¿Qué iba a hacer? Alfonso Shipping, el orgullo de su abuelo y el legado que había elevado a la familia de la pobreza vivida durante los años de la Segunda Guerra Mundial a la élite de los más ricos del mundo, estaba dirigida en aquellos momentos por un equipo muy solvente que gestionaba su ausencia. Nadie había cuestionado que deseara tomarse un año sabático. Entre las graves y extensas heridas sufridas y la muerte de su padre, la junta le había reiterado su total apoyo en la reunión telemática que habían celebrado y durante la que Pedro había mantenido apagada su cámara. Por supuesto, aquella insistencia para que descansara no tenía que ver con que quisieran librarse de él, sino porque querían que se recuperara por completo para que regresara más fuerte que nunca. Después de que le pusieran al frente de la división de Alfonso Shipping en Gran Bretaña hacía cinco años, los beneficios habían alcanzado niveles impensados hasta entonces. La junta quería que hiciera lo mismo con el resto de la empresa, aunque eso significara que tuvieran que esperar un año para que él enterrara sus fantasmas y se ajustara a su nueva realidad. Una ligera vibración de su línea privada lo sacó de sus pensamientos.
—Sí.
—Señor —dijo la voz de Luis, profunda y bien modulada—. Una señorita desea verlo.
Si la ira se pudiera manifestar en algo físico, habría empezado a salirle humo de la cabeza.
—Puede decirle a la señorita Dupree que se puede volver a montar en su escoba y marcharse por donde ha venido o irse directamente al infierno. Me importa un comino
donde vaya.
—Por muy divertido que eso pudiera resultar, señor, no se trata de la señorita Dupree.
Pedro frunció el ceño.
—¿De quién se trata entonces?
—Paula Chaves de Nettleton & Thompson.
El bufete que se ocupaba de la gestión de los bienes de su padre. Contaba con más de doscientos años de existencia y se ocupaba de las propiedades, las herencias y los fondos de empresarios, políticos e incluso de algún miembro de la familia real. Querían que firmara los papeles que le transferirían oficialmente la fortuna de su padre y la pondrían a su nombre. Paula Chaves era una mujer muy tenaz. Lo había llamado insistentemente y se había presentado en varias de sus oficinas e incluso en la casa de Kent. Pedro sabía que tendría que ceder en algún momento. Tendría que firmar los malditos papeles y reconocer por fin que su padre ya no estaba. Sin embargo, no sería aquel día. No estaba preparado. «Jamás estarás preparado». Decidió ignorar aquella desagradable voz.
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