Pero sería mentira. No tenían futuro. En unos días tomarían caminos separados. Así tenía que ser. Ella lo miró fijamente, suplicándole con los ojos que comprendiera, rogándole en silencio que no dijera las palabras que la obligarían a hacerle daño, a hacérselo a los dos. Hacía solo dos semanas, Paula no habría creído que ella, o cualquier otra mujer, tuviera el poder de hacer daño a Pedro Alfonso. Tampoco habría creído que él lo tuviera de hacérselo a ella. Se había creído inmune a él, demasiado estúpida para comprender que ya estaba medio enamorada de él. Pedro abrió la boca. «¡No!», quiso gritar ella. «Por favor, no».
—Te amo, Paula —susurró él, rompiéndole el corazón—. Sé que nuestra boda fue un farol, que los dos creímos haber perdido, pero…
—Por favor, Pedro, no —ella se sentó y sacudió la cabeza.
Pedro parpadeó confuso.
—No lo digas —suplicó ella—. Jamás podrá ser. Lo sabes.
Él la miró fijamente, sujetándole con fuerza la mano. Las emociones visibles en su rostro.
—Dime que no me amas.
—No lo hagas.
—Dime que no me amas.
—Por favor.
—Dime que no me amas y pondré fin a esta conversación, y pediré la anulación en cuanto volvamos a tierra firme. Solo tienes que pronunciar las palabras.
—No te am… —la lengua de Paula se negó a cooperar, a pronunciar la mentira. Soltó su mano y hundió el rostro entre las rodillas. Y lloró—. No puedo.
—Me amas, bella —Pedro se obligó a respirar. La incapacidad de Paula para refutar su amor no alivió la tensión que lo atenazaba—. Lo que hemos encontrado escapa a nuestro poder. No pude evitar enamorarme de tí y tú tampoco de mí. La chispa surgió desde el primer momento. Nuestra boda fue una farsa, pero nuestro matrimonio no tiene por qué serlo. No sé cómo haremos que funcione, pero sé que podemos, porque lo que tenemos es demasiado especial para arrojarlo por la borda. Ni en un millón de años habría imaginado sentirme así por alguien. Danos una oportunidad. Por favor, no le des la espalda a algo que podríamos buscar eternamente y nunca encontrar.
Cuando Paula levantó la cara hacia él, las lágrimas rodaban por su rostro. Ese fue el momento en que Pedro supo que había perdido.
—No puedo —ella sacudió la cabeza y se atragantó—. Debes entenderlo.
—Entiendo que nos amamos.
—Deja de decir eso, solo lo hace más difícil. Nunca podremos estar juntos. No puedo traicionar a Delfina. Tienes que volver a tu vida y dejarme volver a la mía.
—Delfina te traicionó.
—No —ella sacudió la cabeza—. Jamás.
—Te mintió. En el fondo de tu corazón, lo sabes.
—¡No! ¡No lo haría! Y aunque lo hubiera hecho, tendría sus razones. ¡Tú no lo entiendes!
—Pues, explícamelo. Dime por qué estás tan dispuesta a deshacerte de nosotros.
—¡No quiero deshacerme de nosotros! Quiero estar contigo, pero es imposible.
—Explícamelo. Me lo debes.
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