lunes, 30 de marzo de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 2

Karina se quedó con la boca abierta. Pasó de mostrarse conciliadora a furiosa en cuestión de segundos y le recriminó atreverse a arrebatarle lo único que le recordaría lo que los dos habían tenido antes de aquel accidente. Solo se quitó el collar de rubíes, valorado en cuatro millones de dólares, cuando él la amenazó con demandarla por robo y asegurarse de que la noticia llegaba a la prensa. Ella se lo lanzó a la cama antes de marcharse apresuradamente de la habitación sumida en un mar de nada. El hecho de que su primer pensamiento hubiera sido «Hasta nunca» decía mucho más sobre la relación que habían tenido a lo largo de seis meses de lo que él nunca hubiera podido expresar con palabras. De hecho, lo que más le dolía era que no le doliera en absoluto.


Con la otra mano, la que no sostenía el vaso de whisky, se tocó la minúscula cicatriz en forma de luna que tenía en el lado derecho de su rostro. La única herida visible en ese lado. Por suerte, el cabello había terminado por cubrirla, pero a pesar de todo, él podía sentirla. Cuando se peinaba el cabello. Cuando esta le palpitaba por las noches que le hacía recordar el dolor que había sentido en el momento en el que su padre gritó su nombre, antes de perder por completo la consciencia. Karina había tenido razón en una única cosa. Efectivamente, él era un monstruo. Por dentro y por fuera. Tomó otro sorbo de whisky. Había madurado sesenta años en las llanuras salvajes de Irlanda y era una de las botellas pintadas a mano que había alcanzado un valor de más de un millón de dólares en el Sotheby’s de Nueva York. Hacía tan solo un año, Pedro estaba en lo más alto del mundo, con una de las modelos más deseadas de Europa a su lado. Ella llevaba alrededor del cuello una de las mejores joyas que el dinero podía comprar y juntos disfrutaban de aquel whisky. Había descubierto que el destino tenía un cruel sentido del humor. Durante los últimos diez años, se había visto consumido por el dinero y la imagen. Cuando oyó hablar por primera vez del Diamond Club hacía cuatro años, descubrió que la envidia lo atenazaba como una fea sombra. El club, situado en una opulenta casa de Londres, ofrecía refugio a las diez personas más ricas del mundo. Se decía que tenía un helipuerto en el tejado, columnas talladas en mármol de Calcuta y suites diseñadas de acuerdo con los gustos particulares de sus residentes. Sin embargo, cuando se puso de pie y comenzó a pasear por la suite que su padre había decorado, ya no sintió envidia. Solo sintió náuseas.


Tres meses después del accidente, cuando las fracturas que tenía en la columna vertebral sanaron lo suficiente para que pudiera retirarse el corsé, una mujer lo visitó en la finca que la familia tenía en Kent. Su padre había diversificado mucho el negocio a lo largo de los últimos años, invirtiendo en empresas tan variadas como las inmobiliarias o las que se dedicaban a la tecnología. Esas inversiones habían tenido como resultado una fortuna valorada en miles de millones de libras. Tras una breve inclinación de cabeza, la mujer le había entregado el sobre y le había dicho que el señor Raj Belanger lo invitaba cordialmente a ocupar el lugar de su padre en el Diamond Club. Acababa de alcanzar uno de sus objetivos más ansiados. A costa de la vida de su padre. Sí, efectivamente, el destino era muy, muy cruel.

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