—Y cualquier víctima de secuestro podrá esperar recibir cero ayuda.
—Tendrás la mitad de la isla para explorar y hacer lo que quieras.
—Genial, ¿Significa eso que podré nadar hasta la isla más cercana?
—Si quieres —Pedro hizo una mueca—, pero hasta el mejor nadador tendría problemas para nadar cuarenta kilómetros.
—No puedes hacerlo, Pedro. Sabes que no puedes.
—¿Cuántas veces tengo que decirte que puedo? Además, ¿Qué pensabas que pasaría si descubría lo que tramabas? Eres una mujer inteligente, debes haber previsto el escenario.
—¿Dónde está mi hermana? —Paula cerró los ojos.
—En Italia, con Ezequiel.
—¿Voluntariamente?
—No tengo ni idea.
—No puede ser voluntario. Ella nunca iría sola a ninguna parte con esa bestia.
—No hables así de mi primo —la mirada de Pedro se ensombreció.
—¿O qué? ¿Me golpearás?
—Jamás —él parpadeó sorprendido.
—¿Entonces? Tu primo es un monstruo y tú también. Quiero pruebas de que mi hermana está bien.
—Te las daría si no hubieras tirado mi teléfono al mar.
—Devuélveme mi teléfono para que pueda llamarla.
—No.
—Por favor, Pedro. Enciérrame en un sótano oscuro, pero déjame llamar a mi hermana. ¡Por favor!
La angustia en su rostro hizo que Pedro estuviera a punto de ceder. Cuando una solitaria lágrima rodó por su mejilla, tuvo que apretar los puños para no sacar el teléfono de Issy del bolsillo trasero.
—Bella, escúchame —habló con dulzura—. Tu hermana está a salvo, te lo juro. Ezequiel no es el monstruo que crees que es. Nunca la lastimaría.
—¿Esperas que te crea? —preguntó ella. La barbilla le temblaba.
—No espero nada —él deslizó un dedo por su mejilla y esbozó una sonrisa triste—, pero quiero que confíes en mí y me creas cuando te digo que Delfina está a salvo y que no le pasará nada.
—De acuerdo —susurró ella, asintiendo suavemente y relajando su tensa figura.
Pedro no entendió por qué se le inflamó el pecho. Debía de estar loca. Paula lo sabía, mirando por la ventana, pero sin ver nada. ¿Confiar en él? ¿Confiar en el diablo? Y no era porque no tuviera alternativa, sentía una confianza que provenía de su corazón, un alivio que se extendía y aliviaba la opresión de sus pulmones.
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