—Dile que me pondré en contacto con ella más adelante —dijo con voz seca.
—Por supuesto, señor.
Entonces, se escuchó un ligero forcejeo que eclipsó la voz de Luis.
—Señorita Chaves…
Una voz femenina, fuerte pero algo ahogada, replicó:
—Deme el teléfono. Tengo que…
Pedro frunció el ceño. Conocía aquella voz. La había oído en un mensaje de voz que había escuchado antes de borrarlo y bloquear el número. Fría y profesional. Sin embargo, aquella versión de la voz era vibrante, femenina, con una descarada confianza en sí misma que despertó algo dentro de él. La exasperada voz de Luis la interrumpió una vez más.
—Señorita Chaves…
La línea se cortó.
Pedro miró fijamente el teléfono. La irritación que había sentido anteriormente hacia la señorita Chaves por la incapacidad de esta a aceptar un no por respuesta se transformó en admiración hacia la mujer que, de algún modo, había conseguido entrar en uno de los clubes más exclusivos del mundo. Al escuchar el mensaje de voz, no se había percatado del acento estadounidense, pero, en aquellos momentos, le intrigaba y le hacía querer saber más sobre la tenaz mujer que trabajaba para uno de los bufetes más importantes de Londres. Y llevaba mucho tiempo sin sentir interés por algo. Frunció los labios y se imaginó a Luis tratando de defenderse de una mujer que luchaba por arrebatarle el teléfono. A lo largo del último año, jamás había estado tan cerca de soltar la carcajada. Colgó el teléfono y se dirigió hacia la escalera que conducía a la planta superior de su suite, donde lo esperaba una enorme cama. Se detuvo en seco y sintió que la curiosidad le ganaba la partida. Salió al pasillo y se dirigió a la escalera, que conducía hasta el vestíbulo principal. El lujo y la belleza de la decoración que lo rodeaba pasaron a un segundo plano al ver la escena que se estaba desarrollando en la planta baja. Luis salía de su despacho y la figura que lo acompañaba quedaba prácticamente oculta por la corpulencia de su cuerpo. Él avanzaba con decisión por el vestíbulo.
—No es usted bienvenida aquí, señorita Chaves —decía Luis.
Su voz, normalmente refinada y cortés, rezumaba frialdad.
—¿No se supone que debería estar sirviendo a sus clientes?
Pedro volvió a escuchar la misma voz femenina que había oído por el teléfono. Esta lo envolvió con fuerza. Se acercó un poco más a lo alto de las escaleras.
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