Paula se tapó la boca para evitar soltar un gemido. Pensó en la nariz torcida de Pedro y en cómo había deseado felicitar a la persona que lo había hecho. Esa persona debía de ser su propio padre.
—Mi madre huyó un año después de la muerte de nonna —por primera vez hubo emoción en su voz—. No la he vuelto a ver. Vive en Milán. Le ingreso dinero en la cuenta todos los meses, pero nunca la veo. Me dejó con ese canalla. Tardé meses en aceptar que no volvería —la tristeza de su siguiente carcajada hizo que a Paula se le encogiera el estómago—. Me abandonó a mi suerte. Eze y yo hicimos un pacto cuando teníamos doce años: En cuanto cumpliéramos dieciocho, nos marcharíamos y nos forjaríamos una nueva vida. Trabajamos aún más duro, incluso fuera del viñedo cuando podíamos, y ahorramos cada céntimo que nuestros padres no nos exigían que les entregáramos. Mi padre nunca lo supo, pero yo dejé la escuela a los dieciséis años y conseguí un trabajo a jornada completa en una pizzería: él me habría quitado el sueldo. Lo primero que hicimos cuando por fin dejamos el viñedo fue cambiarnos el apellido. Vizzini, ese era su apellido original. Le había costado siglos averiguarlo.
—Elegimos el apellido de nuestra abuela —continuó Pedro—. Luego hicimos una oferta por unas tierras toscanas para las que teníamos grandes planes. No teníamos suficiente para comprarla al contado, pero conseguimos un crédito.
Una sensación de terror ascendió desde la boca del estómago de Paula.
—Después de comprar el terreno, supimos que era inestable. No se podía construir en él. Nos habían timado. El vendedor se había aprovechado de nuestra ingenuidad. Sobornó al perito y a todos los que intervinieron en la transacción y nos dejó abocados a la quiebra.
El vendedor. Su padre.
—Nos subestimó —continuó él—. Habíamos trabajado y superado demasiadas cosas como para aceptar la derrota. Empezamos de nuevo. Trabajamos como bestias para devolver el préstamo y conseguir nuevos ahorros. En cuanto tuvimos el dinero, compramos nuestra primera propiedad, la reformamos y la vendimos con beneficios. Luego la segunda y la tercera, y pusimos nuestras miras en proyectos con beneficios mayores, hasta que tuvimos el dinero para forzar la adquisición del negocio del hombre que nos había estafado. Tardamos cuatro años. No me arrepiento de lo que le hicimos a ese hombre. Y descubrimos que no fuimos sus únicas víctimas. No soporto la corrupción, Issy, y espero que algún día me hables de esa prueba que tiene Delfina, porque juro por la vida de Ezequiel que no somos corruptos. Todo lo que tenemos lo hemos construido con nuestro propio esfuerzo, con nuestra sangre y nuestro sudor.
Paula no había dicho nada, pero Pedro sabía que había oído cada palabra.
—Me voy a nadar. La cena se servirá en mi bungaló a las siete. No tienes más que seguir el camino frente a la playa y te llevará hasta allí. Me alegraría verte. No me gusta pensar que estás aquí sola con tus pensamientos —Pedro exhaló lentamente—. Quiero conocer a la verdadera Paula Chaves, porque ya echo de menos a la Paula del Palazzo delle Feste. Sé que ella no es la verdadera tú, pero algo me dice que lo que más me gusta de ella es auténtico.
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