—No han pasado ni diez horas desde que te fuiste, las diez horas más largas de mi vida. Lo que tenemos… Tienes razón. Podría vivir un millón de años y no volvería a encontrarlo.
—¿Y tu hermana?
—Ella me quiere. Me acabará perdonando, pero ahora necesito que me perdones tú.
—Mia amore… —una burbuja de esperanza empezó a crecer dentro de él—. No tengo nada que perdonar. No reaccioné bien. Yo también lo siento —respiró hondo—. Creo que tengo un problema con el rechazo.
—Puede que uno pequeñito —Paula sonrió.
Él enarcó una ceja, y una pequeña carcajada escapó de los labios de Paula, que le rodeó el cuello con los brazos. Pedro la abrazó con más fuerza y se besaron con tanta pasión y amor que la burbuja de esperanza estalló con fuerte alegría, disipando los últimos temores de él.
—Tu reacción fue comprensible —murmuró ella—. Los dos tenemos problemas con el abandono.
—Teníamos —la corrigió él—. Ya no. Me amas y nunca me abandonarás.
—Y tú me amas y nunca me abandonarás.
—Nunca.
—Nunca.
Paula se estiró entre las sábanas de seda de la cama de Pedro… De ambos… Y bostezó. Adoraba esa habitación. Esa cama. Ese ático. Solo había pasado dos noches allí, pero ya se sentía en casa. Lo único que le impedía saltar hasta las nubes era el miedo por lo que pasaría cuando Delfina regresara. Pedro le había devuelto el teléfono y, al consultarlo, no había ningún mensaje de ella. En cierto modo, le había facilitado mantener el silencio, sobre todo cuando los contactos de él confirmaron que ella seguía en el extranjero con Ezequiel. Al abrirse la puerta de la habitación, se incorporó con una sonrisa por la alegría que le producía ver a su marido después de haber estado separados durante quince minutos enteros, mientras él preparaba el desayuno. Su cara y sus manos vacías borraron esa sonrisa.
—¿Qué ha pasado? —preguntó.
—Ezequiel me ha enviado un mensaje —Pedro sacudió la cabeza y se sentó a su lado.
A Paula le dió un vuelco el corazón. Pedro también esperaba el regreso de su primo a Londres para contarle lo de su boda.
—¿Sabe lo nuestro?
—No estoy seguro, pero el mensaje no era por eso. Me ha pedido que te lleve al aeródromo.
—¿Por qué?
—Delfina vuela de regreso al Reino Unido. Ezequiel dice que ella te necesita.
Paula sintió como si le hubieran inyectado hielo en las venas. Como hermanas, estaban unidas y siempre se habían apoyado emocionalmente, pero Delfina nunca la había necesitado. Mirando fijamente al hombre que aún le costaba asimilar que era su marido, creció en ella la profunda certeza de que su hermana estaba muy angustiada.
—¿Vendrás conmigo? —susurró.
—Mia amore —Pedro la abrazó con fuerza—, te seguiría hasta el fin del mundo —la besó con dulzura—. Llamaré a nuestro chófer. Podemos salir en diez minutos. Nuestro chófer.
Nosotros. Palabras simples, pero llenas de significado. Eran dos. Juntos. Para siempre.
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