lunes, 16 de marzo de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 66

 —Sé más concreto.


—Háblame de tu trabajo. ¿Eres enfermera?


—Auxiliar de enfermería.


—¿Hay alguna diferencia?


—Unos cuatro años de formación. Mi trabajo consiste básicamente en asegurarme de que los pacientes estén cómodos y ayudarlos en todo lo que no puedan hacer ellos mismos.


—¿Trabajas con niños?


—Sí, estoy en la planta infantil.


—¿Te gusta?


—Me encanta.


—¿No es duro tratar con niños enfermos?


—Puede serlo. Es difícil no crear vínculos. Sobre todo, con los más enfermos.


—¿Los que sabes que van a morir?


—Sí —susurró ella antes de levantar un poco la voz—. Pero son increíbles. Todos. Los niños son muy valientes, mucho más que los adultos.


—¿De verdad?


—Lo digo por mi experiencia de los últimos cuatro años.


—Sé muy poco de niños —Pedro reflexionó—. Nunca he interaccionado con un niño.


—¿Nunca?


—Nunca —repitió él—. Tampoco he tenido nunca un bebé en brazos.


—No sabes lo que te has perdido.


—¿Cómo?


—Tener un bebé en brazos es lo más satisfactorio del mundo.


—¿Te gustaría tener hijos?


—Desde luego —Issy hizo una pausa—. ¿Y a tí?


—No lo había pensado, pero creo que me gustaría tener hijos. Con la mujer adecuada —la imagen de una pequeña Paula, regordeta y de pelo castaño con un helado en la mano le vino a la mente. Desconcertado, parpadeó y cambió de tema—. ¿Nunca quisiste ser enfermera?


—Al principio sí quería.


—¿Qué te detuvo?


—Tú —respondió ella suavemente.


—Cuéntamelo, bella —Pedro cerró los ojos y respiró hondo—. Cuéntamelo todo.


—Cuando nuestro padre perdió el negocio, tuvo un efecto dominó sobre el resto de nuestras vidas. Yo era la chica más afortunada del mundo, vivía en una casa grande y bonita en Londres, y pasaba los veranos en nuestra casa de Italia. Iba a un colegio que me encantaba, tenía amigos estupendos, una familia cariñosa… Y de repente, todo desapareció. Perdimos nuestra casa. Delfina y yo tuvimos que dejar el colegio, que nuestros padres ya no podían pagar, y empezar en otro donde los demás alumnos nos odiaban. La mayoría de nuestros amigos nos abandonaron, y los amigos de nuestros padres también. No recuerdo haber visto a papá borracho jamás, pero desde aquel día no tengo ni un solo recuerdo de él sobrio. Un año después había muerto. Bebió hasta morir, literalmente.


Pedro recordó haber oído hablar de la muerte de Miguel Chaves, de rumores sobre el alcohol.


—Cuando murió, mamá se declaró en quiebra y nos mudamos otra vez. Éramos tan pobres que el ayuntamiento nos dió alojamiento. Creo que ahí empezó su drogodependencia. Cuando murió mi padre, lo que quedaba de la madre que vivía en Alejandra Chaves murió con él.


—¿Realmente es adicta a las drogas?

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