lunes, 2 de marzo de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 54

La negligencia de Paula había puesto en peligro a su hermana. Debía habérsele pasado algo por alto porque, ¿Cómo había podido Pedro tomarle la medida tan rápidamente? Al asomarse por la ventana del camarote, su ánimo se elevó un poco al ver la pequeña isla a la que se dirigían. Demasiado pequeña para tener aeropuerto, pero lo bastante grande para atracar un yate de ese tamaño. Y se animó un poco más al ver unas bonitas casas entre las palmeras y la vegetación. Vida humana. Con suerte, habría un aeródromo para avionetas. Si no, habría barcos. Tenía dinero de emergencia precisamente para eso. Sabía desde el principio que, cuando terminara el trabajo, tendría que escapar rápidamente. Pero el trabajo nunca terminaría. Lo había estropeado. Esperó a que el yate atracara para calzarse las chanclas rosas, nunca volvería a llevar tacones, y abrió la puerta del camarote. Comprobó que el pasillo estaba vacío y avanzó con la maleta. Si conseguía llegar hasta las escaleras metálicas que se desplegarían sobre el malecón sin tropezarse con Pedro, tenía muchas posibilidades de ponerse a salvo sin tener que volver a verlo. El sol brillaba con fuerza cuando salió a cubierta. Algunos miembros de la tripulación esperaban en lo alto de la escalera. Una parte de ella quería gruñirles, pero sería injusto, así que sonrió y les agradeció haber cuidado tan bien de ella. A punto de pisar el primer escalón, un cambio en el aire la hizo titubear. A pesar de la intención de marcharse sin mirar atrás, giró la cabeza sin poder contenerse. Pedro estaba allí. En tres largas zancadas estuvo a su lado.


—Permíteme —antes de que ella pudiera reaccionar, él le quitó la maleta de la mano y la bajó hasta el embarcadero.


Paula sabía que, si abría la boca, saldría el fuego que ardía dentro de ella, y lo siguió. Pedro caminaba decidido, sin mirar atrás. La longitud y la velocidad de sus zancadas impedían a ella seguirle el paso. Si se negaba a devolverle la maleta, que así fuera. Llevaba una riñonera con el pasaporte, las tarjetas bancarias y todo el dinero en efectivo. El puerto era pequeño, con un puñado de relucientes yates amarrados. Algunas personas, imposiblemente glamurosas en diminutos bikinis y pantalones cortos de baño, admiraban el súper yate, sin duda preguntándose quiénes serían los pasajeros que desembarcaban. Paula intentaba asimilarlo todo, pero sus ojos no dejaban de traicionarla, buscando a Pedro en lugar de buscar posibles rutas para salir de aquella hermosa y claramente exclusiva isla.

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