que se lo fastidiara el malhumor de Paual, que, además, le había impedido hacer sus planes habituales en el Caribe. En unas vacaciones normales, se juntaría con un grupo de amigos, invitaría a su última amante a unirse a ellos y, en general, se lo pasaría en grande sin hacer otra cosa que disfrutar durante catorce días. Ella podía quedarse enfurruñada en su cabaña durante toda su estancia allí si así lo deseaba, pero él iba a divertirse. Se montó en su buggy y se dirigió hacia el complejo turístico. El número de visitantes estaba estrictamente limitado, para preservar la belleza natural de la isla. Como promotor inmobiliario sabía que, a la hora de urbanizar, había que elegir entre lo que necesitaban los humanos y lo que necesitaban los demás habitantes del planeta. Por eso prefería urbanizar terrenos que carecieran de valor ecológico. Y, al comprar St. Lovells, tuvo claro que iba a desarrollarse mínimamente. Tras completar las obras de la parte turística y de su complejo privado, el noventa y cinco por ciento de la isla seguía intacto. Era un paraíso tropical lleno de ruidosa y colorida vida salvaje.
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