lunes, 30 de marzo de 2026

Quédate Conmigo: Capítuo 3

No había podido abandonar la seguridad de Kent, la familiaridad de los relucientes suelos de madera, de las antigüedades de las que en el pasado se había burlado. Demasiado tarde, vió el valor, vió la sabiduría de las palabras de su padre. Comprendió su insistencia para que él no se viera atrapado irremisiblemente en la opulencia y en el dinero que tenía en el banco. Huérfano ya de padre y madre, aquellos muebles ya no eran viejas antigüedades que quería reemplazar. La casa ya no carecía de la elegancia que prefería en todas sus adquisiciones. En aquellos momentos, sofás, alfombras y sillas inspiraban recuerdos de un tiempo que nunca podría recuperar. Aquella casa le daba la bienvenida con los brazos abiertos, a pesar de todos los comentarios despectivos qué había hecho sobre ella. Kent se había convertido en un refugio, en un lugar en el que esconderse. La familiaridad de todo lo que le rodeaba, la calidez de un lugar al que una vez había considerado su hogar, le proporcionaba el descanso que ninguno de los imponentes áticos ni las mansiones que tenía podrían ofrecerle. 


Sin embargo, su refugio se había convertido en ruinas hacía solo una semana cuando, mientras paseaba por las orillas del lago privado, una luz a través de los árboles llamó su atención. Al día siguiente, una fotografía de él mirando el suelo con gesto apesadumbrado apareció en la portada de un periódico sensacionalista. La fotografía estaba algo desenfocada, lo suficiente para borrar lo peor de sus cicatrices. Sin embargo, resultaba evidente que ya no era el hombre al que, hasta no hacía mucho tiempo, se le había considerado el más guapo de Europa. El artículo incluía un relato completo del accidente de coche en el que su padre, Horacio Alfonso, perdió la vida. También revelaba que el presidente de Alfonso Shipping poseía una inmensa fortuna. Que él poseía una inmensa fortuna. Miles de millones habían ido a parar a las manos de Pedro Alfonso, el único heredero superviviente. Las llamadas habían empezado menos de una hora más tarde. Los buitres habían comenzado a revolotear, enviándole invitaciones a galas benéficas, a vacaciones en yates privados, a exclusivas cenas y, por supuesto, proponiéndole inversiones que, en ocasiones, solo buscaban apoderarse de una porción de su riqueza. Una riqueza con la que siempre había soñado. Una riqueza cuya posesión le provocaba náuseas. La llamada de Karina había sido la gota que había colmado el vaso. Pedro acababa de colgar el teléfono con su secretaria de Londres. Por ello, cuando su teléfono móvil privado comenzó a sonar, no se preocupó de comprobar la identidad de quien lo llamaba. 

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