Sí, él era la víctima, y esa horrible culpabilidad que había sentido cuando por fin habían actuado sobre el deseo despertado en su primer encuentro era inexplicable.
Paula se asomó entre las cortinas del camarote. Amanecía, y el Palazzo delle Feste ya se abría paso a través del mar Caribe. Respiró hondo y realizó una llamada interna, las únicas permitidas desde su camarote, al capitán. Cuando colgó, la desesperación se había apoderado de ella. Los papeles del matrimonio ya estaban en el ministerio.
Pedro se duchó y se vistió. Había pasado la noche en su camarote. Le había hecho ilusión pasar su primera noche allí, dormir en una habitación opulenta con todas las comodidades que un hombre podría necesitar. Saber lo duro que había trabajado para conseguirlas y que nadie podría arrebatárselas era una emoción que nunca envejecía. Pero se había sentido incómodo. El sueño lo había eludido. Cuando cerraba los ojos, veía a Paula, acurrucada en el suelo, humillada y vulnerable. Había dado la orden de zarpar hacia St. Lovells antes del amanecer, y que los papeles del matrimonio fueran destruidos. El capitán había accedido a la primera petición. El problema era la segunda. Creyendo que la feliz pareja querría presentar los papeles enseguida, el capitán, o mejor Pedro, había pagado a un funcionario para que acudiera en lancha motora al Palazzo delle Feste y recogiera los documentos. El funcionario debía haber llegado mientras Paula y él estaban en la sala de juegos. La tripulación tenía instrucciones estrictas de no molestar. El funcionario sobornado ya había presentado los papeles. Para acabar con esa farsa haría falta una anulación. Eso le enseñaría a dar a otra persona poder ilimitado para gastar su propio dinero, pensó agotado. Pero, de momento, era ella quien ocupaba sus pensamientos. No debería preocuparle su estado de ánimo, pero no podía evitar que su pecho se encogiera cuando recordaba su imagen. Dado que sucedía cada dos segundos, sentía el pecho como si tuviera un picahielos clavado. La encontró en la terraza, vestida con un caftán blanco de manga larga, desayunando. Estaba distinta, el pelo recogido en una coleta suelta, sin pizca de maquillaje. Parecía más joven. Respirando hondo para calmar la tempestad desatada en su estómago, Pedro dejó el teléfono sobre la mesa y se sentó frente a ella. Paula ni lo miró, concentrada en el plato de huevos, tostadas, beicon y champiñones. Solo dejó de comer para servirse más café de la cafetera, y nata de la jarra, añadir un montón de azúcar, removerlo con una cuchara, probarlo y seguir comiendo. Él se sirvió café, fruta, yogur y bollería, obligándose a comer.
—¿Cuánto tiempo vas a seguir ignorándome? —le preguntó cuando ya no pudo soportar el silencio.
Ella respondió sirviéndose un cruasán de chocolate y fingiendo no oírle.
—Entiendo que estés enfadada conmigo, pero solo puedes culparte a tí misma. Me has engañado, Paula. Me trajiste aquí para distraerme mientras tu hermana ponía una bomba en mi empresa.
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