Todas las mujeres con las que Pedro había salido registraban su vida con selfis. Se había acostumbrado a ello y apenas se daba cuenta de que sus teléfonos estaban permanentemente girados hacia ellas. Paula tenía treinta y tres fotos almacenadas en su teléfono. Los primeros indicios de la pérdida de peso de ella, de la época en que Delfina había empezado a trabajar para ellos, eran una serie de fotos en las que aparecía sonriendo con varios niños igualmente sonrientes. Su pelo era del mismo castaño intenso en todas las fotos, así que supuso que se lo había teñido para su primer encuentro. Tan concentrado había estado en estudiarla y calcular que habría tardado cuatro meses en lograr la talla que aún mantenía, que había tardado en darse cuenta de que todas las fotos habían sido tomadas en un hospital, y de que muchos de los niños capturados tenían poco o nada de pelo.
—¿Eres el dueño de esta isla? —susurró ella horrorizada.
—No te preocupes, tus dotes de investigación no te fallaron —a saber por qué quería tranquilizarla—. Compré St. Lovells hace dos años. Todos los implicados firmaron un acuerdo para no divulgarlo. Sé que no podré mantenerlo en secreto para siempre, pero espero disfrutarlo en paz durante un tiempo. Tus dotes tampoco te fallaron con el Palazzo delle Feste. La empresa que contraté para construirlo también firmó un acuerdo de confidencialidad. Ya no importa si descubren que es mío… Le he incorporado tecnología contra los paparazis.
—¿Desde cuándo te molesta salir en la prensa?
—La prensa es como una resaca —él se encogió de hombros—. Agotadora.
—Entonces quizá no deberías cortejarla —sugirió Paula.
—No la cortejo, me relaciono con ella, siempre por motivos profesionales. Créeme, nunca he invitado a los paparazis a que envíen un dron para hacerme fotos en mi yate.
—No, esas serían tus novias.
—Mis amantes la corrigió él—. Novia implica cierta permanencia.
—No te preocupes —la cara de Paula se contrajo cuando oyó la palabra «Amante»—, ninguna mujer sería tan estúpida como para salir contigo pensando que podría ser permanente.
Pero Paula sabía que más de una de sus amantes, odiosa palabra, habría quedado deslumbrada y luego cegada por la luz que desprendía Pedro. Ella había dedicado dos años a prepararse y protegerse de su magnetismo sexual, pero él había traspasado el grueso muro de piedra.
—Espero que no —murmuró él mientras miraba por la ventana—. Esta isla es el santuario perfecto. El desarrollo turístico es limitado. He destinado el lado sur para mi uso personal. No se puede atracar sin permiso. Cualquier periodista lo suficientemente estúpido como para enviar un dron sobre la isla verá cómo es derribado.
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