—Si usted no firma, me despiden. Si llama a Nettleton & Thompson, me despiden —exclamó levantando las manos con desesperación—, así que enhorabuena. Me tiene usted con la soga al cuello.
—¿Con la soga al cuello?
—Sí. Indefensa. A su merced.
—A mí no me parece usted indefensa en absoluto, señorita Chaves.
Paula volvió a sentir que el calor regresaba a su cuerpo al notar una cierta admiración en el tono de voz de Alfonso. Aquella sensación solo sirvió para acrecentar la irritación que sentía. ¿Cómo era posible que se sintiera atraída por un hombre tan exasperante y egoísta?
—No soy indefensa. No soy ninguna damisela en peligro. Simplemente he intentado hacer mi trabajo a pesar de que ha cancelado cinco reuniones, sus eficientes secretarias me han colgado el teléfono un número indefinido de veces y he viajado más de setecientos kilómetros para localizarle con el aliento de mi jefe en la nuca. He puesto el futuro de mi carrera en sus manos. Si puedo sobrevivir a esto, podré sobrevivir a cualquier cosa.
Paula tenía la respiración muy agitada. Miró el rostro de Alfonso, aún entre las sombras. Probablemente ya había firmado su sentencia con aquel estallido de genio. Pero Dios, ¡Se había sentido tan bien al decirle por fin lo que pensaba de su arrogancia y del hecho de que su carrera se viera reducida a la capacidad de conseguir una única firma! Se mesó el cabello y miró con anhelo la puerta entreabierta. Entonces, se giró de nuevo hacia él. «Una última vez. Intenta explicarte una última vez».
—¿Es que no lo comprende? Si no firma, lo perderá todo.
—Ya he perdido muchas cosas, señorita Chaves —dijo con frialdad. Entonces, comenzó a bajar las escaleras lentamente, de un modo muy medido que hizo que el pecho de Paula se tensara de anticipación—. Mi padre. Mi novia. Mi aspecto. Mi capacidad para andar por la calle sin asustar a los niños pequeños —añadió. Las sombras se fueron difuminando, dejando al descubierto unos anchos hombros y un fuerte cuello, cuya piel aparecía marcada por una gruesa cicatriz rosada—. ¿Qué le hace pensar que el dinero me importa un comino?
Entonces, salió por completo a la luz. Paula apretó los labios para contener su reacción. Las cicatrices del lado izquierdo de la cara destacaban más por el hecho de que el lado derecho no tenía daño alguno. Una cicatriz le arrancaba en la línea del cabello y bajaba hasta atravesarle la ceja. Milagrosamente, lo que había causado aquella herida había perdonado el ojo, pero por muy poco. La cicatriz se torcía hasta la sien para bajar de nuevo por una esculpida mejilla. Otra cicatriz, más enrojecida, resultaba visible por debajo de la cuidada barba y atravesaba la mandíbula desde la boca y bajaba hacia el cuello. Era impactante, sí, pero, el modo en el que la prensa lo había descrito, acompañado de una desagradable descripción de su ex, había dado la impresión de que él tendría el aspecto de una bestia. O del monstruo de Frankenstein. Sin embargo, a ella le parecía un hombre que, efectivamente, había sufrido, pero que había sobrevivido a un terrible accidente.
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