Karina se había dirigido a él llamándolo Pedrito, el diminutivo que tanto odiaba. Comenzó a decirle que lo había echado mucho de menos y le pidió encarecidamente poder verse con él para disculparse. Sin pensárselo dos veces, Pedro lanzó el teléfono a través de la ventana y éste cayó en el estanque que había en el jardín. Aquel mismo día, algo más tarde, su equipo de seguridad sorprendió a dos paparazis. Sintió que su refugio había sido mancillado, por lo que tomó el coche para dirigirse a Londres, al único lugar en el que podría sentirse seguro. El Diamond Club. Entró en el vestíbulo a través de una puerta trasera privada, donde lo recibió un hombre muy corpulento, de nariz aguileña y uno de los bigotes más elaborados que había visto nunca. Luis, como él mismo se presentó, lo condujo hacia el vestíbulo principal y lo hizo subir por una imponente escalera. Entonces, avanzaron por el pasillo hasta llegar a una puerta negra sobre la que destacaba un número 8 de metal dorado.
Pedro llevaba ya seis días allí y no hacía más que dar vueltas por la suite como si fuera un animal enjaulado. Resultaba evidente que su padre no la había decorado para él, sino para su hijo. Enormes ventanas enmarcadas en negro, una pared de ladrillo visto y paredes pintadas en color crema en el resto de la suite reflejaban la calidez con el aspecto industrial que a él tanto le gustaba. Después de la muerte de su madre, había empezado a odiar el encanto del viejo mundo que tenía la finca familiar de Kent, el estilo que su padre habría elegido si hubiera decorado aquella suite para sí mismo. Sin embargo, Horacio había optado el estilo que prefería por aquel momento, un estilo que, según él, significaba progreso. Cada vez que miraba a su alrededor y veía los muebles de cuero, las pinturas originales en las paredes, no experimentaba placer alguno. Solo vergüenza. Vergüenza y un profundo odio hacia sí mismo por haber rechazado todo lo que representaba su padre y haber mantenido las distancias con él. Durante todo aquel tiempo, su padre siguió amándolo desde la distancia. Incluso había sido capaz de sacrificar sus preferencias para decorar la suite del Diamond Club para el desagradecido de su hijo. Tenía todo lo que pudiera desear, pero acababa de descubrir que le faltaba lo único que había tenido desde el principio y que nunca había sabido valorar. La última conversación que tuvo con su padre había sido más una discusión que una conversación. A Horacio le preocupaba todo: Las largas horas de trabajo de su hijo, su relación con Karina… Sus gastos. Pedro apartó el recuerdo antes de que pudiera revivir lo que se produjo a continuación. Se dirigió al balcón y apoyó la frente contra el frío cristal.
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