lunes, 13 de abril de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 8

A lo largo de los últimos once meses, se había esforzado mucho para corregir su estilo de vida y comportarse como hubiera esperado su padre, a pesar de que ya era demasiado tarde para que Horacio viera los resultados de su incansable apoyo y el amor que había sentido por su único hijo. Paula Chaves amenazaba todo aquello y era algo que Pedro no podía permitir. Regresó a su suite y empezó a subir las escaleras. Se detuvo en el rellano para mirar por la ventana que daba a la calle. Londres mostraba una apariencia gris. Una lluvia demasiado fría para el inicio del verano azotaba con fuerza a la gente que andaba por las calles. Justo debajo de él, alguien abrió un paraguas. Le llamó la atención porque el color de la tela era amarillo chillón y destacaba en un mar de negro. Cruzó la calle, ocultando por completo a la persona que se guarecía debajo. Sin embargo, supo, incluso antes de ver las botas azul marino y la gabardina color café aleteando al viento, que era Paula Chaves quien blandía el llamativo paraguas. Este avanzaba rápidamente por la acera, alejándose con paso rápido del Diamond Club. ¿Cómo había conseguido entrar en el club y llegar incluso hasta el despacho privado de Luis? 


Tenía que reconocer que aquella mujer tenía agallas. Sin embargo, quería de él algo que Pedro no le podía conceder. Para ella, era tan solo una firma, pero, para él, era admitir por fin que su padre se había marchado para siempre. Por supuesto, era consciente de que, tarde o temprano, tendría que firmar aquellos documentos. Lo haría a solas, en el lugar que él eligiera, lejos de Paula. No podía arriesgarse a encontrarse de nuevo cara a cara con una mujer que lo tentaba a pecar con su mera presencia. Por muy enojado que se sintiera por la reacción que había experimentado ante ella, sabía que no era culpa suya. Aquella ira debía dirigirse total y plenamente hacia sí mismo. Sería más fácil, preferible incluso, culparla a ella de aquella reacción tan poco impropia de él. Sin embargo, también sería como dejarse llevar por sus costumbres de antaño y no aceptar la responsabilidad de sus actos y las consecuencias en las que incurría por su naturaleza egoísta.  Se dió la vuelta y siguió subiendo las escaleras. Por supuesto, tarde o temprano se ocuparía de la maldita herencia, pero, en aquellos momentos, necesitaba paz. Si no, terminaría volviéndose loco. Decidió que Kent ya no era un lugar seguro. Aunque el Diamond Club le ofrecía refugio, cuanto más se quedara allí, más le pesaría la culpa, que lo asfixiaría poco a poco hasta que ya no pudiera respirar. 

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